Las huellas de las grandes civilizaciones de Europa y Africa están encerradas entre el Jónico, el Tirreno y el Mediterráneo

Palermo, Sicilia.-

 El viajero que ingrese en Sicilia por el estrecho de Mesina, desde Calabria, tendrá la oportunidad de realizar un viaje circular si recorre la parte costera de la isla en automóvil, que en realidad es la mejor manera de bucear entre las historias de la región.

De esta forma podrá ver los 240 kilómetros que separan a la ciudad de Mesina de Palermo, deteniéndose en diversos pueblos y ciudades de la costa norte.

Unos 70 kilómetros antes de llegar a la capital siciliana se extiende Cefalú, población de menos de 15 mil habitantes, en la que vale la pena detenerse. La Piazza Duomo es uno de los sitios más atractivos de esta ciudad sin edad, recostada sobre el Tirreno.

El Ayuntamiento, ex sede del Convento de Santa Catarina, y el Palacio Episcopal rinden culto a la imponencia del Duomo -o catedral del Santísimo Salvador-, cuya construcción comenzó en el 1131.

Poco antes de llegar a Palermo, es un pecado no parar en las ruinas de la ciudad de Solunto, en el monte Catalfano, fundada por los fenicios con el nombre de Kfra y destruida casi por completo en el 397 a. C. por el dictador de Siracusa, Dionisio el Viejo.

Una isla con tres mares
Sicilia

Reconstruida en el siglo IV, Solunto concentra hoy en un Antiquarium, en la zona arqueológica, cerámicas, capiteles grecorromanos y otros objetos artísticos y de uso cotidiano en tiempos remotos. El Teatro, la Cisterna Pública, el Gimnasio, la via dell' Agora, son los puntos por los que pasará el viajero antes de llegar a una de las urbes más fascinantes de la Europa latina: Palermo.

Unos tres días, por lo menos, hacen falta para conocer, sin aspiraciones de experto, la capital siciliana, de 700.000 habitantes, que une en su fisonomía todas las culturas y etnias que en una época u otra se asentaron en la zona.

El viajero que continúe por la autopista llegará en una hora a Trapani y en ese caso le convendrá iniciar su recorrido en el Santuario de la Annunziata y el Museo Pépoli.

Si la llegada se produce en julio o agosto, la música medieval y renacentista estará en su apogeo en diversos puntos de la ciudad, mientras que en el teatro de Segesta se ofrecen espectáculos clásicos.

Toda esta primera parte del recorrido costero siciliano a vista de pájaro continúa en Marsala, cuna del célebre vino que en realidad se hizo famoso en el mundo entero gracias a la iniciativa de los empresarios ingleses que se establecieron en la zona en el siglo XVIII. Fue aquí donde, en 1860, Giuseppe Garibaldi inició su campaña de conquista de Sicilia.

Mazara del Vallo, puerto sede de la mayor flota pesquera italiana y urbe que renació con la ocupación árabe a partir del 827, es la parada siguiente

Más adelante Sciacca, la de las termas, es un lugar especialmente agradable para un alto en el camino. Las casitas escalonadas desde la costa hacia arriba ofrecen al viajero una imagen marítima con rasgos de caos arquitectónico.

En las afueras del poblado, ya rumbo a Agrigento, el Jardín Encantado muestra el arte de Filippo Bentivegna, un artista campesino que murió, en 1967, dejando grandes máscaras esculpidas en las cortezas de los árboles y en las piedras.

Segunda mitad del viaje

Desde allí, la ruta hasta Agrigento y Porto Empedocle es corta. Millares de turistas diariamente parten en barcos hacia las islas Pelagias -Lampedusa, Linosa, Lampione y Pantelleria-, que tienen playas de ensueño. Muy cerca, en la zona residencial de Villaseta, hay un paraje llamado Caos.

Las cenizas de Luigi Pirandello están allí a la sombra de un pino, muy cerca de la casa en la que vivió el reconocido escritor.

El recorrido sigue hacia Gela, descripta por Virgilio en el libro III de La Eneida: "Y después, los campos de Gela, y la enorme Gela, llamada así por el nombre del río...", en la que el viajero seguramente elegirá detenerse ante la acrópolis griega conocida como Molino a Vento y Capo Soprano.

La ciudad de Ragusa lleva al visitante hacia dentro de la isla, a un paisaje de sierras y mesetas en el que sobresalen las construcciones tradicionales de Sicilia y un ambiente abúlico, especialmente en el verano caluroso que los pobladores locales combaten en el cercano balneario conocido como Marina de Ragusa.

Ochenta kilómetros más adelante se levanta Siracusa, fundada en el 724 a. C. por un grupo de aventureros corintios. "Es pequeña, graciosa, asentada en las orillas del Golfo, con jardines y paseos que bajan hasta las olas": la frase de Guy de Maupassant la describe como era a fines del XIX. Más allá de las lógicas modificaciones producidas por la modernidad, Siracusa no cambió demasiado desde entonces.

El Teatro Griego, de 138,60 metros de diámetro, es uno de los más grandes del mundo en su tipo y se conocen historias sobre él desde el siglo V a. C. Otra de sus grandes atracciones para los visitantes son las catacumbas de San Giovanni. La autopista lleva hacia Catania, la segunda ciudad siciliana según la cantidad de habitantes, que roza las cuatrocientos mil almas.

