| KATMANDU Una
trama indeleble de siglos envuelve los ritos y las manifestaciones artísticas
de la capital de Nepal; bajo la sombra del Himalaya se extiende un laberinto
de templos, dioses y religiones en medio de las amables y arraigadas
costumbres de la gente; una ciudad que atrapa los sentidos del visitante
y lo deja atónito No
es extraño que la tierra que vio nacer a Buda, que alberga al Everest
(8848 metros), la montaña más alta del mundo, y venera a la Kumari,
una diosa viviente, sea un lugar de culto entre los viajeros. Debido
a su estratégica posición geográfica entre dos colosos, la India y China,
tanto la historia como la cultura y la lengua de Nepal son una síntesis
de las influencias de los pueblos mongoles del norte de Asia y los caucásicos
de la India. En
materia religiosa, la mezcla entre el budismo tibetano y el hinduismo
es tan poderosa que más de una vez resulta complejo diferenciarlas.
Y acaso por esas características sobre su naturaleza, un reino tan remoto
y fascinante como Nepal ostenta una capital no menos luminosa. Ya
se dijo hace más de cien años que Katmandú es "una ciudad con tantos
dioses como habitantes y tantos templos como casas". Los
años pasaron desde las descripciones de aquellos primeros viajeros-cronistas
y aunque en Katmandú se tome Coca-Cola y los ciudadanos actualizados
usen jeans, en más de un aspecto los tiempos modernos todavía están
en camino. Por la concentración de arte, cultura y tradición, Katmandú
es una de esas capitales que piden más de una visita. Si bien con una,
definitivamente, no es suficiente, puede ser la llave para asomarse
a otras costumbres y despertar, de una vez y para siempre, la curiosidad
por Oriente. Uno
puede viajar a Nepal como un turista más de vacaciones, que mira la
ciudad por la ventanilla de un micro, come en restaurantes occidentales
y se hospeda en hoteles internacionales. Sin embargo, no hay como explorar
cada recodo de Katmandú a pie, probar el dhal bhat o dormir en los modestos
guest houses de Tamel. Historia y tradiciones El
valle de Katmandú, formado por la capital y las ciudades vecinas de
Patan y Baktapur, es el centro histórico de Nepal y allí se concentran
templos y palacios que testimonian la habilidad con que se desempeñaban
los antiguos arquitectos y artistas del reino. Entre
las numerosas etnias que pueblan el país, los newaris habitaron originalmente
el valle y durante la dinastía de los reyes Malla, puntualmente entre
1600 y 1700, se construyeron los edificios imponentes que hoy es posible
ver y, en algunos casos, visitar. Por aquellos años, cada una de las
tres ciudades principales del reino era concebida como un minirreino
o monarquía independiente, que contaba con su rey propio, palacio y
viviendas especiales para las castas más altas. Por
esa razón, en el área relativamente exigua que comprende el valle de
Katmandú -25 km de Este a Oeste y 20 km de Norte a Sur- se destacan
tantos palacios y trabajos artísticos. En 1768, Prithvi Narayan Shah,
procedente del reino de Gorkha al oeste de Nepal, conquistó el valle
y estableció su capital en Katmandú. La nueva dinastía, que reina hasta
nuestros días, unificó el país y fijó como oficial el lenguaje nepalés,
que reemplazó al anterior newari. El
centro histórico de la ciudad y los barrios vecinos presentan el mismo
diseño que hace varios lustros: construcciones bajas con balcones tallados
en madera y pequeñísimos negocios a la calle; arterias angostas como
pasadizos; mercados con emormes repollos, tentadoras bananas y mucho,
muchísimo ruido. En
efecto, el movimiento o trajín propio de una ciudad occidental no puede,
en Katmandú, tener otro nombre que caos, al menos durante los primeros
días. Poco a poco, el desorden se torna conocido y, finalmente, uno
se acostumbra tanto que al regresar no sería raro que comparara a la
Argentina con Suiza. De repente, en medio del alboroto, a la vuelta
de una esquina cualquiera, un templo maravilloso o una imagen con los
inmensos ojos de Buda concentran las plegarias de los devotos, que no
se enteran de los bocinazos con que un motociclista pretende que una
vaca sagrada se mueva del medio de la calle, ni de las acaloradas negociaciones
entre un vendedor de gallinas vivas y el propietario de un comercio
que, a juzgar por los gestos, exige un mejor precio. Salvo bien entrada
la noche, cuando un silencio decisivo parece haber deglutido el desorden,
las calles de Katmandú desbordan de gente que trabaja, pasea o simplemente
se desplaza. Los
rickshaws, tanto con motor como en bicicleta, se convirtieron en el
transporte más utilizado por los viajeros que frecuentan las principales
ciudades asiáticas.Y Katmandú no es una excepción. Estos
vehículos, con un caparazón plástico debajo del cual se ubican los pasajeros,
funcionan como los taxis urbanos. Si se contrata uno con motor, el trayecto
se pagará sensiblemente más que si es un cyclerickshaw, la versión a
pedal. Supuestamente, la razón es obvia: uno llegará antes que otro.
