| Polinesia Los
visitantes quedan deslumbrados por las playas y el mar azul profundo
que rodea las islas; pero eso no es todo, los curiosos ritos de los
pobladores y el espectáculo que ofrecen los nativos son el condimento
de una estada inolvidable TAHITI Es
un arrebato de la vida. Cuando se llega, cuando el sol ilumina la
primera mañana, cuando la cadencia de las danzas domina el cuerpo
del visitante, o cuando los colores, tan puros, tan salvajes, le transmiten
furia o una inescrutable calma al extraño. Si
se duda sobre la existencia del paraíso, al menos se sabe que la Polinesia
Francesa existe. Por tal motivo, hay que intentar visitarla aunque
sea una vez en la vida, con la certeza de que es posible regresar
a casa. Aunque nada lo garantiza. Hay quienes no vuelven. Tal
vez, porque desde que uno pisa estas tierras se entabla la enigmática
comunión que ofrece la inocencia. Por la sonrisa cálida de los nativos,
por el ofrecimiento espontáneo de un collar de flores o de un gesto
amistoso que se escapa casi imperceptible. Los
célebres artistas franceses Gauguin, Bougainville y Loti, deslumbrados
por su belleza, la adoptaron como lugar de residencia. Nadie como
Gauguin retrató el espíritu de los isleños, en especial a sus mujeres,
y a los vivaces matices de los paisajes. Cuando
Marlon Brando la descubrió, en 1968, durante el rodaje de Motín a
bordo, no dudó de que pronto tendría un casa de veraneo para escaparse
de vez en cuando. Compró Tetiaroa, un atolón circular integrado por
13 islas. Tahití,
Moorea, Bora Bora, Huahine son las más conocidas y forman parte de
Islas de la Sociedad, las más desarrolladas turísticamente. En total
son 118 islas y atolones, dentro de una superficie de 4 millones de
kilómetros cuadrados, similar a la de Europa, sin contar Rusia, con
la diferencia de que ocupa 4000 kilómetros cuadrados. El
mar y lagunas cristalinas, llenas de vida, se adueñan de los tonos
del cielo, reproduciendo una escala de azules y turquesas nunca vistos.
La naturaleza estalla en colores encendidos y aromas intensos. Mangos,
cocos, bananas y flores exóticas le dan gracia a la espesa vegetación,
mientras que elegantes palmeras se inclinan sobre las playas, donde
los opuestos también juegan: son de arena blanca o de arena negra.
Pero
la seducción de la Polinesia también es ejercida por el estilo de
vida de sus pobladores, cuyas costumbres se mantienen intactas desde
hace 50 siglos. Ellos no escribieron su historia: sí, la celebran,
la bailan y la cantan. Sus ropas son sencillas y de colores que hacen
vibrar, siempre bien acompañadas por un accesorio que resulta infaltable:
el típico collar de flores entrelazadas. En
cualquier parte de la Polinesia Francesa es posible acercarse a sus
tradiciones por medio del turismo y hasta vivirlas como propias. Tal
como celebrar una boda en la playa, pasear en piragua, dormir en bungalows
sobre el agua y saborear sus comidas. Todo ello acompañado por el
lujo importado desde Francia. Tahití
para enamorarse Aline
y Joao, una pareja de cariocas, después de cinco años de matrimonio
decidieron pasar su segunda luna de miel en Tahití; la primera había
sido en Jamaica. La decisión de refirmar sus promesas la tomaron al
ver una ceremonia en la playa, que a los dos días los convertiría
en sus protagonistas. A
eso de las cuatro de la tarde, los llevan a lugares separados. Joao
va a un motu, un islote solitario, donde lo bañan, masajean y perfuman.
