Cementerio de Marrakech

Medina de Fèz al Bali

Casa bereberes en Marruecos

 

Un recorrido que conecta las ciudades imperiales de Fez, Meknes, Rabat y Marrakech y desnuda sus contrastes

RABAT.- Salam-alecom, saludó Rajj a Rihani cuando lo cruzó en la medina. Inmediatamente, Rihani respondió: Alecomsalam. Y sólo después comenzaron a conversar.

En Marruecos, todos los encuentros se inician con esta bella costumbre que anuncia, a los que se reúnen, que son portadores de paz.

Es como decir hola, pero su significado -que también implica un mutuo deseo de bien- es más profundo.

A 14 kilómetros de España, por el Norte, y en la antesala del Sahara, al Oeste, el reino de Marruecos abre los portones del Africa islámica a los viajeros que se atrevan a lo exótico.

Tan lejos y tan cerca; otros hábitos y una dinámica social distinta a pasos de Occidente potencian el contraste que desfila sin velos ante los visitantes.

El circuito de las ciudades imperiales de Fez, Meknes, Rabat y Marrakech suma 1047 kilómetros y sintetiza las obras arquitectónicas más importantes del reino, que son producto de un arte colectivo, realizado a pedido de diversos soberanos a través de los siglos.

La naturaleza de los monumentos y el espíritu de su decoración están estrechamente ligados a la vida religiosa. De esta manera, la utilización de elementos geométricos, florales o epigráficos en la ornamentación es un ejemplo que ilustra la prohibición del islam para representar seres vivos.

En el recorrido de las ciudades imperiales se resumen, también, los paisajes más atractivos del país; desde las praderas esmeralda en las laderas de las montañas del Rif, camino a Fez, hasta los picos nevados del Alto Atlas, en Marrakech, y el desierto silencioso, con médanos dorados, dátiles y nómadas, en el extremo occidental.

De cabeza en el pasado

La medina es la parte antigua, no europea, de una ciudad y está delimitada por las mezquitas, los souks o mercados, los hamman o baños públicos y las medersas, escuelas coránicas. Cada uno de estos rincones inaugura la posibilidad de un encuentro, porque para los habitantes de la medina la calle no es únicamente un lugar de paso: es un espacio para observar, escuchar, emitir la propia opinión y cuando ambas partes lo avalan, cerrar un trato.

Si las callejuelas que integran una medina son angostas y enredadas, entonces los pasajes de un souk son laberintos que sugieren un universo en el que la razón está relegada por los sentidos. No todos se atreven a ingresar, pero los que lo hicieron, jamás olvidarán el intenso aroma a menta fresca, las montañas de pimentón y comino, las huestes de peatones apurados; los burros que no consiguen hacerse paso en la marea de gente que va y viene, los ciclistas en precario equilibrio y el rumor obstinado de la vida cotidiana.

El sol eléctrico que ilumina los minaretes de la ciudad se apaga de repente en los souks, y una penumbra dudosa es la reina casi absoluta. Su domino no es total porque siempre se escurren algunos rayos por los techos de caña, recreando un delicado juego de luces y sombras. Incluso en su caos esencial, los souks tienen un orden: están agrupados según el oficio de los artesanos. Así, entre otros, hay souks de tapices, de ceramicas, de carne, de cuero, de henna -en donde las mujeres obtienen la materia prima para elabrorar sus maquillajes caseros- y de especias.

Para estos antiguos mercados los años no pasaron y, salvo por alguna remera con la impresión de Mickey Mouse o Prince, uno podría creer que está viviendo en algún momento del siglo último.

Pero el hechizo se resquebraja en la ville nouvelle o parte nueva de cada ciudad. Allí, uno tiene la impresión de salir a la superficie nuevamente, una especie de volver al futuro, luego de un viaje por un tiempo sin horarios estrictos, ni ocupaciones rígidas.

Las calles del ocio

En las villas modernas se respira el siglo XX, aunque con una dinámica cotidiana muy distinta de la nuestra. Las mujeres usan una túnica larga - djallba- y un velo que cubre gran parte de su rostro. En los bares del quartier moderne sólo se reúnen los hombres que mientras miran hacia la calle, disfrutar de su té a la menta y un ocio generoso, que bien puede durar el día entero.

