Parlamento de La Haya

Palacio Real en Amsterdam

 

La  Haya.-

 Conocida mundialmente por ser sede de la famosa Corte Internacional, la ciudad de La Haya -Den Haag en holandés- tiene atractivos turísticos suficientes como para que el viajero le dedique una visita.

A tan sólo 40 minutos de Amsterdam y a menos de 20 minutos de Rotterdam, es la segunda ciudad de Holanda y sede del poder político. Sin duda, difiere grandemente de muchas otras ciudades del sur de Holanda y esto puede llevar a desilusionar al visitante en su primera impresión. Un recorrido por el centro antiguo de la ciudad permite apreciar la ausencia de canales y la imponente presencia de palacios, residencias y embajadas que le otorgan una personalidad aristocrática inconfundible.

Carruajes y mozos de librea

Toda visita a La Haya debe comenzar en el Binnenhof, un vasto castillo que alberga desde hace ocho siglos a quienes rigen los destinos del país. Una visita guiada permite acceder a la antigua sala de los caballeros que aún hoy es usada una vez al año por la reina para leer el discurso de inauguración de las sesiones legislativas. Esto ocurre el 21 de septiembre en una fastuosa ceremonia que incluye carruajes dorados, caballos lujosamente enjaezados y mozos de librea.

Otro de los atractivos de esta zona es el museo de la Gevangenpoort, la antigua cárcel construida en el siglo XIII. Es posible realizar visitas guiadas. Y vale la pena hacerlo por cuanto se conservan intactas no sólo las tenebrosas celdas con las inscripciones que fueron dejando los presos, sino también una formidable colección de instrumentos de tortura que se exhibe en la cámara de los horrores.

Muy cerca está la plaza rodeada de atractivos bares y restaurantes en los que se puede tomar un café, una cerveza o un almuerzo al aire libre. Pero la opción que muchos holandeses eligen es comer un abundante sándwich de salmón ahumado (zalm brodjie) por 2,50 dólares o un inigualable arenque en el carrito que está en la entrada en el Binnenhof.

Ninguno que visite La Haya debe olvidar un paseo por el Passage, una animada galería comercial construida en el siglo XIX, y algunas de sus atractivas calles peatonales como Denneweg, que cuenta con excelentes restaurantes y casas de antigüedades.

Un alto en el camino

Los bares que rodean a la Grote Kerk constituyen un sitio ideal para hacer un alto en el paseo y tomar un café, y un restaurante italiano del lugar -La Lanterna- es uno de los más populares.

Los más jóvenes suelen elegir el café y restaurante De Zwarte Ruiter en Grote Markt 27. Tiene muy buena música y una espectacular selección de cervezas. No se puede dejar de probar la excepcional Trappe Dubbel, una cerveza negra para no olvidar que cuesta menos de 3 dólares.

Para los nostálgicos de la carne argentina, una buena opción es llegarse a Los Gauchos, en Molenstraat 26 (mejor aún que la sucursal de Denneweg). El parrillero es egipcio, pero el resultado es igualmente óptimo. También está Fiesta Latina, en Denneweg 138, un simpático reducto que, bajo la batuta de un argentino,reproduce la ceremonia y el sabor del más criollo de los asados.

Fuera del centro, el Gemmentemuseum posee notables pinturas de Van Gogh, Monet, Picasso, Jonking, Beckmann y otros pintores y escultores de los siglos XIX y XX, además de una valiosa colección de porcelanas de Delft y casas de muñecas.

Es notable su sección dedicada a instrumentos musicales -de las mejores de Europa- donde se destacan antiguos virginales, violines barrocos y ejemplares únicos de gamelanes y otros instrumentos de percusión de Indonesia.

Pero uno de los grandes atractivos del museo es la gigantesca selección de obras de Mondrian, y en particular Victory Boogie Woogie, el último cuadro pintado por el pintor holandés, cuya reciente adquisición por la corona holandesa a un coleccionista norteamericano provocó un escándalo de proporciones cuando se conoció el precio de 40 millones de dólares pagados. El museo abre de martes a domingos, de 11 a 17.

Brisas marinas

Uno de los grandes atractivos está en un suburbio llamado Scheveningen; tan cerca que se puede llegar en tranvía y gozar de la inmensidad del mar del Norte en toda su amplitud.

