| La
vida en Copenhague, Oslo, Estocolmo y Helsinki discurre entre un rico
patrimonio y bellos lugares Nadie
puede dejar de asombrarse con el arte y la cultura expuestos en estas
magníficas ciudades Estas
prometen historias a lo grande y la hospitalidad de su gente ESTOCOLMO.-Las
cuatro capitales nórdicas -Copenhague, Oslo, Estocolmo y Helsinki- comparten
la cercanía geográfica y una historia marcada por el sello vikingo.
Pero son tan distintas como sólo pueden serlo capitales de países tan
vecinos: cada una con su identidad, forman un curioso rosario de tradición
y modernidad típicamente escandinavo. Para
un habitante del Río de la Plata hay tan pocas razones para comprender
que Escandinavia esté dividida en varios países como para un escandinavo
entender la existencia de diferencias entre Uruguay y la Argentina.
Desde
los prismáticos de la lejanía, se uniforman los idiomas, las costumbres
y los paisajes, para fundirse todo en el habitual cliché que uno tiene
sobre el norte de Europa: descendientes de vikingos que repiten cada
fin de semana el extraño ritual de emborracharse para olvidar el frío
polar, y los únicos en el mundo que pueden entender las películas de
Bergman sin subtítulos. Un
mundo En
realidad hay un mundo entre Finlandia y Dinamarca, los dos extremos
de la Escandinavia continental (que se puede extender por el Atlántico
Norte hacia Islandia, las islas Feroe e incluso Groenlandia). Escandinavia
tiene el Consejo Nórdico: cuatro naciones vikingas -Noruega, Dinamarca,
Suecia e Islandia- más una, Finlandia. Este país es el vecino invitado,
una especie de Rusia en la cumbre del G7, que con esa nación se transforma
en G8. En
realidad, además de su bandera -una cruz celeste sobre fondo blanco,
que repite el diseño de la cruz nórdica que se encuentra en todas las
banderas de la región-, Finlandia mereció el derecho a ser considerada
una nación escandinava por su importante minoría de habla sueca (un
10 por ciento de la población), una provincia autónoma exclusivamente
escandinava (las islas Aland) y el largo período pasado bajo dominio
sueco. También
comparte las mismas fiebres del sábado por la noche, cuando el koskenkorva
vodka y el brennivin o bränvinn (es decir, todo lo que el hombre puede
destilar) alegran a los callados descendientes de los vikingos y ponen
calor en las frías noches de sus largos inviernos. Como resultado, comparte
también el curioso sistema de monopolio estatal para la venta de bebidas
alcohólicas, los systembolag. La
liberación de la venta de cerveza en los bares y restaurantes todavía
está muy fresca y se recuerda con vigor con cada trago entre Reikiavik
y Helsinki. Mucho
más significativo es saber que con menos de diez millones de habitantes
por país (Suecia es el más poblado, con casi nueve millones), e idiomas
que sólo ellos hablan en el mundo (aunque existen algunos grupos de
admiradores de las sagas que practican el antiguo nórdico en facultades
de Europa y América del Norte, o intelectuales como Borges que podían
leer islandés), son cuna de una cultura que puede contarse entre las
más ricas del planeta. Con
el término genérico de cultura escandinava se puede encontrar personalidades
desde Henrik Ibsen, un precursor del teatro moderno, hasta Lasse Halström,
uno de los cineastas más apreciados actualmente en Hollywood... En
el medio están Astrid Lindgren, la creadora del personaje infantil Pippi
Mediaslargas; el arquitecto Alvar Aalto; Linus Thorvald, el creador
del sistema de computación Linux; el pintor Edvard Munch; el escritor
Hans Christian Andersen... Y esto que no nos extenderemos sobre ABBA,
los Beatles pop de los años 70... ¡Mamma mía! Aunque
las discotecas de Estocolmo estén a la vanguardia de la música pop y
bailable de Europa (de ahí salieron Ace of Base, Dr. Alban, A-Teens),
el verdadero furor se vive en los barcos que van y vienen por el Báltico.