Las grandes avenidas, que concentran los principales bancos, muestran las huellas francesas en el trazado urbano. Sin embargo, la mezcla es constante debido a la fuerte presencia del arte hispano-morisco, que se observa tanto en los palacios y jardines de todas las ciudades imperiales, como en las puertas majestuosas que servían de acceso a las fortificaciones. Estas particularidades, que conviven en un mismo espacio y son tan disímiles entre sí, convierten a Marruecos en un país que se define por medio de sus contrastes. Advertirlos e intentar comprenderlos es, justamente, la tarea del viajero que, acaso como un científico, estudia, experimenta y comprueba sus impresiones.  

Metáfora

Según el escritor marroquí S.M.Hassan, su país "se parece a un árbol cuyas raíces penetran hondamente en el suelo de Africa y que respira gracias a su follaje, que susurra a los vientos de Europa. Pero, también se extiende hacia el Oriente, al que nos unen lazoas culturales".

Así, debido a su estratégica posición geográfica, el reino de Marruecos fue, desde siempre, un territorio propicio para el encuentro y mixtura de razas.


Ritos: la más antigua de las ciudades imperiales abre las puertas de su medina o casco antiguo y muestra el trajín de los mercados y el sosiego de sus mezquitas.

FEZ.- Cada mañana, bien temprano, Fez se levanta con el canto monocorde del muezzin quien, desde las alturas de un minarete, invita a los fieles a la oración. No importa dónde estén, los creyentes se apoyan sobre sus talones, orientan la mirada hacia La Meca y recitan, como murmurando, los versos del Corán. Este rito se repite cinco veces al día y, si bien no todos los marroquíes lo cumplen, es posible ver, ya sea en el interior de un negocio o en una esquina de la medina, cómo los musulmanes dejan sus quehaceres para dedicarse, por unos instantes, a rezar.

Ni bien ingresa a la medina, el viajero queda librado a su suerte, a su olfato, a la brújula que tenga incorporada o al curso Aprenda árabe en diez días que tomó antes de viajar. Todos los recursos son válidos, porque el laberinto es vasto y los senderos que se bifurcan, también. Ante la duda, abstenerse, pensarán algunos y contratarán, sin más, a un guía local. Este proceso que parece muy sensato, puede complicarse si uno se topa con un faux guide o guía falso. No es para preocuparse, sino más bien para estar prevenido. Este personaje, muy simpático, se acercará a los turistas con cualquier excusa, por ejemplo: "¿Alemán, español? Ah!, de Argentina....Maradona (infalible). Ustedes son pobres como nosotros, del Tercer Mundo... trés bien (contento por su descubrimiento). Mi nombre es Abderrafá, quieren tomar un té conmigo; hoy no tuve clases y me gustaría practicar mi español." Suena tan cálido que es fácil acceder, un rato más tarde, a recibir sus servicios como guía. Y así, casi musicalmente, una cosa lleva a la otra, pasean por la medina, compran artesanías y hasta comerían perdices si, acaso fortuitamente, no se enteraran que estuvieron en una falsa medina con un falso guía. En efecto, la estrategia del joven es llevar a los turistas a un barrio alejado, con callecitas estrechas y poca gente, porque en el souk la policía detecta que es un guía trucho.

A paso de burro

Cuando el viajero conoce los verdaderos souks (mercados) de Fez, advierte de una vez la diferencia: nunca podrían estar vacíos porque, como si se tratara de un atributo fundamental, son exuberantes.

La mejor guía es dejarse llevar por las escaleras que suben, bajan y desembocan en pasajes que siguen y doblan hasta agotarse en alguna cortada. Hay que perderse, cederle el paso a ese burro cargado con alforjas panzonas y detenerse a conversar -en francés o español precario- con los artesanos asomados desde los pequeñísimos locales.

En un rincón de la medina, los que trabajan el cuero llevan la delantera en materia de marketing personal, sin inversión. El hedor que emana de los teñideros basta para que uno se pregunte qué es y cualquiera responda: siga la flecha. Hasta se implementó, en un balcón de la zona -por supuesto, se cobra entrada- una especie de mirador didáctico. Desde allí, se descubre un centenar de cubos emplazados en la tierra y llenos de líquidos colorantes adentro de los que chapotean los tintoreros mientras sumergen las planchas de cuero.

