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la ciudad más antigua del mundo y entre sus calles salpicadas de mezquitas,
fuentes y palacios se respira el delicioso perfume de las especias y
la manzana se percibe en el humo de los narguiles. Fue aramea, asiria,
griega, romana, persa, árabe, mongol, mameluca, otomana y, de nuevo,
bien árabe Camisas
y pantalones colgados de una puerta que lleva mil años allí. Mujeres
muy púdicas, con sus ropas y con sus velos negros, que desayunan aceitunas
y pan a cinco metros de la tumba en la que está Saladino, el vencedor
de los Cruzados, el que recuperó Jerusalén. Los cantos místicos y cronométricos
de las mezquitas. El olor dulzón de las especias. El humo frutado y
el sabor a manzana del narguile, esa enorme pipa de agua. La ausencia
de Internet y de teléfonos celulares. Damasco, la ciudad más antigua
del mundo, es magia pura, es la Biblia y es el pan redondo de los apóstoles,
y es las mezquitas de piedras blancas y negras. Por ahora, a la capital
de Siria sólo la entorpecen algunos muy modestos grupos de turistas,
que rompen la magia. Hay que apurarse. Damasco
fue un gran centro de poder y ya no lo es, pero quedan por todos lados
los vestigios de esa fuerza. Fue una ciudad a la que se comparó con
el paraíso, un oasis muy verde en el desierto. No es una ciudad inagotable
en cuanto a monumentos y proezas arquitectónicas, como Roma, París o
Estambul, pero, a diferencia de esas ciudades, todavía no está contaminada
por el turismo, que todo lo modifica. Es auténtica y se puede descubrir.
Es
un lugar que conoció diversas épocas de oro: en el siglo VII, por ejemplo,
cuando dejó de estar en manos de Bizancio y pasó a ser la sede de un
imperio musulmán; de aquella época es la grandiosa mezquita de los Omeyas,
quizá la atracción más grandilocuente de Damasco. La ciudad tuvo otra
edad de oro en el siglo XIII, aunque ya desde un siglo antes, cuando
Jerusalén cayó en poder de los Cruzados, la ciudad se había transformado
en un sitio de resistencia islámica frente a los zarpazos del ejército
de Dios. Pasaron los mongoles y los mamelucos y en el siglo XVIII Damasco,
ya otomana, recobró el brillo que se había opacado un tanto. De aquella
época han quedado decenas de palacetes y residencias magníficas, nada
ostentosas en el exterior, pero con gran lujo puertas adentro. Mucha
historia cruzó por Damasco, ciudad que, además, fue durante siglos un
punto obligado de reaprovisionamiento y de descanso para las caravanas
de 20 mil personas y 10 mil camellos que iban camino de la sagrada Meca;
todavía faltaba un mes por el desierto. La ciudad está cruzada por la
historia y la gente convive con ella sin darle mayor importancia: dentro
de un mercado, por ejemplo, hay una pesada puerta de piedra con sus
hojas de metal y clavos. Sobre las hojas los vendedores han puesto,
en exhibición, camisas, pantalones, camisones, todo muy prosaico. Pero
la puerta, cuyo nombre es Jabiye, data de 1164, época en la que servía
para atravesar la muralla que protegía la ciudad. Todo
es así. A lo largo de los cuantiosos y caóticos mercados, los zocos,
hay numerosas puertas de khans -construcciones que solían servir de
posada para las caravanas de todo tipo- que tienen varios siglos de
existencia. O los restos del templo de Júpiter, huella de cuando Damasco
era una perla de Roma, debajo de cuyos arcos y columnas con 17 siglos
de vida se amontonan los vendedores de libros religiosos, dulces y relojes.
De
manera general, Damasco está dividida en dos partes. La ciudad nueva,
con sus edificios modernos, y la ciudad vieja, donde se agrupan los
atractivos de esta capital con 6000 años de existencia, que ya aparece
mencionada (Dimashqa) en textos de hace cuatro milenios y medio. Aquí
está la Gran Mezquita, la de los Omeyas, construida en el siglo VIII.
