Páginas para releer

 

Reproducimos hoy, bajo su título original de “La Hispanidad”, el último capítulo del libro “Así se hizo América”, de don Vicente D. Sierra, obra concluida el 25 de enero de 1952 y editada en Madrid en 1955 por el Instituto de Cultura Hispánica en razón de haber obtenido el Premio Reyes Católicos. La segunda edición —de la cual transcribimos este capítulo— se debe a Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, y reproduce la primera sin modificaciones. 

Es interesante advertir los abismales cambios producidos durante el medio siglo transcurrido desde su publicación, lo que queda reflejado claramente sobre todo en las últimas líneas del fragmento publicado, en las que el autor manifiesta un esperanzado optimismo sobre el futuro de nuestra Hispanidad, que los hechos posteriores de nuestra historia reciente lamentablemente no se han encargado de confirmar por ahora, sino más bien de contradecir.

A pesar de lo dicho, esos promisorios vaticinios incumplidos no invalidan para nada la correcta visión de conjunto del enfoque aquí formulado y el fundamento sobre el que éste se asienta, que mantiene su permanente vigencia a través del tiempo y reclama con vigor nuestra fidelidad íntegra y su denodada defensa, a pesar de que actualmente —bajo una óptica puramente humana— parezca esta de la Hispanidad una causa absolutamente perdida.

 

La Hispanidad

 

            No sabríamos a quién atribuir aquello de que África comienza en los Pirineos. La boutade —la llamamos así porque huele a producto galo— está más cerca de haber formulado un agudo juicio histórico de lo que pudo suponer su autor. Es exacto, por de pronto, que si por Europa habría de entenderse ese  conjunto de armónicas estupideces —según la adjetivación de León Daudet— que dio tono al siglo pasado, Europa terminaba verdaderamente en los Pirineos. Liberales, racionalistas, positivistas, socialistas y hasta los pintorescos librepensadores, no fueron en España sino valores de segunda mano. Lo mismo ocurrió en Hispanoamérica. Algo así como una incapacidad fisiológica de la raza hizo que no se diera un solo escritor de tales tendencias que no fuera un repetidor, incapacitado para toda creación, de autores de allende el Pirineo; mientras que al mismo tiempo surgían, como expresión de la vitalidad de los motivos eternos de la Hispanidad, siempre renovados, figuras señeras y señoras como la de Menéndez y Pelayo, Balmes, González Arintero, Vázquez de Mella, Donoso Cortés y otros. En la literatura de América se destaca una auténtica obra maestra: «Martín Fierro», de José Hernández; obra de neto pensamiento, forma y fondo racial, que no es sino una dura crítica a la ruptura del equilibrio social que España implantó en América durante el siglo XVI y el Liberalismo destruyó en el XIX. Tales comprobaciones nos dicen que, en este último siglo, Europa terminaba en los Pirineos; pero en los Pirineos comenzaba América. No la América de entonces, ávida de plagios, sedienta de patrias extrañas, que no se reconocía a sí misma porque había renunciado a su pasado y a su legítimo destino. Pero del mal de América no teníamos toda la culpa sus hijos. La tenía también aquella España del siglo XVIII que renunció a ser ella misma y que, cuando en 1767 expulsó de su seno a la Compañía de Jesús, dijo a América que había renunciado a la razón de ser del Imperio. Aquella razón de ser que afirmaron los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II. El conde de Aranda, cerrado de mollera, creyó más en los elogios de Voltaire que en la realidad del mundo hispánico.

            Cuando decimos que América comienza en los Pirineos no hacemos geografía, sino historia. Podríamos decir que España comienza en América, y sería los mismo. El juicio histórico no es un simple orden de conocimientos: es el conocimiento mismo. Después de haber pasado un sucinta revista de la acción de España en América durante el siglo XVI, comprendemos que lo que comienza en los Pirineos es la Hispanidad, puesto que la siembra gloriosa de aquel siglo fructificó en pueblos que llevan impreso su sello de manera indeleble. Y no es esta una nueva versión del parto de los montes, sino una valoración histórica cuya trascendencia abruma por la responsabilidad que comporta. Responsabilidad imposible de evitar, porque la Historia no se plantea problemas que no pueda resolver.

