Canoas en Tahití

Pesca como modo de vida

 

Polinesia
Fragancia francesa del Pacífico

Los visitantes quedan deslumbrados por las playas y el mar azul profundo que rodea las islas; pero eso no es todo, los curiosos ritos de los pobladores y el espectáculo que ofrecen los nativos son el condimento de una estada inolvidable

TAHITI

Es un arrebato de la vida. Cuando se llega, cuando el sol ilumina la primera mañana, cuando la cadencia de las danzas domina el cuerpo del visitante, o cuando los colores, tan puros, tan salvajes, le transmiten furia o una inescrutable calma al extraño.

Si se duda sobre la existencia del paraíso, al menos se sabe que la Polinesia Francesa existe. Por tal motivo, hay que intentar visitarla aunque sea una vez en la vida, con la certeza de que es posible regresar a casa. Aunque nada lo garantiza. Hay quienes no vuelven.

Tal vez, porque desde que uno pisa estas tierras se entabla la enigmática comunión que ofrece la inocencia. Por la sonrisa cálida de los nativos, por el ofrecimiento espontáneo de un collar de flores o de un gesto amistoso que se escapa casi imperceptible.

Los célebres artistas franceses Gauguin, Bougainville y Loti, deslumbrados por su belleza, la adoptaron como lugar de residencia. Nadie como Gauguin retrató el espíritu de los isleños, en especial a sus mujeres, y a los vivaces matices de los paisajes.

Cuando Marlon Brando la descubrió, en 1968, durante el rodaje de Motín a bordo, no dudó de que pronto tendría un casa de veraneo para escaparse de vez en cuando. Compró Tetiaroa, un atolón circular integrado por 13 islas.

Tahití, Moorea, Bora Bora, Huahine son las más conocidas y forman parte de Islas de la Sociedad, las más desarrolladas turísticamente. En total son 118 islas y atolones, dentro de una superficie de 4 millones de kilómetros cuadrados, similar a la de Europa, sin contar Rusia, con la diferencia de que ocupa 4000 kilómetros cuadrados.

El mar y lagunas cristalinas, llenas de vida, se adueñan de los tonos del cielo, reproduciendo una escala de azules y turquesas nunca vistos. La naturaleza estalla en colores encendidos y aromas intensos. Mangos, cocos, bananas y flores exóticas le dan gracia a la espesa vegetación, mientras que elegantes palmeras se inclinan sobre las playas, donde los opuestos también juegan: son de arena blanca o de arena negra.

Pero la seducción de la Polinesia también es ejercida por el estilo de vida de sus pobladores, cuyas costumbres se mantienen intactas desde hace 50 siglos. Ellos no escribieron su historia: sí, la celebran, la bailan y la cantan. Sus ropas son sencillas y de colores que hacen vibrar, siempre bien acompañadas por un accesorio que resulta infaltable: el típico collar de flores entrelazadas.

En cualquier parte de la Polinesia Francesa es posible acercarse a sus tradiciones por medio del turismo y hasta vivirlas como propias. Tal como celebrar una boda en la playa, pasear en piragua, dormir en bungalows sobre el agua y saborear sus comidas. Todo ello acompañado por el lujo importado desde Francia.

Tahití para enamorarse

Es la mayor de las islas, y se conoce como la Isla del Amor. Tanto que las bodas a la tahitiana son tan románticas que hasta los casados vuelven a jurarse amor eterno.

Aline y Joao, una pareja de cariocas, después de cinco años de matrimonio decidieron pasar su segunda luna de miel en Tahití; la primera había sido en Jamaica. La decisión de refirmar sus promesas la tomaron al ver una ceremonia en la playa, que a los dos días los convertiría en sus protagonistas.

A eso de las cuatro de la tarde, los llevan a lugares separados. Joao va a un motu, un islote solitario, donde lo bañan, masajean y perfuman. Aline corre la misma suerte. El cielo turquesa comienza a apagarse a medida que el sol cae lentamente.

La quietud reina en la playa donde Aline aguarda emocionada y tan nerviosa como por primera vez, bellamente ataviada. Joao aparece de pie, sobre la proa de su canoa, coronado por flores frescas blancas, amarillas y rojas.

Ambos son subidos sobre un andas cubierto por más flores, como si fuesen miembros de la realeza. En alto, recorren la playa y el atardecer todavía deja ver la vegetación que cubre las montañas. El viento acaricia sus caras y despeina los rizos indomables de Aline. Así se dirigen a una villa donde sus habitantes presenciarán la ceremonia. Ambos aprietan sus manos y, entre cantos y rezos, vuelven a decir que sí.