Con sus teatros, anfiteatros, iglesias, palacios y museos, Catania requiere por lo menos dos días para que el viajero pueda asegurar al regreso que conoció esa urbe asomada al mar Jónico.

Ya en plena costa oriental, Taormina es una de las piedras preciosas de Sicilia en materia turística. El Teatro Antiguo es la atracción por excelencia de la ciudad.

Construido en la época helenística, entre los años II y III a. C., fue ampliado y modificado casi trescientos años después por los romanos, que destinaron su arena a las luchas entre gladiadores.

Durante los veranos europeos, el teatro es escenario de espectáculos teatrales y musicales aprovechando su acústica extraordinaria.

Comienzo y final en Mesina

Finalmente, tras haber girado por el contorno de Sicilia, el viajero vuelve al punto de partida: Mesina. Son leyendas fantásticas las que sustentan la historia de esta ciudad. Grifone y Mata, la Dama Blanca, Colapesce y el hada Morgana comparten con los dioses de la mitología el honor de haber creado a la ciudad y sus mitos fabulosos: dicen las voces populares que Neptuno separó a Sicilia del continente con un solo golpe de tridente y que Saturno quedó tan maravillado con el lugar, que decidió fundar Mesina para hacerlo un lugar habitable.

Signada por la desgracia, Mesina fue arrasada por el terremoto del 28 de diciembre de 1908.

La reconstrucción, sin embargo, se realizó respetando los monumentos históricos que hoy pueden disfrutar los que la eligen para conocer de cerca los vestigios de las más antiguas civilizaciones de Europa.

No alcanza, seguramente, una breve descripción de todos los tesoros de la Sicilia costera para saber hasta qué punto los hombres han guerreado, han amado, han sufrido y han construido en tantos siglos, como tampoco será suficiente un solo viaje, salvo que se decida permanecer cuanto menos treinta días siguiendo el contorno de la isla.

Los vuelos de pájaro tienen, sin embargo, la virtud de que es posible volver con cada primavera.

Palermo, Sicilia.-

Los sicilianos siempre estuvieron apegados a su tierra y a sus costumbres, diferentes en cierto modo del resto de Italia. Aun quienes dejaron el terruño buscando nuevos horizontes llevaron consigo los rasgos mediterráneos que caracterizan a ese pueblo conservador y tradicionalista.

A principios del siglo XX, las migraciones sicilianas hacia el continente americano fueron creciendo y se masificaron con el arribo del fascismo. Entre tantos hombres que partieron a hacer la América se encontraba Francesco Scorsese, abuelo paterno del conocido director cinematográfico Martin Scorsese.

Nació en una pequeña ciudad de casi cinco mil habitantes llamada Polizzi Generosa, a 78 kilómetros de Palermo. Fundada con el nombre de Polizzi, a secas, durante la Edad Media, alrededor del castillo edificado por mandato de Roger I en el 1076, la palabra Generosa fue añadida al apelativo del pueblo por Federico II en 1234, que demostró así su agradecimiento por el apoyo que los habitantes de la región le dieron durante sus campañas bélicas en el norte de Italia y en Europa central.

La iglesia de San Salvatore, el ex convento de los Dominicos, la de la Santísima Trinidad de los Caballeros Teutónicos y la Iglesia Mayor, donde se exhibe un valioso cuadro de Giuseppe Salerno, son algunos de los monumentos que guarda esta ciudad tranquila, rodeada de colinas.

En las calles angostas de Polizzi Generosa tiene su génesis una familia que actualmente habita una casa de altos en el barrio neoyorquino conocido como Little Italy: la de los Scorsese.

Como se sabe, entre las tradiciones más celosamente resguardadas por los sicilianos está la comida. La madre de Scorsese, Catherine, escribió un libro de cocina básicamente siciliana llamado Italian american, en el que, entre otras cosas, aclara que las recetas publicadas provienen de su familia y la composición de las comidas es absolutamente subjetiva, esto es, que tienen un toque personal que cada quien le da. "Mi madre nunca usó una receta -dice Catherine-, porque la tradición es cocinar así. Nunca se usan medidas exactas. Si sale bien, sale bien. Y si no, lástima."

A pesar de la aclaración, lo cierto es que entre las recetas de la mujer, que no solamente cocinó para su familia, para quienes trabajaron en las películas dirigidas por su hijo, sino que también actuó en célebres producciones de Martin (Buenos muchachos), de Francis Ford Coppola (El Padrino III), de Brian de Palma (Dos tipos audaces) o John Huston (El honor de los Prizzi), hay muchas que son fáciles de encontrar en los restaurantes de toda Sicilia, en las casas de familia y en los pequeños bodegones del interior de la isla.

Los macarrones de cordero y ternera con salsa clara; la caponatina siciliana, hecha con berenjenas, aceitunas negras, alcaparras y apio; la pasta con espinaca y papas; la ternera asada con locatelli; la torta siciliana, con ricotta, crema, ron, bizcochuelo y ananás triturado, son algunos de los sabores posibles de hallar a lo largo de cualquier camino de la región de Ciminna, lugar de donde es originaria la familia de Catherine Scorsese.

