Península de El Cabo

Parlamento Ciudad del Cabo

Centro de Durban

 

DURBAN, Sudáfrica

Take me a picture (tómeme una foto), exigía un hombre repetidas veces, mientras acomodaba su llamativo vestuario delante de la cámara fotográfica. Era alto, de tez muy oscura casi sin brillo, de rasgos duros, nariz pequeña y mirada acribillante. Sonreía, sabiéndose exótico ante nuestros ojos, y volvía a posar sobre la calle costera Golden Mile, donde el tránsito circula de forma inversa, como en el Reino Unido, pero de cara al Indico.

El hombre de la mirada de acero sujetaba con ambas manos los brazos de un frágil carro de mimbre en el que pasea a los turistas, a la rastra, mediante una caminata ligera, descalzo sobre el cemento caliente. Sobre la silla reposaba un descomunal sombrero, pesado, realizado con alambres, plumas, espejos y grandes cuernos que apuntaban hacia adelante cuando salía a la carga con los pasajeros.

Sit, sit (siéntese), continuó pidiendo en un inglés tosco, pero oportuno. Pertenecía a la comunidad zulú, y su idioma resultaba aún más extraño que la falda con flecos y rodilleras de paja que alcanzaban a cubrirle los tobillos. Dejando a un lado la desconfianza de recién llegados, le tomamos unas cuantas fotos que, como era de suponer, tuvieron su costo: las pagamos en rands, moneda local, aunque sus exigencias no fueron elevadas. En cuanto obtuvo el dinero, prosiguió su captura de fotógrafos furtivos y de doncellas con ansias de dar un paseo.

En Golden Mile, la modernidad se conjuga caprichosamente con la cultura africana. La playa está bordeada por un parque de diversiones vertiginoso y piscinas con toboganes. En la avenida asfaltada, por un lado están los puestos de artesanía zulú en los que se exhiben singulares tallas de madera, y enfrente, un cordón de hoteles, algunos de ellos de cadenas norteamericanas como Holiday Inn, con restaurantes de comida internacional a la calle.

A Durban llegan turistas de todo el mundo, principalmente europeos y asiáticos, en busca de arte para coleccionar, restaurantes indios, playas, actividades náuticas, pesca y la posibilidad de adentrarse en las comunidades zulúes, en busca de tesoros culturales, colores y danza tribal. Lo cierto es que una ciudad tan cosmopolita como Durban dispone de muy buena hotelería y restaurantes como para que nadie extrañe su casa.

El arte brilla en Golden Mile

El sol respladece sobre la línea del horizonte, interrumpida por una flota de barcos pesqueros. El muelle se ilumina y un grupo de jóvenes recostados sobre tablas de surf espera las frías olas de la mañana. La intensa luz se filtra dentro de las habitaciones de los blancos edificios que pueblan Golden Mile, y una brisa fresca del mar da aliento a las mujeres zulúes mientras acomodan, pieza por pieza, las artesanías sobre unos lienzos, como todos los días. Sobre un colchón improvisado acomodan sus cuerpos, escondiendo los pies descalzos en vestidos que acabaron por desteñirse, e inician su rutina. Por largas horas hilan collares interminables, tejen manteles al crochet y atienden el puesto con una dulzura poblada de sonrisas. No hablan inglés, pero entienden lo suficiente como para poder vender.

Admiradas por los coleccionistas, las maderas talladas revelan la naturaleza de los nativos, y son tan oscuras como su propia piel. Tallan elefantes, rinocerontes y jirafas de todos los tamaños, cuidando hasta los mínimos detalles como sus rugosidades, formas y hasta captan la ternura de sus ojos. Las figuras zulúes también dan vida a Golden Mile, las mujeres están representadas con cuerpos espigados, vasijas en alto y peinados trabajados. Aunque en realidad ellas tienden a ser robustas y se cortan el pelo a ras de la cabeza. Los hombres aparecen vestidos de guerreros, con falda y escudo de cuero, arcos y flechas. Los rostros repiten frentes descubiertas, miradas profundas, labios carnosos, y una nariz pequeña y chata.

No obstante, las máscaras son las más llamativas, especialmente las de madera oscura. Muchas tienen expresiones fuertes, hasta impresionan, como si tuviesen algo satánico y a la vez venerable.

Golden Mile puede ser un paseo muy provechoso, ya que además de deleitarse con las artesanías, es posible comprarlas con muy poco dinero. Con 50 dólares, puede tener 10 buenas piezas, y de las auténticas, pero cuidado, pesan mucho.

