Aunque los habitantes de Quebec también hablan inglés, sus corazones laten en el idioma de Napoleón, y con la nieve del invierno o bajo el sol del verano, siempre ofrecen una cálida bienvenida

QUEBEC.- Je me souviens (me acuerdo) rezan las patentes de los autos y los corazones de su gente. Desde la cima de una colina, donde parece flotar un castillo de cuentos de hadas, la ciudad hace honor a su lema, porque para mantener vivas sus raíces y su espíritu francés conserva en sus calles el ambiente del siglo XVIII, cuando fue una colonia francesa.

Su situación privilegiada, a orillas del río San Lorenzo, le dio el nombre de la Gibraltar de América del Norte. En 1985 la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad al sector histórico de la ciudad y, como si esta presentación fuera poco, es la única ciudad fortificada al norte de México.

Una revolución en paz

Quebec fue la primera colonia de Nueva Francia y todavía sus murallas protegen las tradiciones y la cultura de la ciudad. Desde 1960, como parte del movimiento que se denominó la Revolución Pacífica, un sector importante de la población de la provincia de Quebec lucha por su soberanía de Canadá.

A diferencia de Montreal, que es una ciudad cosmopolita, la mayoría de los habitantes de la ciudad tienen ascendencia francesa.

El pasado está vivito y coleando en cada rincón dentro de las murallas. En la Côte de la Fabrique, el Almacén Maison, de Jean Alfred Maison, funciona desde 1871. Sus estantes de madera, los tarros de vidrio y las balanzas muestran que la fecha grabada en la puerta de entrada no miente. Además en la vidriera se exhiben facturas de 1890, un libro de contabilidad y recetas de 1900. Todo, en el almacén, huele a hecho en casa.

Los negocios de souvenirs se alinean uno detrás del otro en las angostas calles. Artesanías indígenas, papeles y muñecas artesanales decoran las vidrieras. Todas las tiendas, cafés y restaurantes tienen carteles tallados en madera. Como el sector es Patrimonio de la Humanidad, McDonald's es irreconocible. Sólo un pequeño cartel de vidrio esmerilado en tonos verde pastel y dorado anuncia que se trata de las famosas hamburguesas. Ningún indicio de la típica M luminosa amarilla y roja.

En el viejo Quebec conviven la basílica de Notre Dame, de 1663, y la catedral de Santa Trinidad, que fue la primera catedral anglicana construida fuera de Gran Bretaña.

El Château Frontenac, un centenario hotel de estilo medieval, es el emblema de la ciudad, su imagen postal. Allí se organizaron importantes reuniones durante la Segunda Guerra Mundial y dicen que se decidió el desembarco en Normandía. También, Charles de Gaulle, la reina Elizabeth II y el rey Jorge VI durmieron en sus habitaciones.

Frente al castillo está la plaza De Armas. Allí desemboca la pequeña rue du Trésor (calle del tesoro), que recorrían los colonos para pagar los impuestos en la Tesorería Real.

Artistas con lockers

Hoy, es la calle de los artistas que despliegan sobre la vereda sus pequeños ateliers. Tan organizados e instalados están, que hasta tienen lockers en los que guardan los óleos, pinceles y crayones.

El paseo Terrasse Dufferin, una especie de pasarela de madera con barandas de fundición verde inglés, rodea al château. Desde allí se ven los atardeceres más hermosos de la ciudad, junto al río. Al final del paseo la calle Côte de la Montagne, desciende a la parte baja de la ciudad. Otra opción para llegar a ese sector es la escalera Casse-Cou, que significa escalera para romperse el cuello, aunque el nombre suene mucho más peligroso de lo que realmente es. También, un pequeño funicular lleva directo al corazón de la historia de Quebec: la plaza Royale.

Allí todo comenzó en 1608, cuando Samuel Champlain fundó la colonia de Quebec -nombre que proviene de una voz nativa que significa donde el río se estrecha-. La plaza fue alguna vez el centro comercial de la ciudad.

Galera y miriñaque

La iglesia de Notre Dame des Victories es el edificio más importante de la plaza. Todas las construcciones que la rodean son de piedra y tienen altísimos techos en los que se acumula la nieve. En el Petit Champlain, como se conoce a este pequeño sector de la parte baja de la ciudad, sólo hace falta un vestido con miriñaque o una galera para sentirse en el siglo XVIII.

La mejor manera de recorrer Quebec es a pie, aunque sus calles empinadas dejen sin aliento al más deportista. Siempre se debe llevar un mapa, porque como toda ciudad antigua sus calles son intrincadas y es muy fácil perder el rumbo.

Por el paseo de la Terrasse Dufferin se llega hasta un mirador que desemboca en la Ciudadela. Esta fortificación con forma de estrella se construyó durante la ocupación británica, a principios del siglo XVIII. En verano es posible ver el cambio de guardia y la ceremonia del toque de retreta.

Hacia el Oeste se encuentran los Campos de Batalla. Su nombre conmemora el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, de apenas 15 minutos, en el que el marqués de Montcalm perdió frente a los británicos casi la mitad de América del Norte. En la batalla a Montcalm lo hirieron de muerte y Wolfe murió. Aunque el resultado de la lucha era indefinido, la ciudad se rindió.

Hoy estos campos están lejos de presenciar una batalla que no sea de bolas de nieve. Es el lugar preferido para los picnics de verano, y en invierno cuando la nieve vuelve todo blanco, se transforman en 150 pistas de esquí de fondo y raquetas en medio de la ciudad.

Cuanto más lejos se está de los muros la ciudad parece más amplia, aparecen los jardines, los parques y las plazas, que en el abigarrado sector histórico son impensables. En la Grande Allée (gran alameda) que corre paralela a los campos, las casas de estilo victoriano y francés pintan la avenida de color. Unas rosas, otras amarillas o azules se mezclan con los bares cuando la alameda desemboca en la fortaleza.

El Parlamento es la sede del gobierno provincial y aunque su edificio se comenzó a construir en 1881 es de estilo renacentista. En su fachada tiene 22 estatuas de bronce que representan figuras importantes de la historia de la ciudad. En la entrada del edificio varias estatuas representan a las tribus indígenas.

Más que copos de nieve

A Quebec se la conoce como la capital de la nieve. Lejos de esconderse en sus casas a esperar que la nieve se derrita los lugareños son aficionados a los deportes de invierno.

A partir de los últimos días de enero y hasta mediados de febrero el Carnaval de invierno se instala en la ciudad desde hace 46 años.Se realizan competencias de trineos, remo y un concurso de estatuas de hielo.

Por supuesto, como toda fiesta esta también tiene anfitrión, Bonhomme encarna a los tradicionales muñecos de nieve que todos los chicos arman en los jardines de sus casas. Y como a todo buen anfitrión, no le falta dónde dar una cálida bienvenida a sus invitados... un palacio construido con bloques de hielo a escala real. ¿Quién dijo que el carnaval se terminaba en Río?

Fuente La Nación, febrero 2000

 

Datos útiles

Cómo llegar

El pasaje aéreo desde Buenos Aires hasta Montreal, ida y vuelta por Canadian Airlines, cuesta 1240 dólares con tasas e impuestos. Desde allí hasta Quebec el pasaje en tren cuesta aproximadamente 200 dólares.

Alojamiento

Una habitación doble en un hotel dos estrellas cuesta entre 40 y 70 dólares; alrededor de 90, en uno de tres; entre 100 y 160, en uno de cuatro, y cerca de 250 en uno de cinco estrellas.

 

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