Sin embargo, debido al estado del tránsito -que admite no sólo vacas,
sino hasta elefantes- toda certeza está en jaque. Más aún, es muy posible
que los pasajeros que son remolcados por el ciclista logren escurrirse
más fácilmente de los atascamientos y lleguen antes a destino. Algunos
podrán pensar que la siguiente afirmación es exagerada, pero otros sabrán
que tiene fundamento: más de una vez la manera más efectiva de alcanzar
un domicilio en la ciudad es paso a paso, esquivando autos prehistóricos,
motos con cargamentos de cebollas, vendedores de plumeros gigantes y
otros obstáculos casi surrealistas. La sola mención del nombre Katmandú
puede implicar, en los pensamientos de más de un turista, un lugar lejano
y hasta improbable. Sin embargo, es bueno saber que es mucho más accesible
de lo que parece. Si bien en nuestras latitudes un viaje a Katmandú
puede sonar exótico, hay que tener en cuenta que desde la época en que
los freaks la eligieron como destino de sus viajes iniciáticos, la afluencia
de turistas occidentales es constante y la ciudad está preparada -a
su manera- para recibirlos. En
aquellos años, fines de los sesenta y principio de los setenta, Nepal
se abría a Occidente luego de un prolongado ostracismo. Gobernados
por los románticos designios del flower power, los hippies llegaban,
muchas veces por tierra, a Katmandú que, igual que Kabul (Afganistán)
y Kuta (Bali), formaba parte de la ruta de las tres k y prometía hashish
y heroína sin restricciones y a bajo costo. En
aquel tiempo, y en honor a ellos, se rebautizó la calle Jochne por Freak
Street, que se transformó en un punto de encuentro de viajeros de todo
el mundo. En
esta época, Katmandú también es un centro de reunión, un cruce de rutas
para intercambiar información y experiencias de viaje, una parada obligada
de los que peregrinan por Asia. Sin embargo, la concentración ya no
es tanto en Freak Street, sino en Tamel, un barrio situado un par de
kilómetros más al Norte y habitado casi exclusivamente por turistas.
La
plaza de Durbar es el corazón de Katmandú antiguo, y un lugar de esos
que uno no quisiera irse nunca. Desde todos las ángulos, templos con
el estilo de las pagodas chinas rodean y abrazan los límites de la plaza.
En
nepalés, durbar significa palacio y efectivamente allí está el Palacio
Real o Hanuman Dokha, que fue hasta el siglo pasado la residencia del
rey. La
zona de Durbar se forma a partir de la comunicación de las plazas de
Basantapur, desde donde nace la calle Freak y la zona del Palacio Real.
El
camino de Tamel a Durbar es una sucesión de calles angostísmas y serpenteantes,
con un negocio al lado del otro. Literalmente, no existe una puerta
al exterior que no sea un comercio: artesanías, restaurantes, antigüedades
y hasta mecánicos dentales, cuyas tiendas se pueden identificar por
una gran dentadura pintada -a ojo de buen cubero- en un letrero que
ocupa todo el frente. No importa desde qué punto de la ciudad uno acceda, la llegada a Durbar cobija siempre un suspiro placentero. Porque estar en ese espacio totalmente rodeado de templos y en donde la espiritualidad casi se huele en el aire, es subyugante; porque viene bien un retazo de cielo abierto alejado de los rugidos y el smog de las motos, ya que a Durbar sólo entran los cyclerickshaws; porque no hay nada como sentarse en el último escalón del Maju Deval -un templo dedicado al dios Shiva- y, desde allí arriba, sólo entregarse al delicado fluir del tiempo. Reino en miniatura En
una de las esquinas de Durbar, reside una pequeña diosa viviente. La
Kumari Devi es, ante todo, una virgen. No tiene más de cuatro o cinco
años y, según se cree, es una reencarnación de la diosa Durga. Por supuesto
la diosa no es una niña cualquiera, el proceso de selección es riguroso:
debe pertenecer a la casta Newari Shakya, no tener marcas o heridas
en el cuerpo y responder a 32 señas particulares, entre ellas la de
permanecer impasible ante el pánico. La Kumari habita en Kumari Bahal y su reinado concluye con su primera menstruación. De ahí en adelante vuelve al mundo de los mortales como una más, sin ninguna concesión. Luego se elige a otra y así se mantiene este insólito reinado de niñas desde hace más de doscientos años Rumbo
al Annapurna y al Everest Las
luces y sombras de Katmandú son tan poderosas que excitan a los viajeros
más aplomados. Pero la naturaleza que enmarca el país despliega, incuestionable
y humilde, ocho de los diez picos más altos del mundo, y la sensación
de ser parte de ese entorno es mucho más que excitante; resulta una
experiencia conmovedora, única. Los
trekkings de acceso más sencillo, tanto hacia el campamento base del
Everest como por la región del Annapurna, constituyen la mejor forma
de abordar ese universo de nieves eternas y percepciones silenciosas.
