Calabria desata pasiones

El mar y las montañas impregnan de un aire romántico esta región de cinco provincias, signada por el culto a la familia y con sabores propios

REGGIO DI CALABRIA, Italia

Hay quienes aseguran que identificar Milán es sencillo: unos anteojos oscuros, una corbata de seda y un teléfono celular son suficientes. Más fácil aún es Florencia: un cuadro de Botticelli o, simplemente, el rostro de el David. Dicen que la misma simetría inconfundible enlaza a Venecia con las góndolas, y a Roma con el Coliseo.

Pero nada de esto puede aplicarse respecto de la región de Calabria. La más austral de las regiones continentales de Italia es sumamente compleja y ninguna tríada de iconos puede darse el lujo de remitir con tanta simpleza a estas tierras.

Por supuesto, los que con tanta pasión sostienen este enunciado son calabreses y, sin saberlo, están exponiendo uno de esos símbolos que tan bien construyen a su propia identidad. El orgullo en voz alta de haber nacido en Calabria y el gustoso respeto de sus tradiciones se transforman entonces en algo parecido a las góndolas, a las corbatas de seda o a las curvas de los cuadros de Botticcelli.

Cosenza, Catanzaro, Reggio di Calabria, Vibo Valentia y Crotone son sus cinco provincias. Tierras de mar y de montañas. Tierras de historias sobre inmigrantes que dejaron el sur italiano para hacerse la América, pero también de esas que relatan las invasiones normandas, el paso de los turcos y cuando la Magna Grecia brillaba sobre este suelo.

Historias de siglos, que rinden culto a la familia, a la parentela y a la vicinanza (cercanía); a los sabores propios, y a esa manera tan diferente del resto de Europa que tienen los calabreses de contemplar el mundo.

De cara a Sicilia

En el extremo sudoccidental de la península itálica, la región de Calabria nace en el golfo de Policastro y despide al continente en el estrecho de Messina, frente a la Isla Grande de Sicilia.

La autostrada A3, la más importante de las carreteras del sur italiano, es la que se estira como una espiral dorsal a lo largo de su topografía accidentada.

Esa que ofrece tramos con el ondulado colorido de los viñedos, que más tarde logra imponencia en el macizo de la Sila, que sube y baja entre las colinas, y que posee las costas más agrestes del país.

Pero no sólo los contrastes en Calabria son naturales y climáticos. Abundan los culturales y los históricos; esos que con los siglos aportaron las diferentes civilizaciones y que moldearon esta personalidad tan singular.

Hospitalarios, ingeniosos, iracundos, dispuestos a las grandes charlas y convites, los calabreses se presentan con toda su autenticidad.

Hay que recorrer estas tierras de tantos siglos, probar cada uno de sus manjares y escuchar los diferentes dialectos, detenerse en las terrazas que forma el Aspromonte, contemplar el mar e inmiscuirse en las costumbres cotidianas para conocer los grandes encantos de esta región que constituye, en el mapa, la punta de la bota italiana

Bajo el sol, en Vibo Valentia

VIBO VALENTIA

Nada como una soleada mañana de sábado para Giovanna Valotta, que ya tomó un tazón de café Mauro puro, comió algunos viscotti de nuez, y ajustada la peineta gris a su pelo corto negro se apresta para salir a la feria. Via Terra Vechia 65 es su dirección. Una casa alta de piedra marrón, de fachada centenaria y textura gastada, como casi todas las viejas residencias de la Terra Vechia. Entre estas paredes que cobijaron a su madre, nació Giovanna en 1925, justo en el momento en que su padre corría a buscar a la partera.

Via Terra Vechia no cambió mucho desde entonces, e incluso sigue siendo la calle más importante del sector antiguo de Vibo Valentia, una histórica ciudad de la región de Calabria ubicada en la altura, frente al golfo de Santa Eufemia.

En el extremo oeste de esta acera empedrada se instala la feria. Hasta allí se dirigen centenares de mujeres vibonesas en un rito ineludible, y por supuesto también Giovanna, por el mismo camino que hacía con su madre.

Ella sigue eligiendo con cuidado los fungi (hongos), las almendras y los limones para el limoncello que cocinará por la tarde. Sigue encontrándose con la misma gente, con los aromas de siempre y con el murmullo inquieto típico de los mercados calabreses. Ese que es en dialecto, que a veces termina en griterío y, que sin proponérselo, se transforma en uno de los encantos del lugar.