Nadie deberá asombrarse si encuentra el gusto árabe mezclado con las pastas, como el cuscús de Trápani. Después de todo, los pueblos que pasaron por aquí se soprendieron al notar que, ingrediente más o menos, toda su cultura culinaria podía ser reeditada con el sabor de los frutos de una isla plena de sol.

Caltanissetta, Sicilia.-

El ingreso en el interior de Sicilia es una experiencia distinta de otras conocidas. A diferencia de las poblaciones costeras, tierra adentro los turistas no son multitud, salvo en algunos puntos, pero nunca en la cantidad que se reúne cerca de los mares.

Las tradiciones menos ostentosas y más cotidianas se encuentran aquí, silenciadas por hombres callados y mujeres que bajan la vista cuando el viajero las observa, pero miran con sus ojos muy oscuros o muy claros cuando creen pasar inadvertidas para el forastero.

Dónde iniciar un viaje, siempre en automóvil, por la Sicilia profunda es difícil de determinar. En este caso, el viajero entró en la isla desde Calabria y en menos de dos horas estaba en Randazzo.

Escuchó en un bar casi en penumbras, a metros de la estatua del cíclope Piracmone, las historias sobre el águila que simboliza a los latinos, la serpiente que representa a los griegos y el león que describe a piamonteses y lombardos que pasaron por aquí. El dialecto local incluye voces con origen en esas lenguas.

Para meterse a fondo en el paisaje siciliano, el viajero apuró el auto hacia Enna, donde, según le habían contado, sobreviven al tiempo las leyendas más antiguas de esta parte del mundo.

La diosa de la Felicidad, Cibeles, tenía en Enna su templo y la zona fue descripta con exquisitos detalles por quien escribió la historia de Proserpina, hija de Cibeles. Imposible resistir la tentación de ascender a la Torre Octogonal, también llamada de Federico II, desde donde antiguos astrónomos delimitaron los confines de Sicilia.

La última gran ciudad a la que llegó el viajero en la primera parte de su viaje por el corazón siciliano fue Caltanissetta, cuyos pobladores dicen que es un lugar amarillo, por el sol, el trigo y el azufre. Precisamente, este último fue la fuente de prosperidad de la población a principios de siglo, cuando un caruso (muchacho) buscaba novia en las mañanas de domingo tras la misa en la iglesia de Santa Agata. Hoy las minas de azufre, muchas de ellas cerradas, están siendo acondicionadas para transformarse en una de las varias atracciones turísticas locales.

Fue al salir de la autopista cuando el viajero encontró lo que buscaba: esos pueblitos callados, calurosos, antiguos, en los que se conservan las formas de vida que todos alguna vez creyeron advertir en las películas filmadas en o sobre Sicilia.

Obviamente, al mirar el mapa para decidir qué camino tomar, un nombre saltó a la vista: Corleone. Hacia allí se dirigió el viajero y fue en ese lugar donde metió la pata varias veces.

¿Mafia? ¿Qué es eso?

Ya le habían contado acerca del protagonismo del pueblo en las llamadas vísperas sicilianas, cuando se produjo el levantamiento de 1280 contra el dominio extranjero. De allí surgió una de las versiones más aceptadas acerca del origen de la mafia. No es conveniente llegar al lugar y preguntarle a la gente a boca de jarro sobre este tema. Pero el viajero lo hizo y así le fue.

La primera reacción de un hombre que estaba parado en medio de la Plaza Garibaldi fue mirar al extranjero como si fuese un marciano que le está hablando en sánscrito. En una palabra, como si no entendiese lo que le estaba preguntando. Lo miró de arriba a abajo, dio media vuelta y se fue en silencio. Persistente, el preguntón trató de iniciar una conversación con otro hombre que esperaba a alguien apoyado en un camión. El tipo lo miró con una sonrisa burlona y le dijo: "¿Mafia? ¿Qué es eso?" Era ridículo contestarle y ponerse a explicarle qué es la mafia a un hijo de Corleone.

Dos intentos más terminaron peor: los consultados se alejaron mascullando palabras ininteligibles en dialecto, que no podían ser otra cosa que buenos recuerdos para toda la familia y varias generaciones de antepasados.

Pero tras recibir un absoluto silencio por parte del mozo de un restaurante, un hombre con aire intelectual y compasivo se permitió explicarle: "La gente está cansada de que los extranjeros que vieron El Padrino lleguen hasta aquí y la traten como si fueran miembros de una familia inventada por Mario Puzo, el autor del libro que inspiró la película. Y lo peor de todo es que muchos vienen creyendo que se encontrarán con los mafiosos en plena calle y que éstos les firmarán autógrafos", dijo. -Pero la mafia local, ¿existe o no?-preguntó el viajero.

El hombre, que según contó era profesor de historia en una escuela secundaria, movió la cabeza haciendo un gesto de afirmación y dijo: "No". Después empezó a preguntarle al visitante sobre su país y éste se dio cuenta de que al menos ese tema había terminado. Al concluir su almuerzo, después de despedirse con un apretón de manos, el profesor lo miró a los ojos.

