| Las huellas de las grandes civilizaciones de Europa y Africa están encerradas entre el Jónico, el Tirreno y el Mediterráneo Palermo, Sicilia.- El
viajero que ingrese en Sicilia por el estrecho de Mesina, desde Calabria,
tendrá la oportunidad de realizar un viaje circular si recorre la parte
costera de la isla en automóvil, que en realidad es la mejor manera
de bucear entre las historias de la región. De
esta forma podrá ver los 240 kilómetros que separan a la ciudad de Mesina
de Palermo, deteniéndose en diversos pueblos y ciudades de la costa
norte. Unos
70 kilómetros antes de llegar a la capital siciliana se extiende Cefalú,
población de menos de 15 mil habitantes, en la que vale la pena detenerse.
La Piazza Duomo es uno de los sitios más atractivos de esta ciudad sin
edad, recostada sobre el Tirreno. El
Ayuntamiento, ex sede del Convento de Santa Catarina, y el Palacio Episcopal
rinden culto a la imponencia del Duomo -o catedral del Santísimo Salvador-,
cuya construcción comenzó en el 1131. Poco
antes de llegar a Palermo, es un pecado no parar en las ruinas de la
ciudad de Solunto, en el monte Catalfano, fundada por los fenicios con
el nombre de Kfra y destruida casi por completo en el 397 a. C. por
el dictador de Siracusa, Dionisio el Viejo. Una
isla con tres mares Reconstruida
en el siglo IV, Solunto concentra hoy en un Antiquarium, en la zona
arqueológica, cerámicas, capiteles grecorromanos y otros objetos artísticos
y de uso cotidiano en tiempos remotos. El Teatro, la Cisterna Pública,
el Gimnasio, la via dell' Agora, son los puntos por los que pasará el
viajero antes de llegar a una de las urbes más fascinantes de la Europa
latina: Palermo. Unos
tres días, por lo menos, hacen falta para conocer, sin aspiraciones
de experto, la capital siciliana, de 700.000 habitantes, que une en
su fisonomía todas las culturas y etnias que en una época u otra se
asentaron en la zona. El
viajero que continúe por la autopista llegará en una hora a Trapani
y en ese caso le convendrá iniciar su recorrido en el Santuario de la
Annunziata y el Museo Pépoli. Si
la llegada se produce en julio o agosto, la música medieval y renacentista
estará en su apogeo en diversos puntos de la ciudad, mientras que en
el teatro de Segesta se ofrecen espectáculos clásicos. Toda
esta primera parte del recorrido costero siciliano a vista de pájaro
continúa en Marsala, cuna del célebre vino que en realidad se hizo famoso
en el mundo entero gracias a la iniciativa de los empresarios ingleses
que se establecieron en la zona en el siglo XVIII. Fue aquí donde, en
1860, Giuseppe Garibaldi inició su campaña de conquista de Sicilia.
Mazara del Vallo, puerto sede de la mayor flota pesquera italiana y urbe que renació con la ocupación árabe a partir del 827, es la parada siguiente Más
adelante Sciacca, la de las termas, es un lugar especialmente agradable
para un alto en el camino. Las casitas escalonadas desde la costa hacia
arriba ofrecen al viajero una imagen marítima con rasgos de caos arquitectónico.
En las afueras del poblado, ya rumbo a Agrigento, el Jardín Encantado muestra el arte de Filippo Bentivegna, un artista campesino que murió, en 1967, dejando grandes máscaras esculpidas en las cortezas de los árboles y en las piedras. Segunda
mitad del viaje Las
cenizas de Luigi Pirandello están allí a la sombra de un pino, muy cerca
de la casa en la que vivió el reconocido escritor. El
recorrido sigue hacia Gela, descripta por Virgilio en el libro III de
La Eneida: "Y después, los campos de Gela, y la enorme Gela, llamada
así por el nombre del río...", en la que el viajero seguramente
elegirá detenerse ante la acrópolis griega conocida como Molino a Vento
y Capo Soprano. La
ciudad de Ragusa lleva al visitante hacia dentro de la isla, a un paisaje
de sierras y mesetas en el que sobresalen las construcciones tradicionales
de Sicilia y un ambiente abúlico, especialmente en el verano caluroso
que los pobladores locales combaten en el cercano balneario conocido
como Marina de Ragusa. Ochenta
kilómetros más adelante se levanta Siracusa, fundada en el 724 a. C.
