DON RAMIRO DE MAEZTU:
LA RESTAURACI�N DE LA HISPANIDAD
Por Jorge Andregnette Capurro
Montevideo � Uruguay
Nace Ramiro de Maeztu en Vitoria (Alava) el 4 de mayo de 1874. Brill� su intelecto desde temprana edad, y aborda con lucidez el gran problema de la Hispanidad, que fue su gran preocupaci�n en parte sustancial de su fecunda vida, hasta su muerte, m�rtir de la incomprensi�n y el fanatismo.
Es en el mes de diciembre de 1927 que el gobierno espa�ol, presidido por Don Miguel Primo de Rivera, Marqu�s de Estella, acredita como embajador en Buenos Aires a Ramiro de Maeztu.
Este ilustre alav�s, quien gozaba a la saz�n de un s�lido prestigio intelectual, no solamente en la Pen�nsula, era tambi�n antiguo colaborador de �La Prensa� de la capital porte�a, que ya hab�a publicado numerosos y brillantes art�culos de aquel insigne hombre de pensamiento.
Cuando sobreviene el desastre espa�ol de 1898, como otros intelectuales de su �poca, desespera y descree en los valores de Espa�a.
Pero esa desesperaci�n es tal vez la plataforma de lanzamiento que lo llevar�a a fundar, con Azor�n y P�o Baroja, las revistas �Espa�a� y �Los Tres�, que fueron verdaderas bases de la �Generaci�n del 98�.
Apartado, al principio, de la senda fecunda de la Tradici�n Hisp�nica, encontrar�a finalmente el �Camino de Damasco� para comprender, impulsar y adoptar, con fe y tes�n, el verdadero sendero de la grandeza de la Hispanidad.
Pero volvamos a la presencia en el Plata de nuestro homenajeado.
El 1� de marzo de 1928 presenta sus cartas credenciales ante el gobierno del Presidente de la Naci�n, Dr. Alvear.
Desarrolla de inmediato, como era de esperar dados sus quilates intelectuales, una intensa y proficua labor cultural, paralela a sus tareas de diplom�tico.
Ser� en el �Jockey Club� de Buenos Aires donde pronunciar� �un 18 de abril de 1928� una conferencia en la que abordar� la quintaesencia de lo hisp�nico, es decir, el esp�ritu de Don Quijote.
No resistimos la tentaci�n de transcribir un p�rrafo entero de tan enjundiosa conversaci�n, en la que nos expresa, con lucidez y claridad, algo que nos toca muy hondo a los hispanoamericanos. Dec�a as� el Maestro:
�El ideal que animaba a Don Quijote es el mismo que animaba a la Espa�a del siglo XVI. Sus gobernantes se creyeron a si mismos �como Don Quijote y todos los caballeros andantes� ministros de Dios en la tierra y brazos por quienes se ejecuta en ella la justicia.
Era el mismo eco de la proclama de Alonso de Ojeda a los indios de las Antillas en 1509: "Yo, Alonso de Ojeda, servidor de los alt�simos y poderosos reyes de Le�n, conquistadores de las naciones b�rbaras, su emisario y general, os notifico y declaro categ�ricamente que Dios nuestro se�or, que es �nico y eterno, cre� el cielo y la tierra y un hombre y una mujer, de los cuales vosotros, yo y todos los hombres que han sido y ser�n en el mundo, descendemos".
�Meditemos un punto sobre esta declaraci�n extraordinaria. Alonso de Ojeda, por disponer de caballos y armas de fuego, pudo creer en la superioridad de su casta sobre la de los indios. Muchos otros hombres lo han cre�do en su caso y lo siguen creyendo. Pero a Ojeda se le ocurre justamente lo contrario: proclamar la igualdad fundamental de todos los seres humanos.
Tampoco quiso excusarse de dar al vencido satisfacciones. Le dijo que era igual al vencedor. En Le�n hay reyes conquistadores, pero su superioridad reside en el cargo que ejercen: por debajo de esos cargos, todos los hombres descendemos de una y la misma pareja.
Este es el credo que proclam� la Espa�a del siglo XVI, y en que sigue creyendo todav�a."
