La
soberanía popular : un optimismo sin fundamento.
Consideraciones
heterodoxas en torno a una cuestión irresuelta.
Por
Andreas A. Böhmler
Hay
gente de muy buena fe que confunde la esperanza con el optimismo. El optimismo
casi siempre es una forma muy sutil del egoísmo, una manera de desolidarizarse
de la desgracia ajena. En católico, dicha falta de solidaridad —que es el
optimismo— está hecha carne y hueso en un orden político donde la
neutralidad religiosa, que es animadversión encubierta, ha institucionalizado
la dificultad de alcanzar la salvación
eterna. ¿Por qué, entonces, la adhesión subrepticia de los católicos a los
principios y modos del liberalismo político y económico? ¿No será que tantos
católicos —guerrilleros de lo que llaman el mal
menor— son alegres anfitriones de ese pecado de optimismo sin fundamento?
Cuando las democracias hayan hecho triunfar— incluso con la guerra— su versión
de libertad y justicia en el mundo, ¿qué quedará de la cristiandad? Porque
cuando no son según Cristo, estos bienes humanos se vuelven animal rabioso.
A
mi juicio ese optimismo insolidario no es sino un sucedáneo de la esperanza, y
puede encontrarse en cualquier parte. La esperanza, en cambio, se conquista. No
se llega a la esperanza sino a través de la verdad, al precio de grandes
esfuerzos y de larga paciencia. Esta es la postura del catolicismo tradicional,
que no espera de la libertad el engendramiento de la verdad, sino justo al revés,
sabe que sólo la Verdad nos hará libres: in
veritate libertas. Por ello acepta sin vacilaciones el carácter de escándalo
de la cruz; aun más, el mismo Dios en la cruz. Y no podemos esperar
razonablemente que esa verdad de fe nos haga merecer la cruz
de la Legión de Honor. Quien se abre indiferentemente tanto a la verdad como a
la falsedad está maduro, una vez más, para cualquier tiranía. La pasión por la libertad ha de ir a la par con la pasión por la
verdad.
Hoy,
la propaganda mediática, con su desarrollo gigantesco —esta empresa universal
de atontamiento— prueba lo que quiere, y se acepta más o menos pasivamente lo
que propone. Se miente con una desvergüenza tal que ya no se trata ni siquiera
de abusar de la opinión pública, porque la opinión pública ya no es abusada
por semejantes mentiras: está tan desganada de la verdad que ya no tiene, sin más,
interés en conocerla. Sin duda esta indiferencia oculta más bien una fatiga.
El hombre liberal ya no se compromete porque ya no tiene nada que comprometer.
Pero el caballero católico tradicional, confrontado con la verdad y la mentira,
el bien y el mal, siempre está dispuesto a comprometer su alma —es decir, de
arriesgar su salud temporal a favor de la eterna— porque la creencia metafísica
en él es una fuente inagotable de energía. Los mundanos, por cierto, no
quieren más que verdades tranquilizadoras. Pero
la verdad no tranquiliza: compromete.
El
optimismo —según la certera apreciación de Bernanos— es una «falsa
esperanza para uso de los cobardes y de los imbéciles»(1). He
aquí la tentación del catolicismo liberal post-revolucionario, que encontró
su lamentable confirmación en las enseñanzas del Concilio Vaticano II. El
distanciamiento doctrinal entre los dos concilios vaticanos encuentra su
perfecta analogía en el distanciamiento de la doctrina política de los pontífices
conciliares del tradicional rechazo del liberalismo y del modernismo, por parte
de Pío IX y Pío X respectivamente. Es la tentación de los cristianos
demasiado optimistas, aterrados además ante la idea de que puede tenérseles
por reaccionarios. Sin darse cuenta, dan síntomas de la misma ceguera, y
cometen la misma falta que ese clero del siglo XIX que, en nombre de la paz y
del orden, terminaba reconociéndole a la burguesía —y después al pueblo—
una especie de derecho divino.
Estamos
nada menos que ante la sacralización
de la soberanía popular, de sus
instrumentos (constitución inorgánica, sufragio universal) y de sus hábiles instrumentadores
(partidos políticos). Los católicos liberales, al parecer, están padeciendo
un complejo agudo de inferioridad, complejo que les produce una especie de
atrofia del juicio y de la voluntad frente a la civilización moderna. El poder
material de ésta ha estado alucinando su imaginación desde la infancia, y su
propaganda los alimenta día y noche. Muy pronto, como cualquier hombre sin fe,
serán absolutamente incapaces de concebir otra distinta. Y conste: esta
civilización del optimismo ¡no es precisamente optimismo lo que engendra! El
hombre liberal-progresista es una especie de anormal, un enfermo que no es
capaz de gozar de nada sino al precio de los mayores esfuerzos, y que tiene una
súbita voracidad de todo porque no tiene realmente hambre de nada.
Por
eso hay que darse prisa en salvar al hombre, porque mañana no podrá ser
salvado, por la sencilla razón de que no querrá(2). ¡Qué candidez
la de ciertos ambientes católicos, pensar que una vez equipado el planeta
—según las mejores técnicas— con este homo
sapiens-consumens, siempre habría tiempo para convertirlo y bautizarlo, es
decir, para devolverle lo que le falta! ¡Error profundo! Estoy firmemente
convencido de que el catolicismo liberal defiende —y hasta refuerza— una
civilización perdida, porque la nuestra es —para recordar una expresión
feliz de Chesterton— una civilización cristiana que se ha vuelto loca; y cada
día comprendemos mejor que esta locura es una locura furibunda, el delirium
tremens.
Dos
encíclicas emblemáticas: la Quanta Cura
(con el Syllabus) del beato Pío IX, y
la Pascendi de San Pío X, permiten
entender —al que pueda o quiera— el triste final, inevitable, de la
trayectoria de la «democracia cristiana»,
que con el fin de hacer las paces con la Revolución
(no sólo francesa) arrancó de optimistas,
como Lamennais, Lacordaire, Montalembert o Dupanloup en Francia, y que está
expirando por momentos (los ejemplos de Italia, Alemania, y el P.P. español lo
confirman).
A
la hora de estudiar con rigor este camino de confusión, no hay exageración en
afirmar que el conocimiento de las relaciones doctrinales y electorales habidas
entre Cristianismo y Revolución, desde las primeras horas de la Revolución
francesa, es de inmenso valor aleccionador para la actual inteligencia
católica, no sólo en España.
Dos
concepciones diferentes del hombre: el optimismo
ilustrado (que presupone un escepticismo religioso variopinto) y el realismo
católico (que parte de la realidad, nada luterana, del pecado original),
engendran dos diferentes sistemas políticos. La primera acaba reemplazando la
autoridad de lo alto por la autoridad de aquí abajo, que —en última
instancia— acaba con toda autoridad.
En
el caso español, el conflicto entre ambas lo refleja cabalmente la involución
del pensamiento político de Donoso, pero también el de Maeztu (mutatis mutandis, desde liberal convencido hasta monárquico
tradicional). Evidentemente, un Dios desterrado en el Cielo y apartado de la
vida social y política, de Dios no tiene nada: «Negando Dios —escribe F. Suárez—, fuente y origen de toda autoridad, la más elemental lógica exige una
negación igual de radical de cualquier autoridad»(3). Es decir,
sin obediencia de la fe son vanas
—por imposibles— las apelaciones a principios
éticos compartidos, pura ilusión trasnochada del racionalismo típicamente
ilustrado.
En
esto estamos. Bastaría con leer atentamente el lúcido análisis de la actual crisis
de gobernabilidad realizado por A. Llano (4), que sin embargo no
llega al fondo de la cuestión. Porque es el espíritu
revolucionario, la anti-tradición,
que es tal crisis por excelencia. La
revolución inglesa, la americana, e incluso la francesa, sólo fueron su
vanguardia. Fue decisiva, sin embargo, esta última porque dividió por primera
vez el conjunto de la población, dividiendo también a ciertos católicos,
sobre todo de los estratos más afectos a las ideas ilustradas.
