| A finales de los años ochenta comencé a entusiasmarme con la idea de escribir una novela. Es una noción que todavía me seduce. En los años transcurridos me he sentido cada vez menos capaz de abordar la ficción, aunque no descarto un día emprender una de esas novelas que me visitan en ensueños o, acaso, tejer otra colección de relatos.
Un relato casual y otros cuentos fue preparado en edición rústica (es decir, sin pretensiones comerciales) en 1992. Obsequié los ejemplares a los amigos, como hice con Una gaviota perdida. Igual a ésta, aquella publicación está agotada, aunque no descarto una reedición. Este es el cuento que da nombre a la compilación: Un relato casual 1 Esta semana ha sido un infierno. He dedicado todo mi tiempo y mis energías a reflexionar, a tratar de comprender, pero pierdo la calma, pierdo la serenidad y no puedo concentrarme en nada productivo. No he podido trabajar, llego a la oficina y paso las horas contemplando el techo, me acerco a la ventana y mi mirada se pierde en la distancia, buscando nada, encontrando nada. Me siento al escritorio y trato de despachar los documentos que se van acumulando en la bandeja de entradas hasta hacer una montaña a punto de perder el equilibrio y caer al suelo. Ayer rompí a llorar repentinamente, y cuando al poco rato entró mi supervisor, sé que pudo darse cuenta de mi miseria al ver mis ojos hinchados y mi semblante desencajado. Anoche llamó a casa para ofrecerme una licencia médica con disfrute de salario, lo cual es igual a decir tómate unas vacaciones disfrazadas, pero le dije que no. Y le dije que no simplemente porque temo romper la rutina: tengo miedo de retirarme aun por unos días, porque al menos la oficina y mi labor tediosa me sirven de distracción. Ahora me he sentado a la computadora e intento poner en orden mis pensamientos. Ojalá me alcancen las fuerzas para terminar estas líneas. El tormento que sufro se remonta a la niñez. En mi infancia sufrí un golpe terrible, el cual fue tan crudo, tan intenso, que dejó en mí una marca indeleble. Lentamente, con el paso de los años, el tiempo jugó a mi favor, levantando una pared, una cicatriz, curándome poco a poco. O al menos eso creía. Ahora mi herida se abre de nuevo y por ella me desangro, por ella veo cómo mi vida se diluye en los recuerdos, que regresan para mortificarme y arrastrarme a la locura. Teníamos once años, mi hermano gemelo y yo. Éramos unos niños sin preocupaciones, sin todavía saber de los horrores de este mundo, en la inocencia de un hogar honrado y atendidos por padres cariñosos. Once años es una edad cruel para que Dios destruyera mi inocencia sin dar al menos oportunidad a que la justicia de los hombres cobrara su factura, porque vana esperanza es confiar en la Suya, pues no he sabido de nadie a quien haya condenado. Desde que mi hermano me fue arrebatado mi vida carece de sentido y en este vacío imposible de llenar, su ausencia es el dolor en busca de la eternidad. Desde esa tarde, no hay día en el cual no mire al cielo y le pregunte cuándo habremos de vernos otra vez, y no hay noche en la cual no me entregue a la oscuridad acariciando la idea de poner fin a esta maldita espera y reencontrarme con él en la tierra, para compartir la estrechez de su ataúd con los gusanos que besan su lengua y comen de sus ojos. 2 He tenido que hacer una pausa en mi relato, no he sido justo conmigo y me he llevado a un tormento innecesario, precisamente ahora que he llegado a una decisión definitiva. Ahora debo terminar de escribir estas líneas sin prisa, sin sobresaltos. Me limitaré a narrar los hechos del día horrible que me ha devuelto al pasado. Ocurrió el sábado, alrededor del mediodía. Hacía mucho calor, había mucha humedad, era un día para tomárselo con calma, y en eso estaba, frente a la televisión, viendo nada en particular, cambiando canales y bebiendo jugo de naranja, cuando sonó el teléfono. Mi querido amigo Ricardo, compañero del colegio, está de vacaciones en el país, preparando su regreso definitivo después de vivir largo tiempo en Europa, quería verme. Me