Calles de La Habana

Monumento José Marti

Fortificaciones en el puerto de La Habana

 

Por las calles de La Habana

Vista de cerca y a contraluz, la capital cubana ofrece mil rostros diferentes. Allí -entre autos de colección, recuerdos oxidados, frustraciones y edificios que se vienen abajo- asoma el perfil de una urbe antigua y encantada

Por momentos parece una ciudad bombardeada por el tiempo. Hasta los autos son dignos sobrevivientes de ese terremoto existencial. Los viejos palacios se pueblan de fantasmas. Allí vivieron -en tiempos idos- los barones de la aristocracia azucarera, los mejores representantes de la refinada cultura habanera, los gobernantes corruptos y las vaporosas damas de caridad.

Muchos años después, algunas de esas mansiones se convirtieron en casas de cultura, sedes de sindicatos o escenarios comunitarios. Pero la mayoría de ellos terminaron ahora transformados en solares: son antiguos castillos espectrales, caserones en ruinas que evocan los conventillos decadentes que todavía se ven en San Telmo o en La Boca.

En los solares de La Habana -una ciudad con mucho mar, pero sin playas-, la gente vive o sobrevive a fuerza de paciencia, energía y voluntad. En Cayo Hueso, el barrio más denso y famoso del casco urbano, hay un montón de estos palacetes en desgracia. Pero también se los encuentra en la ciudad vieja, en los alrededores del puerto y aun en ciertas esquinas del nostálgico Vedado.

Es cierto que en la capital cubana no hay chicos que duerman en las calles. Tampoco hay mendigos en el sentido clásico del término. Pero vivir en un solar no es, lo que se dice, la utopía realizada. Los cuartos son estrechos, el piso se hunde, los techos se llueven. Allá duermen y esperan las tan mentadas jineteras, mujeres bellas o no tanto, jóvenes, luminosas o desvencijadas; las delicadas flores nocturnas -como las homenajeó Silvio Rodríguez en una canción- que hacen el amor o la guerra a cambio de un jabón, un puñado de dólares o una promesa. Allí también suelen vivir músicos que a veces son tan buenos como los que descubrió Ry Cooder en el rescatado Buena Vista Social Club. Por allá transcurren, también, las santeras en trance, las parejas a prueba y un montón de familias numerosas, lindas y ruidosas cuya ropa se agita alocadamente sobre los derruidos balcones.

Muchos de sus residentes -hay que decirlo- viven en peligro constante. Porque pese a las reformas que últimamente se están haciendo para cambiarle la cara a la ciudad -con ayuda de la Unesco y de algunos países europeos-, el ritmo del deterioro sigue siendo más rápido que la dinámica de recuperación. Cada tres días ocurren dos derrumbes de magnitud diversa como parte de un proceso calificado por el Historiador de la Ciudad -así denominan allá al cargo de intendente- como "desastre continuo de baja intensidad".

Pero no todo está perdido. Si por el peso del tiempo o por causa de una lluvia un solar empieza a derrumbarse, sus habitantes no se quedan a la intemperie. El gobierno, Fidel, la revolución, o como quiera que se denomine esa entelequia, les facilita un nuevo destino. Por ahí tienen suerte y hasta les toca un apartamento con vista al mar. Seguramente será viejo y ruinoso como el anterior. Pero si hay horizonte, y si hay barcos que pasan a lo lejos, es porque todavía hay esperanza.

Para soñar con una fuga o un amor hay que caminar directo a El Malecón. Es un bulevar de casi diez kilómetros de largo que abraza a La Habana como si pretendiera, después, acostarse con ella. Es una cerca de piedra, un muro de baja altura que separa a la ciudad del omnipresente mar Caribe.

Allá -del otro lado- se alcanza a adivinar la respiración de Estados Unidos, el imperialismo, el paraíso del consumo. Del lado de acá, en cambio, sólo hay gente humilde que se conforma con vivir de la brisa.

La brisa trae restos de grandes ilusiones. La brisa ayuda a vivir. Cuando los turistas se cansan de caminar y de ser sistemáticamente asediados por los vendedores de puros y paladares (restaurantes particulares), van a sentarse un rato a El Malecón. Cuando un hombre y una mujer presienten que la pasión se les escapa del alma como un balsero, intentan recuperarlo a besos en El Malecón.

Y cuando hace mucho calor y el mar está picado, las olas violentas sobrevuelan el muro y le dan un baño de espuma a la ciudad. Abajo, entre las rocas, algunos chicos se bañan, otros bucean, otros pescan o se sientan a mirar los barcos que se alejan. Y arriba -balanceando sus pies sobre las rocas y el océano- hombres, niños, ancianos y mujeres se olvidan por un tiempo de sus infinitas carencias cotidianas. En un extremo se dibuja el Castillo del Morro. En el otro se ve el Hotel Nacional y el perfil más moderno pero desganado del Habana Libre. A mitad de camino entre el Norte y el Sur, la Oficina de Intereses Norteamericanos -que hace las veces de embajada- está rodeada de carteles críticos instalados por el gobierno. Algunos ya están medio gastados. Otros los acaban de poner.

