El diseño de Adén

Sanaa

Rascacielos de adobe en Yemen

 

Yemen resiste al tiempo

En la península arábiga, este país se ha convertido en un museo viviente que se presta para una visita inolvidable; hace bien un paseo por Sanaa, su capital

SANAA,Yemen.- Después de haber estado dos semanas recorriendo el ex reino de Saba, actual Yemen, uno no puede dejar de sorprenderse por el inclaudicable sentido de supervivencia de este pueblo.

Realmente esta sociedad provoca admiración y afecto porque transitó, en los últimos siglos, por todos los modelos político-sociales que el mundo conoció: emires, sultanes, reyes, protectorados, socialismo, dictaduras, golpes militares, guerras civiles y procesos cruentos de unificación; en fin, no les faltó nada.

Sobre una tierra rodeada por dos grandes mares, el Indico y el Rojo, este territorio, en el sur de la península arábiga, alberga a 15 millones de yemenitas, con una población rural que comprende un 70 por ciento de su total. A la vez exhibe matices particulares, propio de una sociedad bombardeada por las ideologías y también por las balas.

Prohibido para mujeres

Una sociedad en la que la mujer no vive en ella. Sólo se la observa en el surco ofreciendo su aporte en las actividades rurales: con guantes, velos, medias y ropa negra.

Aunque corresponde honrarla porque ostenta una de las tasas más altas de natalidad del mundo, es decir que, si bien uno no las ve, supuestamente, los chicos no nacen de probeta.

Paradójicamente, cuando uno las observa son niñitas vivaces, alegres y audaces; qué importantes cambios deben adoptar cuando abandonan la pubertad. Silenciosas, huidizas, muy pendientes de la prole, como distantes de la vida se las intuye cuando crecen.

Ellos, en cambio, son reyes; se muestran como señores feudales: desafiantes y serenos. Nada los inmuta demasiado. Sus charlas con amigos, el cigarrillo fuerte y una actividad no siempre muy animosa aseguran una larga existencia. Sin embargo, el promedio de vida, 60 años, bajo por cierto, nos permite suponer que no todas son rosas en ese mundo.

Sin vergüenzas, sin límites y con entusiasmo renovado, ellos mastican qat. Es una planta (similar a la de coca) que, durante horas, la tienen en la boca, formando un bolo, que los seda, les quita el hambre, los mantiene despiertos y los pone al borde de la ensoñación.

Parece mentira descubrir que desde los 13 o 14 años, todo hombre que se precie de tal practica este deporte socialmente aceptado. Este hábito los ata a la tierra, no los deja partir, y los hace disfrutar y lucrar por generaciones con esta droga popular.

El 25 por ciento del producto bruto yemenita proviene del qat. Resulta increíble pensar que esas tiernas hojitas, aparentemente inofensivas, produzcan tamaño impacto en la economía, en la sociedad y, por supuesto, también en las corrientes emigratorias, sin omitir a los hombres y a las mujeres individualmente.

Nada más animado, justamente, que la zona de los mercados donde se comercializa el qat. Nada más alegre y desordenado. Nada más dispar, también en los precios. Fluctúan los ramos, según la zona de donde provienen entre los 6 y los 20 dólares, un costo caro para una comunidad demasiado pobre.

El observador podrá encontrar en el qat y en la religión, (el islam) el lazo secreto que aglutina y sostiene este universo. Tan fuertes ambos, que los tornan indisolubles e indivisibles simultáneamente.

Como telón de fondo, la geografía coloca a los personajes en infinitos espacios diferentes, pero con un denominador común: miran su tierra de espaldas al mar. Ni los 2000 kilómetros de costa los cambia. Ellos son hombres del desierto o de las montañas, o cuanto menos de valles, jamás se podrá decir que se los intuye marineros (más allá de que coman pescado o mariscos de vez en cuando).

Es lindo ver las laderas aterrazadas, donde los cultivos se alternan según las lluvias. Así como describo estas montañas, que alcanzan los 3000 metros, pude discurrir por los wadi, valles fértiles, donde los palmares serpentean entre riachos y cultivos.

Un mar de arena

A esta geografía uno debe sumarle los desiertos, pero en particular uno que es casi como el corazón de todo el Yemen y que está en el medio de su mapa: el de Rhmlatas Sab'Ataym.

El desafío de conocerlo incluye el riguroso peaje de hacerlo con un beduino que acompaña en la travesía. Ellos son los únicos y celosos dueños de ese espacio. Lo recorren cada uno por una senda, tiene cada uno su ruta, su propio camino; hacen camino al andar, como dice Serrat.

Se desplazan en utilitarios veloces que no levantan casi arena. Van y vienen con sus cigarrillos negros y el qat en la boca. Sus ojotas de camello siempre descansan en el asiento del auto, conducen descalzos, mientras el cuerpo flota dentro de sus túnicas y en la cabeza llevan grandes turbantes, que sirven para todo: cubrirse, servilleta y por supuesto pañuelo, incluso para la nariz.

