Baleares, las preferidas del Mediterráneo

Con más de 300 días de sol por año y una gastronomía privilegiada, este archipiélago propone unas vacaciones bien españolas

PALMA DE MALLORCA.- En el Mediterráneo occidental, a medio camino entre España, Francia y el norte de África, el archipiélago de las Baleares está formado por cuatro islas mayores y una centena de islotes deshabitados.

Si bien estas islas conforman un conjunto geográfico evidente, entre ellas existen tantas diferencias como similitudes. Uno de los motivos de estas diferencias es, sin duda, la propia huella histórica de cada isla.

Ibiza recibió una gran influencia cartaginesa y árabe; Mallorca una especial presencia romana; en Menorca hay real evidencia de la estancia de ingleses y franceses, mientras que Formentera sólo fue habitada en los dos últimos siglos debido al asedio constante de piratas y corsarios.

A lo largo de la historia las Baleares, por su posición geográfica, fueron un lugar de refugio para todos los marinos que navegaron por estos mares y, por la misma razón, tierra en disputa de todos los pueblos que en algún momento pasearon su poderío por la región. También jugaron un papel económico muy importante en el tránsito entre Europa y África, con el establecimiento de grandes emporios comerciales y el negocio de la sal en las islas Pitusas (nombre que reciben Ibiza y Formentera por los pinos que las pueblan).

Pero la mayor revolución económica de su historia comenzó a partir de la década del cincuenta con el auge del turismo. Algo que ciertos isleños compararon con las invasiones bárbaras que asolaron las islas en el siglo V.

Los antecesores de los actuales visitantes aparecieron en el siglo XIX, cuando ilustres viajeros como Georoge Sand, Chopin y el archiduque de Austria visitaron Mallorca, y con sus obras literarias contribuyeron a la proyección hacia el exterior de las bellezas de la isla. Esta Comunidad Autónoma, una de las 17 que conforman España, con sus 700.000 habitantes, recibe unos ocho millones de turistas al año y tiene el ingreso per cápita más importante del país, juntamente con Cataluña.

Si bien hay una unidad geográfica y cultural, cada isla tiene particularidades: el de Mallorca es quizás un turismo más mundano e intensivo, con fuertes acentos culturales; el de Ibiza es posiblemente el más desprejuiciado y hedonista; Formentera es la isla de la tranquilidad y de la vida en contacto con la naturaleza, y Menorca es más recatada tal vez por la influencia cultural anglo-francesa.

A pesar de las diferencias, todas gozan de un clima espectacular con más de 300 días soleados al año; playas de gran belleza, tanto en las amplias como el las pequeñas calas recluidas, paraíso de los nudistas; una herencia cultural de gran valor; una gastronomía que se destaca por los productos de mar, y un pueblo que transforma toda estada en una verdadera fiesta.

La tranquilidad se mudó a Formentera

Esta isla no apostó al turismo masivo y valora el ritmo apacible y familiar

Aunque algunos pobladores hicieron fortuna, todavía salen a pescar en sus pequeños barcos y se reúnen en los bares del pueblo

Antes de la medianoche, felices sueños

SANFRANCISCOJAVIER, Formentera.- Algunos han descrito a esta isla como un estado de ánimo, donde el tiempo parece discurrir más lentamente.

Formentera cambió drásticamente desde los años 60, cuando los turistas eran atendidos con esmero para compensar las deficiencias de infraestructura en una isla que no tenía ni siquiera energía eléctrica.

Estos cambios importantes no desnaturalizaron su paisaje, no transformaron la forma de vida de esos campesinos que, a pesar de que muchos de ellos hicieron fortuna, siguen saliendo a pescar en sus diminutas embarcaciones, se reúnen en los bares locales a charlar sin prisa y mantienen la misma afabilidad que los caracterizaba.

El hecho que diferencia profundamente a Formentera de las otras islas radica en que rechazó el turismo masivo y apostó a un desarrollo que no destruyera su entorno. En los últimos años se registró unanimidad social y política para exigir la protección de Ses Salines o el Estany des Peix, sitios que albergan una importante avifauna.

Esta pequeña isla de sólo 20 kilómetros de largo por 10 de ancho (la menor de las Baleares,viven 5000 personas) está separada de su hermana mayor, Ibiza, por el estrecho de Es Freus, que se cruza en un ferry que une los puertos de Ibiza y La Savina.

Las Islas de los Pinos

Formentera sólo lleva tres siglos de población permanente. Los romanos conocían estas dos islas con el nombre de Las Pitiusas (Islas de los Pinos), por los árboles de esta variedad que las poblaban.

Los constantes ataques de piratas y la inseguridad provocada por las invasiones berberiscas impidieron que existiera una población permanente.

