Todas las luces es una colección de ensayos de viaje, ilustrados con fotografías, sobre temas y lugares de interés para lectores de todo el mundo. Su primera edición es de diciembre de 2003.

A continuación aparecen algunas preguntas y respuestas sobre el libro y, más abajo, las presentaciones hechas por los embajadores Carlos Francisco Elías y E.I.Miño.

¿Cómo surgió la idea del libro?

“Estas páginas comenzaron como libro de fotografías. [Luego] caí en cuenta de que junto a casi todas las fotos había escrito comentarios explicativos que bien podían ser ampliados en unos casos y profundizados en otros. Las palabras fueron aumentando por sí solas y el objetivo se invirtió (y) surgió un libro de textos ilustrados”.
(Del capítulo «La importancia de tener suerte»)

¿De qué trata?


“La clave unificadora (…) es, más que las fotos tomadas en viajes, el viajar en sí mismo, actividad noble y didáctica que templa el espíritu, renueva las ganas de vivir y nos permite descubrir y comprender mejor las ataduras que tenemos con un mundo de realidades, algunas extremas, que acontecen más allá de nuestra imaginación”.
(Del capítulo «La importancia de tener suerte»)

A la hora de viajar, surge un primer obstáculo: las fronteras. ¿Cómo las define el libro?


“[Como] líneas fastidiosas, que por cierto no existen cuando se trata de movilizar los recursos financieros producidos por empresas multinacionales o productos agrícolas subsidiados por los contribuyentes de países industrializados, [las cuales] ponen en evidencia la ridiculez de la reivindicación humana de reinar sobre los animales, quienes no conocen pasaportes ni visados, ni deben someterse a análisis de enfermedades contagiosas o verse humillados ante agentes de aduanas (cuando) escudriñan, fisgan y husmean a los viajantes que, portando divisas y estando en la mejor disposición de gastarlas durante su travesía, serán quienes en definitiva terminen pagando sus miserables salarios”.
(Del capítulo «Buen viaje, señorita»)

Viajar, ¿por qué, para qué?

“La geografía, según le dijo al Principito el hacedor de mapas, depende en su ciencia y, por tanto, en su exactitud, de que los exploradores recorran los remotos parajes escondidos detrás del horizonte y de que posteriores expediciones verifiquen y confirmen los hallazgos. [Jorge Luis] Borges gustaba decir, aparte de que el mejor mapa es aquel pergamino inverosímil que concuerda exactamente con cada uno de los elementos del terreno sobre el cual se levanta, siendo exactamente de su mismo tamaño, que lo más exaltado de viajar era regresar donde ya había estado antes, en un ejercicio práctico del eterno retorno que tanto le obsesionó en su discurrir intelectual. Sin embargo, tal afirmación está llena de descubrimiento y de aventura, de novedad y de asombro, porque para repetir un lugar es preciso haber estado allí una primera vez (…) Viajar es también la concreción de sueños construidos con la ayuda de las delirantes aventuras protagonizadas por viajeros incansables que fatigaron caminos de estreno antes de que las guías turísticas fuesen inventadas (...) Entre las congojas de un espíritu humanista, al cual aspiro, destaca la certidumbre de que los plazos fugaces de una vida normal no alcanzan para ver el mundo”.
(Del capítulo «El globo como aldea»)

¿Algo más?

Sí y no. Sí, porque el libro suma 267 páginas, donde hay un poco de muchas cosas.

No, porque tiene poco sentido continuar citando de otros capítulos (hay 11 introductorios y otros 90 sobre lugares visitados) sin mostrar las fotos —cerca de 300— que aparecen impresas en formato de 6 por 9 centímetros. Ya quisiera que estas explicaciones fueran truco mercadológico: sólo sucede que me falta tiempo para preparar una página web con todo detalle (y dinero para pagarle a alguien que lo haga por mí).

Aunque, como escribo en Todas las luces, estoy dolorosamente consciente de que las riquezas, si algún día me llegan (que lo dudo), no vendrán por concepto de venta de volúmenes impresos:

“Lamentablemente, invertir en libros nunca ha sido una de las urgencias favoritas del gran público para deleitar los sentidos. Mucho menos en esta época, cuando la gente prefiere aturdirse con una de las películas chatarra de pornografía intelectual que Hollywood escupe majaderamente y que por lo general apenas dan, como mucho, para hora y media de masturbación visual”.



Ponencia dictada en la presentación de Todas las luces, el 15 de enero de 2004 en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, República Dominicana. Carlos Francisco —Cuchi— Elías es director cinematográfico, dramaturgo y crítico literario. Es Presidente del Festival Internacional de Cine de Santo Domingo.

