Isabel La Católica

 

Walter D’Aloia Criado.

Buenos Aires. Argentina.

Es noviembre en Castilla y ya es invierno. Llueve sin cesar sobre la tierra parda y sobre los tejados de Medina del Campo. La rica y poderosa Villa, la de las ferias célebres, el poderío del reino. Allí en el caserón de la Plaza Mayor, está agonizando la santa Reina Católica, Doña Isabel de Castilla. Corre el año del Señor de 1504. Las campanas de las Claras, de san Antolín, de la Colegiata llaman a laudes y rezarán por ella. Pasa un rebaño de ovejas entre campanillas. Una llovizna tenue y fría va mojando los tejados y los portales. La Reina está muriendo. ¡Que lejos están sus padres! ¿Qué se fizo el Rey Don Juan, los Infantes de Aragón, qué se fizieron? Parece decirle Jorge Manrique desde su Villa de Paredes. ¡Que lejos el palacio aquel donde nació en Madrigal de las Altas Torres, pueblo enfático y bonito, capital de Castilla en el agitado otoño medieval, convento luego de Madres Agustinas...! ¿Dónde su madre La Portuguesa "D’ollos pretos" que introdujo la locura en la casa real de Castilla?

Dónde su infancia lejana, en Arévalo, cuando se debatía entre los delirios de su madre, la amistad de Beatriz de Bobadilla y las intrigas de la nobleza y el clero, lejos de la escandalosa corte de su hermano Enrique, de Juana, La Beltraneja, su sobrina, su enemiga, a quien nadie creía la legítima heredera al trono de Castilla. Lejos también la horrible mañana de Cardeñosa cuando murió su hermano Alfonso y la vapuleada corona le fue ofrecida en medio de su dolor, en el locutorio de Santa Ana, en Avila.

Junto a ella está Fernando, Fernando de Aragón, su primo lejano, al que conoció en Valladolid cuando salió del reino disfrazado de arriero para ganar la mano que disputaban reyes, príncipes y grandes de Europa entera. El encuentro y la boda en la casa de los Vivero, con tanta prisa que se fraguaron las dispensas papales a espaldas de la novia y quedó excomulgada hasta que una bula, puso, un año más tarde, remedio a tanta presura. Fernando, fue su gran amor. Aunque la infidelidad separó muchas veces de su lecho, y le dio dos hijas bastardas monjas en Madrigal y un arzobispo en Toledo.

"Quiera Dios que volváis a vuestro antiguo amor, si no fuera así, moriría de pena y vos seríais causa de mi muerte", le escribió Isabel algún día, por salvar su matrimonio y su honra. "Tanto Monta". Fue el lema de su escudo, pero también el de la política en el gobierno de sus reinos. Solía decir que cuatro cosas quería en su sitio: "prelado en el coro, soldado a las armas, dueña en el estudio y ladrón en horca". E hizo de ello el programa de su gobierno.

La reina que en ese noviembre agoniza, se siente sola. No están sus hijos. Se los arrebató la muerte, la desgracia, la distancia... la locura Juan, el primogénito, su esperanza, y la de todo el reino, dejó la vida en los brazos de Margarita. La Princesa rubia que descansa en Santo Tomás de Avila en el bello sepulcro que le labró Fancelli. Isabel muerta y en ella las esperanzas de Portugal, Catalina olvidada en la lejana Inglaterra, Juana presa de la locura y los celos por "El Rey Bonito", en Flandes. Sólo María, feliz, pero lejos, en Portugal consuela al viudo de su hermana y concibe una futura emperatriz de España.

Tampoco está Cisneros, su confesor. Su amigo. El alfaquí campanero. El que conquistó las ánimas, cuando los reyes, en Granada, conquistaron las piedras. Con él se adelantó a la historia, reformando conventos, volviendo a las fuentes y la disciplina, a tanto fraile relajado que había por el reino. Y ella fue la primera en dar ejemplo. Una cuaresma ayunó en Sevilla a pan y agua en las monjas de la Madre de Dios. Su fama de santidad corría ya por el reino. Oía misa diaria y en el incendio del campamento de Granada, avanzada la noche, se supo, sólo, velaban los centinelas y la reina, que estaba rezando. De allí sacaba ella fortaleza.