A pesar de su naturaleza esfervescente, los pasadizos de Fez se aquietan frente al portal de la mezquita Karayouine.

Aunque el ingreso está restringido a los no musulmanes, desde la entrada se ven los grupos de arcos de medio punto sobre cuya base los fieles se recuestan y, en un silencio impasible, conversan con Alá.

Poco a poco, casi como un reflejo, el cuerpo busca tranquilidad y comienza a alejarse del enjambre de pasajes para expandirse, a sus anchas, en las avenidas del centro moderno.

Según el escritor marroquí S. M. Hassan, su país "se parece a un árbol cuyas raíces penetran hondamente en el suelo de Africa y que respira gracias a su follaje, que susurra a los vientos de Europa. Pero, también se extiende hacia el Oriente, al que nos unen lazos culturales".

Así, debido a su estratégica posición geográfica, el reino de Marruecos fue, desde siempre, un territorio propicio para el encuentro y mixtura de razas.

Figura: fundada en el siglo X, Meknes conoció el esplendor como ciudad imperial con el sultán Moulay Ismail, uno de los personajes más curiosos de su historia.

MEKNES.- De la misma manera que muchas ciudades marroquíes, Meknés está edificada sobre una colina, a 60 kilómetros de Fez, y desde lejos se distinguen los altísimos minaretes, centinelas del acontecer diario.

Fundada en el siglo X, la ciudad fue embellecida bajo las dinastías Almorávide, que la fortificó, y Merinida, responsable de la construcción de mezquitas y medersas.

Sin embargo, en 1672, con el impulso del temido sultán Mulay Ismail (1647- 1727), Meknes conoció la gloria de una ciudad imperial.

El personaje de Moulay Ismail es uno de los más curiosos de la historia marroquí. Se cuentan, entre sus cualidades, una extraordinaria fuerza física, habilidad para montar, coraje, visión política y aptitud para la guerra.

Sin embargo, sus capacidades tenían la sombra de sus vicios. Así, la crueldad del sultán era famosa en todo el reino, igual que el pasatiempo de decapitar prisioneros con su propio sable.

La desmesura fue una de las características de la época de Moulay Ismail: en sus caballerizas -que hoy se visitan- cerca de 30.000 esclavos entrenaban una tropilla de 12.000 caballos y su harén sumaba 500 mujeres de las razas más diversas. La gran pasión de este monarca fue, sin duda, edificar. Para concretarla utilizó a treinta mil esclavos negros -comprados en Sudán- y tres mil prisioneros cristianos.

Las grandes proporciones de las residencias y jardines, el palacio Dar Kebira, con dependencias, pabellones, arsenal y más de 25 kilómetros de murallas, que antaño fueron motivo de esplendor, hoy lucen descoloridos y muy afectados por el paso del tiempo.

Luego de atravesar la puerta sólida de Bab el Khemis, los espacios inmensos se retraen y se rediseñan, cada vez más íntimos, en la medina.

Ruinas romanas del siglo I

Treinta kilómetros al norte de Meknes, en una región de colinas fértiles en donde se cultivan cereales, cítricos y olivos, las ruinas romanas de Volubilis permanecen en pie desde el siglo I de la era cristiana. Están casi olvidadas por el gobierno marroquí, que las deja al azar de las cigüeñas que nidifican, cómodas, en las columnas de capiteles corintios.

Volubilis devino romana en el año 40 d.c. y durante varios siglos la villa se enriqueció gracias al comercio del aceite que se producía a partir del cultivo de olivos. Incluso se cree que hacia comienzos del siglo III, el lugar contaba con 20.000 habitantes. El forum, de proporciones modestas y rodeado de pórticos, era el centro de Volubilis.

La fuente pública, el arco de triunfo -que simbolizaba la presencia de Roma- y los bellísimos mosaicos romanos que recrean escenas de pesca, mitológicos centauros, monstruos marinos y al dios Baco guiado por el amor son algunos de los vestigios romanos en Volubilis.