Esa
incipiente falta de cohesión política de los católicos tuvo que padecer también,
de un modo análogo —y con el preámbulo anterior de las tres guerras
legitimistas, carlistas (monarquía tradicional vs. liberal)— una España acéfala
desde abril de 1931(5), dando ocasión a que se desencadenara la
triste dinámica de la revolución política y socio-cultural, que llevó a la
—por ahora— última victoria de la tradición sobre la revolución, en 1939,
aunque fuera a la postre traicionada, una vez más, por los propios católicos.
En
la historia post-revolucionaria, resulta que el binomio católicos
y vida pública se articula estérilmente en los términos de la creencia,
siempre falaz, de que puedan mantenerse efectivamente
separados el liberalismo político y económico del liberalismo moral (filosófico)
y religioso (teológico). «Como quiera
que sea, me parece indudable —escribe también M. Ayuso— que
el fervor religioso y el compromiso político han sido siempre convertibles, y
cualquiera que fuera la precedencia en el tiempo —ontológicamente no admite
duda la primacía—, una mutación en cualquiera de los términos ha concluido
siempre por afectar al otro» (6). Por tanto, no cabe sistema de
reconciliación posible entre revolución
y tradición. Los católicos liberales, sin embargo, ignoran que los
sistemas liberal-constitucionales, con sus partidos y disfraz parlamentario, no
existen más que para hacernos creer que esa conciliación fuera realizable.
Por
supuesto, en la tradicional alianza entre trono y altar, no hay que disimular
las dificultades. «Pero existe la manera
—así lo entiende toda la doctrina política tradicional, con palabras de R.
Havard de la Montagne— que sabe no ser coercitiva, ni arrogante, ni violenta. Sin
faltar además a los consejos de la tolerancia que la prudencia dicta para los
tiempos y países donde la unidad religiosa se ha roto. Esta tolerancia civil
(sin embargo) no se confunde con el liberalismo, que confía el cuidado de
arreglar todos los litigios solamente a la libertad» (7). Aparte
de la insuficiencia de la fundamentación doctrinal liberal, todos los
inconvenientes de la unión trono-altar (resumiendo un documento del Cardenal
Billot), «prueban que la perversidad del hombre corrompe a menudo las
instituciones divinas, de lo cual no se deduce que éstas deben ser repudiadas».
Además, los falsificadores de la historia «se
contentan con enumerar los males del régimen de unión sin decir los
inmensos bienes (mutuamente derivados, y) nada
dicen de los numerosos males que resultan del régimen de separación. ¡Cuánta
es, en fin, la incoherencia del liberalismo católico cuando propone como
remedio la libertad, inclinada a la irreligión, pronta al mal y causa de todo
mal!» (Idem, p.51).
Los
hechos cantan, porque hoy por hoy la irreligión es un fenómeno social
ampliamente reconocido. Por cierto, la doctrina político-social hasta Pío XII
todavía fue otro cantar. Por ello la tradición
de la Iglesia juega un papel inmenso. Lo jugará tarde o temprano, se verá
forzada a jugarlo. Pues la Iglesia católica ya ha condenado a la Modernidad
como ideología, en un tiempo que era
todavía difícil comprender los razones de la condena, que ahora justifican los
hechos todos los días. El famoso Syllabus,
por ejemplo, del que los cristianos demócratas son demasiado cobardes para
atreverse a hablar jamás, ha pasado por ser una especie de manifestación
puramente reaccionaria. Hoy, sin embargo, aparece como profética. La tiranía no está
detrás de nosotros, sino delante, y necesitamos hacerle frente, ahora o nunca.
A
mi juicio, el problema aquí es que la doctrina social
de la Iglesia ofrece justificaciones tanto para la postura tradicional como para
su contraria, al menos desde su giro
copernicano hacia los principios revolucionarios.
Y,
por cierto, ante este giro no cabe el optimismo sino —en todo caso— una
actitud de esperanza contra toda esperanza.
Porque, al contrario del optimismo, la esperanza no es una complacencia. Es la más grande y difícil victoria que un hombre
puede conseguir sobre su alma; es una virtud —virtus— una determinación
heroica del alma. Y la forma más alta de esperanza es la desesperación
superada. Sólo ella tiene fuerza legitimadora para vencer al pesimismo, que
por defecto de la esperanza sería consecuencia ineludible de una lúcida
observación de la marcha de la civilización occidental hacia la barbarie (8).
En otras palabras: para un caballero católico, sólo esta determinación
heroica tiene título de antídoto
eficaz del pesimismo, ante el imperio de las fuerzas del Maligno. Todos sabemos
que la des-cristianización de Europa se ha hecho poco a poco. Europa se ha
descristianizado tal como un organismo se desvitaminiza. Un hombre que se
desvitaminiza puede guardar por mucho tiempo las apariencias de una salud normal. He ahí el problema también de los
católicos liberales que —con las excepciones que confirman la regla— sufren
un proceso de des-vitaminización imparable.
Ahora
bien, en situaciones difíciles, la esperanza tiene que unirse al coraje
desesperado, a la energía desesperada. Es precisamente esta clase de coraje y
energía la que hoy necesitan los católicos para reconquistar la vida pública.
He aquí la postura del catolicismo tradicional, tan hostigado, ya no desde
fuera sino desde dentro de la Iglesia. La presión del pensamiento
único, de lo políticamente correcto,
impera también entre los católicos, laicos o no. No obstante, creo firmemente
que los católicos de hoy necesitamos justamente ese coraje para actuar. Lo
necesitamos también para pensar. Los católicos que se unen para hacer frente
al gran impostor no pueden hacerlo sin
inquietar ni chocar a nadie. A una gran causa corresponde una disposición
al riesgo de igual magnitud. Pero la disposición de correr grandes riesgos
siempre fue virtud solitaria de los magnánimos, de las elites, no sólo de
cabeza sino también de corazón (9).
En
concreto, quiero referirme al riesgo de pensar y actuar. El pensamiento de una
nación como la española es inseparable de su probada fidelidad a la tradición
católica. He ahí también su vocación histórica (10). No es en
absoluto la suma de las opiniones contradictorias de cien mil intelectuales que
piensan. No se trata, por tanto, de distinguir entre pensamiento
católico y fuerza católica, puesto
que es nuestro pensamiento el que
justifica nuestra fuerza, en la acción, especialmente la pública y política.
Pero la libertad de pensamiento ¿existe todavía en las democracias? Está
inscrita en sus programas, pero sería preciso estar loco para no ver que el
ciudadano de las democracias la usa cada vez menos. Este mundo no se está
construyendo, por mucho que quisieran hacérnoslo creer. No se está
construyendo, sólo da la impresión de construirse porque en él se trunca,
mutila y suprime todo lo que pertenecía antaño al hombre libre.
No
percibir esto significa no entender el altercado profundo en la concepción de
Europa, que hace sólo unos veinte años ha terminado por imponerse también en
España (11); altercado en definitiva en la consideración de cuáles
son instancias directivas en la vida
social, tanto a nivel de una comunidad política, como es España, como
considerado globalmente el plexo de las naciones y pueblos. Dicha consideración
está en estricta correlación con otra referida a la historia, su significado y
papel para la vida social, porque las diferentes praxis humanas (sociales) son
fruto de un largo caminar histórico
y, a la vez, son el surco que abre el presente, condicionante
del futuro —para bien y para mal— sin necesidad de hablar de determinismos.
El
olvido del estatuto trascendental de
la historia conduce a graves desequilibrios a la hora de enfocar, individual o
colectivamente, las acciones por acometer. En el ámbito político, esto es
especialmente grave cuando en nombre de la legitimación democrática —que de
hecho se traduce y reduce al juego caprichoso de las mayorías parlamentarias de
cada momento— un consenso multisecular (la tradición) se pone a libre
disposición de las simples fuerzas del presente:
y por ese mismo reduccionismo han de calificarse de arbitrarias (12).
Para esa ideología, antropocéntrica,
lo que importa es hacer irreversible la
experiencia liberal-democrática, destruyendo así al hombre cristiano. Es hacer al mundo de mañana tan inhabitable para
el cristiano como el de la época glaciar para el mamut. La civilización
europea in profundis, la Cristiandad,
cede a medida que aumenta desmesuradamente por todas partes el número de
hombres envilecidos y desnaturalizados, desconocedores de los principios de la
ley divina natural, para los que la civilización cristiana no es un deber con
respecto al pasado, ni una carga necesaria de cara al futuro. Para ellos,
civilización no es más que el agregado de derechos, goces y provechos. Su
multiplicación es la señal de una crisis universal, coincidiendo precisamente
con el hundimiento de los cimientos espirituales e intelectuales.
