PRESENTACIÓN DE LA REVISTA CUSTODIA
de la Tradición Hispánica
por Don Federico J. Ezcurra Ortiz
Señoras, Señores:
La Divina Providencia ha querido concederme el especialísimo privilegio de presentar hoy, como Presidente de la Hermandad Tradicionalista Carlos VII, esta nuestra transformada revista, la que con el doblemente sugestivo nombre de «Custodia de la Tradición Hispánica» aspira a ser portavoz del tradicionalismo hispanoamericano, continuando así con mayores pretensiones y renovado entusiasmo la tarea que nos impusimos hace ya seis años, en las páginas de la que fuera hasta ayer nuestra más que modesta publicación.
Alentados por aquella primera y en verdad muy favorable experiencia nos animamos a editar esta renovada versión de nuestra publicación, para ponerla en manos de quienes, como ustedes o como nosotros mismos, nos sentimos porque en realidad lo somos herederos del inmensamente rico legado espiritual y cultural de la tradición hispánica, sin desconocer por esto la tremenda responsabilidad que ello nos significa, pues como bien decía don Marcelino Menéndez y Pelayo, «donde no se conserve piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original ni una idea dominadora. Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia, muy próxima a la imbecilidad senil».
Y sigo con otra cita, esta vez de don Ramiro de Maeztu: «Hasta sabemos que nuestra labor tiene que ser modesta y pobre. Descuidos seculares no pueden repararse sino con el esfuerzo continuado de generaciones sucesivas. Pero lo que vamos a hacer no podemos menos de hacerlo. Ya no es una mera pesadilla hablar de la posibilidad del fin de España y acoto aquí que esto puede hacerse extensivo a la Hispanidad entera y España es parte esencial de nuestras vidas. No somos animales que se resignen a la mera vida fisiológica, ni ángeles que vivan la eternidad fuera del tiempo y el espacio. En nuestras almas de hombres habla la voz de nuestros padres, que nos llama al porvenir por que lucharon. Y aunque nos duela España, y nos ha de doler aun más en esta obra, todavía es mejor que nos duela ella que dolernos nosotros de no ponernos a hacer lo que debemos».
Seguramente a alguno se le ocurrirá preguntarse no sin algo de razón para qué o por qué esta nueva publicación cuando ya otras han naufragado, máxime en momentos en que la patria se encuentra en medio de un caos sin precedentes en su ya atribulada historia, que la coloca en las mismas puertas de su disolución, en tanto que presenciamos cómo se combaten con retumbo bélico aquéllas «Dos Ciudades» tan gráficamente descriptas por San Agustín: la Ciudad de Dios, que se hizo Hombre para salvarnos, y la Ciudad del Hombre, que pretende hacerse Dios, para por fin perderse.
Aquella es sin duda una buena pregunta, para la que tenemos una mejor respuesta: ¡Por eso mismo! Si es verdad que a grandes males, heroicos remedios, estamos convencidos que esta tarea que nos hemos impuesto es aquella que la Divina Providencia nos está pidiendo, con absoluta prescindencia de lo exitosa que pueda resultar: nuestra obligación no es vencer que eso está en manos de la Divina Providencia sino no desfallecer en el combate.
Asimismo, su Consejo de Redacción y los colaboradores que nutrirán sus páginas tienen puesta su esperanza en que la difusión del ideario tradicionalista contribuirá a descubrir, abrevados en las mejores fuentes, los fundamentos históricos, filosóficos y religiosos que contribuyan a esclarecer la enorme y devastadora confusión ideológica que nos invade a través de la cotidiana prédica revolucionaria.
Prédica cuyo evidente y progresivo éxito es aumentado, sin lugar a dudas, por una rémora cultural de tal calibre que sólo con muchísimo esfuerzo personal, pero sobre todo con la gracia de Dios, se consigue superar, y de la que en mayor o menor medida nadie puede hoy sensatamente jactarse de estar inmune.
Sin embargo no estamos solos para emprender tan ambiciosa como fundamental empresa, la que justo es reconocerlono hubiera sido de ninguna manera posible sin la inestimable participación en ella de la Editorial y Librería «Santiago Apóstol», que desde un principio nos animó entusiásticamente y aportó su apoyo tecnológico y profesional, por lo que hacemos aquí público nuestro reconocimiento a los hermanos Jorge y Marcelo Gristelli.
Somos también conscientes que no es nada fácil comprender el Tradicionalismo desde estas tierras tan separadas en el tiempo, en el espacio, en la cultura y en la doctrina de esa España católica y misionera, de la España que conquistaba con la espada, pero también con la Cruz, de la España imperial, de la España carlista... Y tampoco nos sirve de consuelo comprobar que esta situación no es actualmente muy distinta en la propia Península.