alegré mucho porque le tengo un gran cariño y recordé que la última vez que nos vimos, hace dos o tres años, me dijo que añoraba volver a instalarse en Santo Domingo. Le pregunté si había almorzado, me dijo que no, y por cierto, tengo un hambre tremenda, nos tomamos un aperitivo y vamos a comer chino. Quedamos en que pasaría a buscarme y me senté a esperarlo. Media hora después llegó, nos dimos un abrazo y salimos en su carro de alquiler. Conversamos como si no hubiésemos dejado de vernos más de una semana y pasamos revista a las novedades. Su esposa está embarazada por segunda vez. Esperan que sea una niña para completar la pareja, porque Ricardito ya cumplió ocho años, está hecho todo un hombrecito, y habla más francés que español, imagínate qué barbaridad. Terminado el almuerzo, Ricardo me pidió acompañarlo a llevar un encargo que traía para una amiga de su esposa. Al poco rato tocábamos el timbre de la señora, en una casa de buen tamaño en La Castellana, muy cerca de la vieja casa de mis padres en Los Prados. Una empleada doméstica salió al jardín por un camino de piedra para abrir el portón exterior, que curiosamente tenía dos candados. Un chofer escuchaba música sentado en el único vehículo de la marquesina, un modelo antiguo de color negro, muy bien cuidado, que se me antojó de colección. Al sentirnos entrar volteó un instante para vernos y lentamente se acomodó en posición de tomar una siesta. La doméstica excusó a la señora, quien recién entraba a tomar una ducha, y nos sentó en la galería, en mecedoras de madera con tejido de yute, desde donde podíamos ver al chofer secarse el sudor y espantar los mosquitos. Casi de inmediato, apareció en el porche el señor de la casa, un cincuentón flaco y espigado de ojos profundos, con el pelo gris y la mirada triste, quien nos saludó asintiendo con la cabeza y murmurando buenas tardes, caballeros. Se sentó frente a nosotros y con toda la calma del mundo sacó del bolsillo de su camisa de mangas cortas planchada con demasiado almidón un paquete de cigarrillos y un encendedor de plástico, colocándolos sobre una mesita de cristal, el mechero cuidadosamente acostado sobre la cajetilla. Llamó a la doméstica, mandó traernos cerveza y nos explicó que le gustaría tomar a él también, pero el médico me lo tiene prohibido de forma absoluta, mientras abanicaba el aire con sus brazos, como queriendo quitarse de enfrente la idea de tomar una cervecita. Pidió agua con hielo y se puso a examinar el filo de sus pantalones blancos. Mientras Ricardo monologaba sobre sus negocios y los prospectos de establecer puentes comerciales trasatlánticos, palabras incomprensibles que comenzaban a aburrirme, observé un extraño comportamiento en nuestro anfitrión, quien a cada momento y sin razón aparente sacudía su cabeza hacia la izquierda, como si tuviese un objeto prendido a la coronilla y de esa manera intentase desalojarlo. Con otra curiosa contorsión, se tocaba la punta de la nariz con el labio superior y profería lo que parecía ser un ronquido. Ya comenzaba a especular si aquellos podían ser los síntomas de una enfermedad nerviosa, cuando un vehículo dio un potente frenazo frente a la casa. Con el chirrido de las gomas, el señor dio un respingo, comenzó a temblar de pies a cabeza, sus espasmos se agudizaron, se aferró a los brazos de su mecedora y con los ojos desorbitados, ahogándose en su propia lengua y con la boca espumante, comenzó a balbucear, y luego a gritar Eduardo, Eduardo, ¡Eduardo! El chofer se desperezó, mirando fijamente la escena pero sin moverse de su lugar. Al punto, salió a la galería un niño de doce o trece años, cuya sola presencia tranquilizó al exaltado. Con un ademán le despidió, agotó su vaso de agua con dos largos sorbos y he aquí lo que pasó a relatarnos a continuación. 