Don Juan Vázquez de Mella y Fanjul :
Una evocación entrañable y nostálgica.

El pasado mes de febrero se cumplieron setenta y cinco años de la desaparición física de don Juan Vázquez de Mella y Fanjul, llamado con justicia "El Verbo de la Tradición" en mérito a su colosal e incansable lucha por la defensa y difusión de los sagrados principios del verdadero tradicionalismo católico. 


Nacido en 1861 en Cangas de Onís (Asturias, Reino de España), murió en Madrid el 20 de febrero de 1928. Estudió Derecho en Santiago de Compostela, recibiéndose de abogado, profesión que nunca ejerció porque -según él mismo decía- "soy abogado, pero no ejerzo por amor a la justicia".


Tuvo asimismo una sólida formación en filosofía y teología, deviniendo esclarecido defensor de la doctrina tradicionalista, principalmente a través de sus múltiples y vigorosos artículos aparecidos en "El Pensamiento Español" y "El Correo Español", y de sus brillantes y admiradas intervenciones en las Cortes -donde fue diputado desde 1893 a 1916- por medio de sus célebres discursos, aunque sólo publicó en vida su obra póstuma: la excelente aunque no suficientemente conocida "Filosofía de la Eucaristía". Fue, además, miembro de la Real Academia de la Lengua. 


Para esta evocación en su homenaje permítanos el lector prescindir de las deslucidas flores que nuestro menguado ingenio podría ofrendarle, y dejemos que otros, de mayor fuste intelectual, galanura literaria y enjundia tradicionalista se hagan cargo, en nuestro nombre, de colocar los más que bien merecidos laureles y palmas sobre la modesta lápida que cubre su tumba en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena, en Madrid, facilitada provisoriamente por un amigo, y donde desde hace setenta y cinco años descansan los restos mortales de quien fuera en esta vida don Juan Vázquez de Mella y Fanjul, a la espera del Juicio Final, oportunidad en que imaginamos verosímil que el Cordero-Juez llame gloriosamente a su diestra a ese "siervo bueno y fiel".


Comenzaremos citando fragmentos del exordio al excelente -y lamentablemente inhallable libro del Padre Osvaldo Lira, SS.CC., "Nostalgia de Vázquez de Mella"- en el cual su autor, el Padre Arturo Gallo, SS.CC., apunta certeramente:
"Hombres de la talla intelectual de un Vázquez de Mella cruzan raras veces el cielo de la actividad humana como cabrilleantes meteoros raudos, ahuyentadores de la noche.


"Mella fue un creyente sincero de la Metafísica.


"Gastó su vivir en el empeño nobilísimo de desflecar haces de luz cristiana sobre la cerrazón agnóstica en que se agitan, titubeantes, los pseudo intelectuales de hogaño.
"Quien se mueve a la luz de los eternos principios, rehusa el pacto de perniciosos contubernios con el error. Nadie supo descarnar más inmisericorde la tremenda impostura del Liberalismo. Ni supo nadie traer como él a claro mediodía, la dignidad de la humana persona.
"Si Proudhon sospechaba la existencia de una verdad teológica a la base de toda cuestión, Mella afirmó que el hombre no puede caminar holgadamente por ninguno de los innumerables senderos en que se mueven las almas sin enfrentarse con Dios. Con el Dios Personal nuestro. Con el Ser que necesariamente interviene en todo nuestro obrar. Con el Dios que alienta y actúa, aunque Invisible e Inmortal, como obligado fin del hombre e irreemplazable motor sin cuyo impulso cesaría instantáneo todo el pródigo hacer de la creación.
"Emmanuel -"Nobiscum Deus"- pudo a la postre exclamar el hombre después de seis mil años de espera. (...)
"Ello entraña para nosotros la obligación ineludible de no dar a ningún otro el nombre de Maestro; que sólo Jesucristo es el maestro de los hombres, porque sólo Él guarda palabras de vida y Él solo ha querido presentársenos como la viviente senda que conduce a la Verdad.
"A la Verdad completa. Por eso corre en vano quien pretende esclarecer el sentido de la vida ciego a las enseñanzas de Cristo.
"El gran acierto de Mella fue inspirarse a la luz que despide el mensaje de Jesucristo. Toda su obra rezuma de cristiano contenido. (...)
"El Pastor bueno de las almas se llama Jesús. ¡Y qué bien conocen ellas la dulcedumbre sonora de sus silbos cuando una vez lograron oírle!
"Se salva el hombre cuando inspira sus actos y cree con fe operante en solo Jesucristo. Y es inteligente obrero del Reino quien enseña a las almas a conocerlo.
"La obra entera de Mella no sabe de otra finalidad.
"Recordar a los hombres dónde fluye el arroyo de claras aguas en que puedan saciar su sed de verdadero conocimiento, siempre es labor de apóstol".