por un grupo de aventureros corintios. "Es pequeña, graciosa, asentada
en las orillas del Golfo, con jardines y paseos que bajan hasta las
olas": la frase de Guy de Maupassant la describe como era a fines
del XIX. Más allá de las lógicas modificaciones producidas por la modernidad,
Siracusa no cambió demasiado desde entonces. El
Teatro Griego, de 138,60 metros de diámetro, es uno de los más grandes
del mundo en su tipo y se conocen historias sobre él desde el siglo
V a. C. Otra de sus grandes atracciones para los visitantes son las
catacumbas de San Giovanni. La autopista lleva hacia Catania, la segunda
ciudad siciliana según la cantidad de habitantes, que roza las cuatrocientos
mil almas. Con
sus teatros, anfiteatros, iglesias, palacios y museos, Catania requiere
por lo menos dos días para que el viajero pueda asegurar al regreso
que conoció esa urbe asomada al mar Jónico. Ya
en plena costa oriental, Taormina es una de las piedras preciosas de
Sicilia en materia turística. El Teatro Antiguo es la atracción por
excelencia de la ciudad. Construido
en la época helenística, entre los años II y III a. C., fue ampliado
y modificado casi trescientos años después por los romanos, que destinaron
su arena a las luchas entre gladiadores. Durante los veranos europeos, el teatro es escenario de espectáculos teatrales y musicales aprovechando su acústica extraordinaria. Comienzo
y final en Mesina Signada
por la desgracia, Mesina fue arrasada por el terremoto del 28 de diciembre
de 1908. La
reconstrucción, sin embargo, se realizó respetando los monumentos históricos
que hoy pueden disfrutar los que la eligen para conocer de cerca los
vestigios de las más antiguas civilizaciones de Europa. No
alcanza, seguramente, una breve descripción de todos los tesoros de
la Sicilia costera para saber hasta qué punto los hombres han guerreado,
han amado, han sufrido y han construido en tantos siglos, como tampoco
será suficiente un solo viaje, salvo que se decida permanecer cuanto
menos treinta días siguiendo el contorno de la isla. Los vuelos de pájaro tienen, sin embargo, la virtud de que es posible volver con cada primavera. Palermo, Sicilia.- Los
sicilianos siempre estuvieron apegados a su tierra y a sus costumbres,
diferentes en cierto modo del resto de Italia. Aun quienes dejaron el
terruño buscando nuevos horizontes llevaron consigo los rasgos mediterráneos
que caracterizan a ese pueblo conservador y tradicionalista. A
principios del siglo XX, las migraciones sicilianas hacia el continente
americano fueron creciendo y se masificaron con el arribo del fascismo.
Entre tantos hombres que partieron a hacer la América se encontraba
Francesco Scorsese, abuelo paterno del conocido director cinematográfico
Martin Scorsese. Nació
en una pequeña ciudad de casi cinco mil habitantes llamada Polizzi Generosa,
a 78 kilómetros de Palermo. Fundada con el nombre de Polizzi, a secas,
durante la Edad Media, alrededor del castillo edificado por mandato
de Roger I en el 1076, la palabra Generosa fue añadida al apelativo
del pueblo por Federico II en 1234, que demostró así su agradecimiento
por el apoyo que los habitantes de la región le dieron durante sus campañas
bélicas en el norte de Italia y en Europa central. La
iglesia de San Salvatore, el ex convento de los Dominicos, la de la
Santísima Trinidad de los Caballeros Teutónicos y la Iglesia Mayor,
donde se exhibe un valioso cuadro de Giuseppe Salerno, son algunos de
los monumentos que guarda esta ciudad tranquila, rodeada de colinas.
En
las calles angostas de Polizzi Generosa tiene su génesis una familia
que actualmente habita una casa de altos en el barrio neoyorquino conocido
como Little Italy: la de los Scorsese. Como
se sabe, entre las tradiciones más celosamente resguardadas por los
sicilianos está la comida. La madre de Scorsese, Catherine, escribió
un libro de cocina básicamente siciliana llamado Italian american, en
el que, entre otras cosas, aclara que las recetas publicadas provienen
de su familia y la composición de las comidas es absolutamente subjetiva,
esto es, que tienen un toque personal que cada quien le da. "Mi
madre nunca usó una receta -dice Catherine-, porque la tradición es
cocinar así. Nunca se usan medidas exactas. Si sale bien, sale bien.