Después vendrá la hora de los cantos, de las danzas. El momento en que la música es casi un murmullo, un zumbido, el instante en que los hombres macizos muestran sus tatuajes infinitos y mujeres rollizas o estilizadas mueven sus caderas y las polleras resuenan casi como chasquidos.

Al ritmo de Papeete

Las calles angostas de Papeete están llenas de pequeños bares, restaurantes de cocina internacional, francesa, italiana, locales chinos y tahitianos. En un bullicioso mercado se venden los productos que acercan los nativos desde los puntos más remotos de la isla y del resto de la Polinesia Francesa. Los pareos no pasan inadvertidos, hay amarillos, verdes, turquesas, rojos en divertidas combinaciones. También se consiguen artesanías de caracoles y corales, y frutas tropicales.

Si bien en la capital de Tahití recomiendan una visita al Museo de Gauguin, es poco lo que se puede ver. Apenas tiene un par de originales y el resto son reproducciones.

El Centro de la Perla Negra es una invitación tentadora. Es la oportunidad para cumplir con algún obsequio especial. Los precios superanlos 100 dólares, y mucho más si se opta por un glamorosa gargantilla.

Diversión sin descanso

Si salir de vacaciones supone tomar un descanso, quedarse colgado de una palmera no es mala idea. Qué mejor que tomar un trago de frutas tropicales (con alcohol a gusto) en una hamaca, o dormitar sobre una colchoneta que se mece en una laguna multicolor. Pero en Tahití la diversión es contagiosa, y el descanso queda relegado hasta altas horas de la noche.

Las jóvenes tahitianas, ceñidas por largos pareos y embellecidas por flores, invitan a los visitantes a embarcarse en alegres piraguas que ellas mismas reman con sensualidad. Las aguas calmas y transparentes sólo se alteran cuando el remo impacta sobre la superficie. A medida que se avanza los colores del mar van cambiando, según la luz del sol, las nubes y las formaciones coralinas. Los viajeros no dejan de sorprenderse cada instante, los ojos no consiguen acostumbrarse a algo tan natural e increíble a la vez.

El buceo no es tarea sencilla pero las salidas para practicar snorkeling son una propuesta para todos. En algunos lugares de la laguna, las corrientes marinas son impresionantemente fuertes y arrastran hacia las bellezas de un mundo submarino inagotable. Entre peces de colores y corales nunca se sabe dónde se va a parar. Pero al cabo de 20 minutos de exploración todo concluye en una playa donde espera una barbacoa tahitiana, pescados a la parrilla, y tragos frutales. Y porque una experiencia polinésica no finaliza sin el vibrante sonido de los ukeleles y la danza de sus nativos, un grupo de bailarinas de piernas macizas da comienzo a un espectáculo de movimientos ondulantes.

Para cambiar de ambiente, hay excursiones, en jeep o moto, hacia las montañas. Tahití es una isla volcánica de picos puntiagudos, ríos y valles encajonados. Desde las alturas, la vegetación tropical se enmarca de azules que no distinguen mar y cielo.

Pero si el ánimo pide más, una salida en velero acompañada de amigos puede ser una experiencia muy divertida, pero tratándose de la isla del amor, si es de a dos es mucho mejor.

Las remembranzas de Moorea

La otra isla reconocida mundialmente es Moorea, 17 kilómetros al oeste de Papeete. Se cruza en unos pocos minutos en modernísimos ferries.

Es una isla de origen volcánico, cuya forma triangular puede ser recorrida en algo más de una hora. Las montañas tienen forma dentada, y la parte más alta a la que se puede llegar -el monte Tehiea-, alcanza los 1207 metros. Desde lo alto del mirador Le Belvedere se aprecia el rico valle Opunohu, uno de los paseos que más turistas congrega ya que se pasa por el medio de este cráter hundido, rodeado de plantaciones de ananás y bosques de acacias.

También desde lo alto se ve la bahía Cook, cuyo nombre rememora al capitán James Cook, el primer europeo que pisó el territorio, en 1777, cuando la nave atracó en esa misma bahía, antes llamada Pao Pao. Otro lugar con vestigios del pasado es el pueblo de Papetoai, al oeste de la bahía Cook. Allí vivieron los misioneros ingleses, cuya iglesia octogonal, construida en 1829, todavía es utilizada.