En Scheveningen, el palaciego paisaje urbano de La Haya se transforma en una distendida edificación de terrazas aptas para recibir el sol. La brisa marina, una extensa playa, casino, restaurantes, cines y pequeños puestos de venta de pescado convierten a Scheveningen en un reducto informal de balneario europeo. Caminando por la rambla, se ve el Steigenberger Kurhaus Hotel, un imponente edificio del siglo pasado al que hay que entrar para observar su magnífico interior, donde sobrevive el inmaculado encanto de tiempos pasados.

En los restaurantes y cafés de la rambla, el viajero podrá comer sin perder de vista el paisaje marino. Por una módica suma se puede hacer una excursión de pesca saliendo desde el propio puerto. Pero, ¡atención! el mar del Norte no es una inocente laguna, y es habitual que las barcas se muevan sin dar descanso.

Coleccionable

A muy pocos metros del Binnenhof y frente a un lago, se puede visitar una mansión señorial de 1640, que alberga al célebre museo Mauritshuis, famoso por su notable colección de pinturas permanentes.

Entre sus paredes hay cuadros de la importancia de La joven con la perla y Vista de Delft, de Vermeer, junto a varios autorretratos y a La lección de anatomía del Dr. Tulp, de Rembrandt, entre otras muchas maravillas.

Este museo -que con frecuencia presenta importantes muestras temporarias- albergó, hasta hace pocos días, la exposición Rembrandt visto por sí mismo, que ocupó dos plantas completas de la magnífica residencia.

Había una vez...

Otro atractivo de Scheveningen es Madurodam, una gigantesca ciudad en miniatura que refleja toda la variedad de los paisajes urbanos y rurales holandeses en 1500 maquetas. Este lugar que es sin duda ideal para llevar a los chicos, también es de sumo interés para los adultos. El visitante puede recorrer observando los infinitos detalles exactamente reproducidos de calles, canales, puentes, molinos, iglesias, puertos, estaciones de ferrocarril, aeropuertos y teatros de las más variadas ciudades de Holanda. Muchas maquetas incluyen personajes y objetos en movimiento que se accionan colocando una moneda. Pero vale la pena llegar a Madurodam al atardecer, porque es cuando se encienden 30.000 lamparitas que iluminan por dentro con asombroso realismo esta ciudad de cuentos de hadas.

Se visita hasta el 19 de marzo, de 9 a 18; del 20 de marzo al 30 de junio, de 9 a 20; del 1º de julio al 31 de agosto, de 9 a 23, y del 1º de setiembre al 21 de marzo de 2001, de 9 a 18. El precio de la entrada es 11 dólares para los adultos y 7 para los menores.

En diminutivo

Todo invita a pensar en diminutivo. Al poco tiempo de convivir con los holandeses uno cae en la cuenta de que ellos no acostumbran a pedir un café sino een kopje koffie, un cafecito. Tampoco una cerveza es pedida así, sino een pilsje, es decir una cervecita. Y aunque el austero sándwich que los holandeses almuerzan no es tan pequeño, es pedido een broodje (un sandwichito). Todo parece adaptarse a ese gusto por lo sencillo, lo pequeño, pero no por eso de inferior calidad.

Las maravillas del sur de Holanda -las antiguas ciudades de Delft, Gouda y Schiedam, La Haya y sus palacios, los campos sembrados de tulipanes de fulgurantes colores, el rudo paisaje marino, las tranquilas aguas de los canales reflejando las mismas imágenes que vieron Vermeer y Rembrandt, los admirables museos- todo puede ser visitado para lograr una primera aproximación en un puñado de días. Y por sobre todas las cosas, siempre emergerá la cordialidad de su gente, que aún en los más mínimos detalles convierte el viaje en una experiencia inolvidable.

 

Fuente La Nación, febrero 2000

Amsterdam la tolerancia desbordante

Internacional, multicultural, la ciudad no deja margen para el aburrimiento y desconoce el significado de la palabra escándalo. Todo se acepta, y lo que está prohibido en otras partes del planeta se puede ver tranquilamente en un museo

Entre tantos canales y edificios a punto de caerse hay gente que va a pasear subida en su casa, gente que se considera loca pero con mascotas cuerdas, gente que las estadísticas ubican entre las más felices del mundo y gente que habla de hipocresía y egoísmo. En la tolerante Amsterdam no hay mucho tiempo para aburrirse y, si lo hay, nada mejor que uno de los usuales paisajes de canales, de sol, de gaviotas y de moroso tañer de antiguas campanas.