-Con respecto a su pregunta, la respuesta es no y la verdad... ¿qué es la verdad? No más que una interpretación subjetiva de cada uno basada en lo que cree, en lo que conoce y también en lo desconocido. ¿Está claro?

El viajero se sintió algo incómodo porque el mozo y dos comensales sentados a una mesa cercana habían escuchado el diálogo y lo miraban fijo, compasivamente, como quien mira a un idiota de nacimiento. Optó entonces por continuar su viaje y preguntar lo mismo en otros pueblos en los que por supuesto nadie le respondió.

Unos hablan, otros callan

El calor estival puede ser agobiante en el interior de Sicilia, pero las imágenes son fuertes. Es el folklore local el que predomina ante el viajero. La gente se saluda a los gritos de una vereda a la otra cuando se cruza, pero contesta con monosílabos cuando se le preguntan cosas tan simples como la dirección de un restaurante. Los más extrovertidos son los chicos, que hablan hasta por los codos si son consultados y salen corriendo cuando una madre vocifera algo en dialecto desde un pasillo o la puerta de una casa.

El interior de Sicilia es más auténtico que la costa y las costumbres antiguas permanecen allí inalterables. La mirada del viajero no puede evitar detenerse en cosas sencillas que en semejante entorno adquieren el encanto de una película.

Recomendaciones

Aéreo

El pasaje Buenos Aires - Roma - Palermo - Roma - Buenos Aires por Alitalia cuesta actualmente 1444 dólares.Entre octubre y noviembre, 1099 pesos. Comprando en septiembre y volando en noviembre, el pasaje cuesta 999 dólares. En todos los casos se trata de clase turista y debe agregarse el impuesto del 5 % (DNT) y las tasas de aeropuerto.

Alojamiento

Los precios en los hoteles difieren en cada temporada. Como en todas partes del mundo, el llamado "precio de mostrador", esto es, el que se paga cuando se llega al hotel sin reserva previa, es mucho más alto que el que se consigue contratando la hotelería en la Argentina.

Desde mediados de septiembre en adelante, por ejemplo, la habitación doble en el cinco estrellas Villa Igea, de Palermo, cuesta el equivalente a 230 dólares. El Excelsior, de cuatro estrellas, siempre en la capital siciliana, cobra 120, mientras que el Cristal Palace, de tres estrellas y en la misma ciudad, ofrece habitaciones a cien dólares.

Para presupuestos más reducidos, el hotel Gardenia, de dos estrellas, ofrece habitaciones dobles a 45 dólares, mientras el Cavour, de una estrella, cuesta 32. En todos los casos, se incluye el desayuno.

Palermo, Sicilia.-

No se trata de ciencia ficción ni de anticipaciones apocalípticas. Se trata de Sicilia, una de las islas más bellas de la Tierra. Porque así la llamó Homero en La Odisea, el lugar donde el mundo termina. Esa fue la Sicilia que colonizaron todos los poderosos del Mare Nostrum. Los griegos la hicieron parte de la Magna Grecia, luego llegaron los romanos y, más tarde, los árabes. Unos siglos después, los normandos y, finalmente, los franceses y los españoles. Por último, y se puede decir que con Garibaldi, los sicilianos se hicieron decididamente italianos.

Será por esa yuxtaposición constante de culturas que los habitantes de la isla no se cansan de provocar sorpresas entre los visitantes desprevenidos, especialmente en los prejuiciosos, aquellos que se imaginan sólo un pueblo rústico, como infundadamente se califica a los del sur de Italia, colmado de fratelli celosos, de amantes trágicos, de hombres rápidos para la lupara, la escopeta recortada de los violentos de la Cosa Nostra.

Recuerdo que hace algunos años, sentado a la mesa de una piccola pizzería de playa, en Taormina, un matrimonio de suecos, un poco insulsos por cierto, se asombraban ante la existencia de tantos sicilianos de tez y cabellos rubios. Carlo Cuccio, patrón del local, maestro pizzero y amigo le preguntó a su cliente alto y nórdico: "¿Pero acaso usted no sabe que los normandos grandotes, los franceses y, por qué no, miles y miles de españoles e italianos, que muchos son rubios, aquí dejaron y dejan su impronta?"

Ya volveremos a Taormina y a la pizzería de Carlo Cuccio, pero mientras tanto demos una vuelta por el arte de Palermo, la ciudad más importante de la isla.

La torre de los ingleses

¿Qué hacen varias versiones de la Torre de Londres en un suburbio pintoresco de Palermo? Pues bien, cuando el normando duque Williams luchaba por la conquista de Inglaterra en 1066, uno de sus allegados, el conde Roger, transitaba pretensiones similares en Sicilia. Por eso, aún hoy existen castillos e iglesias palermitanas que ostentan ornamentos al mejor estilo de la Torre de Londres, aunque encubiertos detrás de los contundentes velos arquitectónicos del arte árabe y bizantino.

En realidad, en Palermo sobrevivieron tres de estos monumentos. El más grande es el edificio llamado Ziza, del árabe aziz, que en español significa espléndido. La de Ziza es una torre triangular con doce torretas, construida en el siglo XII y reconstruida entre 1972 y 1989 por el arquitecto siciliano Giuseppe Caronia. Ofrece muestras del denominado arte mameluco, con expresiones similares a las mezquitas que se ven en la India y a las viejas construcciones que se encuentran en Granada.