Moorea tiene un ritmo más tranquilo que Tahití, pero más intenso que el de su otra vecina, Bora Bora. Tiene varios complejos hoteleros, como así también pensiones y negocios. Recuerdos para llevarse de Moorea hay muchos, algunos que perdurarán toda la vida: varios locales hacen tatuajes típicos de los polinesios. Siempre hay alguien al que no le alcanza con un collar de flores. Las noches del complejo Tiki Village, son famosas por sus shows . Se lucen hermosas bailarinas y hombres duchos en el manejo de antorchas. Se sirve comida típica y también se celebran espectaculares bodas a la tahitiana. El actor norteamericano Dustin Hoffman se casó en este lugar, donde la costumbre es pasar la luna de miel en un bungalow a orillas del mar.

Isla por isla, no hay quien se rinda a los encantos de la Polinesia Francesa, de su gente, su alegría y los paisajes exuberantes. Algunos deciden no volver, pero otros prometen regresar muchas veces más.

Guía práctica

Aéreo

Lan Chile vuela a Papeete, vía Santiago e isla de Pascua. Sale 1236 dólares en temporada alta (del 16 de noviembre al 28 de febrero) y 1133 en baja (del 1º de marzo al 15 de noviembre). Duración del vuelo: 7 horas y media.

Transporte

Hay varias maneras de cruzar las islas: Air Haití posee vuelos regulares al resto de las islas, al igual que Air Moorea. También es posible llegar por catamarán, que tarda media hora.

Desde el aeropuerto de Tahití hasta Papeete, su capital, los taxis cobran 18 dólares. De todas formas, es común que los hoteles se encarguen del traslado.

Gastronomía

Desde comida francesa, italiana, china hasta vietnamita, todos las especialidades tientan para ser probadas en los restaurantes en Papeete. La oferta es amplia y tienen una escala de precios que parten desde los 10 dólares por cubierto.

Actividades

En Tahití hay campos de golf profesionales, se organizan excursiones en helicóptero; hay cabalgatas; se puede pescar; practicar snorkeling, buceo, surf, windsurf y esquí acuático.

Todos los matices de su flora pueden apreciarse en el Harrison Smith Botanical Gardens. Para saber sobre su historia, se recomienda una visita al Museo de Tahití y sus islas.

Otra alternativa es ir al Lagoonarium, donde se enseña sobre las diversas especies marinas, o al Museo Gauguin, que exhibe parte de la colección del célebre pintor (funciona de 9 a 17).

El mercado central, que abarca una cuadra detrás de la costanera, vende artesanías típicas, flores, frutas y pescados. Se trata de una visita imperdible.

El mejor espectáculo de la Polinesia francesa se ve en Moorea, en el Tiki Village y Teatro.

Durante la cena, en un escenario dominado por un lago, los bailarines tahitianos se mueven al ritmo de la vibrante música y es el lugar preferido del jet set y las estrellas del cine para celebrar sus rutilantes casamientos.

Clima

Es soleado agradable debido a la brisa refrescante que sopla del Pacífico. Hay dos estaciones; de diciembre a febrero hay temperaturas de 27 a 35 grados y, de marzo a noviembre, que es más seca, oscila entre los 21 y 27 grados.

Moneda

Es el franco francés polinésico (CPF), 100 equivalen a un dólar.

Para mayor información

El Centro de Promoción Turística de Tahití está en Papeete, frente al Banco de la Polinesia. Su teléfono es el 689 429626.

La Polinesia despoja de prejuicios al huésped

Las turistas siguen el ejemplo local; se ponen y se sacan la parte superior del biquini según haya sol o no

TAHITI (El Mercurio, de Chile. Grupo de Diarios América)

La Polinesia Francesa debe ser uno de los pocos lugares de la Tierra en que el sexo fue mejor arma de defensa que los cañones. Y aunque, claro, eso fue hace tiempo, el sexo fácil sigue siendo una idea que atrae imaginaciones y, naturalmente, turistas. ¿Cuán cierto es el mito? Luego de una nimuciosa investigación por Tahití, Moorea, Tuamotu y Bora Bora y la asesoría de un espontáneo experto se obtuvieron algunas conclusiones arbitrarias y nada definitivas que se detallan a continuación.