El viejo usa barba larga y ropa desaliñada; el mismo viento que en toda Holanda hace mover centenares de molinos hipertecnológicos es el que alborota tanto pelo. El hombre fue squatter -hacedor de graffiti- y participó de los movimientos que consideraban legal ocupar lugares deshabitados. "Yo estoy un poco loco. Somos muchos locos en Amsterdam. Se puede ser loco aquí -asegura-, pero mis perritos, Vincent y Rembrandt, de los que nunca me separo, son normales. No están locos."

Hay muchos personajes en Amsterdam. Como esos dos recogedores de basura que vacían uno por uno los tachos de la ciudad y no paran de hacerse bromas uno al otro y de reírse de manera expansiva, sin dejar de trabajar. Uno de ellos le hace una reverencia al otro de tanto en tanto, cuando el otro emboca con precisión el tubo de aspiradora gigante dentro de uno de los tachos. O ese travesti muy alto, vestido de cuero negro ajustado, que pasea entre la multitud que va y viene de la estación de trenes, y que no tendría nada de extraño a no ser por ese círculo de 30 centímetros de diámetro desprovisto de cuero, justo en el sitio que usa para sentarse. Nadie lo mira.

Nunca se frena el espectáculo de la ciudad. En el centro, si no son los propios habitantes de la ciudad son los turistas, que siempre la modifican y la transforman. Más allá del centro, donde los turistas casi no llegan y donde la tranquilidad es norma, sigue el espectáculo. Como el de las ventanas de los hogares de planta baja, que son pródigas en austeros arreglos de plantas y, casi siempre, en gatos satisfechos. Y las cortinas suelen estar corridas y dejan ver el ordenado show de la intimidad holandesa, entre paredes blancas y sosiego.

Es muy variado y rico el ajetreo del centro. Como lo fue siempre, desde que esta ciudad que hoy tiene 850 mil habitantes se transformó, a fines del siglo XVI, en centro del comercio internacional. El ajetreo de hoy es multicultural; una de cada cuatro personas que viven aquí es inmigrante; la mayoría proviene de Surinam (ex colonia), Indonesia (ex colonia), Marruecos y Turquía.

Sin contar a los turistas, más de 130 nacionalidades confluyen en esta ciudad de 1300 puentes y 160 canales. El grado de mezcla se ve muy claro, por ejemplo, en el hecho de que el dueño de uno de los restaurantes argentinos que hay en el centro no es de Buenos Aires ni de Saladillo o de Tandil, sino de Tel Aviv, capital de Israel.

Desde hace más de tres siglos Amsterdam ha sido un sitio de cruce de ideas y de razas. También ha sido el lugar en el que los que escapaban de algún tipo de persecución u opresión podían hacer pie: la libertad de culto fue instaurada en esta ciudad en 1630. René Descartes, que vivió aquí y aquí redactó su Discurso del método, escribió: "¿En qué otro lugar se puede tener una libertad tan grande?" Además, la tradición de gente de comercio de los amsterdameses los ha llevado a establecer contactos con modos de pensar, costumbres y miradas muy diversas, a lo que se suma la fuerte presencia del calvinismo y su precepto de libertad de conciencia. Entonces, Amsterdam es tolerante.

El consumo de drogas blandas, como la marihuana y el hachís, es libre desde 1976. Se las vende en los famosos coffe shop, que suman 400 en la ciudad; en los últimos años, unos 200 debieron cerrar por problemas con drogas duras y con los vecindarios. Una encuesta realizada en 1995 por la Universidad de Rotterdam apoya el mote de tolerante que se ha ganado el país: según el sondeo, el 82 por ciento de los entrevistados consideró que estaba mal drogarse, mientras que el 61 por ciento se mostró favorable a una prohibición total de los estupefacientes.

Pero los coffe shop existen. Remme, un estudiante de ciencias sociales, tiene una explicación más pragmática para esta libertad de drogas blandas: "Este es un país con fuertes cargas impositivas. Si se prohibieran las drogas blandas, igual seguirían existiendo, como pasa en los demás países, pero el Estado se perdería de recaudar una muy buena cantidad de dinero. Por supuesto que la tradición de tolerancia tiene su influencia, pero es sólo un factor más".

