| DURBAN, Sudáfrica Take
me a picture (tómeme una foto), exigía un hombre repetidas veces, mientras
acomodaba su llamativo vestuario delante de la cámara fotográfica. Era
alto, de tez muy oscura casi sin brillo, de rasgos duros, nariz pequeña
y mirada acribillante. Sonreía, sabiéndose exótico ante nuestros ojos,
y volvía a posar sobre la calle costera Golden Mile, donde el tránsito
circula de forma inversa, como en el Reino Unido, pero de cara al Indico.
El
hombre de la mirada de acero sujetaba con ambas manos los brazos de
un frágil carro de mimbre en el que pasea a los turistas, a la rastra,
mediante una caminata ligera, descalzo sobre el cemento caliente. Sobre
la silla reposaba un descomunal sombrero, pesado, realizado con alambres,
plumas, espejos y grandes cuernos que apuntaban hacia adelante cuando
salía a la carga con los pasajeros. Sit,
sit (siéntese), continuó pidiendo en un inglés tosco, pero oportuno.
Pertenecía a la comunidad zulú, y su idioma resultaba aún más extraño
que la falda con flecos y rodilleras de paja que alcanzaban a cubrirle
los tobillos. Dejando a un lado la desconfianza de recién llegados,
le tomamos unas cuantas fotos que, como era de suponer, tuvieron su
costo: las pagamos en rands, moneda local, aunque sus exigencias no
fueron elevadas. En cuanto obtuvo el dinero, prosiguió su captura de
fotógrafos furtivos y de doncellas con ansias de dar un paseo. En
Golden Mile, la modernidad se conjuga caprichosamente con la cultura
africana. La playa está bordeada por un parque de diversiones vertiginoso
y piscinas con toboganes. En la avenida asfaltada, por un lado están
los puestos de artesanía zulú en los que se exhiben singulares tallas
de madera, y enfrente, un cordón de hoteles, algunos de ellos de cadenas
norteamericanas como Holiday Inn, con restaurantes de comida internacional
a la calle. A Durban llegan turistas de todo el mundo, principalmente europeos y asiáticos, en busca de arte para coleccionar, restaurantes indios, playas, actividades náuticas, pesca y la posibilidad de adentrarse en las comunidades zulúes, en busca de tesoros culturales, colores y danza tribal. Lo cierto es que una ciudad tan cosmopolita como Durban dispone de muy buena hotelería y restaurantes como para que nadie extrañe su casa. El arte brilla en Golden Mile El
sol respladece sobre la línea del horizonte, interrumpida por una flota
de barcos pesqueros. El muelle se ilumina y un grupo de jóvenes recostados
sobre tablas de surf espera las frías olas de la mañana. La intensa
luz se filtra dentro de las habitaciones de los blancos edificios que
pueblan Golden Mile, y una brisa fresca del mar da aliento a las mujeres
zulúes mientras acomodan, pieza por pieza, las artesanías sobre unos
lienzos, como todos los días. Sobre un colchón improvisado acomodan
sus cuerpos, escondiendo los pies descalzos en vestidos que acabaron
por desteñirse, e inician su rutina. Por largas horas hilan collares
interminables, tejen manteles al crochet y atienden el puesto con una
dulzura poblada de sonrisas. No hablan inglés, pero entienden lo suficiente
como para poder vender. Admiradas
por los coleccionistas, las maderas talladas revelan la naturaleza de
los nativos, y son tan oscuras como su propia piel. Tallan elefantes,
rinocerontes y jirafas de todos los tamaños, cuidando hasta los mínimos
detalles como sus rugosidades, formas y hasta captan la ternura de sus
ojos. Las figuras zulúes también dan vida a Golden Mile, las mujeres
están representadas con cuerpos espigados, vasijas en alto y peinados
trabajados. Aunque en realidad ellas tienden a ser robustas y se cortan
el pelo a ras de la cabeza. Los hombres aparecen vestidos de guerreros,
con falda y escudo de cuero, arcos y flechas. Los rostros repiten frentes
descubiertas, miradas profundas, labios carnosos, y una nariz pequeña
y chata. No
obstante, las máscaras son las más llamativas, especialmente las de
madera oscura. Muchas tienen expresiones fuertes, hasta impresionan,
como si tuviesen algo satánico y a la vez venerable. Golden
Mile puede ser un paseo muy provechoso, ya que además de deleitarse
con las artesanías, es posible comprarlas con muy poco dinero. Con 50
dólares, puede tener 10 buenas piezas, y de las auténticas, pero cuidado,
