| Un
recorrido que conecta las ciudades imperiales de Fez, Meknes, Rabat
y Marrakech y desnuda sus contrastes RABAT.-
Salam-alecom, saludó Rajj a Rihani cuando lo cruzó en la medina. Inmediatamente,
Rihani respondió: Alecomsalam. Y sólo después comenzaron a conversar.
En
Marruecos, todos los encuentros se inician con esta bella costumbre
que anuncia, a los que se reúnen, que son portadores de paz. Es
como decir hola, pero su significado -que también implica un mutuo deseo
de bien- es más profundo. A
14 kilómetros de España, por el Norte, y en la antesala del Sahara,
al Oeste, el reino de Marruecos abre los portones del Africa islámica
a los viajeros que se atrevan a lo exótico. Tan
lejos y tan cerca; otros hábitos y una dinámica social distinta a pasos
de Occidente potencian el contraste que desfila sin velos ante los visitantes.
El
circuito de las ciudades imperiales de Fez, Meknes, Rabat y Marrakech
suma 1047 kilómetros y sintetiza las obras arquitectónicas más importantes
del reino, que son producto de un arte colectivo, realizado a pedido
de diversos soberanos a través de los siglos. La
naturaleza de los monumentos y el espíritu de su decoración están estrechamente
ligados a la vida religiosa. De esta manera, la utilización de elementos
geométricos, florales o epigráficos en la ornamentación es un ejemplo
que ilustra la prohibición del islam para representar seres vivos. En
el recorrido de las ciudades imperiales se resumen, también, los paisajes
más atractivos del país; desde las praderas esmeralda en las laderas
de las montañas del Rif, camino a Fez, hasta los picos nevados del Alto
Atlas, en Marrakech, y el desierto silencioso, con médanos dorados,
dátiles y nómadas, en el extremo occidental. De
cabeza en el pasado Si
las callejuelas que integran una medina son angostas y enredadas, entonces
los pasajes de un souk son laberintos que sugieren un universo en el
que la razón está relegada por los sentidos. No todos se atreven a ingresar,
pero los que lo hicieron, jamás olvidarán el intenso aroma a menta fresca,
las montañas de pimentón y comino, las huestes de peatones apurados;
los burros que no consiguen hacerse paso en la marea de gente que va
y viene, los ciclistas en precario equilibrio y el rumor obstinado de
la vida cotidiana. El
sol eléctrico que ilumina los minaretes de la ciudad se apaga de repente
en los souks, y una penumbra dudosa es la reina casi absoluta. Su domino
no es total porque siempre se escurren algunos rayos por los techos
de caña, recreando un delicado juego de luces y sombras. Incluso en
su caos esencial, los souks tienen un orden: están agrupados según el
oficio de los artesanos. Así, entre otros, hay souks de tapices, de
ceramicas, de carne, de cuero, de henna -en donde las mujeres obtienen
la materia prima para elabrorar sus maquillajes caseros- y de especias.
Para
estos antiguos mercados los años no pasaron y, salvo por alguna remera
con la impresión de Mickey Mouse o Prince, uno podría creer que está
viviendo en algún momento del siglo último. Pero
el hechizo se resquebraja en la ville nouvelle o parte nueva de cada
ciudad. Allí, uno tiene la impresión de salir a la superficie nuevamente,
una especie de volver al futuro, luego de un viaje por un tiempo sin
horarios estrictos, ni ocupaciones rígidas. Las
calles del ocio Las
grandes avenidas, que concentran los principales bancos, muestran las
huellas francesas en el trazado urbano. Sin embargo, la mezcla es constante
debido a la fuerte presencia del arte hispano-morisco, que se observa
tanto en los palacios y jardines de todas las ciudades imperiales, como
en las puertas majestuosas que servían de acceso a las fortificaciones.
Estas particularidades, que conviven en un mismo espacio y son tan disímiles
entre sí, convierten a Marruecos en un país que se define por medio
de sus contrastes. Advertirlos e intentar comprenderlos es, justamente,
la tarea del viajero que, acaso como un científico, estudia, experimenta
y comprueba sus impresiones. Metáfora Así, debido a su estratégica posición geográfica, el reino de Marruecos fue, desde siempre, un territorio propicio para el encuentro y mixtura de razas.
