7 DE NOVIEMBRE DE 1936
Aniversario de la
muerte de Ramiro de Maeztu
por María de Maeztu
Ramiro de Maeztu, maestro de Hispanidad, fue asesinado en
el infausto Noviembre de 1936. Su hermana María recoge sus pensamientos y
sentimientos
En aquel instante dramático veo con claridad —a pesar de mi
congoja que me recluye al silencio— que él ha terminado ya de recorrer su
camino de Damasco y que yo comienzo el mío, el camino que sin él habré de
recorrer infinitamente sola. Hasta ahora su nombre, el prestigio de su firma,
su autoridad moral, me abrían todas las puertas: por eso fue mi vida tan fácil.
La hora del dolor ha llegado. La hora de afrontar a solas, cara a cara, sin
defensa y sin apoyo, esa cosa terrible y magnífica que se llama la verdad.
A través de las rejas de la cárcel,
en ese día memorable, el hombre que fue mi hermano, mi amigo, mi maestro, el
compañero en la labor, el inspirador de la emoción creadora, me entrega un
mensaje. No viene escrito en palabras, pero está en su mirada, en su acento, en
su voz. Es su mandato que tiene la fuerza inalterable de lo que se pide en
silencio en la hora de la muerte.
7 de Noviembre de 1936 — Madrid.
En el patio de la cárcel los presos escuchan los nombres que un
miliciano pronuncia. Van destacándose los llamados. Un paso adelante y la
última mirada a los otros compañeros de cautividad, a los que compartieron la
angustia de la espera del momento final.
Ahora el cancerbero ha pronunciado
su nombre. Ha querido pronunciarlo, lo ha intentado, cual si fuera uno entre
tantos. Pero su voz, al resonar en el ámbito de la cárcel, ha cobrado aliento
de eternidad. El nombre que pronuncia es ya un nombre histórico. Ha dicho: Ramiro
de Maeztu. Ha querido añadir un número, con que va sellado, en señal de
ignominia, todo presidiario. Pero una fuerza sobrehumana ha detenido su voz y
el nombre sale solo, señero, limpio, claro. Es el nombre que cientos de miles
de veces reprodujeron las columnas de los diarios, de los mejores diarios de
Europa y América, al pie de un artículo de prosa perfecta en el que se
enunciaba una verdad, una inquietud, un anhelo, una profecía. Es el nombre de
un hombre que por mantenerlo sin miedo y sin tacha, como el de los caballeros
medioevales, lo ha arriesgado todo y en el momento decisivo se ha visto, como
la Verdad que defiende, solo, definitivamente solo, abandonado.
El nombre de cuantos han de morir
se escucha en la cárcel con idéntica emoción. Pero ahora se añade, en este
caso, un aureola de popularidad. Es un nombre conocido por todos y hasta la
Muerte le conoce, pues habló y escribió mucho sobre ella: todos los días
pido a Dios que me dé alientos para morir con dignidad .
El 7 de Noviembre de 1936, en el
patio de la cárcel de Madrid, Ramiro de Maeztu, al ser llamado, hincó su
rodilla en la tierra ante otro cautivo. Era un sacerdote. Aproximó él su cabeza
para hacerle entrega de su última confesión. El sacerdote, ante la gravedad de
la instancia, viendo que tenía a sus pies no a un hombre como otro cualquiera
sino a un mártir que ha traspasado ya la frontera de lo humano para ingresar en
la región donde moran los santos, hizo un gesto con la mano indicando que sus
pecados le estaban perdonados porque amó mucho y sufrió mucho. Pero Ramiro,
fiel al rito de la religión por cuya defensa daba su vida, dijo en voz clara y
serena: Padre, absuélvame...
Y la gravedad dramática de aquella hora, que
los siglos de la historia cubrirán de gloria y de belleza, se tornó luminosa.
En sus ojos azules, claros, profundos; en aquellos ojos que habían absorbido
con deleite, en los años de juventud, la belleza de la vida; en aquellos ojos
por los que cruzó un día la visión anticipada, certera, segura, de lo que
habría de ser España, brilló como nunca una llamarada de fe. Le saltaba el
corazón en el pecho, impaciente como el del chiquillo cuando tardan en
proporcionarle lo que anhela.. Teresa de Jesús, la Santa de Avila, risueña,
jovial, animosa, iba dándole fuerzas. Y mientras cruzaba, erguido y sereno, el
pasillo de la cárcel, iba repitiendo las inmortales estrofas:
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero.