Maybi, que es zulú como todas las mujeres que están en los puestos, vende objetos que talla su padre en Zululand, al nordeste de la provincia KwaZulu-Natal, patria tradicional de los zulúes. Mientras arma con extrema paciencia un collar de mostacillas casi invisibles, cuenta que cada vez que termina la mercadería debe retornar al pueblo por más. Maybi lleva un pañuelo rojo en la cabeza y un vestido blanco holgado sobre su cuerpo regordete. Aunque trabaje desde muy temprano por la mañana hasta pasado el anochecer, sonríe como si éste fuese su único gesto. De la misma forma atiende a quienes curiosean su puesto, y sin inconvenientes les permite tocar las tallas y compararlas todo el tiempo necesario. Maybi añora el verano, porque es la temporada fuerte de turistas, pero igualmente en otoño dice que vende lo suficiente como para vivir bien. Su pulsera de bolitas comienza a tomar forma, combinando los colores de la bandera africana simétricamente, casi sin mirar, y en un tono suave, como si acariciara cada palabra, habla con sus compañeras, todas abocadas a tareas similares. Todavía falta mucho para que emprenda viaje a Zululand, las mantas están cargadas de artesanías.

La pequeña India

En pleno Durban, a unas cuantas cuadras del mar ya no hay hoteles, sino edificios bajos y viejos, tiendas cargadas de letreros amarillos con las ofertas de la semana. Entre las calles Queen y Russel se ubica el Victoria St. Market, más conocido como el mercado indio. La intensa combinación de olores, proveniente del incienso y la gran variedad de especias conduce puertas adentro y, embriagante, se apodera del estado de ánimo como un alimento espiritual.

Como en Golden Mile, todo se confunde, las ropas tradicionales indias de los vendedores con los juegos electrónicos de luchadores japoneses que dividen los locales. El techo bajo y algunas pocas puertas encierran la oscuridad y un murmullo constante.

Los indios se caracterizan no tanto por su tez aceitunada, sino por los párpados que parecen pintados de negro y las narices pronunciadas. Con buenos modales, en el mercado invitan a probar lo mejor de sus especias, desde suaves hasta ultrapicantes. Un hombre que no lograba identificar mi origen, me acercaba un pesado cucharón de bronce colmado de pimienta al limón donde debía pellizcar. Una pizca bastaba para saborearlo. Había variedad de pimienta, ají en polvo, ajo masala, jengibre y algunos de los que desconocía hasta el nombre, como peri-peri en polvo, tumeric, brayami masala, entre una variedad increíble. En potes etiquetados, los colores de los condimentos variaban desde amarillos, pasando por mostazas y anarajados hasta rojos furiosos.

Bajo el mismo techo, también se vendían artesanías zulúes que alcanzaban hasta los dos metros de alto, pieles de felinos colgadas en las paredes, joyas, ropa y muchas curiosidades. En los alrededores, venden naranjas, manzanas, bananas o choclos calientes.

La noche en el Indico

Como en toda ciudad, en Durban hay que saber por dónde circular, tanto de día como de noche. Si se aleja del cordón hotelero de Golden Mile, se encuentra la Durban de los prostíbulos, las máquinas tragamonedas y los reductos no aconsejables. Es preferible salir en grupo y no caminar por lugares oscuros.

A lo largo de la costa hay bares, muy buenos restaurantes, y todas las semanas se organizan fiestas en la playa. Arman una carpa gigante sobre la arena, tocan bandas en vivo y se toma mucha cerveza Castle, liviana y sudafricana. En la playa, las luces son tan intensas que una buena franja del mar resplandece.

Cada hotel tiene un restaurante a la calle, con especialidades que los diferencian. Con poco se come muy bien, con vinos de buena cosecha sudafricana y postres exquisitos. Uno de los restaurantes del Crowne Plaza, de la cadena Holiday Inn, Jewel of India, sirve comida de este origen en un ambiente suntuoso, cuyos decorados y ornamentos tapizan hasta el cielo raso, en colorados, turquesas y dorados, con arabescos que alcanzan la máxima expresión del lujo indio. Los mozos, vestidos con chalecos bordados, pantalones bombilla y túnicas, convierten el menú en una ceremonia especial. Los platos son los de un banquete: panecillos horneados con un poco de aceite, sopa de lenteja picante, pollo, cerdo, y aderezos, todo picante, lo que no impide seguir comiendo.

Aparte de Golden Mile, hay un News Café. Sirven tragos, sándwiches y panqueques. La alegría es hasta las 24.

El este exótico

Los indios se instalaron en Durban tardíamente, pero su contribución cultural y económica fue muy importante. En 1860, comenzaron a trabajar en las plantaciones de caña y se adaptaron muy bien a las nuevas condiciones de vida.

Muchos de ellos no volvieron a su tierra natal y más tarde se desempeñaron como comerciantes, hombres de negocios y líderes religiosos. Actualmente, KwaZulu-Natal posee la mayor comunidad hindú fuera de la India.

De la mano de la actividad comercial, la cultura fue ganando espacio. Templos y mezquitas, bazares colmados de especias, incienso, ropas bordadas y alhajas exóticas caracterizan parte de su misticismo.