FEZ.-
Cada mañana, bien temprano, Fez se levanta con el canto monocorde del
muezzin quien, desde las alturas de un minarete, invita a los fieles
a la oración. No importa dónde estén, los creyentes se apoyan sobre
sus talones, orientan la mirada hacia La Meca y recitan, como murmurando,
los versos del Corán. Este rito se repite cinco veces al día y, si bien
no todos los marroquíes lo cumplen, es posible ver, ya sea en el interior
de un negocio o en una esquina de la medina, cómo los musulmanes dejan
sus quehaceres para dedicarse, por unos instantes, a rezar. Ni
bien ingresa a la medina, el viajero queda librado a su suerte, a su
olfato, a la brújula que tenga incorporada o al curso Aprenda árabe
en diez días que tomó antes de viajar. Todos los recursos son válidos,
porque el laberinto es vasto y los senderos que se bifurcan, también.
Ante la duda, abstenerse, pensarán algunos y contratarán, sin más, a
un guía local. Este proceso que parece muy sensato, puede complicarse
si uno se topa con un faux guide o guía falso. No es para preocuparse,
sino más bien para estar prevenido. Este personaje, muy simpático, se
acercará a los turistas con cualquier excusa, por ejemplo: "¿Alemán,
español? Ah!, de Argentina....Maradona (infalible). Ustedes son pobres
como nosotros, del Tercer Mundo... trés bien (contento por su descubrimiento).
Mi nombre es Abderrafá, quieren tomar un té conmigo; hoy no tuve clases
y me gustaría practicar mi español." Suena tan cálido que es fácil
acceder, un rato más tarde, a recibir sus servicios como guía. Y así,
casi musicalmente, una cosa lleva a la otra, pasean por la medina, compran
artesanías y hasta comerían perdices si, acaso fortuitamente, no se
enteraran que estuvieron en una falsa medina con un falso guía. En efecto,
la estrategia del joven es llevar a los turistas a un barrio alejado,
con callecitas estrechas y poca gente, porque en el souk la policía
detecta que es un guía trucho. A
paso de burro La
mejor guía es dejarse llevar por las escaleras que suben, bajan y desembocan
en pasajes que siguen y doblan hasta agotarse en alguna cortada. Hay
que perderse, cederle el paso a ese burro cargado con alforjas panzonas
y detenerse a conversar -en francés o español precario- con los artesanos
asomados desde los pequeñísimos locales. En
un rincón de la medina, los que trabajan el cuero llevan la delantera
en materia de marketing personal, sin inversión. El hedor que emana
de los teñideros basta para que uno se pregunte qué es y cualquiera
responda: siga la flecha. Hasta se implementó, en un balcón de la zona
-por supuesto, se cobra entrada- una especie de mirador didáctico. Desde
allí, se descubre un centenar de cubos emplazados en la tierra y llenos
de líquidos colorantes adentro de los que chapotean los tintoreros mientras
sumergen las planchas de cuero. A
pesar de su naturaleza esfervescente, los pasadizos de Fez se aquietan
frente al portal de la mezquita Karayouine. Aunque
el ingreso está restringido a los no musulmanes, desde la entrada se
ven los grupos de arcos de medio punto sobre cuya base los fieles se
recuestan y, en un silencio impasible, conversan con Alá. Poco
a poco, casi como un reflejo, el cuerpo busca tranquilidad y comienza
a alejarse del enjambre de pasajes para expandirse, a sus anchas, en
las avenidas del centro moderno. Según
el escritor marroquí S. M. Hassan, su país "se parece a un árbol
cuyas raíces penetran hondamente en el suelo de Africa y que respira
gracias a su follaje, que susurra a los vientos de Europa. Pero, también
se extiende hacia el Oriente, al que nos unen lazos culturales".
Así, debido a su estratégica posición geográfica, el reino de Marruecos fue, desde siempre, un territorio propicio para el encuentro y mixtura de razas. Figura:
fundada en el siglo X, Meknes conoció el esplendor como ciudad imperial
con el sultán Moulay Ismail, uno de los personajes más curiosos de su
historia. MEKNES.-
De la misma manera que muchas ciudades marroquíes, Meknés está edificada
sobre una colina, a 60 kilómetros de Fez, y desde lejos se distinguen
los altísimos minaretes, centinelas del acontecer diario. Fundada
en el siglo X, la ciudad fue embellecida bajo las dinastías Almorávide,
que la fortificó, y Merinida, responsable de la construcción de mezquitas
y medersas. Sin
embargo, en 1672, con el impulso del temido sultán Mulay Ismail (1647-
1727), Meknes conoció la gloria de una ciudad imperial. El
personaje de Moulay Ismail es uno de los más curiosos de la historia
marroquí. Se cuentan, entre sus cualidades, una extraordinaria fuerza
física, habilidad para montar, coraje, visión política y aptitud para
la guerra. Sin
embargo, sus capacidades tenían la sombra de sus vicios. Así, la crueldad
del sultán era famosa en todo el reino, igual que el pasatiempo de decapitar
prisioneros con su propio sable. La
desmesura fue una de las características de la época de Moulay Ismail:
en sus caballerizas -que hoy se visitan- cerca de 30.000 esclavos entrenaban
una tropilla de 12.000 caballos y su harén sumaba 500 mujeres de las
razas más diversas. La gran pasión de este monarca fue, sin duda, edificar.