Y el sitio sería hoy uno de los mejor preservados si el sultán Moulay Ismail no hubiera ordenado demoler parte del lugar para usar los materiales en nuevas construcciones.

La plaza Jemaa el Fna inaugura una fiesta callejera con encantadores de serpientes, acróbatas y escribas públicos

MARRAKECH.- A los pies de la cordillera del Alto Atlas, vestida con palmeras y maquillada de ocre, Marrakech es la capital del sur marroquí y la ciudad estrella del circuito imperial. Las murallas rosadas y la Koutoubia, el minarete principal de 70 metros de altura, crean el ambiente: cálido por supuesto. ¿O podría ser de otra manera en Marrakesh-la Sahariennne? Ya preparados -aunque nunca tanto para lo que les espera-, los viajeros se asoman a Jemaa el Fna, la gran plaza que entona la identidad eufórica de la ciudad. Casi como una paradoja del paso del tiempo, el nombre Jemaa el Fnaa significa reunión de muertos y hace una escalofriante referencia a cuando los sultanes ejecutaban a los criminales y exponían allí sus cabezas. Acaso para no pensar en aquellos años turbulentos, surgieron nuevas definiciones, como patio de maravillas. Incluso entre los hombres de las montañas es conocida como la plaza loca.

Jemaa el Fnaa ocupa una inmensa explanada delimitada por las construcciones tostadas que anuncian la entrada a los souks (mercados)y surcada por efluvios tan diversos, como el de las brochettes de mouton (cordero) que se cuecen en una parrilla improvisada o el de los generosos tallos de menta que trae un hombre en la canasta de su bicicleta. Para que quede claro que no todo es del color rosa-romántico que se ve en el sur del país, conviene recordar el pestilente olor de las heces de los caballos, utilizados en los carruajes que pasean a los turistas. Se podría decir que en la plaza convergen compradores, vendedores, policías distraídos -pero con ametralladora en mano-, papamoscas y voyeurs. Cada uno puede elegir su rol, y naturalmente está permitido cambiarlo.

No hay un monumento que marque el centro, porque todo es centro: cada metro cuadrado de la plaza alberga un entretenimiento distinto.

El sonido predominante es el de una flauta afónica, incesante, utilizada por encantadores de serpientes. Estos hombres llegan cerca del mediodía con un cesto del que extraen un puñado de reptiles; se acomodan en el piso, extienden una alfombra y los excitan para que interrumpan su somnolencia y permanezcan amenazantes, pero hipnotizados por la melodía.

También sentados en el pavimento, los escribas públicos se reconocen porque les hace sombra un amplio paraguas negro. Por unos pocos dirhams ellos redactan cartas de amor y de negocios o certificados de divorcio.

Los mecánicos dentales están sentados en una silla y tienen una mesa en la que exponen dentaduras postizas y con paciencia explican a sus clientes cómo resolver alguna inconveniencia gingival, molar o bucal.

Hay aguateros que portan agua pura dentro de un cuero de animal, artesanalmente preparado; lustrabotas, pirámides de acróbatas, monos que imitan -¡y a veces muerden!-; almendras a granel y alfombras colgadas de los techos: la propuesta es pletórica y acaso, por eso, tan estimulante.

Ser contador de historias es uno de los oficios más exitosos de la plaza, y de acuerdo con la cantidad de público oyente, también favorecido económicamente. No tiene libro ni apuntes, el artista se vale únicamente de su memoria y día tras día retoma el relato que incluye pinceladas de amor, trazos de violencia, tildes de tristeza y muchísimo suspenso. No es que el árabe se deje entender, pero los rostros atentos de los que escuchan traslucen las emociones. Si en algún momento la confusión nubla la vista y el hambre se queja desde el estómago, vale hacer un pido y asilarse en alguno de los restaurantes que rodean la plaza y tienen balcones para no perderse ni un minuto de la fiesta cotidiana.