Ziza funciona hoy como un museo de aquella época, en el que se puede apreciar el cosmopolitismo de los sicilianos de entonces. Una tumba de piedra, perteneciente a un cristiano, tiene su obvia cruz en el centro y sus inscripciones en latín. Sin embargo, y para que todos puedan identificar los restos de quien ahí descansa en paz, los constructores originales de la pieza funeraria esculpieron los dichos con traducciones al griego, el árabe y el hebreo.

Iglesias y palacios

Iglesias y palacios. Siempre iglesias y palacios. Dos de los monumentos religiosos más visitados de Palermo se encuentran en el centro de la ciudad, en Quatto Canti, casi frente a su calle principal, la Via Maqueda, sobre la Piazza Bellini. Uno es la iglesia Martorana, que casi siempre está abierta y suele ser la preferida para las ceremonias matrimoniales; el otro es la de San Cataldo, del mismo estilo que la anterior, con mucha presencia arquitectónica árabe, pero de más difícil acceso para los turistas. Casi siempre está cerrada.

El Palazzo Normanni, la sede del gobierno regional, es bello y merece ser visitado, aunque no hace honor a su nombre. Prácticamente no tiene huellas de la presencia normanda y la cúpula palatina es uno de los grandes exponentes que tiene Italia sobre el arte iconográfico occidental. A pocos minutos de viaje desde Palermo se levanta otro de los grandes monumentos artísticos de la cristiandad: la catedral de Monreale.

En el Palazzo Abatelli, una joya de la arquitectura barroca catalana del siglo XV, se encuentran piezas del arte combinado entre influencias árabes y normandas, y allí descansa también uno de los más grandes frescos de Antonello de Messina, El Triunfo de la Muerte. La casa de una de las familias más ricas del Medievo siciliano, el Palazzo de los Chiaramonte, donde hoy funciona una sede universitaria, y el Palazzo Butera, de otro clan noble del pasado, dan clara muestra del cosmopolitismo artístico que se cultivó en la isla italiana. Los antiguos establos de los Butera cobijan actualmente una de las galerías más interesantes de Palermo: se trata de lo que los guías y expertos denominan una muestra de lo que hace siglos fue el primer palacio inteligente.

La Taormina de Carlo Cuccio

Carlo Cuccio no es siciliano. Nació en Calabria y tiene unos 45 años. A los 20 emigró a Suiza. Se instaló solo en la ciudad de Ginebra y allí trabajo mucho tiempo como camarero en pizzerías y restaurantes italianos. Un día, de vacaciones en su pueblo, conoció a Ercola, una siciliana esbelta y tímida algunos abriles más joven que él. Volvieron juntos a la ciudad de la Reforma calvinista y de los fríos pasillos de las Naciones Unidas, pero al poco tiempo regresaron a la península para casarse.

Se convirtieron en marido y mujer en una iglesia de Palermo y se mudaron a Taormina, donde los padres de Ercola tenían una casa en la playa del Mediterráneo, pequeña y desocupada. En esa casa, Carlo y Ercola abrieron su pequeña tavola calda, pizzería o ristorantino. Lo bautizaron Chez Cuccio porque a ambos les gusta chapurrear el francés. Carlo cocina y Ercola atiende el salón y la terraza, casi sobre la playa. Uno de los mejores platos de la casa es la sfinciuni, es decir, una pizza a la siciliana, y todo con el debido perdón de los napolitanos, para quienes la verdadera pizza es únicamente la que se hace Nápoles.

La pasta de la sfinciuni es como la de cualquier pizza, pero lleva unas gotas de jugo de limón. Se cocina en un horno muy caliente y se cubre con una salsa también caliente de tomates frescos, cebollas, filetes de anchoa, perejil picado, aceite de oliva y quesos parmigiano y pecorino romano. Casi todos los comensales la acompañaban con un vino tinto tinto siciliano que se llama Corvo Duca di Salaparutta.

Por esas cosas del oficio periodístico y sus viajes, y del gusto de pasar horas en bares y restaurantes, el autor de esta historia conoció y se hizo amigo del matrimonio Cuccio. Un verano europeo, estando en el ristorantino de la siciliana y el calabrés, gastronómicos y periodista decidimos salir muy temprano a pescar. Abordamos la barca al amanecer y regresamos pasado el medio día, cuando el sol resquebrajaba las testas. La tarde fue de cocina marina y pizzas. Ellos enseñando y uno aprendiendo. El rito se repitió durante un par de semanas, las mejores vacaciones que pueda imaginarse todo aquel que disfrute de Sicilia, de su cocina y de su gente.

Otros lugares

Pero el de Carlo y Ercola no es el único restaurante bueno que se encuentra en Taormina. Lo que sigue en materia gastronómica y hotelera son algunas recomendaciones del autor, porque allí él comió y en esos lugares se alojó. Hay muchos y excelentes. Uno de ellos es el Luraleo y queda en la Via Bagnoli Croci. Está abierto todo el año y se encuentra en el centro histórico de la ciudad, y aunque es de precios un poco subidos (unos 40 dólares por persona), no se puede dejar de visitarlo. Cocina su propio dueño, don Luraleo, y sus platos predilectos son linguine con salsa de camarones y cangrejos, fettuccine con hierbas y varios frutos del mar, helados hechos a mano cada día y unas tortas de miel que parecen amasadas en el mismísimo panal.

