BELGRANO Y LA OPCIÓN MONÁRQUICA

 

Por Bernardo Lozier Almazán.

Buenos Aires.

 

Decía con acierto Ernesto Quesada que " todos los acontecimientos humanos tienen explicación lógica, cuando se analiza la época en que se produjeron y los factores que en ella intervinieron."

Consecuentemente, antes de adentrarnos en el tema objeto de la presente contribución, creo conveniente fijar el marco histórico en que se desarrollaron los acontecimientos políticos que dieron origen a los proyectos monárquicos en el Río de la Plata.

Recordemos entonces que, tras la muerte de Carlos III, la decadencia de la monarquía española, nutrida en el Iluminismo francés, aceleró el curso de su autodestrucción con los reinados de Carlos IV, el oprobioso huésped de Bayona, y el del muy voluble Fernando VII, quien en 1808 se dejó escamotear graciosamente por Napoleón la ya tan zarandeada corona española.

Aquellos tan graves acontecimientos -como no podía ser de otra manera- tuvieron honda repercusión en el Río de la Plata.

Sin duda el cautiverio de Fernando VII y la instauración de una dinastía napoleónica en España originó el resquebrajamiento del sistema institucional indiano.

Las causas las podemos centrar sintéticamente en la abrupta interrupción de la relación administrativa de los dominios hispanoamericanos con la Metrópoli, debido a la usurpación de la legítima autoridad real y el consiguiente caos político e ideológico que ello originó.

Así fue como aquella traumática situación desembocó en el levantamiento del pueblo español que, el 2 de mayo de 1808, inició una guerra popular para recuperar el suelo invadido y restaurar su legítima monarquía, intentando mientras tanto resguardar los derechos soberanos mediante la formación de las "Juntas" creadas a nombre de la Corona cautiva hasta que la fuerza de las armas lograra vencer al invasor.

Consecuentemente, en la América española también se intentó la instauración de las "Juntas" legitimistas, que no tuvieron por objeto separarse de España ni mucho menos del Rey legítimo, antes bien, rechazaban el ilegítimo yugo napoleónico.

Fue por ello que el 21 de septiembre de 1808, al grito de "! Junta como en España!, el Cabildo Abierto de Montevideo organizaba una Junta de Gobierno encabezada por Francisco Javier de Elío, según sus propias palabras "a ejemplo de las que se han mandado crear por la Suprema de Sevilla en todos los pueblos del reino..."

Don Martín de Alzaga, por su parte, también intentó constituir una Junta en Buenos Aires, abortada el 1º de enero de 1809.

Con la misma suerte en Chuquisaca y La Paz se trató infructuosamente de formar juntas, mientras que en Caracas se constituía con el sugestivo nombre de "Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII".

Podría seguir abundando en el tema, pero considero que ya nadie dudará de que la fidelidad al Rey era un sentimiento arraigado en los pueblos hispanoamericanos, razón por la cual las ideas de emancipación no tenían -al menos en sus principios- el carácter revolucionario contra la monarquía. Las Juntas americanas, en realidad, se negaban a obedecer a la Junta Central española y a las Cortes de Cádiz, porque los americanos no se consideraban súbditos de la España napoleónica pero sí de su Rey. Por ello todas las Juntas – sin excepción – se proclamaron en nombre de Fernando VII y no de España.

Para completar el cuadro de situación, debemos recordar que, así como en la Metrópoli surgieron los "afrancesados" inspirados en el liberalismo o en el oportunismo, los vientos de la revolución, como es lógico suponer, también trajeron al Río de la Plata las ideas emancipadoras, alentadas -justo es reconocerlo- por la incapacidad borbónica para gobernar y la ruptura dinástica tan bien urdida por el insaciable Bonaparte, creador de nuevos reinos y destructor de antiguas dinastías.

Para complicar aún más el panorama, la sombra del águila napoleónica se extendió por toda la Península Ibérica, ensombreciendo también al territorio lusitano, cuya corte bragantina se trasladó o, mejor dicho, fue trasladada al Brasil mediante un magistral operativo geopolítico de la diplomacia británica.