Hacer
trekking en Nepal quiere decir caminar siguiendo senderos que se internan
en las montañas y, en más de un caso, constituye la vía de comunicación
entre caseríos olvidados. En
tal sentido, el trekking difiere del montañismo, cuyo propósito es escalar
para alcanzar la cima de algún pico de altura. En general, muchos circuitos
de trekking son la primera parte de una expedición de montaña; cuando
los trekkers llegan a su meta -digamos un campamento base a 4000 metros-,
los montañistas comienzan su tarea. Además
de admirar la naturaleza, en un trekking es posible acercarse a las
costumbres de los nativos y conocer la flora y la fauna autóctonas.
Un
clásico día de trekking comienza alrededor de las 6 y se camina entre
cuatro y siete horas, que suponen constantes ascensos y descensos. Según
el estado físico de los caminantes y el tiempo del que disponen, se
puede elegir entre diversos circuitos de dificultad y duración variables.
Aunque
existe la posibilidad de hacer trekking por medio de una agencia de
viajes, la mayoría lo realiza por cuenta propia, ya que los senderos
están marcados y hay hospedajes y pequeñas tea houses o restaurantes.
Región
del Annapurna: los circuitos comienzan en las inmediaciones de Pokara,
un pueblo hermoso sobre el lago Pewa Tal, a siete horas en micro desde
la capital. El
recorrido completo dura entre 25 y 30 días y pasa por un paso de gran
altura, Thorung La (5416 metros). Debido a que es un circuito largo,
se formaron dos trekkings más cortos a partir de ése: Jomson y el santuario
del Annapurna. Tanto en uno como en otro se recorre el mismo camino
de ida que de vuelta, pero en el Jomson existe la posibilidad de llegar
o partir en avión. El trekking del santuario llega al campamento base
del Macchapuchare -pico que por ser sagrado para los nativos no es posible
escalar- y del Annapurna, a 3900 metros. Circuito
del Everest: este trekking por la región de Solu Khumbu es más exigente
que el anterior, detalle previsible, en tanto se trata de la zona vecina
a la montaña más alta del mundo. En esta región, habitan los sherpas,
el grupo étnico más conocido de Nepal. Desde la primera expedición al
Everest, en 1921, ellos demostraron ser porteadores hábiles para caminar
en las alturas. El trekking dura alrededor de veinte días, pero los que no disponen de ese tiempo tienen la posibilidad de volar a Lukla (2800 metros) y desde allí comenzar a caminar. Así el circuito se reduce a seis días. Apuntes
para un buen trekking Permisos.
Equipo. Hospedaje y comida. Porteadores. Clima. Permisos:
la visa de turista al país no incluye la autorización para hacer trekking.
Por lo tanto, hay que sacarla y pagarla aparte en la Oficina de Inmigración
de Katmandú o Pokara. El
precio depende del área por visitar, pero las más frecuentadas por los
turistas son las del Annapurna y el Everest, cuyos permisos cuestan
US$ 5 por semana y, según el entrenamiento de los caminantes, el tiempo
oscila entre diez días y dos semanas. Hay regiones de acceso limitado,
como Mustang, en uno de los límites con el Tíbet, donde se cobra 700
por diez días de trekking. Equipo:
el frío intenso de la cordillera más alta del mundo exige buena ropa
de abrigo y, si es de pluma, tanto mejor. Sin embargo, si los turistas
no la tienen, deben saber que en Katmandú pueden comprarla, alquilarla
e incluso hacer los trueques más exóticos. En efecto, en la zona de
Tamel y en Pokara, desde donde se inician los trekkings de la región
del Annapurna, hay negocios especializados en ropa de abrigo, botas
de trekking, mochilas y sacos de dormir. Este es el precio del alquiler
por día del equipo básico: aislante, US$ 0,30; bolsa de dormir, 0,60;
campera de pluma, 40; polainas impermeables, 0,15; guantes para nieve,
0,10. En la mayoría de los casos es preciso dejar un depósito para realizar
cualquier alquiler. Hospedaje
y comida: durante todo el trekking hay lodges o posadas para pasar la
noche. Algunas son espartanas, pero otras ostentan cierto lujo, como
duchas de agua caliente a 3000 metros de altura. El precio del alojamiento
ronda los US$ 3. Durante el trekking, las comidas son simples, pero
sabrosas, y los precios oscilan entre 0,80 y 1,50 por un plato de arroz
con vegetales o spaghetti con queso. La diferencia depende de la altura,
ya que toda la comida es trasladada por porteadores; no existe otra
forma de llegar que no sea a pie. Porteadores:
para los que deseen o necesiten el servicio de una persona que le lleve
la mochila, el precio aproximado por día es US$ 6. Es un buen consejo
contratar a alguien recomendado por una posada o una agencia de turismo.