Las tahitianas usan la parte de arriba del bikini como los anteojos de sol: se la ponen y se la sacan según haya o no sol. Las turistas siguen el ejemplo. Y punto. Eso es todo lo que se ve de sexo en las playas de Tahití, a menos que, claro, se esté dispuesto a buscar sexo como se buscaría en cualquier ciudad del mundo. Sexo en Tahití. Los mismos tahitianos se encargan de explotar la idea.

Para las vahines (mujeres) no es novedad ni escándalo hacer topless en sus playas (al fin y al cabo son sus playas), como tampoco es novedad para los tahitianos este paisaje costero, donde lo hermoso alcanza categorías metafísicas. Pero los fotógrafos, grandes mirones, y los vendedores de postales, revistas, encendedores, llaveros y cerveza se encargan de retratar eróticamente a las chicas más bellas de la Polinesia Francesa y enviar ese producto al resto del mundo, para mantener viva la historia de que Tahití y las otras 117 islas de este territorio francés de ultramar son un lugar hot en todo el sentido de la palabra.

En estricto rigor, alguna vez lo fue, con ceremonias religiosas que incluían sexo en público hasta la llegada de los descubridores europeos, a principios del siglo XVII. O en rigor, hasta poco después, con la llegada de los primeros misioneros, que cortaron de raíz estas costumbres y oficializaron la vestimenta de Occidente en lugar de la desnudez original.

Sin embargo, el breve primer contacto con Occidente bastó para que el mito se echara a correr: las polinésicas eran más que cariñosas con los marinos que llegaban allí. Esto, dicen, fue una movida político-estratégica de las dinastías tribales que habitaban las islas: frente al poder de la pólvora, el poder del sexo. Les fue bien: los franceses los colonizaron políticamente en 1880, a expresa petición de la dinastía polinésica reinante.

Obviamente, ahora todo eso es historia. La antigua libertad sexual es en la actualidad un modo ambiguo de comportamiento, no totalmente perdido, no totalmente expresado.

Apreciaciones in situ

Son lindas las mujeres de la Polinesia Francesa. Nada que objetar. Son lindas en sus sonrisas, en su cordialidad distante, en el tono de su piel. La Polinesia Francesa es un gran paraíso para voyeurs soft, que se contentan con una linda cara, con una linda sonrisa. Simples voyeurs inevitables, educados en climas fríos, donde las mujeres esconden sus cuerpos seis meses al año.

Uno mira a estas mujeres tahitianas, como haciéndose el tonto, mientras ellas miran para otro lado, y ellas, en vez de devolver guerra con la mirada, no bajan los ojos y, por el contrario, sonríen y dicen: Bonjour. Mujeres lindas que uno ve, pero con las que no se atreve a hablar porque apenas chapucea francés.

En el aeropuerto de Faaa, en Papeete, en la sección vuelos nacionales hay una vahine que recibe los tickets de embarque. Es alta y estupenda. Su uniforme, de Air Tahití, es azul, ajustado y lleva estampadas unas flores blancas. Se ajusta a su cuerpo y se ajusta bien: como si siempre hubiera estado ahí, como si fuera el calor de Papeete que aun a las 7 de la mañana es tremendo. Como a lo tonto, como el que no quiere nada, madmoiselle, a quel heure sale el avión?, pese a la pantalla gigantesca sobre su cabeza que indica: 6.40 AM.

En el aeropuerto de Bora Bora, hay una chica vestida con un pareo blanco -hay como doscientas formas de ponerse un pareo-. Tiene un aire de estar en tercer año y ser la más simpática del curso. Atiende el stand de uno de los muchos resorts de la isla. Capta al grupo que habla español y esboza un hola.

-Miss, can I take a picture of you? Y ella se indica a sí misma, sorprendida y algo avergonzada, obviamente preguntando: ¿Yo? Y logra avergonzarlo a uno, bueno, yes, you. Clic.

Con el pelo al viento

Pasa una muchacha en moto, con una flor en la oreja. Pese a que al alquilar una moto advierten que el casco debe ser usado en todo momento, ella va rapidísimo y su pelo se agita con el viento. Esto es Bora Bora, a un lado un mar calipso, al otro gigantescas montañas con vegetación hasta en las orejas y sobre el camino, una chica tahitiana con el pelo al viento, pasando por un lugar de la carretera en el que alguien escribió con spray el nombre de los grupos de rock Metallica, AC/DC y Pantera. Su pelo, medio rizado, medio castaño, largo, larguísimo, se repite en casi todas las mujeres polinésicas.