Sus comidas han hecho de Durban un paso obligado. La pimienta es muy popular, tanto que se sirve en todos los restaurantes, desde sitios de primer nivel hasta locales suburbanos.

La herencia colonial

Las culturas y estilos de vida de los colonos europeos tuvieron un impacto profundo en la provincia. Los primeros colonizadores blancos fueron industriales y misioneros originarios de Inglaterra, que a principios de 1820 navegaron por el océano Indico desde Ciudad del Cabo hasta la actual Durban. Diecisiete años después, omitiendo las reglas de los ingleses, llegaron los bóers -de origen francés y holandés- a KwaZulu-Natal, por tierra, atravesando las imponentes montañas Drakensberg en carretas.

DURBAN
Cómo llegar y moverse

Además: Una constelación que mira a la selva

Aéreo

South African Airways ofrece los pasajes Buenos Aires/ Johannesburgo/Durban/Ciudad del Cabo/Buenos Aires por 1119 dólares en temporada baja (del 22 de febrero al 30 de junio y del 1º de agosto al 15 de diciembre) y 1319 en temporada alta (del 1º al 31 de julio y del 16 de diciembre al 21 de febrero). Hay dos vuelos semanales, que parten jueves y domingos.

Tiempo de vuelo: 7 horas a Ciudad del Cabo y 9 a Johannesburgo.

Transporte terrestre

La mejor forma de movilizarse tanto en Durban como en Ciudad del Cabo es en taxi.

Las tarifas están reguladas por un reloj y son muy económicas.

Desde el aeropuerto en Durban hay un servicio de ónmibus, que lo lleva por 4 dólares hasta el complejo hotelero de Golden Mile. También se puede solicitar desde el hotel.

Una constelación que mira a la selva

DURBAN, Sudáfrica.- En esta ciudad la oferta hotelera es amplia y para todos los presupuestos. Las cadenas Holiday Inn y Southern Sun tienen varios establecimientos, de habitaciones confortables, buenos restaurantes y servicios.

Cinco estrellas

Royal Hotel

Por décadas, el hotel fue elegido como sede de los más importantes encuentros y reuniones sociales. Actualmente es comparable con los mejores del mundo. Fue reconocido cinco veces como el mejor hotel de ciudad de Sudáfrica.

Está ubicado a 20 minutos del aeropuerto, dispone de lujosas habitaciones completamente equipadas, restaurantes, bares, piscinas, gimnasio, canchas de tenis y golf, y estacionamiento propio.

Habitación doble: 280 dólares.

Karos Edward Hotel

Este distinguido hotel de Golden Mile fue remozado hace muy poco tiempo. Sus 90 habitaciones, decoradas en un estilo inglés muy señorial, tienen increíbles vistas al océano Indico, además de todos las comodidades necesarias -teléfono, televisión, aire acondicionado, bañera, etcétera-.

Tanto para el viajero de negocios como para quienes van por placer, los servicios han sido pensados para disfrutar de una gastronomía exclusiva y memorable.

Dispone de restaurantes, bares, piscinas, estacionamiento y múltiples facilidades para que sus huéspedes descansen.

Habitación doble: desde 100 hasta 300 dólares

Cuatro estrellas

Holiday Inn Crowne Plaza

Frente a las playas del norte de Durban, posee 456 habitaciones con amplias comodidades, vista al mar, televisión, teléfono, aire acondicionado y bañera.

Son tres sus restaurantes. El primero se especializa en comida japonesa; el segundo, en comida india, y el último, dedicado a la gastronomía internacional; además, tiene bares muy concurridos y salones de conferencias de primer nivel.

Completan sus instalaciones piscinas, canchas de tenis y de golf, y estacionamiento.

Habitación doble: desde 60 hasta 80 dólares, con desayuno incluido.

Tres estrellas

Seaboard Protea Hotel

En Golden Mile, en la esquina de Point Road y West Street, y a cinco minutos del shopping center, este establecimiento ofrece departamentos ideales para familias, con cocina equipada, aire acondicionado, televisor con cable y radio; como también habitaciones ejecutivas.

Todas las habitaciones tienen vista al mar y acceso a la pileta de natación del último piso. Adyacente a la recepción, el restaurante Melody sirve comida continental. Dispone de facilidades para conferencias.

Departamento: desde 65 dólares.

Habitación doble: 40 dólares.

Holiday Inn Marine Parade

Se sitúa en Golden Mile, frente al parque de diversiones y las piscinas públicas. Tiene casi 30 pisos y magníficas vistas de la ciudad y de la costa. Sus 346 habitaciones están alfombradas, tienen teléfono, aire acondicionado, televisor, un catálogo de videos, cafetera y cofre de seguridad.