También es posible contratar guías que dominen el inglés y conozcan
la zona por 10 dólares por día. Clima:
la mejor época para hacer un trekking es durante la estación seca, en
octubre y noviembre. En esos meses no hace tanto frío como entre diciembre
y mayo, y se consiguen vistas muy nítidas de las montañas. De junio
a septiembre se extiende la época del monsón. Así, las lluvias constantes
borran la huella y los caminos están muy resbaladizos. Dieta de viajeros En
Katmandú es posible elegir entre centenares de restaurantes que ofrecen
comida occidental, tibetana y china a precios de ocasión. Dhal
bhat tarkari: Arroz,vegetales y lentejas: la base de la dieta nepalesa,
desde US$ 0,50. Almuerzo
o cena: Fideos chinos, pizza, tartas o carne de búfalo, entre US$ 2
y 5. Gaseosas: Alrededor de US$ 0,20. El
mundo de las religiones Hinduismo
y budismo, católicos y musulmanes; la mezcla de creencias que se produjo
en Nepal es infinita, ancestral y muy interesante KATMANDU,
Nepal.- Si bien Nepal es el único reino hindú del mundo, conviven dentro
de sus fronteras y en perfecta armonía un gran número de budistas, además
de católicos y musulmanes, aunque en menor medida. Buda
nació en Lumbini, al sur de Nepal, pero el budismo recién llegó al país
en el 250 antes de Cristo, de la mano de Ashoka, un emperador indio,
de fe budista. Luego, una época de hinduismo y más tarde, en el siglo
VIII de esta era, cruzó los montes Himalaya y echó raíces en Nepal el
budismo tibetano, que se practica en el vecino Tíbet. Una
vez que todas estas creencias se asentaron en Nepal, comenzó la mezcla.
Así, figuras que en el budismo son consideradas sabios, fueron resignificadas
por los hindúes de Nepal, que las transformaron en nuevas manifestaciones
de sus dioses. Lejos
de estar bien diferenciadas, estas creencias se amalgamaron de tal forma
que hoy resulta complejo establecer los límites. El ciclo de reencarnaciones El
hinduismo es una de las religiones más antiguas del mundo y constituye
la fe predominante en la India, -donde la practican alrededor de 700
millones de personas- Nepal, Bali y en las islas de Mauricio y Fiji.
Según
esta religión, la existencia está compuesta por tres mundos que deben
convivir en una genuina correspondencia: el primero es el físico; el
segundo es un plano más sutil y mental donde habitan los espíritus,
y el tercero es el universo de los mahadevas o dioses hindúes. Entre
las prácticas más importantes del hinduismo, se cuentan el ritual de
culto o puja -una forma de comunicación con los dioses-, la cremación
de los muertos y las reglas que impone el sistema de castas. Del
sánscrito, samsara es una bella palabra que hace referencia a la reencarnación,
noción vital de la filosofía hindú. Según
la doctrina de esta religión, el alma es inmortal y cuando alguien muere,
su espíritu continúa entrando en otros cuerpos con el fin de resolver
experiencias que quedaron pendientes y aprender las lecciones de vida
del mundo material. Por medio de las sucesivas reencarnaciones, se llegará
a la salvación espiritual o moksha y allí concluirá el ciclo de renacimimientos.
El concepto de karma está muy relacionado con la reencarnación porque
es el que determina si el siguiente renacimiento situará al devoto más
cerca o más lejos del camino que lleva a la salvación del alma. Así,
la ley del karma es definida por el fenómeno de causa y efecto, similar
a la idea de que uno cosechará lo que siembra. Es decir que malas acciones
en la vida generarán un mal karma y como consecuencia ese ser tardará
más en liberarse del ciclo de muerte y renacimiento. El hinduismo y la tolerancia "La
verdad para nosotros tiene varios nombres, pero eso no significa que
haya muchas verdades", con estas palabras explicó un gurú hindú
la existencia a la vez de un dios y tantas representaciones en su religión.