pesan mucho. Maybi, que es zulú como todas las mujeres que están en los puestos, vende objetos que talla su padre en Zululand, al nordeste de la provincia KwaZulu-Natal, patria tradicional de los zulúes. Mientras arma con extrema paciencia un collar de mostacillas casi invisibles, cuenta que cada vez que termina la mercadería debe retornar al pueblo por más. Maybi lleva un pañuelo rojo en la cabeza y un vestido blanco holgado sobre su cuerpo regordete. Aunque trabaje desde muy temprano por la mañana hasta pasado el anochecer, sonríe como si éste fuese su único gesto. De la misma forma atiende a quienes curiosean su puesto, y sin inconvenientes les permite tocar las tallas y compararlas todo el tiempo necesario. Maybi añora el verano, porque es la temporada fuerte de turistas, pero igualmente en otoño dice que vende lo suficiente como para vivir bien. Su pulsera de bolitas comienza a tomar forma, combinando los colores de la bandera africana simétricamente, casi sin mirar, y en un tono suave, como si acariciara cada palabra, habla con sus compañeras, todas abocadas a tareas similares. Todavía falta mucho para que emprenda viaje a Zululand, las mantas están cargadas de artesanías. La
pequeña India Como
en Golden Mile, todo se confunde, las ropas tradicionales indias de
los vendedores con los juegos electrónicos de luchadores japoneses que
dividen los locales. El techo bajo y algunas pocas puertas encierran
la oscuridad y un murmullo constante. Los
indios se caracterizan no tanto por su tez aceitunada, sino por los
párpados que parecen pintados de negro y las narices pronunciadas. Con
buenos modales, en el mercado invitan a probar lo mejor de sus especias,
desde suaves hasta ultrapicantes. Un hombre que no lograba identificar
mi origen, me acercaba un pesado cucharón de bronce colmado de pimienta
al limón donde debía pellizcar. Una pizca bastaba para saborearlo. Había
variedad de pimienta, ají en polvo, ajo masala, jengibre y algunos de
los que desconocía hasta el nombre, como peri-peri en polvo, tumeric,
brayami masala, entre una variedad increíble. En potes etiquetados,
los colores de los condimentos variaban desde amarillos, pasando por
mostazas y anarajados hasta rojos furiosos. Bajo el mismo techo, también se vendían artesanías zulúes que alcanzaban hasta los dos metros de alto, pieles de felinos colgadas en las paredes, joyas, ropa y muchas curiosidades. En los alrededores, venden naranjas, manzanas, bananas o choclos calientes. La
noche en el Indico A
lo largo de la costa hay bares, muy buenos restaurantes, y todas las
semanas se organizan fiestas en la playa. Arman una carpa gigante sobre
la arena, tocan bandas en vivo y se toma mucha cerveza Castle, liviana
y sudafricana. En la playa, las luces son tan intensas que una buena
franja del mar resplandece. Cada
hotel tiene un restaurante a la calle, con especialidades que los diferencian.
Con poco se come muy bien, con vinos de buena cosecha sudafricana y
postres exquisitos. Uno de los restaurantes del Crowne Plaza, de la
cadena Holiday Inn, Jewel of India, sirve comida de este origen en un
ambiente suntuoso, cuyos decorados y ornamentos tapizan hasta el cielo
raso, en colorados, turquesas y dorados, con arabescos que alcanzan
la máxima expresión del lujo indio. Los mozos, vestidos con chalecos
bordados, pantalones bombilla y túnicas, convierten el menú en una ceremonia
especial. Los platos son los de un banquete: panecillos horneados con
un poco de aceite, sopa de lenteja picante, pollo, cerdo, y aderezos,
todo picante, lo que no impide seguir comiendo. Aparte de Golden Mile, hay un News Café. Sirven tragos, sándwiches y panqueques. La alegría es hasta las 24. El este exótico Los
indios se instalaron en Durban tardíamente, pero su contribución cultural
y económica fue muy importante. En 1860, comenzaron a trabajar en las
plantaciones de caña y se adaptaron muy bien a las nuevas condiciones
de vida. Muchos
de ellos no volvieron a su tierra natal y más tarde se desempeñaron
como comerciantes, hombres de negocios y líderes religiosos. Actualmente,
KwaZulu-Natal posee la mayor comunidad hindú fuera de la India. De
la mano de la actividad comercial, la cultura fue ganando espacio. Templos
y mezquitas, bazares colmados de especias, incienso, ropas bordadas
y alhajas exóticas caracterizan parte de su misticismo. Sus comidas han hecho de Durban un paso obligado. La pimienta es muy popular, tanto que se sirve en todos los restaurantes, desde sitios de primer nivel hasta locales suburbanos. La
herencia colonial DURBAN Además:
Una constelación que mira a la selva Aéreo
South
African Airways ofrece los pasajes Buenos Aires/ Johannesburgo/Durban/Ciudad
del Cabo/Buenos Aires por 1119 dólares en temporada baja (del 22 de
febrero al 30 de junio y del 1º de agosto al 15 de diciembre) y 1319
en temporada alta (del 1º al 31 de julio y del 16 de diciembre al 21
de febrero). Hay dos vuelos semanales, que parten jueves y domingos.