Veamos ahora el examen que hace el propio Padre Lira -en el prólogo de su obra que es también de su autoría- de la robusta personalidad de nuestro homenajeado.

"Fuera del orador, hay en efecto en Vázquez de Mella muchas otras facetas, y todas ellas bien brillantes. Pero a pesar de todo, examinando bien la cuestión, lo fundamental en el pensador español, lo que imprimió carácter a su vida entera, fue su actitud tradicionalista, la comprensión amorosa de su patria como una resultante de ese sufragio universal de los siglos que era para él la tradición. Es decir, que en él se impone como objeto de análisis comprensivo el pensador político -y désele aquí a la palabra pensador toda su virtualidad y alcance-, el organizador de una actitud cuyas proyecciones elevó a la categoría de verdades constitutivas de un sistema doctrinal vigoroso y coherente; de un sistema que entronca con la más genuina concepción escolástica de la moral social. Así considerado, Vázquez de Mella desciende de la gran raza de Quevedo, y de Saavedra Fajardo, al través de Donoso Cortés y de Aparisi, con evidentes progresos sobre todos ellos por lo perfecto, acabado y amplísimo de su sistema, por su adhesión más ferviente y más pura a la genuina democracia medioeval. No flaquea él jamás, en efecto, en su oposición irreductible al absolutismo, a todo cuanto signifique un rastro tan sólo de esa infección. 
"El pensador político es la característica central de la personalidad de Vázquez de Mella. En torno de ella giran sus actividades y su vida entera natural (...) Hasta su vida sobrenatural de cristiano de fe ardiente se proyectaba principalmente sobre su labor política, espejo casi exclusivo de recibir las luces de Arriba. (...)
"Lo hondo del pensamiento político de Mella proviene de que no se ciñe a la pura observación analizadora de las catástrofes que van cuarteando poco a poco la civilización actual, aunque conoció muy bien las de su tiempo y previó hasta en sus detalles las que deberían surgir sólo actualmente, esgrimiéndolas a todas en tremendos ataques contra el régimen que las provocó. Siempre las contempla él a la luz que proyectan los principios constitutivos esenciales de la sociedad civil, y así enfocadas le sirven para demostrar que todas ellas tienen como raíz común el desconocimiento absoluto, por parte del régimen liberal, de la naturaleza del hombre y de la Sociedad. La democracia liberal, pues, la estima él -aun corregida como la quieren muchos hombres de orden- intrínsecamente mala, abominable, por lo cual hay que echarla cuanto antes por la borda a fin de salvar la vida de la civilización. Nada más aplastante que la argumentación dirigida contra los partidos políticos, más bien contra EL partido político en sí considerado, porque lo que sale molido de sus ataques no es tal o cual institución así llamada, como las que se levantaban en frente de él, sino todos los partidos, de España y del extranjero. Lo que allí queda reducido a polvo es el concepto mismo de organización partidista. (...)
"La doctrina política de Vázquez de Mella es la única -óigase bien- la única que podrá llevarnos a un auténtico y definitivo orden social, porque es la única que brota de la gran raíz escolástica al calor del clima cristiano. De allí su inapreciable actualidad en medio de la colosal desorientación que sufre el mundo. De allí también la apremiante necesidad de darla a conocer y difundir por cuanto medio se ofrezca a nuestro alcance: Ignoti nulla cupido (No se desea lo que no se conoce)". 