Otro ingrediente permanente es su ametralladora, lista y cargada, para ser usada contra algo que no se ve, pero que puede presentársele sorpresivamente en esas inmensidades doradas.

A todo volumen

Un párrafo aparte merece la música que suena día y noche desde las modestas radios. El cassette se rebobina tantas veces como se agota, sin que nada haga presuponer que existe otra posibilidad.

Tal vez, en este modelo de rutinas, los puntos de encuentro perdidos en este mar de arena son los comunes denominadores de estos silenciosos y nómadas custodios del desierto. Coinciden siempre en lugares de citas, al aire libre, invisiblemente demarcados, pero fielmente visitados por todos. Paran en la nada, como si todo existiera. Después, continúan el camino renovados y contentos.

La llamada Arabia Feliz no escatima en una cocina plena de coloridos y sabores fuertes. Por supuesto, el cordero, los magros pollos, las legumbres, los pescados e hígados asados se mezclan con berenjenas, tomates, zapallitos y arvejas en gran cantidad.

Tal vez, el pan merezca un trato especial. No existe ninguno que no se manufacture en forma ancestral. Se venden recién sacados del horno, con cualquier forma y sabor, pero siempre crocantes y frescos: un verdadero reencuentro con un pan que no sabe de conservantes, ni de ingredientes ajenos a las costumbres propias de la tierra.

En el peregrinaje por Yemen hay ciudades que por sí mismas son toda una leyenda. Mokha, con su perfume a café, sobrevive por sobre sus actuales miserias y es un caso típico de nombres históricos donde nada queda de sus glorias pasadas.

Tanta historia merecería el destino de un pueblo con mejor futuro a corto plazo. No alcanza una geografía extendida en 570.000 km. Esta comunidad de hombres, paradójicamente famosa por ser la tierra de la reina de Saba, deslumbra y, a la vez, hace sufrir.

Yemen es así, como se los cuento. Si falta algo no es omisión, sino en todo caso el deseo de que la imaginación del lector haga el ejercicio de suponer, pero con una advertencia: mirando para atrás, siempre para atrás.  

 La más vieja

Según la leyenda, Adén es tan vieja que fue la primer ciudad que se construyó después del Diluvio Universal y cuyo fundador fue un hijo de Noé.

Adén fue testigo de africanos, árabes y europeos que entrecruzaban sus rutas justamente en este puerto, donde los barcos se reacondicionaban para llegar a la India o a Londres.

De aquellos esplendores sólo queda en la imaginación ver a la reina Victoria visitando buques que surcaban los mares

La perla de Arabia

SANAA, Yemen.- Esta gran ciudad, la perla de Arabia, la mítica, casi legendaria, encierra una parte vieja, donde el adobe construye empinadas casas e infinitos mercados, donde el jengibre y el ajo, condimentos obligados de la cocina característica del lugar, se mezclan con las plazas y las mezquitas.

Resulta casi sorprendente ver como en esta ciudad con casi 1.000.000 de habitantes todos se desplazan en automóviles, motonetas y bicicletas, de día y de noche, con singular apuro, como si el tiempo les jugara una carrera. La ciudad de Sanaa, que se encuentra a 2300 metros de altura, más precisamente al Norte, es la capital del Yemen actual.

A pesar del tiempo y de tantas otras circunstancias, logró conservar para siempre todas las características de la Edad Media islámica.

Es el punto final de un tiempo donde el ayer y el hoy tejen una sutil trama, muy difícil de entender, pero que deja escapar belleza, historia y fascinación por todos lados.

Esta ciudad cuenta con una modernísima y prestigiosa universidad, aunque tan ortodoxa que los estudiantes de medicina y de economía deben llevar los velos y las vestimentas negras, iguales a las que uno puede encontrar en los más recónditos ámbitos rurales. En fin, cuestión de culturas diferentes.

Fuente La Nación, junio 2000

 

Datos útiles

Cómo llegar

El pasaje aéreo ida y vuelta, de Buenos Aires a Sanaa cuesta alrededor de 2600 dólares, con tasas e impuestos incluidos.

Alojamiento

Una habitación doble en un hotel tres estrellas sale 35 dólares y entre 180 y 260, en uno de cinco.

Visa  

El pasaporte no puede tener sellados de Israel, de lo contrario, debe ser renovado.

Se necesita visa. El trámite tiene un costo de 95 dólares y tarda 20 días hábiles en gestionarse.

Como Yemen no tiene Consulado ni Oficina de Turismo en la Argentina, todas las operaciones deben ser realizadas vía fax, correo o e-mail a Future Tours Industries. Al-Qiada St. - P.O. Box 1203 - Sana'a- Yemen. E-mail:[email protected] ; [email protected] Fax: (9671)282901

En Internet
http://www.ftiyemen.com

http://www.yol1.com

http://www.adv.es/yemen/pagina2.htm

 

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