La mujer atiende el Maki Maki, un bar sobre palafitos en el atolón de Rangiroa, unos 400 kilómetros al nordeste de Tahití. Es flaca y alta, y sirve unas cervezas Hinano, típicas de la zona y buenísimas, que cuestan un ojo de la cara, porque Rangiroa es remoto y pobre, pero a la vez exclusivo, debido a su par de hoteles de primera clase y a sus famosos cultivos de perlas negras, que los turistas se llevan como si fueran pan, un pan de 250 dólares el más barato.

Esta mujer es estupenda, y se extraña de que alguien de Chile llegue hasta allá, aunque no mucho, porque llega bastante gente de países raros, y no se emociona cuando se le recuerda que sus hermanos pascuenses son también chilenos. Esta mujer es tan bonita que, en vez de una foto, el dedo saca dos. "Sacaste dos", advierte en inglés. Posteriormente, la foto sale mal expuesta (mucho sol atrás) y su cara queda oscura. Culpa de las Hinano que ella misma sirvió.

Madmoiselle, je peux vous... eh... take a photo? La chica, en un pequeño islote de Bora Bora, se ríe con unos dientes de conejo y dice que bueno. Forma parte de un grupo de baile, que ha terminado de actuar para un montón de turistas y está comiendo algo por ahí, en una mesa cercana, sola. ¿Qué preguntar? "¿Con qué hacen esas faldas folklóricas con las que bailan?" "De la corteza de esta palma", lo dice en francés y hace un gesto como de sacarle la corteza. "¿Y se pueden comprar?" Responde que claro, que en la isla del frente. Clic. Gracias. Una foto más, una foto más entre los miles de fotos que los turistas (franceses, japoneses, gringos) sacaron esa tarde.

Mirar y callar

Y unos minutos después de tomar la foto, la chica; su marido, un francés narigón, y su hijo se están bañando en la playa. Ninguno viste nada para arriba y, para ser francos, la escena es muy hermosa, los turistas están subiendo a los botes que los llevarán a sus destinos, y la playa, que antes estaba llena de gente tomando fotos y de gente dejándose sacar fotos, ahora está vacía, pero el sol y los colores se mantienen firmes, brillantes, poderosos. Lo único que hay que hacer es sentarse, mirar y callar.

Preciosa chica en espera del ferry de Papeete a Moorea (isla 17 km al frente de Tahití). Compra su pasaje y desaparece. No hay más datos.

Señora amable y simpática con la que uno no se hace ningún problema para conversar. Natau y Ariate Tevape se dedican a atraer tiburones en la laguna de Bora Bora para que los turistas los fotografíen (a los tiburones). Como la mayoría de los cuatro mil y tantos habitantes de esta isla, a unos 45 minutos de vuelo desde Papeete, Natau y Ariate, se dedican al turismo. Ariate tiene 42 años y cuatro hijos, y tal vez lo único de su cuerpo que no tenía a los 17 es el volumen. Es esbelta, fuerte, nada fea, y aunque su trabajo es dominar tiburones y mantener a raya las manta rayas que se acercan a los turistas, es dulce como la mermelada; y da la impresión de que un dios-entrenador la hizo dupla de Natau, que también es grandote y fornido. "Nosotros estamos casados", dice, a sabiendas de que en la Polinesia Francesa estar o no estar casado da lo mismo y que la convivencia es una práctica milenaria. "No es raro -dice Ariate, un poco sorprendida de que el tema haya salido en la conversación- que muchas parejas que no están casadas pasen toda su vida juntas." En todo caso, un hecho que demuestra que éste es un lugar especial es que, dentro del paquete de información general que brinda el Servicio de Turismo de Tahití, hay un capítulo dedicado a "formalidades matrimoniales".

Acá se acaba la cosa romántica y comienza la cruda realidad. Rafael Munagorri es un abogado franco-español que toma clases en la Universidad Francesa del Pacífico, en Papeete. Vive hace tres años en la Polinesia Francesa. Se vino porque necesitaba tiempo y paz para concretar su especialidad ("el derecho y la ciencia") y escribir al respecto. Increíblemente, los que viven en Tahití necesitan descansar de Tahití, y lo que hacen para lograrlo es ir a bucear a atolones remotos como Rangiroa, y alojarse en pensiones baratas. Rafael está haciéndolo. "Acá, a diferencia de los otros archipiélagos de la Polinesia, las mujeres les pegan a los hombres", comenta, mientras por la única calle de Avatoru -el principal poblado de Rangiroa- pasa en un scooter una corpulenta señora con cara de pocos amigos.