Por la mañana, uno de sus restaurantes sirve desayuno buffet con café, leche, frutas, cereales, huevos y panceta. Al mediodía y por la noche, otro restaurante se encarga de servir platos internacionales, frutos de mar y hasta hamburguesas.

Se suma una piscina, cancha de tenis, agencia de viajes entre una amplia nómina de servicios.

Habitación doble: 50 a 65 dólares, con desayuno.

La aldea zulú, con aire global

Ecabazini, situada en la provincia de KwaZulu-Natal, es una aproximación meramente turística al real mundo de los nativos

DURBAN, Sudáfrica.- Un viaje por el interior de la provincia KwaZulu-Natal depara un encuentro con la naturaleza y las típicas costumbres de los nativos. Parecería que la aldea zulú Ecabazini, escondida en un valle rodeado de cañaverales, estuviese resguardada de todo cambio hacia la modernidad. De frente a la bahía Albert Falls, las chozas están rodeadas por un muro de ramas y troncos, y por dentro el pasto se ve tan corto y parejo como si una máquina podadora pasara cada mañana.

Había cuatro grandes chozas, muy similares a colmenas; en el medio un grupo de vacas apiñadas, y en hilera sus habitantes nos recibieron cantando, ataviados con ropas de vivos colores, sombreros, pieles y tobilleras de caracoles que sonaban a cada paso. Al comienzo no sabíamos cómo saludarlos, si sonreír, inclinar la cabeza, mostrar la palma de la mano, decir hola en inglés o qué... pero la sonrisa fue el mejor código amistoso. Luego se oyeron gritos parecidos al relinchar de un caballo. Increíblemente, eran tres mujeres que festejaban nuestra visita mientras se paseaban por el parque apoyándose sobre un paraguas de madera.

De inmediato, un hombre blanco vestido de guerrero zulú, llamado Dave, se presentó ante el grupo de invitados advirtiendo que en realidad su gente no vivía allí, que Ecabazini es una auténtica aldea zulú, exclusiva para los turistas, pensada para que se puedan experimentar sus costumbres y hasta pasar la noche sin perturbar la privacidad de sus hogares.

Mientras que el misterioso guía mostraba la calidad de las chozas, resistentes a las tormentas y los fuertes vientos, con capacidad para conservar la calidez de todo hogar, los jóvenes zulúes habían prendido fuego para hacer un asado.

Nos acomodaron en la colmena principal y, en ronda, esperamos el almuerzo sentados a lo indio sobre unas esterillas. Pronto pasó de mano en mano una vasija de madera, de boca pequeña, que contenía vino frutado. La idea era beber directamente del jarro como en una especie de comunión. La carne, que era vacuna, llegó en bandejas largas y Dave se encargó de cortarla en pedacitos y servir los condimentos. A falta de cubiertos, comimos con las manos, previamente enjuagadas en una tina de agua. Luego se escuchó un ruido a cacerolas y el vapor de la comida invadió la choza. Era el segundo menú, a cargo de las mujeres, que se componía de puré de papas, zapallo, una pasta de porotos, presas de pollo y una papa muy blanca, consistente y dulce.

Los anfitriones estaban atentos a nuestras necesidades y nos miraban la ropa con curiosidad, como si fuesen exóticas o tuviesen algo especial. Tanto que una mujer zulú mostraba con orgullo entre sus collares típicos una remera con la inscripción Texas en letras amarillas. Es difícil establecer un contacto con ellos fuera de lo visual, ya que no hablan inglés y se mantienen distantes. Los chicos, en cambio, ya acostumbrados a los turistas juegan cerca de sus madres sin advertir la presencia de extraños. Las miradas se cruzaban tímidamente, excepto la de un fotógrafo confiado, que buscaba su mejor toma. Mientras tanto, un niño de unos 7 años, de ojos tiernos y lleno de collares, que llevaba a su hermanito apoyado sobre su cadera, registraba todo el movimiento en silencio, sin perder detalle y sonreía sólo a quienes le resultaban agradables.

La herencia cultural

En las comunidades zulúes, los hombres pueden tener hasta siete esposas, si su situación económica lo permite. Deben pagar por ellas y ser el sostén de la familia. Ellos se cubren con cueros de vaca y pieles que coronan sus cabezas. Las mujeres solteras llevan el cabello muy corto, el torso desnudo y faldas de toalla ceñidas por un cinturón de lazos coloridos. Las casadas lucen un sombrero rojo que se abre hacia arriba como una copa, usan remeras, faldas largas negras, pulseras plateadas hasta los codos y cinturones de mostacillas en alegres combinaciones.