Y si no, lástima." A
pesar de la aclaración, lo cierto es que entre las recetas de la mujer,
que no solamente cocinó para su familia, para quienes trabajaron en
las películas dirigidas por su hijo, sino que también actuó en célebres
producciones de Martin (Buenos muchachos), de Francis Ford Coppola (El
Padrino III), de Brian de Palma (Dos tipos audaces) o John Huston (El
honor de los Prizzi), hay muchas que son fáciles de encontrar en los
restaurantes de toda Sicilia, en las casas de familia y en los pequeños
bodegones del interior de la isla. Los
macarrones de cordero y ternera con salsa clara; la caponatina siciliana,
hecha con berenjenas, aceitunas negras, alcaparras y apio; la pasta
con espinaca y papas; la ternera asada con locatelli; la torta siciliana,
con ricotta, crema, ron, bizcochuelo y ananás triturado, son algunos
de los sabores posibles de hallar a lo largo de cualquier camino de
la región de Ciminna, lugar de donde es originaria la familia de Catherine
Scorsese. Nadie deberá asombrarse si encuentra el gusto árabe mezclado con las pastas, como el cuscús de Trápani. Después de todo, los pueblos que pasaron por aquí se soprendieron al notar que, ingrediente más o menos, toda su cultura culinaria podía ser reeditada con el sabor de los frutos de una isla plena de sol. Caltanissetta, Sicilia.- El
ingreso en el interior de Sicilia es una experiencia distinta de otras
conocidas. A diferencia de las poblaciones costeras, tierra adentro
los turistas no son multitud, salvo en algunos puntos, pero nunca en
la cantidad que se reúne cerca de los mares. Las
tradiciones menos ostentosas y más cotidianas se encuentran aquí, silenciadas
por hombres callados y mujeres que bajan la vista cuando el viajero
las observa, pero miran con sus ojos muy oscuros o muy claros cuando
creen pasar inadvertidas para el forastero. Dónde
iniciar un viaje, siempre en automóvil, por la Sicilia profunda es difícil
de determinar. En este caso, el viajero entró en la isla desde Calabria
y en menos de dos horas estaba en Randazzo. Escuchó
en un bar casi en penumbras, a metros de la estatua del cíclope Piracmone,
las historias sobre el águila que simboliza a los latinos, la serpiente
que representa a los griegos y el león que describe a piamonteses y
lombardos que pasaron por aquí. El dialecto local incluye voces con
origen en esas lenguas. Para
meterse a fondo en el paisaje siciliano, el viajero apuró el auto hacia
Enna, donde, según le habían contado, sobreviven al tiempo las leyendas
más antiguas de esta parte del mundo. La
diosa de la Felicidad, Cibeles, tenía en Enna su templo y la zona fue
descripta con exquisitos detalles por quien escribió la historia de
Proserpina, hija de Cibeles. Imposible resistir la tentación de ascender
a la Torre Octogonal, también llamada de Federico II, desde donde antiguos
astrónomos delimitaron los confines de Sicilia. La
última gran ciudad a la que llegó el viajero en la primera parte de
su viaje por el corazón siciliano fue Caltanissetta, cuyos pobladores
dicen que es un lugar amarillo, por el sol, el trigo y el azufre. Precisamente,
este último fue la fuente de prosperidad de la población a principios
de siglo, cuando un caruso (muchacho) buscaba novia en las mañanas de
domingo tras la misa en la iglesia de Santa Agata. Hoy las minas de
azufre, muchas de ellas cerradas, están siendo acondicionadas para transformarse
en una de las varias atracciones turísticas locales. Fue
al salir de la autopista cuando el viajero encontró lo que buscaba:
esos pueblitos callados, calurosos, antiguos, en los que se conservan
las formas de vida que todos alguna vez creyeron advertir en las películas
filmadas en o sobre Sicilia. Obviamente, al mirar el mapa para decidir qué camino tomar, un nombre saltó a la vista: Corleone. Hacia allí se dirigió el viajero y fue en ese lugar donde metió la pata varias veces. ¿Mafia?