El inmenso patio de 122 metros de largo, tapizado de lozas que pertenecieron
a un monumento romano, alberga exquisitas decoraciones como la del tesoro,
una construcción que se yergue sobre columnas y que se utilizaba para
almacenar el oro del Estado. La sala de rezo, igualmente enorme, es
más austera y ofrece la curiosidad del mausoleo de San Juan Bautista,
precursor del islamismo. A
doscientos metros de la Gran Mezquita hay un ejemplo de riquísima arquitectura
de diseño árabe otomano, como es el Palacio Azem, del siglo XVIII. El
patio, con su fuente, sus jazmines y sus naranjos, es pura placidez
(hasta que llegan los tours). Hoy es un museo de las artes y tradiciones
y exhibe, en los diversos cuartos profusamente decorados, maniquíes
que ilustran sobre la vida cotidiana en esa residencia, que perteneció
al gobernador de Damasco. Toda
la ciudad vieja es un deleite. Por supuesto, está sembrada de mezquitas
-en todo Damasco hay cerca de 700- de muy diversas épocas, que son fuente
de dos tipos de placer. Por un lado, el histórico arquitectónico; por
el otro, el de entrar en las acogedoras salas de rezo y simplemente
descansar allí, en el silencio, sobre las alfombras. Esto no es una
herejía, pues los propios musulmanes se sirven del lugar no sólo para
los rezos -que, salvo los viernes, no necesariamente deben ser en las
mezquitas-, sino que incluso muchos siestean ahí, o incluso conversan
o comen. Los
zocos, que son un clásico en las ciudades musulmanas, suelen estar separados
por especialidades -de la lana, de los herreros, de la ropa, de los
alimentos- y ofrecen un ambiente indescriptible, de vitalidad y de colores.
Los zocos de Damasco, que ocupan varios kilómetros tanto cubiertos como
al aire libre, son una invitación al descubrimiento de rarezas de todo
tipo, como las medicinas naturales basadas en caparazón de tortuga,
cuernos de gacela, raíces y otras extravagancias. También
son una invitación al regateo, juego que es obligatorio en los zocos
a menos que no se tenga problemas en pagar el doble o el triple del
valor real. Si el vendedor dice 50 hay que retrucar con 20, y comienza
el tironeo. En este sentido, el comercial, Damasco también resulta muy
interesante; las bonitas cajas de madera que se suelen ofrecer a siete
dólares se pueden conseguir, tras el debido tira y afloja, por dos dólares.
Y también son muy convenientes los precios de las abundantes frutas
secas, de los dátiles y de las especias. A
diferencia de otras capitales musulmanas, Damasco todavía es pródiga
en mujeres cubiertas totalmente de negro que sólo asoman sus ojos y
ni siquiera eso. Es un espectáculo que ya casi no se ve en ciudades
como Casablanca o Rabat, en Marruecos, Estambul o Amman, la capital
jordana. No se llega en Damasco al extremo de Irán o de Arabia Saudita,
cuyo enfático integrismo musulmán se puede conocer por fotos, pues resulta
difícil o imposible conseguir visado para esos países, pero aun así
se trata de un sitio excelente para tomar contacto con las costumbres
islámicas. Si
nunca se ha visitado una ciudad musulmana, Damasco es un golpe en la
nuca, un show continuo e impactante. Hay que levantarse temprano para
disfrutar del color rojizo que toma la ciudad al amanecer y acercarse
a la puerta del zoco principal, el Hamidyieh. Allí se puede tomar el
desayuno en la calle, provisto por un vendedor que pregona su mercadería
a los gritos: leche caliente y azucarada, llena de nata gorda, acompañada
por pan. Luego se puede caminar por el zoco aún muerto hasta el templo
de Júpiter o los jardines que bordean un flanco de la Gran Mezquita,
donde proliferan, a esas horas, las mujeres vestidas de negro tomando
su desayuno de pan, aceitunas, pepinos en vinagre. Son imágenes de un
encanto tremendo, pues llevan siglos repitiéndose, sin cambios. Un
hipotético recorrido de un día por Damasco -ciudad que requiere al menos
tres días- puede seguir por cualquiera de los numerosos sitios históricos,
pero no hay que olvidar perderse por las callejuelas de la ciudad vieja.