Datos para una conquista

Luego de esta visión celestial, la conversación cae inevitablemente en el tema de las mujeres.

-Bueno, este... ¿cómo se le acerca uno a una chica polinesia? ¿Son intelectuales, tontas? ¿Difíciles? Es muy fácil conquistar a una chica polinesia. Se necesita tener plata y mostrarla. Además, saber bailar ayuda mucho.

-¿Funciona recitarles el Poema 15?

-Ja. No. En general, la belleza del cuerpo y su fuerza importan más que los conocimientos de filosofía.

-¿Cómo miran las chicas polinesias a los occidentales y cómo a sus compatriotas?

-Prefieren a los occidentales por una razón evidente: suelen ser más románticos. Además, tienen más plata y mundo. Hablan de París, Los Angeles o Londres.

-Eso se llama fanfarronear.

-No les importa.

-¿Las mujeres polinesias varían de isla en isla?

-Hay muchas diferencias culturales y sociales entre ellas. Simplificando, y según mi humilde opinión, se puede hablar de cuatro grupos: las europeas solteras de 35 años, un poco perdidas y con bastante apetito sexual; las chinas de 25 años (la colonia china controla el comercio de la Polinesia Francesa, y es bastante grande), que aunque son guapas, no son un buen plan, se interesan sobre todo en el dinero y por tener una posición social alta; las semipolinesias, de 16 a 21 años, son las más guapas y las más dulces, tienen sonrisas de sueño y ni hablar de lo que está abajo de la sonrisa, y las polinesias puras, de 14 a 16 años, cuya experiencia asusta.

Esto suena como un fin de semana en Tailandia.

-¿Es Papeete una ciudad salvaje, sexualmente hablando?

-No. Pero es un sueño para los drag queens (travestis). El grupo que anima los night-clubs y los bares son los rere o travestis locales. Son muy guapas. Tradicionalmente, un rere es el hijo mayor de la familia. Por esa razón ayuda a su madre a criar a los más pequeños y se queda limpiando la casa, cocinando, etcétera.

-¿Hay machismo en la Polinesia Francesa?

-Mucho. Y los nativos son celosos, sobre todo con los europeos que vienen a quitarles las chicas. Hay peleas y todo eso. Para darte un ejemplo de machismo: los hombres prohíben que sus mujeres usen métodos anticonceptivos. Para ellos, significa que ellas se van a acostar con todos los hombres del pueblo.

Consejos

Alojamiento

Los precios de las habitaciones se consignan en dólares, y corresponden a base doble. A la tarifa hay que adicionarle 7% de impuestos.

En Tahití

Beachcomber Parkroyal (689 865110): los elegantes bungalows sobre el agua tienen aire acondicionado, televisor, minibar, teléfono, radio, y vistas a las Moorea.

Se presentan espectáculos de danza tahitiana, cenas en la playa y en sus dos restaurantes se elaboran especialidades de la cocina local, francesa e internacional.

Libre acceso a la piscina, jacuzzi, canchas de tenis y voley, gimnasio y espectáculos.

Se alquilan equipos náuticos y se organizan cabalgatas, safaris fotográficos en 4x4, cruceros y viajes en helicóptero.

Las tarifas oscilan entre 319 y 486 dólares Sofitel Maeva Beach (689 410505): situado a 7 kilómetros del centro, inmerso en un jardín tropical con vistas al mar y a la montaña.

Su arquitectura se asemeja a los templos polinésicos y está decorado con antigüedades del Pacífico Sur.

Las habitaciones tienen aire acondicionado, teléfono, televisor y baño.

Dispone de dos restaurantes, bares; brinda espectáculos tahitianos, hay piscina, cancha de tenis y alquila equipos para la pesca, buceo y snorkeling. Tarifas: entre 260 y 270.

Moorea, un paraíso para dormir Hotel Bali Hai (689 561359 ): el alojamiento es en bungalows del estilo característico del lugar y cuentan con todos los servicios. Los construidos sobre el agua ofrecen camas king size. Cuenta con bar y restaurante, piscina, cancha de tenis y snorkeling gratis; actividades nocturnas y bailes tahitianos. Los bungalows, a partir de 220.