Más
de una vez, cuando los viajeros intenten memorizar el panteón de dioses
hindúes se encontrarán en aprietos porque se dice que está compuesto
nada menos que por 333.000.000. Sin embargo, la cantidad tampoco es
fundamental ya que ellos creen en un solo Dios que fue entendido por
las diversas etnias con un nombre, una forma y un estilo distintos.
Un
devoto puede venerar a Ganesh, mientras que su amigo le rinde culto
a Shiva, sin que esto genere conflictos. Porque el hinduismo promueve,
ante todo, el don de la tolerancia. Es
interesante conocer los principales dioses para lograr identificarlos
y no enloquecer con las extrañas imágenes de hombres con trompa de elefante,
tres cabezas o cuatro brazos. El
único y omnipresente Dios que se menciona en los Vedas -escrituras sagradas-
tiene tres representaciones físicas. Si bien no está tan presente en
Nepal como en la India, Brahma es el creador, un ser supremo que cuenta
con cuatro cabezas que le permiten ver y saber todo. Shiva, conocido
como el reproductor y destructor, es uno de los más venerados en el
país junto con Vishnu, el que preserva. Cada
dios cuenta con un vehículo o montura, que suele ser un animal que lo
traslada. Shiva monta a Nandi, un gran toro; Vishnu viaja sobre Garuda,
un hombre-pájaro; Ganesh se desplaza en una rata. Estos
dioses tienen, a su vez, reencarnaciones, manifestaciones y aspectos
distintos, que se traducen en nuevos nombres y así se engruesa la lista
casi infinita. Además,
cada uno tiene un consorte o compañero que simboliza una parte de su
personalidad. De la unión entre Shiva y Parvati nació Ganesh, que tiene
cuerpo humano y cabeza de elefante. Es el dios de la prosperidad y la
sabiduría y uno de los más populares porque trae buena suerte. Los rastros de Buda Coexisten
en el reino distintas corrientes del budismo, pero la tibetana es mayoritaria.
Luego
de la ocupación china del Tíbet, cientos de monjes huyeron de la opresión
y se establecieron en Katmandú y en la región de Mustang, cerca del
límite con China. También llegaron a Darjeeling, al nordeste de la India
y posteriormente a Darahmsala, al Norte, donde reside actualmente el
gobierno tibetano en el exilio. Por
las calles de Katmandú se ven monjes de rasgos mongoles que agitan la
rueda de rezo y veneran al Dalai Lama sin restricciones. El
príncipe Sidarta Gautama nació en Lumbini, en el 543 antes de Cristo.
Hasta los 29 años, vivió dentro de las fronteras del palacio real, rodeado
de lujo y bienestar, sin saber qué significaba el dolor o el sufrimiento.
Un día, convenció al conductor de su carroza para que lo llevara fuera
del palacio. Allí vio un hombre viejo, otro enfermo, un asceta y un
cadáver. El shock que le produjo el descubrimiento del mundo real hizo
que abandonara la riqueza para dedicarse a una intensa búsqueda espiritual.
Luego de varios años de ascetismo, Sidarta alcanzó la iluminación y desarrolló su teoría del Medio Camino o moderación en todos los aspectos de la vida. De acuerdo con sus enseñanzas, la vida es un sufrimiento causado por los deseos propios de cada individuo y la ilusión de que son muy importantes. Así, por medio de diversas reencarnaciones, esos deseos se extinguen y se alcanza el nirvana, el fin del ciclo de la existencia. Datos
sagrados En
Nepal, la religión se respira en todos los rincones del país y hay templos,
stupas(estructura religiosa del budismo con forma esférica) y monasterios
en los sitios más remotos. Además
de los templos de Katmandú, existen, en las cercanías de la ciudad,
dos centros de peregrinación que merecen una visita. Y, más de una,
también. Wayambhuntah:
está situado a dos kilómetros de la ciudad, en la cima de una colina.
Quizá por la dificultad para pronunciar el nombre y debido a sus indiscretos
habitantes, esta estructura budista es conocida como el Templo de los
Monos. Es
una stupa esférica que concluye en una espina dorada desde cuya base
los cuatro grandes y avizores ojos de Buda todo lo ven. El tercer ojo,
presente en cada par, es un símbolo de su clarividencia. Si
el viajero todavía no lo sabe, ya se lo dirán los locales: las stupas
se recorren en sentido horario, nunca al revés. A medida que caminan
los peregrinos hacen girar las ruedas de rezo dispuestas alrededor de
la stupa central y rellenas de mantras u oraciones sagradas que el viento
esparce en el éter. Pashupatinath:
situado a orillas del río Bagmati, a cinco kilómetros de Katmandú. Es
el templo hindú más importante de Nepal y uno de los más sagrados para
el hinduismo. Presenta
el tradicional estilo de pagoda y fue construido en honor al dios Shiva.