El
recorrido tradicional es la conexión Estocolmo-Helsinki, un viaje de
menos de 12 horas, sobre barcos que son a la vez ciudades en miniatura
y free-shops donde se veneran tanto el karaoke como el vodka. Es una
experiencia inolvidable para el que quiera iniciarse en el canto de
un tango en finlandés, comer regaliz (lakrits) en bolsas de un kilo
o pasear en un centro comercial flotante. También se pueden hacer paseos por el archipiélago. El servicio de barcos funciona durante todo el año, aunque hay más salidas durante el verano. Antes de volver a tierra firme, si es que eso existe en Estocolmo, hay que visitar por lo menos el Museo Nórdico, que traza en una de sus salas la evolución del modelo sueco y Skansen, el museo al aire libre más antiguo del mundo. Fundado a fines del siglo XIX, incluye un zoológico. Estocolmo,
íntima y cosmopolita La
llaman la Venecia nórdica y su particularidad son las callecitas medievales
Museos
y grandes monumentos para conocer La
ciudad, rodeada de canales, es ideal para pescar salmones y navegar
El
cine de Bergman conquista el mundo ESTOCOLMO.-
Esta es la gran ciudad de Escandinavia, la capital cultural que sabe
venderse a sí misma con prodigiosa facilidad. Supo producir éxitos masivos
como ABBA y Roxette, así como el cine de Bergman que está más difundido
que el de cualquier otro cineasta nórdico. La fama de la belleza de
las chicas suecas causa estragos en el resto del mundo. Lo
cierto es que los suecos alimentan con su complejo de superioridad el
complejo de inferioridad de sus vecinos, y mientras tanto se dedican
a disfrutar de una de las ciudades indiscutiblemente más bellas de Europa
del Norte. Estocolmo
se hizo fama de Venecia nórdica, y aunque hay muchas distancias que
salvar con la romántica ciudad italiana, esta capital levantada sobre
14 islas e islotes permite, por ejemplo, pescar tranquilamente salmones
en los canales. Algo que Venecia jamás soñó. Lo
más pintoresco de Estocolmo es Gamla Stan, la ciudad vieja, el núcleo
original donde se conservan las casas más antiguas, que se salvó de
milagro de la piqueta de la modernidad en el siglo XIX, entre otros
gracias a un defensor tan hábil como August Strindberg. Las
vidrieras de las casas de antigüedades y recuerdos rebosan de minidrakkars,
de alces de peluche -el animal típico de Laponia- y de las coronas de
luces que las chicas usan el Día de Santa Lucía. A lo grande En
los bares, donde se puede parar a comer los típicos smörgåsbord -sándwiches
abiertos con distintas variantes de relleno- el ambiente está siempre
animado. Los turistas despliegan sus planos sobre la mesa para calcular
cómo llegar a tiempo a ver el cambio de guardia en el Palacio Real (Kunglingaslottet),
la Catedral (Storkyrkan) y Stortorget (es que con cierta megalomanía,
como se burlan sus vecinos, para los suecos todo parece ser stor, grande).
Otro
sitio para conocer es la Municipalidad, Stadshus, que esconde lujosos
interiores que cada año se convierten en escenario del banquete del
Nobel. Vale
la pena entrar y hacer la visita guiada que lleva hasta la Sala Dorada,
de espectaculares mosaicos, así como subir los más de 100 metros de
la torre principal, que deparan la mejor vista de las antiguas casas
de Gamla Stan. Como
recuerdo, hay uno muy original: en el negocio de souvenirs de Stadhus
se venden réplicas de la vajilla de porcelana en que se sirven los platos
durante el banquete del Nobel. Para sentirse reyes. Uno de los museos
para visitar es el Museo Histórico, con muchos objetos procedentes de
cercanas excavaciones vikingas. Hay
que tomar el barco que lleva hasta Djurgården; esta isla-parque de atracción
es el lugar preferido de los habitantes de Estocolmo para disfrutar
del fin de semana, ver animales y el acuario o entrar en el Museo Vasa,
dedicado a una nave de 62 metros de largo que hizo construir el rey
Gustavo II en el siglo XVII. La embarcación está perfectamente conservada: casi un milagro si se considera que estuvo hundida entre 1628 y 1956, y que fue rescatada tras ser descubierto por un buceador aficionado.
Los
suecos pisan firme en la historia Esta
capital, punto de partida para conocer los fiordos, es tan antigua como
austera y armoniosa, pero la realeza da que hablar Reflejo
de un pueblo de vikingos que habría llegado hasta América, despierta
admiración por su rico pasado Su
moderna arquitectura, un contraste acentuado OSLO.-
Todo el cosmpolitismo que se puede encontrar en Copenhague y Estocolmo
parece borrarse de un plumazo en Oslo. Algo en la atmósfera de la ciudad,
en el trato de su gente, la hace diferente del resto: más cerrada sobre
sí misma, más vikinga. No
es una casualidad que Noruega haya elegido no ingresar en la Unión Europea,
una decisión que sólo Islandia compartió entre sus vecinos nórdicos.