¿Qué es eso? La
primera reacción de un hombre que estaba parado en medio de la Plaza
Garibaldi fue mirar al extranjero como si fuese un marciano que le está
hablando en sánscrito. En una palabra, como si no entendiese lo que
le estaba preguntando. Lo miró de arriba a abajo, dio media vuelta y
se fue en silencio. Persistente, el preguntón trató de iniciar una conversación
con otro hombre que esperaba a alguien apoyado en un camión. El tipo
lo miró con una sonrisa burlona y le dijo: "¿Mafia? ¿Qué es eso?"
Era ridículo contestarle y ponerse a explicarle qué es la mafia a un
hijo de Corleone. Dos
intentos más terminaron peor: los consultados se alejaron mascullando
palabras ininteligibles en dialecto, que no podían ser otra cosa que
buenos recuerdos para toda la familia y varias generaciones de antepasados.
Pero
tras recibir un absoluto silencio por parte del mozo de un restaurante,
un hombre con aire intelectual y compasivo se permitió explicarle: "La
gente está cansada de que los extranjeros que vieron El Padrino lleguen
hasta aquí y la traten como si fueran miembros de una familia inventada
por Mario Puzo, el autor del libro que inspiró la película. Y lo peor
de todo es que muchos vienen creyendo que se encontrarán con los mafiosos
en plena calle y que éstos les firmarán autógrafos", dijo. -Pero
la mafia local, ¿existe o no?-preguntó el viajero. El
hombre, que según contó era profesor de historia en una escuela secundaria,
movió la cabeza haciendo un gesto de afirmación y dijo: "No".
Después empezó a preguntarle al visitante sobre su país y éste se dio
cuenta de que al menos ese tema había terminado. Al concluir su almuerzo,
después de despedirse con un apretón de manos, el profesor lo miró a
los ojos. -Con
respecto a su pregunta, la respuesta es no y la verdad... ¿qué es la
verdad? No más que una interpretación subjetiva de cada uno basada en
lo que cree, en lo que conoce y también en lo desconocido. ¿Está claro?
El viajero se sintió algo incómodo porque el mozo y dos comensales sentados a una mesa cercana habían escuchado el diálogo y lo miraban fijo, compasivamente, como quien mira a un idiota de nacimiento. Optó entonces por continuar su viaje y preguntar lo mismo en otros pueblos en los que por supuesto nadie le respondió. Unos
hablan, otros callan El interior de Sicilia es más auténtico que la costa y las costumbres antiguas permanecen allí inalterables. La mirada del viajero no puede evitar detenerse en cosas sencillas que en semejante entorno adquieren el encanto de una película. Recomendaciones Aéreo Alojamiento Desde
mediados de septiembre en adelante, por ejemplo, la habitación doble
en el cinco estrellas Villa Igea, de Palermo, cuesta el equivalente
a 230 dólares. El Excelsior, de cuatro estrellas, siempre en la capital
siciliana, cobra 120, mientras que el Cristal Palace, de tres estrellas
y en la misma ciudad, ofrece habitaciones a cien dólares. Para
presupuestos más reducidos, el hotel Gardenia, de dos estrellas, ofrece
habitaciones dobles a 45 dólares, mientras el Cavour, de una estrella,
cuesta 32. En todos los casos, se incluye el desayuno. Palermo, Sicilia.- No
se trata de ciencia ficción ni de anticipaciones apocalípticas. Se trata
de Sicilia, una de las islas más bellas de la Tierra. Porque así la
llamó Homero en La Odisea, el lugar donde el mundo termina. Esa fue
la Sicilia que colonizaron todos los poderosos del Mare Nostrum. Los
griegos la hicieron parte de la Magna Grecia, luego llegaron los romanos
y, más tarde, los árabes. Unos siglos después, los normandos y, finalmente,
los franceses y los españoles. Por último, y se puede decir que con
Garibaldi, los sicilianos se hicieron decididamente italianos. Será
por esa yuxtaposición constante de culturas que los habitantes de la
isla no se cansan de provocar sorpresas entre los visitantes desprevenidos,
especialmente en los prejuiciosos, aquellos que se imaginan sólo un
pueblo rústico, como infundadamente se califica a los del sur de Italia,
colmado de fratelli celosos, de amantes trágicos, de hombres rápidos
para la lupara, la escopeta recortada de los violentos de la Cosa Nostra.