Como ninguna otra ciudad de la pulcra Holanda, Amsterdam, capital virtual (La Haya es la capital oficial), exhibe sabrosas dosis de decadencia, de tumultuoso desorden. En las calles del Barrio Rojo, en el que las prostitutas se exhiben orondas en sus vitrinas, se da la curiosa convivencia de los turistas con hombres y mujeres de dientes cariados y mirada desvaída, que manipulan papeletas metalizadas en el breve amparo de las puertas de casas y negocios. En las papeletas hay heroína o cocaína y la consumen a la vista de todos. Como los negros del Barrio Rojo, pendientes del turista que devuelva un gesto cómplice: "Cocaína, éxtasis, speed", ofrecen.

Un negro grandote, que da bastante miedo, es más concreto: "¿Querés hacer negocio? Tengo una buena cantidad de cocaína como para que hagas negocio en otro país".

Las drogas pesadas están absolutamente prohibidas, pero los negros de las esquinas son toda una institución. Siempre están ahí, siempre son los mismos y nadie los molesta. Al igual que las chicas de las vitrinas, que trocan la sonrisa ofrecedora por el odio explícito cuando ven una cámara; no se les puede sacar fotos.

Todos estos mundos conviven en Amsterdam y lo hacen en insólita armonía. La postal de la convivencia bien puede encontrarse en el Barrio Rojo: en la planta baja, la vitrina y su prostituta; en el primer piso, un viejito que desde su ventana otea, rutinario, el desfile de turistas.

Así como la gente convive milagrosamente, las que no parecen llevarse bien entre sí son las casas. Uno de los aspectos más llamativos de la ciudad es que las casas, que nunca superan los tres o cuatro pisos, muchas veces están como empujándose entre ellas, con algo de prepotencia, o inclinadas hacia adelante. La sensación es que en cualquier momento se caerán, con su estrépito de ladrillos y de vigas de madera. Pero la gente vive allí y no se preocupa, pues no habrán de caerse, al menos por el momento.

Muchas de estas casas han sido construidas con la fachada inclinada hacia la calle por dos motivos: para ganar espacio, algo que no sobra en Amsterdam, y para que desde la calle se vea más claramente la terminación superior de la fachada. Pero hay casos, también, en los que la propia condición del terreno en el que han sido construidas las lleva a alcanzar una inclinación que no ha sido deseada.

En Amsterdam, como en buena parte de Holanda, las tierras están bajo el nivel del mar. Tierra es un decir, pues se trata de arena y arcilla. Las casas viejas -de uno, dos, tres, cuatro o cinco siglos- han sido edificadas con bases de pilares de madera de entre diez y veinte metros, que buscan su fundamento en la arena más sólida. Pero la abundante agua de Amsterdam, ciudad toda recorrida por canales, se filtra y los socava. De ahí también viene esa imagen de casas moribundas, que necesitan, como con prepotencia, de la de al lado para sostenerse.

La casa más vieja de la ciudad es de 1460 y está en el pequeño barrio de Begijnhof, una suerte de remanso a metros del centro, con su plazoleta y su Cristo, con su muy austera Iglesia Presbiteriana de 1607 y con sus inevitables turistas. La casa, que ha sido restaurada, conserva parte de la madera original; antes de los incendios gravísimos del siglo XVI, todas las casas eran de madera, pero luego se obligó a la utilización del ladrillo y la piedra.

En total, en la bella Amsterdam hay casi 7000 casas y construcciones protegidas que, casi intactas, subsisten aun desde los siglos XVI y XVII.

A los holandeses se los conoce, en general, como gente feliz. Ellos mismos lo dicen. "Nos gusta reír, nos gusta la música, nos gusta el amor. Nos gusta vivir", comenta Jakob, que se dedica a cultivar plantas de vivero. Un sondeo reciente efectuado en varios países del mundo, dio un dato que apoya esta afirmación. Se le preguntó a gente de esos países si se consideraba feliz, y resultó que en esa tabla de la dicha quedó primero Finlandia, seguido por

Holanda.

Una mini-encuesta (La Nación, Revista) entre algunos habitantes de Amsterdam indicaría que sí, que son felices nomás. Pero siempre hay campanas que suenan de otro modo. Jeffrey nació en Surinam y a los 9 años llegó a Amsterdam para vivir. Atiende un negocio de postales. El no está demasiado convencido de habitar el paraíso. "¿Felices? Acá son felices cuando brilla el sol, únicamente -declara-. Yo creo que son hipócritas. Te dicen que está todo bien pero, cuando te das vuelta, hablan mal de vos. Además, hay mucho egoísmo en Amsterdam. Y es muy caro. No, a mí no me gusta vivir aquí."