Los
noruegos tienen conciencia también de esa diferencia, y por eso esperan
que la gran fiesta de este fin de semana -cuando el príncipe heredero
se case con su novia, una historia que trajo no pocas vueltas en el
reino ya que la joven es madre soltera de un niño cuyo padre tiene antecedentes
por tráfico de drogas- les permita desacartonar su imagen en Europa.
Y para eso, ¿qué mejor que una pareja enamorada? La realeza de medio
continente lo sabe, y lo explota, aunque sea tan moderada como las familias
reales escandinavas, poco afectas a los escándalos comunes de ciertos
principados mediterráneos... En
todo caso, será una ocasión distinta para estar bajo los reflectores:
habitualmente, Oslo sólo es noticia cada diciembre cuando se entrega
el Premio Nobel de la Paz. Para
recorrer a pie Aquí,
las individualidades son fuertes y poco comunes las multitudes: aunque
Oslo es la ciudad más grande de Noruega, tiene poco más de medio millón
de habitantes, y es ideal para recorrer a pie. Basta
comparar el austero edificio de la Municipalidad (Rådhus, igual que
en Copenhague, ya que los dos idiomas noruegos que existen, el nynorsk
y el riksmål, deben mucho a su primo danés), decorado con mosaicos que
reflejan escenas de la mitología nórdica, con la brillante elegancia
de su par sueco, que cada año hospeda el banquete del Nobel, para hacerse
una idea de las diferencias entre un país y otro. La
principal calle peatonal es la Karl Johans, que lleva-después de sortear
negocios, cafés y músicos callejeros- a la catedral, la Oslo Domkirke.
Más adelante, desemboca en el edificio amarillo del Parlamento (Stortinget)
y la Eidsvollsplass, una plaza cuadrada junto al Teatro Nacional, cuyo
edificio homenajea especialmente a uno de los padres de las letras noruegas:
Henrik Ibsen. Desde
allí se está cerca del Museo Histórico, que traza un panorama de los
antiguos tiempos vikingos, y la Galería Nacional, muy visitada porque
conserva algunas de las principales obras de Edvard Munch. Hay
que tener en cuenta, al visitar estos museos, que suelen cerrar temprano,
salvo un solo día (conviene consultar cuándo en las oficinas de turismo)
en que la apertura se prolonga hasta el anochecer. Cambio de guardia La
Karl Johans termina en el Palacio Real, residencia oficial de los reyes,
que no está abierto al público, pero sí está rodeado de agradables parques
públicos. Al
mediodía, vale la pena detenerse para cumplir con otro de los ritos
que se repite con pocas variantes en todos los palacios nórdicos: el
cambio de guardia. En
pleno verano, otro de los centros de atracción de Oslo es el mercado
de flores, en la plaza Stortorget. Allí, una estatua de Christian IV,
rey de Dinamarca y Noruega, a quien le debe su nombre la antigua Cristiania,
señala con la mano derecha el lugar fundacional de la ciudad. Un
modelo reducido de la vieja capital se puede ver en el Museo de Cristiania,
que ocupa una de las alas del castillo de Akerhus, en el lado este del
puerto. La visita vale la pena: de aspecto medieval por fuera, la fortaleza fue convertida en un palacio renacentista por Christian IV, y sobre todo de noche, se vuelve majestuosamente bello gracias a las iluminaciones que aligeran su masa de piedra.
Exploradores y guerreros Mientras los vikingos daneses se instalaron en Normandía e Inglaterra, y los suecos fueron los forjadores de los primeros reinos rusos, los noruegos exploraron el Atlántico Norte y llegaron hasta las costas de América. Los habitantes de Islandia y de las islas Feroe son primos lejanos de aquellos exploradores, que eran a la vez criadores de ovejas y temibles guerreros. En fin, vikingos. Desde la misteriosa desaparición de las colonias escandinavas de Groelandia hace cinco siglos, son los pueblos que ensancharon Europa hacia el Oeste. Casi
200 obras de Vigeland al aire libre OSLO.-
La visita de la capital noruega debe seguir un poco fuera del centro.