También estamos seguros que es mucho más difícil aun intentar esa comprensión del Tradicionalismo desde una óptica republicana, alterada hasta el paroxismo por una bastarda, mentirosa y machacona prédica liberal y marxista, que desde los albores de Mayo de 1810 intenta con saña cortar el cordón umbilical que nos vincula con nuestras verdaderas tradiciones, con nuestro verdadero origen.
Empleando un sencillo razonamiento simplista si se quiere, aunque no carente de realidad podríamos decir que así como los niños no nacen espontáneamente de los repollos; que tienen padres, abuelos y ancestros que de alguna manera les marcan el rumbo y a la vez los condicionan a responder de su sangre con sus actos, tampoco las naciones nacen de un día para otro de la prestidigitación de los ideólogos, y mucho menos como es nuestro caso cuando estos ideólogos son los paladines de la lucha contra nuestros propios ancestros, contra el orden tradicional católico del cual somos obligados tributarios.
Admitir esto sería exactamente lo mismo y válgame la humorada que nombrar encargado de un hospital a un antropófago.
Es por eso que sostenemos rotundamente que nuestros orígenes se remontan bastante más allá de Mayo de 1810: se remontan nada más y nada menos que hasta Covadonga, al pie de los Picos de Europa y en los albores del siglo octavo, en los tiempos en que Pelayo emprende la Reconquista y con ella comienza a conformarse la unidad religiosa y política de España. De aquella España Tradicional, de la España legitimista.
Consecuentemente, y cualesquiera sea el origen étnico de nuestros antepasados, somos todos hijos de España y, por lo mismo, formamos parte de aquel gran imperio español tanto como cualesquiera de las regiones de la Península, si bien con nuestra propia identidad, peculiares características psicológicas, modismos lingüísticos y demás particularidades que nos distinguen dentro de la unidad del conjunto pero que no nos apartan de él, antes bien, nos reafirman en la unidad dentro de la variedad, como corresponde a la constitución de una sana identidad familiar.
Oportuno me parece entonces citar, profundizando en el pensamiento tradicionalista, lo que expresaba al respecto el Dr. Ricardo Fraga, distinguido miembro de nuestra Hermandad, al afirmar que "América es hija de la Tradición, de una tradición secular que hunde sus raíces en el mundo greco-latino, y que se lanza, a través de la Castilla misional del siglo XVI, a la Conquista y Evangelización de las Américas, a las cuales da vida y naturaleza por medio de la virtud fundante de la Fe católica, único punto de "unión común" (comunión) entre todos los pueblos hispanoamericanos".
En esto coincide plenamente con don Marcelino Menéndez y Pelayo, cuando éste alude a: «...otra unidad más profunda: la unidad de la creencia. Sólo por ella adquiere un pueblo vida propia y conciencia de su fuerza unánime; sólo en ella se legitiman y arraigan sus instituciones, sólo por ella corre la savia de la vida hasta las últimas ramas del tronco social. Sin un mismo Dios, sin un mismo altar, sin unos mismos sacrificios, sin juzgarse todos hijos del mismo Padre y regenerados por un Sacramento común, sin ver visible sobre sus cabezas la protección de lo alto, sin sentirla cada día en sus hijos, en su casa, en el circuito de su heredad, en la plaza del municipio nativo, sin creer que este mismo favor del cielo, que vierte el tesoro de la lluvia sobre sus campos, bendice también el lazo jurídico que él establece con sus hermanos; y consagra con el óleo de justicia la potestad que él delega para el bien de la comunidad; y rodea, con el cíngulo de la fortaleza, al guerrero que lidia contra el enemigo de la fe o el invasor extraño; ¿qué pueblo habrá grande y fuerte? ¿qué pueblo osará arrojarse con fe y aliento de juventud al torrente de los siglos?... Esta unidad se la dio a España el Cristianismo».
Pensamos, llegados a este punto, que es conveniente dejar bien en claro con el fin de evitar equívocos desde el inicio la experiencia nos enseña que una vez echados a andar son difíciles de revertir que entendemos que la Tradición sería algo absolutamente muerto y fosilizado si su patrimonio no fuera aumentado y enriquecido por el progreso, por el verdadero progreso, para trasmitirlo así a las generaciones venideras.
El siempre talentoso Vázquez de Mella, llamado con justicia el Verbo de la Tradición Española y acaso nuestro máximo mentor, nos decía con su proverbial claridad que "la Tradición es el progreso hereditario; y el progreso, si no es hereditario, no es progreso social. Una generación, si es heredera de las anteriores, que le trasmiten por tradición hereditaria lo que han recibido, puede recogerla y hacer lo que hacen los buenos herederos: aumentarla y perfeccionarla, para comunicarla mejorada a sus sucesores".
Pues en eso estamos.