En 1697, los ibicencos repoblaron la isla y construyeron la iglesia de Sant Francesc Xavier, que da su nombre a la principal localidad de Formentera y es su capital, un pequeño poblado que no tiene más de media docena de calles.

Entre sus atractivos se destacan la iglesia -fortificación mencionada, de techo plano, que servía como refugio para la población en caso de ataque corsario; los grupos musicales que tocan los sábados en la Plaza Central y en el bar Platé, donde se dan cita los pobladores de la isla; o los casamientos que tienen lugar en la catedral, con los lugareños vestidos con sus mejores galas, con un aire anticuado y kitsch.

Eso sí, que nadie busque nada en San Francisco, ni siquiera su deliciosa horchata, después de las 11 de la noche. A partir de esa hora, todo cae en un letargo absoluto del que no despierta hasta la mañana siguiente.

Cada isla tiene sus fieles

Las playas de Formentera son las favoritas de los italianos

Las hay multitudinarias o escondidas, pero siempre con arena fina y aguas transparentes

SAN FRANCISCO JAVIER.- Cada una de las Baleares tiene un turismo predominante: los alemanes en Mallorca, los ingleses en Menorca, ambas nacionalidades en Ibiza, y los italianos en Formentera. Por eso no se extrañe si las playas parecen invadidas por legiones romanas que llegan en bicicleta o pequeñas motos de alquiler, los vehículos más utilizados, dada las cortas distancias de la isla que permiten cruzarla pedaleando en poco más de una hora.

Si se trata de playas, Formentera no escatima belleza ni diversidad: las hay vastas y con fina arena, pequeñas encerradas en calas impactantes, multitudinarias, escondidas para los que aman el nudismo... todas bañadas por un agua cálida y trasparente.

Es Pujols es una de las más visitadas por ser contigua al centro turístico más importante de la isla. Bordeando la costa se llega a las playas de Illetas y Levante, consideradas entre las mejores del Mediterráneo. Imagínese una lengua de arena blanca inmaculada, sobre la que el mar en su ir y venir va depositando restos coralinos de tono rosado que tiñen el fondo, y aguas cristalinas que se pierden en el horizonte en una contraposición de gamas del verde y el azul.

Más adelante nos encontramos con los majestuosos acantilados que se asoman sobre un mar que parece no tener fin. Paz, silencio, entorno privilegiado, reencuentro consigo mismo. Esto todavía es posible en Formentera, el último paraíso del Mediterráneo.

En Ibiza el verano tiene buena onda

Una isla que rinde culto al hedonismo

En Passaig del Moll, la costanera, se concentra la movida

La comida se caracteriza por su acento campesino, con un chorro de aceite de oliva y el sabor del ajo

IBIZA.- El sol se ocultó hace un par de horas y el calor agobiante de la jornada se retira suavemente dando paso a una sensación placentera, que se amplía con el murmullo del mar golpeando contra el muelle. La fresca brisa marina aporta algo de respiro.

El calor se incrementa a lo largo del Passaig del Moll, la costanera que bordea parte del puerto de Ibiza, donde se concentra el corazón de la movida. Un paseo de casi un kilómetro repleto de bares, restaurantes, boutiques y galerías de arte. La costanera es la muestra más acabada del desenfado de Ibiza, es donde cobra fama de desprejuiciada, abierta a todas las tendencias.

Al atardecer una multitud variopinta y abigarrada se concentra allí para decidir el destino que seguirá la noche, que puede comenzar por una cena en el restaurante El Faro (especializado en mariscos y paellas), en Sausalito (comida tradicional ibicenca) o en San Telmo.

Las terrazas de los restaurantes son ideales para cumplir con dos rituales insoslayables: deleitarse con la gastronomía de la isla, con su acento campesino, donde se destaca el aceite de oliva y el ajo, y disfrutar del variado y sugestivo espectáculo que brinda la zona portuaria.

De todo y para todos

Veamos: ella nórdica, estilizada, enfundada en un apretado y transparente minivestido; él moreno, con sus largos pelos negros en cola, y una sudadera que pone de manifiesto su desarrollada musculatura; dos travestis que hacen alarde de sus cuerpos; una pareja de chicos gay, que caminan tomados de la mano; un grupo de hippies que parecen salir de un álbum de fotos antiguas; ingleses ruidosos, con las inseparables botellas de cerveza en la mano y una bella mujer, toda de cuero y anteojos negros vestida, que lleva de la correa un elegante perro afgana.

Entrada la noche, los pasos pueden llevarlo hasta el pequeño mercado hippie de la plaza D'Antoni, donde abundan las artesanías en plata y cuero y no faltan los caricaturistas que hacen retratos por seis dólares.

También se puede deambular por el carrer de Barcelona, el carrer d'Enmig o el carrer Pou, con sus tiendas de artesanías, de ropa ibicenca -moda femenina con telas rústicas que iniciaron las hippies cuando comenzaron a utilizar antiguas prendas que compraban a las campesinas-, y galerías de arte.