Para concretarla utilizó a treinta mil esclavos negros -comprados en
Sudán- y tres mil prisioneros cristianos. Las
grandes proporciones de las residencias y jardines, el palacio Dar Kebira,
con dependencias, pabellones, arsenal y más de 25 kilómetros de murallas,
que antaño fueron motivo de esplendor, hoy lucen descoloridos y muy
afectados por el paso del tiempo. Luego
de atravesar la puerta sólida de Bab el Khemis, los espacios inmensos
se retraen y se rediseñan, cada vez más íntimos, en la medina.
Ruinas
romanas del siglo I Volubilis
devino romana en el año 40 d.c. y durante varios siglos la villa se
enriqueció gracias al comercio del aceite que se producía a partir del
cultivo de olivos. Incluso se cree que hacia comienzos del siglo III,
el lugar contaba con 20.000 habitantes. El forum, de proporciones modestas
y rodeado de pórticos, era el centro de Volubilis. La
fuente pública, el arco de triunfo -que simbolizaba la presencia de
Roma- y los bellísimos mosaicos romanos que recrean escenas de pesca,
mitológicos centauros, monstruos marinos y al dios Baco guiado por el
amor son algunos de los vestigios romanos en Volubilis. Y el sitio sería hoy uno de los mejor preservados si el sultán Moulay Ismail no hubiera ordenado demoler parte del lugar para usar los materiales en nuevas construcciones. La
plaza Jemaa el Fna inaugura una fiesta callejera con encantadores de
serpientes, acróbatas y escribas públicos MARRAKECH.-
A los pies de la cordillera del Alto Atlas, vestida con palmeras y maquillada
de ocre, Marrakech es la capital del sur marroquí y la ciudad estrella
del circuito imperial. Las murallas rosadas y la Koutoubia, el minarete
principal de 70 metros de altura, crean el ambiente: cálido por supuesto.
¿O podría ser de otra manera en Marrakesh-la Sahariennne? Ya preparados
-aunque nunca tanto para lo que les espera-, los viajeros se asoman
a Jemaa el Fna, la gran plaza que entona la identidad eufórica de la
ciudad. Casi como una paradoja del paso del tiempo, el nombre Jemaa
el Fnaa significa reunión de muertos y hace una escalofriante referencia
a cuando los sultanes ejecutaban a los criminales y exponían allí sus
cabezas. Acaso para no pensar en aquellos años turbulentos, surgieron
nuevas definiciones, como patio de maravillas. Incluso entre los hombres
de las montañas es conocida como la plaza loca. Jemaa
el Fnaa ocupa una inmensa explanada delimitada por las construcciones
tostadas que anuncian la entrada a los souks (mercados)y surcada por
efluvios tan diversos, como el de las brochettes de mouton (cordero)
que se cuecen en una parrilla improvisada o el de los generosos tallos
de menta que trae un hombre en la canasta de su bicicleta. Para que
quede claro que no todo es del color rosa-romántico que se ve en el
sur del país, conviene recordar el pestilente olor de las heces de los
caballos, utilizados en los carruajes que pasean a los turistas. Se
podría decir que en la plaza convergen compradores, vendedores, policías
distraídos -pero con ametralladora en mano-, papamoscas y voyeurs. Cada
uno puede elegir su rol, y naturalmente está permitido cambiarlo. No
hay un monumento que marque el centro, porque todo es centro: cada metro
cuadrado de la plaza alberga un entretenimiento distinto. El
sonido predominante es el de una flauta afónica, incesante, utilizada
por encantadores de serpientes. Estos hombres llegan cerca del mediodía
con un cesto del que extraen un puñado de reptiles; se acomodan en el
piso, extienden una alfombra y los excitan para que interrumpan su somnolencia
y permanezcan amenazantes, pero hipnotizados por la melodía. También
sentados en el pavimento, los escribas públicos se reconocen porque
les hace sombra un amplio paraguas negro. Por unos pocos dirhams ellos
redactan cartas de amor y de negocios o certificados de divorcio. Los
mecánicos dentales están sentados en una silla y tienen una mesa en
la que exponen dentaduras postizas y con paciencia explican a sus clientes
cómo resolver alguna inconveniencia gingival, molar o bucal. Hay
aguateros que portan agua pura dentro de un cuero de animal, artesanalmente
preparado; lustrabotas, pirámides de acróbatas, monos que imitan -¡y
a veces muerden!-; almendras a granel y alfombras colgadas de los techos:
la propuesta es pletórica y acaso, por eso, tan estimulante. Ser
contador de historias es uno de los oficios más exitosos de la plaza,
y de acuerdo con la cantidad de público oyente, también favorecido económicamente.