3 Les ruego me excusen, señores, debo darles una explicación de mi conducta, propia de un trastornado, porque eso pensaría si estuviese en lugar de ustedes. Verán, les voy a contar algo realmente siniestro, una pesadilla que me persigue, y lo voy a hacer con el corazón en las manos, y quizás esto me ayude, porque, verán ustedes, yo visito un sicoanalista y él me dice que estos traumas hay que enfrentarlos cara a cara para poder superarlos. En fin, sucedió que un día, hace unos veinticinco años, increíble cómo pasa el tiempo, me quedé dormido después de tomarme unos tragos y me despertó el teléfono. Mi señora estaba en casa de su madre y me pidió que pasara a buscarla. Me levanté, naturalmente de muy mal humor, y al ir saliendo recordé que el sistema eléctrico de mi Chevrolet estaba teniendo problemas: de repente se le apagaban las luces y el radio, bueno, el radio era lo de menos, pero el caso es que estaba lloviendo y me preocupaba el limpiavidrios, porque cómo puede uno conducir bajo un aguacero tropical, de modo que me devolví a llamar a casa de mi suegra y ver si mi esposa podía encontrar a alguien que la trajera de regreso, porque no existían los taxis y ustedes saben que el transporte público nunca ha servido en este país y menos con lluvia. Me recosté en la cama y marqué el número por lo menos cincuenta veces, pero estuvo todo el tiempo ocupado, ustedes saben que en esa época no se había inventado la doble línea ni los celulares y, bueno, este es el punto, porque fíjense, yo tenía un sueño tremendo, estaba medio borracho, me había recostado y lo que realmente sucedió, este, lo que pasó después, eh, bueno, decidí salir, digámoslo así, tomé el carro, ese mismo que ustedes ven ahí. Para entonces la lluvia comenzaba a arreciar, parecía un ciclón, y exactamente como me temía, a dos esquinas de aquí el limpiavidrios dejó de funcionar, más adelante volvió a encenderse y casi de inmediato se negó a prender de nuevo. Me comencé a desesperar, ustedes comprenden que en esa situación me puse un poco nervioso y decidí devolverme, pero en ese instante caí en un bache enorme, estas calles nunca han servido, casi pierdo el control del auto, entonces creí ver otro, con la lluvia la calle era como un río, giré bruscamente a la derecha y fui a dar a la cuneta, pero como llevaba cierta velocidad me subí a la acera. Salí para ver si los aros se habían dañado con tantos trancazos y lo que vi me llenó de espanto, sentí un calor repentino a pesar de la lluvia, la sangre se me agolpó en la cabeza y un violento temblor se apoderó de mí. Bajo el carro encontré un jovencito, un niño apenas, que debía tener la edad de mi hijo menor, al que acaban de ver. No sé cuánto tiempo transcurrió, yo estaba paralizado, no podía moverme, hasta que reuní valor y me agaché para dar vuelta al cuerpo y verle la cara, pero sólo pude descubrir un amasijo de carne deforme y huesos aplastados: sus sesos se me escurrían entre los dedos y en la acera alcancé a ver varios dientes y lo que parecía un ojo reventado. No recuerdo más nada desde ese momento hasta que desperté, por así decirlo, en mi cama. Mi esposa me reprochó por haberme esperado largo rato, me dijo que había vuelto a llamar momentos después de hablar conmigo para decirme que su hermana la traería a casa, pero que no pudo comunicarse porque la línea estaba ocupada. Entonces comprendí que en mi ofuscamiento nunca llegué a salir, sencillamente me quedé dormido, soñando la terrible pesadilla que les acabo de contar. Pero todo me pareció tan real que mi vida no volvió a ser la misma. Por esos años yo tomaba con frecuencia pero luego me entregué totalmente al alcohol, luego estuve en tratamiento y desde entonces paso por momentos, como me sucedió hace unos minutos, cuando mi mente vuelve a reconstruir aquel sueño, y en las noches de lluvia despierto bañado en sudor, como aquel día, con el pecho convulsionado, ah, aquí llega mi esposa, por fin, excusen que los haya importunado contándoles esta historia, caramba, mi amor, aquí está Ricardo con un amigo, este, qué grosero de mi parte, no le preguntado su nombre, yo me llamo… 4 Escuché la historia en silencio, disimulando la conmoción que derrumbaba mi interior. Hoy, nada me preocupa. Como escribí al principio, ya he tomado mi decisión. |
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