Tiempo
de vuelo: 7 horas a Ciudad del Cabo y 9 a Johannesburgo. Transporte
terrestre La
mejor forma de movilizarse tanto en Durban como en Ciudad del Cabo es
en taxi. Las
tarifas están reguladas por un reloj y son muy económicas. Desde
el aeropuerto en Durban hay un servicio de ónmibus, que lo lleva por
4 dólares hasta el complejo hotelero de Golden Mile. También se puede
solicitar desde el hotel. Una
constelación que mira a la selva DURBAN,
Sudáfrica.- En esta ciudad la oferta hotelera es amplia y para todos
los presupuestos. Las cadenas Holiday Inn y Southern Sun tienen varios
establecimientos, de habitaciones confortables, buenos restaurantes
y servicios. Cinco
estrellas Royal
Hotel Por
décadas, el hotel fue elegido como sede de los más importantes encuentros
y reuniones sociales. Actualmente es comparable con los mejores del
mundo. Fue reconocido cinco veces como el mejor hotel de ciudad de Sudáfrica.
Está
ubicado a 20 minutos del aeropuerto, dispone de lujosas habitaciones
completamente equipadas, restaurantes, bares, piscinas, gimnasio, canchas
de tenis y golf, y estacionamiento propio. Habitación
doble: 280 dólares. Karos
Edward Hotel Este
distinguido hotel de Golden Mile fue remozado hace muy poco tiempo.
Sus 90 habitaciones, decoradas en un estilo inglés muy señorial, tienen
increíbles vistas al océano Indico, además de todos las comodidades
necesarias -teléfono, televisión, aire acondicionado, bañera, etcétera-.
Tanto
para el viajero de negocios como para quienes van por placer, los servicios
han sido pensados para disfrutar de una gastronomía exclusiva y memorable.
Dispone
de restaurantes, bares, piscinas, estacionamiento y múltiples facilidades
para que sus huéspedes descansen. Habitación doble: desde 100 hasta 300 dólares Cuatro
estrellas Holiday
Inn Crowne Plaza Frente
a las playas del norte de Durban, posee 456 habitaciones con amplias
comodidades, vista al mar, televisión, teléfono, aire acondicionado
y bañera. Son
tres sus restaurantes. El primero se especializa en comida japonesa;
el segundo, en comida india, y el último, dedicado a la gastronomía
internacional; además, tiene bares muy concurridos y salones de conferencias
de primer nivel. Completan
sus instalaciones piscinas, canchas de tenis y de golf, y estacionamiento.
