Palabras del Dr. Álvaro Pacheco Seré

Transcripción de la alocución pronunciada el 17 de julio de 2002 en el Centro de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Buenos Aires, en ocasión de la presentación de la revista «Custodia de la Tradición Hispánica» y del libro «Presencia carlista en Buenos Aires», de Bernardo Lozier Almazán.

 

Señor Presidente y Señores Miembros de la Hermandad Tradicionalista Carlos VII; Señoras y Señores:

Puede extrañar a ustedes que en el Uruguay se haya dado un redescubrimiento del pensamiento tradicionalista, generosamente acogido por nuestra Hermandad. Sin embargo, éste ha sido el resultado más trascendente de la victoria militar lograda en nuestro país en 1973 contra un enemigo que finalmente identificamos con la revolución anticatólica, pero que prevalece hoy en el mundo por medios políticos y religiosos. Sorprende que este aporte pueda venir del Uruguay, según lo explica la carta de adhesión del presidente Bordaberry, por las particularidades políticas e históricas de nuestro país, que son en cierto modo un ejemplo de cómo los poderes contrarios a la España fundadora, católica, fueron ejerciendo gradualmente una acción —secreta al principio; disimulada, reservada después— para ir cambiando la identidad de nuestros antiguos Virreinatos del Reino de Indias y para aprovechar la ocasión histórica de la invasión de Napoleón a España para lograr la introducción de los principios revolucionarios en Europa y especialmente contra la España católica y provocar la independencia de nuestros países de España, es decir, la ruptura del Reino de España e Indias.

Las Bulas de Alejandro VI estaban dadas a perpetuidad a los Reyes Católicos, y así lo recogieron las Leyes de Indias. Sin embargo esto fue desconocido, al principio inadvertidamente, pero poco a poco se fue percibiendo la hondura de estos movimientos políticos que incluso escapaban al control y a la percepción de los después llamados "libertadores", hasta llegar a una verdadera ruptura política, filosófica y —lo más grave— religiosa.

El ejemplo de mi país es significativo porque es una creación posterior, es el último estado creado como resultado del separatismo de los Virreinatos, y se ve muy claramente en ese proceso de creación del país la influencia de poderes contradictorios con la España católica, que más que un quiebre político causan, como decía, una ruptura, una quiebra con todo lo que era el tradicionalismo, el pensamiento tradicional, las instituciones tradicionales y que lleva, mediante el mecanismo de la implantación de las Constituciones, a iniciar un proceso que podemos decir está culminando en la actualidad con la disolución de nuestros estados republicanos en esto que ya parece ser una república universal, un poder global.

El instrumento, decía, fue la Constitución, porque el artículo 1º de nuestra Constitución de 1830 ya define al estado —y lo sigue definiendo actualmente el mismo artículo 1°— como la asociación política de los habitantes comprendidos en su territorio. Ahí se ve como se reciben en el texto constitucional —y constituyen el principio político que empieza a operar desde entonces— las ideas de la Revolución Francesa, las ideas de Rousseau.

La Declaratoria de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 ya decía que ningún país puede tener Constitución si no reconoce / acepta estos tres principios: la separación de los poderes, es decir, se debilita el poder público, y hoy vemos lo que es la crisis del principio de la autoridad en general. El otro principio es la soberanía radicada en el pueblo: ya no es el Rey el soberano sino que la soberanía, o poder supremo, pasa a ser imprevisible, dependerá de lo que después será el sufragio universal o, más propiamente, de los poderes financieros y de los medios de comunicación que lo dominarán. Y el tercer principio es el de los Derechos Humanos, los Derechos individuales, como se decía en el ’89, y que también, como los otros principios, al ser de carácter revolucionario, ha ido subvirtiendo el orden legítimo sin ningún límite objetivo ni ningún límite moral, y la aplicación de estos tres principios, tanto en mi país como también en los países hispanoamericanos en general ha terminado diluyendo, como decía, estos estados creados artificialmente y contra sus tradiciones religiosas, filosóficas, políticas, en esta situación actual de revolución consumada.

En el trabajo que tengo el honor de publicar en el primer número de la nueva revista «Custodia» recurro a la distinción entre patriotismo y nacionalismo. El lema carlista «Dios, Patria, Rey» fue alterado en cuanto al primer principio, Dios, que es decir que los estados deben ser regidos por la Ley divina y la ley natural; fue alterado hasta llegar a la situación actual de agnosticismo y de apostasía. El segundo, patria, es muy caro al carlismo, porque el carlismo no recurre al concepto de nación para su lema sino al de patria, y a ese concepto, el de patria, es al cual ha ido también la revolución tratando de cambiar su significado. La revolución, para eso, utilizó el concepto de nación.

El concepto de nación —dice Álvaro D’Ors— es polémico, político; el concepto de patria es moral, es natural, es de derecho natural, es más difícil de distorsionar. La Revolución Francesa es cierto que quiso modificar a los dos, e ideó el concepto de nación —no "nación fundación", que es legítimo— sino el de "nación contrato", la nación del contrato social de Rousseau. E incluso la Revolución Francesa tuvo también la intención de apropiarse de la noción de patria: todos recordamos el himno, «La Marsellesa», cómo proclama que los hijos de la patria son los revolucionarios.