Recuerdo
que hace algunos años, sentado a la mesa de una piccola pizzería de
playa, en Taormina, un matrimonio de suecos, un poco insulsos por cierto,
se asombraban ante la existencia de tantos sicilianos de tez y cabellos
rubios. Carlo Cuccio, patrón del local, maestro pizzero y amigo le preguntó
a su cliente alto y nórdico: "¿Pero acaso usted no sabe que los
normandos grandotes, los franceses y, por qué no, miles y miles de españoles
e italianos, que muchos son rubios, aquí dejaron y dejan su impronta?"
Ya volveremos a Taormina y a la pizzería de Carlo Cuccio, pero mientras tanto demos una vuelta por el arte de Palermo, la ciudad más importante de la isla. La
torre de los ingleses En
realidad, en Palermo sobrevivieron tres de estos monumentos. El más
grande es el edificio llamado Ziza, del árabe aziz, que en español significa
espléndido. La de Ziza es una torre triangular con doce torretas, construida
en el siglo XII y reconstruida entre 1972 y 1989 por el arquitecto siciliano
Giuseppe Caronia. Ofrece muestras del denominado arte mameluco, con
expresiones similares a las mezquitas que se ven en la India y a las
viejas construcciones que se encuentran en Granada. Ziza funciona hoy como un museo de aquella época, en el que se puede apreciar el cosmopolitismo de los sicilianos de entonces. Una tumba de piedra, perteneciente a un cristiano, tiene su obvia cruz en el centro y sus inscripciones en latín. Sin embargo, y para que todos puedan identificar los restos de quien ahí descansa en paz, los constructores originales de la pieza funeraria esculpieron los dichos con traducciones al griego, el árabe y el hebreo. Iglesias
y palacios El
Palazzo Normanni, la sede del gobierno regional, es bello y merece ser
visitado, aunque no hace honor a su nombre. Prácticamente no tiene huellas
de la presencia normanda y la cúpula palatina es uno de los grandes
exponentes que tiene Italia sobre el arte iconográfico occidental. A
pocos minutos de viaje desde Palermo se levanta otro de los grandes
monumentos artísticos de la cristiandad: la catedral de Monreale. En el Palazzo Abatelli, una joya de la arquitectura barroca catalana del siglo XV, se encuentran piezas del arte combinado entre influencias árabes y normandas, y allí descansa también uno de los más grandes frescos de Antonello de Messina, El Triunfo de la Muerte. La casa de una de las familias más ricas del Medievo siciliano, el Palazzo de los Chiaramonte, donde hoy funciona una sede universitaria, y el Palazzo Butera, de otro clan noble del pasado, dan clara muestra del cosmopolitismo artístico que se cultivó en la isla italiana. Los antiguos establos de los Butera cobijan actualmente una de las galerías más interesantes de Palermo: se trata de lo que los guías y expertos denominan una muestra de lo que hace siglos fue el primer palacio inteligente. La
Taormina de Carlo Cuccio Se
convirtieron en marido y mujer en una iglesia de Palermo y se mudaron
a Taormina, donde los padres de Ercola tenían una casa en la playa del
Mediterráneo, pequeña y desocupada. En esa casa, Carlo y Ercola abrieron
su pequeña tavola calda, pizzería o ristorantino. Lo bautizaron Chez
Cuccio porque a ambos les gusta chapurrear el francés. Carlo cocina
y Ercola atiende el salón y la terraza, casi sobre la playa. Uno de
los mejores platos de la casa es la sfinciuni, es decir, una pizza a
la siciliana, y todo con el debido perdón de los napolitanos, para quienes
la verdadera pizza es únicamente la que se hace Nápoles. La
pasta de la sfinciuni es como la de cualquier pizza, pero lleva unas
gotas de jugo de limón. Se cocina en un horno muy caliente y se cubre
con una salsa también caliente de tomates frescos, cebollas, filetes
de anchoa, perejil picado, aceite de oliva y quesos parmigiano y pecorino
romano. Casi todos los comensales la acompañaban con un vino tinto tinto