Y mas adelante, con certera visi�n del sentido misional de la Conquista Espa�ola, aquel preclaro hijo de Vitoria expresaba a su auditorio:
˝La Espa�a del siglo XVI fue un milagro de fuerza espiritual, en la que se aunan la acci�n, el pensamiento y el sacrificio. Si la Roma antigua fue el poder, Jerusal�n el amor y Atenas el saber, la Espa�a de Cervantes fue a un tiempo mismo Jerusal�n, Atenas y Roma. En menos de medio siglo construy� un imperio mas vasto que el de Roma, cre� esta lengua en que os hablo, fue el pensamiento del Concilio de Trento y el brazo de la Contrarreforma, produjo grandes santos y grandes escritores, grandes generales y grandes te�logos, legisladores y organizadores, navegantes y exploradores. Y el alma de todo ello era el pensamiento cat�lico de llevar la salvaci�n a todos los hombres� (�Anales de la Instituci�n Cultural Espa�ola�, T�. III � 1926-1930, segunda parte. Buenos Aires, 1953).
Ahora decimos nosotros: �c�mo no ver en esas hermosas frases de Maeztu el espejo di�fano de nuestra querida Hispanidad, que ser� tan lamentablemente olvidada cuando los Austrias �de tan ilustre cuan fecunda obra� dejen el Trono Espa�ol a la monarqu�a borb�nica, en los albores del Siglo XVIII?
Tengamos presente esa magn�fica arquitectura cultural y pol�tica que fue y debe ser la Hispanidad.
Pues de la igualdad esencial �ante Dios y en tanto portadores de valores eternos� de los espa�oles europeos y de los espa�oles americanos, se sigue necesariamente la igualdad esencial de los reinos de Espa�a y de Indias.
Imbuido de la verdad fundamental de que todo poder viene de Dios, en su �Defensa de la Hispanidad�, Maeztu nos expresa que: �No tiene sentido el imperativo categ�rico sino cuando se identifica la ley universal con la voluntad de Dios. Si Dios desaparece, si se nos borra una intuici�n previa del bien, somos ni�os perdidos en el bosque�.
Y ese imperativo categ�rico, basado en Dios, inspir� ese maravilloso sistema de la Hispanidad. Al fenecer, por errores funestos, los reinos aut�nomos creados por el sentido misional del Siglo XVI, nacer�n las colonias.
Ya lo vio con lucidez, en nuestros d�as, Octavio Paz:
�Las reformas que emprende la dinast�a borb�nica, en particular Carlos III, sanean la econom�a y hacen mas eficaz el despacho de los negocios, pero acent�an el centralismo administrativo y convierten a Nueva Espa�a en una verdadera colonia, esto es, en un territorio sometido a una explotaci�n sistem�tica y estrechamente sujeto al poder central. El absolutismo de la casa de Austria ten�a otro sentido: las colonias eran reinos due�os de cierta autonom�a y el Imperio se asemejaba a un sistema solar. Los Borbones transformaron a Nueva Espa�a, reino vasallo, en simple territorio ultramarino�.
Y mas adelante a�ade: �Desde finales del Siglo XVII, los lazos que un�an a Madrid con sus posesiones hab�an cesado de ser los armoniosos que unen entre s� a un organismo viviente� (O. Paz �El Laberinto de la soledad�. F.C.E., M�xico, 1992.)
A esa defensa de la Hispanidad dedicar� Don Ramiro de Maeztu sus mejores esfuerzos intelectuales.
Vemos que un estudioso de su obra, aunque tambi�n firme pero leal cr�tico, el Profesor espa�ol Jos� Luis Villaca�as, en su obra: �Ramiro de Maeztu y el ideal de la burgues�a en Espa�a� (Espasa, 2000) nos expresa una s�ntesis, muy acertada por cierto, del ideario de �Defensa de la Hispanidad� del insigne alav�s, y nos ense�a as�: �...los propios monarcas ilustrados y afrancesados fueron los primeros interesados, para servir a sus prop�sitos descarnadamente comerciales, en eliminar todas las instituciones y v�nculos ancestrales de las Indias con la corona, en hacer de Am�rica hispana una �tabula rasa� como hab�an hecho de Espa�a los ej�rcitos extranjeros durante la guerra de Sucesi�n de 1700. No es que los nativos dejaran de ser espa�oles, dice Maeztu. Es que percibieron que los propios espa�oles hab�an dejado de serlo� (Op.cit., p�g. 385).