Aline corre la misma suerte. El cielo turquesa comienza a apagarse
a medida que el sol cae lentamente. La
quietud reina en la playa donde Aline aguarda emocionada y tan nerviosa
como por primera vez, bellamente ataviada. Joao aparece de pie, sobre
la proa de su canoa, coronado por flores frescas blancas, amarillas
y rojas. Ambos
son subidos sobre un andas cubierto por más flores, como si fuesen
miembros de la realeza. En alto, recorren la playa y el atardecer
todavía deja ver la vegetación que cubre las montañas. El viento acaricia
sus caras y despeina los rizos indomables de Aline. Así se dirigen
a una villa donde sus habitantes presenciarán la ceremonia. Ambos
aprietan sus manos y, entre cantos y rezos, vuelven a decir que sí.
Después
vendrá la hora de los cantos, de las danzas. El momento en que la
música es casi un murmullo, un zumbido, el instante en que los hombres
macizos muestran sus tatuajes infinitos y mujeres rollizas o estilizadas
mueven sus caderas y las polleras resuenan casi como chasquidos. Al
ritmo de Papeete Si
bien en la capital de Tahití recomiendan una visita al Museo de Gauguin,
es poco lo que se puede ver. Apenas tiene un par de originales y el
resto son reproducciones. El
Centro de la Perla Negra es una invitación tentadora. Es la oportunidad
para cumplir con algún obsequio especial. Los precios superanlos 100
dólares, y mucho más si se opta por un glamorosa gargantilla. Diversión
sin descanso Las
jóvenes tahitianas, ceñidas por largos pareos y embellecidas por flores,
invitan a los visitantes a embarcarse en alegres piraguas que ellas
mismas reman con sensualidad. Las aguas calmas y transparentes sólo
se alteran cuando el remo impacta sobre la superficie. A medida que
se avanza los colores del mar van cambiando, según la luz del sol,
las nubes y las formaciones coralinas. Los viajeros no dejan de sorprenderse
cada instante, los ojos no consiguen acostumbrarse a algo tan natural
e increíble a la vez. El
buceo no es tarea sencilla pero las salidas para practicar snorkeling
son una propuesta para todos. En algunos lugares de la laguna, las
corrientes marinas son impresionantemente fuertes y arrastran hacia
las bellezas de un mundo submarino inagotable. Entre peces de colores
y corales nunca se sabe dónde se va a parar. Pero al cabo de 20 minutos
de exploración todo concluye en una playa donde espera una barbacoa
tahitiana, pescados a la parrilla, y tragos frutales. Y porque una
experiencia polinésica no finaliza sin el vibrante sonido de los ukeleles
y la danza de sus nativos, un grupo de bailarinas de piernas macizas
da comienzo a un espectáculo de movimientos ondulantes. Para
cambiar de ambiente, hay excursiones, en jeep o moto, hacia las montañas.
Tahití es una isla volcánica de picos puntiagudos, ríos y valles encajonados.
Desde las alturas, la vegetación tropical se enmarca de azules que
no distinguen mar y cielo. Pero
si el ánimo pide más, una salida en velero acompañada de amigos puede
ser una experiencia muy divertida, pero tratándose de la isla del
amor, si es de a dos es mucho mejor. Las
remembranzas de Moorea Es
una isla de origen volcánico, cuya forma triangular puede ser recorrida
en algo más de una hora. Las montañas tienen forma dentada, y la parte
más alta a la que se puede llegar -el monte Tehiea-, alcanza los 1207
metros. Desde lo alto del mirador Le Belvedere se aprecia el rico
valle Opunohu, uno de los paseos que más turistas congrega ya que
se pasa por el medio de este cráter hundido, rodeado de plantaciones
de ananás y bosques de acacias. También
desde lo alto se ve la bahía Cook, cuyo nombre rememora al capitán
James Cook, el primer europeo que pisó el territorio, en 1777, cuando
la nave atracó en esa misma bahía, antes llamada Pao Pao. Otro lugar
con vestigios del pasado es el pueblo de Papetoai, al oeste de la
bahía Cook. Allí vivieron los misioneros ingleses, cuya iglesia octogonal,
construida en 1829, todavía es utilizada. Moorea
