PRESENTACIÓN Y FUNDAMENTO
Apreciado lector:
Tienes en tus manos el primer número de una nueva publicación, «CUSTODIA de la Tradición Hispánica», heredera del Boletín de la Sociedad de Estudios Tradicionalistas "Juan Vázquez de Mella", órgano de difusión de la Hermandad Tradicionalista "Carlos VII".
Creemos que corresponde hacer una breve exégesis de su título, que a unos les traerá reminiscencias litúrgicas y resonancias castrenses a otros. A nuestro ver el mérito de su nombre reside en que abarca cabalmente ambos sentidos: evoca por un lado el resguardo piadoso de lo sagrado, y sugiere a la vez la protección viril de lo valioso, que en ambos casos es la tradición hispánica y católica, merecedora eminente de ambos desvelos.
Con estas premisas la publicación comienza hoy a caminar por sí misma, tratando de cumplir de la mejor forma posible como un hijo dilecto bajo las directivas de la paternal tutela y los estímulos de la ilustre sangre la labor de divulgación y defensa de nuestros ideales monárquicos y tradicionalistas que nosotros le hemos encomendado.
Quiere decir también que de ahora en más queda enteramente librada al juicio de quienes como tú, lector han tenido la deferencia de considerarla, de momento al menos, adecuado material de lectura, y no digo nada ingenioso si afirmo que esperamos que así lo sigas haciendo.
Podríamos agregar además pero no lo haremos el remanido recurso de manifestar nuestro deseo de que ella no sea una revista más, lo cual no cambiaría un ápice la cruda realidad de que ella «es» una revista más, y sólo con el devenir del tiempo y la labor de sus redactores y colaboradores podrá demostrarse si se destaca en el concierto de las publicaciones que abordan los acuciantes temas que nos preocupan.
De lo que realmente estamos profunda y firmemente convencidos es de que iniciamos la marcha por el buen camino, el saludable camino de la verdadera tradición hispánica y católica, lo que no significa a priori que logremos transitarlo adecuadamente.
Ese camino que nos está claramente señalado por la Historia, maestra de la vida, esa historia con mayúscula que nos dice a los hispanoamericanos que nuestras patrias no nacieron de las guerras de la independencia, que nuestros orígenes les guste o no a nuestros liberales se remontan legítimamente a los orígenes de la hispanidad, a Pelayo y Covadonga, y que desde ellos ha fluido constantemente hasta nuestros días como un torrente, con mayor o menor fortuna según lo dispusiera la Divina Providencia.
Estamos firmemente convencidos, además, que la pretensión liberal de datar nuestro nacimiento político en 1810 es el origen de la inmensa mayoría de nuestros actuales males que sin duda son muchos y graves, porque corta con un tajo feroz e impiadoso el cordón umbilical que nos une a nuestros fundamentos primordiales y nos lanza a enfrentar nuestro destino histórico guarnecidos de la más espantosa indigencia en materia de tradición. Y quien no sabe claramente de donde viene tampoco sabe verdaderamente hacia donde va.
No han faltado a la vez quienes, desde una posición opuesta al liberalismo muchas veces más aparente que verdadera, aunque no totalmente desprovista de buena voluntad han pretendido bautizar católicamente ese nacimiento político de 1810 y sus posteriores consecuencias, despojándolos así de sus verdaderas connotaciones masónicas y anticristianas, con lo que no han hecho más que agregar desconcierto sobre desconcierto y confusión sobre confusión entre quienes hubieran podido mantenerse fieles a la tradición, impidiéndoles así percibir correctamente el origen de los gigantescos males que nos han llevado a la anárquica situación presente.
Don Juan Vázquez de Mella, llamado con justicia «El verbo de la Tradición», decía con propiedad: "La tradición es el progreso hereditario; y el progreso, si no es hereditario, no es progreso social. Una generación, si es heredera de las anteriores, que le transmiten por tradición hereditaria lo que han recibido, puede recogerla y hacer lo que hacen los buenos herederos: aumentarla y perfeccionarla, para comunicarla mejorada a sus sucesores. Puede también malbaratar la herencia o repudiarla. En este caso, lega la miseria o una ruina". (...) "Los hombres grandes son aquellos que saben conservar, en una sociedad intangible, la herencia de la tradición; los que no sólo la conservan, sino que la corrigen; o los que, no satisfechos con conservarla y corregirla, la perfeccionan y la aumentan. Y el más tradicionalista no es el que sólo conserva, sino el que, además de conservar, corrige, el que añade y acrecienta, porque sigue mejor el ejemplo de los fundadores, no limitándose a mantener el caudal, sino haciendo lo que ellos hicieron: producir y prolongar con el progreso sus obras".(...) "Por eso los hombres más grandes de la historia son los tradicionalistas; es decir, los que no dejan tras de sí más que tradición. Sólo el vulgo que no funda no trasmite nada propio; y muchas veces, sin conocerlas siquiera, repudia las herencias de los demás".
La noción de la tradición que hacemos propia nos indica, entonces, que nuestra relación con la España evangelizadora y civilizadora esa España que, ella también, se encuentra hoy a este respecto en estado de desconcierto y confusión es más, mucho más, que una vinculación sentimental, afectiva y superficial: es un lazo visceral, vital y nutricio, cuya pérdida o mengua no puede menos que repercutir severamente en el desarrollo espiritual, político y social de nuestros pueblos. Y eso el enemigo lo sabe bien, de ahí su encarnizado empeño en destruirlo.
Apliquemos entonces a la transmisión de esa tradición hispano-católica la divina lección contenida en la parábola de los talentos: no seamos remisos, como aquel siervo reprensible y perezoso que enterró el talento que le fuera confiado por su señor sin hacerlo rendir utilidad; seamos más bien como aquel siervo bueno y fiel que tomó extremo cuidado en multiplicar su caudal, para así retornarlo incrementado a su señor.
Aferrémonos, entonces, a esa tradición hispano-católica y apliquémonos, como dice Vázquez de Mella, a aumentarla y perfeccionarla esto es, a adaptarla a los tiempos y las circunstancias actuales, sin hacerle perder su substancia para comunicarla mejorada a nuestros sucesores, sin que nos turbe la contingencia del éxito o el fracaso de nuestra propuesta: nuestra obligación es el tratar, que el conseguir queda en manos del Señor.
Quiera Dios Nuestro Señor y la Virgen del Pilar permitir que esta nuestra modesta tarea de difusión y defensa de ese tradicionalismo hispano y católico al que nos referimos sea verdaderamente fructífera. Sólo así podremos tener la sincera satisfacción de juzgar con derecho que la revista no es una publicación más, sino que realmente cumple una misión impar en la lucha por mantener viva esa tradición en estas nuestras tierras hispanoamericanas, que es nada más y nada menos que nuestra razón vital de ser como naciones.
Amable lector, a partir de ahora a tu juicio nos sometemos, y desde ya agradeceremos todas las opiniones aceptas o adversas, pero siempre leales que nos ayudarán, a no dudar, a corregir el derrotero si fuera necesario para no desviarnos del rumbo inicialmente propuesto a esta frágil barquilla que hoy tenemos la osadía de lanzar a las tempestuosas aguas de la vida pública.
Laus Deo.