Por
supuesto, el tradicional edificio político
de la Cristiandad, este monumento ilustre, tuvo que sufrir el primero, más
peligrosamente que ningún otro, las consecuencias de semejante cataclismo,
porque era una obra de arte de dimensiones afortunadas, en nada comparable con
las simplificaciones propias de la ideología de la soberanía popular,
incapaz de admirar las grandezas del pasado, es decir, incapaz de reconocer que
la civilización de hoy no es necesariamente superior a la de ayer. He aquí un
profundo desajuste en la consideración de las dimensiones temporales (pasado,
presente, futuro) constitutivas de toda unión
política. Si el criterio de unión política son las simples fuerzas del
presente, la política se reduce a geometría, al cálculo astuto de espacios de
poder, muy propio del régimen de partidos políticos. Tal régimen, pese a sus
apariencias contrarias, agota su legitimidad en el simple nivel pasional-sentimental del hombre, porque no hay nada más transitorio(13)
que pasiones y sentimientos. Frente a esta consideración antropológicamente
unilateral —y social y políticamente estéril— se alza la tradición política
católica. Frente al astuto cálculo político de las pasiones en presencia se sitúa una realidad política multisecular,
emanada del magisterio, de la mística y la ascética católicas, que el establishment
políticamente correcto suele o condenar al silencio, por falta de
tolerancia, o tachar de fascista, por
falta de compenetración intelectual(14).
Ocurre
que el sentido común —político— se ha puesto patas
arriba. Porque, ciertamente, el hecho de tomar en serio las conquistas del
pasado, al margen de los vaivenes de las pasiones
en presencia, no significa otra cosa que estar realmente abierto a un futuro
mejor. No hay trascendencia (capacidad de futuro) sin el amor o respeto a la
tradición (presencia del pasado), no sólo a la religiosa y moral sino también
a la política del catolicismo. La capacidad creativa (de futuro) de la monarquía
tradicional fue precisamente su vinculación a la doctrina católica. De ahí
también su capacidad histórica de trascender el miope anhelo del escurridizo interés
común, porque el bonum honestum (el
progreso en virtudes, que son bienes internos)
no se identifica con el bonum utile
(el progreso en cosas, bienes externos),
si bien ambas categorías de bien no han de excluirse por naturaleza.
La
tradición aristotélica definió la virtud como bien arduo,
argumentando una escala de bienes
felicitarios que está en estricta
correlación con la cualidad de los hábitos que cada uno tenga. Y esto se
aplica tanto al individuo como a la comunidad política, es decir: el bien
común igualmente es un bien arduo,
que —como tal— necesita ser defendido contra las simplificaciones
reduccionistas(15). No nos engañemos. El proyecto europeo
no está precisamente centrado en la virtud (bien arduo), sino en la simple
ampliación del reino de los placeres, claudicando ante el dinamismo propio de
la globalización (económica, jurídica y política). Y, en España, el «reinado»
de Juan Carlos I no ha propiciado otro reino sino precisamente éste.
Tras
este breve inciso sobre la perenne necesidad de equilibrar, también en la vida
política, las tres dimensiones del tiempo
humano, resultará evidente la consideración de que la tradición es para la sociedad humana lo que la memoria es para el individuo humano. Sin memoria no hay capacidad de
futuro. No solo vital y socialmente, sino ante todo especulativamente, resulta
ilusoria la pretensión ilustrada y analítica
de pensar fuera de toda tradición. La tradición no es un mero recuerdo del
pasado, sino que más bien constituye el reconocimiento de un patrimonio. Es más:
nosotros pertenecemos a la tradición católica y no podemos disponer de ella
como queramos. Precisamente el tener las raíces en la tradición es lo que nos
permite hoy expresar un pensamiento que no anule el futuro.
Al
rechazo de la concepción de virtud en
la teoría y praxis morales, se corresponde así el rechazo a la tradición en la teoría y praxis políticas. La tradición, en su
acepción socio-política, es la memoria
colectiva, una posesión o hábito
colectivo que a la hora de actualizar el rico potencial humano, pero no en
el sentido de un dinamismo ciego que
no está finalizado, sino en constante diálogo con el fin último, es orientación
segura y guía firme para recibir y encauzar todo lo nuevo, novedad que por
naturaleza surge sin cesar de la entraña humana. Es más: tanto mayor resulta
la capacidad de innovación cuanto más «lo
nuevo» descanse efectivamente en
el Alfa (origen) y Omega (fin) de la vida, que es Cristo, que en sí recapitula
todas las cosas. Esta apuesta católica es mucho más que el commonwealth británico, cuyo dios es el dinero. Pues bien: resulta
que el proyecto europeo, o la aldea
global, no rebasa esa aspiración genuinamente protestante al commonwealth.
He ahí su intrínseca limitación y frustración(16).
Resulta
obvio que cuando se interrumpe ese diálogo con el Alfa y el Omega —y es
patente que la fuerza espiritual de unos individuos aislados no basta: he ahí
el dilema del régimen no confesional católico— irrumpe forzosamente el
silencio de Dios en la vida, pública y privada(17). Frente a la
interpretación modernista, revolucionaria, la tradición católica —cuyas
enseñanzas significativamente divergen de buena parte de la orientación y
producción teológica actual(18), desesperantemente antropocéntrica,
auto-secularizadora— ha mantenido siempre que el individuo humano no es ni sólo
instrumento (Marx), ni tampoco primordialmente fin en sí mismo (Kant), sino que
—ante todo— tiene un fin (Tradición
católica). El olvido individual y colectivo de Dios es el olvido de que el
hombre tiene un fin(19).
Este
punto muestra de modo paradigmático uno de los grandes dilemas en que se
encuentra el Estado moderno nacional, basado en el concepto de soberanía. La
tendencia universalizadora del subsistema social economía,
implícito en el principio liberal de libre comercio, amenaza con vaciar de
contenido real a la soberanía —política— de los Estados nacionales, puesto
que no cabe pensar que exista soberanía política al margen de la soberanía
económica. Es decir, el generalizado desborde del «mercado» de los límites
de los respectivos Estados-nación está agudizando el profundo desajuste
—propio de la sociedad moderna— entre el subsistema económico y el
subsistema político. La mengua, o incluso inexistencia, de soberanía nacional
en las cuestiones político-económicas (tasas de interés y de cambio, creación
de crédito, subvenciones, etc.) confirma la subordinación progresiva de lo político
(forma, símbolo, aristocracia) a lo económico (materia, función, masa).
La
existencia de múltiples aporías políticas, con el vaciamiento lógico de la
soberanía popular (nacional), para dar sólo un ejemplo, no son nada extrañas
cuando se analiza a fondo el hecho de que el Estado moderno —siempre
absolutista, no sólo el democrático sino también antes el monárquico— está
constituido en torno a un dinamismo implacable,
llamado capitalismo (el dinero como espíritu
informe, cuantitativo y abstracto). Y la ideología materialista de éste se
traduce en buscar la redención en la ideología del progreso (emancipación,
desvinculación)(20). Para la tradición política católica no se
trata, por supuesto, de detener sin más el curso
del río, o de simplemente remontarlo. Se trata, por el contrario, de abrir
una salida a la historia. Al margen del infernal movimiento exterior,
se puede observar que, en realidad, el mundo se mueve cada vez menos. El
dinamismo superficial alimentado por la soberanía popular (todavía
reivindicada, si bien cada vez más vacía de contenido real) y el mercado
global, más bien tiende a la inmovilidad, a cada vez más de lo mismo, puesto
que dar vueltas sobre sí mismo es estar inmóvil.
La
idea —bastante común también entre católicos— de oponer el capitalismo al
comunismo, no sería sino un signo de simpleza, por la sencilla razón de que
los dos son aspectos o síntomas de una
misma civilización de la materia. El error del liberalismo está en creer
que la mecánica marcha sola, pero el comunismo no cambia de mecánica, sino que
la hace girar a la fuerza. En tal civilización de la materia, el hombre, como
otro animal, no vive nada más que para su bien-estar,
no hay nada que sea más preciado para él que la vida, y nada en la vida que le
sea más preciado que disfrutar, y la actualidad social parece confirmarlo.
