Ruinas de Machu Pichu

Valle de Urubamba

 

Hacia Machu Picchu, por el Camino del Inca

El trayecto tiene cerca de 35 kilómetros

Se trepa a 4200 metros de altura

Los caminantes duermen en carpa

Historia, misterio y misticismo rodean las ruinas

CUZCO.- Para los que pasaron su infancia en épocas anteriores al advenimiento de la informática y a la prosaica inmediatez del mundo globalizado, cuando las gruesas enciclopedias eran la fuente primera de obtención de datos, Machu Picchu representaba, junto con los moai de la isla de Pascua y las pirámides de Egipto, uno de los grandes misterios de la humanidad a la vez que un destino remoto que la fantasía volvía inalcanzable.

Aun hoy, la Ciudad Perdida de los incas conserva su halo de misterio y su carácter sagrado y atrae, año tras año, a millones de viajeros de todo el mundo.

La montaña vieja

Aunque Machu Picchu -que en quechua significa montaña vieja y se pronuncia Machu Pijchu- puede ser visitado cómodamente sin otro requerimiento que saber tomarse un tren, bien vale la pena llegar luego de recorrer el Camino del Inca, un trayecto de cerca de treinta y cinco kilómetros, que nace 88 kilómetros al noroeste de Cuzco, y que es hoy la ruta de trekking más conocida y más transitada del continente.

El Camino del Inca es en verdad un tramo de uno de los tantos caminos que los súbditos del Imperio del Sol construyeron en América del Sur. Y si bien hay otros más largos o mejor conservados -como el de Takesi, en Bolivia-, ninguno es tan espectacular como éste.

Caminando a buen ritmo, pero sin dejar de disfrutar del paisaje, el trayecto suele hacerse en cuatro días. Ya sea contratando una excursión o por cuenta propia, el punto de partida es siempre el mismo: la localidad de Qorihuayrachina, también conocida como Kilómetro 88, un paraje donde apenas hay un puente que cruza el caudaloso río Urubamba.

El primer día es uno de los más ligeros del recorrido. Suelen caminarse unos diez kilómetros a una altura promedio de 3000 metros sobre el nivel del mar por pendientes suaves que no ofrecen ninguna dificultad.

Al poco tiempo de marcha aparecen los primeros rastros del mundo incaico: campos de cultivo en los que aún se utiliza el antiguo sistema de terrazas, enclavados en un valle que poco a poco va quedando encerrado entre montañas cubiertas de un manto verde oscuro. Abajo, el río Cusichaca acompaña el paso con su rumor constante y lejano.

El primer campamento al que se llega se llama Huayllabamba, que generalmente se encuentra más poblado de lo que a uno le gustaría. Por eso es conveniente seguir un kilómetro y medio más hasta Llullucchapampa, el próximo sitio de acampada.

El segundo día es el más duro de todo el trayecto. En la hora silenciosa y fría que precede a la salida del sol se desarman las carpas y se emprende la marcha. Sin ofrecer descanso, el camino asciende hasta el punto más alto del recorrido: el paso de Warmihuañusca, a 4200 metros de altura.

A cada paso, respirar se hace más difícil y la mochila más pesada. La falta de oxígeno se hace notar sin miramientos, pero el esfuerzo encuentra su justa recompensa: el paso es una atalaya desde la cual se dominan los valles profundos y serpenteantes que se abren a cada lado. Las nubes corren velozmente bajo nuestros pies. Unos cóndores sobrevuelan la montaña.

Después del paso comienza un abrupto descenso hasta el río Pakaymayo, donde los que obedecen al cuerpo fatigado arman sus carpas. Pero es preferible continuar un poco más -ahora nuevamente en subida- hasta el paso de Runkurakay, a 3800 metros sobre el nivel del mar, donde aparecen las primeras ruinas que se ven en el trayecto. El tercer día, el camino vuelve a sus cauces normales, con subidas y bajadas que se alternan permitiendo disfrutar de la marcha. De a ratos caminamos por senderos de tierra y por momentos sobre un camino realizado con enormes lajas precolombinas que sorprende por su hechura impecable.