Como broche final de la visita, un tambor comenzó a sonar con firmeza y voces femeninas se quebraron anunciando una vibrante danza tribal. Las mujeres levantaban una pierna hacia lo alto para clavarla luego al piso, descalzas. Las faldas negras, por su material, se inflaban y le daban mayor gracia a sus movimientos. No son mujeres delgadas, sino macizas, fuertes y enérgicas. El tambor cambió de manos por un instante y un joven comenzó a bailar sacudiéndose salvajemente, torciendo su cuerpo como si invocara a su dios en cada movimiento

El reino zulú

Por su diversidad de influencias culturales, KwaZulu-Natal se considera como la provincia sudafricana más heterogénea. Africanos, asiáticos y europeos, con creencias, identidades y estilos de vida completamente diferentes, comparten sus tierras.

Inevitablemente, durante los últimos dos siglos hubo conflictos y luchas encarnizadas; pero con la llegada de la democracia, en 1994, comenzaron a tolerarse y colaborar entre sí. Se estima que los nativos viven desde hace 10 mil años en KwaZulu Natal. Una fuerte evidencia sugiere que el hombre moderno, homo sapiens, se ha originado en el sur de Africa y numerosos sitios arqueológicos muestran señales de su ocupación desde hace 150 mil años. El hombre de la Edad de Hierro temprana vivió en KwaZulu muy poco tiempo después del nacimiento de Cristo.

El rey Shaka fue el fundador de la comunidad zulú, e integró a clanes y tribus en una nación mediante las conquistas militares y la diplomacia a principios del siglo XIX. Gobernó las tierras entre la actual Mozambique y hasta Colonia del Cabo, en el Sur. Sus sucesores, los reyes Dingane, Mpande y Cetshwayo, construyeron un reino que dejó su huella en Africa y en el mundo. Los zulúes lucharon contra los bóers, de extracción francesa y holandesa, y el hijo de Mpande, Cetshwayo, tuvo que enfrentar a los británicos cuando éstos quisieron ampliar su dominio. El 22 de enero de 1879 los guerreros zulúes liquidaron a un ejército de 1200 hombres, pero el 4 de julio de ese mismo año los ingleses los derrotaron en la batalla de Ulundi. De esta manera, la contienda acabó con el reinado y la independencia zulú. Pronto Zululand fue anexada por los ingleses y convertida en parte de la colonia de Natal. En 1994, cuando por primera vez votaron todas las razas, la provincia de KwaZulu y Natal fueron integradas.

Hoy, los zulúes constituyen un importante grupo en la provincia. Tradicionalmente, pastorean ganado vacuno y en las zonas rurales remotas conservan ese estilo de vida. Son famosos por la vibrante danza de los jóvenes guerreros, y las mayores fiestas son celebradas con elaborados y coloridos rituales. Las religiones tradicionales todavía se practican, al igual que su medicina; y los profetas, conocidos como ságomas, juegan un rol cultural y religioso trascendental

Fuente La Nación, agosto 1998

 

Datos útiles

Excursiones

Una visita a las montañas Drakensberg toma un día entero. Son las más altas de Africa, y se pueden contratar excursiones en 4x4 y realizar turismo aventura.

Visitar las comunidades zulúes puede ser el motivo principal del viaje. Aunque sean de carácter turístico, permiten apreciar su herencia cultural a través de las vestimentas, los cantos, las danzas y la gastronomía. Es posible pasar la noche en sus auténticas chozas, con las comodidades de un hotel. Los baños tienen agua caliente y son impecables.

También, a menos de 100 km de Durban, es posible realizar un safari fotográfico. En la reserva Game Valley, a corta distancia del pueblo Pietermaritzburg, hay jirafas, rinocerontes, búfalos, antílopes, cebras y más de 370 especies de pájaros conviviendo armoniosamente. Puentes de madera que cruzan rápidos, cascadas y suaves colinas arboladas enmarcan un escenario salvaje y fascinante. Para ir de visita hay que hacer reservas anticipadas, dado que se celebran recepciones y casamientos.

Tienen instalaciones para almorzar o tomar el té. En Game Valley también es posible alojarse en sus confortables cabañas, equipadas con teléfono, minibar y televisión. Cuentan con canchas de tenis y una piscina. Un aviso asegura que están libres de malaria. Otro paseo imperdible es el del Victoria St. Market, más conocido como el mercado indio. Venden tallas de madera zulúes, especias, joyas e incienso.

Un city tour es aconsejable para conocer la historia de la ciudad, el puerto, los ingenios azucareros y el Jardín Botánico.

En el centro hay museos de arte africano, librerías y comercios. Los domingos funciona una feria de pulgas.

Hamba Kalhe, una agencia receptiva organiza todas estas excursiones. Tel.: 27-31-3055586. Fax: 27-31-3055576.

Clima

KwaZulu-Natal tiene veranos calurosos e inviernos sumamente agradables. En junio, la temperatura no baja de los 20º C. No sucede lo mismo en Midlands, en el interior norteño y en Drakensberg, que es extremadamente frío en invierno, con nevadas ocasionales.

Moneda

Rand. Un dólar equivale a 4,8 rands.