La Humanidad se encuentra dividida en dos campos ideológicos, mas se equivocan quienes creen que es el de la lucha del Proletariado contra el Capitalismo, entre los restos del Demoliberalismo y las formas absorbentes del Estado, o el del encuentro de las tantas formas bastardas con que el hombre procura esquivar la comprensión de ciertas cosas esenciales; la lucha es entre Cristo y el Anticristo, entre el Bien y el Mal, entre la Verdad y la Mentira, entre el Catolicismo y el Comunismo materialista, entre la Hispanidad y esa falsa Europa que termina en los Pirineos, castigada por la gran herejía de la falsa Reforma y las desviaciones del falso Renacimiento. Se acerca el final de los cuarenta días y las cuarenta noches en el desierto, donde el diablo tentó a los hombres, y es hora de decir: «¡Vete, Satanás! También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». Pues bien: la trinchera salvadora del Catolicismo, la trinchera de Cristo será la Hispanidad. Sólo ella siente la fe como una milicia, porque sólo en el hombre de la Hispanidad se une el caballero al cristiano, en fusión perfecta e identificación radical, concretadas en una personalidad absolutamente individual y señera, a la que García Morente denominó el «caballero cristiano». Tal la importancia histórica que tiene el comprender que la Hispanidad comienza allí mismo donde termina lo otro.

La reconstrucción que la Humanidad reclama no es un problema material; es, sobre todo, una cuestión moral. De él no se trata en la Sociedad de Naciones porque en su seno está oculto el gran culpable: la herejía. Este siglo destaca dos hechos auténticamente legítimos: la Revolución Rusa y la Guerra Española. La primera es hija de la Reforma; la segunda, de la mal llamada Contrarreforma. Anverso y reverso de una misma medalla. ¡Al aire con ella! ¡Guay de los hombres si en vez de caer cruz, cae cara! ¡Si en lugar del signo de la Redención sale el busto, en traje de calle, de algún embalsamado tirano de Oriente!

     Vivimos la hora de regresar. España supo hacerlo a tiempo, y cuando la vimos regresar, como el padre de la parábola del hijo pródigo, los hombres de América dijimos: «Este tu hermano era muerto y ha revivido...Menester es hacer fiestas y holgarnos». Pero nuestro holgorio es hablar de Hispanidad. Hasta poco antes hablábamos de confraternidad hispanoamericana. Al hablar de Hispanidad terminó esa paparrucha de que, cierto día, los pueblos de América se sintieron mayorcitos de edad y resolvieron trabajar por su cuenta, abandonando la casa paterna, para retornar algún día enterrar —eso sí, piadosamente— a los padres. Tanta tontería de tipo familiar comienza a ser sustituida por la convicción de la identidad del pensamiento hispánico en lo fundamental, en cuyo mundo nadie muere, ni hay padres, ni hermanos, ni hijos, ni nadie con quien fraternizar. Por el camino de la confraternidad —que huele a masonería— se nos quiso hacer encontrar en el futuro, pero ¿cómo habríamos de lograrlo si habíamos renunciado a encontrarnos en el pasado? Y ese encuentro en el pasado equivalía a redescubrir nuestro sentido de la persona humana, nuestro amor a la libertad, nuestro estilo de vida, nuestras normas de conducta, nuestra comprensión de los deberes para con nosotros mismos y con nuestros semejantes en la vida temporal, así como nuestra obligación de asegurarnos la vida eterna. Todo esto, hasta no hace muchos años, olía a rancio, despertaba tremebundas imágenes de autos de fe y evocaba siniestras procesiones de monjes y frailes denunciadores de hipócritas intenciones. Era la época en que un escritor francés, refiriéndose a los americanos, decía con ingenua convicción: «Vosotros no sois hijos de España, vosotros sois hijos de la Revolución Francesa», sin que el infeliz se diera cuenta que ni siquiera los franceses auténticos tiene semejante padre. Pero América lo creyó o, por lo menos, deploró que no fuera verdad. Paseó entonces por las rutas de la Hispanidad Ramiro de Maeztu, y dijo que España era una encina medio sofocada por la hiedra, a pesar de lo cual el ideal hispánico estaba en pie, no era agua pasada y no sería superado mientras quedara un solo hombre que se sintiera imperfecto. Porque la Hispanidad es resultado de la desilusión y de la fe. No se atrevió Maeztu a fijar el destino de los pueblos de América, pero en genial iluminación, dijo: «Presumo que los caballeros de la hispanidad están surgiendo en tierras muy diversas y lejos unos de otros, lo que no les impedirá reconocerse». ¡Magnífica intuición! Magnífica, porque es evidente que empezamos a reconocernos. Dice el mexicano Fuentes Mares: «Como ayer, hoy en América la Hispanidad implica un concepto militante del mundo y de la vida. Sin duda contamos con la más poderosa de todas las armas: son ideas que no sólo se defienden solas, sino que son activas y se imponen por sus propios méritos en la conciencia. El tono que se emplee para enunciarlas es realmente lo de menos: el escritor de la hispanidad entona las ideas, pero no las crea; las rescata de los hechos de su historia tal y como en su historia se entregan, y las hace llegar a la luz, donde ya las ideas se defienden solas hasta imponerse y triunfar por fin.. Se ha dicho que nuestro hispanismo es agresivo porque se le compara con el de nuestros abuelos, poseídos por franco complejo de inferioridad. Mas no es, en el fondo, que seamos agresivos, sino que nada hay en sí más agresivo y más tranquilo a la vez que la verdad».  

