Reykjavik

Glaciares Islandeses

Maravillas geotermales

 

En Islandia, los géiseres son los reyes de los campos de hielo y buscan el cielo con sus chorros de agua caliente; en medio de las tormentas de nieve, los habitantes se refugian en piscinas templadas

REYKJAVIK.- Hay dos maneras de llegar a Islandia. Una es en avión, como lo hace hoy la mayoría de los turistas; la otra es en barco, como lo hicieron los vikingos hace más de mil años.

Pero en ambos casos, ya sea frente a la línea del horizonte que marca el mar o bajo las nubes, desde el cielo, lo primero que muestra Islandia es la masa gigantesca de sus glaciares.

El anfitrión de la isla, el encargado de recibir a los viajeros, es el Vatnajökull, que una traducción literal bautizaría en castellano como el lago de hielo. Es el glaciar más grande de Europa, que cubre una parte importante de la isla.

A él y a todos los demás glaciares se les debe el nombre del país: Island, o la tierra de los hielos (Iceland, en inglés).

Así la vieron a los lejos sobresaliendo del mar, y así la nombraron los primeros colonos noruegos en el año 870.

Pero si el cuerpo es de hielo, el temperamento no es frío. Al contrario, Islandia gusta presentarse como la tierra donde conviven el hielo y el fuego: porque bajo los campos helados se encuentran campos de lava y cada montaña es un volcán.

Una tierra joven

La isla nació de esta actividad volcánica, y surgió del mar sobre la línea de ruptura entre las placas tectónicas eurasiática y americana, que se alejan una de la otra. Por eso, justamente, se la considera como una de las tierras geológicamente más jóvenes del planeta.

Un fenómeno semejante, pero a una escala más entendible para los parámetros humanos, se dio en 1963, cuando la pequeña isla de Surtsey surgió en el mar, nacida de la cumbre de un volcán submarino. Uno de los tantos que cada año entran en erupción en Islandia.

Este paisaje de gran dureza fue el que recibió a los primeros colonos, que tal vez se hubieran desanimado ante el panorama, de no haber sido temibles guerreros vikingos.

Ya les había pasado a los monjes irlandeses, que conocían la isla desde el siglo VIII, pero nunca la colonizaron, sino que la mantuvieron como un sitio especial para sus retiros espirituales durante los veranos boreales.

Quizá los colonos noruegos y sus esclavos celtas se vieron atraídos por la increíble pureza de los paisajes de Islandia, por la salvaje belleza que brilla como una esmeralda cuando después de varios días de lluvia fría el sol hace resplandecer los verdes crudos de los pastos frente a las laderas negras de las montañas, cubiertas por capas de hielos inmaculadas.

Los islandeses dicen que en un solo día tienen las cuatro estaciones, pero basta ese ratito de sol para hacer olvidar cada día de lluvia, de oscuridad invernal, y de crudos y helados vientos.

La isla de las sagas

Islandia también puede fascinar por su historia, algo que no podían saber ciertamente aquellos vikingos cuando comenzaron a escribirla. A pesar de ser la última tierra poblada de Europa, tiene un largo pasado, y una cultura increíble de la que dan testimonio los eddas y las sagas.

Con orgullo, los islandeses recuerdan que cuando Europa estaba sepultada bajo las horas más negras de su historia, entre las epidemias, ignorancia, guerras y hambrunas de la Alta Edad Media, Islandia vivía su siglo de oro.

Era una nación próspera y de matices idílicos, que asistía a la elaboración de las preciosas sagas, la memoria viva de los pueblos del Norte.

El propio Wagner pudo inspirarse en los escritos islandeses, que fueron la única manera que hallaron las tradiciones germánicas para perdurar en la memoria de la humanidad.

Quienes se interesen por la literatura o en la historia nórdicas encontrarán fascinante una visita al Instituto Arni Magnusson de Reykjavik, donde se conservan los originales de la mayoría de los manuscritos islandeses que pudieron ser salvados.

La historia de la recolección de estos manuscritos, que incluye episodios dignos de las mejores novelas policiales, constituye uno de los episodios más atrapantes de la historia islandesa.

El sabio islandés radicado en Dinamarca -entonces la potencia colonial- Arni Magnusson (1663-1730) pasó varios años cruzando la isla a caballo, en todas las direcciones y recorriendo todas las granjas (no había todavía ninguna ciudad, ni más aglomeraciones que algún puñado de familias que vivía en la misma llanura) tratando de recuperar pergaminos y manuscritos, cuyo cuero era a veces utilizado como calzado.