Habitación
doble: desde 60 hasta 80 dólares, con desayuno incluido. Tres
estrellas Seaboard
Protea Hotel En
Golden Mile, en la esquina de Point Road y West Street, y a cinco minutos
del shopping center, este establecimiento ofrece departamentos ideales
para familias, con cocina equipada, aire acondicionado, televisor con
cable y radio; como también habitaciones ejecutivas. Todas
las habitaciones tienen vista al mar y acceso a la pileta de natación
del último piso. Adyacente a la recepción, el restaurante Melody sirve
comida continental. Dispone de facilidades para conferencias. Departamento:
desde 65 dólares. Habitación
doble: 40 dólares. Holiday
Inn Marine Parade Se
sitúa en Golden Mile, frente al parque de diversiones y las piscinas
públicas. Tiene casi 30 pisos y magníficas vistas de la ciudad y de
la costa. Sus 346 habitaciones están alfombradas, tienen teléfono, aire
acondicionado, televisor, un catálogo de videos, cafetera y cofre de
seguridad. Por
la mañana, uno de sus restaurantes sirve desayuno buffet con café, leche,
frutas, cereales, huevos y panceta. Al mediodía y por la noche, otro
restaurante se encarga de servir platos internacionales, frutos de mar
y hasta hamburguesas. Se
suma una piscina, cancha de tenis, agencia de viajes entre una amplia
nómina de servicios. Habitación doble: 50 a 65 dólares, con desayuno. La
aldea zulú, con aire global Ecabazini, situada en la provincia de KwaZulu-Natal, es una aproximación meramente turística al real mundo de los nativos DURBAN,
Sudáfrica.- Un viaje por el interior de la provincia KwaZulu-Natal depara
un encuentro con la naturaleza y las típicas costumbres de los nativos.
Parecería que la aldea zulú Ecabazini, escondida en un valle rodeado
de cañaverales, estuviese resguardada de todo cambio hacia la modernidad.
De frente a la bahía Albert Falls, las chozas están rodeadas por un
muro de ramas y troncos, y por dentro el pasto se ve tan corto y parejo
como si una máquina podadora pasara cada mañana. Había
cuatro grandes chozas, muy similares a colmenas; en el medio un grupo
de vacas apiñadas, y en hilera sus habitantes nos recibieron cantando,
ataviados con ropas de vivos colores, sombreros, pieles y tobilleras
de caracoles que sonaban a cada paso. Al comienzo no sabíamos cómo saludarlos,
si sonreír, inclinar la cabeza, mostrar la palma de la mano, decir hola
en inglés o qué... pero la sonrisa fue el mejor código amistoso. Luego
se oyeron gritos parecidos al relinchar de un caballo. Increíblemente,
eran tres mujeres que festejaban nuestra visita mientras se paseaban
por el parque apoyándose sobre un paraguas de madera. De
inmediato, un hombre blanco vestido de guerrero zulú, llamado Dave,
se presentó ante el grupo de invitados advirtiendo que en realidad su
gente no vivía allí, que Ecabazini es una auténtica aldea zulú, exclusiva
para los turistas, pensada para que se puedan experimentar sus costumbres
y hasta pasar la noche sin perturbar la privacidad de sus hogares. Mientras
que el misterioso guía mostraba la calidad de las chozas, resistentes
a las tormentas y los fuertes vientos, con capacidad para conservar
la calidez de todo hogar, los jóvenes zulúes habían prendido fuego para
hacer un asado. Nos
acomodaron en la colmena principal y, en ronda, esperamos el almuerzo
sentados a lo indio sobre unas esterillas. Pronto pasó de mano en mano
una vasija de madera, de boca pequeña, que contenía vino frutado. La
idea era beber directamente del jarro como en una especie de comunión.
La carne, que era vacuna, llegó en bandejas largas y Dave se encargó
de cortarla en pedacitos y servir los condimentos. A falta de cubiertos,
comimos con las manos, previamente enjuagadas en una tina de agua. Luego
se escuchó un ruido a cacerolas y el vapor de la comida invadió la choza.