No tiene libro ni apuntes, el artista se vale únicamente de su memoria
y día tras día retoma el relato que incluye pinceladas de amor, trazos
de violencia, tildes de tristeza y muchísimo suspenso. No es que el
árabe se deje entender, pero los rostros atentos de los que escuchan
traslucen las emociones. Si en algún momento la confusión nubla la vista
y el hambre se queja desde el estómago, vale hacer un pido y asilarse
en alguno de los restaurantes que rodean la plaza y tienen balcones
para no perderse ni un minuto de la fiesta cotidiana. En
un momento impreciso, entre la tarde y la noche, mil y un faroles se
encienden en Jemaa el Fnaa, que se transforma en un extenso comedor.
Decenas de carritos de comida con cacerolas humeantes, pavas de cobre
y cocineros con gorro de chef se instalan y preparan manjares hasta
la medianoche. La oportunidad es perfecta para probar el tajine, un
consomé de legumbres con pollo o cordero o el cuscus, trigo molido y
cocido. Dejar
Marrakech es como abandonar una fiesta que siempre está en su mejor
momento. Sin embargo, el Sahara silencioso y desafiante que se inaugura
hacia el Oeste es una buena excusa para partir. Un
oasis urbano Una
anécdota que describe las peripecias de dos jóvenes viajeros en una
ruta del desierto MARRAKECH.-
Routa Ouarzazate-Zagora, por la mañana. Los viajeros dejaron el hotel
Majestic después de un café avec sucre (con azúcar) en la terraza, con
las sillas orientadas hacia la calle, a la manera marroquí. Las
cumbres de la cordillera del Atlas enmarcaban la recta de asfalto y
el desierto se anunciaba en los tonos amarronados de las colinas ralas.
Era un día sin sobresaltos, para disfrutar del placer de mirar. Adormilado
por el vaiven del auto, el copiloto estaba a punto de cerrar los ojos,
cuando registró una imagen borrosa en el horizonte. ¿Una persona? ¿O
dos? Ingresaban en la antesala del Sahara, eso es cierto; pero era demasiado
pronto para una alucinación. A medida que el auto avanzaba, el cuadro
se aclaró: había un hombre parado en medio de la ruta, gesticulando;
vestía túnica y turbante, estaba parado junto a un auto y gesticulaba
hacia ellos. ¿Paramos?
¿O mejor no?, se preguntaban los jóvenes. Pero ya era tarde para dudas:
el auto estaba detenido en la banquina y el árabe corría hacia ellos.
Eufórico, a juzgar por su imagen en el espejo retrovisor. Cuando estuvieron
frente a frente, el joven los abordó en un francés impecable: "Por
favor, tuve un problema con el auto-explicó-. ¿Me podrían alcanzar hasta
Agdz, el próximo pueblo?" Tenía el aspecto de un actor de Lawrence
de Arabia. Los viajeros se miraron y titubearon. Siempre es un riesgo
llevar a alguien y su ser extraño no colaboraba. Pero su rostro suplicante
desbarató sus cálculos. Nunca
supieron qué fue lo que los convenció, pero luego de un silencio incómodo,
el beduino estaba dentro del auto. Salamalecom, los saludó según la
costumbre árabe y luego de dar las gracias, contó su historia: "Es
muy importante lo que ustedes hacen por mí porque hoy es un día de fiesta.