Hotel la Ora (689 561290): consta de 110 bungalows distribuidos entre un bosque y la playa, equipados con teléfono, televisor, minibar y baño. Funcionan dos restaurantes que organizan noches temáticas con shows. Libre acceso a piscina, canchas de tenis, voley, equipos de snorkeling, canoas y tablas de windsurf. Alquila botes de pedal, equipos de buceo, motos de agua y botes con fondo de vidrio. Las tarifas ascienden a 440.

Bora Bora, una francesa a todo lujo

Los bungalows overwater de esta isla de pureza intacta permiten vivir una experiencia única en el Pacífico

BORA BORA

Lejos de todas partes, entre Asia y América, esta pequeña isla se asoma en el Pacífico como un tiare (gardenia) fresco y delicadamente perfumado. La naturaleza se encarga de preservar su pureza: Bora Bora se refugia al amparo de una cadena de arrecifes de coral.

En la imaginación de cualquier ser humano, la Polinesia Francesa ocupa el lugar del cielo, pero la historia de la isla da cuenta de que no todo fue color de rosa.

En el siglo IX estuvo habitada por los sanguinarios guerreros al mando de los reyes polinesios.

Y no tan lejos en el tiempo, fue base de 5000 soldados norteamericanos durante el final de la Segunda Guerra Mundial, que la utilizaron para el aprovisionamiento de submarinos, buques y aviones.

En Bora Bora se ve mucho más que cañones abandonados; toda la isla es un volcán extinguido por donde corrió la lava.

Los cráteres actualmente son excelentes miradores. La vistas están dominadas por el contraste de las aguas de la piscina natural que rodea la isla, que viran de turquesas a azules.

Las arenas blancas destellan con el sol y desde allí arriba se ven recortadas por espigados cocoteros y los típicos bungalows de bambú y madera, que forman una cadena que se interna en el agua.

Encuentro con los tiburones

La naturaleza en Bora Bora no se escatima ni siquiera en la oscuridad de sus profundidades.

Cardúmenes de diferentes especies se pasean como haciendo gala de sus diseños y estridentes colores.

Una zambullida con patas de rana y cámara de fotos sumergible es el mejor plan para descubrir sus casi 300 especies y la flora exótica.

Regresar de Bora Bora sin haber practicado buceo o al menos snorkeling es haberla conocido, sin duda, a medias.

También en la isla se organizan excursiones para alimentar a los tiburones que, por supuesto, no están en cautiverio.

Pero no es motivo para temblar, el alimento no es uno, los guías aseguran que la carne humana no es de su agrado.

Se parte en canoas, en grupos de no más de ocho personas. Una vez mar adentro y con el snorkel puesto, todos se tiran al agua sujetos a una cuerda. Así es, todos en la misma agua, junto a los tiburones nadando a unos tres o cuatro metros de distancia y aún menos cuando el guía les da de comer. No es para ponerse nervioso, o sí... nunca se sabe.

Otro paseo muy común es bordear la isla en barco hasta un acuario natural donde pueden verse rayas y tortugas.

La más exclusiva

Tal vez el sueño de muchos sea vivir como Tarzán y como Jane, con pocas ropas, inmersos en una calurosa selva tropical.

Bora Bora puede brindar una experiencia salvaje pero, a diferencia de la vieja serie, de precaria no tiene nada.

El lujo francés la acompaña a todas partes.

La hotelería de Bora Bora es considerada la más exclusiva de las islas del Pacífico Sur.

Se caracteriza por los bungalows -típica construcción polinesia-, que se distribuyen entre la playa y el mar.

Los primeros están rodeados de jardines floridos y palmeras. Los segundos, llamados overwater, son para los que no se conforman con verlos desde atrás. Están levantados sobre pilares, a unos pocos metros del agua.

Por dentro son todos iguales, con la diferencia de que éstos tienen una mesa de vidrio fácil de abrir para darles de comer a los peces. Por la noche, también es posible hacerlo, ya que el bungalow permanece iluminado por debajo.

Con la calidez de la madera y en armonía con la naturaleza, en sus interiores existen todas las comodidades de un hotel cinco estrellas: cama king size, refrigerador, teléfono, ventiladores de techo y un baño completamente equipado.

También están provistos de ventanales grandes, balcones con reposeras y ducha privada, todo listo para darse un chapuzón a cualquier hora, temprano a la mañana o bajo la luz de las estrellas.

En cuanto a las comidas, la pesca diaria provee exquisitos manjares: mai mai, pescados de la laguna, que son servidos en buffet o a la carta.