Sin
embargo, el mundo capitalista –y lo mismo el marxista– no es más que una
experiencia falseada, que en diverso grado institucionaliza
la desgracia ajena, que en clave católica significa la asombrosa dificultad de salvarse, porque para salvarse hace falta
el perdón, y no hay perdón si no se siente necesidad alguna de pedir perdón,
ni al prójimo, ni mucho menos a Dios.
Al
menos se intuye que esa civilización de
la materia se inspira en una concepción del hombre gradualmente opuesta al hombre cristiano, puesto que no tiene en cuenta para nada
el pecado original. Porque los defensores de la tradición política creemos en el pecado original y sus
consecuencias para el buen orden político, se nos acusa fácilmente de
desesperar del hombre. Pero no es sólo la parte degradada del hombre lo que
hace imposible la organización de un paraíso
material, es más bien lo que tiene de divino:
una libertad que sólo se realiza en la
verdad del hombre, que es Cristo.
Pese
a ello, el discurso católico actual —ejemplificado por la mano tendida al liberalismo, como demuestra la encíclica «Centesimus
Annus»— sigue cautivado por ese supuesto ideal
cultural del liberalismo, una concepción del orden social que confía en exclusiva en una estructuración
mejor del mercado y un rearme ético-individual,
tan ineficaz, sin embargo, como el
liberalismo a secas a la hora de favorecer la salvación
eterna. De este modo, el discurso católico liberal apenas rebasa el simple
recurso o apelación a la constricción
interna, propia de la conciencia (ética individual), y/o a aquella clase de
constricción externa que sobre los agentes económicos ejercen las
leyes del mercado y del Estado. De verdadera autoridad política, nada de nada.
Sin
duda no faltarán autoridades políticas de abolengo católico que saben
irrealizable un orden societario desde la simple conjugación entre economía y
ética, sin consideración de la dimensión propiamente política de la vida
social. Sin embargo, o por sus compromisos político-prácticos, o por
incongruencia con las exigencias últimas de su fe, admiten como aceptable —en
términos del tan abusado mal menor"—
que el orden societario se resuelva dialécticamente entre lo económico
(mercado, producción, dinamismo) y lo político (intervención redistributiva
del Estado, justicia y estabilización sociales).
Tampoco
faltan católicos que perciben con mediana claridad la necesidad de una seria
reformulación del liberalismo político y económico ante la crisis de la sociedad, tanto ayer como hoy(21). Así,
también la «Centesimus Annus»
insiste en que las leyes del mercado no suplen a su fundamento extra-económico:
el hombre, todo hombre, todo el hombre. Pero de régimen católico, igualmente nada de nada.
En
resumen, el catolicismo liberal sí se plantea la urgencia de buscar una «tercera
vía» que reconcilie el carácter dinámico de lo técnico-económico con la
necesidad humana de integración afectiva y estabilidad societaria, señalando
la insuficiencia del subsistema económico ante la fenomenología
de desintegración social (22).
Sin
embargo, no bastan la simple mesura y
moderación como principios de un orden social y un estado sanos. La defensa de
un buen orden social, más que un mero equilibrio, es la armonía de las partes,
estructuradas y articuladas adecuadamente. Fracasan
necesariamente las acomodaciones católicas al modelo liberal de armonía
social, porque no arrancan, en primer lugar, de un postulado metafísico-religioso,
plasmado con toda consecuencia en el
propio orden político, sino que, por el contrario, se conforman con simples
principios extraídos de la observación empírica
de la naturaleza humana y social, tal como lo pregona la doctrina liberal desde
sus comienzos.
Tampoco
bastan los esporádicos esfuerzos para recordar a la gente
que existe tal naturaleza humana (ley
natural), frente a la presencia omnímoda de la ideología historicista y
multi-culturalista imperante. Sin encarnación en un orden político concreto,
que respete y defienda los derechos de Dios y de la Iglesia, resultan
absolutamente estériles las ya frecuentes afirmaciones por parte de católicos
liberales de que el hombre no es un homo
œconomicus o sapiens-consumens,
sino un homo religiosus.
Nada
eficaz se muestran los discursos bonitos cuando falta en la actuación de
los católicos en la vida pública todo serio empeño colectivo de instaurar
todo en Cristo —también el orden político— empeño que, por tanto, no
se puede limitar a la mera idea de una
instancia social directiva, la doctrina católica, la única desde la cual han
de armonizarse los diversos subsistemas
sociales. El poder ir más allá de la oferta y la demanda implica reconocer una
gama más amplia de niveles de mediación societaria que la económica (dinero)
y jurídica (contractualidad). Y esto es absolutamente
ilusorio sin el carácter naturalmente público de la fe católica, que
también en la España democrática ha quedado relegada a simple privacidad,
a merced de los caprichos de la soberanía
popular.
Por
otra parte, los ahora tan corrientes defensores católicos de la sociedad civil
curiosamente no se dan cuenta de que la posibilidad
de reivindicar con éxito la necesidad de contrapesos
frente al Estado, precisa un efectivo
poder social de los principios de la fe. Pero no hay tal poder efectivo sin
autoridades y jerarquías en un sentido lato; y esto no es otra cosa que volver
a insistir en la doctrina política de la tradición católica, señalando sin
contemplaciones las aporías propias del régimen político democrático. Si no
hay voluntad decidida de recuperar el sano orgullo y convencimiento de que sin
esas autoridades la masa se quedaría
sin fermentar, la tradición política católica no podría ejercer de contrapeso.
Pero sólo tal contrapeso constituye
una limitación efectiva a los abusos
de la idea y del régimen de soberanía
popular. El respeto a las instancias directivas de la sociedad (la ética
enraizada en la doctrina católica), de las que se hace cargo en virtud de su
función de aristocracia social,
implica una limitación frente a la dogmatización
de las nociones democráticas de representación,
pluralismo y consenso. Un Estado sano
precisa el valor de la legitimidad
frente a la mera legalidad de un gobierno constituido por el poder
de los hechos.
El
modo de plantearse la tensión entre patria y mundo
podría ser revelador al respecto. El católico tradicional piensa que no puede
haber mundo sin patria, es decir, no cabe realizar bien la ampliación económica
del espacio societario (mercado común o global) sin los elementos de autoridad
(saber socialmente reconocido) y potestad
(poder socialmente reconocido) significados ambos en el concepto de paternidad.
La
tradición política católica significa aquí también, más allá de la
verborrea al uso, el efectivo respeto
a la subsidiariedad en las relaciones
sociales, como única garantía para una efectiva integración social.
Subsidiariedad significa aquí la descentralización
espacial y vertical en varios niveles. ¿Qué otra cosa fue la monarquía
tradicional? No así la liberal, ya bajo Isabel II, y definitivamente desde la restauración
de Cánovas.
Tras
la muerte de Franco, el invento de las autonomías, el famoso «café para todos» de Suárez, amparado por un rey que ha
traicionado su juramento —lo vemos con más o menos indignación (23)—
no conduce sino a la destrucción del poder y el orden políticos y no a una
efectiva descentralización de la potestas,
ni tampoco al fortalecimiento de las capas de nobilitas
tan necesarias para lograr la diversificación gradual de la auctoritas.
Esta
diversificación gradual es también la única medida eficaz contra las
insinuaciones anti-autoritarias de la sociedad
abierta. El gran desafío en la organización y dirección del cambio social
consiste en evitar dos extremos: el caos de la dispersión cultural o, por el
contrario, el sometimiento de la cultura a una institución
social predominante (p. ej.: al Estado o al mundo empresarial, etc.), o a una relación
humana predominante (p.ej.: a lo político o a lo económico-jurídico, etc.).
Los supuestos filosófico-políticos de la doctrina tradicional
de la Iglesia podrían arrojar luces nuevas sobre esta vieja problemática tan
olvidada o menospreciada, ayer como hoy, por el catolicismo liberal.