Don Rafael Gambra, con la maestría que le es característica, pinta con seguros brochazos y a la vez ubica históricamente a Don Juan Vázquez de Mella, dándole a sus pinceladas el aliento vital de que sólo es capaz un talentoso pensador y un profundo conocedor de las circunstancias históricas que a aquél le tocaran en suerte vivir.
Al iniciar el Estudio Preliminar de la obra "El Tradicionalismo Español" -cuyas son también la selección de los textos de las "Obras completas" de Vázquez de Mella (que son la exclusiva materia del libro), y las notas correspondientes- define con estas palabras:

"Entre las primeras figuras del pensamiento o de la política, hay hombres llamados a participar -como protagonistas o como inspiradores- en los grandes hechos de la historia; otros, en cambio, parecen destinados sólo a mantener el fuego sagrado de un ideal o una misión, a transmitir de una a otra generación la antorcha encendida de una ilusión y un espíritu.
"Juan Vázquez de Mella perteneció claramente a estos últimos. Entra en la vida pública española después de la segunda guerra carlista, cuando los ideales que habían animado a aquel gran movimiento de rebeldía popular parecían asfixiarse bajo el peso de la derrota, de la ruina de muchos hogares, del ansia de paz y de olvido. Su vida política se extiende a lo largo de aquel enervante período que va desde la restauración de Sagunto hasta la caída definitiva de la monarquía constitucional, época de la amarga crisis nacional del '98 y de los impulsos regeneradores por vía europeizante. Su muerte (1928) se produce en la última parte de la Dictadura, es decir, antes de la gran eclosión de sentimiento españolista y tradicional que provocó la segunda República, y que culminaría en el Movimiento Nacional. No conoció, pues, aquella magnífica delimitación de campos en la que el espíritu cristiano contrario a la Revolución dejó de ser meramente conservador, anémicamente liberal, para abrazar por entero las ideas de que él fue cantor y apóstol, ideas que quizá llegara a juzgar, en su momentos de desaliento, confinadas ya a una minoría ininfluyente. No le fue dado conocer ni las ilusionadas esperanzas de la segunda Corte de Estella, ni la increíble realidad de revivir, en pleno siglo XX, otra guerra en la línea de las carlistas, coronada ésta por una victoria que esperaron cinco generaciones de españoles leales.
"Sin embargo, hoy, a los cincuenta años (*) de su muerte, puede apreciarse el extraordinario papel histórico que cumplió su obra. (...)
"Mella, en mi opinión -y en la suya propia- no hizo sino beber en un gran río que es el tradicionalismo español -o más exactamente el carlismo, que es su concreción humana e histórica- y, sobre esa fuente de inspiración, hizo explícito lo que estaba oculto, sistematizó lo que estaba diseminado, movió voluntades y avivó conciencias. Pero nada fue Mella menos que un erudito: difícilmente con su contextura mental hubiera podido forjar una reconstrucción arqueológica en el terreno político. A Mella no se le puede comprender en sus fuentes bibliográficas porque apenas existen, sino en su propia personalidad y en el ambiente que le envolvió: aquel carlismo de fines de siglo, con la grandeza y la amargura infinitas de la segunda guerra perdida". 

No podían faltar en estas líneas testimoniales siquiera sean algunos pocos de los luminosos conceptos vertidos en el trabajo que sobre don Juan Vázquez de Mella publicara nuestro Presidente honorario, el Profesor don Rubén Calderón Bouchet, porque además de su valor intrínseco poseen el nada despreciable simbolismo del engarce visceral de la tradición hispánica en estas tierras hispanoamericanas.

"Según Mella: "la monarquía lleva en sí misma la oposición con el liberalismo, quien, por fuerza de la lógica, combate todos los poderes que no reconozcan su origen en la soberanía individual y no sean revocables por la voluntad colectiva. De donde se deduce que toda monarquía que se asocie con el liberalismo se condena a muerte irremisiblemente, solicitando fuerzas de sus adversarios y fundamento en principios que le son contradictorios. La monarquía queda reducida a mera ficción o simbolismo, por añadidura inútil y costoso, deja de ser tradicional, es decir si no se apoya en la tradición y en la unidad de creencias en que ésta se levanta" .
"Existía, pues, (...) una doble contradicción: a) la que implica un liberalismo condenado a aceptar principios indiscutibles que, necesariamente, deben fundarse en una discutible concepción del orden social; b) una monarquía limitada en su ejercicio por las cortapisas de un poder antimonárquico. Lo que resulta ser una soberanía no soberana, a cuya sombra perfectamente vana, como lo señala Mella, medra una verdadera soberanía de origen desconocido. Es decir, no tan desconocido; al fin de cuentas toda la historia política del Occidente moderno se reduce a la lucha de los poderes financieros nacionales o internacionales por asumir el poder, en contra de la vieja y al mismo tiempo normal distribución de poderes entre las comunidades naturales de los pueblos.
"Precisamente de esa comunión tradicional de sociedades, como gustan decir los carlistas en su fobia a todo lo que signifique partido, Vázquez de Mella se va a erigir en su denodado defensor. (...)
"Si algo se puede decir a favor de la viabilidad de sus proposiciones es lo siguiente: no se puede luchar contra la revolución disolvente si no se auspicia un reencuentro con las condiciones naturales de la salud social, y para esto es "necesario cercenar, disminuir, reducir el Estado y aumentar las sociedades y corporaciones, porque este Estado vive de toda la sangre y de todas las atribuciones que ha sustraído al cuerpo social... Puede decirse que la Iglesia pasó por el mundo con su poderosa unidad, que ata las conciencias y une a las almas, sembrando sociedades y corporaciones, y que el estado moderno ha pasado por el mundo negándolas y destruyéndolas"". 