De manera tan ominosa, en los primeros días del año de 1808, arribaron a Río de Janeiro, previa escala en Bahía, los 36 buques conduciendo a los 15.000 emigrados, o fugitivos, entre los que se encontraban la Reina viuda María, declarada incapaz por su vesanía, su hijo Juan, a la sazón el Príncipe Regente, y su esposa Carlota Joaquina de Borbón y Borbón, Infanta de España, Princesa de Portugal y del Brasil, hermana a su vez del recordado Fernando VII, ambos -como sabemos- hijos de Carlos IV.

Una vez instalada en Río de Janeiro, aprovechando la acefalía del trono hispano y su repercusión rioplatense, la Infanta Carlota Joaquina se postula como depositaria y defensora de los derechos de la dinastía borbónica en América. Consecuentemente puso en marcha una red de contactos políticos para sumar adeptos a su causa.

Así, a tan gruesos trazos, se conformaba el panorama político hispanoamericano de aquel entonces, que tanta confusión había provocado en América y particularmente en el Río de la Plata.

Fue en aquellos dramáticos momentos que surge con su mayor brillo la figura intelectual de Manuel Belgrano, revelándonos su claro pensamiento político basado sólidamente en un profundo conocimiento del sistema jurídico-político virreinal, sustentado por los derechos de la Corona de Castilla en Hispanoamérica plasmados en el Derecho Indiano.

El Dr. Ricardo Fraga, distinguido historiador del tradicionalismo hispanoamericano, sintetiza este pensamiento cuando sostiene que al principio del siglo XIX, los americanos éramos españoles, no en función de sujetos de la "nación española" -pretensión absurda de las Cortes de Cádiz- sino en calidad de miembros de una de las Españas plurales: las Españas atlánticas, y súbditos, por ende, de un mismo y único Soberano, a título específico y jurídico del Rey de Castilla.

Belgrano, atento observador de los acontecimientos políticos, fue uno de los primeros en vislumbrar las posibilidades que ofrecía la ambiciosa pretensión de Carlota Joaquina para instaurar una monarquía borbónica independiente de la España napoleónica.

El propio Belgrano lo testimonia cabalmente en su Autobriografía, cuando expresa que:

"Sin que nosotros hubiésemos trabajado para ser independientes, Dios mismo nos presenta la ocasión con los sucesos de 1808 en España y en Bayona."

Alentado por tan favorable circunstancia -según sus propias palabras- considerabba que:

"No viendo yo un asomo de que se pensara en constituirnos, y sí a los americanos prestando una obediencia injusta a unos hombres que por ningún derecho debían mandarlos, traté de buscar los auspicios de la Infanta Carlota, y de formar un partido en su favor." (1)

Sin duda, debemos considerar estas palabras como testimonio indubitable de su temprana adhesión al Carlotismo como opción monárquica rioplatense.

Opción que defenderá sin claudicaciones a lo largo de su actuación política, si recordamos que en enero de 1809 propiciaba la formación de Cortes, para que "establecida la Regencia a cargo de la Sra. Infanta Dña. Carlota Joaquina -decía Belgrano- haya un gobierno que sirva de ejemplo a la decadente Europa, y vivamos en tranquilidad y seguridad [...] sin prestar oídos a los silbidos de la serpiente que quiere inducirnos a la democracia." (2)

Lamentablemente el proyecto monárquico, en su versión Carlotista, y no obstante el denodado empeño puesto por Belgrano y sus partidarios, no prosperó por una suma de factores negativos y errores políticos que, en su conjunto, malograron su ejecución.

A la conflictiva figura de Carlota, enredada con los intereses luso-británicos en el Río de la Plata, y su vacilante accionar político, que le impidieron aprovechar las oportunidades que se le presentaron para afianzar sus pretensiones, se sumó la intervención muy poco feliz de los promotores porteños del proyecto, como lo fueron particularmente los ya desprestigiados Saturnino y Nicolás Rodríguez Peña, por aquel entonces paniaguados del Imperio británico.

Mientras tanto los tiempos favorables para el Carlotismo se agotaban vertiginosamente, por el rotundo fracaso de la misión de Felipe Contucci, venido a Buenos Aires el 10 de marzo de 1809 para promover la proclamación de la Princesa Carlota Joaquina.

