| Una
meca recostada sobre el Mediterráneo Bereberes
que pesan sus artesanías, tejedoras de alfombras, perfumes con esencias
milenarias, pescadores de esponjas, manadas de corderos y camellos;
todo en medio de una escenografía de medinas musulmanas y ruinas romanas TUNEZ.-
En medio del alboroto, uno de los tantos vendedores sale al paso y estira
su brazo como barrera ofreciendo un beduino, el pañuelo con que los
tunecinos habitualmente se cubren la cabeza. Insiste en ponérselo y
se lo sujeta con una correa, a modo de corona. Entusiasmado, la prueba
se completa con un bournous, la túnica de los hombres del Sahara, del
mismo color que ese beduino, blanco y gris a cuadros. Transformado
en un berebere (nombre de los primitivos habitantes del norte de Africa,
cuyos descendientes fueron empujados a las montañas del sur de Túnez,
donde aún viven) se tienta y acepta su primera oportunidad para probar
zaghloul, el tabaco que se fuma de un narguile o pipa de agua. Una
escena en el souk Er-Rebâ, en las inmediaciones de la Gran Mezquita
de Zakak, en Sousse, que bien puede repetirse a diario cuando los turistas
deambulan por los abovedados pasillos de almacenes dispuestos en forma
de colmena. Los llamados souks (o zocos) son mercados que nunca faltan
en las inmediaciones de una medina (ciudad antigua), y están presentes
en muchos de los pueblos y ciudades que se recuestan sobre el sahel
(litoral) del mar Mediterráneo. Si
la compañía es una mujer, para ella hay un djebba o un djelbaba, vestidos
tradicionales de uso habitual, aunque el último se reserva para las
peregrinaciones a La Meca, a la que todo musulmán concurre, aunque sea
una vez en la vida. El
sonido ambiente se condice con el amontonamiento de objetos. Parecería
que los tunecinos hablan el árabe pronunciando sonidos sin respirar
y hasta a los gritos. Pero a la hora de persuadir al turista para que
compre alguna de sus artesanías o antigüedades repiten cualquier palabra
en idioma extranjero: "España", si advierten que habla castellano,
cambiándola rápidamente por "Maradona", si se le contesta
que se procede de la Argentina. La
protección de Alá que pregonaba el profeta padre de Fátima, siempre
se ofrece en los recovecos de los souks, mediante una afiligranada mano
(llamada mano de Fátima), generalmente, hecha en alpaca aunque siempre
se pretende vender como plata. Los 25 dinares (moneda de Túnez) pedidos
por una pieza terminan por convertirse en cinco o seis dinares por dos,
cuando ante el primer rechazo el vendedor pregunta condescendiente:
"¿Cuánto paga?" No hay por qué sentirse que uno los está estafando,
ellos mismos advertirán que la oferta descendió demasiado con el grito
de "¡Sabotaje!" Si aún considera que el precio es excesivo
y se va, él siempre lo seguirá y se la venderá a menor valor. Es que
el regateo es su habitual forma de comercializar; más aún, los precios
son inflados para estimular la compra. Aromas
de azahar, esencias de naranjo y de jazmín, el olor de los inciensos
o perfumes como Poison, Lou Lou, Opium, Samsara y hasta Chanel Nº 5
son algunos de los olores con que se atrae y hasta marean en la Rue
Souk el-Caid (zoco del perfume tunecino), justo bajo los arcos, dentro
de la amurallada medina de Sousse. Atacada,
defendida durante siglos por cartagineses, romanos, vándalos y bizantinos,
Sousse sucumbió ante el dominio musulmán y hoy presume de su cultura
islámica. Exclusividades
islámicas La
recorrida por el patio es breve, no hay más que husmear entre las penumbras
de la sala de oración, tapizada con esterillas hasta la puerta, junto
a la que se alinean los zapatos de los devotos descalzos. En contraste
con su tenue luminosidad, el brillo del pulido patio de mármol refleja
las sombras de las armoniosas galerías que lo rodean. Cerca
de la Gran Mezquita de Sousse está el Ribat, un monasterio islámico
fortificado del siglo IX, que corona en una torre alminar, Khalaf Al
Fata, desde la que se tiene una panorámica de la medina, la ciudad y
el mar, siempre que se supere el esfuerzo de ascender una escalera caracol
de 30 metros de altura. En la actualidad, el Ribat es un centro de animación
cultural, ya que en temporada se realizan representaciones teatrales
y folklóricas semejantes a las habituales del Medievo. Al
salir de la medina por la Rue d'Angleterre sigue el espectáculo callejero
de los souks con tejedores de alfombras y mantas, tradicionales alfareros,
carpinteros que moldean muebles en madera de olivo, junto con artesanos