siciliano que se llama Corvo Duca di Salaparutta. Por esas cosas del oficio periodístico y sus viajes, y del gusto de pasar horas en bares y restaurantes, el autor de esta historia conoció y se hizo amigo del matrimonio Cuccio. Un verano europeo, estando en el ristorantino de la siciliana y el calabrés, gastronómicos y periodista decidimos salir muy temprano a pescar. Abordamos la barca al amanecer y regresamos pasado el medio día, cuando el sol resquebrajaba las testas. La tarde fue de cocina marina y pizzas. Ellos enseñando y uno aprendiendo. El rito se repitió durante un par de semanas, las mejores vacaciones que pueda imaginarse todo aquel que disfrute de Sicilia, de su cocina y de su gente. Otros
lugares El
que quiera hospedarse en Taormina tiene varias posibilidades y de diversos
precios. Un hotel de cuatro estrellas muy recomendable es el Monte Tauro,
emplazado en la Via Madonna delle Grazie, a unos 35 kilómetros de Catania
y a 35 de Messina, otros de los puntos muy visitados de Sicilia. Está
abierto todo el año y cuenta con habitaciones de palacio. Tiene todos
los servicios de un cuatro estrellas, más el valor agregado de la cordialidad
siciliana. El que viaje con presupuestos ajustados puede alojarse en el residencial Terra Rossa, ubicado en la Via Bongiovanni 12. Son habitaciones en apart para dos, tres, cuatro o cinco personas. Todas dan a un jardín bien al estilo del Mediterráneo, de esos que se ven en las películas. Datos útiles Clima El invierno no es tan frío como el del Norte, aunque en realidad los meses de abril, mayo, setiembre y octubre son los que mejores condiciones ofrecen al viajero. Visa Más
información Los
mitos populares no son más que algunos datos, con partes de verdad o
no, que alimentan la fantasía general, abonada con la creatividad de
escritores, directores de cine, periodistas, pintores, escultores, juglares,
compositores de canciones, hinchas de fútbol, empleados bancarios y
amas de casa, entre otras ocupaciones. Basta
que algo sea famoso, comentado hasta el hartazgo, abordado de manera
sensacionalista, o bien utilizado con fines que nada tienen que ver
con el asunto en cuestión y persiguen otros fines que permanecen ocultos
para que el boca a boca se transforme en correa de transmisión y las
leyendas crezcan y atraviesen fronteras. Esto
es lo que sucedió con los sicilianos y con la mafia. No son pocas las
personas que vinculan a ese pueblo alegre, pero callado, sentimental
y cultor de la nostalgia, sencillo y a la vez rico en tradiciones milenarias
con las organizaciones criminales conocidas como mafia. Dicen
las voces populares que alimentaron el mito que hace siete siglos, cuando
Sicilia estaba ocupada por los angevinos, al mando de Carlos de Anjou,
hermano de Luis IX, El Santo, rey de Francia, los sicilianos formaron
grupos que luchaban contra el dominio extranjero bajo la consigna Morte
Alla Francia Italia Anela y que de ello quedaron las siglas Mafia. Otra
versión indica que soldados franceses violaron a una joven el día de
su casamiento. La madre, desesperada, salió a la calle gritando "Ma
fia, ma fia" (mi hija, mi hija), y que la rabia generalizada influyó
en gran medida para dar origen a lo que se conoció en la historia como
las vísperas sicilianas, esto es, el levantamiento contra los franceses
durante el cual millares de soldados de ese país fueron masacrados por
la población enfurecida. Ciertas o no, ambas versiones forman parte del mito en cuestión, a pesar de que no fue sólo en Sicilia, sino también en Nápoles con la camorra y en Calabria, con la Onorata Societá, que se desarrolló el concepto de organización mafiosa que hoy confunde a más de un incauto. De hecho, en la misma época en que los sicilianos se rebelaron contra los angevinos, había en Alemania una organización conocida como Vehmgericht, que nada tenía que envidiarle a sus colegas italianos. El
Mussolini shuttle De
hecho, Mussolini reaccionó contra los mafiosos sicilianos porque éstos
habían formado una suerte de poder paralelo que no tenía cabida en la
concepción centralista del Estado fascista. No era la lucha contra la
corrupción, sino la ambición del poder absoluto lo que llevó al dictador
a declararle la guerra al crimen organizado. Según
Joe Dorigo, un estudioso norteamericano del fenómeno de la mafia, "cuando
el Duce visitó Sicilia en 1924, fue públicamente humillado por don Ciccio
Cuccia, el alcalde de Piana dei Greci, llamada actualmente Piana dei
Albanesi, que era además el jefe de la mafia local. Don Ciccio dejó