"No les tenemos ningún miedo", reza uno de ellos, con un discurso situado entre la dignidad y un tono marcado por la ingenuidad. Frente a su adusta presencia se vienen organizando hace varios meses las marchas populares que reclaman el regreso de Elián, el balserito que vio morir ahogada a su madre. Allí se arman con frecuencia festivales de música y poesía.

Y por la cercana avenida pasan en silencio los bici-taxis (móviles a tracción humana con lugar para dos personas), los Chevrolet del año treinta o los infernales camellos, que son una especie de acoplados gigantescos empujados por una cabina de camión. En esos colectivos de gran porte los cubanos viajan muy apretados, mucho más que los porteños que toman el subte B a las 7 de la tarde. En los camellos, como suelen comentar en clave tragicómica los propios pasajeros, la vida se parece demasiado a esas películas de Hollywood donde nunca faltan el sexo y la violencia. Cuando cae la noche, El Malecón no pierde su mágico poder de imantación. La espuma y los vestidos blancos de las santeras se recortan brillantes contra la oscuridad. Son una promesa abierta para el nuevo día que está por comenzar.

En los primeros años del siglo XIX, Alejandro Humboldt dio cuenta de su asombro al llegar por primera vez a La Habana. "Este lugar -escribió- no tiene el lujo de vegetación que adorna las orillas del río Guayaquil ni la salvaje majestad de las costas rocosas de Río de Janeiro, puertos del hemisferio austral, pero la gracia que, en nuestros climas, embellece los paisajes de naturaleza culta se mezcla aquí con la majestad de las formas vegetales, el vigor orgánico que caracteriza a la zona tórrida. Solicitado por tan suaves impresiones, el europeo se olvida del peligro que lo amenaza en el seno de las ciudades populosas de las Antillas; trata de entender los elementos diversos de un vasto paisaje, contemplar esas fortalezas que coronan las rocas al este del puerto, ese lago interior, rodeado de poblados y de haciendas, esas palmeras que se elevan a una prodigiosa altura; esta ciudad, medio oculta por una selva de mástiles y los velámenes de las naves..." "Pero -agregaba este gran navegante y amigo de Goethe, refiriéndose de pronto a la Calle de los Mercaderes- aquí, como en nuestras más antiguas ciudades de Europa, sólo con suma lentitud se logra enmendar el mal trazado de las calles." Los cubanos se sorprendieron un poco cuando leyeron esta última crítica, deslizada para colmo en medio de tantos elogios.

Quien mejor defendió el estilo sin estilo de La Habana fue el escritor Alejo Carpentier, el consagrado y barroco autor de Los pasos perdidos y otras novelas inolvidables. "Mal trazadas estarían, acaso, las calles visitadas por Humboldt -admitió con sorna-. Pero llega uno a preguntarse, hoy, si ese hecho no habrá sido dictado, con gran sabiduría, por la necesidad primordial (tropical) de jugar al escondite con el sol, burlándole superficies, arrancándole sombras, huyendo de sus tórridos anuncios de crepúsculos, con una ingeniosa multiplicación de esas calles que nos brindan una impresión de paz y de frescor que difícilmente hallaríamos en donde los urbanistas conscientes ejercieron su ciencia." En todo caso, lo mejor es dejarse llevar sin rumbo prefijado por ese loco laberinto que sorprendió al naturalista alemán. Ya que sólo de ese modo, y no mediante el consabido y tedioso city tour, se hace posible un contacto cierto con esta ciudad poblada de sombras y misterios. Uno puede incluso internarse una tarde por las deterioradas calles de Centro Habana, exactamente por atrás del hospital Almejeiras y no demasiado lejos del oscuro y populoso Barrio Chino. Una vez allí es posible comprobar que las puertas de casi todas las casas están abiertas de par en par.

La gente está en la calle con sus gritos, sus canciones, sus quejas y sus niños. La ropa cuelga arriba, como si formara parte de una escenografía, y no existe prácticamente nadie que no esté dispuesto a conversar y a compartir lo poco o muy poco que tenga con cualquier desconocido que se atreva a acercarse. Y si encima es domingo y el mediodía está cerca, lo mejor será dejarse arrastrar hasta un delirante rincón de Cayo Hueso conocido como el Callejón de Hamel.

Es una calle pintada de todos los colores imaginables por los vecinos y artistas que viven en sus alrededores. Todos los domingos el callejón se convierte en la improvisada capital de la rumba afrocubana. Los mejores grupos de la ciudad van a tocar y bailar sones, guarachas y guaguancós para todo el que quiera impregnarse de la música de raíz negra, rítmica y profunda.

Un graffiti de los tantos que adornan las paredes de Hamel le recuerda al visitante que a ese lugar bajan los dioses yorubas -como Elegguá o Yemayá- que están cansados de ser dioses. Esos que, al menos por unas horas, se dan el gusto de danzar, amar y beber junto al resto de los mortales.

Fuente La Nación, abril 2000

 

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