De castillos e iglesias

Piazza Municipio es la que se encarga de mostrar la faceta más urbana de Vibo Valentia. Un céntrico espacio abierto, rodeado de edificios administrativos y una escuela, al que llegan los ragazzi en motorinos desde sus 8 calles de acceso. Por las tardes es el sitio de reunión pública por excelencia.

Allí nace la avenida (corso) Vittorio Emanuele, la peatonal donde descansan las tiendas y los cafés. Sin duda, son los 500 metros más europeos de la ciudad; esos que con los años fueron aprendiendo acerca de algunas marcas internacionales, pero que nunca conocieron una casa de comida rápida.

La avenida finaliza su paseo en la Viale Regina Margherita, donde hay algunas edificaciones del siglo XVIII, entre las que sobresale el Palazzo Gagliardi y la iglesia de Santa Maria la Nova.

A metros de allí, los parques de la Villa Comunal se extienden hasta alcanzar la catedral, consagrada a San Leolucca. Una fachada solemne, de estilo barroco simple, levantada en 1680, con dos torres paralelas, estatuas de yeso y una inmensa nave central constituyen el Duomo vibonés. Aquel donde fueron bautizados en las primeras décadas del 1900 varios de los inmigrantes italianos que hoy viven en la Argentina.

A menos de un kilómetro de San Leolucca se encuentra el Castillo de Vibo Valentia, una construcción de la época normanda. Desde 1969 funciona en su interior el Museo Arqueológico, que resume entre terracotas y cerámicas de la era precristiana la historia de la ciudad.

Cercanos al sector céntrico, pueden recorrerse la villa nobiliaria Gagliardi, el castillo de Santa Ana, el palacio Romei y la iglesia del Rosario, junto al Parque Comunal. Aunque también vale la pena llegar en auto hasta Mileto, la ciudad de los primeros filósofos, o hasta Vibo Marina, a orillas del golfo de Santa Eufemia. Allí, los pescadores están anudando redes y acomodando el producto de una mañana de pesca.

Pizzo abre puertas

Sobre un peñasco del golfo de Santa Eufemia, esta localidad invita a contemplar la costa y su aspecto medieval

PIZZO

Como una imagen extraída de una novela histórica, este pequeño burgo medieval nace en la cima de un monte que ahora mira el atardecer desde lo alto del golfo de Santa Eufemia. Las casas de piedra se amontonan allí arriba una sobre la otra y acompañan el declive cual uvas brillantes cayendo de un ramo, hasta terminar junto al mar Tirreno. Los muros gastados del Castillo, la playa y Piazza della Repubblica se tiñen de color ocre, igual que las tapias de granito de los caserones. Antiguas construcciones que en unos minutos tendrán como telón de fondo el cielo violeta de Pizzo y la luna.

Pero detrás del aspecto, intactas a través de los siglos se escuchan todavía las historias napoleónicas, de invasiones piratas y de fusilamientos. Relatos que llegan de la época feudal y que invocan a este castillo alzado a fines del siglo XV, que parece crujir mientras el sol sigue cayendo.

En la costa, los pescadores amarran sus botes y estiran las redes entre las gaviotas. Unos 200 metros por encima, la plaza del pueblo, como un balcón, se mueve iluminada a fuerza de faroles. Desde allí, con un ristreto (café) o un amaro (licor) calabrés en la mano, se divisa la curva del golfo titilante. Suenan las campanas en la iglesia de San Giorgio, y de las cantinas del Corso se escapa el aroma de los bongole (frutos de mar) que nadan en las salsas.

Aspecto medieval

Cuando en las primeras décadas del siglo XX se decidió restaurar muchas de las añejas construcciones de Pizzo, se cuidó de no modificar su estructura original de pueblo marino. Sucede que desde hace seis siglos se dedica a la pesca y a la siembra de los valles que se extienden a su espalda. Y no hubo mucho que se modificase, más que, en la últimas 3 décadas, la llegada del turismo.

Junto a otras centenarias localidades del sur de Italia que bordean el Tirreno, Pizzo ha logrado encontrar su identidad en este globalizado continente europeo, manteniendo las costumbres, tradiciones e incluso el aspecto casi intactos. Sus 8500 habitantes sólo duplican en número a los que allí vivían hace 300 años y las edificaciones nuevas se han situado fuera de la zona céntrica. Únicamente han quedado desacomodadas las calles escuetas y zigzagueantes que no conciben más de 2 autos al mismo tiempo.