Damasco es una ciudad especialmente rica para flanear, para la flannerie,
término francés que designa ese abandonarse a la caminata urbana sin
rumbo fijo. Recovecos, viejos balcones que no se caen de milagro, mezquitas
íntimas y escondidas, pasillos oscuros. También, si se anda con predisposición,
es posible entregarse a la amplia hospitalidad siria. Este cronista
fue invitado por un grupo de habitantes que, en la puerta de una mezquita,
desayunaba foul, comida popular basada en puré de porotos, tomate, aceite
de oliva y trozos de carne. Se come utilizando el pan como cuchara,
y no es tan difícil aprender a doblar el pan como ellos lo hacen para
que supla ese cubierto. Al mediodía, el flaneador escuchará los cantos
sincronizados de las mezquitas. Antiguamente, el muecín, el encargado
de llamar a la oración cinco veces por día, subía a los alminares -las
torres de las mezquitas- y soltaba sus llamados desde allí. Ahora son
parlantes los que difunden esos llamados, en los que es inevitable encontrar
las fuentes del cante hondo español. Los llamados pueden parecer monótonos,
pero la costumbre lleva a aguzar el oído y permite advertir las diferencias
entre las oraciones de un muecín y de otro. Algunos esforzados muecines
son capaces de prodigios vocales, y entonces sus llamados no sólo son
bellos por su fuerza mística, sino que son bellos como pieza de arte
en sí. En
algún momento, luego de recorrer los barrios armenio, judío y cristiano
(en el que hay tres sitios mencionados en la Biblia), con sus capillas
y palacetes, el flaneador se dará cuenta de que tiene hambre. No conviene
perder horas de luz entrando en un restaurante y pidiéndose, por ejemplo,
un mezzeh, que constituye un surtido de platos deliciosos, desde el
taboulé -verduras y sémola- hasta el kebbe, esa especie de empanada
de trigo rellena de carne, pasando por el burek -hojaldre relleno con
queso-, el humous -puré de garbanzos con ajo y aceite de oliva- y, entre
otros, el yalanji, que son hojas de parra rellenas de arroz. Conviene
dejar el delicioso mezzeh para la noche, y emprender la caminata con
un falafel en la mano, esto es croquetas de garbanzos fritas que se
ponen dentro de un pan redondo, sin levadura, y se les agrega tomate,
pepinos, remolacha, menta fresca y uno o dos tipos de yogur. El pan
se cierra como un panqueque; es delicioso y cuesta 30 centavos de dólar.
Otra variante es el shawarma, con cordero o pollo asado y tomate, cebolla
y lechuga. Y está la pastelería siria. Abunda en pistachos, nueces,
almíbares y miel; es increíblemente dulce y empalagosa, además de exquisita.
Y
basta de flannerie. Hay que entrar en el Museo Arqueológico de Damasco,
pues tiene un patrimonio riquísimo. Siria es, en sí misma, un enorme
yacimiento en el que se han hecho hallazgos fantásticos como las ciudades
de Mari, Ebla y Ugarit, donde se encontró el primer alfabeto conocido
de la historia de la humanidad. El museo es un dechado de piezas valiosas
con una yapa emocionante como la sinagoga de Doura Europos, cuya sala
de rezo ha sido trasladada íntegra al museo. Los frescos, que narran
escenas del Antiguo Testamento, están muy bien conservados, pues la
sinagoga, construida en el siglo III, quedó durante siglos guardada
bajo tierra. A
la noche, el flaneador cansado puede darse un gran gusto en uno de los
tantos hammam que hay en la ciudad. Los hammam son los baños turcos
y hay algunos que vienen cumpliendo esa función desde hace siglos; el
más tradicional es el Abou Heddin, que abrió hace 900 años y ahí sigue.
Damasco,
ubicada en un oasis, es una ciudad de tres millones de habitantes. Durante
muchos momentos de la historia se la consideró un paraíso, un esplendor
de manantiales, de ríos y de verde en el desierto. Fue aramea, asiria,
griega, romana, persa, árabe, mongol, mameluca, otomana y volvió a ser
árabe. Luego fue colonia francesa. Ahora es árabe, pero es también un
fascinante producto de tanta mezcla. Hoy es la capital ruidosa, llena
de taxis y un poco atrasada de un país en el que Internet es una completa
novedad, y en el que prácticamente no existe la telefonía celular. En
la propia Damasco hay dos casas en las que se puede navegar por Internet,
y están medio escondidas. Una salvedad: si se quiere usar el correo
Hotmail, de Microsoft, hay que esperar que el gobierno revise lo que
se envía y lo que se recibe. "Mejor ni intentarlo", se resigna
el dueño de uno de esos negocios. La
mezcla de culturas y el atraso hacen de la ciudad un sitio diferente,
no contaminado, de un muy grato anacronismo. Las ciudades importantes
de los países vecinos que se pueden visitar ya están metidas en un lento
proceso -o rápido, como en Turquía- de asimilación con los modelos occidentales.
Encima, Siria, por el estado de guerra permanente, fue durante años
un sitio vedado a los turistas, y hoy basta con ir a la embajada y pedir
un visado, que es de seis meses. La única condición para su otorgamiento
es no haber estado nunca en Israel. Una
maestra de Damasco, cuyo hermoso nombre, Halan, alude a la alegría de
la madre por parir un hijo, explica: "Somos un pueblo sencillo.
Somos gente muy sencilla y amigable. Y tenemos un patrimonio histórico
enorme. Somos pobres, pero podemos ofrecer mucho". Las bellas mezquitas,
las piedras venerables, la mirra, el caos de los zocos, la historia
y el presente mezclados. Damasco. Fuente La Nación, enero 2001 |
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