La
limitación última del cuerpo doctrinal liberal —en su dimensión política y
económica— consiste en que su núcleo duro, a saber, la irrelevancia o, al
menos, la simple privacidad de las convicciones religiosas, no admiten, ni mucho
menos estimulan, una universalización suficiente de los juicios religiosos, en
la medida en que ellos quedan enfocados desde la sola conciencia individual. Por
ello, cabe también preguntarse cómo el católico actual, defensor más o menos
entusiasta de ese liberalismo, pretende impedir —con presunción de
eficacia— la desintegración de la ética común por él defendida. Resulta
problemático insistir en ella como condición imprescindible del funcionamiento
socialmente inocuo de la economía libre de mercado, cuando se acepta
expresamente el paradigma de la «fe como
pura interioridad», sin obediencia, no sólo individual sino comunitaria, a
una instancia mediadora entre el alma y Dios, que es la Iglesia. Esta
incongruencia se debe definitivamente al presupuesto —implícito en la filosofía
social liberal, y asumida poco a poco por los católicos desde los albores de la
Revolución francesa (24)— de que la relación con Dios no es una
relación societaria, en sentido estricto. La voluntad de defender la fe católica
frente al liberalismo teológico-religioso y filosófico-moral, se ve
contrariada por la aceptación más o menos fervorosa del liberalismo político
(democracia) y económico (mercado libre). Pero la re-invocación de una ética
común requiere de una instancia social que le dé fuerza práctica. No faltan
autores que —pese a su ideario democrático— declaran la dificultad de hacer compatible la idea de libertad religiosa con una ética societaria que pueda defender su
pretensión de validez universal. Fe
y razón han de darse la mano, pero
eso no sólo en el plano personal y privado, sino también en el social y público.
La
versión ilustrada del pueblo como
soberano no enfoca el poder popular como relativa
autonomía sino como radical independencia del poder de Dios. He ahí su error básico,
que estamos pagando tan caro. Es decir, las formas democráticas de gobierno,
resurgidas con fuerza a partir del Renacimiento y la Ilustración, que
reemplazan la visión cristo-céntrica por otra neo-pagana, que es antropocéntrica,
son, por su propia índole, negadoras
de la soberanía de Dios. Los católicos, de cara a la vida pública, no tienen
derecho de claudicar los derechos supremos de Dios, porque son irreconciliables
los principios de la fe católica y los principios de la revolución, sea la
norteamericana, francesa, mexicana, rusa o asturiana. Sin embargo, es corriente
que la violencia que ejercen las ideas dominantes sobre las conciencias produzca
el demoledor efecto de ya no saber rebasar o elevarse por encima de los
prejuicios contemporáneos, emanados
de la manipulación universal de la historia a partir de la revolución francesa
y de la instauración paulatina del pensamiento
único (25).
Si
la religión es «asunto privado»
—así lo afirma toda la Modernidad con Hegel— o mero «opio
para el pueblo» —según el materialismo dialéctico del marxismo— o
incluso «ficción mitológica» y,
por tanto, irrelevante —según el tenor actual del criticismo
post-nietzscheano— la ética necesariamente sufre el mismo destino (26),
con la lógica consecuencia —salvo notables excepciones más o menos
heroicas— de que la búsqueda del bien
se confunda habitualmente con el búsqueda del interés
y el placer (27). El olor
predominante en las democracias modernas es —no nos sorprenda— un sinsabor,
es decir, una falta de sabor y perfume propios, siendo precisamente esa falta de
cualidad propia la nota esencial del dinero, omnipotente y omnipresente
mediador, y símbolo de la aldea global
bailando alrededor del becerro de oro.
Si
el régimen católico estaba al servicio del espíritu, el nuevo régimen
—emanado del espíritu del sæculum—
lo está del cuerpo. A pesar de que el acento del discurso europeísta y
mundialista reside en valores aparentemente meta-económicos, como son libertad (28), democracia
(29) y derechos humanos (30),
esos no son más que una hiper-estructura ideológica a los propósitos del cuerpo,
una vez asentada la exclusión de la noción de trascendencia,
es decir, la ausencia de los derechos de
Dios en la vida pública (31). No nos ha de extrañar, sin
embargo, la preeminencia de los valores del cuerpo sobre los del espíritu en el
proyecto europeo, espejo y motor, todo en uno, del proyecto satánico (32)
de la aldea global. La concepción
actual del cometido de la política que, sin más, parece consistir en favorecer
una siempre creciente disponibilidad de bienes que se adscriben al cuerpo, es
signo inequívoco de que la pugna de las ideas no ha ido más allá del
economismo. La en sí noble función de la política ha quedado absorbida por
las pretensiones del cuerpo que
instrumentaliza a la razón para sus fines económicos, variando hacia el
infinito la espiral entre producción y consumo(33).
Sin
necesidad de polémicas, creo que la tradición política del catolicismo señala
una clara alternativa al régimen de la soberanía popular, alternativa digna de
ese nombre; digna, porque sabe decir un no
contundente —multisecular— a la política del más de lo mismo, con que parece conformarse el catolicismo liberal.
NOTAS_____________________________________________________________
(1)
"Digo que la cobardía de tantos cristianos frente al
mundo de mañana, que fingen no ver o reconocer, es una tentación
verdaderamente demasiado peligrosa para esta clase de humanidad feroz que
precisamente está formando este mundo" (La
libertad, ¿para qué? – Ed.
Encuentro, Madrid, 1989, p.89).
(2)
Es
evidente que un incrédulo se queda del todo indiferente cuando haces ante él
profesión de creer en los grandes misterios de la fe, cuyo significado apenas
entiende y que no dicen gran cosa a su imaginación. He ahí la razón también
del error del catolicismo liberal, que ha hecho las paces con la revolución,
pensando que nunca faltará la posibilidad y oportunidad de dialogar con el incrédulo.
Pero el incrédulo, o no quiere o ya no puede ni escuchar, ni entender, ni
obedecer, o ninguna de ellas.
(3)
Introducción
a Donoso Cortés – Rialp, Madrid, 1964, p. 254.
(4)
La
nueva sensibilidad
– Espasa-Calpe, Madrid, 1988, ps. 27-39.
(5)
La
casi totalidad de los políticos alzados al poder en 1931 eran tan enemigos
declarados de la Iglesia que pretendieron apresuradamente un Estado laicista. He
aquí la fuerza revolucionaria detrás de las Cortes Constituyentes, tras la
victoria en las urnas (28/6/31), consecuencia directa de la excusable
"gripe" que asoló la España tradicional, bastante
"indispuesta" con motivo del abandono poco "real" del trono
por parte de Alfonso XIII, y algo perpleja por el precipitado reconocimiento
pontificio de los "poderes constituidos", mediante carta del Nuncio a
los obispos, trascurrido escasos diez días desde la declaración de la República
(cf. F. de Meer : La
cuestión religiosa en las Cortes Constituyentes... – Pamplona, 1975, ps. 30 y ss.). Acaso fue señal de notable
ingenuidad el hecho de que la Santa Sede confiara en que el gobierno anticatólico
respetara los derechos de la Iglesia y el Concordato vigente, sobre todo
teniendo a la vista las múltiples lecciones de la historia contemporánea
—incluso reciente— sobre la futilidad e infertilidad social de una paz a
toda costa, como son, p. ej., la dolorosa orden de la Santa Sede en el curso del
verano de 1926, de cara al conflicto mexicano, de que «los sacerdotes se abstengan de ayudar material o moralmente a la
revolución armada», hecho que, además del desengaño popular con respecto
a la jerarquía —nunca recuperado— llevó, en última instancia, a que hayan
podido darse los sistemáticos asesinatos de los Cristeros, desde septiembre de
1929 hasta mayo de 1931, sólo escasos meses desde que, en Junio de 1929, los
obispos mexicanos, con espíritu "interesado" de obediencia al
teledirigido voluntarismo reconciliador vaticano (al que obedece el diseño de Acción
Católica en el mundo católico), y de confianza ilusa o incluso malévola
respecto a las motivaciones del gobierno revolucionario, habían firmado con
Calles los famosos «Arreglos» (cf. Ahora
Información nº 34, «Cristeros,
cruzados del siglo XX», Barcelona, 1998, ps. 20-22). Los ejemplos de México
y España muestran que desde la Revolución Francesa la Jerarquía eclesiástica
ha ido perdiendo su fino sentido de las cuestiones del poder, poniendo sus
buenas "intenciones" por delante de lo que razonablemente puede
esperarse de gentes e instituciones que, con más o menos furor, se declaran y
comportan como anticatólicos.