En un momento impreciso, entre la tarde y la noche, mil y un faroles se encienden en Jemaa el Fnaa, que se transforma en un extenso comedor. Decenas de carritos de comida con cacerolas humeantes, pavas de cobre y cocineros con gorro de chef se instalan y preparan manjares hasta la medianoche. La oportunidad es perfecta para probar el tajine, un consomé de legumbres con pollo o cordero o el cuscus, trigo molido y cocido.

Dejar Marrakech es como abandonar una fiesta que siempre está en su mejor momento. Sin embargo, el Sahara silencioso y desafiante que se inaugura hacia el Oeste es una buena excusa para partir.

Un oasis urbano

El jardín Majorelle, en la ciudad moderna, es una exquisita muestra de los parques que, antiguamente, rodeaban a los palacios. Diseñado por el pintor y decorador francés Majorelle (1859-1926), que vivió en ese pequeño paraíso durante varios años, el jardín es un lugar destinado a dar sombra. El sol apenas se asoma, sólo para que el visitante compruebe que todavía está; nada más. Estrechos senderos demarcan los parterres que incluyen una generosa variedad de palmeras, plantas tropicales, achiras naranjas y buganvillas. Las fuentes y estanques aportan el sonido del agua, tan preciado en zonas desérticas.

Una anécdota que describe las peripecias de dos jóvenes viajeros en una ruta del desierto

MARRAKECH.- Routa Ouarzazate-Zagora, por la mañana. Los viajeros dejaron el hotel Majestic después de un café avec sucre (con azúcar) en la terraza, con las sillas orientadas hacia la calle, a la manera marroquí.

Las cumbres de la cordillera del Atlas enmarcaban la recta de asfalto y el desierto se anunciaba en los tonos amarronados de las colinas ralas. Era un día sin sobresaltos, para disfrutar del placer de mirar.

Adormilado por el vaiven del auto, el copiloto estaba a punto de cerrar los ojos, cuando registró una imagen borrosa en el horizonte. ¿Una persona? ¿O dos? Ingresaban en la antesala del Sahara, eso es cierto; pero era demasiado pronto para una alucinación. A medida que el auto avanzaba, el cuadro se aclaró: había un hombre parado en medio de la ruta, gesticulando; vestía túnica y turbante, estaba parado junto a un auto y gesticulaba hacia ellos.

¿Paramos? ¿O mejor no?, se preguntaban los jóvenes. Pero ya era tarde para dudas: el auto estaba detenido en la banquina y el árabe corría hacia ellos. Eufórico, a juzgar por su imagen en el espejo retrovisor. Cuando estuvieron frente a frente, el joven los abordó en un francés impecable: "Por favor, tuve un problema con el auto-explicó-. ¿Me podrían alcanzar hasta Agdz, el próximo pueblo?" Tenía el aspecto de un actor de Lawrence de Arabia. Los viajeros se miraron y titubearon. Siempre es un riesgo llevar a alguien y su ser extraño no colaboraba. Pero su rostro suplicante desbarató sus cálculos.

Nunca supieron qué fue lo que los convenció, pero luego de un silencio incómodo, el beduino estaba dentro del auto. Salamalecom, los saludó según la costumbre árabe y luego de dar las gracias, contó su historia: "Es muy importante lo que ustedes hacen por mí porque hoy es un día de fiesta. Yo formo parte de una caravana que transporta granos hacia Sudán. Sí, con dromedarios y a través del desierto. Llevamos nuestra comida y una reserva de agua. Las noches las pasamos en los oasis. A veces nos encontramos con tribus nómadas y si nos piden algo, se los damos. Portan armas, pero en general son buena gente. En total somos 15 personas. No, sin mujeres. Viajamos alrededor de ocho meses y el resto del año preparamos la próxima salida. Volvimos hace 15 días y hoy es un día de fiesta, dijo por segunda vez. Mi abuelo, el jefe de la caravana, cumple 90 años. Yo iba camino a lo de unos amigos cuando se rompió la cruceta del auto. Este año fue su última caravana. Ya está viejo. A partir de ahora se va a quedar en la casa, con mi abuela."

El relato era fascinante y durante los 40 km hasta Agdz, los pensamientos de los turistas estuvieron en esa caravana, sobre el lomo de un camello.