Corrían los siglos XVII y XVIII, las horas más sombrías de la historia de Islandia. Las erupciones volcánicas se combinaban con epidemias y hambrunas, provocando un descenso en la población que la dejó en su nivel más bajo desde la época de la colonización de la isla: menos de 45.000 personas.

En las vitrinas del Instituto, en Reykjavik, se pueden recordar los ecos de esta aventura, digna de ser relatada al modo de una saga. Y se puede imaginar también la desesperación del sabio Magnusson, que luchó contra las llamas durante el famoso incendio de Copenhague, que destruyó gran parte de los archivos daneses. Comprometiendo su propia vida, salvó del fuego la mayoría de sus sagas, pero no todas, de modo que algunas perecieron durante el incendio.

Los manuscritos tuvieron que esperar luego hasta los años 70 para ser devueltos por Dinamarca a Islandia, ya independiente desde 1944. Para albergarlos, se construyó uno de los mayores edificios del país, equipados con las más modernas tecnologías para la conservación de las obras. Y al mismo tiempo se organizó una fiesta nacional en la que participaron, sin excepción, los 200.000 habitantes de la isla.

Buenos lectores

Si después de haber visitado el Instituto aún queda alguna duda de que para los islandeses la cultura es un tema de importancia superior a cualquier otro, y no sólo de la boca para afuera, sino puertas adentro de cada casa, bastará con recorrer las librerías de Laugavegur, la arteria principal de Reykjavik, y los quioscos de revistas: es en Islandia donde se imprime la mayor cantidad de diarios per cápita en el mundo, y es para esta lengua, hablada por apenas 250.000 personas en el mundo, que se publican y traducen cada año más libros por habitante que en cualquier otro país del planeta. Con orgullo, los islandeses dicen que aquel que todavía no escribió un libro, ya está haciéndolo.

Más asombroso aún es ver a los niños de las escuelas de visita en el Instituto, mientras descifran sin problemas textos de varios siglos de antigüedad.

A diferencia de los otros idiomas europeos, incluso lenguas hermanas como el sueco, el danés y el noruego, el islandés no cambió desde la época de las sagas.

Se puede considerar sin temor a exagerar que hoy todavía los islandeses hablan como los vikingos del año 1000, y su idioma fabrica nuevos términos sobre antiguas raíces para designar las creaciones de la tecnología y las actividades humanas: turista, por ejemplo, no deriva en islandés de la misma raíz que en tantos otros idiomas, sino que se dice ferdamadur, es decir, el hombre que viaja.

Bajando por Laugavegur Laugavegur, la calle principal de Reykjavik, se puede recorrer de punta a punta. Desde su nacimiento, cerca de la estación de colectivos Hlemmur, hasta Bankastraeti, su prolongación peatonal es el paseo de todos los jóvenes los sábados por la noche y naturalmente también de los turistas, ya que en estas cuadras se concentra buena parte de los negocios.

Diseños nórdicos

Para comprar buenas joyas con diseños nórdicos (desde hace algunos años varios islandeses se sumaron a los célebres diseñadores escandinavos), o réplicas de las joyas de la era vikinga; para conseguir libros, llevar pulóveres de lana con el típico diseño islandés, o bien para salir a la noche a uno de los elegantes restaurantes, Laugavegur es siempre el mejor lugar.

Por las dudas, antes de dejar su habitación en el hotel hay que verificar que se lleva suficiente dinero, ya que si Islandia tiene uno de los niveles de vida más elevados del mundo, para cualquier turista sus precios figuran también entre los más altos del mundo.

De día, el mejor lugar para tomar algo son los cafés de la plaza que forma Bankastraeti con Laekjargata. Desde las ventanas se ve pasar tanto a la gente como el clima: al mismo ritmo que se suceden los transeúntes, uno tras otro pasan los chaparrones y los momentos de sol.

La visita a Reykjavik tiene que seguir por las orillas del lago Tjörn, un refugio de cisnes y patos en pleno corazón de la ciudad, como el río Elidaár, que atraviesa el este de la ciudad y es el hábitat ideal de los salmones. Se puede pasar también por el restaurante Perlan, una confitería con piso giratorio construida sobre una colina, que ofrece un panorama muy lindo sobre la ciudad.

Las mejores vistas son las de la noche del verano, alrededor de las dos de la mañana, cuando el sol está apenas escondido detrás del horizonte y el cielo se convierte en una infinita gama de rojos.

A los pies de la confitería, entre la bruma del crepúsculo, la ciudad se estira a lo largo de la costa en esta Bahía de los Humos (ése es el significado de Reykjavik), brillante bajo los reflejos rojizos y las luces de la calle.  