tiene un ritmo más tranquilo que Tahití, pero más intenso que el de
su otra vecina, Bora Bora. Tiene varios complejos hoteleros, como
así también pensiones y negocios. Recuerdos para llevarse de Moorea
hay muchos, algunos que perdurarán toda la vida: varios locales hacen
tatuajes típicos de los polinesios. Siempre hay alguien al que no
le alcanza con un collar de flores. Las noches del complejo Tiki Village,
son famosas por sus shows . Se lucen hermosas bailarinas y hombres
duchos en el manejo de antorchas. Se sirve comida típica y también
se celebran espectaculares bodas a la tahitiana. El actor norteamericano
Dustin Hoffman se casó en este lugar, donde la costumbre es pasar
la luna de miel en un bungalow a orillas del mar. Isla por isla, no hay quien se rinda a los encantos de la Polinesia Francesa, de su gente, su alegría y los paisajes exuberantes. Algunos deciden no volver, pero otros prometen regresar muchas veces más. Guía práctica Aéreo
Lan
Chile vuela a Papeete, vía Santiago e isla de Pascua. Sale 1236 dólares
en temporada alta (del 16 de noviembre al 28 de febrero) y 1133 en
baja (del 1º de marzo al 15 de noviembre). Duración del vuelo: 7 horas
y media. Transporte
Hay
varias maneras de cruzar las islas: Air Haití posee vuelos regulares
al resto de las islas, al igual que Air Moorea. También es posible
llegar por catamarán, que tarda media hora. Desde
el aeropuerto de Tahití hasta Papeete, su capital, los taxis cobran
18 dólares. De todas formas, es común que los hoteles se encarguen
del traslado. Gastronomía
Desde
comida francesa, italiana, china hasta vietnamita, todos las especialidades
tientan para ser probadas en los restaurantes en Papeete. La oferta
es amplia y tienen una escala de precios que parten desde los 10 dólares
por cubierto. Actividades
En
Tahití hay campos de golf profesionales, se organizan excursiones
en helicóptero; hay cabalgatas; se puede pescar; practicar snorkeling,
buceo, surf, windsurf y esquí acuático. Todos
los matices de su flora pueden apreciarse en el Harrison Smith Botanical
Gardens. Para saber sobre su historia, se recomienda una visita al
Museo de Tahití y sus islas. Otra
alternativa es ir al Lagoonarium, donde se enseña sobre las diversas
especies marinas, o al Museo Gauguin, que exhibe parte de la colección
del célebre pintor (funciona de 9 a 17). El
mercado central, que abarca una cuadra detrás de la costanera, vende
artesanías típicas, flores, frutas y pescados. Se trata de una visita
imperdible. El
mejor espectáculo de la Polinesia francesa se ve en Moorea, en el
Tiki Village y Teatro. Durante
la cena, en un escenario dominado por un lago, los bailarines tahitianos
se mueven al ritmo de la vibrante música y es el lugar preferido del
jet set y las estrellas del cine para celebrar sus rutilantes casamientos.
Clima
Es
soleado agradable debido a la brisa refrescante que sopla del Pacífico.
Hay dos estaciones; de diciembre a febrero hay temperaturas de 27
a 35 grados y, de marzo a noviembre, que es más seca, oscila entre
los 21 y 27 grados. Moneda
Es
el franco francés polinésico (CPF), 100 equivalen a un dólar. Para
mayor información El Centro de Promoción Turística de Tahití está en Papeete, frente al Banco de la Polinesia. Su teléfono es el 689 429626. La
Polinesia despoja de prejuicios al huésped Las
turistas siguen el ejemplo local; se ponen y se sacan la parte superior
del biquini según haya sol o no TAHITI (El Mercurio, de Chile. Grupo de Diarios América) La
Polinesia Francesa debe ser uno de los pocos lugares de la Tierra
en que el sexo fue mejor arma de defensa que los cañones. Y aunque,
claro, eso fue hace tiempo, el sexo fácil sigue siendo una idea que
atrae imaginaciones y, naturalmente, turistas. ¿Cuán cierto es el
mito? Luego de una nimuciosa investigación por Tahití, Moorea, Tuamotu
y Bora Bora y la asesoría de un espontáneo experto se obtuvieron algunas
conclusiones arbitrarias y nada definitivas que se detallan a continuación.