Al llegar, el joven les suplicó que tomaran un té a la menta en su casa. "No sé cómo agradecerles lo que hicieron por mí", dijo. Miradas cruzadas. Puntos suspensivos. "Es que no tenemos tiempo", se atajaron. Pero él fue más allá: "Los apurados ya están en el cementerio", sentenció sonriente.

Bajaron del auto y los condujo a la entrada de una casa que sólo dejaba ver un puñado de escalones. Subieron, cautelosos, detrás de él. Un recibidor cubierto de alfombras y una cortina espesa tapaban el resto. Los invitó a sacarse los zapatos y a pasar.

El interior desveló cualquier ingenuidad, pero ellos decidieron seguir creyendo en las caravanas. Era un gran salón, repleto de alfombras y con un stock de tapices. "La típica maison bereber", dijo con una simpatía que comenzaba a desvanecerse.

El auto estaba abajo y ellos descalzos, sentados en la alfombra de una casa, en un caserío perdido. Trajo el té en una tetera plateada. Bebieron un vaso sin hacer ningún comentario sobre la mercadería. Dispuestos a partir, él insistió en que la ceremonia consta de tres vasos. Bueno, el último. Pero, entre nosotros, ni una palabra sobre la naturaleza del lugar, un vulgar negocio de artesanías. El té corría por sus gargantas y el embustero no pudo con su espíritu de comerciante: "Los tapices son de Sudán, pueden consultarme".

* * *

Esa noche, en el pueblo de M«hamid, los viajeros se toparon con una guía de Marruecos que, en la página 145, decía: "Atención en la ruta Ouarzazate-Zagora, suele haber gente que simula la ruptura de su auto y detiene a los turistas con la excusa de que lo auxilien hasta el próximo pueblo. Sin embargo, el único propósito es llevarlos a una tienda de alfombras".

Apacibles bulevares con palmeras acompañan el bullicio del casco antiguo

RABAT.- A orillas del océano Atlántico, la capital del reino es bastante más serena y algo más ordenada que el resto de las ciudades imperiales. Conocida por sus bulevares de palmeras y flores, y el blanco de sus construcciones, Rabat es la residencia del nuevo rey Sidi Mohamed, hijo y sucesor de Hassan II, que murió anteayer. Al referirse a la capital, inmediatamente se nombra a su hermana, Salé, sobre la margen derecha del río Bou Regreg. En el siglo X, una tribu de musulmanes bereberes fundó el pueblo de Salé (llamado Chella por los romanos) y del otro lado del río, un fortín para guarecer a los soldados. En 1150 el gran líder Abd El Moumen convirtió la modesta fortaleza de Rabat en una base de operaciones militares. El nombre de la ciudad tiene su origen en aquella primera fortaleza o ribat.

Cuando uno se acostumbra a la cotidianidad marroquí, casi siente la necesidad de recorrer los souks, registrar imágenes y personajes nuevos, tomar un café en un fondouk o bar tradicional. Así, cuando el orden de la ville nouvelle aburra, es posible desviarse por la avenida Hassan II, hacia la muchedumbre caótica de la medina.

En el mercado de los orfebres, Mohamed trabaja pacientemente el bronce con su martillo; los golpeteos ensordecedores parecen no molestarle a su amigo Abdel que le habla sin cesar. Mohamed cada tanto se sonríe, pero no quita la vista de la bandeja que está a punto de terminar.

A pie por Souika, la calle principal, los distintos souks, de alfombras de seda, de babouches (chinelas típicas, en cuero) y calzado en general, de comida, de joyeros y de cerámica.

Uno de los lugares más misteriosos de Rabat es el interior de la Kasba des Oudaïas, la ciudadela fortificada que bien protegió a la tribu de los Oudaïas. El ingreso es por una puerta maciza y de relaciones armónicas, construida por Yacub El Mansour.

Adentro, las arterias silenciosas y enredadas confluyen en el Museo de Artes Marroquíes, que alberga una colección de trajes típicos, armas y bijouterie berebere. Pero, sin duda, el momento más bello llega promediando el recorrido, cuando se ingresa en un jardin florido y desde una mesita azul, en el Café des Oudaïas, se saborea un té a la menta y un corne de gazzelle (cuerno de gacela), manjar árabe con forma de medialuna y masa de hojaldre rellena de pasta de almendra y miel.