Impuestos

Por la compra de productos y servicios hay un porcentaje de recargo. Sin embargo, los turistas que presenten en el aeropuerto facturas de un monto superior a los 250 rands, pueden reclamar la devolución del impuesto.

Advertencias

La malaria afecta algunas regiones del norte de la provincia KwaZulu-Natal, especialmente en la costa de Zululand y Maputaland, en la zona que limita con Mozambique y Swazilandia. Se aconseja tomar precauciones si se visitan esas áreas, especialmente cuando hace mucho calor. Visite a su médico con antelación.

Para mayor información

South African Tourism Board -442 Rigel Av. South.- Erasmusrand 0181 Private Bag x164 - Pretoria 0001- Tel.: 27 12 347 0600. Fax: 27 12 45 4889.

Tourism Durban - Tourism Junction - 160 Pine Street, PO Box 1044 , Durban - Sudáfrica. Tel.: 27- 31- 304-4934. Fax: 27- 31 304-6196.

Drakensberg Tourism Associaton. Tel.: 36-448 1557. Fax: 36-448-1088.

 www.tourism-kzn.org y www.durban.org.za/

 

Sintonía en blanco y negro

En Ciudad del Cabo, Sudáfrica, las nuevas generaciones buscan una vida a todo color

CIUDAD DEL CABO, Sudáfrica.- Alicia y su marido querían tener un bebe y no podían. Sisipho necesitaba una familia. El matrimonio, hace tres años, decidió adoptarlo. Esta parece una historia de amor como muchas otras, pero algo la hace diferente y, en Sudáfrica, casi única. El matrimonio tiene el pelo del color del sol y los ojos como el cielo, y Sisipho, la piel mucho más oscura que su mirada café.

Apenas seis años atrás hubiera sido imposible. La democracia y el fin del apartheid cambiaron la vida de la mayoría de los habitantes de este país e impulsaron la unión de sus habitantes sin distinciones. Pero esta imagen de fraternidad, como la que regala la familia, en esta ciudad, tierra tradicional de los descendientes de los primeros conquistadores holandeses e ingleses, todavía escasea.

Los cambios se evidencian en las nuevas generaciones, en las aulas del colegio que juntan a chicos de las dos razas y que comienzan una vida en común.

Sintonizar la ciudad en blanco y negro es el primer instinto del recién llegado, pero a El Cabo hay que mirarlo a todo color, con sus matices. En la punta sudoeste del continente africano la capital legislativa de Sudáfrica (las otras son Pretoria -administrativa- y Bloemfontein -judicial-) se levanta contenida por el cordón de la montaña Mesa, de cumbre plana y rodeada por el gris plomizo del océano Atlántico que baña las playas.

Algunos sabores exóticos, ecos de marimbas que se cuelan desde la radio o de un bar y una copa de un buen tinto acompañan las andadas por la ciudad, la más visitada del país.

También resaltan los estilos británico y holandés, que dejaron su sello en la arquitectura y en la forma de vida de los afrikaans, la elite descendiente de los conquistadores. Para recorrer el centro hay que armarse de paciencia. Llegan casi un millón de autos por día desde los alrededores y lo convierten en un callejón sin salida.

Movilizarse es bastante complicado. No hay ómnibus con servicios regulares ni subterráneos. Las opciones se restringen a los taxis y a algunas combis poco recomendadas por su informalidad.

Como si se acabara el hechizo, a las 5 de la tarde se termina la vida de la ciudad. Todos los negocios bajan las persianas y la gente va en busca de su hogar, en los barrios alejados del centro. Después de esa hora, nadie camina por las calles céntricas.

Frente al mar

El refugio para los trasnochadores, además de algunas discos los fines de semana, es el Victoria & Alfred Waterfront, que se inauguró sobre la ribera atlántica hace 12 años. El barrio, de moda para los turistas, tiene un aire a Puerto Madero. Se reciclaron los antiguos galpones del puerto, inaugurado en 1860 por la reina Victoria y el príncipe Alfred, y se construyó un centro recreativo y comercial. La arquitectura se recicló manteniendo las características de la época victoriana.

Paseos de compras, un mercado de artesanías, un acuario, hoteles de lujo y gran variedad de restaurantes lo convierten en la salida obligada de las tardes y noches. Entre las dársenas y los muelles, los cines y las tiendas hay senderos para caminar, sacar fotos y dar un paseo en barco. Una de las características que le dan más vida a este lugar es que el puerto está en plena actividad. Por las mañanas, los pescadores se mezclan con los ferries turísticos que hacen recorridos por la costa o van hasta la isla Robben, la prisión donde estuvo Nelson Mandela.

Siguiendo la guía de la costa, hacia el cabo de Buena Esperanza, en el Sur, comienza una costanera amplia, rodeada de árboles y de mucho verde.