Era el segundo menú, a cargo de las mujeres, que se componía de puré
de papas, zapallo, una pasta de porotos, presas de pollo y una papa
muy blanca, consistente y dulce. Los anfitriones estaban atentos a nuestras necesidades y nos miraban la ropa con curiosidad, como si fuesen exóticas o tuviesen algo especial. Tanto que una mujer zulú mostraba con orgullo entre sus collares típicos una remera con la inscripción Texas en letras amarillas. Es difícil establecer un contacto con ellos fuera de lo visual, ya que no hablan inglés y se mantienen distantes. Los chicos, en cambio, ya acostumbrados a los turistas juegan cerca de sus madres sin advertir la presencia de extraños. Las miradas se cruzaban tímidamente, excepto la de un fotógrafo confiado, que buscaba su mejor toma. Mientras tanto, un niño de unos 7 años, de ojos tiernos y lleno de collares, que llevaba a su hermanito apoyado sobre su cadera, registraba todo el movimiento en silencio, sin perder detalle y sonreía sólo a quienes le resultaban agradables. La
herencia cultural Como broche final de la visita, un tambor comenzó a sonar con firmeza y voces femeninas se quebraron anunciando una vibrante danza tribal. Las mujeres levantaban una pierna hacia lo alto para clavarla luego al piso, descalzas. Las faldas negras, por su material, se inflaban y le daban mayor gracia a sus movimientos. No son mujeres delgadas, sino macizas, fuertes y enérgicas. El tambor cambió de manos por un instante y un joven comenzó a bailar sacudiéndose salvajemente, torciendo su cuerpo como si invocara a su dios en cada movimiento El reino zulú Por
su diversidad de influencias culturales, KwaZulu-Natal se considera
como la provincia sudafricana más heterogénea. Africanos, asiáticos
y europeos, con creencias, identidades y estilos de vida completamente
diferentes, comparten sus tierras. Inevitablemente,
durante los últimos dos siglos hubo conflictos y luchas encarnizadas;
pero con la llegada de la democracia, en 1994, comenzaron a tolerarse
y colaborar entre sí. Se estima que los nativos viven desde hace 10
mil años en KwaZulu Natal. Una fuerte evidencia sugiere que el hombre
moderno, homo sapiens, se ha originado en el sur de Africa y numerosos
sitios arqueológicos muestran señales de su ocupación desde hace 150
mil años. El hombre de la Edad de Hierro temprana vivió en KwaZulu muy
poco tiempo después del nacimiento de Cristo. El
rey Shaka fue el fundador de la comunidad zulú, e integró a clanes y
tribus en una nación mediante las conquistas militares y la diplomacia
a principios del siglo XIX. Gobernó las tierras entre la actual Mozambique
y hasta Colonia del Cabo, en el Sur. Sus sucesores, los reyes Dingane,
Mpande y Cetshwayo, construyeron un reino que dejó su huella en Africa
y en el mundo. Los zulúes lucharon contra los bóers, de extracción francesa
y holandesa, y el hijo de Mpande, Cetshwayo, tuvo que enfrentar a los
británicos cuando éstos quisieron ampliar su dominio. El 22 de enero
de 1879 los guerreros zulúes liquidaron a un ejército de 1200 hombres,
pero el 4 de julio de ese mismo año los ingleses los derrotaron en la
batalla de Ulundi. De esta manera, la contienda acabó con el reinado
y la independencia zulú. Pronto Zululand fue anexada por los ingleses
y convertida en parte de la colonia de Natal. En 1994, cuando por primera
vez votaron todas las razas, la provincia de KwaZulu y Natal fueron
integradas. Hoy, los zulúes constituyen un importante grupo en la provincia. Tradicionalmente, pastorean ganado vacuno y en las zonas rurales remotas conservan ese estilo de vida. Son famosos por la vibrante danza de los jóvenes guerreros, y las mayores fiestas son celebradas con elaborados y coloridos rituales. Las religiones tradicionales todavía se practican, al igual que su medicina; y los profetas, conocidos como ságomas, juegan un rol cultural y religioso trascendental Fuente La Nación, agosto 1998 |
| Datos útiles Excursiones
Una
visita a las montañas Drakensberg toma un día entero. Son las más
altas de Africa, y se pueden contratar excursiones en 4x4 y realizar
turismo aventura. Visitar
las comunidades zulúes puede ser el motivo principal del viaje. Aunque
sean de carácter turístico, permiten apreciar su herencia cultural
a través de las vestimentas, los cantos, las danzas y la gastronomía.
Es posible pasar la noche en sus auténticas chozas, con las comodidades
de un hotel. Los baños tienen agua caliente y son impecables. También,
a menos de 100 km de Durban, es posible realizar un safari fotográfico.
En la reserva Game Valley, a corta distancia del pueblo Pietermaritzburg,
hay jirafas, rinocerontes, búfalos, antílopes, cebras y más de 370
especies de pájaros conviviendo armoniosamente. Puentes de madera
que cruzan rápidos, cascadas y suaves colinas arboladas enmarcan un
escenario salvaje y fascinante. Para ir de visita hay que hacer reservas
anticipadas, dado que se celebran recepciones y casamientos. Tienen
instalaciones para almorzar o tomar el té. En Game Valley también
es posible alojarse en sus confortables cabañas, equipadas con teléfono,
minibar y televisión. Cuentan con canchas de tenis y una piscina.