Y en la p�gina siguiente, hace referencia a algo que toca muy hondo a los rioplatenses, y nos dice: �Para lograrlo, ten�an que destruir la fuerza espiritual mas importante de la cultura Austria, la que hab�a logrado implantar el sentido humano sobre los nativos: los jesuitas. A Leopoldo Lugones cita Maeztu y le hace decir que sin la expulsi�n de los jesuitas no hubiera surgido el movimiento de independencia. Gesto de los jansenistas (Defensa de la Hispanidad, p. 39), de los galicanistas, de los defensores de la monarqu�a nacional francesa, espec�fica- mente pensado para rebajar el poder de Espa�a, esta expulsi�n �alabada por D'Alembert, por Voltaire, por Helvecio� cort� el cord�n umbilical entre Espa�a y la Am�rica Hispana� (Op. cit., p. 386).
Decimos nosotros ahora: el objetivo fue la destrucci�n de esas nuestras Misiones, ejemplo de Reinado de Dios y gobierno de Cristo, en esta Am�rica de promisi�n.
Pero sigamos escuchando al citado profesor:
�De la misma manera que la destrucci�n de la monarqu�a cat�lica implic� la desaparici�n de la aristocracia natural y episcopal espa�ola, que debi� dar paso a una improvisaci�n de caciques, as� la expulsi�n de los jesuitas fue acompa�ada por el intento de sustituir el sentido mismo de la noci�n de aristocracia americana. La ley de los Austrias de 1533 hac�a hijosdalgos de solar conocido a todos los que tuvieren casa en Am�rica. La medida impon�a sobre todo olvidarse de los abuelos de Espa�a y centrarse en las haza�as realizadas en Am�rica. Se pod�a ser noble en Am�rica sin serlo en Espa�a. En el fondo, se pod�a ser noble en Am�rica porque no se era en Espa�a. El caso es que, de esta manera, la dependencia de la poblaci�n criolla respecto a la metr�poli era m�nima. El siglo XVIII �dice Maeztu� signific� la distinci�n de hidalgu�a y nobleza. As� se pod�a conceder a todos la primera, porque era obra de la sangre, mientras que la segunda ten�a que comprarse o ser concedida por el rey, al uso franc�s. De una forma contundente �insist�a Maeztu� se pod�a decir que los norteamericanos se independizaron por el impuesto del t�, mientras que los sudamericanos lo hicieron por el impuesto al honor. La necesidad de crear una aristocracia propia, la de los caudillos, determin� las actitudes levantiscas de la poblaci�n criolla, concluye Maeztu. (Defensa de la Hispanidad, p.40)� (Op. cit., p. 386).
Esa maravillosa unidad que fue y debe ser la Hispanidad, como hemos expresado en este nuestro homenaje a Maeztu, nace de esa, casi dir�amos, fiera creencia espa�ola en un Dios trascendente.
Ella ha sido y deber�a ser en adelante la valla contra todo individualismo disgregador y enemigo de las esencias de nuestro genio hispano-criollo.
Es as� que el Prof. Villaca�as, continuando su comentario en el que inserta sustanciosos pensamientos de Don Ramiro de Maeztu, nos expresa: �Solo en medio de una cultura donde ha dominado la idea de que los hombres viven en universal estado de ca�da es posible que aparezca el individualismo, con su tesis de que el hombre a si mismo debe la salvaci�n. Solo en una tal cultura, los que se saben elegidos tienen derecho a reunirse en sectas y a excluir a los otros que, por su falta de ilusi�n en los bienes arbitrariamente magnificados y ahora decretados como salv�ficos, han fracasado en su conquista."Como creen que los pueblos se dividen en libres, semi-libres y esclavos, para que los �ltimos no pongan en peligro las instituciones de los primeros, les cierran la puerta con leyes de inmigraci�n, que excluyen a sus hijos del territorio que habitan los hombres superiores. De esa manera se congelan naciones enteras, que no permiten que les entren las corrientes emigratorias de las razas y pa�ses que juzgan inferiores. Y con esa congelaci�n provocan el resentimiento de los pueblos excluidos" (Defensa de la Hispanidad, p. 72).
Frente a esta cultura del "apartheid", la consigna de Maeztu es conmovedora, de pura generosidad: ��Arriba hermanos, que sois como nosotros!� Y en este �como nosotros� se escucha el eco de la Real C�dula del 3 de julio de 1627, en la que Felipe IV recordaba que era preciso tratar humanamente a los �naturales� de Am�rica, pues eran tan vasallos como cualesquiera otros, hermanos ante un mismo Dios y ante un mismo rey� (Defensa de la Hispanidad, p. 202).
