EDITORIAL
El segundo... ¡ y van dos!
Apreciados lectores:
La simple y desprevenida lectura de estas líneas que dan fe sin ningún género de dudas que nuestro número dos ya es una realidad puede llevarlos a la engañosa impresión de que su materialización ha resultado tarea sencilla, y que quienes la encaramos lo hemos hecho alegre y despreocupadamente, a la manera de un divertimiento con el que llenar las horas vacantes que nos brinda nuestra presuntamente envidiable condición de integrantes de la clase pasiva.
Si esta fuera vuestra impresión, por una elemental razón de honestidad nos encontramos en la triste obligación de decepcionarlos lamentablemente para nosotros, pues ella está muy distante de la realidad.
Pero mirando todo esto desde una perspectiva algo más sobrenatural, y aunque el hecho nos mortifique personalmente, no podemos decir que esto sea realmente malo, ya que las más veces esos inconvenientes son signos inequívocos de que con nuestro accionar molestamos a alguien, que la imaginería popular caracteriza con larga cola, patas con pezuñas y cornamenta de macho cabrío, lo que le confiere un aliciente adicional para proseguirlo con entusiasmo.
Por otra parte, se nos aparece propicia la oportunidad para hacer referencia aquí y glosar algunas observaciones y comentarios que se nos han hecho sobre la revista, y que se refieren especialmente a la forma de encarar nuestra tarea de divulgación, con la advertencia descontamos que afectuosa y bien intencionada de que de esa manera tan franca y directa no lograremos ampliar mucho el círculo de nuestros prosélitos.
En diversas ocasiones hemos manifestado y hoy queremos reafirmarlo una vez más que entendemos que la tarea que corresponde realizar en estos tiempos no es la de hacer prosélitos, ya que según la Sagrada Escritura «todas las cosas tienen su tiempo, y todo lo que hay debajo del cielo ocurre en el término que se le ha prescrito: hay tiempo de nacer, y tiempo de morir; (...) tiempo de ganar y tiempo de perder; (...) tiempo de callar y tiempo de hablar» (Ecl. III), sino por el contrario la de lograr que el «pusilla grex» (el pequeño rebaño) se mantenga fiel, proporcionándole oportunamente los elementos en los que pueda sustentar su vital reflexión y, en consecuencia, su acción apoyada en la oración, dentro del margen de operación cada vez más restringido que las circunstancias mundiales nos otorgan a quienes tenemos el privilegio de ser los testigos de Cristo en estos tiempos turbulentos.
Y no se piense que por tratarse esta de una tarea de esclarecimiento político nada tiene que ver con lo religioso, porque en el pensamiento católico tradicional y dentro de un sano orden de prelación, lo político debe estar subordinado a lo religioso, pues de otra manera corremos el riesgo de dar también nosotros el lamentable espectáculo que observaba el Padre Castellani: «Es para llorar el espectáculo que presenta el país, mirado espiritualmente. El liberalismo ha suministrado a la pobre gente no a toda, sino a la que no ama bastante la verdad (¡hoy casi toda, a nuestro juicio!) una religión y una moral de repuesto, sustitutivas de las verdaderas; un simulacro vano de las cosas, envuelto a veces en palabras sacras. ¡Qué es ver tanto pobre diablo haciendo de un partido un absoluto y poniendo su salvación en un nombre que no es el de Cristo, aun cuando a veces el nombre de Cristo está allí también, de adorno o señuelo! Se pagan de palabras vacías, vomitan fórmulas bombásticas, se enardecen por ideales utópicos, arreglan la nación o el mundo con cuatro arbitrios pueriles, engullen como dogmas o como hechos las mentiras de los diarios; y discuten, pelean, se denigran o se aborrecen de balde, por cosas más vanas que el humo... Una vida artificial, discorde con la realidad, les devora la vida» (Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, páginas 278-279).
Advertirá el lector menos perspicaz que la radiografía de nuestra sociedad que aquí nos propone el Padre Castellani contiene dos notas fundamentales: en primer término, es exacta y, en segundo y por lo mismo, aterradora, pues es la señal innegable de que hemos abdicado colectivamente y en forma radical del uso del atributo que nos distingue de las bestias: la inteligencia.
