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BIBLIOGRÁFICOS
Di Giovine, Francesco Maurizio: “Il Pensiero Tradizionalista nell'opera di Francisco Elías de Tejada”, Quaderni degli Incontri Tradizionalista di Civitella del Tronto (2002), 30 páginas. Con prólogo de Miguel Ayuso.
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La presente obra es el desarrollo de una conferencia que dictara el autor dentro del marco del XXXIIº Encuentro Tradicionalista, realizado entre el 23 y 24 de marzo del pasado año en la "fidelísima" Civitella del Tronto, último bastión del Reino de las Dos Sicilias y centro de convergencia del tradicionalismo sudista italiano, como lo atestiguan los Encuentros organizados por Paolo Caucci von Saucken y los Convenios realizados a instancias de Pucci Cipriani, animador de la revista toscana “Controrivoluzione”.
En este trabajo Francesco Di Giovine realiza un breve pero agudo análisis del pensamiento del egregio carlista Francisco Elías de Tejada, catedrático de Filosofía del Derecho e historiador de las Españas Plurales, y de sus ideas políticas. Siendo vastamente conocida en el mundo tradicionalista, la obra de Elías de Tejada es objeto de permanentes reflexiones, como lo indica el autor (cf. pag. 5). En esta oportunidad se trata —creo que con acierto— de sistematizar las aportaciones más destacadas del conocido profesor a la doctrina carlista, analizando esencialmente dos obras de Don Francisco Elías: “La Monarquía Tradicional” y “El Carlismo”.
Comienza Di Giovine señalando la necesidad de toda doctrina tradicionalista de tomar como punto de partida una noción concreta del hombre (pag. 6), en oposición a la concepción universalista y abstracta revolucionaria, ya sea de impostación liberal o materialista dialéctica. Por eso afirma el autor con Elías de Tejada que no es posible pensar un tradicionalismo español o italiano (y puedo agregar: cualquier tradicionalismo) poniendo los ojos en la edad contemporánea, en la que el hombre reflexiona sobre sí y sobre el acontecer humano a partir de premisas racionalistas y antropocéntricas. Piénsese por ejemplo, en cierto tradicionalismo francés que exalta las figuras de Enrique IV o de Luis XIV, sin menospreciar los aciertos que puedan haber tenido estos gobernantes o las instituciones impulsadas a sus instancias.
La concepción realista y concreta del hombre —y por consecuencia de la sociedad, según el español— responde, entre otras, a exigencias biológicas y sociológicas (pag. 9) afirmando que “ser tradicionalista es la cualidad suprema, la más evidente que define a la humanidad”. Pero no cualquier obra del hombre se engarza en la cadena de la tradición, sino aquellas que están de acuerdo a la “ratio vel voluntas Dei", único parámetro que garantiza la posesión de la potencia y la vitalidad necesarias para poder incorporarse al patrimonio de un pueblo. Siguiendo a Vázquez de Mella el maestro carlista sostiene que “si los hombres no transmitiesen la tradición recibida agregándole su impronta personal, la tradición sería un cadáver y momias los hombres que en todas las generaciones pretendiesen de ser su sostén” (pag. 11), siendo la tradición progreso hereditario.
Seguidamente Di Giovine expone la vinculación entre tradicionalismo y Carlismo. A diferencia del pensamiento contrarrevolucionario francés o italiano del siglo XIX, el Carlismo encarnó la continuidad de las Españas históricas que seguían vivas en gran parte del pueblo español, no reduciéndose a una mera entelequia, logrando por ello un apoyo masivo —sino unánime— en algunas regiones.
Para el autor, el carlismo se funda sobre tres postulados inescindibles: 1) Una bandera dinástica: la de la legitimidad; 2) Una continuidad histórica: la de las Españas; y 3) Una doctrina política: la tradicionalista (pag. 12). Básicamente, la confrontación entre el Carlismo y la Revolución se verifica, como ya se insinuó, en su visión del universo: teocéntrica una, antropocéntrica la otra.
Esta confrontación Elías de Tejada la explicaba a través del concepto de Europa. Ésta no es más que el resultado de cinco rupturas sufridas por la Cristiandad histórica: la reforma protestante de Lutero, la ruptura ética de Nicolás Maquiavelo, la ruptura política por la obra de Jean Bodin y su concepto de soberanía, la ruptura jurídica, por las obras de Hobbes y Grotius y la fragmentación del “cuerpo místico” de la Cristiandad por el Tratado de Westfalia (pag. 14 y ss.), calificando a las distintas fases del proceso, como también a su conjunto, de “mecanicístico”.
Luego de explicar cada una de esas fases, Di Giovine afirma que “con el nacimiento de la idea de Europa (...) toma pie una nueva concepción del hombre. Se trata de un hombre abstracto, un hombre infinitamente pequeño frente al poder de un estado infinitamente grande” (pag. 17), añadiendo que “Europa y Revolución se fundan en un solo espíritu que se apoya en dos elementos fundamentales: la idea del hombre como ser abstracto y la concepción mecanicista del ordenamiento político” (pag. 18). Frente a esta cosmovisión, Elías de Tejada oponía la idea del hombre como un ser concreto y del ordenamiento político como un conjunto orgánico de posiciones vitales concretas, exteriorizadas en el instituto de los Fueros. Estos Fueros, constituidos por instituciones autárquicas e independientes, actúan como barrera de defensa frente a los abusos del poder estatal y también como tutores de las libertades concretas de los individuos (pag. 19).