El nombre Pashupati hace referencia, justamente, a una de las encarnaciones
más bondadosas, agradables y creativas de Shiva, el terrible. Los
visitantes que no son hindúes, sólo pueden apreciarlo desde el otro
lado del río. Debido a que el Bagmati es un río sagrado, en Pashupatinath, de la misma manera que en Varanasi (India), hay cremaciones diarias. Visa.
Acceso. Moneda y cambio. Cuándo viajar. Prevención. Visa
En
la Argentina no existe embajada de Nepal. Por lo tanto, la visa se obtiene
al llegar a Tribhuvan, el aeropuerto de Katmandú, o bien en cualquier
frontera terrestre. Es preciso contar con una foto carnet y la tarifa
de una visa por 30 días es 30 dólares. En caso de necesitar más días
para el viaje, es posible extenderderla por US$ 1 por día. Acceso Como
no hay vuelos directos a Katmandú, el pasaje puede ser vía algún punto
de Europa o una ciudad asiática. El precio del pasaje vía Londres es
de alrededor de US$ 1400 y si es vía Asia, ronda los 1600. Las tarifas
corresponden a la temporada baja, entre febrero y junio. Moneda y cambio La
moneda de Nepal es la rupia, que se divide en 100 paisa. Si bien el
banco nacional establece una tarifa de cambio, el mercado negro también
fija la suya, que es bastante más generosa. Cuándo viajar Octubre
y noviembre son los meses más convenientes para visitar Nepal ya que
es el comienzo de la estación seca, el frío no es muy intenso y las
vistas del Himalaya son nítidas. Marzo y abril también son buenos meses
para hacer trekking. Prevención Es recomendable vacunarse contra la meningitis, el tétanos y el tifus. Aunque la malaria fue erradicada del país, se aconseja prevenirse en caso de viajar durante la estación húmeda. De
paseo por el valle Excursiones:
un circuito por las ciudades vecinas de Patan y Baktapur completa un
viaje por la zona adyacente a Katmandú. Debido
a que antiguamente conformaban monarquías independientes, cada ciudad
tiene su Plaza Durbar, con el correspondiente Palacio Real y templos
que la ciñen y enmarcan. Conocida
también como Lalitpur -ciudad de belleza-, Patan está situada cinco
kilómetros al sur de Katmandú. Inspirados acaso en un ferviente sentimiento
religioso, los artistas de Patan esculpieron con destreza la piedra
y tallaron sofisticadas imágenes en las oscuras maderas de edificios
y templos, construidos en su mayor parte durante la dinastía de los
reyes Malla, entre los siglos XVI y XVIII. El
templo de Krishna Mandir, íntegramente construido en piedra, presenta
en los frisos que soportan el techo, escenas que relatan las aventuras
de príncipes bondadosos y criaturas malvadas, descriptas en los libros
sagrados Ramayana y Mahabarata. Aunque
hay hospedajes, Patan concentra esporádicos tours que paran algunos
minutos en la plaza y unos pocos turistas de paso. Por esa razón es
el lugar indicado para disfrutar de los colores, perfumes y hedores
autóctonos y asomarse a esquinas más apartadas, en las que los porteadores
esperan en cuclillas con las sogas listas para atar sobre su espalda
gigantescos roperos, bolsas de fruta o cemento. Arte erótico El
viaje de Katmandú a Baktapur es corto, pero singular, ya que el medio
de transporte para realizarlo es un antiguo trolebús que tiene la última
parada a 10 minutos de caminata del centro de Baktapur. Entre
los siglos XIV y XVI, Baktapur fue la capital del valle y ese título
se advierte en el aire distinguido de su espaciosa Plaza Durbar y los
templos que la conforman. Acaso
la particularidad con más éxito de Baktapur sean las tallas eróticas
que revisten las molduras de varias construcciones. No sólo son extremadamente
detalladas, sino que recrean tantas y tan diversas posiciones del acto
sexual que poco dejan librado a la imaginación humana. Entre
otros, el templo de los elefantes eróticos, a la entrada de Durbar,
muestra -como bajo el aumento de una lupa- la cópula de estos inmensos
paquidermos. Los
llamativos bajo relieves son una constante en la mayoría de los templos
del valle. Basta con mirar detenidamente las tallas para descubrirlos.