El que quiera hospedarse en Taormina tiene varias posibilidades y de diversos precios. Un hotel de cuatro estrellas muy recomendable es el Monte Tauro, emplazado en la Via Madonna delle Grazie, a unos 35 kilómetros de Catania y a 35 de Messina, otros de los puntos muy visitados de Sicilia. Está abierto todo el año y cuenta con habitaciones de palacio. Tiene todos los servicios de un cuatro estrellas, más el valor agregado de la cordialidad siciliana.

El que viaje con presupuestos ajustados puede alojarse en el residencial Terra Rossa, ubicado en la Via Bongiovanni 12. Son habitaciones en apart para dos, tres, cuatro o cinco personas. Todas dan a un jardín bien al estilo del Mediterráneo, de esos que se ven en las películas.

Datos útiles

Clima

La mejor época para recorrer la isla no es el verano europeo, salvo que la idea sea dedicarse exclusivamente a las playas y a los archipiélagos cercanos. El calor es inclemente entre junio y agosto.

El invierno no es tan frío como el del Norte, aunque en realidad los meses de abril, mayo, setiembre y octubre son los que mejores condiciones ofrecen al viajero.

Visa

No se requiere

Más información

En Palermo: CTS, Vía N.Garzilli 28 G, tel. (39) 91-332209

Los mitos populares no son más que algunos datos, con partes de verdad o no, que alimentan la fantasía general, abonada con la creatividad de escritores, directores de cine, periodistas, pintores, escultores, juglares, compositores de canciones, hinchas de fútbol, empleados bancarios y amas de casa, entre otras ocupaciones.

Basta que algo sea famoso, comentado hasta el hartazgo, abordado de manera sensacionalista, o bien utilizado con fines que nada tienen que ver con el asunto en cuestión y persiguen otros fines que permanecen ocultos para que el boca a boca se transforme en correa de transmisión y las leyendas crezcan y atraviesen fronteras.

Esto es lo que sucedió con los sicilianos y con la mafia. No son pocas las personas que vinculan a ese pueblo alegre, pero callado, sentimental y cultor de la nostalgia, sencillo y a la vez rico en tradiciones milenarias con las organizaciones criminales conocidas como mafia.

Dicen las voces populares que alimentaron el mito que hace siete siglos, cuando Sicilia estaba ocupada por los angevinos, al mando de Carlos de Anjou, hermano de Luis IX, El Santo, rey de Francia, los sicilianos formaron grupos que luchaban contra el dominio extranjero bajo la consigna Morte Alla Francia Italia Anela y que de ello quedaron las siglas Mafia.

Otra versión indica que soldados franceses violaron a una joven el día de su casamiento. La madre, desesperada, salió a la calle gritando "Ma fia, ma fia" (mi hija, mi hija), y que la rabia generalizada influyó en gran medida para dar origen a lo que se conoció en la historia como las vísperas sicilianas, esto es, el levantamiento contra los franceses durante el cual millares de soldados de ese país fueron masacrados por la población enfurecida.

Ciertas o no, ambas versiones forman parte del mito en cuestión, a pesar de que no fue sólo en Sicilia, sino también en Nápoles con la camorra y en Calabria, con la Onorata Societá, que se desarrolló el concepto de organización mafiosa que hoy confunde a más de un incauto. De hecho, en la misma época en que los sicilianos se rebelaron contra los angevinos, había en Alemania una organización conocida como Vehmgericht, que nada tenía que envidiarle a sus colegas italianos.

El Mussolini shuttle

Lo que no puede negarse es que las sucesivas migraciones sicilianas hacia los Estados Unidos en la época de la ascensión del fascismo, en lo que se llamó irónicamente Mussolini Shuttle, esto es, barcos cargados de criminales y parientes de criminales que buscaban en América un futuro mejor que el que les esperaba con el dictador fascista en el poder, ayudaron al desarrollo de bandas organizadas que encontraron en la legislación puritana conocida como Ley Seca de los Estados Unidos un medio de subsistencia y de adquisición de poder económico en ese país.

De hecho, Mussolini reaccionó contra los mafiosos sicilianos porque éstos habían formado una suerte de poder paralelo que no tenía cabida en la concepción centralista del Estado fascista. No era la lucha contra la corrupción, sino la ambición del poder absoluto lo que llevó al dictador a declararle la guerra al crimen organizado.

Según Joe Dorigo, un estudioso norteamericano del fenómeno de la mafia, "cuando el Duce visitó Sicilia en 1924, fue públicamente humillado por don Ciccio Cuccia, el alcalde de Piana dei Greci, llamada actualmente Piana dei Albanesi, que era además el jefe de la mafia local. Don Ciccio dejó en claro que eran sus hombres y no los guardaespaldas fascistas de Mussolini quienes garantizaban su seguridad".