El informe de Contucci a Carlota nos refleja el adverso panorama político que había encontrado en Buenos Aires, cuando le manifestaba que:

"Todo es una confusión y desorden, los ánimos acalorados, los intereses divididos, y las diferentes miras de los habitantes de estas provincias, desde sus gobernantes hasta los vasallos de Vuestra Alteza Real, están a pique de causar una convulsión que trastorne toda la constitución de estos países, envolviéndolos en la anarquía..." (3)

Indudablemente, Felipe Contucci estaba vislumbrando el germen de Mayo de 1810 en plena gestación.

Para acelerar más aún el agotamiento de la Causa carlotista, el 29 de julio de 1809 tomaba posesión de su cargo el nuevo Virrey del Río de la Plata, don Baltasar Hidalgo de Cisneros, nombrado por la cuestionada Junta Central de España.

Pocos días después, el 13 de agosto, Belgrano le enviaba su última carta a la Princesa Carlota, en un desesperado intento de reclamar su presencia en Buenos Aires, advirtiéndole que:

"Si vuestra Alteza no se digna tomar la determinación de venir a apagar el incendio, han de crecer los males que ya estamos padeciendo [...]. Los momentos son los más preciosos para que Vuestra Alteza Real tome la mano de estos dominios." (4)

Con esta carta Belgrano dio por concluida su correspondencia con Carlota Joaquina, carta que -dicho sea de paso- tampoco obtuvo respuesta, malogrando definitivamente el proyecto monárquico impulsado por nuestro prócer, lo que significó el crepúsculo del carlotismo en América.

Aquel incendio aludido por Belgrano, a partir de aquel momento tomó mayores proporciones, avivado por la controvertida presencia del Virrey Cisneros y el fracaso carlotino.

Así fue como, con las brevas bien maduras, llegaron las jornadas de mayo de 1810, que concluyeron el día veinticinco con la destitución del Virrey como representante de la cuestionada Junta Central de Sevilla y la instauración de una Junta Provisional de Gobierno, que se comprometió, según la Proclama, a sostener "estas Posesiones en la más constante fidelidad y adhesión a nuestro muy amado Rey y Señor Don Fernando VII y sus legítimos sucesores en la Corona de España."

Por esos artilugios de la política, Belgrano fue designado vocal de aquella Junta "presuntamente fiel a Fernando VII", (5) aunque el mismo prócer testimonió en su Autobiografía (6) sus muy sugestivas reservas, cuando dice que "aunque no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto, apareció una Junta de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por donde", si bien justificó el compromiso asumido - según sus propias palabras - porque "era preciso corresponder a la confianza del pueblo" ya que "el bien público estaba a todos instantes a mi vista". (7)

Como todas las revoluciones, ésta también se fagocitó a sus propios hijos, si recordamos que, a poco más de un año, fue depuesto por la conjura morenista el propio Presidente de la flamante Junta, Don Cornelio Saavedra, quien desconcertado se planteó una serie de interrogantes respecto a los verdaderos fines de la revolución: " ¿ Consiste -se preguntaba- en adoptar la más grosera e impolítica democracia ? , ¿ consiste en que los hombres hagan impunemente lo que su capricho o ambición les sugieren ? , ¿ consiste en atropellar a todo europeo, apoderándose de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo?, ¿ consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar con Moreno ? "

Gravísimos interrogantes que nos ponen al descubierto la toma de conciencia de Saavedra respecto de que la Revolución de Mayo había caído en manos de los jacobinos encabezados por Moreno, Castelli y tantos otros.

Mientras tanto, Belgrano continuaba fiel a su juramento de lealtad a Fernando VII o, mejor dicho, a la corona de Castilla, confirmándolo el 8 de junio de 1810 cuando sostenía sin ambages que "lo sustancial es que todos permanezcamos fieles vasallos de Nuestro Augusto Monarca el Señor don Fernando VII." (9)

Muy pocos días después, el 30 de junio de aquel mismo año, el Correo de Comercio publicaba un artículo de su autoría en el que exponía su inalterable pensamiento que conviene recordar: "Por Patricios -decía- entendemos a todos cuantos han tenido la gloria de nacer en los dominios españoles, sean de Europa o sean de América; pues que formamos todos una misma Nación y una misma Monarquía, sin distinción alguna en nuestros derechos y obligaciones." (10)