Pero aquí encontraron un escollo mayor: era muy difícil decir que los vandeanos no eran los patriotas, que los patriotas eran los que defendían la revolución. En los carlistas en España, en los cristeros en Méjico, está el concepto de patria, y siempre fue imposible usurparles ese concepto. Es un concepto de derecho natural, es un concepto —como dice Santo Tomás— basado en el cuarto Mandamiento, el de honrar padre y madre; de ahí deriva, como ustedes bien saben, el concepto de patria. Y es muy difícil sostener que, en nuestros países después de la independencia, alguien, en algún momento de nuestra historia independiente —o pretendidamente independiente— pueda haber dicho: "Yo tenía una patria, y de ahora en adelante tengo otra". Estaría desconociendo el cuarto Mandamiento, estaría desconociendo el derecho natural.

Eso da pie al pensamiento tradicionalista —carlista especialmente— a insistir en ese concepto de patria, que es al que parecería que en estas circunstancias políticas, filosóficas, religiosas actuales habría que acudir, más que al concepto de nación, porque él es el que nos permitiría, mediante la Tradición, unirnos otra vez a España. En la situación que España esté, porque no se trata de cuestionarnos cómo vamos a unirnos ahora otra vez con España cuando España está en condiciones iguales o peores que los países hispanoamericanos. La situación renacería naturalmente. Es decir, si las declaraciones de independencia pierden su carácter revolucionario mediante la afirmación de la noción de patria como patrimonio espiritual invariable, la reunificación resultaría natural e inevitable.

En el momento actual todo esto se puede solamente pensar, no hay posibilidades de acción política, como ustedes bien saben, pero es mérito del pensamiento carlista, tradicionalista, el mantener estos conceptos a los que hay que acudir en toda su pureza, sin ninguna concesión. Tenemos que asumir el problema que se ha planteado frente a esta sorpresa general de estas crisis —crisis es una manera popular de llamarlas,— de estas circunstancias tan dramáticas, anárquicas, humanamente insolubles. Ante ellas, los países han recurrido primero a los economistas, después a los pensadores políticos.

El pensamiento económico siempre debe terminar reconociendo que las finanzas son nada más que un instrumento de ese poder que domina al mundo, y los pensadores políticos están siempre enfrentándose a una valla insalvable que es el dogma de la democracia. La democracia no es una forma de gobierno, la democracia no es la democracia ateniense ni la democracia ¿cristiana?: es la democracia de la Revolución Francesa, esa es la que políticamente está en el origen de todas las Constituciones, de todos los cuerpos políticos fundamentales de la mayoría de los estados del mundo.

La Declaración de Derechos de la Revolución Francesa, como decíamos, disponía que ningún pueblo puede tener Constitución si no reconoce esos principios de la soberanía popular, división de los poderes y los derechos humanos. Evidentemente eso es lo que ha triunfado en el mundo, y ese es un mecanismo de dominio y de transformación de nuestros países.

Ponía como ejemplo a mi país porque incluso después de la llamada restauración de la democracia se vio claro cómo había una continuidad con esos principios proclamados en la independencia y el peligro que hubo para el liberalismo, para los doctrinarios del nuevo poder mundial, cuando el poder público enfrentó a la subversión armada, subversión que era como la última expresión de un sistema político nacido en la revolución. Porque cuando se hizo ese enfrentamiento, victorioso en lo militar en todos nuestros países, el liberalismo temió por su idea fundadora, por su idea de la nación contrato, de la nación jacobina, de la idea de nación que llevó a independizarnos en todo sentido de España. Temió que aflorara el patriotismo y el derecho público cristiano. Incluso en nuestro país se insistió con el concepto de que la identidad nacional no surgía de la fundación española sino que era una idea. Concretamente, uno de los presidentes más liberales del Uruguay asumió ese concepto, y lo hizo cuando la visita del Papa Juan Pablo II. El Papa hizo hincapié en la identidad nacional uruguaya basada en los principios evangélicos, y el presidente liberal contestó que nuestro país es hijo de una idea, es decir, es hijo de la idea que ellos tienen o de la que pueden propiciar mediante las votaciones y mediante el dominio de ese sufragio universal.

Por ello parece realmente admirable que los integrantes de la Hermandad Tradicionalista "Carlos VII" hayan empezado a actuar justamente muy poco tiempo antes de que se produjeran todos estos sucesos que han puesto la situación en evidencia; parecería como que se hubieran preparado especialmente para rescatar y aportar el pensamiento tradicionalista que, sin duda, va a ser el único que va a permitir enfrentar con verdadera doctrina estos acontecimientos.

La crisis —para volver al término popular— no es económica, no es política sino que es de identidad de los países. Nuestros países están planteándose casi instintivamente qué clase de país somos, cuáles son nuestros principios, cuál fue el principio desde la independencia, y si es que hubo o no independencia. Todo eso se va seguramente a ir profundizando en el pensamiento y por eso es de especial importancia la tarea que ha emprendido la Hermandad y la obra que se pretende continuar con la publicación de esta revista, a la cual por supuesto deseo —ha sido bendecida por nuestro querido Capellán, el Reverendo Padre Albamonte— el mayor de los éxitos. Y a todos ustedes especialmente agradezco la atención que me han dispensado.

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