(6)
Cito
aquí a su libro reciente sobre Koinós. El pensamiento político de Rafael Gambra – Speiro,
Madrid, 1998, p. 56.
(7)
Historia
de la democracia cristiana – Trad. española en Ed. Tradicional, Madrid, 1950, p. 26.
(8)
Por
cierto, la barbarie es algo muy distinto a la ignorancia. No hay que confundir
al bárbaro con el hombre primitivo. El bárbaro no es un bárbaro porque ignora
o rechaza las elevadas disciplinas espirituales que hacen al hombre digno de
llamarse hombre. Uno puede perfectamente imaginarse una humanidad que ha
retrocedido o vuelto a la barbarie. No son los técnicos del mundo moderno los
que mantienen esas disciplinas. Ellos lo deberían saber de sobra. Por eso no
tienen excusa cuando garantizan y ratifican la opinión de los necios, para los
que la idea de civilización es inseparable de la de confort.
(9)
Al
hombre medio le tiene totalmente sin cuidado la humanidad regenerada en Cristo,
y no pide, en el fondo, sino un pretexto para renegar de la libertad metafísica,
cuyo riesgo (ya) no quiere correr. El hombre medio no está en modo alguno
orgulloso de su alma, no desea más que negarla. Lejos de ser la consoladora
ilusión de los simples, de los ignorantes, la creencia en la libertad, en la
responsabilidad del hombre, es a lo largo de los milenios la tradición de las
elites. Pero en cuanto se debilita el prestigio de los sabios, la autoridad de
los poderosos, en cuanto flaquean civilización y cultura, los hombres de masa
vuelven a buscar un solar, un rincón de calle donde perder su alma inmortal,
con la esperanza de que nadie se la vuelva a traer. Sin
embargo, los que siempre se habían mirado como los guardianes de la más alta
tradición de la especie, la "inteligencia" católica, rechazan ahora
esa carga. Sin duda, apenas habían esbozado el gesto de traición y renuncia,
ese era el que esperaban las masas desde siempre, desde la salida del Paraíso.
(10)
Lo
menos que puede decirse de la civilización actual es que no encaja en absoluto
con las tradiciones y el genio de España. Al tratar de ajustarse para vivir en
ella, es muchísimo, es una inmensidad lo que ese pueblo ha perdido. Corre el
riesgo de perderlo todo en este esfuerzo contra sí mismo, contra su historia.
(11)
«Lo característico del 98
—escribe Maeztu situando a España en este proceso, análisis todavía válido
hoy— es que los lugares comunes de índole
antagónica, como el de la sacrosanta libertad y la virtud de las damas, o el
honor de los caballeros, convivieron en los mismos pechos sin darse cuenta de que eran incompatibles... en
aquel momento se confundían los temas de la tradición con los de la revolución
y había muchos republicanos que eran conservadores en todo, salvo en su
concepto de la forma de gobierno, ... y
hasta grandes patriotas que reclutaban
sus huestes entre los elementos que después se ha visto que constituían la
antipatria. Esta
confusión era propia del momento y del país, que desde hacía mucho tiempo no
se había dedicado a precisar los contenidos de las ideas generales. ... Quizá
ahora... pretendamos suplir con papeletas y fichas la falta de talento creador
... muchos españoles (viven) sin darse cuenta de que los pueblos sólo viven
mientras hay hombres dispuestos a morir por ellos. ...Unamuno sintetizaba:
"Robinson ha vencido a don Quijote". ... Entonces empezaba a propagarse por España la interpretación
económica de la historia, que es la de Sancho Panza, y parte de los
intelectuales y del pueblo soñaron que al descargarse de las altas
responsabilidades históricas viviría la gente mejor o, por lo menos, más a
gusto» ("La novela del 98", en La Prensa, Bs.As., 27.XII.31).
(12)
Tomando
como marco de argumentación el famoso y nefasto «café para todos», promovido
por Suárez y el sujeto que detenta actualmente la Corona, como principio del
actual régimen autonómico que está conduciendo al arbitrario, y de paso carísimo,
desmantelamiento de España como unidad histórica, Licinio de la Fuente no hace
más que confirmar la tesis del olvido del estatuto trascendental de la
historia, es decir, del desequilibrio en la consideración de las dimensiones
del tiempo (pasado, presente, futuro) propias de la condición humana: «Nosotros
no disponemos de España. España no es una herencia que se pueda partir y
repartir. España es la obra de muchas generaciones de la que una generación
determinada no tiene facultad de disposición» (Razón Española, nº 95, mayo-junio 99, Madrid).
(13)
El
filósofo y periodista alemán Alexander Lohner, en un ensayo a caballo entre
texto académico y divulgativo, analiza la insuficiencia del sentimiento en
general y de la compasión en particular, como fundamentación de la moral (y
por lo mismo también como fundamento de la política). En línea con la Theorie der Sympathiegefühle de Max Scheler (1913), refuta la
validez de la doctrina ética schopenhaueriana que desvincula lo moral de lo
racional y lo personal, quedándose con un vago sentimiento de compasión. Y en
este contexto desarrolla lúcidamente la noción de la «transitoriedad de los sentimientos», sean de compasión o de otra
índole, diciendo que «hay muchas
ocasiones que estimulan los afectos de compasión y que sin embargo no conducen
a un juicio éticamente válido: ante el tribunal del sentimiento de compasión
no sólo tiene razón el supuestamente más débil frente al supuestamente más
fuerte, sino también el que está presente frente al que está ausente, y de
modo habitual impera lo presente sobre lo pasado (tradición) y lo futuro (caso
de la “madre” que quiere abortar su “nasciturus”). No debe olvidarse el
hecho de que el sentimiento de compasión) sólo tiene vigencia como tal cuando
y mientras exista como afecto realmente presente. Muchos mandatos morales
requieren sin embargo nuestra actuación también más allá del estado de una
actual afectación emocional» (Die
Tagespost, nº 49, 24 de abril de 1999). Se observa por tanto que el
reduccionismo temporal del hombre al mero hic
et nunc no sólo trae graves consecuencias para una recta comprensión de
las cuestiones morales sino también de las políticas, y viceversa.
(14)
Acaso
hace falta la fina ironía de un José Mª Pemán para que, riéndonos un poco,
aceptemos sin alterarnos este estado de cosas (cf. «El
otro es fascista», en Obras Selectas, Barcelona, 1971, Vol.I, ps. 118 y
ss.; cf. también G. F. de la Mora, «Orwell
en las Cortes», Razón Española,
n° 97, 1999, Fundación Balmes, Madrid).
(15)
El
mundo actual padece de una incomprensión casi visceral de la correlación entre
hábito y placer. Es un problema práctico que interpela tanto a la teoría
moral como la política. Habría que volver a asimilar la enseñanza clásica de
que la calidad, intensidad y duración de un sentimiento de placer está en
función directa con la índole y cualidad de los hábitos (virtudes o vicios).
La repetición de actos es el responsable primordial para que brote y se
consolide un sentimiento de placer. Si leo mucho, me acabará por gustar. Si me
doy frecuentes baños en la música “tecno”, eso me gustará. Sería erróneo
pensar que no leo, pienso, rezo, etc. porque no me gusta leer, pensar o rezar.
El hábito hace al monje, nunca mejor dicho. Podría decirse en analogía a la
sentencia escolástica de que la verdad es la adecuación de la inteligencia con
la cosa, que el placer es la adecuación de los sentidos a las cosas. He aquí
el problema, ¿a qué cosas me induce aplicar la atención la sociedad actual?
