| VALLE
DE BOI Es
una zona de bellísima naturaleza, que comprende siete pueblos en verdad
pequeños. Todavía no descubierta por los turistas, en la región los
cementerios son chicos: los pocos habitantes tienen la costumbre de
vivir vidas muy prolongadas Son
siete pueblos
que no superan el centenar de habitantes y que, colgados de las rocas,
en el deslumbrante paisaje de los Pirineos catalanes, se dan el lujo
no sólo de ser bellos y apacibles, sino también de ofrecer la riqueza
arquitectónica e histórica de sus iglesias románicas de mil años. El
Vall de Boí (Valle de Boí), a 280 kilómetros de Barcelona, es un valle
breve que cambia completamente de color con las diferentes estaciones:
el blanco de la nieve invernal, el verde de la primavera y del verano
y la explosión de rojo, amarillo, verde y marrón del otoño. En ese entorno
viven su letargo los pueblos de Coll, Cardet, Durro, Barruera, Erill
la Vall, Boí y Taüll, en un recorrido de unos 35 kilómetros. Lo
primero que induce al éxtasis, sobre todo en otoño, es el paisaje. Por
el valle angosto corre un río limpio y alegre, el Noguera de Tor, y
a sus orillas escarpadas crecen fresnos, robles, hayas, álamos y otros
árboles. El río es pródigo en truchas, cuya pesca está controlada, y
en las forestas abundan los ciervos, los corzos y los jabalíes, que
casi son plaga dada su tendencia a la prole numerosa. De a poco, gracias
al impulso oficial, la zona se está repoblando con osos. Si
no basta con los atractivos del paisaje, que ya justifican la visita,
están los pueblos. Todos descansan a mil metros de altura sobre el nivel
del mar y todos, con matices, ofrecen su escenografía de piedra y madera.
Y, además, sus joyas preciadas: las iglesias de los siglos XI y XII,
ejemplos de la arquitectura románica catalana. El
románico es un estilo derivado de la arquitectura romana que predominó
en Europa en los siglos XI y XII y que, si bien tuvo características
comunes, en cada país se nutrió de las influencias de las civilizaciones
propias de la región; en España, de los visigodos. En el caso específico
de Cataluña, entre el 1000 y el 1080 el románico se extendió con gran
celeridad, debido sobre todo a las peregrinaciones -abundantes en la
época- y a la especial permeabilidad hacia lo que venía de afuera. Cada
uno de los pueblos del Vall de Boí tiene una o dos iglesias románicas.
Entre las visitas más recomendables está la del pueblo de Durro, en
el que viven unas 40 personas. Allí se yergue la iglesia de la Nativitat
de la Mare de Déu, del siglo XII, con su torre que sobrepasa a las demás
construcciones, pero también, siguiendo un camino ascendente, se llega
a la ermita de Saint Quirc. Se trata de una pequeña construcción de
nave única, sin pretensiones, pero lo que resulta demoledoramente bello
es el paisaje, que invita a los arranques místicos; emplazada a 1500
metros de altura, solitaria, silenciosa y maciza, desde allí se domina
buena parte del valle. Una
de las iglesias más destacadas es la de Santa Eulalia, en Erill la Vall,
con su portentosa torre. Esta es una de las iglesias cuyo interior sí
se puede visitar, algo que no es posible en todos los casos. Por supuesto,
las iglesias del valle han sufrido transformaciones a lo largo de los
años, debido, por un lado, a la necesidad de agrandarlas y, por el otro,
al deterioro de las estructuras. Pero todas conservan viejas piedras
y su presencia sólida, respetable. El mejor momento para visitar el
Vall de Boí es otoño, por cuestiones cromáticas y climáticas. En invierno,
el frío es intenso y la nieve abundante, pero otorga una ventaja: se
puede disfrutar de la modesta pista de esquí que está al final del valle.
Esta pista es una de las fuentes de sustento de los habitantes de la
zona; los otros medios de vida son la ganadería -vacas, ovejas, cabras-
y, en menor medida, el turismo, que no está muy desarrollado, lo cual
constituye otro atractivo del Vall de Boí. En
invierno predominan los turistas españoles y la gente de los pueblos
huye hacia otros destinos con objeto de alejarse -y alejar a sus rebaños-
del frío insensato. Hay una carretera perfecta, hay luz eléctrica y
hay calefacción, pero también hay temperaturas rudas y soledad. En los
pueblos no es habitual cruzarse con gente durante el día, y menos cuando
el sol se va. De hecho, el número de habitantes de la zona se ha ido
reduciendo y algunos pueblos, como Coll, ya tienen un sesgo de pueblo
fantasma. "Yo vivía en Barcelona y un día conocí esto -dice un joven que trabaja para la empresa dedicada a proveer de energía a la región-. Me enamoré instantáneamente del lugar. Sabía que era un sitio difícil, sobre todo en invierno, pero con mi esposa decidimos hacer nuestra vida acá. Y aquí somos felices. ¿Cómo pude vivir tantos años en Barcelona?" Poca gente nace, poca gente se queda, poca gente muere. Junto a cada una de las iglesias están los cementerios, breves y floridos, con unas pocas tumbas cuidadas con esmero. "No precisamos más cementerios -dice un habitante de Barruera-. Cada vez somos menos. Y la gente acá vive muchos años. Con un poquito de cementerio es suficiente." Fuente La Nación, enero 2000 |
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