El paraíso de la tolerancia muestra sus miserias. Una peluquera holandesa que atiende en un local cercano del centro dice que optó por mudarse a Zaandam, a unos 20 kilómetros de la ciudad, porque no le gusta el ajetreo de Amsterdam. Y, sobre todo, por sus hijos: "No quiero que se críen en este lugar. Hay mucha droga por allí. En Zaandam vivo tranquila".

Es muy difícil no tocar el tema de la droga cuando se habla de Amsterdam, pues siempre está muy presente. Pero hay otro ítem clásico que no se puede obviar, que es el de las casas-bote.

En ciertos canales de Amsterdam, ésos cuyas aguas se renuevan dos veces por semana en invierno y cuatro en verano, hay centenares de personas que viven en ellas; en total, Amsterdam cuenta con más de 2500 casas-bote. La arquitectura de éstas es muy variada y llega hasta la broma, como aquélla cuyas paredes están pintadas como si fueran de ladrillo y que recrea todos los clisés de la casa en tierra firme, jardín delantero incluido.

Muchas de estas casas-bote están equipadas con motor y con los medios necesarios para navegar. A esto se suma que el país se puede recorrer por agua, lo que da la posibilidad de encarar unos bonitos viajes en casa. Estos viajes pueden hacerse extensos, ya que buena parte de Bélgica y Francia también posee canales y ríos comunicados entre sí, con lo cual se puede comenzar un recorrido en Amsterdam, llegar a París y pegar la vuelta.

Esta vida acuática parece deseable, sin duda, pero conviene preguntar. Henga vive en su casa- bote desde hace cuatro años, junto con su marido y sus dos hijos, tan juguetones como rubios. Tampoco falta el gato. Henga, de 31 años, sostiene que la casa-bote otorga ventajas económicas. "Vivo en el centro y me cuesta mucho menos dinero que si tuviera un departamentito en la misma zona", explica.

El bote que habita es grande y muy cómodo. Hermosa vida, pero denle a elegir a Henga: tras hacer un mohín inequívoco, dirá: "Sí, es un lindo barco. Pero yo quiero una casa con jardín".

 Museos

Uno de los más fenomenales atractivos de Amsterdam es el arte. Aquí está La ronda nocturna, del grandioso Rembrandt, además de una muy buena colección de cuadros de Van Gogh, un pintor cuya obra ha soportado con gran solidez que lo hayan transformado en icono, postal y remera. El crítico australiano-norteamericano Robert Hughes ha escrito que Van Gogh es Van Gogh por su obra y por su historia de vida, pero acudir al museo dedicado al pintor otorga una sensación de tranquilidad ajena a las anécdotas.

En el Museo Van Gogh hay varios cuadros importantes del pintor, desde sus primeras épocas -el lindísimo Los comedores de papas- hasta sus años locos, los del final. Este museo fue destinado inicialmente a albergar la colección de su carteado hermano Theo; de allí provienen las obras de Manet, Toulouse-Lautrec o Gauguin, entre otros.

La ronda nocturna está en el Rijkmuseum, y la acompañan unas veinte pinturas más de su autor, sobre quien ya no vale la pensa seguir acumulando ditirambos. También hay obras de Frans Hals y de Vermeer, y la lista es mucho más amplia. Es imprescindible visitar el Rijkmuseum.

La hermosa tríada de museos inevitables de Amsterdam se completa con el Stedelijkmuseum, que reúne obras de Cézanne, Van Gogh y Monet, entre los del siglo pasado, e incluye, como si no fuera suficiente, muy buenas piezas de autores de este siglo, desde varios Malevitch hasta emocionantes Pollock, aquel norteamericano que estaba tan loco como Van Gogh, o más (un consejo para observar los Pollock: antes de soltar el argentinísimo esto lo podría hacer mi nene, párese, mire, dele tiempo y ya verá). El Stedelijkmuseum también ofrece la posibilidad de admirar cuadros de otro de los héroes del expresionismo abstracto norteamericano, como el holandés Williem de Kooning. También hay Matisse, Dubuffet, Mondrian, Ernst y muchos más.

Amsterdam ofrece algunos otros museos, históricos y de muñecos de cera. Pero si usted es una persona más bien carnal, más bien de imperiosa sangre latina y afecta sobre todo a los placeres del sommier y de la sábana de raso, tiene un buen surtido de museos del sexo.

 

Copyright© 2000 - 2004 ALL RIGHTS RESERVED TO MPEREYRAROBLES® - webmaster -

1