Avanzó el paso, subió a la camioneta.
La luz blanca y fría del amanecer de Madrid iluminó como un reflector su rostro
anticipando en él la palidez de la muerte. Su cabeza, bajo la luz tenue,
levemente azulada, de aquella aurora, no era ya la cabeza de un hombre de carne
y hueso: era la figura bellísima de una escultura tallada por un imaginero
castellano, para que pueda ser elevada algún día al altar del templo donde mora
Dios. ¿Quién sabe? Tal vez, al altar del templo de San Miguel, en Vitoria,
donde recibió en la pila bautismal el agua que desde hace veinte siglos limpia
al hombre del pecado original y le hace protagonista del drama de una pasión
—padecimiento perenne— que vivirá con terrible angustia.
Después...el camino, la parada, el
recodo final. Los milicianos que van a disparar contra él se detienen para
acomodar con certeza el cañón que va a arrojar la metralla. Le ordenan que
avance contra un muro que dentro de unos instantes quedará salpicado de sangre,
de la sangre de un hombre que fue lo que quiso ser: un caballero cristiano. Ya
están allí, en ese lugar para dar muerte a un reo por el solo delito de haber
amado infinitamente a su Dios y a su patria, frente a frente, como en las horas
más gloriosa de España, dos ideas, dos místicas, dos símbolos, dos
manifestaciones del espíritu a cuyo enlace no se llegará nunca, nunca, porque
entre ellos no cabe armonía posible. La una es una idea de afirmación y de amor
cuyo sentido consiste en elevar al hombre. La otra es de negación que se
propone anularle: es inhumana.
El instante final se aproxima.
Dentro de unos segundos la voz de aquel hombre —una voz armoniosa y varonil,
grave y serena, tierna y reposada, una voz que adquiría maravilloso acento
patético, cuando hablaba del dolor y la muerte, las dos grandes protagonistas
de la historia— se apagará para siempre. Pero todavía tiene que decir una
verdad, la última verdad, con la que va a expresar en la hora de la muerte el
sentido de la vida: Yo sé por qué
muero, vosotros no sabéis por qué me matáis . La luz del amanecer detiene
su curso y parece que, de nuevo, como en la hora del Gólgota, descienden las
sombras de la noche. Estas sombras impiden ver la caída de su cuerpo sobre la
tierra y permiten suponer que el alma iluminada por la fe que hubo un tránsito.
Y como no se ha logrado averiguar cuál es el trozo de tierra que sirve de lecho
a sus restos mortales, podemos afirmar que España entera le sirve de sepulcro.
La muerte del mártir es la
verdadera muerte, porque conduce al hombre a la frontera de la vida en la más
terrible soledad. Solo, abandonado, no ha tenido una mano amiga que cerrara sus
ojos ni que cubriera de flores su cuerpo. De haber muerto en la hora del
triunfo, en pos de su cadáver, como antes en pos de su palabra, hubiera ido
España entera: la España que piensa y que sabe dónde está su salvación. En ese
amanecer del 7 de Noviembre de 1936 está solo, y para colmo de traición, sus
verdugos se empeñaron en negar su muerte. Solo se sabe que ha desaparecido de
su celda en la cárcel de Madrid.
¿Dónde está Maeztu?, preguntan las cancillerías de
Europa y América. ¿Dónde está?, preguntan en Londres, las mujeres que le
admiraron y escucharon su palabra con deleite. ¿Donde está Ramiro?,
pregunta su madre, su mujer, su hijo. ¿Dónde está el maestro?, preguntan
los discípulos que ha ido dejando a su paso por el mundo.
¿Dónde está?, pregunta desde Buenos Aires su
grande amigo Ricardo Rojas, y desde Chile uno de sus más fieles admiradores,
Mario Garcés. ¿Dónde está el hombre, el apóstol, el profeta, el precursor?,
pregunto yo. ¿Qué habéis hecho de él? ¿Cómo y por qué no hubo una voz, una sola
voz en España que se levantara en su defensa? ¿Qué hicieron los intelectuales,
sus amigos de la juventud, sus compañeros en la labor, que no pronunciaron una
sola palabra ni pusieron su firma para salvar la vida del hombre bueno?
Y cuando la imprecación surge
terrible, desesperada, oigo una voz clara que, en nombre de Dios, contesta: No,
Ramiro de Maeztu no ha muerto porque ha ingresado en el reino de la
inmortalidad.