Las
tahitianas usan la parte de arriba del bikini como los anteojos de
sol: se la ponen y se la sacan según haya o no sol. Las turistas siguen
el ejemplo. Y punto. Eso es todo lo que se ve de sexo en las playas
de Tahití, a menos que, claro, se esté dispuesto a buscar sexo como
se buscaría en cualquier ciudad del mundo. Sexo en Tahití. Los mismos
tahitianos se encargan de explotar la idea. Para
las vahines (mujeres) no es novedad ni escándalo hacer topless en
sus playas (al fin y al cabo son sus playas), como tampoco es novedad
para los tahitianos este paisaje costero, donde lo hermoso alcanza
categorías metafísicas. Pero los fotógrafos, grandes mirones, y los
vendedores de postales, revistas, encendedores, llaveros y cerveza
se encargan de retratar eróticamente a las chicas más bellas de la
Polinesia Francesa y enviar ese producto al resto del mundo, para
mantener viva la historia de que Tahití y las otras 117 islas de este
territorio francés de ultramar son un lugar hot en todo el sentido
de la palabra. En
estricto rigor, alguna vez lo fue, con ceremonias religiosas que incluían
sexo en público hasta la llegada de los descubridores europeos, a
principios del siglo XVII. O en rigor, hasta poco después, con la
llegada de los primeros misioneros, que cortaron de raíz estas costumbres
y oficializaron la vestimenta de Occidente en lugar de la desnudez
original. Sin
embargo, el breve primer contacto con Occidente bastó para que el
mito se echara a correr: las polinésicas eran más que cariñosas con
los marinos que llegaban allí. Esto, dicen, fue una movida político-estratégica
de las dinastías tribales que habitaban las islas: frente al poder
de la pólvora, el poder del sexo. Les fue bien: los franceses los
colonizaron políticamente en 1880, a expresa petición de la dinastía
polinésica reinante. Obviamente,
ahora todo eso es historia. La antigua libertad sexual es en la actualidad
un modo ambiguo de comportamiento, no totalmente perdido, no totalmente
expresado. Apreciaciones
in situ Uno
mira a estas mujeres tahitianas, como haciéndose el tonto, mientras
ellas miran para otro lado, y ellas, en vez de devolver guerra con
la mirada, no bajan los ojos y, por el contrario, sonríen y dicen:
Bonjour. Mujeres lindas que uno ve, pero con las que no se atreve
a hablar porque apenas chapucea francés. En
el aeropuerto de Faaa, en Papeete, en la sección vuelos nacionales
hay una vahine que recibe los tickets de embarque. Es alta y estupenda.
Su uniforme, de Air Tahití, es azul, ajustado y lleva estampadas unas
flores blancas. Se ajusta a su cuerpo y se ajusta bien: como si siempre
hubiera estado ahí, como si fuera el calor de Papeete que aun a las
7 de la mañana es tremendo. Como a lo tonto, como el que no quiere
nada, madmoiselle, a quel heure sale el avión?, pese a la pantalla
gigantesca sobre su cabeza que indica: 6.40 AM. En
el aeropuerto de Bora Bora, hay una chica vestida con un pareo blanco
-hay como doscientas formas de ponerse un pareo-. Tiene un aire de
estar en tercer año y ser la más simpática del curso. Atiende el stand
de uno de los muchos resorts de la isla. Capta al grupo que habla
español y esboza un hola. -Miss,
can I take a picture of you? Y
ella se indica a sí misma, sorprendida y algo avergonzada, obviamente
preguntando: ¿Yo? Y logra avergonzarlo a uno, bueno, yes, you. Clic.