Por eso coincidimos con la conceptualizaci�n del maestro que hoy recordamos, entendiendo que ese sentido misional de la conquista americana tuvo su verdadera idea fuerza en conseguir que la salvaci�n se extienda universalmente entre los hombres de buena voluntad, por el solo hecho de ser hombres, lo que es pilar de fe, creencia premoderna y cat�lica.
El Imperio espiritual de Espa�a es antisectario: expande la Fe Cat�lica y la distribuye, en cumplimiento de aquello de que: �todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad�.
Nada de lo hispano le fue ajeno a Maeztu.
As�, un 22 de julio de 1928, en el Instituto Popular de Conferencias, y presentado nada menos que por Don Arturo Capdevila, se refiere a Ricardo G�iraldes y a su inmortal personaje, Don Segundo Sombra, y nos dice: �...en Don Segundo Sombra es continua la tensi�n del esp�ritu. No hay una p�gina del libro en que no se nos muestre dispuesto para la acci�n heroica y la palabra espartana, la que, siempre acertadamente, da en el blanco. Don Segundo Sombra es un hombre tan bueno que no podemos creer que sea real. Casi nos lo dice el autor en la dedicatoria de su libro: Don Segundo es el gaucho que el autor lleva dentro."
Y en otra parte de tan espl�ndida alocuci�n, vemos algo que conmueve nuestra fibra, y que nos hace desear fervientemente ver restaurada esa vibraci�n tan particular de un espa�ol europeo que no pierde su visi�n integradora de comprensi�n cabal de lo americano, al decirnos:
�Don Segundo Sombra, a pesar de ser bueno en redondo, bueno por fuerte, bueno por talentudo, bueno por humano y caritativo, es interesante porque desaparece no solo cuando galopa en lo alto de una loma, en la �ltima p�gina del libro, sino porque desaparece todo el tiempo desde la p�gina prima. El gaucho ha creado la Argentina, ha abierto paso a la civilizaci�n en el desierto, ha ido con su ganado a donde antes no hab�a mas que caza, para preparar el advenimiento del arado. Y a medida que su misi�n se realiza, se ve condenado a desaparecer.
�Han de perder los pueblos todo lo que en ellos es castizo y caracter�stico? �No vale la pena de intentar conservarlo? Si el exceso de tradicionalismo es anquilosamiento, el excesivo esp�ritu de cambio es falta de sustancia. He aqu� un problema moral permanente que han de resolver todos los pa�ses en todos los momentos de su historia. De ah� la universalidad y perdurabilidad de Don Segundo Sombra, no obstante su aparente circunstancialidad" �(Anales, ps. 22 y 23).
Y as� podr�amos continuar con la fecunda pr�dica que dej� en la Argentina aquel maestro que fue Don Ramiro de Maeztu, ya sea en el Hospital Espa�ol, un 5 de octubre de 1928 sobre �El Capitalismo y su Misi�n�, o un 17 de noviembre del mismo a�o, en los salones del Colegio del Salvador, con motivo de cumplirse el tercer centenario de la muerte de los tres primeros m�rtires de la di�cesis de Buenos Aires, ca�dos entre los d�as 15 y 17 de noviembre de 1628, en el cumplimiento de su deber de propagar la Fe,.
El deber de no abusar de la generosidad del espacio que me brinda la Revista "Custodia de la Tradici�n Hisp�nica", que mucho agradezco por cierto, impone la limitaci�n de mi entusiasmo.
Al terminar su misi�n oficial en la Rep�blica Argentina, en tiempos de la ca�da en Espa�a del gobierno del Sr. Marqu�s de Estella, Don Ramiro de Maeztu se ausenta definitivamente del pa�s, el 19 de febrero de 1930, dejando en �l un imborrable y grat�simo recuerdo.
Rubricamos al final estas l�neas, que pretendieron ser un homenaje merecido a quien entendi� la Hispanidad tal como debe ser entendida: una unidad moral de los hombres; unidad de destino en lo universal, que lleva el sello vivificante de la redenci�n divina, y que es natural consecuencia de considerar al hombre, no de un modo puramente biol�gico, sino como portador de valores eternos.