Siguiendo nuestra marcha llegamos a Sayacmarca, una ciudadela de dimensiones considerables, donde pueden apreciarse los diferentes tipos de edificación que los incas utilizaban de acuerdo con un orden social claramente delimitado. Para el ojo desatento, todas las rocas son iguales.

Por eso, si se viaja sin guía es bueno contratar alguno de los que ofrecen sus servicios en las ruinas, porque de lo contrario muchos detalles importantes pasan inadvertidos. Las casas más rústicas, construidas con piedras informes apiladas unas sobre otras, pertenecían a las clases más bajas del imperio.

Santuario histórico

A medida que sube el nivel social, las construcciones se van perfeccionando hasta que se llega a las viviendas de los jerarcas y las edificaciones religiosas, construidas con piedras trabajadas y cortadas en bloques que encajan perfectamente unos con otros.

A partir de allí, el camino se interna en una selva cada vez más tupida. Nuevamente subimos hasta que alcanzamos el tercer paso del recorrido y comenzamos el descenso hacia Phuyup Atamarca, el sitio arqueológico mejor conservado de todos los que componen el Santuario Histórico, a 3680 metros de altitud.

Muchos viajeros acampan en las inmediaciones para disfrutar de caminatas nocturnas por las ruinas, pero es conveniente proseguir para acortar el trayecto del cuarto día.

Unas tres horas de marcha más adelante se encuentra Wiñaywayna, centro de visitantes donde funciona un museo. Este es el único lugar donde se puede comer bajo techo y dormir en una cama, bienes que luego de tres días de andar a cielo abierto se consideran lujos.

Aquí también hay unas ruinas impactantes, pero la ansiedad que produce saberse cerca de Machu Picchu no permite admirarlas con ecuanimidad.

En ese momento del alba, que más pertenece a la noche que al día, comienza la última caminata. Adivinando el sendero que serpentea entre una selva espesa llegamos al Intipunku, la puerta por donde el sol entra cada mañana para despertar a la ciudad callada.

Pero a menos que se tenga mucha suerte, a la hora del sol nubes densas cubren todas las montañas. Tras ese manto de neblina está Machu Picchu, punto final del largo viaje por el Camino del Inca y punto de partida de otro viaje, un viaje hacia la historia y el misterio.

Los secretos de la Ciudad Perdida se guardan en la selva

Para recorrer Machu Picchu es recomendable tener dos días

La ciudad de Machu Picchu fue descubierta para el mundo occidental en 1911. Ni los españoles en su afán colonizador ni los peruanos, en su expansión demográfica, pudieron dar con ella.

Abandonada por sus habitantes y resguardada por la selva, la ciudad se fue cubriendo de una vegetación espesa que la conservó durante siglos. Pero aún hoy la historia del monumento más importante de la cultura incaica sigue siendo un misterio.

La ciudad cuenta con tres sectores bien diferenciados. En el sector civil se pueden observar diversos barrios, reconocibles por el mismo tipo de distinción simbólica que rige en Sayacmarca. Además de las viviendas, hay en este sector una cárcel, un grupo de colcas o graneros, inmensos morteros de piedra que se utilizaban para moler el maíz y un templo donde se realizaban las ofrendas anuales a la Pachamama.

El sector agrícola está compuesto por una gran cantidad de terrazas de cultivo, construcciones de piedra que llegan a medir cinco metros de altura y más de veinte de largo.

El sector sagrado contiene las edificaciones más importantes, como el Templo de Wiracocha, el Intihuatana -observatorio que los incas utilizaban para determinar la fecha de los solsticios y los equinoccios-, las fuentes ceremoniales -donde se preparaba a las mujeres para su sacrificio o su servicio ante el Inca-, la Casa del Alto Sacerdote y el Sunturhuasi, o Templo del Sol.

Con una superficie superior a los cinco mil metros cuadrados, conocer medianamente Machu Picchu no es tarea sencilla. Es recomendable, entonces, dedicar al menos dos días para recorrerla entera, tomarse el tiempo necesario para embeberse del misticismo que asoma en cada rincón, reconocerse en el silencio de la piedra.