Con
el pelo al viento La
mujer atiende el Maki Maki, un bar sobre palafitos en el atolón de
Rangiroa, unos 400 kilómetros al nordeste de Tahití. Es flaca y alta,
y sirve unas cervezas Hinano, típicas de la zona y buenísimas, que
cuestan un ojo de la cara, porque Rangiroa es remoto y pobre, pero
a la vez exclusivo, debido a su par de hoteles de primera clase y
a sus famosos cultivos de perlas negras, que los turistas se llevan
como si fueran pan, un pan de 250 dólares el más barato. Esta
mujer es estupenda, y se extraña de que alguien de Chile llegue hasta
allá, aunque no mucho, porque llega bastante gente de países raros,
y no se emociona cuando se le recuerda que sus hermanos pascuenses
son también chilenos. Esta mujer es tan bonita que, en vez de una
foto, el dedo saca dos. "Sacaste dos", advierte en inglés.
Posteriormente, la foto sale mal expuesta (mucho sol atrás) y su cara
queda oscura. Culpa de las Hinano que ella misma sirvió. Madmoiselle,
je peux vous... eh... take a photo? La
chica, en un pequeño islote de Bora Bora, se ríe con unos dientes
de conejo y dice que bueno. Forma parte de un grupo de baile, que
ha terminado de actuar para un montón de turistas y está comiendo
algo por ahí, en una mesa cercana, sola. ¿Qué preguntar? "¿Con
qué hacen esas faldas folklóricas con las que bailan?" "De
la corteza de esta palma", lo dice en francés y hace un gesto
como de sacarle la corteza. "¿Y se pueden comprar?" Responde
que claro, que en la isla del frente. Clic. Gracias. Una foto más,
una foto más entre los miles de fotos que los turistas (franceses,
japoneses, gringos) sacaron esa tarde. Mirar
y callar Preciosa
chica en espera del ferry de Papeete a Moorea (isla 17 km al frente
de Tahití). Compra su pasaje y desaparece. No hay más datos. Señora
amable y simpática con la que uno no se hace ningún problema para
conversar. Natau y Ariate Tevape se dedican a atraer tiburones en
la laguna de Bora Bora para que los turistas los fotografíen (a los
tiburones). Como la mayoría de los cuatro mil y tantos habitantes
de esta isla, a unos 45 minutos de vuelo desde Papeete, Natau y Ariate,
se dedican al turismo. Ariate tiene 42 años y cuatro hijos, y tal
vez lo único de su cuerpo que no tenía a los 17 es el volumen. Es
esbelta, fuerte, nada fea, y aunque su trabajo es dominar tiburones
y mantener a raya las manta rayas que se acercan a los turistas, es
dulce como la mermelada; y da la impresión de que un dios-entrenador
la hizo dupla de Natau, que también es grandote y fornido. "Nosotros
estamos casados", dice, a sabiendas de que en la Polinesia Francesa
estar o no estar casado da lo mismo y que la convivencia es una práctica
milenaria. "No es raro -dice Ariate, un poco sorprendida de que
el tema haya salido en la conversación- que muchas parejas que no
están casadas pasen toda su vida juntas." En todo caso, un hecho
que demuestra que éste es un lugar especial es que, dentro del paquete
de información general que brinda el Servicio de Turismo de Tahití,
hay un capítulo dedicado a "formalidades matrimoniales".
Acá
se acaba la cosa romántica y comienza la cruda realidad. Rafael Munagorri
es un abogado franco-español que toma clases en la Universidad Francesa
del Pacífico, en Papeete. Vive hace tres años en la Polinesia Francesa.
Se vino porque necesitaba tiempo y paz para concretar su especialidad
("el derecho y la ciencia") y escribir al respecto. Increíblemente,
los que viven en Tahití necesitan descansar de Tahití, y lo que hacen
para lograrlo es ir a bucear a atolones remotos como Rangiroa, y alojarse
en pensiones baratas. Rafael está haciéndolo. "Acá, a diferencia
de los otros archipiélagos de la Polinesia, las mujeres les pegan
a los hombres", comenta, mientras por la única calle de Avatoru
-el principal poblado de Rangiroa- pasa en un scooter una corpulenta
señora con cara de pocos amigos. Datos
para una conquista -Bueno,
este... ¿cómo se le acerca uno a una chica polinesia? ¿Son intelectuales,
tontas? ¿Difíciles? Es muy fácil conquistar a una chica polinesia.
