“Custodia de la Tradición Hispánica” percibe en el Mensaje que Don Sixto de Borbón ha enviado a Su Santidad  el Papa Juan Pablo II, con motivo de su visita del 3 y 4 de mayo a España, una fiel y oportuna expresión de principios de la Monarquía católica tradicional.

 

Escribe “ como depositario de la legitimidad dinástica de la Monarquía hispánica, desconocida por la Revolución liberal que a partir de 1833 desfiguró a ciencia y conciencia el rostro católico de los pueblos españoles”. Deja explicitado  así el lema carlista “Dios, Patria, Rey”.

 

El Papa Alejandro IV había reconocido: “ Es nota característica de los reyes españoles luchar en defensa de la fe y su principal empresa fue siempre vencer a los infieles”. Es la reivindicación que Don Sixto asume ante Su Santidad al señalar la diferencia entre la fidelidad de la “ legitimidad proscrita” y las concesiones de los “beneficiarios de la usurpación” que condujeron a la descatolización  y deshispanización de España e Indias.

 

Su carta recoge la mejor tradición de los derechos y deberes de los príncipes de la Cristiandad, como Isabel la Católica, y de los santos, como San Bernardo, en cuanto exhorta al Soberano Pontífice a restituir a los católicos “premisas para combatir en la vida política sin complejos  de inferioridad” y le advierte, con humildad, contra “predicaciones incoherentes.”

 

Ha sabido el autor compendiar los errores políticos contemporáneos- liberalismo, pluralismo, laicismo y la “ideología inmanentista de los llamados ‘derechos humanos’”- de los cuales, dice, el Magisterio actual sólo condena, “justa pero ilógicamente”, sus efectos. Es el concepto esclarecedor del tradicionalismo, hoy más vigente que nunca: no se puede levantar altares a principios y cadalsos a sus consecuencias.

 

La doctrina pontificia anterior a la Revolución,  que la misiva tan bien sintetiza, no suscitaba dudas en el catolicismo. El carlismo no era entonces necesario. Lo fue como resultado de “ una lucha más honda” entre la Cristiandad, que defienden sus antecesores dinásticos, y “ la suerte de contracristiandad” de los “ pseudo- príncipes liberales”.

 

Valen como significativos los recuerdos de la entrañable vinculación de su tío abuelo Carlos VII con San Pío X  y la de su padre Don Javier con el admirable Papa Pío XII. Así como de la lealtad y el sacrificio de los requetés del 36 alzados para defender la Religión y la Patria bajo órdenes de Don Alfonso Carlos I y  de Don Javier.

 

El carlismo y la tradición católica tienen que sentirse representados en este manifiesto. La Fe católica, el orden político regido por el derecho natural y divino exigen la sumisión de la autoridad a la doctrina tradicional de la Iglesia. Y excluyen  la Revolución liberal, sea anarquista o moderada.

 

En la orilla occidental del “ conjunto de pueblos que constituyeron las Españas”, como nos define incuestionablemente el documento, el carlismo queda confirmado en su radical negación de toda ruptura con el plan de Dios, con la Patria, y con la Monarquía tradicional. E instado a convertir, desde esta orilla, el pasado “constituyeron” por un presente y permanente “constituyen”.

 

Álvaro Pacheco Seré              

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