Por
un sendero estrecho se accede a Taumadhi Tole, la segunda plaza más
importante de Baktapur y al templo Nyatapola, que con treinta metros
de altura es más elevado del valle. Construido
en 1702, durante el reinado de Bhupatindra Malla, tiene una gran escalera
flanqueada por dos luchadores reales que según cuenta la leyenda tenía
cada uno la fuerza de diez hombres juntos. Además de todos los templos,
de esos que no se puede dejar de ver, en Baktapur hay que dejarse llevar
por las callecitas que se retuercen, caprichosas, entre antiguas viviendas
y negocios diminutos. Durante
el camino aparecerá, de repente, el día a día de los pobladores. Una
mujer con la cara tan arrugada que sería imposible pensar su edad sin
sorprenderse, zarandea granos de arroz sobre un canasto para separarlos
de la cáscara con una destreza y rapidez dignas -por lo menos- de su
nieta; los encendidos ajíes de la mala palabra, imprescindibles en la
dieta nepalesa ocupan más de la mitad de la calle: claro salió el sol
y tienen que secarse; un hombre de tez oscura y edad también remota
modela hábilmente una vasija en arcilla y, casi al final del sendero,
un arco iris de ropa recién teñida fija los colores al sol. Cumbres nevadas Se
puede tomar un taxi desde Baktapur, aunque antes es preferible caminar
un par de kilómetros por el valle. No para ejercitar las piernas, que
seguramente ya tendrán training, sino para captar las imágenes rurales.
Los
campesinos se desplazan a paso lento con sus topis (gorros típicos)
y un palo largo que se balancea sobre sus hombros y del que penden dos
canastas tejidas con juncos en donde cargan vegetales o granos. Las
parcelas son pequeñas y hombres, mujeres y niños colaboran en la cosecha
de las hortalizas, que más tarde se venderán en los mercados cercanos.
Nagarkot
es para los viajeros un lugar estratégico, uno de los mejores puntos
desde dónde se contempla el amanecer sobre los montes Himalaya. En efecto, es un sitio para despertarse luego de una noche helada, frotarse los ojos y prepararse para ver la morada de las nieves. Paraíso
para los souvenirs Libros.
Antigüedades. Plata. Tangkas. Máscaras. Marionetas. Ropa. Bordados.
Papel de arroz. Kukuri. Así
como Katmandú es un paraíso para los viajeros a la hora de comer, por
la diversidad y cantidad de restaurantes qu pueblan la zona de Tamel
y la calle Freak, también lo es cuando el objetivo es comprar artesanías
no sólo locales, sino también de la región de Cachemira, al norte de
la India y el Tíbet. Desde todos los libros imaginables sobre budismo
hasta delicados trabajos en plata, suéteres de pura lana, alfombras
y prendas de vestir hechas a mano, confeccionadas con tejidos de vistosos
diseños y colores, la oferta es sencillamente infinita. Por esa razón
es una buena idea decidir cuáles son las prioridades, porque comprar
lleva tiempo y cada adquisición exige un largo rato de regateo para
conseguir el precio deseado. Aquí van algunas para tener en cuenta.
Libros:
existen diversas librerías en el área de Tamel, pero Pilgrim's Book
House merece una visita, aun sin ánimo de compra. Es la librería más
importante de Asia en materia de títulos -nuevos, antiguos y raros-
relacionados con la zona de los Himalaya. También se venden guías de
viaje y novelas usadas a muy bajo costo. Además hay un restaurante y
un espacio para leer. E-mail: [email protected] Antigüedades:
es preciso tener en cuenta dos cosas: primero, que hay gente que se
dedica a hacer que determinada pieza parezca antigua, por eso es bueno
tener experiencia en el tema; segundo, que debido al robo de arte en
el país, no es posible extraer antigüedades de Nepal sin una constancia
del negocio en que fue comprada. Plata:
en la zona cercana a Durbar hay varios negocios de artesanos que modelan
la plata con habilidad. Se consiguen aros, collares, pulseras y medallones
con diseños antiguos y también adaptados al gusto occidental. El precio
depende del trabajo, las piedras y la cantidad de plata que tenga el
objeto, pero, por ejemplo, un par de aros con una pequeña amatista ronda
los 3 dólares. Tangkas:
son pinturas religiosas originarias del Tíbet, hechas a mano sobre cuero
o seda. Actualmente, las realizan los exiliados tibetanos e incluso
los nepaleses de fe budista. En general, describen Budas, deidades y
mandalas (una representación geométrica del universo). Según la calidad
del artista, que se traduce en el nivel de detalle del cuadro, el precio
oscila entre 5 y 100 dólares. Máscaras:
se consiguen tanto de papel maché como de madera y representan dioses
hindúes y tibetanos. Las primeras salen entre US$1 y 4, y las de madera,
alrededor de 6. Marionetas:
listas para dejarse maniobrar, presentan vivos colores y suelen representar
a Ganesh, el dios de la prosperidad, o a la Kumari Devi, la diosa viviente.