Se necesita tener plata y mostrarla. Además, saber bailar ayuda mucho.
-¿Funciona recitarles el Poema 15? -Ja.
No. En general, la belleza del cuerpo y su fuerza importan más que
los conocimientos de filosofía. -¿Cómo
miran las chicas polinesias a los occidentales y cómo a sus compatriotas?
-Prefieren
a los occidentales por una razón evidente: suelen ser más románticos.
Además, tienen más plata y mundo. Hablan de París, Los Angeles o Londres.
-Eso
se llama fanfarronear. -No
les importa. -¿Las
mujeres polinesias varían de isla en isla? -Hay
muchas diferencias culturales y sociales entre ellas. Simplificando,
y según mi humilde opinión, se puede hablar de cuatro grupos: las
europeas solteras de 35 años, un poco perdidas y con bastante apetito
sexual; las chinas de 25 años (la colonia china controla el comercio
de la Polinesia Francesa, y es bastante grande), que aunque son guapas,
no son un buen plan, se interesan sobre todo en el dinero y por tener
una posición social alta; las semipolinesias, de 16 a 21 años, son
las más guapas y las más dulces, tienen sonrisas de sueño y ni hablar
de lo que está abajo de la sonrisa, y las polinesias puras, de 14
a 16 años, cuya experiencia asusta. Esto
suena como un fin de semana en Tailandia. -¿Es
Papeete una ciudad salvaje, sexualmente hablando? -No.
Pero es un sueño para los drag queens (travestis). El grupo que anima
los night-clubs y los bares son los rere o travestis locales. Son
muy guapas. Tradicionalmente, un rere es el hijo mayor de la familia.
Por esa razón ayuda a su madre a criar a los más pequeños y se queda
limpiando la casa, cocinando, etcétera. -¿Hay
machismo en la Polinesia Francesa? -Mucho.
Y los nativos son celosos, sobre todo con los europeos que vienen
a quitarles las chicas. Hay peleas y todo eso. Para darte un ejemplo
de machismo: los hombres prohíben que sus mujeres usen métodos anticonceptivos.
Para ellos, significa que ellas se van a acostar con todos los hombres
del pueblo. Consejos Los
precios de las habitaciones se consignan en dólares, y corresponden
a base doble. A la tarifa hay que adicionarle 7% de impuestos. En
Tahití Beachcomber
Parkroyal (689 865110): los elegantes bungalows sobre el agua tienen
aire acondicionado, televisor, minibar, teléfono, radio, y vistas
a las Moorea. Se
presentan espectáculos de danza tahitiana, cenas en la playa y en
sus dos restaurantes se elaboran especialidades de la cocina local,
francesa e internacional. Libre
acceso a la piscina, jacuzzi, canchas de tenis y voley, gimnasio y
espectáculos. Se
alquilan equipos náuticos y se organizan cabalgatas, safaris fotográficos
en 4x4, cruceros y viajes en helicóptero. Las
tarifas oscilan entre 319 y 486 dólares Sofitel Maeva Beach (689 410505):
situado a 7 kilómetros del centro, inmerso en un jardín tropical con
vistas al mar y a la montaña. Su
arquitectura se asemeja a los templos polinésicos y está decorado
con antigüedades del Pacífico Sur. Las
habitaciones tienen aire acondicionado, teléfono, televisor y baño.
Dispone
de dos restaurantes, bares; brinda espectáculos tahitianos, hay piscina,
cancha de tenis y alquila equipos para la pesca, buceo y snorkeling.
Tarifas: entre 260 y 270. Moorea,
un paraíso para dormir Hotel
Bali Hai (689 561359 ): el alojamiento es en bungalows del estilo
característico del lugar y cuentan con todos los servicios. Los construidos
sobre el agua ofrecen camas king size. Cuenta con bar y restaurante,
piscina, cancha de tenis y snorkeling gratis; actividades nocturnas
y bailes tahitianos. Los bungalows, a partir de 220. Hotel
la Ora (689 561290): consta de 110 bungalows distribuidos entre un
bosque y la playa, equipados con teléfono, televisor, minibar y baño.