En poco tiempo, comenzó una persecución feroz contra los grupos organizados que osaban disputar el poder omnímodo del Duce. "Muchos mafiosos abandonaron sus actividades criminales, otros murieron y entre quinientos y mil de ellos escaparon en el Mussolini Shuttle, ayudados por don Vito Cascio Ferro, que había huido a Nueva York en el 1900, presionado por la policía tras el secuestro extorsivo de una baronesa, que se convirtió en un problema político", afirma Dorigo.

Los hombres de Luciano

El autor del libro Mafia, historia ilustrada del bajo mundo, asegura que "cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial y se planificaba la invasión de Sicilia, la mafia también fue enlistada". Dorigo señala que "la mafia no solamente aportó hombres que conocían los lugares de desembarco como la palma de sus manos, sino que también ofreció todo tipo de contactos en Sicilia: hombres que podían identificar a colaboradores del fascismo y a antiguos oficiales y jerarcas fascistas, que estaban en condiciones de precisar cuáles eran los puntos más débiles de las defensas nazis en las montañas y la ubicación exacta de los estados mayores ocultos del enemigo".

Todo, con la conducción de Salvatore Lucania, un siciliano emigrado a los Estados Unidos, más conocido posteriormente como Lucky Luciano. El hecho de que Luciano fuera deportado a Italia en 1946, sin terminar de cumplir su condena, abona la versión ofrecida por Dorigo.

Como fuere, lo cierto es que razones ocultas y otras no tanto, mezclaron el simple hecho de ser siciliano con alguna vinculación con la mafia una generalización que, además de injusta, no tiene asidero y se acerca peligrosamente al prejuicio racial y la xenofobia.

Por el contrario, los sicilianos se han caracterizado siempre por ser un pueblo pacífico y laborioso, amante de sus tradiciones, y respetuoso del honor y la dignidad propia y ajena, que nada tiene que ver con el crimen. En realidad, todo lo contrario.

"Un siciliano nunca se va de Sicilia. A lo sumo, cambia de aires, pero se lleva una valija llena de montañas, de canciones, de recuerdos, de caminos polvorientos si es del interior de la isla, de la familia que tanto importa a un hijo de esta tierra. Un siciliano nunca se va de Sicilia: a lo sumo se lleva sus costumbres a otra parte." La frase del profesor de teología palermitano Giovanni Chiucchiu no es la exageración de un exegeta del país.

En realidad, quienes alguna vez se fueron siempre regresaron o soñaron con hacerlo. Quizá no para quedarse, porque habían reconstruido sus vidas en otra parte, pero sí para ver las parras en las que crecen las uvas que después se transforman en vino de Marsala, para rezar en las iglesias antiguas de cada gran ciudad, de cada pueblo, de cada caserío. "Africanos", les llaman despectivamente ciertos personajes del norte italiano. En verdad, Africa asentó algunos de sus reales en Sicilia. Los árabes llegaron a Mazara en el 827 y conquistaron la isla, dejando sus huellas inconfundibles en Favala -cuyo nombre deriva de Fawara, manantial de agua-, en Cefalá Diana -que conserva las Termas de Cefalá que son, según los lugareños, "el único monumento de aquella época que ha quedado íntegro-; en Palermo, donde los jardines y muchas construcciones conservan el sello de la cultura islámica.

Los sicilianos no se preocupan por la xenofobia solapada: se saben italianos en general e hijos de Sicilia en particular, que no es poco. Rodeados por tres mares, el Mediterráneo, el Jónico y el Tirreno, conforman un pueblo con marcadas particularidades.

Giovanni Pitré, considerado el mayor estudioso italiano de las costumbres populares de mediados del siglo XIX, decía que Sicilia es "una mina de tradiciones", que se refleja en las fiestas con que los sicilianos celebran su condición.

De fiesta en fiesta

El Festino, en honor a Santa Rosalía, convierte a julio en cada ciudad, cada pueblo y cada barrio en un lugar festivo en el que se reflejan los componentes religiosos mezclados con los históricos propios de sus habitantes. Son tradiciones derivadas de la religión católica, integradas con aquellas de raíz pagana e incluso musulmana.

Un ejemplo es el día anterior a la procesión de la Asunción, el 14 de agosto en Mesina, cuando el pueblo baila danzas morunas en las calles, mientras lleva en andas dos enormes estatuas. Una es Grifone, el moro; la otra, Mata, la blanca. Todos festejan la fundación de su ciudad, integrada por culturas diversas.

El bien y el mal combaten en la Pascua con forma de ángeles y de diablos en Prizzi, en una batalla sin final. Algo similar sucede en San Fratello, con la fiesta de los judíos que, según una curiosa heterodoxia con base en una vieja ortodoxia, eran asimilados al demonio. Los hombres se visten con ropas multicolores y máscaras rojas mientras hacen sonar trompetas y producen ruidos con objetos metálicos como para entorpecer la solemnidad de cualquier acto litúrgico. Sólo cuando la procesión empieza, los diablos vencidos son obligados al silencio. Trapani, Caltanissetta, Palermo, son otras de las ciudades que veneran el Viernes Santo con énfasis especial.