La música sale de los bares e invade todos los recovecos de la ciudad vieja, los ritmos caribeños se mezclan con la música pop y el flamenco; la gente se contagia en las calles y bares de esos ritmos pegadizos. Es toda una odisea conseguir un lugar en los bares más conocidos, como la Biela, Mambo o Pacha.

Hacia las 2 o 3 de la mañana, la multitud comenzará a dirigir sus pasos hacia los boliches. Algunos cruzarán hasta el puerto deportivo para recalar en Divino, otros abandonarán la capital hacia San Rafael de la Creu para esperar el amanecer en las megadiscos como Privilege o Amnesia.

Durante el día se pueden elegir 56 playas, más de 18 km de arena fina y dorada, que rodean la isla de Ibiza.

Cada una con alguna característica particular, según las actividades que se quieran practicar. Playas familiares, deportivas, solitarias -que frecuentan nudistas u homosexuales-, agrestes, tranquilas, a las que se accede sólo por el mar, para bucear.

La playa D'en Bossa, contigua a Eivissa, es la más larga (3 km) y familiar. Junto con las de Portmony y Figueretes son las más concurridas.

Los que aman los deportes náuticos como windsurf, vela o esquí pueden ir las playas ventosas del Poniente, como Cala de Portinax o Cala San Vicente.

Para el buceo o el snorkel, se recomiendan las pequeñas playas con acantilados, que se abren sobre profundos y bellos fondos: playa Can Martina o Punta Arabí.

Cuatro islas para zambullirse en la buena vida
Menorca, de la mayonesa al gin de vino

En la más oriental de las Baleares se inventó esta salsa popular y, además, allí la tradicional bebida blanca es única

Un recorrido por la isla, entre restos megalíticos y gin elaborado con alcohol de vino de uva

La caldereta de langosta, una sopa espesa, es el plato más apreciado

MAHON, Menorca.- ¿Sabía usted que esta capital (Maó en catalán) es la cuna de la salsa más humilde, pero también la más conocida y apreciada internacionalmente: la mahonesa o mayonesa? El escritor Camilo José Cela sostiene que debe utilizarse el primer término para referirse a la popular emulsión de yema de huevo y aceite de oliva, importada desde Mahón a la cocina mundial por el duque de Richelieu, durante la dominación francesa de la isla, entre 1756 y 1763.

Sobre la creación de esta famosa salsa, la leyenda reza: "Caminaba una noche por Mahón el duque de Richelieu, buscando un sitio para apaciguar el hambre. Ingresó en la única fonda que se encontraba abierta, donde el propietario sólo pudo ofrecerle algunas rodajas de carne fría.

"Richelieu aceptó la oferta y pidió que le aderezarán la carne de alguna manera. El cocinero le presentó el plato acompañado por una untuosa y sabrosa salsa. Richelieu, afamado gourmet, se sorprendió por la la exquisitez del aderezo y solicitó la receta.

"Es simplemente una mezcla de huevo y aceite", respondió el cocinero.

"Pues la llamaré salsa mahonesa en honor a la ciudad donde tuve el placer de conocerla", agregó el duque.

A partir de ese momento, la mahonesa conquistó el mundo y constituyó la base de otras salsas tan famosas como la chantilly, la tártara, la alioli o la andaluza.

Menorca es la isla más oriental del archipiélago de las Baleares. Su posición central en el mar Mediterráneo y la seguridad e importancia de su puerto de aguas profundas, en Mahón, la convirtieron en una tierra disputada por todos los pueblos que en algún momento pasearon su poderío por estas regiones: fenicios, cartagineses, romanos, árabes, aragoneses...

Pero, contrariamente a las otras islas del archipiélago, Menorca también vivió durante el siglo XVIII bajo un prolongado dominio inglés y un corto pero prolífico gobierno francés.

Son justamente estas dos culturas las que dejaron huellas que marcan las diferencias entre Menorca y el resto de las Baleares: cierta terminología inglesa mechada en el catalán menorquín, la particular y adusta arquitectura de la capital insular que remeda a algún poblado británico, el gin que se sigue fabricando en la isla, y un cierto aire austero de su población que contrasta con la alegría y el desparpajo de los otros isleños. No por nada el turismo inglés es el más presente en la isla.

De 50 kilómetros de largo y no más de 20 de ancho, Menorca presenta dos zonas bien diferenciadas geográfica y paisajísticamente: el Norte llamado popularmente Tramontana, es la parte más montañosa y agreste con playas de arena rojiza; el Sur o Migjorn es una meseta que termina en altos acantilados costeros, que descienden hacia el mar en barrancos cubiertos por pinos y desembocan en magníficas calas de arena dorada.