La Plaza de la República y sus alrededores son los que convocan actualmente a los extranjeros. En su mayoría alemanes e ingleses, se los puede ver comiendo un tartufo (helado típico), merodeando por los conventillos del medio cerro, o recordando los relatos de Alejandro Dumas acerca de este castillo aragonés. Aunque ninguno se pierde de conocer los viñedos, ni los bosques que rodean Maierato, ni el lago dell'Angitola.

Es que luego de haber recorrido su centro histórico, Pizzo no tiene grandes obras de teatro que ofrecer, ni museos con vitrinas repletas de reliquias. Aquí, las reliquias están afuera; en las fachadas barrocas, en los muros de piedra, y en cada uno de los candados oxidados que cuelgan de los portones de madera.

Balcón al mar

La silueta de Calabria, definida por el Tirreno y el Jónico, seduce con sus playas y con la vida de los pescadores

CAPO VATICANO

Terraza sul mare; así llaman en dialecto los habitantes costeros de Calabria a sus pueblos. Terraza sobre el mar; una metáfora sencilla que define casi literalmente la imagen de las casas de piedra que se montan en lo alto de los peñascos. Esas que datan de principios del 1900 y que dejan entrar por las ventanas el viento marino que, según dicen, todo lo limpia.

Alrededor de 800 kilómetros de costa, moldeada por el trabajo milenario del mar, bañan la escarpada silueta calabresa encerrada entre el mar Tirreno y el mar Jónico. La península se embriaga con el ambiente de los pescadores armando sus redes o vendiendo por unidad las piezas recién salidas del agua. Se mezcla entonces entre la cotidianidad pueblerina, un perfil turístico algo diferente al de otros centros de veraneo más desarrollados como Capri o la costa amalfitana.

La ruta 18, que acompaña al Tirreno hasta el fin del golfo de Santa Eufemia, inaugura la región con Praia a Mare, una pequeña bahía transparente que luce su espuma entre arcos de piedra y grutas tiñendo el sol que se refleja en el azul del agua. Junto a ella, San Nicola Arcella conserva, con su oleaje suave, los cañones del siglo XVI que tenían los barcos piratas que hasta allí llegaban.

Arenas doradas

Antes de Santa Eufemia, vale la pena visitar Amantea y desde allí, navegar hasta Scogli d'Isca, una pequeña isla que ostenta la más variada vida submarina. Ya en el golfo, Pizzo y la Marina de Zambrone son los destinos más visitados.

A unos kilómetros de comenzado el golfo de Gioia, los pueblos de Briatico, Tropea y Capo Vaticano encierran en 20 kilómetros tres de los más imponentes destinos de playa de Calabria. Burgos medievales trepados a los morros, con torres añejas y construcciones varias veces centenarias componen el circuito por el camino costero N522.

El paese de Tropea, siendo el más poblado, representa el icono del Tirreno sur viendo nacer desde el agua la iglesia de Santa Maria dell' Isola como una imagen milagrosa. A poco de allí, Capo Vaticano es el lugar del gran desfile de la naturaleza, con calles de ripio, nopales a borbotones y extensiones solitarias de arena a los pies de cerros cubiertos en verde.

Cercano al estrecho de Messina, el promontorio de Scilla muestra al atardecer el sugestivo escenario de los pescadores artesanales, y más allá el mar, demostrando por qué la zona es conocida con el nombre de la costa violeta. El continente está por llegar a su fin y lejana se divisa la isla de Sicilia. La ruta 106 que nace en Reggio di Calabria es la que conecta las localidades del Oeste, hiladas sobre la orilla del mar Jónico. En la zona sur, bajo la imponencia del Aspromonte, las playas se estiran desiertas alternando, de a ratos, algunas villas poco pobladas que viven de la pesca y la agricultura. Vale la pena parar en estos poblados, aunque sea para recorrer la feria y sentir aún más el genuino ambiente de los pequeños puertos calabreses.

Junto al golfo de Squillace, en Riace Marina, las historias ancestrales se hicieron más comunes desde 1972, cuando se encontraron en las profundidades del mar dos estatuas tamaño natural de bronce, que reproducen una dupla de guerreros del siglo V antes de Cristo.

Velas al viento

A escasos kilómetros, Soverato y Lido de Caminia fueron creciendo desde la década del 70, cuando se los descubrió turísticamente. Hoy, sus aguas calmas totalmente cristalinas son la debilidad para los amantes de los deportes náuticos, especialmente cuando de velas se trata. Pegada, la costa de Copanello es considerada la más elegante de Calabria.

Hacia el Norte, siempre por la ruta 106, se encuentra la reserva natural marina de Capo Rizzuto. Se trata de una península vecina a la ciudad de Crotone, con playas de arena dorada y fina, que dan paso a un variado despliegue de algas y corales.