Llegado el año de 1811, Belgrano continuaba reafirmando aquella lealtad, poniéndolo de manifiesto en su Proclama a las tropas que avanzarían sobre el Paraguay. En tal ocasión les expresó: "Vais a entrar en territorio de nuestro amado rey Fernando VII [...] Manifestad con vuestra conducta que sois verdaderos soldados de vuestro desgraciado rey [...] Que vean vuestros padres, hermanos, parientes y amigos la notable diferencia que hay de los soldados del rey Fernando, que le sirven y aman de corazón, con los que sólo tienen el nombre del rey en la boca para conseguir sus malvados e inicuos fines." (11)

Insistía nuevamente en proclamar sus principios monárquicos cuando, en carta al general Manuel Cabañas, fechada en marzo de 1811, le manifestaba que él era "español-americano, como usted sabe, y miro por mi patria, y por mi legítimo rey el Señor Fernando VII con verdad, razón y justicia, y no conducido por intereses particulares..." (12)

Pocos días después, en abril de 1811, Belgrano debió sufrir el oprobioso Proceso, insólitamente incoado sin denuncia previa ni cargos concretos, citado compulsivamente - como todos sabemos – a requerimiento del "pueblo" para que "comparezca inmediatamente en esta capital a responder a los cargos que se le formen." (13)

Ya para aquel entonces, Saavedra -defenestrado por los jacobinos- había calificado a Moreno de "malvado Robespierre", lo cual nos testimonia sin ambages la verdadera filiación política de la Revolución de Mayo.

A esta altura de los acontecimientos, es obvio admitir que la Casa de Borbón demostró una asombrosa e imperdonable ceguera política, que hizo frustrar todos los intentos monárquicos, incluso la ya desesperada gestión diplomática llevada a cabo en 1814 para instaurar una monarquía americana independiente de España, esta vez en la persona del Infante Francisco de Paula, el hijo menor de Carlos IV, y por ende hermano de Fernando VII. (14)

Como adelantáramos, este fue el último intento de Belgrano para instaurar una monarquía rioplatense en sus tres alternativas borbónicas: Fernando VII, Carlota Joaquina y Francisco de Paula.

Luego de aquella frustrada misión diplomática, Belgrano arribaba a Buenos Aires a comienzos de 1816 con la firme convicción de que sus aspiraciones monárquicas fundadas en la Casa de Borbón carecían de todo sustento político. Para Belgrano – entonces – la opción borbónica estaba agotada, pero no así la opción monárquica .

Así fue como durante aquel mismo año de 1816 el destino le otorgó una nueva oportunidad de insistir sobre lo que él creía como mejor forma de gobierno y, al mismo tiempo, testimoniarnos una vez más su invariable pensamiento político.

Aquella oportunidad se le presentó cuando los congresales reunidos en Tucumán lo invitaron con el objeto de que les informara sobre sus observaciones recogidas en su reciente misión diplomática en Europa.

Fue el 6 de julio de 1816 cuando, en reunión secreta, Belgrano les expuso que la revolución hispanoamericana había perdido todo prestigio por la dilatada anarquía y el descontrolado desorden en que se encontraban estas provincias y, que, por el contrario en Europa el sistema monárquico temperado estaba en pleno auge, dado el fracaso de las repúblicas.

Como conclusión de su análisis político, Belgrano expresó que, "en su concepto, la forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía temperada" (15)

Su larga y entusiasta exposición obtuvo la adhesión de la mayoría de los congresales, resultado aparentemente promisorio que él mismo comentaría meses después, asegurando que "hice llorar a todos al considerar la situación infeliz del país. Les hablé de la monarquía constitucional con la representación soberana de los incas: todos adoptaron la idea." (16)

Consecuentemente, la nueva opción monárquica propuesta por Belgrano fue informada al Cabildo de Buenos Aires por oficio del 12 de julio, esto es, tres días después de la declaración de la Independencia, oficio en el que los diputados testimoniaban "que la mayoría de los representantes de los pueblos se manifestaba propensa a adoptar la forma monárquica constitucional." (17)

Ese mismo día, Tomás Manuel de Anchorena le escribía a su hermano Juan José para informarle de lo acontecido, manifestándole que: "Ya sabrás que se acordó publicar nuestra independencia por medio de un manifiesto que se ha encargado a Bustamante, Medrano y Serrano. Se trata de la forma de gobierno, y está muy bien recibida en el Congreso y pueblo la Monarquía constitucional, restituyendo la casa de los Yncas. Las tres ideas han sido sugeridas y agitadas por Belgrano, y los que están impuestos de las relaciones exteriores las consideran muy importantes. Lo que no tiene duda es que, si se realiza el pensamiento, todo el Perú se conmueve, y la grandeza de Lima tomará partido en nuestra causa, libre ya de los temores que le infundía el atolondramiento democrático". (18)