Cuando nos adentramos en la labor que España desarrolló durante el siglo XVI, comprendemos que entonces se integró la personalidad y el ser del hombre de Hispanoamérica; no sólo se integró un continente en lo material: se le formó en lo espiritual; y esa labor se consolidó sobre tales bases, que vanos fueron los esfuerzos realizados para borrar sus huellas. Desaparecida la riada destructora, sobre el camino permanecieron las marcas de los que antes caminaron por él, señalando la orientación para llegar, una vez más, a donde debemos llegar. «El diablo introdujo en la Iglesia al hombre del libre albedrío», dijo Lutero. En Trento, por boca española, se subrayó el dogma de la libertad, es decir, el de la posibilidad de colaborar en la obra divina, poniendo a salvo la Encarnación en cada hombre, la real existencia de un cuerpo místico. En Trento se afirmó la existencia de la libertad en la posibilidad de consentir o resistir. Mientras Lutero decía que la Gracia encuentra al hombre corrompido y corrompido lo deja, agregando que su acción se reduce a no otorgarle la no imputabilidad del pecado, los misioneros de España, que no creían que la Gracia fuera una ficción jurídica, sino una renovación vital, penetraron en las fragosidades de las selvas americanas para llevarla a los naturales, seguros de que ella, vivificando a la naturaleza como una perfección elevaría a un ser perfectible. Tal es la siembra estupenda del siglo XVI. Frente al mundo que se debate en la angustia y el asco, sólo los ideales de la Hispanidad ofrecen salvación. Tenían razón Carlos I y Felipe II. Mientras los ideales que terminan en los Pirineos continúan dividiendo, los que allí comienzan unen a muchos pueblos dentro de lo esencial: un mismo sentido de la vida. El destino de la Hispanidad tiene que ser, por todo eso, salvar, en el caos que se avecina, la persona humana y, con ella, vencer al Anticristo. Es el imperativo que dejaron en América, sellado con su sangre, como un deber de conciencia. Legado que los hombres de América deben recibir, salvo que renunciaran a su propio ser y a su propia personalidad para insistir, por las vías del plagio, en recorrer caminos de muerte, como fueron aquellos en que los falsos apóstoles de la política sumergieron a América durante el último siglo. Pero muchas voces anuncian que ese peligro ha pasado. La voz auténtica del estilo de la raza vuelve a ser escuchada. Los hispanoamericanos principiamos a comprender que Dios está en nosotros, porque Dios está en la Hispanidad; y está en ella porque la Hispanidad —como sentido de la vida— es la verdad. La siembra española del siglo XVI se abre en esperanzas, que dicen que América, en las luchas del futuro, estará donde le corresponde: ¡con Cristo Rey! Desde los muros seculares de El Escorial, así lo ordena la voz rectora de Felipe II.

 Laus Deo.

 Buenos Aires, enero de 1952, en el día de la conversión de San Pablo.

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