caldereros que labran el cobre e inscriben el nombre del interesado
en el momento. A
pasos, se impone la Kasba, un museo mucho más pequeño que el del Bardo
pero que conserva por igual la bizantina técnica del mosaico que tuvo
su esplendor en el período romano. Uno de sus mejores exponentes es
un enorme mosaico hecho patio, la cabeza de Gorgona, a la que muchos
se inclinan para desafiar la leyenda que aseguraba que transformaba
en piedra a todo aquel que la mirara. Al
Norte, Port El Kantaoui da otra dimensión al turismo tunecino al ofrecer
un puerto deportivo con capacidad para más de 300 embarcaciones que
descansan al borde de sinuosas calles empedradas rodeadas de residencias,
restaurantes, bares y tiendas blanquecinas de las que cuelgan balcones
con floridos macetones y celosías verdes, "el color del islam",
asegura el guía, aunque se las ve celestes, "para espantar insectos",
añade. Los hoteles se alinean al mar junto a campos de golf; además
de este deporte puede practicarse tenis y esquí acuático, entre otras
actividades. Oficios
que labraron su historia La
plata es la materia prima de los bereberes que venden brazaletes, pulseras,
collares, aros y otras bijoux por su peso, siempre con su correspondiente
sello. "Si no se la pesan para calcular el precio, no acepte; no
es plata", advierte Obay Taïeb, hijo de artesanos bereberes que
desde hace años labran la plata frente al coliseo de El Jem, el sexto
anfiteatro romano más grande del mundo, situado a 65 kilómetros al sudoeste
de Sousse. La
ruta que baja hasta El Jem, ciudad de origen púnico, sigue el mismo
trazado que su antigua calzada romana: es recta, monótona e interminable
pero, de repente, se levanta en el horizonte una sombra velada que se
perfila a medida que uno se aproxima a ella. Así se descubre el gigantesco
coliseo romano, construido en el año 230. Tres galerías superpuestas
descienden al graderío que podía acoger a 30.000 espectadores sentados,
los cuales asistían de toda la Africa romana a ver los juegos, las luchas
de gladiadores y los feroces leones, así como el martirio de numerosos
cristianos. Hoy,
restaurado (muchas de sus piedras por creerse que tenían la propiedad
de ahuyentar escorpiones fueron usadas en la construcción de las casas
del vecindario), con la cuarta parte de lo que era, da sitio a 3000
personas que suelen presenciar, durante julio y agosto, el Festival
Internacional de Música Sinfónica de El Jem. Desde
lo de Taïeb se ven deambular por la explanada que precede al coliseo
a un grupo de mujeres cubiertas con su djebba o sifsari blanca que cuchichean
y sonríen tímidamente al ver a los turistas cómodamente sentados en
la vereda de los bares situados enfrente, saboreando el clásico té de
menta. En
tanto que ellos repiten el gesto señalándolas con sorpresa, dos hombres
con su clásico fez bordó (también llamado cecía, especie de casquete
de influencia marroquí) ocupan la escena arrastrando a un cansino camello,
escena que desencadena un sinfín de flashes al tener como telón de fondo
semejante monumento romano. "Estas
joyas son moldeadas y caladas desde épocas remotas, y es una costumbre
que se sigue desde la edad de bronce y la antigüedad, aunque parezca
mentira _aclara el hijo de Obay Taïeb, como gusta llamarse. Su esmaltado
del tipo visigodo se da desde el siglo XVI, gracias a los judíos andaluces
que se exiliaron en estas tierras." Como los relatos de las cuevas
descubiertas por Alí Babá, numerosas joyas, antigüedades, perfumeros
y torres de vasijas se acomodan por todos lados, por lo que hay que
tener sumo cuidado al caminar entre los pequeños pasillos para no tumbar
ni romper nada, sobre todo si se lleva mochila. Mujeres Moneda El
dinar es la moneda de curso legal en Túnez y equivale a casi un dólar;
exactamente, a 86 centavos promedio. El
tipo de cambio para los turistas se fija semanalmente y se aplica en
todo el país, por lo que es indistinto canjear en los hoteles, bancos
o en las casas del aeropuerto. Pero es conveniente cambiar sólo lo necesario, ya que de regreso en el aeropuerto se podrá reconvertir el 30 por ciento de las divisas canjeadas con un límite de 100 dinares, solamente ante la presentación de los recibos originales del cambio efectuado. Recomendaciones Además:
Antecedentes históricos Cómo
llegar Varias
líneas aéreas unen Buenos Aires y Túnez haciendo transbordo en ciudades
europeas. Alitalia, por ejemplo, ofrece un vuelo diario desde nuestro
país, vía Milán, a la ida, y además con una escala en Roma, a la vuelta.