Noches pop

Por las noches hay que buscar entre los bares de moda, donde los islandeses toman cerveza de a litros, escuchando los grupos pop del momento. Entre los más cálidos se pueden mencionar Gaukur-á-Stung, Zanzi-bar, Fogetínn y Arbar, donde se escuchan las bandas clásicas de Islandia. Entre ellas, Gildran, Sextiliosex, Greifarnir, y algunas más nuevas como Skitamorral y Sigurrós. De paso, si quiere hacer gala de su conocimiento musical no es necesario mencionar a Björk, pero sí a su padre, Gudmundur Ingolfsson, que lidera una de las bandas de jazz más populares de la isla.

De naturaleza volcánica

Después de Thingvellir y Blue Lagoon (laguna azul) se puede visitar el cabo Reykjanes, cuyas rocas desafían permanentemente las aguas terribles del Atlántico Norte.

Para comprobarlo, desde otro punto de vista, se puede intentar el cruce en barco hasta las islas Vestman, un archipiélago de intensa actividad volcánica. Más de 5000 personas viven de la pesca en el puerto de Heimaey, que fue evacuado -sin que nadie sufriera ni una herida- en la noche del 23 de enero de 1973, cuando el pueblo entero fue arrasado por la erupción del volcán Helgafell. Los isleños lucharon, sin embargo, para conservar su puerto, ahora mejor protegido que antes de las erupciones, ya que se encauzaron los flujos de lava con agua para enfriarlos e inmovilizarlos. Al sur de Heimaey, otra erupción había sido noticia en 1963 cuando el estallido del volcán dio origen a la isla de Surtsey.

Vital: hacia el Norte o hacia el Sur, este camino es el que siguen los viajeros en un circuito por el país; la laguna Azul los espera con aguas naturalmente cálidas.

Para salir de Reykjavik hacia el resto del país no hay manera de equivocarse, ya que hay que tomar siempre la ruta 1, o hacia el Norte o hacia el Sur.

En realidad, esta ruta da la vuelta a todo el país, bordeando las recortadas costas. Ella nos llevará entonces rumbo al primer destino que se elige siempre desde Reykjavik: Thingvellir, un acantilado marcado por una brecha que forma un camino natural entre las paredes de roca y permite acceder desde el nivel del lago de Thingvallavatn hasta la meseta que lo domina.

Un Parlamento vikingo

Este sitio fue elegido como sede del primer Parlamento de la historia moderna de Europa: allí mismo, una vez al año, los islandeses se reunían para debatir sobre los asuntos y problemas del país. Esta reunión se llamaba Althing, y empezó a funcionar en el año 930. El sitio es hoy un parque nacional y está lleno de lugares directamente asociados con la vida de los habitantes contemporáneos a las sagas.

Durante la dominación danesa, el Althing se transformó en una suerte de corte de justicia, como lo describe en un pasaje de su novela La campana de Islandia el Premio Nobel de Literatura, el islandés Halldór Laxness. Desde Thingvellir, se puede tomar una excursión de un día hacia Gulfoss (una cataratas impresionantes, no tanto por su altura como por el poderoso caudal de aguas espumosas, provenientes del glaciar Lang) y Geysir, el más importante de los chorros de agua caliente que brotan naturalmente del suelo de Islandia, y precisamente el que dio su nombre (géiser) a este fenómeno natural en todos los idiomas del mundo.

Otra excursión que se puede realizar durante el día es la que pasa por la laguna Azul, tal vez el sitio más curioso de toda Islandia. Se trata de una playa tropical perdida en la estepa helada al sur de Reykjavik. Bloa Lónid, como se llama en islandés, es una playa de arenas negras, bañadas por aguas a muy alta temperatura, procedentes de una planta que utiliza el líquido calentado en forma natural por la actividad geotérmica.

Esta planta, como muchas otras, provee de agua caliente y calefacción a casi toda Islandia, valiéndose de la actividad volcánica. En la laguna Azul, además, se aprovechó el agua no utilizada para construir una playa.

En medio de tormentas de nieve, es posible entonces bañarse en una piscina natural con el agua a más de 30 grados... La vista desde la laguna Azul está cubierta la mayor parte del año por la densa condensación que se forma, a la vez que los fuertes vientos dispersan el olor a azufre que emana del agua.

Islandia tiene mucho para mostrar, y entre sus bellezas esconde varias curiosidades. En una primera visita, por ejemplo, vale la pena parar en Hverageirdi, el primer pueblo que se encuentra sobre la ruta 1 hacia el Sudeste. Saliendo de Reykjavik, se pasa por una larga meseta de lava, hasta bajar por un acantilado y caer en los valles fértiles del Hvitá y Pjorsá.