Un aviso asegura que están libres de malaria. Otro paseo imperdible
es el del Victoria St. Market, más conocido como el mercado indio.
Venden tallas de madera zulúes, especias, joyas e incienso. Un
city tour es aconsejable para conocer la historia de la ciudad, el
puerto, los ingenios azucareros y el Jardín Botánico. En
el centro hay museos de arte africano, librerías y comercios. Los
domingos funciona una feria de pulgas. Hamba
Kalhe, una agencia receptiva organiza todas estas excursiones. Tel.:
27-31-3055586. Fax: 27-31-3055576. Clima
KwaZulu-Natal
tiene veranos calurosos e inviernos sumamente agradables. En junio,
la temperatura no baja de los 20º C. No sucede lo mismo en Midlands,
en el interior norteño y en Drakensberg, que es extremadamente frío
en invierno, con nevadas ocasionales. Moneda
Rand.
Un dólar equivale a 4,8 rands. Impuestos
Por
la compra de productos y servicios hay un porcentaje de recargo. Sin
embargo, los turistas que presenten en el aeropuerto facturas de un
monto superior a los 250 rands, pueden reclamar la devolución del
impuesto. Advertencias
La
malaria afecta algunas regiones del norte de la provincia KwaZulu-Natal,
especialmente en la costa de Zululand y Maputaland, en la zona que
limita con Mozambique y Swazilandia. Se aconseja tomar precauciones
si se visitan esas áreas, especialmente cuando hace mucho calor. Visite
a su médico con antelación. Para
mayor información South
African Tourism Board -442 Rigel Av. South.- Erasmusrand 0181 Private
Bag x164 - Pretoria 0001- Tel.: 27 12 347 0600. Fax: 27 12 45 4889.
Tourism
Durban - Tourism Junction - 160 Pine Street, PO Box 1044 , Durban
- Sudáfrica. Tel.: 27- 31- 304-4934. Fax: 27- 31 304-6196. Drakensberg
Tourism Associaton. Tel.:
36-448 1557. Fax: 36-448-1088. |
| Sintonía
en blanco y negro En
Ciudad del Cabo, Sudáfrica, las nuevas generaciones buscan una vida
a todo color CIUDAD
DEL CABO, Sudáfrica.- Alicia y su marido querían tener un bebe y no
podían. Sisipho necesitaba una familia. El matrimonio, hace tres años,
decidió adoptarlo. Esta parece una historia de amor como muchas otras,
pero algo la hace diferente y, en Sudáfrica, casi única. El matrimonio
tiene el pelo del color del sol y los ojos como el cielo, y Sisipho,
la piel mucho más oscura que su mirada café. Apenas
seis años atrás hubiera sido imposible. La democracia y el fin del apartheid
cambiaron la vida de la mayoría de los habitantes de este país e impulsaron
la unión de sus habitantes sin distinciones. Pero esta imagen de fraternidad,
como la que regala la familia, en esta ciudad, tierra tradicional de
los descendientes de los primeros conquistadores holandeses e ingleses,
todavía escasea. Los
cambios se evidencian en las nuevas generaciones, en las aulas del colegio
que juntan a chicos de las dos razas y que comienzan una vida en común.
Sintonizar
la ciudad en blanco y negro es el primer instinto del recién llegado,
pero a El Cabo hay que mirarlo a todo color, con sus matices. En la
punta sudoeste del continente africano la capital legislativa de Sudáfrica
(las otras son Pretoria -administrativa- y Bloemfontein -judicial-)
se levanta contenida por el cordón de la montaña Mesa, de cumbre plana
y rodeada por el gris plomizo del océano Atlántico que baña las playas.
Algunos
sabores exóticos, ecos de marimbas que se cuelan desde la radio o de
un bar y una copa de un buen tinto acompañan las andadas por la ciudad,
la más visitada del país. También
resaltan los estilos británico y holandés, que dejaron su sello en la
arquitectura y en la forma de vida de los afrikaans, la elite descendiente
de los conquistadores. Para recorrer el centro hay que armarse de paciencia.
Llegan casi un millón de autos por día desde los alrededores y lo convierten
en un callejón sin salida. Movilizarse
es bastante complicado. No hay ómnibus con servicios regulares ni subterráneos.