Funcionan dos restaurantes que organizan noches temáticas con shows.
Libre acceso a piscina, canchas de tenis, voley, equipos de snorkeling,
canoas y tablas de windsurf. Alquila botes de pedal, equipos de buceo,
motos de agua y botes con fondo de vidrio. Las tarifas ascienden a
440. Bora
Bora, una francesa a todo lujo Los
bungalows overwater de esta isla de pureza intacta permiten vivir
una experiencia única en el Pacífico BORA BORA Lejos
de todas partes, entre Asia y América, esta pequeña isla se asoma
en el Pacífico como un tiare (gardenia) fresco y delicadamente perfumado.
La naturaleza se encarga de preservar su pureza: Bora Bora se refugia
al amparo de una cadena de arrecifes de coral. En
la imaginación de cualquier ser humano, la Polinesia Francesa ocupa
el lugar del cielo, pero la historia de la isla da cuenta de que no
todo fue color de rosa. En
el siglo IX estuvo habitada por los sanguinarios guerreros al mando
de los reyes polinesios. Y
no tan lejos en el tiempo, fue base de 5000 soldados norteamericanos
durante el final de la Segunda Guerra Mundial, que la utilizaron para
el aprovisionamiento de submarinos, buques y aviones. En
Bora Bora se ve mucho más que cañones abandonados; toda la isla es
un volcán extinguido por donde corrió la lava. Los
cráteres actualmente son excelentes miradores. La vistas están dominadas
por el contraste de las aguas de la piscina natural que rodea la isla,
que viran de turquesas a azules. Las
arenas blancas destellan con el sol y desde allí arriba se ven recortadas
por espigados cocoteros y los típicos bungalows de bambú y madera,
que forman una cadena que se interna en el agua. Encuentro
con los tiburones Cardúmenes
de diferentes especies se pasean como haciendo gala de sus diseños
y estridentes colores. Una
zambullida con patas de rana y cámara de fotos sumergible es el mejor
plan para descubrir sus casi 300 especies y la flora exótica. Regresar
de Bora Bora sin haber practicado buceo o al menos snorkeling es haberla
conocido, sin duda, a medias. También
en la isla se organizan excursiones para alimentar a los tiburones
que, por supuesto, no están en cautiverio. Pero
no es motivo para temblar, el alimento no es uno, los guías aseguran
que la carne humana no es de su agrado. Se
parte en canoas, en grupos de no más de ocho personas. Una vez mar
adentro y con el snorkel puesto, todos se tiran al agua sujetos a
una cuerda. Así es, todos en la misma agua, junto a los tiburones
nadando a unos tres o cuatro metros de distancia y aún menos cuando
el guía les da de comer. No es para ponerse nervioso, o sí... nunca
se sabe. Otro
paseo muy común es bordear la isla en barco hasta un acuario natural
donde pueden verse rayas y tortugas. La
más exclusiva Bora
Bora puede brindar una experiencia salvaje pero, a diferencia de la
vieja serie, de precaria no tiene nada. El
lujo francés la acompaña a todas partes. La
hotelería de Bora Bora es considerada la más exclusiva de las islas
del Pacífico Sur. Se
caracteriza por los bungalows -típica construcción polinesia-, que
se distribuyen entre la playa y el mar. Los
primeros están rodeados de jardines floridos y palmeras. Los segundos,
llamados overwater, son para los que no se conforman con verlos desde
atrás. Están levantados sobre pilares, a unos pocos metros del agua.
