
Vestía bien y nada en el mundo le importaba que no fuera las parrandas y el trago. Tenía éxito con las mujeres, que miraban en él al clásico “chicanero”, el porteño parlanchín; soltero, buen mozo y con aires de grandeza.
En su época bastaba andar con buenos trajes, ser bien parado y fiestero, para creerse más que los demás y así lo aceptaban ingenuamente las jóvenes; tan sólo para verlo bailar, al son de un currulao y sentirse enamoradas, las chicas lo invitaban a sus fiestas.
Sin embargo vivía en un sector tugurial de Buenaventura, donde el olor a pescado y maderos podridos era la fragancia diaria y su casa parecía venirse abajo cuando el viento llegaba del mar.
Una vez se “alisto” para asistir a sus sabatinas reuniones, donde más de una conquista “levantaba”. Se puso su mejor traje, camisa playera ancha y pantalón blanco, y con aires de artista mejicano de los años 50, salió por entre las calles de piedra y barro, salvando charcos de agua, acompañado desde lo alto por una cuarto de luna que le sonreía.
Por el camino una bella dama, vestida de blanco y morena como el cedro, como recién bajada del olimpo, salió a su encuentro. El como buen conquistador más de una piropo dejó salir de sus morenos labios. Ella no se hizo rogar y con su caminar al vaivén de las olas marinas, cuando azotan suavemente en la playa, se dejó coger del brazo de Epifanio, quien con delicadeza y palabras románticas, la guiaba por las oscuras calles.
La dama le dijo que iba al mismo baile y ambos llegaron al sitio de reunión. El no tuvo ojos para nadie que no fuera para su casual compañera.
Inspirado esa noche bailó como nunca, por eso creyó que era el mejor; “como siempre”, pensaba.
Todos lo miraban sorprendidos y
con sonrisas, lo veían bailar; lo creyeron loco, pero nada le dijeron.
Pensó él que era por admiración, por su nueva venus
que al compás de la música, le seguía sus piruetas
e inventados pasos.
A la media noche, salió de
la rumba. No iba sólo había convencido a su morena
de perfectas curvilíneas, para terminar la fiesta en “otra parte”
y ella muy “enamorada” le dijo que lo hicieran en su casa.
Se perdieron en las tinieblas. El galán porteño abrazado a su chica llegó a una pequeña vivienda en cuyo interior había una cama con sábanas, cobijas y almohadas blancas como la nieve, ubicada en el centro de la sala.
Fue una locura, una madrugada de placer donde le amor le llegó a todas las células de su cuerpo y pensó que el mundo había sido bueno con él. Fue tanto amor desbordante que no supo a qué horas se quedó dormido.
Cuando despertó y sin abrir los ojos trató de encontrar con sus manos a la apasionada dama; luego sus ojos se abrieron y vieron nubes pasar y a su alrededor no había sala, ni cama, ni casa.
Aterrado y con ojos desorbitados,
por la sorpresa, se encontró encima de una losa fría y blanca
y a sus espaldas, una cruz.
(Tomado de Embrujos del Pacífico, Flover G. Gonzalez, 1992)