Yo formo parte de una caravana que transporta granos hacia Sudán. Sí,
con dromedarios y a través del desierto. Llevamos nuestra comida y una
reserva de agua. Las noches las pasamos en los oasis. A veces nos encontramos
con tribus nómadas y si nos piden algo, se los damos. Portan armas,
pero en general son buena gente. En total somos 15 personas. No, sin
mujeres. Viajamos alrededor de ocho meses y el resto del año preparamos
la próxima salida. Volvimos hace 15 días y hoy es un día de fiesta,
dijo por segunda vez. Mi abuelo, el jefe de la caravana, cumple 90 años.
Yo iba camino a lo de unos amigos cuando se rompió la cruceta del auto.
Este año fue su última caravana. Ya está viejo. A partir de ahora se
va a quedar en la casa, con mi abuela." El
relato era fascinante y durante los 40 km hasta Agdz, los pensamientos
de los turistas estuvieron en esa caravana, sobre el lomo de un camello.
Al
llegar, el joven les suplicó que tomaran un té a la menta en su casa.
"No sé cómo agradecerles lo que hicieron por mí", dijo. Miradas
cruzadas. Puntos suspensivos. "Es que no tenemos tiempo",
se atajaron. Pero él fue más allá: "Los apurados ya están en el
cementerio", sentenció sonriente. Bajaron
del auto y los condujo a la entrada de una casa que sólo dejaba ver
un puñado de escalones. Subieron, cautelosos, detrás de él. Un recibidor
cubierto de alfombras y una cortina espesa tapaban el resto. Los invitó
a sacarse los zapatos y a pasar. El
interior desveló cualquier ingenuidad, pero ellos decidieron seguir
creyendo en las caravanas. Era un gran salón, repleto de alfombras y
con un stock de tapices. "La típica maison bereber", dijo
con una simpatía que comenzaba a desvanecerse. El
auto estaba abajo y ellos descalzos, sentados en la alfombra de una
casa, en un caserío perdido. Trajo el té en una tetera plateada. Bebieron
un vaso sin hacer ningún comentario sobre la mercadería. Dispuestos
a partir, él insistió en que la ceremonia consta de tres vasos. Bueno,
el último. Pero, entre nosotros, ni una palabra sobre la naturaleza
del lugar, un vulgar negocio de artesanías. El té corría por sus gargantas
y el embustero no pudo con su espíritu de comerciante: "Los tapices
son de Sudán, pueden consultarme". *
* * Esa noche, en el pueblo de M«hamid, los viajeros se toparon con una guía de Marruecos que, en la página 145, decía: "Atención en la ruta Ouarzazate-Zagora, suele haber gente que simula la ruptura de su auto y detiene a los turistas con la excusa de que lo auxilien hasta el próximo pueblo. Sin embargo, el único propósito es llevarlos a una tienda de alfombras". Apacibles
bulevares con palmeras acompañan el bullicio del casco antiguo RABAT.-
A orillas del océano Atlántico, la capital del reino es bastante más
serena y algo más ordenada que el resto de las ciudades imperiales.
Conocida por sus bulevares de palmeras y flores, y el blanco de sus
construcciones, Rabat es la residencia del nuevo rey Sidi Mohamed, hijo
y sucesor de Hassan II, que murió anteayer. Al referirse a la capital,
inmediatamente se nombra a su hermana, Salé, sobre la margen derecha
del río Bou Regreg. En el siglo X, una tribu de musulmanes bereberes
fundó el pueblo de Salé (llamado Chella por los romanos) y del otro
lado del río, un fortín para guarecer a los soldados. En 1150 el gran
líder Abd El Moumen convirtió la modesta fortaleza de Rabat en una base
de operaciones militares. El nombre de la ciudad tiene su origen en
aquella primera fortaleza o ribat. Cuando
uno se acostumbra a la cotidianidad marroquí, casi siente la necesidad
de recorrer los souks, registrar imágenes y personajes nuevos, tomar
un café en un fondouk o bar tradicional. Así, cuando el orden de la
ville nouvelle aburra, es posible desviarse por la avenida Hassan II,
hacia la muchedumbre caótica de la medina. En
el mercado de los orfebres, Mohamed trabaja pacientemente el bronce
con su martillo; los golpeteos ensordecedores parecen no molestarle
a su amigo Abdel que le habla sin cesar. Mohamed cada tanto se sonríe,
pero no quita la vista de la bandeja que está a punto de terminar. A
pie por Souika, la calle principal, los distintos souks, de alfombras
de seda, de babouches (chinelas típicas, en cuero) y calzado en general,