Según esta ruta, el precio de un pasaje ida y vuelta a Túnez cuesta
desde 1099 dólares más impuestos. También
se puede llegar en barco desde el puerto de Trapani, en Sicilia, que
dista 140 kilómetros de La Goulette, a 15 minutos de taxi del centro
de Túnez. Alitalia
ofrece vuelos a Djerba desde Roma y un boleto ida y vuelta cuesta 256
dólares. La línea aérea local, Tunisair, ofrece vuelos diarios a la
isla por 88 dólares ida y vuelta. Cuándo
ir En
las últimas semanas comenzó la primavera y los días más templados, aunque
el Mediterráneo favorece este tipo de clima todo el año. Pero las brisas
costeras son engañosas durante el verano, ya que las temperaturas ascienden
a los 38ºC y hasta los 40ºC en el desierto sahariano. La
mejor época para viajar a Túnez es en mayo y junio, cuando el clima
es cálido y agradable; julio y agosto son los meses justos para broncearse
en forma. Indumentaria La
vestimenta no debe ser un problema para viajar a este país del norte
de Africa, tampoco para las mujeres. Si
bien hay zonas en las que las lugareñas andan cubiertas a la usanza
tradicional, las visitantes pueden circular con sus atuendos habituales
sin problemas, salvo en las mezquitas, donde están obligadas a usar
túnicas. Antecedentes
históricos Bereberes:
primeros habitantes del norte de Africa desde el 6000 a.C. Fenicios:
desde siglo XII a.C. Cartagineses:
siglo VI, época de esplendor púnico. Romanos:
siglo II a.C., dominio de 600 años que se impuso sobre la destruida
Cartago y se extendió al resto del país. Vándalos:
439 d.C, invasión bárbara. Bizantinos:
534 d.C. Arabes:
671 d.C, resurgimiento berebere con la conquista musulmana y la difusión
del islam, cultura que se impone hasta la actualidad. Andaluces:
1492, con la caída de Granada (España), éxodo moro hacia el norte de
Africa. Turcos:
1534, desembarco del pirata turco Jareid-Din Barbarossa (Barbarroja),
y 40 años después pasó a dominio otomano. Franceses:
lo que comenzó como protectorado económico terminó en una importante
colonia francesa que se extendió de 1881 a 1956. Tunecinos: en 1956 se independizan y se constituye una república. Habib Burguiba es el primer presidente tunecino por más de 30 años; su sucesor es el actual jefe de Estado, Zine el-Abidine Ben Alí, en el poder desde 1987. Llegar
a la isla de Djerba no es una odisea Las
costas que hace milenios Homero citó en boca del mítico Ulises están
a pocas horas de la capital tunecina; allí se encuentra una de las sinagogas
más antiguas TUNEZ.-
Durante nueve días, los vientos de la muerte me transportaron sobre
el mar de peces. El décimo nos llevó hasta la orilla de los lotófagos,
pueblo que como alimento sólo tiene una flor. En boca del mítico Ulises,
que relata su salida de Troya, hace 3000 años Homero creó en la Odisea
la leyenda de Djerba. A
510 kilómetros de Túnez capital, esta isla de 514 metros cuadrados aún
conserva el efecto cautivante de los lotos, que saben a miel. Houmt
Souk, éste el único centro urbano de la isla; su capital es sede del
aeropuerto, agencias de viajes y compañías de alquiler de coches, entre
otras empresas e instituciones oficiales. Es un centro de tejedores
y tintoreros, donde se fabrican melahfas o turbantes y fontas o paños.