Inspirados en lo expresado por S.S. el Papa León XIII, cuando en su Breve del 1º de septiembre de 1883 afirmaba palabra más palabra menos que las leyes que rigen la tarea del historiógrafo se reducen a "huir de la mentira, a no temer a la verdad, a proclamarla sin reparos y a evitar igualmente los extremos de la adulación y de la ojeriza".
Con las inevitables deficiencias propias de las obras humanas, nos hemos propuesto respetar tan sabios preceptos en el tratamiento de los temas que planeamos abordar, los que si bien no pertenecen total y acabadamente a la historiografía, la rozan muy de cerca y en ella se apoyan.
Aclaración esta que juzgamos imprescindible a la hora de presentarles la revista, ya que pretendemos que ella sea una publicación exclusivamente doctrinaria y de reflexión y por tanto alejada de los problemas de la política contingente, destinada en cambio a rescatar y difundir las buenas tradiciones hispánicas, el pensamiento carlista, su ideario socio-político basado en la doctrina de sus grandes pensadores y doctrinarios del derecho cristiano, que no es otro que el Pensamiento Católico Tradicional, como colaboración a la clarificación del ideario político nacional, en estos momentos de tanta confusión; confusión doctrinaria que estimamos peor aun que la misma crisis que aqueja a nuestra Patria y cuya resolución es condición previa a la solución de ésta.
Decíamos al principio que no estamos solos en esta empresa, y así lo sentimos porque contamos también con el respaldo intelectual de un Jaime Balmes, un Marcelino Menéndez y Pelayo, un Ramiro de Maeztu, un Juan Donoso Cortés, un Antonio Aparisi y Guijarro, un Pedro de la Hoz, un Francisco Navarro Villoslada, un Cándido Nocedal, un Vicente Manterola, un Manuel Polo y Peyrolón, un Juan Vázquez de Mella, un Francisco Elías de Tejada, un José María Pemán cuyo poema referido a Zumalacárregui adorna nuestro primer número un Federico Wilhelmsen, para nombrar con el insoslayable riesgo de mortificantes omisiones tan sólo algunos de los tantos que nos precedieron en la misma brega y hoy ya no están físicamente, pero cuyo aliento sentimos palpitar en cada una de las perdurables páginas que nos han dejado como saludable y cuantiosa herencia.
Encaramados sobre los hombros de esos gigantes del pensamiento, con el único mérito que tal vez pudiera cabernos por haber sabido elegir bien esas cimas desde donde divisar los caminos de las auténticas soluciones políticas, aspiramos a alcanzar a ver más lejos y lograr un mejor y más profundo discernimiento de los temas que nos ocupan y nos preocupan.
Asumimos, entonces, de esta forma el compromiso de conservar y revivificar la tradición hispana, uno de cuyos elementos constituyentes y no el menor es la monarquía católica.
Pero queremos dejar muy en claro que no nos engañamos con pueriles sueños y falsas ilusiones: entiéndase bien que estamos bien ciertos que, aquí y ahora, la restauración práctica de la monarquía es una quimera inalcanzable, aunque asimismo sabemos que es nuestra obligación primigenia defender todo aquello que aun nos queda, aunque solo sea conceptualmente, de aquella tradición occidental y cristiana de que hablamos, para que no nos quepa aquella lapidaria sentencia de la madre de Boabdil: "Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre".
Como decía antes, esa defensa de la Tradición nos es impuesta desde los siglos por quienes nos precedieron cumpliendo a su vez con sus obligaciones para con Dios, con la Patria y con el Rey, en ese orden, y principalmente para con Dios, pues lo demás vendrá por añadidura. Esta es tarea de bien nacidos, que no de especuladores, y a ella nos aplicaremos con todas nuestras fuerzas y capacidades, sin dejarnos tentar con la gracia de Dios por un plato de lentejas.
Quiera Dios, entonces, que podamos y sepamos cumplir con la misión que nos hemos impuesto siguiendo la vocación a la que por herencia hemos sido llamados, y quieran también Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen, su Madre y la nuestra, concedernos conductores políticos honorables y lúcidos avezados pilotos de tormenta que sepan llevar a nuestra patria, y con ella a todos nosotros, sanos y salvos a buen puerto, si ese fuera el designio de la Divina Providencia, y en caso contrario, que nos dispense la inmensa gracia de que las tribulaciones y los humanos fracasos no logren hacernos defeccionar de su sagrado servicio.
Antes de concluir, pediré a nuestro Capellán una especial bendición para esta criatura que hoy echamos a andar en este turbulento mundo que nos ha tocado en suerte vivir y en el que, más que nunca, debemos dar testimonio de nuestra Fe católica y nuestras convicciones tradicionalistas, encarnando en nosotros esas palabras que sirven de epígrafe a la contratapa de este su primer número: «Lo que defendió mi abuelo, también defiendo yo».
Muchas gracias por su presencia, pero más aun por su cordial compañía en esta reunión de amigos, de tanta trascendencia para nosotros.