La Patria seg�n el carlismo
Por Mario Fidel Bianchetti
- Ensayaremos primero una demostraci�n del origen divino de la Patria:
Sabemos que la Patria es siempre la de nuestros padres; de no ser as�, no ser�a Patria(1), y como esta cadena hereditaria no puede ascender infinitamente, es obvio que la Patria s�lo puede provenir del Primer Padre: Dios Nuestro Se�or.
Como corolario, se desprende aquello que ya hemos le�do en estas p�ginas: �la continuidad de la Patria pertenece a la esencia del concepto� (2) y no es potestad de los hombres su reemplazo.
...Y luego el necesario acto fundacional:
Sabemos tambi�n que una Patria Cat�lica no puede nacer mientras su cabeza no sea cat�lica: entonces necesariamente Dios Nuestro Se�or la funda en un pueblo cuando por primera vez su Rey se convierte a la Religi�n Verdadera.
Dir�amos que Dios funda la Patria cuando infunde en el soberano la Fe, que luego ser� naturalmente heredada.
Resulta as� la Patria la esencia de la uni�n entre la Iglesia y el Estado. De all� que la Patria est� en el centro mismo del lema carlista, simbolizando su funci�n unitiva entre Dios y el Rey.
Pero no cualquier dios, sino Aquel que nos infunde la �nica Fe Verdadera, aquella que nos env�a Nuestro Se�or Jesucristo por medio de su ap�stol Santiago; ni tampoco cualquier rey, sino s�lo el Rey leg�timo, aquel en quien Dios delega su poder sobre los hombres, aquel por quien es justo hasta dar la vida.
Es por eso que el inter�s y la dedicaci�n del Carlismo en determinar y exigir la legitimidad del Rey es verdaderamente estudiar y cumplir la voluntad de Dios.
Son esa Fe Verdadera y ese Rey leg�timo, unidos por la Patria Cat�lica, los aut�nticos forjadores de la Grande Espa�a.
Podr�amos agregar �haciendo un paralelo con lo biol�gico� que esa unidad semeja una relaci�n simbi�tica en la que las dos sociedades alcanzan su equilibrio natural, y desde �l las dos, cada una con los medios que le son propios, trabajan mancomunadas en la misi�n salv�fica, su verdadero fin. Aqu� coincidimos con Jos� Antonio cuando nos ense�a que "la Patria es una misi�n en la Historia" y no cualquier misi�n, sino la m�s trascendente que nos pueda ser encomendada: la salvaci�n de las almas.
Esta misi�n es por lo que acabamos de ver y como hemos escrito anteriormente: �un mandato divino� (3), derivado desde luego del cuarto mandamiento. De all� la gravedad que implica y las consecuencias que acarrea la traici�n a la Patria, tan reiterada por los movimientos revolucionarios independentistas, separatistas, comandados por el poder internacional de turno, que asolaron la Am�rica Espa�ola del siglo XIX, infectan la Espa�a peninsular de hoy y amenazan dividir a�n m�s esas falsas patrias, llamadas rep�blicas americanas. Los separatismos, como la avaricia, no conocen l�mites.
La Patria Espa�ola, como misi�n, se manifiesta con toda claridad en la Reconquista y muy especialmente en la Evangelizaci�n de Am�rica: la m�s grande obra de la Cristiandad.
Es as� como el enemigo de nuestras almas tiene all� el blanco m�s redituable que pudiera elegir: obscurecida la Patria, las almas caer�n por a�adidura.
Veamos ahora porqu� la revoluci�n, al inventar nuevas patrias �falsas de origen y por lo tanto vac�as de sacralidad� produce la ruptura de esa Santa Unidad de la Iglesia con el Estado, de Dios con el Pr�ncipe. Esto ocurre porque esa funci�n unificadora es, como hemos visto, privilegio de la Patria Verdadera, es obra de Dios. Ning�n futuro concordato podr� suplir la fuerza unitiva del mandato divino: ser� como la simulaci�n de un sacramento desprovisto de la Gracia Santificante. Con el tiempo, una vez generalizada la desacralizaci�n del Estado, su separaci�n formal de la Iglesia pasar� a ser natural.
Y es tambi�n a causa del origen divino de la Patria y de su continuidad esencial que ninguna falsa patria separatista y revolucionaria, creada traicionando a la Espa�a Eterna, podr� arrogarse la misi�n de llevar las banderas de la Hispanidad.
Sin Patria Verdadera, al igual que sin Rey Leg�timo, no habr� nunca verdadera restauraci�n.
Los nacionalismos, sirviendo a la revoluci�n �a�n sin saberlo� s�lo podr�n generar sentimientos de odio entre los pueblos de una misma Patria.
Los conflictos entre las pseudo naciones americanas ser�an insolubles y permanentes sin el control directo de los actuales poderes internacionales, que las mantienen aplastadas, debilitadas e inoperantes. Sin el manejo discrecional de la gigantesca tiran�a mundial, estas rep�blicas se mantendr�an en estado de beligerancia permanente, interior y exterior. Y as� ocurre cada vez que ese poder lo dispone.
La paz en la prosperidad del per�odo hisp�nico, cortada de ra�z por la revoluci�n, s�lo fue y ser� posible en el orden de la Unitiva Patria Verdadera.
Y como afirmara en un valiente manifiesto de 1872 Don Vicente de la Hoz y de Liniers, nieto de nuestro ilustre Don Santiago de Liniers:
"Ya es hora de que vuelva a sonar triunfante en el mundo la voz humilde que s�lo ense�a caridad y deberes, y convierte a los pueblos. No m�s altares al demonio; no m�s despotismo disfrazado de libertad; no m�s extra�as sugerencias; es hora ya de dar a Dios lo que es suyo; de reconstruir la Patria de Recaredo y Felipe II; de que la autoridad represente y simbolice la fe de los cat�licos y el amor y las tradiciones de los espa�oles; es hora de que en Espa�a toda, de C�diz al Pirineo y m�s all� de los mares, ondee sola y triunfante la bandera de Dios, de Espa�a y del Rey�. (4)
1 Nota: nos referimos al legado espiritual y material tanto de nuestros padres biol�gicos, como de aquellos que desde posiciones jer�rquicas o no, nos han transmitido paternalmente durante siglos nuestra verdadera Tradici�n.
2 �lvaro Pacheco Ser�. �...Patria...� Bolet�n de la Soc. de Estudios Trad. Don Juan V�zquez de Mella, A�o 3, N� 9, octubre de 1999.
3 Mario Bianchetti. �La Patria del Carlismo� Bolet�n de la Soc. de Estudios Trad. Don Juan V�zquez de Mella, A�o 4, N� 11, agosto de 2000.
4 Bernardo Lozier Almaz�n. "El virrey Santiago de Liniers y su Descendencia Legitimista" Cuadernos de Divulgaci�n de la Soc. de Estudios Trad. Don Juan V�zquez de Mella, N� 1, diciembre, 2000. Del "Manifiesto de la Junta Central Cat�lico- Mon�rquico sobre las elecciones, 8 de marzo de 1872. (El resaltado es nuestro)