Más
allá de la playa donde las mujeres lavan la lana, la ruta se bifurca
en su paso por la ciudad y conduce a la plaza que da su nombre, Houmt
Souk o barrio del mercado, en el que los lunes y jueves tiene lugar
un pintoresco int ercambio de mercancías. En
dirección hacia este mercado hay tres de las 213 mezquitas que se conservar
en la isla. La de Sidi Brahin El Djammi, con pórticos abovedados; Djamaa
Tourk, la mezquita turca con siete cúpulas y un alminar redondo, y la
D jamaa Ghorba, la mezquita de los extranjeros. Al
norte de la ciudad se levanta sobre la costa el bordj (castillo o fuerte)
El Kébir, que data de los siglos XIII y XIV y que sucesivamente sirvió
de guarnición a árabes, españoles y turcos. Una pirámide de piedra reemplaza
al macabro monumento hecho por corsarios turcos que degollaron a 5000
españoles, con cuyos cráneos formaron una pirámide. El
Kantara (vocablo árabe) es el puente. Se trata de un dique construido
por los cartagineses, en cuyas proximidades se encuentra el asentamiento
Meninx, de origen fenicio, que data del 1000 a.C. Se convierte en la
ruta 117 y une Houmt Souk con Port Ancient, y de allí a Zarzis, en la
península continental, que bordea al Sur la bahía de Bou Ghrara. Las
playas Sidi Mahares, Sidi Garous y La Séguia se extiende sobre casi
20 kilómetros. Es el mejor lugar de la isla para bañarse, para practicar
pesca submarina y buceo. Es posible alquilar caballos, coches tirados
por caballos, camellos, bicicletas y barcos de vela para pasear y recorrer
la isla desde distintos puntos de vista. El
Museo de Artes y Tradiciones Populares está en Sidi Zitouni y exhibe
atuendos, joyas, utensilios domésticos y artesanías en barro cocido,
una de las cuales tiene capacidad para 300 litros. Se agrega un taller
de alfarería simulado en una antigua cisterna, cofres labrados y pintados,
y gran cantidad de herrajes. Abre de sábados a jueves. Ajim
es un pequeño puerto en el que sus habitantes practican la pesca con
redes tejidas con fibras de palmeras en aguas poco profundas; arponean
lubinas y meros de un metro de longitud, sacan esponjas de hasta veinte
metros de profundidad y suelen salir hablando de un pueblo sumergido
en la bahía Bou Ghrara. Se ofrecen excursiones de buceos para acompañar
a los pescadores de esponjas. Un transbordador une este puerto con su
par continental Djort, a través de numerosos viajes diarios. Asentamiento
hebreo Hara
Keibira (judería mayor) y Hara Seghira (judería menor) dan cuenta de
un importante asentamiento hebreo que se cree se remonta al siglo VI
a.C., cuando Jerusalén fue destruida por Nabucodonosor. En la judería
menor está la sinagoga La Ghriba, que cuenta con un monasterio que data
del 586 a.C. y un hospedaje contiguo para la diáspora que cada mayo
peregrina desde diversos puntos del mundo y la convierten en la Jerusalén
de Africa. Guellala
está en medio de palmeras que abrigan brocales de pozos en los que humean
hornos de cerámica, junto a cacharros y tinajas de barro almacenados
en grandes pilas al aire libre. Se fabrican desde jarritas cuya tapa
de borde irregular sólo se cierra perfectamente en una posición hasta
ingeniosos recipientes que se llenan por arriba y por abajo sin que
se derrame una sola gota. Saliendo
de Djerba por el extenso Kantara, que cruza el Mediterráneo, y siguiendo
por la nueva ruta bordeada de olivares se llega a Zarzis, construida
sobre la antigua ciudad romana Gergis. Allí, deambulan hombres de tez
mate cubiertos con su bournous o con una manta de lana, según la época,
con la cabeza medio hundida en una miikhalla, especie de sombrero, y
se reúnen al amparo de los blancos muros de los souks locales. Se sientan
a la sombra y pasan las horas tomando té, hablando de pesca o de la
cosecha de olivos o dátiles. El paisaje contrasta, o más bien se completa
con lujosos hoteles que ofrecen la infraestructura necesaria para disfrutar
de sus playas. Idioma
y religión El
árabe es el idioma oficial, aunque la mayoría de la gente habla francés,
debido a que Túnez fue colonia de ese país europeo por poco más de un
siglo. El islam es la religión oficial y, aunque un decreto presidencial prohibió el ingreso de los no musulmanes en las mezquitas, éstas pueden ser visitadas por los turistas, sin ingresar en las salas de oración, pero deben descalzarse y cubrirse con túnicas y pañuelos que se proveen especialmente Alfombras
mágicas que valen un viaje Las
principales actividades que animan los días de los tunecinos son la
cría de corderos y camellos, la recolección de dátiles y los diversos
tejidos artesanales; también disponen de tiempo para tomar un té de
menta TUNEZ.-
Ma Zahr no deja de balbucear en árabe mientras con una rápida habilidad,
fruto de una práctica que data de su niñez, ata nudos de distintos colores