Por
dentro son todos iguales, con la diferencia de que éstos tienen una
mesa de vidrio fácil de abrir para darles de comer a los peces. Por
la noche, también es posible hacerlo, ya que el bungalow permanece
iluminado por debajo. Con
la calidez de la madera y en armonía con la naturaleza, en sus interiores
existen todas las comodidades de un hotel cinco estrellas: cama king
size, refrigerador, teléfono, ventiladores de techo y un baño completamente
equipado. También
están provistos de ventanales grandes, balcones con reposeras y ducha
privada, todo listo para darse un chapuzón a cualquier hora, temprano
a la mañana o bajo la luz de las estrellas. En
cuanto a las comidas, la pesca diaria provee exquisitos manjares:
mai mai, pescados de la laguna, que son servidos en buffet o a la
carta. En
algunos hoteles la cena se sirve al aire libre, con arreglos florales
y hojas de palmeras por doquier, hasta coronando la cabeza de los
mozos. Es
la oportunidad de dejarse llevar por el ritmo de la música alegre,
que las bailarinas acompañan ladeando la caderas de un lado para otro,
ataviadas con largas faldas que con el movimiento dejan entrever sus
piernas. Ellos,
de aspecto más salvaje, tal vez por el taparrabos, exhiben en sus
muslos y brazos extraños tatuajes sinuosos como símbolos de una proeza.
En las muñecas y tobillos los dibujos simulan una pulsera, espinosa
y negra. Una
ruta para explorar Una
ruta de 32 kilómetros, que bordea toda la costa, depara un encuentro
con Vaitape, la colorida aldea donde vive la gran mayoría de los isleños.
Además de las oficinas públicas, hay un puñado de bares y restaurantes;
tiendas; dos iglesias, una católica y otra protestante; el embarcadero,
y una feria artesanal que vende collares de caracolas y pareos multicolores,
para que las mujeres puedan pasearse por la playa como auténticas
polinesias. Eso sí, si se adornan la oreja con una flor, las antiguas
costumbres establecen que quienes tienen pareja o están comprometidas
deben usarla del lado izquierdo y las solteras del derecho. En Bahía
Pofai, hay más restaurantes y tiendas de productos autóctonos donde
se pueden conseguir maderas talladas. Ascender
hasta la cima de los montes Pahia, de dos picos, y Otemanu es una
expedición recomendable, así como también recorrer los caminos que
construyeron los norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero a Bora Bora no se le puede pedir más porque la naturaleza le dio todo en abundancia y se ofrece pura como un tiare fresco cuyo perfume se llevará en el recuerdo. Diccionario
tahitiano Alojamiento Bora
Bora Lagoon (689 604000): está situado en Motu Toopua. Sus espaciosos
bungalows disponen de camas king size, baño privado, teléfono, minibar,
televisor con cable y una mesa ratona vidriada que permite ver el
fondo de agua. También cuenta con un patio exterior privado, con ducha,
para zambullirse a cualquier hora. Hay restaurantes de primer nivel,
festivales tahitianos, discoteca, entretenimientos, facilidades para
la práctica de deportes náuticos, avistamiento de tiburones, salidas
de buceo, snorkeling y cruceros. Los bungalows sobre el mar cuestan
710, en el jardín 520 y en la playa 550. Club
Med Bora Bora (689 604604): está situado al sur de la isla de Bora
Bora, en la bahía de Faopore. Consta de 144 habitaciones, baño, aire
acondicionado, frigobar, teléfono internacional, caja fuerte. Se puede
practicar surf, vela snorkeling y buceo. En
tierra firme, las opciones son arco y flecha, voley, golf y tenis.
También ofrece paseos en piragua de vela y de remo, salidas en barco
con fondo de vidrio, picnics, transporte hacia los islotes vecinos,
bailes y veladas folklóricas. La tarifa con pensión completa es de
163; incluye deportes náuticos. Sofitel Marara (689 677046): se sitúa entre los montes Pahia y Otemanu y el mar. Las habitaciones decoradas en madera y caña están completamente equipadas. Sus restaurantes sirven comida local, pescado fresco y frutas exóticas. Posee piscina, organiza excursiones en bicicleta, actividades náuticas y paseos en bote. Los bungalows sobre la playa cuestan 390 y los overwater ascienden a 500 La Nación, septiembre 1998 |
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