Uno de los lugares más famosos, casi simbólicos de Oslo, es el Parque
de Esculturas de Gustav Vigeland, que reúne la mayor colección de esculturas
del mundo realizadas por una sola persona. Sobre los 320.000 metros
cuadrados del parque están colocadas las 192 figuras modeladas por Vigeland,
todas en torno del ser humano, visto en las diversas etapas que van
desde el nacimiento hasta la muerte. En
el centro, decenas de hombres y mujeres entrelazados forman la escultura
conocida como El monolito, síntesis de las angustias, expectativas y
logros de la vida humana en la forma de una columna que busca el cielo.
Barcos en tierra firme No
puede menos que contrastar con esta inmersión en el arte del siglo XX
la visita a Vigd¿y, la península cercana a Oslo donde se encuentran
algunos de los lugares que por ningún motivo hay que dejar de ver durante
una visita. Primero, el Museo de los Barcos Vikingos, donde se conservan
tres embarcaciones recuperadas en la región del fiordo de Oslo. Con
sus serpientes y dragones tallados en madera, y una extensión de 21
metros que requería la fuerza de 30 personas en los remos, sobresale
el estilizado drakkar de Oseberg. Muy
cerca está el museo dedicado a la balsa Kon Tiki, con la que Thor Heyerdahl
atravesó 8000 kilómetros de océano en 101 días, navegando desde Perú
hasta la Polinesia. No hace falta más para probar que los noruegos son
un pueblo de navegantes, pero por si quedaba alguna duda hay que cruzar
hasta el Museo del Fram, el barco que llevó al explorador Fridtjof Nansen
por las aguas del Artico. El tiempo que reste hay que dedicárselo a otro museo, esta vez al aire libre: es el Museo del Pueblo Noruego, que contiene la reconstrucción de más de 170 edificios de los siglos XVII y XVIII. Traídos de distintas regiones del país, permiten pasearse así por la réplica completa de una antigua ciudad nórdica, en torno a la más sorprendente manifestación de su pasado: la iglesia de madera de Gol, levantada en torno al 1200 y colocada en Bygdøy a fines del siglo XIX. Durante
el día las plazas se llenan de gente y las flores regalan hermosos colores
Las
fiestas de Tivoli iluminan la noche de la ciudad Los
caramelos y la cerveza, un placer nacional COPENHAGUE.-
Es la más germana de las capitales escandinavas y también la más cosmopolita
junto con Estocolmo. En esta época del año, la ciudad es una fiesta.
Los nórdicos, cercados por el frío y la nieve durante buena parte del
año, rinden auténtico culto al sol veraniego: de día, las plazas se
llenan de gente, la cordialidad se instala en el diálogo con los turistas
y las flores ponen notas de color en todos los rincones. De
noche, las luces de Tivoli -tan famoso que su nombre es sinónimo de
parque de diversiones en Europa- se encienden hasta muy tarde en una
fiesta de juegos y fuegos artificiales. Es el momento ideal para recorrer
Copenhague a pie o, si se prefiere el estilo local, en bicicleta (se
pueden alquilar gratis, poniendo una moneda que será recuperada al devolverla).
El
punto de partida puede ser el bulevar Hans Christian Andersen: pasando
Tivoli, está muy cerca la Ny Carlsberg Glyptotek, el museo fundado por
Carl Jacobsen, dueño de la famosa cerveza Carlsberg. Vale la pena la
visita por el edificio en sí, pero sobre todo por los salones dedicados
al arte egipcio, etrusco, griego y romano, sin olvidar la riquísima
colección de artistas impresionistas. Hacia la prehistoria Basta
cruzar para llegar al Museo Nacional, donde sobresale el sector consagrado
a la prehistoria danesa, y sobre todo las piedras rúnicas dispuestas
en forma de laberinto-espiral en el hall mismo del edificio. Después
conviene dirigirse a la cercana plaza de la Municipalidad, donde se
ve un enjambre de bicicletas estacionadas: es el punto de partida ideal
para recorrer la larga avenida peatonal Stroget. Difícil
salir de esta Florida escandinava (los daneses fueron los inventores
de las peatonales en Europa) sin una legión de recuerditos que van desde
la Sirenita, el símbolo indiscutido de la ciudad, hasta vikingos y la
bandera danesa en todas sus formas. ¿Otro
deporte nacional? Los negocios de caramelos de las formas y colores
más caprichosos. Y los cafés, abundantes y con mesitas a la calle, como
en las cercanías de Gammeltorv y …stergade, el barrio donde vivieron
Andersen, Kirkegaard y el sueco August Strindberg. Dicen
que a los hombres les lleva 15 minutos recorrer la Stroget, y a las
mujeres cuatro horas... y a los turistas puede llevarles más tiempo
todavía, porque en el camino hay que desviarse para internarse en los
callejones antiguos y angostos bordeados de altas y coloridas casas
estrechas que a veces casi parecen tocarse en la punta. Siempre
derecho por Stroget, el destino final es la Sirenita. Pero antes hay
mucho para ver: primero, desviándose hacia la izquierda se puede visitar