Hveragerdi se encuentra protegido al pie de ese acantilado: es un pueblo que nació alrededor de los invernaderos que forman un microclima tropical al borde del Círculo Polar. En estos invernaderos se producen bananas y crecen otras plantas tropicales; como pueden visitarse, son tanto un centro de producción como un centro comercial para turistas y lugareños.

Por el camino de las sagas

Si se sigue la ruta se pasa por Selfoss, el principal centro de producción agrícola del país, al norte del cual se encuentra el centro histórico y religioso de Skallholt, y Hvolsvöllur, en cuya región se desarrolló una de las más importantes sagas, la de Njalls.

La ruta bordea después pueblitos en plena decadencia -Islandia sufre un fuerte éxodo rural desde hace ya varios años-, inmensos glaciares como el Myrdal y el Vatna, y llega finalmente a los fiordos del Este. En estas hendiduras de la costa se esconden pequeños pueblos como el de Seydisfjordur, terminal del ferry Norröna, que une una vez por mes Dinamarca y Noruega con Islandia, haciendo un alto en las islas Feroe.

La ruta sigue la costa hacia el Norte y roza el Círculo Polar cerca de Raufarhöfn. En realidad, toda Islandia está bajo el círculo, excepto una porción de Grimsey, una islita al norte de Akureyri. Allí se puede ver el único verdadero sol de medianoche en Islandia, y allí mismo se da cita buena parte de los islandeses, a fines de junio, para celebrar la llegada del verano.

Akyreyri es, por su parte, la segunda ciudad en importancia de la isla, y dio una importante contribución a la historia y la cultura de Islandia. Pero para los extranjeros su principal interés consiste en ser la puerta de entrada al Parque Nacional Myvatn, alrededor del lago del mismo nombre.

En este parque anidan miles de pájaros de varias decenas de especies: en primavera y verano, ornitólogos de todo el mundo se reúnen para estudiarlos y observarlos, ya que se considera una de las mejores reservas avícolas de Europa.

La ruta 1 no pasa por los fiordos del Noroeste, que forman como una melena soplada por el viento sobre la cabeza de Islandia. En estos fiordos sobreviven pequeños pueblos aislados del resto del mundo varias semanas por año, por el extremo frío y la nieve del invierno.

Pero antes de regresar a Reykjavik, todavía se puede ingresar en la península Snaefellsnes, en cuya punta se encuentra el glaciar del mismo nombre, por donde empezó su Viaje al centro de la tierra Julio Verne.  

Fuente La Nación

 

Datos útiles

Cómo llegar

El pasaje aéreo desde Buenos Aires hasta Reykjavik, ida y vuelta, cuesta aproximadamente 1800 dólares. También se puede volar diariamente desde Europa (Luxemburgo, Londres, y las capitales nórdicas) y Estados Unidos (Orlando, Nueva York y Filadelfia).

Alojamiento

Durante el verano, muchos dormitorios de escuelas se transforman en hoteles. Los más baratos de la isla, cuestan cerca de 100 dólares por noche, por persona. En todo el país es posible alojarse en casas de huéspedes a pr ecios accesibles.

Una habitación doble en un hotel tres estrellas, cuesta entre 95 y 125 dólares; alrededor de 200, en uno de cuatro y hasta 250, en uno de cinco.

La cadena Edda también tiene hoteles en todo el país (desde 200). En Reykjavik se pueden recomendar los hoteles de Scandic, el Esja y el Loftleidir. El hotel más selecto es el Saga, a partir de 200 la habitación, en Reykjavik, donde tocan los fines de semana las mejores bandas de músicos del país.

Visa

En el consulado de Islandia, San Martín 320 4º piso, 4325-8303. Es necesario tener el pasaporte al día, una constancia del pasaje y una foto 4x4. El trámite cuesta 30 dólares.

Traslados

Para trasladarse dentro de la isla es posible alquilar un auto -aunque las tarifas son muy altas- o bien utilizar los ómnibus que diariamente circulan por la ruta 1. La compañía BSI da informes por el 354-552 2300.

Souvenirs

Para ropa de lana, lo mejor es ir a la Asociación Nacional de Tejedoras de Lana, en Reykjavik; 354- 552 1890. Un pulóver cuesta cerca de 100 dólares. La tienda más famosa de Reykjavik es Alafoss; 354-551 3404.

Más información

Consulado de Islandia, San Martín 320 4º piso, de lunes a viernes, de 10 a 12 y de 15 a 17; 4325-830.

Iceland Tourist Bureau, Skógarhlíd 18, 101 Reykjavik; 354-562 3300.

 

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