formando un diseño según un dibujo marcado en un papel, que de vez en
cuando es visto pero que permanece doblado en cuatro y descansa en el
respaldo del banco donde se sienta junto con sus compañeras. Envuelta
en su djebba, gira la cabeza para aclarar el significado de su nombre
a Abdullah, uno de los dueños de la tienda devenido nuestro intérprete,
que lo dice con sorpresa: se debe al gusto de su madre por el agua de
azahar, repite. Sentadas
en hilera frente al telar, de donde cuelgan varias madejas de hilos
de colores, Ma Zahr y sus compañeras sonríen para la foto y permiten
que los visitantes se sienten a su lado e intenten tejer un punto. Cada
alfombra les demanda entre seis y ocho meses de trabajo, en los que
permanecen horas y horas en habitaciones tapizadas y alfombradas con
sus obras. A
modo de sacudida, pero como desenrollando un encanto, las alfombras
de pelo de camello y de lana de oveja, así como las mantas de Túnez,
son exhibidas como un tesoro, tan valorado como el precio que se pide
por ellas. Se las aprecia por la cantidad de puntos anudados con que
se hacen. En un metro cuadrado de tejido, pueden caber entre 10.000
y 490.000 nudos, cuanto mayor sea este número mejor es su calidad. La
más popular es la zerbia, inspirada en modelos turcos que consignan
discretos dibujos geométricos. Las más caras son las confeccionadas
con hilos de seda, que al sacudirse producen un tornasolado por efecto
del movimiento. Las mantas de lana sintética son más baratas, pero no
menos bonitas: hanbal es la tejida en colores naturales y comúnmente
se ofrece como regalo de bodas, al menos entre los bereberes; y la llamada
klim es tejida en color rojo. Entre
las que se encuentran en los souks, también están las bishts, mantas
que sirven de asiento al montar los camellos. A
modo de ejemplo, el persuasivo Abdullah asegura que "no hay mejor
recuerdo de una aventura tunecina, que una alfombra". No se equivoca,
aunque las ganas de adquirir una se desvanecen al explicar, por ejemplo,
que tres metros de un corredor que pesa casi siete kilos cuesta 390
dólares, y una pequeña alfombra tejida en hilo de seda que tiene 250.000
nudos por metro cuadrado vale 850 dólares. No obstante sus cifras, los
precios caen a la hora de pagar el alquiler de la tienda, asegura un
desconfiado guía. Para
los más austeros, las pieles de oveja, consecuencia obvia de la demanda
para tejer alfombras, y las esteras son bastante más baratas. A
la vera del camino Entre
las mediterráneas Mahdia, Mahares y Gabes y la casi desértica Matmata,
el camino se abre paso en medio de palmeras datileras y olivares. Cincuenta
millones de estos últimos árboles son legado de los fenicios que los
introdujeron; rinden aproximadamente un millón cincuenta mil toneladas
de aceitunas, muchas de las cuales se exprimen desde tiempos prehistóricos
para obtener aceite. En
su alrededor el esparto crece raleado formando matorrales, entre los
que siempre se divisa a mujeres dobladas a la cintura arrancándolos,
para luego hilarlos y tejer las conocidas esteras. Esa fibra color verde
seco también sirve para tejer bolsas y cestas, que cuelgan de las tiendas
en los souks del interior tunecino. Tanto
en la ruta que bordea el golfo de Gabes como en el camino que se interna
en el Africa sahariana, las palmeras aparecen en forma aislada, dando
fruto a un sinfín de sedientos relatos y jugosos platos hechos a base
de sus autóctonos dátiles. En
las inmediaciones de Douz, el número de palmeras supera el de habitantes:
hay 800.000 árboles que producen dátiles para comer, y vino de palmera
o laghmi para beber, ramas para hacer muebles, troncos para construir
tejados y fibras para trenzar cuerdas. Si los habitantes de los oasis
viven en gran medida de las palmeras, también dejan en ellas grandes
esfuerzos y horas de vida: hay que perforar pozos para extraer agua,
podarlas en su vida madura, que tiene unos 50 años de duración, e incluso
ocuparse de fertilizarlas con polen. Las
horas del té A
la altura de Kenitra, parar en la ruta en medio de la nada para comer
méchoui, cordero asado, es otra costumbre local, a la que se suman no
pocos turistas. No parecería ser un atractivo, pero, sin embargo, son
muchos los que se detienen ante corderos colgados que se desangran,
mientras en las inmediaciones un grupo de dos o tres vivos atados a
un palo parece pedir auxilio. En la puerta de estos puestos de comida
bastante rudimentarios -un ambiente azulejado que parece una carnicería-
se elige el pedazo de carne señalando la parte del animal que se quiere
y en cuestión de minutos se entrega supuestamente cocido Sobre
los milenarios jemeles Un
ojo inexperto descubre cráteres en montañas de color ocre, pero uno
más atento hace caso omiso al disimulo y descubre refugios escondidos.