En relación con el tamaño y la calidad de la artesanía, el precio varía
entre 2 y 20 dólares. Ropa:
un pantalón de algodón con detalles de telas típicas sale US$ 2,5; un
llamativo sombrero de payaso, de coloridos gajos aterciopelados ronda
los 3; un chal de puro cashmere sale alrededor de 20 y un suéter de
pura lana, 5. Bordados:
las máquinas de coser van a mil y están preparadas para bordar con colores
estridentes cualquier diseño. En general, los negocios tienen varios
modelos, pero los turistas también pueden aportar los suyos. Se puede
comprar, por ejemplo, una remera bordada (US$3), pero también es posible
llevar un buzo viejo o incluso una mochila y hacerle coser el adorno
preferido. Papel
de arroz: es confeccionado artesanalmente en la zona de Baktapur y se
consiguen calendarios con los dioses impresos a todo color hasta papel
de carta y blocks de hojas. Los precios son extremadamente baratos,
menos de un dólar por cada uno de los objetos mencionados. En la zona
de Tamel se puede curiosear en The Print Shop, una casa especializada.
Kukuri: es la famosa y tradicional arma blanca del ejército Gurka de la Armada Real de Nepal. Se trata de un cuchillo curvo y muy filoso que contribuyó a formar la imagen de soldados invencibles que tienen los gurkas en el mundo. Según el tamaño, salen entre 5 y 30 dólares. Fuente La Nación, marzo 1999 |
| Este
país late al ritmo de la vida religiosa de sus pobladores, que despiertan
tanta atención como el Everest KATMANDU.-
Nepal es otro país que, enclavado entre China y la India, permanece
inconmovible con las doce razas que habitan sus 147.200 kilómetros cuadrados
y hablan al menos treinta y cuatro idiomas y dialectos. Nepal
tiene el territorio más montañoso del mundo y también el más alto. Allí
está el Everest donde, según la leyenda, habitan un sinnúmero de divinidades
locales y se refugia el yeti, que carga con el apodo de abominable hombre
de las nieves. Laberinto
de colores Es
por eso que para unos y otros la vida tiene un centro. Es el rito cotidiano
que se hace en estado de trance, que se logra por medio de la marihuana
que crece como maleza en los campos y se consume como agua. Sea como
fuera, lo cierto es que la oración les ocupa la mayor parte del día
y para que nunca se interrumpa hasta tienen templos portátiles para
seguir rezando por los caminos. En
eso se sofisticaron hasta el punto de confeccionar molinillos que contienen
rezos escritos en papel, y dar un golpe en ellos equivale a rezar todos
lo que está escrito adentro. Resulta muy práctico, sobre todo, si se
trata con un dios asequible. Aquí
y allá siempre habrá santones mendicantes que hablen de algunas de las
divinidades. Encuentro
en las alturas Se
recomienda a los viajero formar parte de una caravana y dejarse conducir.
Los guías no sólo indican el camino, sino que llevan sobre sus espaldas
todo lo necesario para cuando llega la noche o el hambre; esto es, comida,
carpas, y hasta mesas y sillas. Así
caminamos durante siete días, siempre vigilados desde lejos por los
montañas Dhaulagiri y Annapurna. Y las noches nos encontraron acampando
a la orilla de un río. Lo que había en el aire, en el silencio y en
las estrellas nos hicieron pensar que estabamos en el cielo. En
el Royal Chitwan National Park Nepal muestra otra cara, como praderas
a cinco mil metros de altura y vegetación tropical a los tres mil. Hay
una jungla, el Terai, de temperaturas calurosísimas mientras, a pocos
kilómetros, se siente el frío ártico de los glaciares. Los ríos cambian
continuamente su curso y el nivel del agua puede subir varios metros
en pocas horas. En la jungla se hacen caminatas, se puede pasear en
elefante o tomar una canoa de troncos y emprender la búsqueda del rinoceronte,
el oso perezoso y, sobre todo, la estrella del lugar, el siempre huidizo
tigre de Bengala. También existe la posibilidad de hacer estos mismos
paseos en helicóptero. Fuente La Nación, marzo 2000 |
| Datos
útiles El
pasaje aéreo desde Buenos Aires hasta Katmandú, ida y vuelta, cuesta
alrededor de 1800 dólares. Paquetes
Incluyen
Nepal y la India, con pasajes aéreos, traslados, excursiones, guías,
comidas, alojamiento y desayunos, cuesta cerca de 3500 dólares en
base doble. Un
tour por agencia de 13 días, con todos los paseos mencionados, trekking
y encuentros culturales cuesta alrededor de 1500 dólares para 13 días
y 1890 para 15 días. Comida
Un
almuerzo 7 dólares. Más
información Mountain Travel Sobek 6420 Fairmount Avenue El Cerrito. California 94530 e-mail: [email protected];1-888-687-6235 y 1-510-527-8100 |
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