Las opciones se restringen a los taxis y a algunas combis poco recomendadas
por su informalidad. Como
si se acabara el hechizo, a las 5 de la tarde se termina la vida de
la ciudad. Todos los negocios bajan las persianas y la gente va en busca
de su hogar, en los barrios alejados del centro. Después de esa hora,
nadie camina por las calles céntricas. Frente
al mar Paseos
de compras, un mercado de artesanías, un acuario, hoteles de lujo y
gran variedad de restaurantes lo convierten en la salida obligada de
las tardes y noches. Entre las dársenas y los muelles, los cines y las
tiendas hay senderos para caminar, sacar fotos y dar un paseo en barco.
Una de las características que le dan más vida a este lugar es que el
puerto está en plena actividad. Por las mañanas, los pescadores se mezclan
con los ferries turísticos que hacen recorridos por la costa o van hasta
la isla Robben, la prisión donde estuvo Nelson Mandela. Siguiendo
la guía de la costa, hacia el cabo de Buena Esperanza, en el Sur, comienza
una costanera amplia, rodeada de árboles y de mucho verde. Se
suceden primero barrios coquetos de casas bajas, jardines arbolados
y ventanas que miran al mar; son los barrios residenciales de Sea Point,
Clifton y Camps Bay. Después, pueblos aferrados a las laderas de las
montañas y por último la punta del cabo. Desde
Ciudad del Cabo, el camino se presenta zigzagueante y arbolado; conduce
hasta la bahía Hout, punto de partida de excursiones de 40 minutos hasta
una isla habitada por lobos marinos. En realidad es una gran roca, en
medio del mar, superpoblada de focas, que practican zambullidas y saltos
todo el tiempo. Más adelante, la parada debe hacerse en Simon's Town,
otro pueblo de casas frente al mar, mucha tranquilidad y, como no podía
ser de otro modo, un puerto. Sin perder de vista el mar se llega a la
reserva natural del cabo de Buena Esperanza. El paisaje atesora la vegetación
autóctona de El Cabo, fynbos, que no supera el metro de alto. Es el
reino floral más variado y más chico del mundo, que sólo se encuentra
en esta región y ocupa el 0,4 por ciento de la superficie de la Tierra.
Es como una alfombra colorida y muy tupida que concentra alrededor de
2250 especies diferentes. Entre los arbustos se esconden springboks,
impalas y otros antílopes de cuernos largos y andar gracioso. Bien
en la punta del cabo, un faro anuncia el final del continente y otorga,
desde un acantilado, una vista panorámica del mar. Un viento feroz intimida
y el rugir del mar se hace sentir. La corriente cálida de Mozambique,
que viene desde el Indico, se encuentra con la fría de la Antártida,
que trae las aguas del Atlántico. Muy cerca se produce la unión de los
dos océanos. Las aguas se mezclan y los mundos se unen. Algo similar
a lo que ocurre en Ciudad del Cabo entre blancos y negros, que intentan
una fusión armónica. El
apartheid, entre rejas Fue
la prisión de máxima seguridad que albergó a los presos políticos que
luchaban por la liberación de la gente negra en la época del apartheid.
Por la cárcel, construida en 1959 por el gobierno separatista, pasaron
más de 3000 condenados por querer ser libres. Con la llegada de la democracia
se clausuró. Paradójicamente,
la prisión es uno de los símbolos de la liberación del pueblo sudafricano.
Nelson Mandela, ex presidente del país, y uno de los líderes del movimiento
por la liberación pasó más de 25 años defendiendo sus creencias. Las
palabras de Ahmed Kathrada, otro de los líderes contra el apartheid,
resumen lo que representa la prisión para la sociedad: "Como nunca
vamos a olvidarnos la brutalidad del apartheid, no queremos que la isla
Robben sea un monumento de nuestra privación y sufrimiento. Deseamos
que sea un monumento que refleje el triunfo del espíritu humano en contra
de las fuerzas del mal. El triunfo del no racismo sobre la intolerancia.
El triunfo de una nueva Sudáfrica sobre la antigua". Vivencias
a la sombra La
bienvenida la da un ex preso político, que pasó varios años entre esas
paredes y ahora quiere contarle al mundo la pelea que afrontó por la
liberación. No le molesta ir cada día al mismo lugar, en donde padeció
tanto sufrimiento, porque sabe que revivir la historia es bueno para
que nunca se vuelva a repetir. Trabaja junto con otros tres ex presidiarios
y son los encargados de las visitas guiadas. El
guía conduce a los visitantes por las áreas de la prisión y en cada
una recuerda las actividades que allí se realizaban. Las celdas y los
patios se mantienen como cuando la cárcel estaba en funcionamiento.