la Torre Redonda, en pleno barrio latino (universitario), una construcción
cilíndrica de 36 metros a la que se sube por una rampa en espiral. Desde
ahí, las vistas de las cúpulas de Copenhague son impagables. Conviene
luego retomar el camino por Stroget hasta Kongens Nytorv y Nyhavn, el
canal que fue construido antiguamente para que los mercaderes pudieran
llevar sus productos hasta el centro de la ciudad. Hoy, los barcos amarrados
y las tabernas que bordean el canal le dan un aire bohemio que Copenhague
se esfuerza en reforzar. Sin duda es uno de los barrios más atractivos
de la ciudad. Tierra de marineros y escritores, en una de las casas
de Nyhavn -hoy convertida en museo- vivió Hans Christian Andersen. Dejando
atrás Nyhavn, el paseo sigue hacia Amalienborg, el palacio real, que
tiene su vistoso cambio de guardia siempre y cuando la reina esté en
el lugar. A pocos pasos, se divisa la vistosa cúpula de la iglesia Alexander
Nevsky. Y no faltan más de 15 minutos para llegar al punto del puerto
donde se encuentra la pequeña estatua de la Sirenita. Rodeada de agua, o de hielo en pleno invierno, cuando el manto blanco de nieve la convierte en la figura feérica que Andersen imaginó, la Sirenita parece lo que es: un personaje diminuto y frágil salido de un cuento infantil, pero lo suficientemente fuerte como para haberse convertido en símbolo de Copenhague.
Idioma,
gente, idiosincrasia y arquitectura trazan un panorama diferente del
resto de las ciudades nórdicas y de toda Europa Sus
habitantes dicen que es una capital de bolsillo, porque tiene escala
humana y grandes espacios verdes Es
el pueblo con mayor índice de telefonía celular HELSINKI,
Finlandia.- Llegar a Helsinki es como aterrizar en otro mundo. Aquí,
Europa parece haber quedado atrás. Hay algo que va más allá de la incorporación
de Finlandia a la Unión Europea, el crecimiento de las telecomunicaciones
o el bienestar económico: en esta parte del mundo se está muy cerca
del gigante ruso y de todo el mundo eslavo... y se siente. Ni
hablar del idioma: si con un poco de esfuerzo los más habilidosos podían
imaginarse algo en los otros países nórdicos, cuyas lenguas derivan
de una base común con rasgos semejantes al alemán, el finlandés está
totalmente alejado de todo eso. Ni siquiera es una lengua indoeuropea,
sino que como el húngaro pertenece a la familia (hecha a medida) ugro-finesa.
La
imagen más popular tal vez devuelva legiones de finlandesas rubias,
pero lo cierto es que hay una franja de la población de ojos y pelo
negro que hace pensar en el pueblo sami o esquimal. Algunos dicen que
la gran diferencia consiste en que los finlandeses han aceptado el frío:
a diferencia de sus vecinos, que cuando llega el largo invierno son
presa de un enclaustramiento del que sólo los sacan las veladas llenas
de alcohol, los finlandeses parecen haberse resignado. Aquí
nadie le dirá a un turista en invierno, como sucede en Suecia, que ha
llegado en la época equivocada. Aunque los finlandeses paguen durante
los largos días del invierno por sesiones de luz (luminoterapia), que
tienen el efecto fundamental de levantarles el ánimo. No
es fácil atravesar la barrera que se interpone entre el extranjero y
el finlandés: pero cuando se consigue -el primer paso es el real interés
por esta cultura distinta- se habrán conseguido amigos fieles para toda
la vida. Además,
los finlandeses ofrecen particularidades divertidas: son el pueblo con
mayor índice de telefonía celular en Europa, y la última moda consiste
en ir a los conciertos levantando los teléfonos durante el estribillo
de las canciones más populares... para que el timbre telefónico reproduzca
la melodía. La
gente de Helsinki dice que su ciudad es una capital de bolsillo. Bienvenida
sea la definición si significa lo que realmente ha logrado esta capital:
una ciudad habitable, a escala humana, donde reinan los espacios verdes
y el aire es tan puro como si se estuviera paseando por entre los bosques
cercanos. Lo
que queda de Helsinki es descubrir sus pequeños placeres. Como los cafés,
que brotan como hongos en todas partes, donde la gente se sienta sin
apuro a leer y conversar entre amigos. Un punto de contacto con Buenos
Aires. Otro
acercamiento es el tango. Muchos finlandeses están convencidos de que
es una invención autóctona, de la que están orgullosos y que les fascina
bailar. Pero el tango finlandés, aun con su dosis de melancolía, es
distinto del rioplatense, y los salones de baile mezclan otros ritmos
que los hacen muy diferentes de las milongas porteñas. De todos modos, la experiencia vale la pena: las mujeres, además, pueden aprovechar los días en que a ellas les toca elegir pareja para salir a la pista. ¿Otros pequeños placeres? Recorrer los negocios de diseño, una especialidad del país de Alvar Aalto.