Conforme al modelo de “adecuación” que se estila en una comunidad política,
impera lo material o lo espiritual. La “defensa del espíritu” (Maeztu)
tiene claras consecuencias, también para la dirección política. He aquí,
“la adaptación al siglo”, signo inconfundible de la crisis actual de la
Iglesia. Porque la aceptación de los principios del liberalismo, avalando el
espíritu gnóstico del Renacimiento, oculta prácticamente la primacía de los
bienes internos, pero son estos, las virtudes —tanto las intelectuales como
las morales— las que permiten al hombre trascender el tiempo y las que lo
insertan en la eternidad, anticipándola en cierto modo. La virtud es un modo de
anticipar el cielo; el vicio, de anticipar el infierno. Este es el auténtico
sentido de la idea católica, no protestante, por cierto, de que cielo y
infierno respectivamente comienzan en esta vida, o dicho de otra manera, todo
aquel que no alcanza cierta paz del alma en este mundo (en el sentido de la noción
de tranquilitas ordinis de San Agustín,
«De
Civitate Dei», XIX, 10-13), ya está con un pie en el infierno.
(16)
La
Iglesia católica nunca ha negado el papel que, sólo después del pecado
original, tiene para la "humanización" del hombre la transformación
de la naturaleza. Hablando en serio, significa una participación accidental
del hombre en las obras de Dios, en la transfiguración del mundo. Defender la
vida y ensancharla, resucitándola así en cierta medida: en esto ha de
consistir la actividad económica del hombre. Ha de ser una reacción positiva
del principio vivificante contra el principio mortífero. Es parte de la obra de
la Sofía encarnada (Cristo) para restaurar el mundo, obra que lleva a
cabo por intermediación de la parte redimida de la humanidad (la Iglesia). Y es
ella la que establece la teleología del proceso de la historia. El mundo, caído
en una condición de no-verdad, o sea, de mortalidad, debe volver a la razón de
la Verdad. La causa material o simple condición, no más, de esta repuesta en
orden es el trabajo (la actividad económica). Pero el fin de la historia se
halla más allá de sus fronteras, ella no representa más que un camino. Además,
del mismo modo que la economía es meta-económica, el origen del trabajo económico
se halla más allá de la historia y la economía en su sentido actual.
Partiendo de las condiciones ontológicas de posibilidad de la economía, es muy
sugerente, a pesar de su toque gnóstico, el hilo argumentativo del filósofo-teólogo
ortodoxo S. Bulgakov (cf. Philosophie
de l’économie (1912), Collection Sophia, Ed. L’Age d’Homme, 1987, Lausanne). Sus
análisis culminan en la cuestión por el sentido de la economía: su teleología
y escatología, afirmando que, si bien, mediante el trabajo, el hombre intenta reconciliarse con Dios y con la naturaleza, no obstante, no
puede acabar esta «obra común» de la cual habló otro ruso emblemático,
Nicolas Fedorov, atribuyendo al trabajo una eficiencia escatológica real.
Bulgakov, por el contrario, expone con muchos matices una ontología, axiología
(ética), teleología y fenomenología de la economía sin admitir que el
trabajo de la humanidad tuviera una «fuerza» transfiguradora inmanente. En sus
obras posteriores a la Filosofía
de la economía, a saber, La
lumière sans declin (1917, idem, 1990) y Orthodoxie et Economie, en: Orthodoxie (1921, idem,
1982), va profundizando en estos temas en un marco de investigación que
sucesivamente va rebasando los límites de la mera investigación filosófica.
Así, la economía tiene un límite, se topa con su misma incapacidad regeneradora. Además, el reconocimiento mismo de aquel
límite es precisamente la salvaguardia ante el pesimismo y escepticismo que
acosan al «materialismo económico», sea en su vertiente socialista o
liberal-utilitarista-individualista. El trabajo y el consiguiente poder y la
riqueza, que mediante aquél adquiere el hombre, indudablemente suponen una cierta
victoria de la vida sobre la muerte. Pero no puede vencer definitivamente a la
muerte. (En la actualidad, esto lo pretenderían, como su expresión quizá más
contundente e irrisoria, aquellas personas que hacen congelar su cuerpo para que
por medio de alguna magia de la ciencia y técnica puedan resucitar algún día
en este mundo). Esta transformación, que es en realidad un nuevo acto creador
de Dios de cara al hombre, el trabajo económico
(a pesar de su «magia» de poder y riqueza) justamente no puede efectuarlo.
Bulgakov denuncia así la falsedad de una «escatología» económica (del signo
que fuera) que no significa más que una nueva vuelta al «mesianismo judaico»:
«la seducción por el reino de este
mundo, objeto de la primera tentación diabólica: el hombre anhelando
manifestarse como mesías económico que por el poder de su regulación de la
naturaleza se vivifica y resucita» (La lumière sans declin: 355; cfr. 336). Por la fuerza de las
cosas todos los esfuerzos del economismo miran a la perpetuación de la
existencia de este siglo.«Todas las teorías
económicas, sobre todo las del socialismo, lo ponen de manifiesto: bajo el
manto de la libertad mediante la acumulación de la riqueza pretenden consolidar
la servidumbre económica del hombre, incitándole a realizar el ideal
contradictorio de una libertad mágica o económica». Pero la economía no
tiene escatología, aunque se refiere a ella. Por el contrario "se provoca
una definición errónea de la economía por olvido de su contingencia y su carácter
relativo" (idem: 337).
(17)
Ver
la ya clásica obra de Rafael Gambra, El
silencia de Dios, Prensa Española, Madrid, 1968 (4ª ed.,
Criterio-libros, Madrid, 1998).
(18)
El
ahora “cardenal” Leo Scheffczyk es uno de los pocos teólogos adictos al
concilio vaticano segundo capaz de discernimiento suficiente para denunciar este
hecho lamentable, que por ahora parece culminar en la confusión de los fieles
católicos mediante la claudicación ante un falso ecumenismo tal como subyace
en la labor del cardenal Prefecto Cassidy, que –por desgracia– firmó el 31
de Octubre, día de la reforma protestante en Alemania, la controvertida
declaración conjunta (de nulo valor magisterial, sobre todo luego de las
objeciones formuladas por la Congregación para la Doctrina de la Fe) de cara a
la doctrina de la justificación. En un conferencia reciente, ante un círculo
de “sacerdotes conciliares” (Linzer
Priesterkreis) austriacos, el cardenl Scheffczyk afirmó que aquí la cuestión
de la unidad práctica se ha resuelto a
costa de la verdad, en concreto, sobre todo a costa de la efectiva «existencia
de la gracia en tanto don creado», doctrina de la gracia que rebasa con
mucho las angustiosas, deficientes e imprecisas afirmaciones de Lutero sobre la
justificación como el famoso «simul
iustus et peccator» (cf. Deutsche
Tagespost, 21 de Junio de 1999, p.7).
(19)
Hablando
de la crisis teleológica de la modernidad, no deberíamos dudar de que el campo
semántico de la "ley natural" de la tradición católica, no
iusnaturalista-racionalista, no se identifica con lo que los revolucionarios
franceses —y mundialistas actuales (ONU)— entienden cuando hablan de los
"derechos humanos" (cf. José Zafra Valverde, La Torre de Babel de los Derechos
del Hombre, Pamplona, 1993). He aquí una evidencia más de que crisis
teológica y crisis teleológica se implican mutuamente.
(20)
Cf.
A. Böhmler, El ideal cultural del liberalismo.
La filosofía política del ordo-liberalismo, Unión Editorial, Madrid,
1998, p. 208).
(21)
Temática
extensiva y agudamente analizada por Röpke en su Die Gesellschaftskrisis der Gegenwart (1942), 6ª ed., Verlag
Paul Haupt, 1979, Berna (vers. española: La
crisis social de nuestro tiempo, Revista de Occidente, Madrid, 1947).
(22)
La
actividad económica, aun considerada en sí misma, no es mera producción, sino
que tiene que dotar de sentido a la persona humana, contener elementos de otium
en el sentido clásico (contemplación). La felicidad no se alcanza en la
espiral entre producir y consumir, cuyas patologías sociales son analizadas con
detenimiento (soledad, marginación, aburrimiento, tedio, agresividad,
embrutecimiento, mal gusto, excentricismo, etcétera).
(23)
Remito
una vez más al muy cuerdo ensayo de L. de la Fuente sobre La España de las Autonomías, en op.cit., ps. 261-78.
(24)
Cf.