No en vano fueron dignos escenarios de En busca de la tierra perdida
o La guerra de las galaxias. Originalmente,
estos pueblos escarbaron la arcillosa tierra huyendo de impiadosas invasiones.
Hoy, aseguran disfrutar de cierto frescor, cuando el sol del verano
calienta hasta más de 40ºC y, al mismo tiempo, permanecen amparados
cuando la temperatura desciende en el invierno. Por
una suerte de cráter se accede a un túnel subterráneo que desemboca
en un haush o patio a cielo abierto, en cuyo alrededor se excavan salas,
ksars o graneros donde se almacenan cereales y aceitunas, y dormitorios
ubicados en un piso superior, al que se accede por una cuerda. Las
palmeras, los olivares, el camello y los turistas permiten la subsistencia
de los bereberes. Es
que por estos lares, el jemel o camello sigue siendo el medio con que
se movilizan los bereberes. El camello doméstico es un animal singular,
adaptado a la vida en el desierto, por el que en otros tiempos vagaba
salvaje. Su íntima relación con el hombre, los llamados camelleros,
data de muchos siglos y fue decisiva para los pueblos nómadas del norte
de Africa y de Medio Oriente. Aparentemente
dócil, es bueno saber que suele ser obstinado y de mal carácter, cuando
no trata de morder a su dueño. Si bien puede prescindir de agua durante
mucho tiempo, ya que el líquido que necesita lo obtienn de la grasa
que acumula en su joroba y de las plantas que come; tras un período
de deshidratación forzosa (puede permanecer hasta diez meses sin beber)
debe aplacar su sed ingiriendo grandes cantidades de agua. Llega a tomar
hasta 130 litros de agua de una vez. El
bamboleo y el vértigo que produce el andar en camello suele disfrutarse
en las inmediaciones de Matmata, entre otros sitios. Aunque la oferta
inicial es de una hora por 10 dinares, el paseo concluye en menos de
media hora, tras divisar un paisaje lunar, salpicado de palmeras, matorrales
de juncos y de especies, que crecen silvestres, como el romero. Comidas Los
platos tunecinos más característicos son: Cuscús:
hecho sobre la base de sémola de trigo, garbanzos, verduras, cordero,
pollo o pescado. Mesfuf:
cuscús dulce; además de los ingredientes mencionados, se suman nueces
y uvas. Briks:
fino hojaldre con huevo. Tajines:
patés preparados en hornos de tierra. Mechoui:
cordero asado. Pescados:
se sirven solos, fritos, a modo de aperitivos o en platos combinados
con huevos fritos, papas, tomates y pimientos. Mariscos:
abundan en las aguas de Túnez, aunque la langosta (hommard), las ostras
(huîtres), las almejas (clovisses), los mejillones (moules), las gambas
(crevettes) y los langostinos (crevettes royales) se encuentran en abundancia,
pero no difieren de los que se saborean en Europa o en nuestro continente.
Se
recomienda no beber agua, sino gaseosas o agua mineral. En algunos bares
se sirve laghmi o vino de palmera, pero lo más habitual en todo Túnez
es el té de menta, té con piñones o café turco. Para
trogloditas El más moderno es Les Berebéres (00216-5-30024), que tiene siete restaurantes y 140 camas en 140 celdas. Estos dos últimos alojamientos valen 14 dólares por una doble con desayuno. Fuente La Nación, abril 1999 |
|
Copyright© 2000 - 2004 ALL RIGHTS RESERVED TO MPEREYRAROBLES® - webmaster - |