El
triángulo de iglesias es un verdadero símbolo nacional Templos
de diferentes religiones atraen por sus características La
visita a Helsinki está marcada por un triángulo de iglesias, muy diferentes
entre sí, tal vez símbolo de un país que fue durante muchos años tierra
de frontera entre la Europa occidental y las culturas menos conocidas
de la Europa eslava. La
más clásica es la catedral, un armonioso edificio rematado por cúpulas
de cobre que se levanta sobre una extensa plaza, al final de una no
menos extensa escalinata. La
más vistosa es la catedral Uspenski, dedicada al culto ortodoxo ruso:
sus paredes de ladrillo rojo encierran un vistoso interior donde se
respira incienso. Nadie se atreve a quebrar el silencio, y la admiración
que despiertan los iconos y el bellísimo altar sólo se distrae al contemplar
a los silenciosos fieles que visitan la iglesia para los ritos religiosos.
Belleza intangible La
tercera iglesia del triángulo es la más singular: es la luterana Temppeliaukion
Kirkko (Iglesia de Roca). Construida en 1969, está totalmente excavada
en el granito que distingue a muchos edificios finlandeses: desde afuera
no se ve nada excepto la cúpula formada -como se aprecia desde adentro-
por un larguísimo hilo de cobre, que encierra en una espiral sus 22
kilómetros de largo total. En
el interior, moderno y austero, hay una belleza intangible: es la magnífica
acústica lograda en la iglesia, que tiene la estructura de un panteón.
En el país de Sibelius, el detalle no es menor. Los finlandeses aman
la música como aman todo lo que hacen, sin estridencias pero con fidelidad.
Lo prueba el monumento a Sibelius, que con 600 tubos de acero que suman
24 toneladas les dio cuerpo visual, en uno de los parques de Helskinki,
a las melodías del autor del Himno a Finlandia. Después
de conocer estas iglesias se puede visitar el Museo de Artes Aplicadas,
muestra acabada de la habilidad finlandesa para las artes decorativas.
Finalmente,
el Mercado del Puerto (Kauppatori), donde se venden, frente al mar,
flores, frutas, pescados, muchos recuerdos en madera y otras artesanías.
El clima distendido incita a prolongar la visita: pero ésa es otra de
las magias de Helsinki. Esta ciudad, a la que es difícil llegar por su lejanía, es difícil también de abandonar. Imperceptiblemente, su aire tranquilo invade el alma de los visitantes y la abraza hasta que el turista se va, pero no sin haber dejado algo de él en Finlandia.
A
un par de horas de barco desde el puerto de Helsinki, dos ciudades se
pueden vincular de algún modo al mundo escandinavo A
un par de horas de barco desde el puerto de Helsinki, dos ciudades se
pueden vincular de algún modo al mundo escandinavo. Hacia el oeste,
Marienhamn (Marienammina en finés) es la micro capital de las islas
Aland, un archipiélago de cultura y habla sueca que la historia entregó
a Finlandia. Se parece a un pueblito de campo por el que la historia
pasó con su H mayúscula, teatro de rivalidades entre rusos y suecos,
entre oriente y occidente. Hacia
el sur, Tallinn, la capital de Estonia, es como una prima invitada a
las reuniones de capitales escandinavas. Al fin y al cabo fue fundada
por daneses en 1219 (su primer nombre fue Reval, Tallinn en idioma local
significa algo así como la ciudad de los daneses). Es la hermana menor
de Helsinki y una especie de colonia económica. Desde Helsinki, sin duda, es el mejor paseo que se puede hacer por el día (hay que tramitar la visa), para adentrarse en otro mundo fascinante: el de la Europa báltica. Fuente La Nación, agosto 2001 |
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