Los Fueros, en el pensamiento del Don Francisco, presuponen la idea del hombre como ser concreto y el consecuente respeto por las tradiciones locales, siendo “las normas más conformes a la realidad natural, a las costumbres tradicionales, a los diversos lugares, a los diversos tiempos, etc. Vale decir que representan una de las formas más completas en la normativa, y pueden ser realizadas plenamente en un sistema jurídico conforme a los modelos más clásicos de la filosofía del derecho” (pag. 22), rematando Di Giovine el concepto de la siguiente manera: “Los fueros son la expresión profunda de la vitalidad del cuerpo místico social, robusto en la medida que posee energías propias, y que no cae en la anemia del individualismo liberal ni en el coma de la estatolatría totalitaria” (pag. 23).
A modo de epílogo, el autor ha insertado como anexo el manifiesto del príncipe Sixto de Borbón Parma, leído al inicio del Encuentro en el que se diera la conferencia reseñada.
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Hasta ahora los colaboradores de “Custodia de la Tradición Hispánica” y de su antecesor “Boletín” no hemos hecho referencia al Manifiesto del 17 de julio de 2001 realizado por Don Sixto, y ello por su vinculación a la llamada “cuestión dinástica”.
En principio, y reconociendo nuestra propia incapacidad para resolver el tema, la Hermandad Carlos VII no se ha expedido sobre la cuestión dinástica, que tanto daño a hecho dentro de la Comunión Católico Monárquica desde la muerte del rey Don Alfonso Carlos en 1936. Los términos del Decreto instituyendo la regencia de la Comunión en manos de Don Francisco Javier de Borbón Parma son suficientemente claros para no dudar que en el mismo no se daba una solución concreta a la extinción de la dinastía: en él sólo se instruía al regente la provisión de la sucesión (disposición segunda), no determinando quién era el legítimo sucesor, sin excluir al mismo Don Francisco Javier. A pesar de ello, la institución de la regencia fue de notorio provecho, facilitando, entre otras cosas, la participación del Requeté en el Alzamiento de Julio, con todas las consecuencias benéficas para España.
Tampoco es momento para hablar de las polémicas acontecidas desde entonces entre los partidarios de los diversos pretendientes (juanistas, javieristas o carlo octavistas) o regencias (vgr. la regencia de Estella de don Mauricio de Sibatte) y que han llevado a la Comunión casi hasta su desintegración, sin soslayar la “ayuda” ofrecida por el Gobierno franquista persiguiendo, proscribiendo y censurando al Carlismo y a sus dirigentes.
Pero creo que es un momento oportuno para destacar la conducta de S.A.R. Don Sixto de Borbón Parma, quien ya desde su juventud ha hecho gala del más rancio tradicionalismo en cuestiones políticas y religiosas, como lo atestiguan, entre otras, la carta a su hermano Don Carlos Hugo de 1975 y los manifiestos de Irache de 1976 y de Santander de 1981.
En este nuevo Manifiesto el príncipe reitera su fidelidad a los principios básicos del carlismo enunciados en el real Decreto que instituyera la Regencia de su padre, recordándolos a sus sobrinos y a los carlistas todos:
I. La religión Católica Apostólica Romana, con sus consecuencias jurídicas con las cuales ha sido honrada y practicada en nuestros reinos (se refiere a las Españas Plurales);
II. La constitución natural y orgánica de los órdenes y cuerpos de la sociedad tradicional;
III. La federación histórica de los diversos reinos con sus propios fueros;
IV. La monarquía tradicional, es decir, legítima de origen y de ejercicio;
V. Los principios, el espíritu y —en la medida de lo posible— el mismo derecho y las mismas leyes que precedieron al llamado "derecho nuevo", esencialmente contrario al derecho Público Cristiano.
Dentro de un llamado a la unidad de los carlistas, Don Sixto crea un secretariado político encomendado la conducción a Don Rafael Gambra, reconocida y querida figura del tradicionalismo español.
Seguidamente, denuncia el abandono de la confesionalidad del estado como causa de todos los males que asolan a España, y en sus diversas particularidades, a los múltiples reinos de la Hispanidad. Define a la globalización como la “mezcla letal” de capitalismo liberal, estatismo socialista e indiferentismo moral que está llevando a las patrias a la disolución por medio de las doctrinas (en la península) de un falso regionalismo o un europeísmo radical, ambas alejadas de las auténticas Españas, tan caras a Elías de Tejada.
Para finalizar, llama a cerrar filas en torno a los principios de la legitimidad e insta a trabajar con ahínco en aras de la restauración de los fundamentos de la sociedad tradicional y de un gobierno conforme al modo de ser de las Españas Plurales.
Como puede verse con nitidez, la identidad doctrinaria entre el Manifiesto y la obra de Elías de Tejada da pertinencia a su inclusión dentro del presente trabajo y es motivo de congratulación comprobar la fidelidad del príncipe a los principios perennes del Carlismo.
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Recomendamos vivamente la lectura de este opúsculo que brinda una justa síntesis del pensamiento político de uno de los más grandes intelectuales españoles del siglo XX.
Luis De Ruschi