Iglesias y palacios coloniales se alternan con edificios incaicos construidos con piedras

Según los entendidos, el nombre de la ciudad estaría asociado la piedra. Denominaciones como amontonamiento de rocas, triste y fértil, y adornar y labrar con colores son algunas de las acepciones posibles. Para el inca Garcilaso de la Vega, Cuzco era el ombligo del mundo, un lugar sagrado para los incas y desde donde se inicia la Creación. Parado en algunas de las esquinas de Cuzco y mirando hacia cualquier lado, la primera sensación que se tiene es la de atemporalidad. Iglesias y palacios de la época de la Colonia se alternan con edificios construidos sobre las bases de piedra de antiguas viviendas incaicas.

Y junto a ellos, camuflados dentro de casas de adobe coronadas por tejas rojas, hay infinidad de bares, hoteles y restaurantes, los espacios donde se reúne el inmenso caudal de turistas que anualmente llega a la que fuera capital del Imperio Incaico.

Iglesias y museos

Una visita a los incontables monumentos de la ciudad comienza invariablemente en la catedral, una construcción barroca del siglo XVII, frente a la Plaza de Armas, centro de Cuzco. A su lado se alza la iglesia de Jesús María, de 1733.

También frente a la plaza se encuentra la iglesia de La Compañía de Jesús, y un poco más allá, las iglesias de La Merced y Santa Catalina.

Dentro de los palacios que atesoran retazos de la historia de América -como el Palacio Arzobispal y el Palacio del Almirante- hoy funcionan los museos más importantes de la ciudad. Así, el Museo Arqueológico, el Museo de Arte Religioso y el Museo de Historia Regional merecen una visita.

Afirmados sobre profundas raíces culturales y adaptados a su condición de habitantes de una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, los cuzqueños han desarrollado un nuevo modo de sincretismo ya no religioso, sino social.

Los hombres y mujeres siguen vistiendo sus atuendos andinos y hablando en quechua, pero a la hora de tratar con el turista dominan el inglés, el francés y hasta el alemán.

Las pizzerías y los restaurantes franceses compiten con los de comida criolla y el rock argentino se escucha tanto como los huaynos y las marineras.

Nueva Babilonia -o quizás sea más preciso decir Nueva Babel- Cuzco es hoy una ciudad que no descansa, donde la infatigable rutina del día es reemplazada por la de la noche sin pausa ni respiro, como una inmensa cinta de Moebius que no tiene fin.

En Aguas Calientes hay buenos baños

Luego de cuatro días de marcha es recomendable dar un paseo breve por Machu Picchu y terminar el día en Aguas Calientes, a dos kilómetros del sitio arqueológico.

Después de un buen baño termal y de una noche de descanso en una cama es más fácil juntar energías para recorrer las ruinas al día siguiente.

Los baños -un conjunto de piletas comunitarias- se encuentran a unos diez minutos de caminata del centro. Se cobra una entrada de 2 dólares y es posible alquilar toallas. La vida de Aguas Calientes gira en torno de la estación de trenes.

Un par de pizzerías y de buenos restaurantes de comida local despliegan sus mesas en los andenes y los vendedores ambulantes ocupan las vías.

Cuando llega el tren, todo es una confusión de turistas que corren en busca de asientos, cholitas ofreciendo choclos con queso, gente regateando precios desde las ventanillas, chicos tirando bombas de agua: un típico paisaje peruano.

Entrada a las ruinas

Para visitar las ruinas los visitantes deben pagar una entrada de 10 dólares.

Los que, además, hacen el Camino del Inca deben pagar 17 más.

Los estudiantes que tengan en su poder la tarjeta ISIC lograrán un 50 por ciento de descuento.

Datos útiles

Cómo llegar: el pasaje a Cuzco (con escala en Lima) cuesta 770 dólares ida y vuelta.

De Cuzco a Machu Picchu se puede viajar en el tren local, que tiene tres clases: pullman (30 dólares ida y vuelta), primera (12) y segunda (9), o en el autovagón, un tren para turistas que es más veloz, más limpio y cuenta con baño. El precio del pasaje, de ida y vuelta, es de 50 dólares.