en claro que eran sus hombres y no los guardaespaldas fascistas de Mussolini
quienes garantizaban su seguridad". En poco tiempo, comenzó una persecución feroz contra los grupos organizados que osaban disputar el poder omnímodo del Duce. "Muchos mafiosos abandonaron sus actividades criminales, otros murieron y entre quinientos y mil de ellos escaparon en el Mussolini Shuttle, ayudados por don Vito Cascio Ferro, que había huido a Nueva York en el 1900, presionado por la policía tras el secuestro extorsivo de una baronesa, que se convirtió en un problema político", afirma Dorigo. Los
hombres de Luciano Todo,
con la conducción de Salvatore Lucania, un siciliano emigrado a los
Estados Unidos, más conocido posteriormente como Lucky Luciano. El hecho
de que Luciano fuera deportado a Italia en 1946, sin terminar de cumplir
su condena, abona la versión ofrecida por Dorigo. Como
fuere, lo cierto es que razones ocultas y otras no tanto, mezclaron
el simple hecho de ser siciliano con alguna vinculación con la mafia
una generalización que, además de injusta, no tiene asidero y se acerca
peligrosamente al prejuicio racial y la xenofobia. Por el contrario, los sicilianos se han caracterizado siempre por ser un pueblo pacífico y laborioso, amante de sus tradiciones, y respetuoso del honor y la dignidad propia y ajena, que nada tiene que ver con el crimen. En realidad, todo lo contrario. "Un
siciliano nunca se va de Sicilia. A lo sumo, cambia de aires, pero se
lleva una valija llena de montañas, de canciones, de recuerdos, de caminos
polvorientos si es del interior de la isla, de la familia que tanto
importa a un hijo de esta tierra. Un siciliano nunca se va de Sicilia:
a lo sumo se lleva sus costumbres a otra parte." La frase del profesor
de teología palermitano Giovanni Chiucchiu no es la exageración de un
exegeta del país. En
realidad, quienes alguna vez se fueron siempre regresaron o soñaron
con hacerlo. Quizá no para quedarse, porque habían reconstruido sus
vidas en otra parte, pero sí para ver las parras en las que crecen las
uvas que después se transforman en vino de Marsala, para rezar en las
iglesias antiguas de cada gran ciudad, de cada pueblo, de cada caserío.
"Africanos", les llaman despectivamente ciertos personajes
del norte italiano. En verdad, Africa asentó algunos de sus reales en
Sicilia. Los árabes llegaron a Mazara en el 827 y conquistaron la isla,
dejando sus huellas inconfundibles en Favala -cuyo nombre deriva de
Fawara, manantial de agua-, en Cefalá Diana -que conserva las Termas
de Cefalá que son, según los lugareños, "el único monumento de
aquella época que ha quedado íntegro-; en Palermo, donde los jardines
y muchas construcciones conservan el sello de la cultura islámica. Los
sicilianos no se preocupan por la xenofobia solapada: se saben italianos
en general e hijos de Sicilia en particular, que no es poco. Rodeados
por tres mares, el Mediterráneo, el Jónico y el Tirreno, conforman un
pueblo con marcadas particularidades. Giovanni Pitré, considerado el mayor estudioso italiano de las costumbres populares de mediados del siglo XIX, decía que Sicilia es "una mina de tradiciones", que se refleja en las fiestas con que los sicilianos celebran su condición. De
fiesta en fiesta Un
ejemplo es el día anterior a la procesión de la Asunción, el 14 de agosto
en Mesina, cuando el pueblo baila danzas morunas en las calles, mientras
lleva en andas dos enormes estatuas. Una es Grifone, el moro; la otra,
Mata, la blanca. Todos festejan la fundación de su ciudad, integrada
por culturas diversas. El
bien y el mal combaten en la Pascua con forma de ángeles y de diablos
en Prizzi, en una batalla sin final. Algo similar sucede en San Fratello,
con la fiesta de los judíos que, según una curiosa heterodoxia con base
en una vieja ortodoxia, eran asimilados al demonio. Los hombres se visten
con ropas multicolores y máscaras rojas mientras hacen sonar trompetas
y producen ruidos con objetos metálicos como para entorpecer la solemnidad
de cualquier acto litúrgico. Sólo cuando la procesión empieza, los diablos
vencidos son obligados al silencio. Trapani, Caltanissetta, Palermo,
son otras de las ciudades que veneran el Viernes Santo con énfasis especial.