TODAS LAS LUCES:
CRÓNICAS ENCANTADAS DE VIAJES Y LABERINTOS


1. EL CONOCIMIENTO CASUAL: LA ZONA COLONIAL O VENCER EL TEDIO NOCTURNO E INSULAR

Hay formas de conocimiento cargadas de signos y secuencias entre los seres humanos, que se cruzan sin motivos aparentes.

Sé, por ejemplo, que entre principios y mediados de la década de los setenta, siendo el Embajador Mario Arvelo Caamaño un párvulo, alguna vez nos cruzamos en aquel territorio urbano llamado barrio Honduras.

Las coincidencias de las ideas, las valoraciones de autores y lecturas, acercan simpatías y complicidades del pensamiento.

Del Embajador Arvelo Caamaño sabía porque intuía que sus artículos aparecidos en el periódico Hoy correspondían a la misma persona que imaginaba. Estamos hablando de mediados o casi final de la década de los noventa.

Una noche en el pub Nicolás de la zona colonial, Mario se me presentó, y mantuvimos una conversación muy interesante sobre el cine japonés, pasión que ambos compartíamos. Esta conversación marcó la apertura a una amistad que se ha extendido hasta el momento presente.
Con mi llegada a la Cancillería los intercambios de tipo profesional se hicieron más frecuentes; ahí pude valorar su alta visión de servidor público y su agudo espíritu crítico, vinculado a la presteza de soluciones marcadas por un ágil pragmatismo y discreción.

Si he realizado este sobrevuelo de ideas y situaciones, le he hecho para afirmar que no creo en barreras generacionales, que el diálogo profundo de las ideas crea los puentes necesarios e importantes entre las generaciones y que, además, un país o una sociedad sólo de este modo pueden tener una perspectiva de construcción fértil y edificante.

La experiencia demuestra que ninguna generación anterior puede darle o asignarle tareas a la que viene, como se olvidara que cada generación, según contexto, historia y circunstancia, tiene su rol.
Quienes han optado por el mundo de las ideas, como es el caso del Embajador Mario Arvelo Caamaño, lo han hecho en un medio hostil que reniega de ellas, con miedo atroz que sólo con la ignorancia pura congenia.

A veces, daría la impresión de que vivimos en una sociedad que teme al conocimiento y a las bellas consecuencias de luz que él desencadena, acorralada en lo fácil, con graves deficiencias en sus estrategias educativas, donde sólo se salvan de aquella vorágine quienes tienen el tino de venir de una educación testimonial.

La educación es testimonio y él mismo construye las trascendencias de una personalidad estimulada por el duende de la vocación.

La generación del Embajador Arvelo Caamaño, la del ochenta, en el contexto histórico dominicano, encontraría sus tareas; pero es importante observar y hacer constar que quienes hasta el momento la han descubierto, lo hicieron porque desde jóvenes fueron educados con la libertad de elegir, y entendieron pronto que la clave del cosmopolitismo cultural, irrespetando los atavismos insulares, abría un panorama de espacios y lenguas, de vivencias e ilusiones cuyos frutos y resultados, esta noche los palpamos.

Si hoy estamos reunidos aquí para celebrar la presentación de este libro, debemos atribuirlo a las cualidades antes nombradas, que como prendas individuales son cualidades de esencia, y califican al Embajador Mario Arvelo Caamaño.

2. TODAS LAS LUCES: EL LIBRO

“Todas las luces” es un libro de reflexión, una summa de espacios, figuras, fechas, océanos, inventarios cotidianos de imágenes, collage sublime que pone en evidencia una sed de conocimientos alucinantes.

En el caso de Mario Arvelo Caamaño, como autor, cabría destacar su minucioso estilo de descripción en cada nota de viaje, en cuyo trasfondo de viajes de antípodas no nos ahorra la melancolía insular subyacente.

Los que deciden alguna vez escribir están marcados por fueros internos; en la infancia es más grande el deseo que la posibilidad, y la ilusión se hace baúl grande, flotando en globos de colores que alguna vez baja ante nuestros ojos atónitos, como si regresara de aquel lugar de las cosas perdidas, donde un ángel guardián con diadema de luces todo lo guardara: un cubo de porcelana-abecedario, un oso de madera, un payaso rasgado o un soldadito de plomo. En el acto de escribir, la lectura de este libro me lo hace recordar de nuevo, se cuajan todos esos mundos recordados con la precocidad del descubrimiento y la inquietud existencias temprana iluminada por un agudo sentido de observación.

El libro, para evadir definiciones que pueden reducir la intención del autor, es una arcadia personal, la constancia de un pensamiento que no quiere tener fronteras posibles y que cifra en el laberinto íntimo de sus emociones el puente de vínculo con el lector avispado y observador.