Por la tarde, la inmensa puerta de la kasba se cierra y sólo permanecen en el interior de la fortaleza los residentes permanentes. Es bueno saberlo, por las dudas.

Whisky para abstemios

Antes de enfurecer a Alá es preciso aclarar que la receta del whisky marroquí no incluye alcohol. Pero, en todo el país se usa este término -con cierta ironía- para hacer referencia al delicioso vicio del té a la menta. Es una suerte de infusión nacional que se toma en todo momento y lugar.

Si bien puede parecer una bebida muy simple, el té a la menta tiene receta propia y secretos que conviene saber para prepararlo en casa.

Los marroquíes se valen de una bandeja de bronce con tres patas -llamada sinya- en donde se apoyan los vasos de vidrio o cristal -según el nivel social- y la tetera. En una bandeja similar se colocan tres cajas cilíndricas, también de bronce, que contienen los ingredientes: té verde chino, menta y azúcar. El agua se hierve en un samovar o mekraj de metal finamente trabajado.

El primer paso es enjuagar la tetera con agua muy caliente. Inmediatamente, se coloca un puñado de té con un chorrito de agua hirviendo, que luego de rociar a las hojas se tira. Uno de los secretos es que la menta sea fresca y se agregue con tallo, no sólo las hojas. La razón es evitar que se tape la tetera y potenciar el aroma.

Finalmente, se añaden diez terrones de azúcar (para una tetera mediana) y se llena el recipiente con agua hirviendo hasta cubrir toda la menta. El segundo truco es no revolver la preparación y el tercero es exclusivo para sibaritas: hay que servir la infusión desde lo alto para oxigenar el té y mejorar su sabor.

Según la costumbre local, se toman tres rondas de té, siempre en un vaso distinto. No se sabe bien por qué, pero acaso por placer o temor, nadie se aparta de la tradición.

Fuente La Nación, julio 1999

 

Datos útiles

Además: Guía para saber regatear

Cómo llegar

Un pasaje, ida y vuelta, Buenos Aires-Madrid-Rabat cuesta 1500 dólares. Los que combinen el viaje a Marruecos con uno en auto por España pueden optar entre varias compañías que realizan el servicio Algeciras - Ceuta.

Transporte

El precio aproximado del alquiler de un auto mediano es 30 dólares por día, con seguro incluido y kilometraje ilimitado.

Alojamiento

Habitación doble en un hotel de lujo, alrededor de 130 dólares; cuatro estrellas, 70; tres estrellas, 40; dos estrellas, 20, y las pensiones, 10. Los albergues de la juventud cuestan alrededor de 4 dólares por persona.

Gastronomía

El precio de una comida en un buen restaurante cuesta entre 8 y 12 dólares por persona. En los barcitos se manejan cifras más económicas: un plato de cuscús, 2 dólares; un tajine -guiso de verduras y cordero- para cuatro personas, 4. Una cerveza de medio litro cuesta 0,60 y un vaso de té a la menta, 0,30 dólares.

Información

Embajada de Marruecos. Mariscal Ramón Castilla 2952 (y Figueroa Alcorta), 4801-8157. El horario de atención es de lunes a viernes, de 9 a 15.

 En Internet: http://www.embajadamarruecos.org

Guía para saber regatear

Para comprar es necesario tener sangre fría. Muchas sonrisas al principio, pero a la hora de decir el precio, como si fuera parte de un ritual, el comerciante multiplica el valor real por tres o cuatro, cuando no por diez.

El tironeo se desata y ser duro es una premisa en esta forma de comerciar. "Diga su último precio", intima el rostro árabe. Y en ese momento hay que animarse a proponer un número disparatadamente bajo, aun con vergüenza. Entonces, mientras se degusta un té a la menta, comienza la negociación. Si finalmente se efectúa el trato, siempre termina más o menos así: el marroquí muestra su sonrisota, extiende la mano y dice: You happy, me happy! Para evitar sorpresas es muy útilsaber que si los turistas entran a un negocio acompañados por un guía local posiblemente pagarán una comisión del 50%.

 

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