Por último, y refiriéndonos a los postreros momentos de su vida, citaremos brevemente lo dicho por el Padre Miguélez en el prólogo de su obra póstuma, "Filosofía de la Eucaristía", que entiendo fue el único libro editado en vida de su autor, y esto en el año anterior a su muerte (1927), ya que sus "Obras completas" -algo así como veintitantos tomos en los que se recopilaron sus piezas oratorias- aparecieron post mortem. 
Refiere dicho sacerdote -imagino que su confesor o director espiritual- que habiendo Vázquez de Mella superado con éxito una seria operación de riesgo, agravado por su condición de diabético, le hizo realizar la promesa de escribir sobre el tema aludido, que Mella examinara brillantemente con él en sus conversaciones de convaleciente, promesa que cumplió puntualmente, según refiere a continuación.

"Don Juan Vázquez de Mella ha cumplido, pues, su palabra, promesa, juramento o lo que fuese. Hasta su salud parece haber mejorado en ciento y más con el régimen y trabajo metódicos. La verdad que este nuevo régimen... de vida, le ha dado más vida y vigor que el antiguo. Sépanlo las incontables personas que tanto se han interesado por su salud, desde el Rey abajo, en todas las clases sociales; porque España, hoy por hoy, no tiene más que un Mella que, con el poeta Zorrilla, pudiera muy bien repetir: "Cristiano y español, con fe y sin miedo / canto mi Religión, mi Patria canto".
"Y si antes cantó, de la manera que todos sabemos, a esa Patria y a esa Religión de sus amores, ahora canta de un modo especialísimo al que es cifra, compendio y resumen divino de la única Religión y verdadera Patria, al Rey inmortal de los siglos, Jesucristo Sacramentado; sin el cual nada puede explicarse satisfactoriamente en los cielos ni en la tierra".

Cerramos este modesto -aunque profunda y sinceramente sentido- homenaje al "Verbo de la Tradición" con unas palabras de la Carta de San Pablo a Timoteo, que juzgamos sumamente apropiadas para justipreciar la magna obra de Vázquez de Mella: "Te conjuro, pues, delante de Dios, y de Jesucristo, que ha de juzgar vivos y muertos, al tiempo de su venida y de su reino: predica la palabra de Dios con toda fuerza y valentía, insiste con ocasión, y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina, porque vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a una caterva de doctores propios para satisfacer sus desordenados deseos, y cerrarán sus oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas" (2 Tim. IV, 1-4). 

Por todo lo hasta aquí expuesto, creemos firmemente que Don Juan Vázquez de Mella se ha hecho legítimo acreedor a estas palabras finales del mismo San Pablo: "... se acerca el tiempo de mi muerte: he combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada, y que me dará el Señor en aquel día, como justo juez, y no sólo a mí, sino también a los que, llenos de fe, desean su venida" (2 Tim. IV, 6-8).
Roguemos fervientemente a Dios para que así sea, no solamente para él sino también para nosotros, y asimismo para vosotros, apreciados lectores, y que la Santísima Virgen nos ayude a todos a merecerlo, ya que sólo lo lograremos abrazando con amor la cruz nuestra de cada día y manteniendo, como Vázquez de Mella, una inalterable fidelidad a quien es "el Camino, la Verdad y la Vida".

Laus Deo.

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