En algunos hoteles la cena se sirve al aire libre, con arreglos florales y hojas de palmeras por doquier, hasta coronando la cabeza de los mozos.

Es la oportunidad de dejarse llevar por el ritmo de la música alegre, que las bailarinas acompañan ladeando la caderas de un lado para otro, ataviadas con largas faldas que con el movimiento dejan entrever sus piernas.

Ellos, de aspecto más salvaje, tal vez por el taparrabos, exhiben en sus muslos y brazos extraños tatuajes sinuosos como símbolos de una proeza. En las muñecas y tobillos los dibujos simulan una pulsera, espinosa y negra.

Una ruta para explorar

Podría decirse que Bora Bora es sinónimo de playa. Son pocas las actividades que se pueden desarrollar fuera de las náuticas, pero esto no significa que no haya mucho para ver.

Una ruta de 32 kilómetros, que bordea toda la costa, depara un encuentro con Vaitape, la colorida aldea donde vive la gran mayoría de los isleños. Además de las oficinas públicas, hay un puñado de bares y restaurantes; tiendas; dos iglesias, una católica y otra protestante; el embarcadero, y una feria artesanal que vende collares de caracolas y pareos multicolores, para que las mujeres puedan pasearse por la playa como auténticas polinesias. Eso sí, si se adornan la oreja con una flor, las antiguas costumbres establecen que quienes tienen pareja o están comprometidas deben usarla del lado izquierdo y las solteras del derecho. En Bahía Pofai, hay más restaurantes y tiendas de productos autóctonos donde se pueden conseguir maderas talladas.

Ascender hasta la cima de los montes Pahia, de dos picos, y Otemanu es una expedición recomendable, así como también recorrer los caminos que construyeron los norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero a Bora Bora no se le puede pedir más porque la naturaleza le dio todo en abundancia y se ofrece pura como un tiare fresco cuyo perfume se llevará en el recuerdo.

Diccionario tahitiano

Bienvenido: maeva
Hola: orana.
¿Cómo está usted?: ¿eaha te huru?
Muchas gracias: maruru roa
¿Qué hora es?: ¿hora ahaia teie?
Adiós: parahi
Mañana: poi poi
Tarde: avatea
Día: ao
Comer: amu
Beber: inu
Agua:pape
Cerveza: pia
Café: ta ofe
Licor: ava
Desayuno: poipoi
Cena: amura'a-avatea
Dinero: moni
Banco: fare moni
Policía: muto'i
Médico: taote
Remedio: raau
Iglesia: fare pure
Mujeres: vahines
Hombres: tanes
Habitación: piha
Equipaje: ota'a
Playa: tahatai
Tiendas: fare toa
Montañas: mou'a
Islotes: motu

Alojamiento

En Bora Bora

Bora Bora Lagoon (689 604000): está situado en Motu Toopua. Sus espaciosos bungalows disponen de camas king size, baño privado, teléfono, minibar, televisor con cable y una mesa ratona vidriada que permite ver el fondo de agua. También cuenta con un patio exterior privado, con ducha, para zambullirse a cualquier hora. Hay restaurantes de primer nivel, festivales tahitianos, discoteca, entretenimientos, facilidades para la práctica de deportes náuticos, avistamiento de tiburones, salidas de buceo, snorkeling y cruceros. Los bungalows sobre el mar cuestan 710, en el jardín 520 y en la playa 550.

Club Med Bora Bora (689 604604): está situado al sur de la isla de Bora Bora, en la bahía de Faopore. Consta de 144 habitaciones, baño, aire acondicionado, frigobar, teléfono internacional, caja fuerte. Se puede practicar surf, vela snorkeling y buceo.

En tierra firme, las opciones son arco y flecha, voley, golf y tenis. También ofrece paseos en piragua de vela y de remo, salidas en barco con fondo de vidrio, picnics, transporte hacia los islotes vecinos, bailes y veladas folklóricas. La tarifa con pensión completa es de 163; incluye deportes náuticos.

Sofitel Marara (689 677046): se sitúa entre los montes Pahia y Otemanu y el mar. Las habitaciones decoradas en madera y caña están completamente equipadas. Sus restaurantes sirven comida local, pescado fresco y frutas exóticas. Posee piscina, organiza excursiones en bicicleta, actividades náuticas y paseos en bote. Los bungalows sobre la playa cuestan 390 y los overwater ascienden a 500

La Nación, septiembre 1998

 

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