Días después El Censor, en su edición número 54, reproducía el discurso pronunciado por Belgrano en Tucumán el 27 de julio, en el que alentado por el aparente éxito de su moción decía: "He sido testigo de las sesiones en que la misma soberanía ha discutido acerca de la forma de gobierno con que se ha de regir la nación, y he oído discutir sabiamente a favor de la monarquía constitucional, reconociendo la legitimidad de la representación soberana de la Casa de los Incas, y situado el asiento del trono en el Cuzco, tanto, que me parece se realizará este pensamiento tan racional" (19)

Por el contrario, Crónica Argentina se oponía abiertamente a la monarquía incaica alegando que "sin ningún derecho a reinar sobre nosotros una dinastía extinguida hace trescientos años y que apenas ha dejado algunos vástagos bastardos, sin consideración en el mundo, sin poder, sin opinión y sin riquezas".

Por el mes de octubre de aquel año de 1816, el creador de la bandera ya advertía que su propuesta era objeto de una fuerte oposición, según se infiere de la carta que le dirigiera a su amigo el Dr. Manuel de Ulloa en la que le confiaba: "Digan lo que quieran los detractores, nada y nadie será capaz de hacerme variar de opinión: creo que es racional, es justa, y ni el cadalso ni las llamas me arredrarán de publicarla; lo que siento es no ver la idea realizada..." (20)

Lo cierto es que de haber prosperado el proyecto incaico hubiera originado un insondable problema jurídico en ocasión de tener que elegir al legítimo "pretendiente" entre los presuntos herederos con derecho al trono en cuestión. Pero este es un tema que supera las pretensiones de este artículo.(21)

Aquel patriótico anhelo del creador de nuestra bandera -justo es reconocerlo- también se vio frustrado por la facciosa anarquía en que se encontraban las provincias y, debemos admitirlo, a la solapada y sistemática oposición de los congresales porteños, que advirtieron el consecuente menoscabo del poder político y económico de Buenos Aires ante la instauración del trono incaico en el Cuzco.

La ironía del destino quiso dejarnos como testimonio de aquel intento el sol de los Incas que luce en la bandera que Belgrano nos legó.

Sin duda, Belgrano fue el más sincero y leal partidario del sistema monárquico, lo cual le inspiró su último y tan controvertido recurso, cuando vio perdida la opción borbónica a la que, como hemos visto, dedicó su máximo esfuerzo. La prueba de ello nos lo ofrece el general José María Paz, cuando nos refiere en sus Memorias que Belgrano aún seguía sosteniendo en 1819, cuando los caudillos del interior ya habían levantado la bandera del federalismo y democracia, "que no teníamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser República, y que era una monarquía moderada lo que nos convenía. No me gusta – agregaba – ese gorro y esa lanza de nuestro escudo de armas, y quisiera ver un cetro entre esas manos, que son símbolo de unión entre nuestras provincias."

De sus propias expresiones puede inferirse que, ante la alternativa republicana, Belgrano mantuvo su preferencia por el sistema monárquico. Párrafo aparte merece su coherente opinión referido al gorro frigio y la pica, que componen nuestro escudo nacional, cuando manifiesta su deseo de verlos reemplazados por un cetro, símbolo heráldico de la autoridad propia de los monarcas.

Apenas un año después nuestro prócer entregaba su alma al Señor el 20 de junio de 1820, mientras el país se debatía en una de sus peores anarquías.

Las tristes circunstancias de su muerte enaltecen aún más su figura patricia de agudo pensador y visionario estadista, legándonos el tremendo interrogante de qué hubiera ocurrido de haber prevalecido su propuesta monárquica inicial. Jamás lo sabremos. Pero, a la luz de la historia, no sería aventurado pensar que hubiéramos sido el país grande que Belgrano soñó, heredero de la tradición hispanoamericana, cuyas raíces se nutren en lo más profundo de la Castilla conquistadora y evangelizadora del siglo XVI.

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