A. Böhmler, La Iglesia y la Revolución. La
"cristiada" mexicana y la "cruzada" española en la
encrucijada del pensamiento político tradicional y moderno, comunicación
para el X Simposio Historia de la Iglesia
en España y América sobre «La nueva
relación España-América en el proyecto europeo», 17 de Mayo, Sevilla;
publicada en las Actas de la Academia de
Historia Eclesiástica (Sevilla).
(25)
Se
discrepe o no con multitud de afirmaciones y valoraciones hechas en la realmente
prodigiosa producción literaria de R. de la Cierva, es una constante meritoria
a mi juicio el no sucumbir al "pensamiento único"; más lo es el
combatirlo con todos los medios de historiador a su alcance, que al menos rozan
con ser enciclopédicos. En este esfuerzo inconformista se inscribe también La
victoria y el caos (Madridejos, 1999) donde pone el dedo en la
falsificación de la historia de España: «Airado
e irracional rechazo —escribe— provoca
en sectores decisivos del mundo cultural y el mundo político cualquier exposición
sobre.. la historia de España y la historia de las ideas y formas políticas
que no se ajuste a los cánones de lo políticamente correcto. Una
poderosa fuerza —como se llamaba en los años treinta a la Masonería..—
intenta con todos los recursos imponer en el conjunto mundial de los medios de
comunicación, con inclusión de las editoriales de prensa y de libros, una
versión de pensamiento único que veta implacablemente cualquier línea de
opinión discrepante».
(26)
Para
evitar esta conclusión, frente al escepticismo liberal (que no se queda en el
nivel metafísico, sino coherentemente niega cualquier pretensión de verdad
universal en política), la solución de Hegel consiste en totalizar la ética,
identificándola con la política, lo que equivale a su supresión, confiando su
realización en manos del Estado, ideario que gustosamente han desarrollado
Marx, Engels, etc, y que posteriormente fue convertido en tarea diabólica, por
gente demasiado conocida.
(27)
El
bien auténtico se comparte y difunde (bonum
diffusivum), el interés y el placer, por el contrario, son "míos"
o de los "míos", es decir, es privativo y exclusivo por su propia índole.
(28)
Frente
al discurso hueco de la revolución liberal, telón de fondo del proyecto
europeo y de la nueva relación España-América, el Maeztu de la triple
"defensa", Defensa
del Humanismo, Defensa
de la Hispanidad, Defensa del Espíritu,
recuerda la concepción de libertad de la filosofía perenne. No basta ser
naturalmente libre, ni usar, de cualquier forma, de esa primaria y espontánea
libertad. Para dar cumplimiento a las verdaderas exigencias de nuestro modo
espiritual de ser libre es preciso que la verdad gobierne a la existencia. La
perfección de la libertad requiere por tanto una disciplina de cara a la
verdad: «Si pensamos —escribe
Maeztu— que el alma es, de hecho, agente
libre y no siervo, el ideal que le propongamos no ha de ser la libertad, sino
precisamente aquella disciplina con que ha de merecer y conquistar la libertad.
Entre la libertad instrumental o de hecho y la libertad ideal o final media un
aprendizaje que no podemos saltarnos a la torera. Stuart Mill se engañaba al
esperar la verdad de la libertad; tenemos que desandar lo andado y reconocer
humildemente que sólo la verdad nos hará libres» (citado en A. Millán,
op. cit., 25). Y otro texto más claro todavía: «La
liberad es libertarnos de la servidumbre del pecado. ... A
la conquista del alma, mejor dicho, a la majestad del alma, sólo por el camino
de la verdad se llega» (Idem).
(29)
La
relación profunda entre pacifismo y democracia es tan clara como oculta. Se
trata simplemente de sustituir la decisión armada que, en principio, conduce a
la victoria del más fuerte, por la negociación económica, que conduce al
dominio del más rico. ... La democracia es, en el fondo, una criptocracia
plutocrática.. y al ser un poder oculto es natural que se combine con todas las
otras redes y sectas de connivencia oculta.. (A. D’Ors, op.cit.,
p.105 y ss.).
(30)
«(T)enemos que poner
un precio irrenunciable al reconocimiento de tales atributos —así
concluye Zafra su penetrante obra antes citada—. Al
caracterizarlos de "inherentes" a todo ser humano, jamás
consentiremos que se les interprete como dotes o potencialidades cuya última
fuente esté en el hombre mismo. Son derechos naturales, pero dados por Aquél
que ha dado al hombre su naturaleza como un ser presente a quo y como un ser
futuro ad quem. Son, pues, derechos naturales, pero trascendentales en razón de
la naturaleza de su Autor. Y como tales, reciben su vigor más poderoso cuando
Dios es contemplado, no tan sólo como el Omnipotente que dicta mandamientos,
sino como el Amigo, como el Padre que, al hacer al hombre libre y desear y
esperar una respuesta armónica de éste, necesita, porque quiere, que se le
reconozcan Sus derechos eminentes» (207 y ss.).
(31)
Idem.
En los dos últimos capítulos se analizan detenidamente los derechos generales
de Dios (ps. 177-87) y los derechos concretos del Dios-Hombre (189-203).
(32)
«El precepto de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo
como a uno mismo se puede entender como un deber de servicio» —así
arranca la lúcida argumentación de A. D’Ors (op.cit.,
p.86)—. «Y ese Amor es precisamente la
expresión más cabal de la unidad: unidad con Dios y con todos los hombres. ..
Ese camino del Amor parece ser el de la santidad. .. La historia nos muestra la
reliquia social del Pecado en forma de no-unidad, pero el sobrenatural
perfeccionamiento del hombre le lleva, también en el orden de su coexistencia
social, a buscar una unidad. El problema está en discernir cuándo esta unidad
es aceptable para Dios o no.. La idea guía para entender esta diferencia entre
unidad santificable y la no santificable está en la unión matrimonial. ..
Hasta tal punto (lo) es el matrimonio.. que para explicar la trascendencia
social de la unión misteriosa de Jesucristo con la naturaleza humana, se
presenta a aquella por analogía del matrimonio: de Jesucristo con la Iglesia
por él fundada. .. Y esta Iglesia, precisamente por ser única —como la
esposa en el matrimonio— ha de ser universal. ..de ahí.. católica. Pero se
puede decir más: es la única sociedad universal realmente santa. Las otras
sociedades que pretenden ser universales podrían acaso ser indiferentes, pero
el hecho es que suelen ser contrarias a la voluntad de Dios. .. La idea de
constituir hoy un estado universal sería una repetición analógica del pecado
de la torre de Babel; pero hay pretensiones similares. .. Fuera de la Iglesia (Pedro, no Simón) no consta una delegación de poder único universal. .. La ambición a
un dominio total del mundo se plantea hoy como dominio de un control económico
encubierto, manteniendo la apariencia de un pluralismo político universal. Ese
es el fin de la llamada Sinarquía, que se disfraza bajo otros nombres (Masonería,
Trilateral, ONU) según los distintos aspectos de su influencia y las diversas
coyunturas mundiales, y resulta compatible con ciertas tensiones ideológicas..
a pesar de hallarse dominadas por aquel control despersonalizado y oculto
(ps. 86-91). La unidad forzada de una
comunidad política universal sería contraria a la libertad y, por ello, a la
Moral cristiana. Tampoco parece ser conforme a la voluntad de Dios, pues atenta
igualmente contra el dogma del Reinado actual de Jesucristo, la unidad universal
que pretende conseguir el gobierno sinárquico..; antes bien, este poder
universal secreto, cuyo fin es el dominio universal por el control económico,
es esencialmente anticristiano; presenta rasgos claramente satánicos, al imitar
la unidad universal de la Iglesia de Cristo y encubrirse como
"autoridad" clandestina aparentando que los pueblos son libres para
elegirse libremente otras "potestades"; ..la única unidad universal
positivamente querida por Dios es la de la Iglesia, y parece conforme a esa
misma voluntad que coexistan distintas potestades en el orden político..: a la
unidad de la Iglesia corresponde la pluralidad del mundo secular, y la unidad
política del mundo secular, en cambio, atenta siempre contra la unidad santa de
la Iglesia" (p. 115 y ss.).
(33)
Cf. A. Böhmler, op. cit., p. 259.
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