Excursiones: en Cuzco hay varias agencias que organizan la excursión a Machu Picchu por el Camino del Inca.

Las agencias se encargan del transporte hasta el kilómetro 88 y del regreso en tren, además de proveer y cargar la carpa, la cocina y los alimentos durante la travesía.

Las empresas más económicas cobran alrededor de 60 dólares por persona, pero otras hasta 250. Un guía especializado acompaña todo el trayecto.

Alojamiento: en la entrada del sitio arqueológico hay un hotel que cobra 120 dólares la habitación doble.

Otra opción es dormir en Aguas Calientes.

La oferta hotelera de Cuzco es muy variada en calidad y precio, pero hay que estar atento: las estrellas de los hoteles no parecen obedecer ningún parámetro.

Los hoteles más caros cuestan alrededor de 120 dólares la habitación doble. Otros, entre 50 y 80.

Una tercera franja, entre 25 y 40. Los más económicos, entre 3 y 10 dólares por persona.

Cuándo ir: la travesía puede hacerse todo el año. Durante la estación seca, de abril a octubre, los días suelen ser despejados y cálidos, y las noches frías.

En la época de lluvias, de noviembre a marzo, suele llover mucho.

En Internet:

http://www.cuscoperu.com

http://www.machupicchu.org/library

http://www.incatrail.com

Una escala en los pueblos del Valle Sagrado

El valle del río Urubamba es la llave para conocer Pisac, Calca y otros caseríos que acercan una imagen más real de este país

El río era sacralizado por los incas porque se lo consideraba el padre de las siembras de la zona

Los lugares menos turísticos son los más recomendables

CUZCO.- Unos veinte kilómetros al norte de Cuzco corre el río Vilcanota, que luego cambia de nombre y se convierte en el Urubamba.

Sacralizado por los incas, que lo adoraban por ser el padre de todas las siembras del valle que atraviesa, el Urubamba vierte sus aguas en el Ucayali y luego en el Amazonas, para llegar finalmente al mar.

Los pueblos que componen el Valle Sagrado pueden ser visitados en una de las tantas excursiones que diariamente parten de Cuzco, pero lo que hay para conocer no puede ser abarcado en un solo día.

Conviene, por tanto, abandonar las comodidades de los tours organizados y salir a recorrer el valle por cuenta propia.

Vestigios del pasado

Saliendo de Cuzco, una ruta que se dirige al Norte lleva al pueblo Pisac. En el camino pasa por los sitios arqueológicos Qenqo, Cusilluchayoc, Pucapucara y Tambomachay, donde se pueden apreciar cuevas y ruinas de un anfiteatro y una fortaleza.

Opacados por la grandiosidad de otros sitios del valle, éstos han quedado al margen de los circuitos turísticos convencionales, lo que los hace aún más interesantes.

Todos los domingos funciona en Pisac uno de los mercados más pintorescos de Perú, aunque estos últimos años ha perdido su carácter genuino y se ha convertido en una atracción turística.

También se encuentran las ruinas más importantes de todo el valle, hasta tal punto que se ha llegado a suponer que era ésta en verdad la capital del Tahuantinsuyo, el imperio de los incas.

En una superficie de aproximadamente cuatro kilómetros cuadrados encierra palacios, observatorios astronómicos, templos, fortines y un importante cementerio. La mejor manera de conocer el sitio es llegar en vehículo y luego recorrerlo a pie por caminos interminables, que recorren terrazas de cultivo y descienden hasta el pueblo.

Una ruta bordea el río Urubamba en dirección Oeste, atravesando los pueblos de Lamay, Calca y Yucay, que parecen no poseer grandes atractivos para el turista. No hay en ellos hombres vestidos con trajes tradicionales, ni ruinas descollantes ni edificios coloniales de relevancia.

Y es justamente aquí donde es posible tomar contacto con un Perú más verdadero, donde la gente no se esfuerza por agradar y sin embargo es amable, donde detrás de una charla con un extraño no se esconde otra cosa que la curiosidad por lo desconocido.