Se suceden primero barrios coquetos de casas bajas, jardines arbolados y ventanas que miran al mar; son los barrios residenciales de Sea Point, Clifton y Camps Bay. Después, pueblos aferrados a las laderas de las montañas y por último la punta del cabo.

Desde Ciudad del Cabo, el camino se presenta zigzagueante y arbolado; conduce hasta la bahía Hout, punto de partida de excursiones de 40 minutos hasta una isla habitada por lobos marinos. En realidad es una gran roca, en medio del mar, superpoblada de focas, que practican zambullidas y saltos todo el tiempo. Más adelante, la parada debe hacerse en Simon's Town, otro pueblo de casas frente al mar, mucha tranquilidad y, como no podía ser de otro modo, un puerto. Sin perder de vista el mar se llega a la reserva natural del cabo de Buena Esperanza. El paisaje atesora la vegetación autóctona de El Cabo, fynbos, que no supera el metro de alto. Es el reino floral más variado y más chico del mundo, que sólo se encuentra en esta región y ocupa el 0,4 por ciento de la superficie de la Tierra. Es como una alfombra colorida y muy tupida que concentra alrededor de 2250 especies diferentes. Entre los arbustos se esconden springboks, impalas y otros antílopes de cuernos largos y andar gracioso.

Bien en la punta del cabo, un faro anuncia el final del continente y otorga, desde un acantilado, una vista panorámica del mar. Un viento feroz intimida y el rugir del mar se hace sentir. La corriente cálida de Mozambique, que viene desde el Indico, se encuentra con la fría de la Antártida, que trae las aguas del Atlántico. Muy cerca se produce la unión de los dos océanos. Las aguas se mezclan y los mundos se unen. Algo similar a lo que ocurre en Ciudad del Cabo entre blancos y negros, que intentan una fusión armónica.

El apartheid, entre rejas

CIUDAD DEL CABO.- Visitar una cárcel, aunque esté convertida en museo, es una experiencia bastante escalofriante. Encierro, poca luz y mucho hierro generan una atmósfera poco amigable. Pero entrar en la prisión de la isla Robben, en la entrada de la bahía de la Mesa y a 14 kilómetros del centro de esta ciudad, provoca indignación. Los reclusos, que pasaron parte de su vida tras las rejas, cometieron el delito de tener la piel de otro color.

Fue la prisión de máxima seguridad que albergó a los presos políticos que luchaban por la liberación de la gente negra en la época del apartheid. Por la cárcel, construida en 1959 por el gobierno separatista, pasaron más de 3000 condenados por querer ser libres. Con la llegada de la democracia se clausuró.

Paradójicamente, la prisión es uno de los símbolos de la liberación del pueblo sudafricano. Nelson Mandela, ex presidente del país, y uno de los líderes del movimiento por la liberación pasó más de 25 años defendiendo sus creencias.

Las palabras de Ahmed Kathrada, otro de los líderes contra el apartheid, resumen lo que representa la prisión para la sociedad: "Como nunca vamos a olvidarnos la brutalidad del apartheid, no queremos que la isla Robben sea un monumento de nuestra privación y sufrimiento. Deseamos que sea un monumento que refleje el triunfo del espíritu humano en contra de las fuerzas del mal. El triunfo del no racismo sobre la intolerancia. El triunfo de una nueva Sudáfrica sobre la antigua".

Vivencias a la sombra

Las puertas para recibir turistas se abrieron en 1997, cuando se convirtió en museo nacional. El año último fue declarado patrimonio mundial por la Unesco. Es uno de los paseos turísticos más nuevos que ofrece Ciudad del Cabo.

La bienvenida la da un ex preso político, que pasó varios años entre esas paredes y ahora quiere contarle al mundo la pelea que afrontó por la liberación. No le molesta ir cada día al mismo lugar, en donde padeció tanto sufrimiento, porque sabe que revivir la historia es bueno para que nunca se vuelva a repetir. Trabaja junto con otros tres ex presidiarios y son los encargados de las visitas guiadas.

El guía conduce a los visitantes por las áreas de la prisión y en cada una recuerda las actividades que allí se realizaban. Las celdas y los patios se mantienen como cuando la cárcel estaba en funcionamiento. Lo que más impresiona de su testimonio es la violencia psicológica de la que fueron objeto. La comunicación con el mundo y las visitas estaban prácticamente prohibidas. Entre esas paredes, Mandela comenzó a escribir, en 1974, el libro que recrea su vida y su lucha por el fin del apartheid: Un largo camino a la libertad.

Mesa gigante

La montaña Mesa es uno de los sitios distintivos de la ciudad. Sirvió de brújula a los primeros marineros que llegaron a El Cabo y, ahora, es el norte que todos los turistas quieren alcanzar.

Desde sus 1085 metros, domina todas las vistas hacia el mar. Tiene la particularidad de tener la cima chata, con forma de mesa. La base es de granito y la parte superior de roca calisa y arenisca.