Todavía resta en dirección a la Basilicata visitar Gabella Grande o Capo Spùlico; son casi 100 kilómetros más de orillas saladas, en los que se mezclan las bellezas naturales con el folklore local.  

Misas en la piedra

En el corazón de una montaña, en Pizzo, se levanta la capilla de Piedigrotta

PIZZO

Cuenta la historia que hace más de 300 años, dos hombres naufragaron una noche en el turbulento mar Tirreno y luego de horas a nado llegaron hasta la orilla de Pizzo.

Todavía agitados, sobre la arena fría, vieron acercarse, montada en una ola, la imagen de la Virgen que los acompañaba en el barco hundido. Entendieron lo sucedido como un milagro, y por eso decidieron levantar una iglesia en la costa donde salvaron sus vidas.

Cómo lo hicieron, entre cuántos, incluso la fecha aproximada, siguen siendo incógnitas. Lo concreto es que la llamada chiesetta di Piedigrotta, una capilla tallada en piedra, en el interior de una montaña a metros del mar, continúa representando uno de los sitios más singulares y atractivos de Calabria. Según los habitantes, el segundo de los milagros de las costas de Pizzo.

La gruta tallada

En poco tiempo, Piedigrotta se convirtió en un centro de culto popular.

A fines del siglo XIX, el artista local Angelo Barone trabajó en la iglesia por años ampliando la gruta y creando nuevas siluetas en las ya centenarias paredes. También su hijo, Alfonso Barone, continuó poblando el lugar de ingenuas figuras que construyeron una suerte de pesebre en torno de la imagen de la Madonna.

Formas humanas perfectas, ángeles, vírgenes y niños nacen del suelo y habitan los ambientes oníricos que se extienden bajo la superficie.

Todas las esculturas son de piedra calcárea y están talladas a mano, en tamaño natural, del mismo color amarillento que la gruta que los alberga.

Devotos en las rocas

Actualmente, los domingos por la tarde una veintena de devotos concurren a su misa sencilla en la que se mezcla el murmullo de las oraciones con el ruido de las rocas sacudidas por las olas.

A la hora del ocaso, las ventanas filtran el sol que se escurre detrás del Tirreno y una atmósfera por demás sugestiva se adueña de las costas de Pizzo.

Sólo se escucha el mar y a algunos niños que juegan con las palomas. Llegan las últimas barcas a la orilla, sale la luna y desaparece la capilla solitaria

Fuente La Nación, marzo 2000

 

Datos útiles

Cómo llegar

Un pasaje aéreo desde Buenos Aires hasta Roma, ida y vuelta, cuesta alrededor de de 950 dólares, con tasas e impuestos.

Un taxi desde el aeropuerto de Lamezia Terme cuesta alrededor de 35 dólares.

También se puede llegar en tren (3 dólares).

En auto

El alquiler de un auto chico es de 45 dólares por día.

Alojamiento

En la región de Calabria es más económico que el centro y norte de Italia.

El precio de un hotel 5 estrellas ronda los 100 dólares con media pensión y en uno de 4, alrededor de 80.

También pueden conseguirse hoteles con baño privado desde 20 dólares diarios por persona.

En Vibo Valentia el hotel más importante es el 555; en la Sílica junto al mar, cuesta alrededor de 70 dólares la habitación doble.

Los hoteles más genuinos de Pizzo se encuentran en el centro histórico. No existen allí hoteles de lujo.

El más recomendado es el Murat (531 006), frente a la Plaza de la República.

Comidas

Una comida para dos personas cuesta entre 15 y 30 dólares.

La dupla italiana de pizza y birra alla spina (cerveza tirada) cuesta entre 6 y 12 dólares por persona.

En Vibo Valentia los mejores lugares para comer se ubican en los aledaños a Via Terra Vechia. Una comida para 2 personas no supera los 30 dólares.

En cualquiera de las cantinas que rodean la plaza de Pizzo, se puede comer un plato de pastas y una bebida por 8 dólares.

Museos

Las entradas a los museos cuestan entre 2 y 3 dólares.

No existen visitas guiadas por Pizzo.

Sugerencias

La temporada de playas es de mayo a septiembre.

Si se quiere recorrer las playas en temporada alta (junio, julio) es recomendable tener reserva de hoteles.

Existen varios ómnibus diarios que comunican las localidades vecinas.

Más información

Ente de Turismo Italiano (ENIT), Córdoba 345, de lunes a viernes, de 10 a 12 y de 15 a 17; 4311-3542.

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