Unos kilómetros más al Oeste se encuentra Urubamba, punto estratégico para realizar una caminata hasta las terrazas circulares de Moray, conocidas como el Jardín de los Incas. Aquí nace una ruta que vuelve a Cuzco pasando por Chinchero, pueblito antiguo con un mercado modesto, pero auténtico.

A los pies de una fortaleza

Siguiendo por la ruta que bordea el Urubamba se llega a Ollantaytambo, el último pueblo del valle y quizás el más bello. Edificado sobre los cimientos de una ciudadela incaica y a los pies de una de las fortalezas mejor conservadas del valle, es considerado apenas un lugar de paso por los turistas que van a hacer el Camino del Inca.

Sentado en la vereda, o en una mesa de uno de los tantos bares que circundan la plaza principal, se puede observar y entender cómo transcurre la vida en este lugar donde el concepto del tiempo escapa a toda clasificación conocida.

Durante el día, imágenes bellísimas se suceden como en las mejores películas o en los sueños: un hombre a caballo recorre con sus vacas la calle principal; una cholita de no más de 5 años carga una guagüita en la espalda; un grupo de niños persigue a un extranjero gritándole gringo por una callecita de adoquines y casas de adobe.

A la tarde, el pueblo se sumerge en una siesta prolongada. Ciudad fantasma, no hay quien anime las calles desiertas. Cuando llega la noche la gente del lugar comienza a aparecer.

Puestos de comida van ganando las veredas y los restaurantes reabren sus puertas. Faroles anaranjados tiñen el aire brumoso con un tinte melancólico. El tiempo recorre las calles sin prisa ni destino.

En las ollas se hierven infusiones de habas y cebada, molientes para la buena salud, guisos y potajes cargados de ají y sabores nuevos. En un fuego se asan anticuchos y choclos morados, la chicha circula en interminables vasos comunitarios. La gente cena en silencio, buscando con el vino un pedacito de tierra para compartir con la pacha la alegría de estar vivos.

En una ceremonia repetida, estos hombres y mujeres que poseen saberes ancestrales se preparan para el descanso. Un aroma de eucalipto quemado llena el aire de la noche.

Fuente La Nación, febrero 2001

Datos útiles

Cómo llegar: varios ómnibus locales viajan desde Cuzco hasta los distintos pueblos del valle.

Las tarifas van desde 10 centavos de dólar hasta un dólar, pero siempre es recomendable averiguar el precio antes de subir a uno.

Alojamiento: en Pisac, Calca y Ollantaytambo hay hospedajes económicos que cobran entre 3 y 7 dólares por persona. Otros, un poco más caros, cuestan 20 dólares por persona.

En Urubamba y Yucay también hay alojamientos de este tipo y, además, un par de hoteles de categoría que cuestan entre 60 y 80 dólares la habitación doble.

Excursiones: las que van al Valle Sagrado cuestan entre 10 y 15 dólares por persona, y no incluyen las entradas a los sitios arqueológicos.

Entrada a las ruinas: se cobra entre 2 y 3 dólares por sitio, por lo que es recomendable comprar el boleto integrado, que cuesta 10 dólares (5 para estudiantes) y permite ingresar en ocho sitios y en algunos museos de Cuzco que vale la pena conocer.

Comida: un plato que está considerado una delikatessen es el cuy asado, que no es otra cosa que el roedor hecho a la parrilla y servido entero.

En los mercados se venden anticuchos, brochettes de corazón y verduras, y yucas rellenas (mandioca).

Entre las bebidas no se puede dejar de probar la chicha -fermentación de maíces morados y blancos- y los molientes, extractos de plantas que se mezclan con una infusión de cebada.

Imperdible: Pisac está a 3300 metros de altura y cada domingo se celebra en la plaza principal una feria de artesanías regionales. Allí, entre olores y colores fuertes, se pueden comprar no sólo cerámicas, sino también tejidos finamente elaborados por los nativos de distintas comunidades de la zona.

Además, ese día los alcaldes bajan de los caseríos de montaña con sus varayocs (bastones) para celebrar una misa muy colorida.

 

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