La
cultura siciliana se nutre con artes dejadas por sus ocupantes de todas
las épocas. Así, la alfarería ocupa un lugar importante en localidades
como Caltagirone, Collesano y Santo Stefano di Camastra. En La Ilíada,
de Homero, se describen los rasgos de los alfareros que, como en la
actualidad, trabajaban con el torno de madera, el pedal y el plato rodante.
El artesano de estilo antiguo es casi una institución local. Fabricantes
de marionetas y de títeres conviven con los artesanos como Giovanni
Matera, cuyas obras están expuestas en el Museo Etnográfico Pitré de
Palermo. En
la misma ciudad, el Museo Internacional de las Marionetas de la via
Butera expone más de dos mil piezas deliciosas. Obviamente, la industrialización es un fenómeno que acompañó a los tiempos. Un seguidor de Pitré, Giuseppe Cocchiara, definió a la artesanía como "la industrialización del arte popular". Pese a ello, Sicilia sigue venerando a sus maestros, aquellos que, con madera, hierro forjado, telas y corales, mantienen las costumbres inmortales de la producción en pequeña escala. Caos y Pirandello Porto
Empedocle, Sicilia.- Sicilianos son aquellos vestidos con ropas sueltas:
camisas blancas y trajes o chalecos oscuros los hombres; faldas largas
y pañuelos en la cabeza las mujeres. Ellos, con las manos siempre prestas
a empuñar la lupara -esa escopeta recortada que en realidad se usó siempre
para cazar pajaritos- . Ellas, mansas en público y salvajes en privado,
de ojos profundos y cabellos algo ensortijados. Imagen
de cine Los
hermanos Tavianni hicieron historia mostrando con cierta exageración
algunos rasgos de hombres, mujeres y niños de Sicilia. Los paisajes
montañosos fueron filmados por otros directores que decidieron, por
razones estéticas, pero también por motivos presupuestarios, rodar sus
películas en una Sicilia en la que la mano de obra -léase extras, comidas,
servicios en general- suele ser más barata. Kaos,
la película, lleva el nombre de un lugar próximo a Agrigento. El Padrino,
si bien fue ambientada en Estados Unidos, tiene sus reminiscencias sicilianas
en casi todos los pasajes de la película. El Siciliano muestra aspectos
de la vida social de Sicilia, los conflictos políticos y las luchas
entre clanes. En la posguerra de mediados del siglo XX, gran parte de
la industria cinematográfica italiana y norteamericana que tenía a la
contienda mundial como elemento central incluyó historias que se desarrollaron
en pueblos y ciudades sicilianas. En
casi todas ellas se mostró a una sociedad atrasada en el tiempo en cuanto
a sus costumbres, se interpretaron sus sentimientos, se hizo eje en
sus desventuras por ser diferente del resto de Italia. Paolo
y Vittorio Tavianni comenzaron una de sus más célebres películas con
una frase de un autor no menos famoso: Luigi Pirandello. "Yo soy
hijo del Caos, y no alegóricamente, sino en justa realidad, porque he
nacido en nuestro campo, que tiene cerca un intrincado bosque, denominado
Cávusu por los habitantes de Girgenti, corrupción en dialecto del genuino
y antiguo vocablo griego Kaos". En
Caos está la casa natal de Pirandello, restaurada, y el famoso pino
cuya sombra cubre el monumento que contiene las cenizas del escritor.
Porto Empédocle, a 16 kilómetros de Agrigento, fue llamada en la época de su edificación Marina de Girgenti, para convertirse en municipio en 1853 bautizada como Muelle de Girgenti y una década después adoptó el nombre del filósofo de Agrigento, Empédocles. El color arena define a la localidad que casi todo el año está invandida por turistas que hablan en cien idiomas. En este tipo de lugares es imposible no inspirarse si el que lo hace tiene al menos una pequeña llama sagrada en su interior. Recomendaciones Vida
nocturna Las
obras de teatro y musicales en los anfiteatros griegos que hay por toda
la isla suelen ser espectáculos maravillosos, no solamente por la calidad
de las puestas en escena sino por el entorno que permite al viajero
llegar al pasado mirando a su alrededor. En los pequeños pueblos del interior siciliano, en cambio, la vida nocturna después de la cena es casi inexistente. Compras Los vinos regionales como el Marsala auténtico, el Cerasuolo de Vittoria, el Moscato o el amargo de Caltanissetta, son especialidades dignas de llevar a casa. Propinas Fuente La Nación, agosto 1998 |
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