Lo que más impresiona de su testimonio es la violencia psicológica de
la que fueron objeto. La comunicación con el mundo y las visitas estaban
prácticamente prohibidas. Entre esas paredes, Mandela comenzó a escribir,
en 1974, el libro que recrea su vida y su lucha por el fin del apartheid:
Un largo camino a la libertad. Mesa
gigante Desde
sus 1085 metros, domina todas las vistas hacia el mar. Tiene la particularidad
de tener la cima chata, con forma de mesa. La base es de granito y la
parte superior de roca calisa y arenisca. La
cumbre se alcanza a través de un cable carril circular. Se entra en
una especie de nave espacial que pende de hilos. Cuando comienza el ascenso, la plataforma empieza a girar. Parado en un mismo lugar, se aprecia toda la bahía de la Mesa y también la roca gris de la montaña desde muy cerquita. El sistema de rotación funciona desde 1997. Una
ruta de buena cepa Caminos
entre valles y montañas conducen a bodegas centenarias que muestran
el arte del vino CIUDAD
DEL CABO.- Si hay algo que nunca les falta a los habitantes de la región
de El Cabo es un buen vino en la mesa. La bebida es parte de sus costumbres,
de sus vidas, de la historia. El establecimiento de la colonia holandesa
en la zona estuvo relacionado con la elaboración del vino, hace más
de 300 años. Desde
Ciudad del Cabo hacia el Este y el Norte, entre valles fértiles y montañas,
comienza la tierra del vino, reconocida internacionalmente. Constantia,
Stellenbosch y Franschhoek son algunos de los pueblos que dedicaron
sus días a cultivar la tierra con la vid y que ahora cosechan una producción
de prestigio. Aunque desde hace años ya tienen sus clientes selectos.
Napoleón, por ejemplo, en sus años de exilio, sólo quería en su mesa
el vino elaborado en Constantia. El
arte del buen vino llegó a estas tierras de la mano de los hugonotes.
Estos franceses, que seguían las reformas calvinistas, huyeron de su
país rumbo a Holanda escapando de la persecución a la que eran sometidos.
Desde allí, en 1688, fueron enviados hacia el sur de Africa para poblar
la nueva colonia y trabajar la tierra. La
ruta del vino, como se denomina a los caminos que se internan entre
las plantaciones y unen los diferentes poblados, conduce hasta el corazón
del proceso vitivinícola. Una
vez que el centro de la ciudad queda atrás, la vida agitada da paso
a grandes extensiones cuidadosamente cultivadas. El camino es para recorrerlo
en forma lenta, para desandar los 300 años de historia de las casas
y los viñedos y apreciar el apacible paisaje. El
otoño tomó prestada la paleta de algún pintor y tiñó, con buen gusto,
la vegetación. Los verdes ahora se mezclan con rojos, terracotas, ocres
y amarillos. Durante el trayecto se pueden visitar las bodegas que muestran
el proceso de elaboración del vino e invitan a degustar sus sabores.
La mayoría está abierta a los turistas. Salida
de picnic Aquí,
como en las otras bodegas, la arquitectura de la casa principal se mantiene
intacta, fiel a las primeras construcciones de la zona. Casonas blancas,
con galerías y techos marrones responden al estilo holandés de El Cabo.
Conservan
los muebles de aquella época y se alquilan para fiestas privadas. Siguiendo
camino, la próxima parada habrá que hacerla en Stellenbosch, uno de
los pueblos más antiguos de la región. Es chico, de calles angostas
y con muchos robles, casas del siglo XVIII y bares con mesas en la vereda.
Más
al Este, por un camino de subidas y bajadas, espera otro pequeño pueblo,
Franschhoek. Es el rincón más afrancesado del país, especial para la
comida y, por supuesto, para un brindis con el mejor vino. Fuente La Nación, junio 2000 |
| Datos
útiles Alojamiento Paseos Isla
Robben. Traslado en ferry y tour por la isla y la cárcel, adultos
14 dólares; menores 7. Hace un tour por hora desde las 9 y hasta las
16. La excursión dura dos horas y media. La
Isla de las Focas. Paseo en catamarán para ver los lobos marinos,
5 dólares. Más
información |
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