En una época en que arreciaba el paganismo, flaqueaba la moral, temblaban las más sólidas bases del cristianismo, tambaleaba el papado, es ella con luz propia, fundada en la piedad sincera y en responsabilidad ante Dios y los hombres, quien llevó a cabo la árdua empresa de hacer de Castilla, el centro político, económico y espiritual de su tiempo. Sus decisiones en Castilla fueron las que promulgó Trento el siguiente siglo.

Se decía que "La reina hacía guerra a los moros con oraciones y penitencias, como el rey con sus lanzas", y era verdad. Aunque a medias. Porque Isabel hizo la reconquista junto a los soldados, fue a la guerra embarazada y en una tienda de campaña fue madre. La concibió y la vivió en carne propia. Supo ver la unidad en la diversidad, cuyo símbolo fue la granada que colocó en su escudo, cobijado bajo el águila de San Juan Evangelista. Granada fue la perla más preciada de su corona. Al menos hasta que llegó a América. Arrancar tierras al infiel y convertirlos. A todos. En la mente de Isabel estaba el deseo de salvar a todos sin excepción de personas ni razas. Por eso ofrecía la conversión a judíos y a los moros. En eso basa la expulsión de aquellos hombres que no saben ver la verdad que ella les muestra. Al ver la unidad, ve a España. Su proyecto fue la más cabal expresión del catolicismo, de la romanidad, de la universalidad que bulle en su espíritu. El mismo que le hace ofrecer las joyas al Almirante y encarar la empresa de América y decir más tarde del descubrimiento, que aunque todos fuesen peñas sólo la salvación de los indios, justificaba la empresa. Y "que les traten muy bien y amorosamente, so pena de ser castigados". Y "de declararles libres, súbditos de la Corona, impidiendo por todos los medios la esclavitud, cuando la doctrina Aristotélica la justificaba ampliamente". En aquel noviembre de 1504, Colón tampoco está a su lado, hartas eran las marañas de prerrogativas, intereses juicio. "Y que lo doctrinar sea su principal fin y en ello ponga su diligencia". Los indios. Sus indios. En ellos más que nadie piensa Isabel en vísperas de su muerte. Y a su maravilloso testamento, que dicta no con palabras de reina, sino con juicios de santa, agrega un codicilo, que sentará las bases para la Legislación de Indias, la más humanitaria, la más justa, la más fiel al espíritu católico de cuantas se promulgaran. "Que no se consientan ni den lugar, que los indios vecinos y moradores de dichas islas y tierra firme ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes, más mando que sean bien y justamente tratados y si alguno agravia o quita lo que han recibido lo remedien y provean..." En el momento cúlmine de su vida América está en su corazón. Nada le queda ya por decir. Ha mandado dar limosna a los pobres lo que se gaste en luto y en vez de hachones se provea a las iglesias pobres lo que se gaste para velas al Santísimo. Ha mandado a rezar 20.000 misas por su alma y vestir 200 pobres que recen por ella. Y vestir su cuerpo con el hábito de San Francisco. Ya ha recibido la extremaunción solamente, mas no ha consentido que le descubriesen los pies por ser poco calificante para una reina. La colegiata de San Antolín, Santa María la Real, San Miguel, La Magdalena, dejan oír el Angelus del medio día. Y los labriegos paran un momento la yunta, y se santiguan. Allí en el caserón palacio se está muriendo la reina.

Pasadas las doce del medio día murió en Medina. Tenía 53 años. Nunca tocaron no volverán a tocar con mayor duelo las campanas de Castilla. Su cuerpo vestido con el hábito del Bienaventurado Pobre de Jesucristo era llevado en un triste cortejo, hacia Granada, hacia el convento de San Francisco.

Llueve mansamente en Medina del Campo. Doblan las esquilas de Las Claras. El 26 de noviembre de 1504 América ha quedado huérfana. Ha perdido Castilla la más Grande Reina de su historia y el cielo ha ganado un alma justa cubriéndole de gloria por toda la eternidad.

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