La clave está en los viajes. El libro apela a esa movilidad del espacio cultural y sus historias, la fascinación de la vida, al entender el mapa de costumbre de otras tradiciones y otras historias de vida. Por eso al inicio dije que el libro “Todas las luces” era una summa donde las avenidas de la reflexión apelan a todo tránsito de disciplinas (sociología, antropología, geografía), para entonces hacer un discurso donde las formas literarias, en su tono de prosa discurrida y contemplativa, imprimen la comunicación final: ese mar armónico entre relato epistolar, prosa y texto.

La imaginación no engaña el estilo, de modo que no hay pretensiones y letras compuestas rebuscadas; como en toda prosa epistolar, el autor escribe seguro al destinatario interno de su otredad imaginaria, no necesita pretensiones estilísticas, comunica lo que la sensibilidad enredada al dato absorbe y navega entre pensamientos que se convierten en olas del corazón sin amarras y los sueños hechos letras impresas.

El epígrafe se apoya en el verso limpio y emotivo de Constantino Petrus Kavafis, un poema titulado “Los hombres sabios perciben los hechos aproximarse”, que está comprendido entre los llamados poemas canónigos, escritos entre 1895 y 1915 en Alejandría, Egipto. Dice el poema: “Los hombres conocen las cosas del presente/ Las cosas del futuro son secreto de los dioses,/ Únicos poseedores de todas las luces”.

Kavafis (1863-1933) fue un poeta de la minoría griega de Alejandría, descubierto tarde por el resto de occidente, menos en Inglaterra, donde escribió sus primeros poemas.

Debemos recordar también que los textos de Kavafis a la taberna del mar y su Canción a Ítaca sirvieron en la transición política española de finales de los años setenta, a la música del cantautor catalán Lluis Llach; la Canción para Ítaca fue un himno en toda España y en la Cataluña de esos tiempos.

“Todas las luces” se divide en dos partes; la primera se titula “Meditaciones” y la segunda “Lugares”. De la primera cito de inmediato un fragmento del texto titulado “El alma de las cosas”:
“He contado algunos de mis viajes como reportaje periodístico, explicando las razones que he tenido para viajar. Por ejemplo, motivaciones estéticas, como el asombro que provocan las murallas de Badaling, los canales de Venecia, el zócalo de Ciudad México, la ópera de Sydney, las iglesias de Praga y el trazado de Valparaíso, sumados a mi pasión por retratar fuentes, volcanes, puentes y cataratas; históricas, como ganas de distinguir los secretos que guardan los barrios prístinos de Budapest, Berlín y Tokio”.

Si me preguntaran qué es “Todas las luces”, de modo simple y profundo hablaría de una bitácora imaginaria de viaje, diría que hay un connubio magnífico entre la prosa que fluye y los estados del alma que la vocación de viaje produce.

El que viaja vive en dos estados: añora y se ilusiona por dentro, en esa interioridad laberíntica que abstrae y reconforta, que hace mirar el mundo exterior con la mirada propia del que sabe que toda la materialidad abarcable nada tiene que ver con todos los secretos interiores que los viajes y sus cosmos nos deparan.

Descubrir humanidades, territorios, espacios señalados, colores de cielos en tonos desconocidos, huellas de tiempos no vividos, callejuelas distantes que alguna vez un trozo de literatura perdida pudo señalar, todo ese vigor silente pasa a un estadio de confesionalidad que sólo el libro como cómplice es capaz de guardar con fervor.

Al mirar el panorama presente –y ningún libro profundo escapa a su contexto de nacimiento–, creo que en “Todas las luces” hay un hermoso laberinto de la ilusión, del agrado al descubrirlo todo con la intención de pensar y avanzar; quizás esta clave para esta actualidad nos la ofrece en lo obvio de su título: “Todas las luces”, para que un rayo de esperanza, justo y necesario, nos guíe hacia esas regiones de alegría que ojalá tengan todas las luces que este país necesita con urgencia.

Muchas gracias.


[En breve aparecerá en este espacio el texto completo de la ponencia dictada por E.I. Miño, entonces Presidente del Instituto Ítalo Latinoamericano de Roma, durante la presentación de Todas las Luces el 5 de mayo de 2004. A continuación, algunas citas de dicho discurso]

“Una aventura cargada de erudición (...) Espléndida” .

“Una cuidada, sensata y atinada reflexión sobre la historia, la geografía y la esencia humana” .

“Me trajo el recuerdo de Saramago” .

“Me vienen los nombres de Pablo Neruda, Carlos Fuentes, Antoine de Saint-Exupéry, Herman Melville, Joseph Conrad, Graham Greene, V.S. Naipaul” .

“Inolvidable”.
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