La cultura siciliana se nutre con artes dejadas por sus ocupantes de todas las épocas. Así, la alfarería ocupa un lugar importante en localidades como Caltagirone, Collesano y Santo Stefano di Camastra. En La Ilíada, de Homero, se describen los rasgos de los alfareros que, como en la actualidad, trabajaban con el torno de madera, el pedal y el plato rodante. El artesano de estilo antiguo es casi una institución local. Fabricantes de marionetas y de títeres conviven con los artesanos como Giovanni Matera, cuyas obras están expuestas en el Museo Etnográfico Pitré de Palermo.

En la misma ciudad, el Museo Internacional de las Marionetas de la via Butera expone más de dos mil piezas deliciosas.

Obviamente, la industrialización es un fenómeno que acompañó a los tiempos. Un seguidor de Pitré, Giuseppe Cocchiara, definió a la artesanía como "la industrialización del arte popular". Pese a ello, Sicilia sigue venerando a sus maestros, aquellos que, con madera, hierro forjado, telas y corales, mantienen las costumbres inmortales de la producción en pequeña escala.

Caos y Pirandello

Porto Empedocle, Sicilia.- Sicilianos son aquellos vestidos con ropas sueltas: camisas blancas y trajes o chalecos oscuros los hombres; faldas largas y pañuelos en la cabeza las mujeres. Ellos, con las manos siempre prestas a empuñar la lupara -esa escopeta recortada que en realidad se usó siempre para cazar pajaritos- . Ellas, mansas en público y salvajes en privado, de ojos profundos y cabellos algo ensortijados.

Imagen de cine

¿Quién no tiene en la Argentina una imagen arquetípica del siciliano medio? Y es por el cine, una de las manifestaciones culturales más importantes de este siglo, que permitió universalizar a las regiones y su gente. Eso pasó con los sicilianos, a quienes el imaginario popular les dio identidad de campesinos simples. Una parte de verdad, otra de mentira, son los ingredientes de esa imagen.

Los hermanos Tavianni hicieron historia mostrando con cierta exageración algunos rasgos de hombres, mujeres y niños de Sicilia. Los paisajes montañosos fueron filmados por otros directores que decidieron, por razones estéticas, pero también por motivos presupuestarios, rodar sus películas en una Sicilia en la que la mano de obra -léase extras, comidas, servicios en general- suele ser más barata.

Kaos, la película, lleva el nombre de un lugar próximo a Agrigento. El Padrino, si bien fue ambientada en Estados Unidos, tiene sus reminiscencias sicilianas en casi todos los pasajes de la película. El Siciliano muestra aspectos de la vida social de Sicilia, los conflictos políticos y las luchas entre clanes. En la posguerra de mediados del siglo XX, gran parte de la industria cinematográfica italiana y norteamericana que tenía a la contienda mundial como elemento central incluyó historias que se desarrollaron en pueblos y ciudades sicilianas.

En casi todas ellas se mostró a una sociedad atrasada en el tiempo en cuanto a sus costumbres, se interpretaron sus sentimientos, se hizo eje en sus desventuras por ser diferente del resto de Italia.

Paolo y Vittorio Tavianni comenzaron una de sus más célebres películas con una frase de un autor no menos famoso: Luigi Pirandello. "Yo soy hijo del Caos, y no alegóricamente, sino en justa realidad, porque he nacido en nuestro campo, que tiene cerca un intrincado bosque, denominado Cávusu por los habitantes de Girgenti, corrupción en dialecto del genuino y antiguo vocablo griego Kaos".

En Caos está la casa natal de Pirandello, restaurada, y el famoso pino cuya sombra cubre el monumento que contiene las cenizas del escritor.

Porto Empédocle, a 16 kilómetros de Agrigento, fue llamada en la época de su edificación Marina de Girgenti, para convertirse en municipio en 1853 bautizada como Muelle de Girgenti y una década después adoptó el nombre del filósofo de Agrigento, Empédocles. El color arena define a la localidad que casi todo el año está invandida por turistas que hablan en cien idiomas. En este tipo de lugares es imposible no inspirarse si el que lo hace tiene al menos una pequeña llama sagrada en su interior.

Recomendaciones

Vida nocturna

En las principales ciudades sicilianas (Palermo, Mesina, Catania, entre otras), la noche ofrece las variantes de cualquier gran urbe europea.

Las obras de teatro y musicales en los anfiteatros griegos que hay por toda la isla suelen ser espectáculos maravillosos, no solamente por la calidad de las puestas en escena sino por el entorno que permite al viajero llegar al pasado mirando a su alrededor.

En los pequeños pueblos del interior siciliano, en cambio, la vida nocturna después de la cena es casi inexistente.

Compras

La artesanía es una de las plazas fuertes de la oferta local. Los platos decorados y la cerámica en general y las piezas de hierro forjado, son algunos de los atractivos más célebres de Sicilia.

Los vinos regionales como el Marsala auténtico, el Cerasuolo de Vittoria, el Moscato o el amargo de Caltanissetta, son especialidades dignas de llevar a casa.

Propinas

Lo usual en los restaurantes es dejar entre el 10 y el 15 por ciento de la consumición total, salvo que la propina haya sido cobrada y figure en la cuenta. Los taxistas esperan que el pasajero redondee la cifra hacia arriba, mientras que un dólar es bienvenido entre los empleados de hotel y los mozos de bar.

Fuente La Nación, agosto 1998

 

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