Cuando una sociedad carece de una clase dirigente lúcida, y la que ocupa su lugar ha arrojado alegremente por la borda su capacidad de pensar con claridad, puede afirmarse que esa sociedad ha optado por un ejercicio lúdico que podríamos denominar «ruleta rusa intelectual» y que estadísticamente, más tarde o más temprano sólo es cuestión de tener paciencia desembocará irremisiblemente en un suicidio colectivo, que seguramente no se dará de manera simultánea sino tal vez gradual por estratos sociales, pero cuyos efectos deletéreos ya empezamos a percibir con sólo dirigir la vista a nuestro alrededor.
Adivinamos que ante esta respuesta no faltarán quienes nos acusen de pesimistas, y aquí nos perdonarán que reiteremos algo que ya hemos dicho más de una vez, tal vez hasta el cansancio de nuestros lectores nosotros no nos cansaremos de repetir lo que sea necesario, pero que no por reiterativo deja de ser menos cierto, y es que el pesimismo y el optimismo, según la sagaz frase de Bernanos, son dos vertientes de la misma estupidez humana y lo único que diferencia al optimista del pesimista es que el primero es un estúpido feliz en tanto que el segundo es un estúpido desgraciado.
Volvamos a referirnos a la clarividente sentencia del Padre Castellani: «No hay que engañarse: en el mundo actual no hay más que dos partidos. El uno, que se puede llamar la Revolución, tiende con fuerza gigantesca a la destrucción de todo el orden antiguo y heredado, para alzar sobre sus ruinas un nuevo mundo paradisíaco y una torre que llegue al cielo; y por cierto que no carece para esa construcción futura de fórmulas, arbitrios y esquemas mágicos; tiene todos los planos, que son de lo más delicioso del mundo. El otro, que se puede llamar la Tradición, tendido a seguir el consejo del Apokalypsis: Conserva todas las cosas que has recibido, aunque sean cosas humanas y perecederas» (Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, página 282).
«¿Cuál es la característica de nuestra época sino un inmenso movimiento para destruir hasta la raíz de la tradición occidental y una heroica decisión de conservarla y revivificarla?» (San Agustín y nosotros, página 10).
Nuestra misión, según la entendemos y creemos en eso no equivocarnos, no es la de exponer novedades sino la de insistir con las verdades de siempre, tratando de adecuarlas a la comprensión de la mayor cantidad de gente de buena voluntad para afirmarlas en sus posiciones de defensa de la Tradición. No somos profesores, simplemente voceros vivos de quienes nos precedieron, manteniendo encendida y enhiesta la antorcha de esa Tradición, y por eso mismo no nos preocupa para nada que se nos acuse de falta de originalidad esa enfermedad de los tiempos modernos ya que, si no hemos interpretado mal a Santo Tomás de Aquino, aquello que está más próximo a su origen es lo menos pasible de resultar deformado, y ésta es la verdadera originalidad.
Por todo esto, y sin la menor vergüenza por el uso de pensamientos ajenos, ya que siempre hemos creído, y así lo hemos afirmado, que es mejor reproducir una buena idea, por breve y ajena que sea la que, por otra parte, si es buena es sin lugar a dudas proveniente del Espíritu Santo que una necedad propia, por mucho que podamos ornarla con la hiedra de las bellas palabras, queremos terminar esta nota preliminar con una apropiada cita de San Gregorio Magno, tomada ésta en préstamo de un libro de un autor local y contemporáneo, cuya voluntad de velar pudorosamente su nombre bajo el seudónimo de Alonso de Escobar nosotros hemos de acatar respetuosamente, pero no por ello dejaremos de recomendar calurosamente la lectura de su libro, «Meditaciones ociosas», el que creemos que lamentablemente fue editado con tirada muy escasa (Ediciones del Pórtico Buenos Aires, 1999).
La cita de San Gregorio Magno a la que nos referíamos es ésta: «Ociosa será la enseñanza del doctor si el Espíritu Santo no asiste al corazón del que oye, y así nadie adjudique a su maestro lo que oye de sus labios; porque si en su propio interior no está el que enseña, la lengua del doctor trabaja en vano para expresarse» (Com. a San Juan, XIV, 22-27).
Esperamos encontrarnos nuevamente con ustedes en el próximo número de «Custodia», si Dios lo quiere, la Virgen nos acompaña y los Santos Padres nos auxilian a superar los inconvenientes que, a no dudar, brotarán a diestra y siniestra como los hongos en el campo después de la lluvia, y para sortear los cuales contamos con sus oraciones.
Laus Deo.