de comida, de joyeros y de cerámica. Uno
de los lugares más misteriosos de Rabat es el interior de la Kasba des
Oudaïas, la ciudadela fortificada que bien protegió a la tribu de los
Oudaïas. El ingreso es por una puerta maciza y de relaciones armónicas,
construida por Yacub El Mansour. Adentro,
las arterias silenciosas y enredadas confluyen en el Museo de Artes
Marroquíes, que alberga una colección de trajes típicos, armas y bijouterie
berebere. Pero, sin duda, el momento más bello llega promediando el
recorrido, cuando se ingresa en un jardin florido y desde una mesita
azul, en el Café des Oudaïas, se saborea un té a la menta y un corne
de gazzelle (cuerno de gacela), manjar árabe con forma de medialuna
y masa de hojaldre rellena de pasta de almendra y miel. Por
la tarde, la inmensa puerta de la kasba se cierra y sólo permanecen
en el interior de la fortaleza los residentes permanentes. Es bueno
saberlo, por las dudas. Whisky
para abstemios Si
bien puede parecer una bebida muy simple, el té a la menta tiene receta
propia y secretos que conviene saber para prepararlo en casa. Los
marroquíes se valen de una bandeja de bronce con tres patas -llamada
sinya- en donde se apoyan los vasos de vidrio o cristal -según el nivel
social- y la tetera. En una bandeja similar se colocan tres cajas cilíndricas,
también de bronce, que contienen los ingredientes: té verde chino, menta
y azúcar. El agua se hierve en un samovar o mekraj de metal finamente
trabajado. El
primer paso es enjuagar la tetera con agua muy caliente. Inmediatamente,
se coloca un puñado de té con un chorrito de agua hirviendo, que luego
de rociar a las hojas se tira. Uno de los secretos es que la menta sea
fresca y se agregue con tallo, no sólo las hojas. La razón es evitar
que se tape la tetera y potenciar el aroma. Finalmente,
se añaden diez terrones de azúcar (para una tetera mediana) y se llena
el recipiente con agua hirviendo hasta cubrir toda la menta. El segundo
truco es no revolver la preparación y el tercero es exclusivo para sibaritas:
hay que servir la infusión desde lo alto para oxigenar el té y mejorar
su sabor. Según la costumbre local, se toman tres rondas de té, siempre en un vaso distinto. No se sabe bien por qué, pero acaso por placer o temor, nadie se aparta de la tradición. Fuente La Nación, julio 1999 |
| Datos
útiles Además:
Guía para saber regatear Cómo
llegar Un
pasaje, ida y vuelta, Buenos Aires-Madrid-Rabat cuesta 1500 dólares.
Los que combinen el viaje a Marruecos con uno en auto por España pueden
optar entre varias compañías que realizan el servicio Algeciras -
Ceuta. Transporte El
precio aproximado del alquiler de un auto mediano es 30 dólares por
día, con seguro incluido y kilometraje ilimitado. Alojamiento Habitación
doble en un hotel de lujo, alrededor de 130 dólares; cuatro estrellas,
70; tres estrellas, 40; dos estrellas, 20, y las pensiones, 10. Los
albergues de la juventud cuestan alrededor de 4 dólares por persona.
Gastronomía El
precio de una comida en un buen restaurante cuesta entre 8 y 12 dólares
por persona. En los barcitos se manejan cifras más económicas: un
plato de cuscús, 2 dólares; un tajine -guiso de verduras y cordero-
para cuatro personas, 4. Una cerveza de medio litro cuesta 0,60 y
un vaso de té a la menta, 0,30 dólares. Información Embajada de Marruecos. Mariscal Ramón Castilla 2952 (y Figueroa Alcorta), 4801-8157. El horario de atención es de lunes a viernes, de 9 a 15. En
Internet: http://www.embajadamarruecos.org
Guía
para saber regatear El tironeo se desata y ser duro es una premisa en esta forma de comerciar. "Diga su último precio", intima el rostro árabe. Y en ese momento hay que animarse a proponer un número disparatadamente bajo, aun con vergüenza. Entonces, mientras se degusta un té a la menta, comienza la negociación. Si finalmente se efectúa el trato, siempre termina más o menos así: el marroquí muestra su sonrisota, extiende la mano y dice: You happy, me happy! Para evitar sorpresas es muy útilsaber que si los turistas entran a un negocio acompañados por un guía local posiblemente pagarán una comisión del 50%. |
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