La cumbre se alcanza a través de un cable carril circular. Se entra en una especie de nave espacial que pende de hilos.

Cuando comienza el ascenso, la plataforma empieza a girar. Parado en un mismo lugar, se aprecia toda la bahía de la Mesa y también la roca gris de la montaña desde muy cerquita. El sistema de rotación funciona desde 1997.

Una ruta de buena cepa

Caminos entre valles y montañas conducen a bodegas centenarias que muestran el arte del vino

CIUDAD DEL CABO.- Si hay algo que nunca les falta a los habitantes de la región de El Cabo es un buen vino en la mesa. La bebida es parte de sus costumbres, de sus vidas, de la historia. El establecimiento de la colonia holandesa en la zona estuvo relacionado con la elaboración del vino, hace más de 300 años.

Desde Ciudad del Cabo hacia el Este y el Norte, entre valles fértiles y montañas, comienza la tierra del vino, reconocida internacionalmente.

Constantia, Stellenbosch y Franschhoek son algunos de los pueblos que dedicaron sus días a cultivar la tierra con la vid y que ahora cosechan una producción de prestigio. Aunque desde hace años ya tienen sus clientes selectos. Napoleón, por ejemplo, en sus años de exilio, sólo quería en su mesa el vino elaborado en Constantia.

El arte del buen vino llegó a estas tierras de la mano de los hugonotes. Estos franceses, que seguían las reformas calvinistas, huyeron de su país rumbo a Holanda escapando de la persecución a la que eran sometidos. Desde allí, en 1688, fueron enviados hacia el sur de Africa para poblar la nueva colonia y trabajar la tierra.

La ruta del vino, como se denomina a los caminos que se internan entre las plantaciones y unen los diferentes poblados, conduce hasta el corazón del proceso vitivinícola.

Una vez que el centro de la ciudad queda atrás, la vida agitada da paso a grandes extensiones cuidadosamente cultivadas. El camino es para recorrerlo en forma lenta, para desandar los 300 años de historia de las casas y los viñedos y apreciar el apacible paisaje.

El otoño tomó prestada la paleta de algún pintor y tiñó, con buen gusto, la vegetación. Los verdes ahora se mezclan con rojos, terracotas, ocres y amarillos. Durante el trayecto se pueden visitar las bodegas que muestran el proceso de elaboración del vino e invitan a degustar sus sabores. La mayoría está abierta a los turistas.

Salida de picnic

Entre copa y copa, el viñedo Spier, cerca de Stellenbosch, recibe a los visitantes de una manera muy particular. Les da una canasta para hacer un picnic. En un parque arbolado, rodeado de un lago, hay mesas para sentarse a almorzar. Por la comida no hay que preocuparse; en la proveduría preparan delicias caseras muy tentadoras.

Aquí, como en las otras bodegas, la arquitectura de la casa principal se mantiene intacta, fiel a las primeras construcciones de la zona. Casonas blancas, con galerías y techos marrones responden al estilo holandés de El Cabo.

Conservan los muebles de aquella época y se alquilan para fiestas privadas. Siguiendo camino, la próxima parada habrá que hacerla en Stellenbosch, uno de los pueblos más antiguos de la región. Es chico, de calles angostas y con muchos robles, casas del siglo XVIII y bares con mesas en la vereda.

Más al Este, por un camino de subidas y bajadas, espera otro pequeño pueblo, Franschhoek. Es el rincón más afrancesado del país, especial para la comida y, por supuesto, para un brindis con el mejor vino.

Fuente La Nación, junio 2000

 

Datos útiles

Aéreo
El pasaje de ida y vuelta hasta Ciudad del Cabo, por South African Airways. cuesta 684 dólares, más tasas e impuestos.

Alojamiento
Una habitación doble, con desayuno, en un hotel tres estrellas cuesta 50 dólares; 100 en uno de cuatro y 250, en uno de cinco. Es recomendable alojarse en el waterfront.

Paseos
Montaña mesa. El ascenso y descenso en el cable carril cuesta 7 dólares los adultos y 4, los menores. El primer ascenso es a las 8.30 y el último es las 17.

Isla Robben. Traslado en ferry y tour por la isla y la cárcel, adultos 14 dólares; menores 7. Hace un tour por hora desde las 9 y hasta las 16. La excursión dura dos horas y media.

La Isla de las Focas. Paseo en catamarán para ver los lobos marinos, 5 dólares.

Más información

Embajada de Sudáfrica. Marcelo T. de Alvear 590. Piso 8 (4317-2900). Atención de lunes a jueves de 8.30 a 12 de 13.30 a 17; viernes, de 8.30 a 14. 

 

Copyright© 2000 - 2004 ALL RIGHTS RESERVED TO MPEREYRAROBLES® - webmaster -

1