De Mahón a Ciutadella

En los extremos de la isla, y separadas por unos 50 kilómetros, están las dos ciudades y puertos más importantes de la isla, que siempre se disputaron la primacía política y económica: al Oste, Mahón y al Este, Ciutadella.

Debido en gran medida a la seguridad y profundidad de su puerto, Mahón es, desde hace siglos, su capital.

Es una pequeña ciudad construida sobre una colina que domina la amplia bahía y el puerto, y se eleva sobre los restos de la ciudad romana y árabe.

Al ingresar por el arco de San Roque, antigua puerta de la ciudad medieval, nos encontramos con esas calles tranquilas y muy ordenadas, bordeadas por sus casas de color pastel, que contrastan con los palacios con sus fachadas neoclásicas como las del Ayuntamiento, coronada por un histórico reloj traído por el gobernador británico Richard Kane.

Entre los edificios que merecen ser visitados, se destaca la iglesia de Santa Mónica, construida en el siglo XVIII y su impresionante órgano, obra del luthier suizo J. Kiburz, con cuatro teclados y 3210 tubos, de los cuales 250 son de madera. Durante toda la temporada veraniega se realizan conciertos de música clásica.

La iglesia de Sant Francesc, antiguo claustro, en cuyas dependencias se instaló el Museo arqueológico, y los bastiones. La Costa de la Miranda es una calle zigzagueante que desciende hacia el puerto y ofrece vistas espectaculares sobre la bahía, y una diversidad de bares y restaurantes donde degustar la apreciada cocina tradicional.

La ruta que une la capital con Ciutadella, es la espina dorsal de la isla. En su recorrido, se encuentran los tradicionales molinos encalados con aspas de madera, las milenarias torres de vigilancia talaiots, y los importantes restos arqueológicos de las culturas prehistóricas que habitaron la isla hace más de cuatro mil años.

En esa época se levantaron las navetas (la más importante es la de Tudons, muy cerca de Ciutadella), uno de los monumentos megalíticos más antiguos, que deben el nombre a su forma de nave invertida, utilizada al principio como refugio y más tarde como lugar funerario.

Sin embargo, el monumento que más especulaciones despertó es la taula, cuyo simbolismo y utilidad escapan al conocimiento científico. Está formada por dos enormes lajas de piedras rectangulares: la mayor se hunde en la tierra y sobre ésta descansa, en perfecto equilibrio, otra en posición horizontal, formando una T.

Algunos arqueólogos consideran que son templos astrales y otros sostienen que son altares de sacrificio. Las más representativas son la taula de Torralba y la de Torretruncada.

Al llegar a Ciutadella se percibe un clima diferente: más animación, más colorido, mayor actividad callejera. El centro de la ciudad histórica es la Plaza d'es Bom con la imponente fachada del Ayuntamiento, antiguo Alcázar Real, expresión acabada del gótico tardío.

Un paseo sofisticado

Por la costa d'es Moll se desciende hacia el Paseo Marítimo y el puerto deportivo, donde se alinean los yates más sofisticados que lucen pabellones de todos los países europeos.

Ese paseo es el lugar indicado para probar algunas de las especialidades gastronómicas de la isla. Le podemos recomendar que comience probando los embutidos tradicionales como la sobrasada o la butifarra acompañados por un queso tierno con miel de romero. Se puede continuar con un plato de pescado o mariscos que se degustan de varias formas: a la brasa, al horno, salteados con ajo, fritos, en paella o caldereta. La caldereta (una sopa espesa) de langosta es el plato más apreciado y característico de la isla, una exquisitez imperdible.

También puede dejarse tentar por la panadera o las trenzas de cordero o el exuberante lomo de cerdo con col. Cuando de postres se trata, Menorca es un verdadero paraíso para los golosos: ensaimadas con chocolate, buñuelos con arrope, tartas con almendra, palos de Jacob... para finalizar probando el gin menorquín, que se caracteriza de otras ginebras europeas por estar elaborado con alcohol de vino de uva en lugar de cereal.

Como la relación dólar-peseta nos es muy beneficiosa, una buena comida puede costar entre 20 y 25 dólares, y se encuentran buenos menúes turísticos por sólo 10 o 12 dólares.

Se puede continuar el paseo por la calle Mayor hasta la catedral, un edificio de estilo gótico que data del siglo XV, y seguir por la calle comercial Ses Voltes, con profusión de tiendas que ofrecen el calzado artesanal y la no menos afamada orfebrería y platería menorquina.

Mallorca fue un refugio para la inspiración de Chopin

El compositor pasó una temporada en la isla, junto con su compañera, George Sand

Vivió en las celdas de un antiguo monasterio cartujo

Actualemente, convertido en museo, se pueden visitar las salas que conservan el mobiliario original de la pareja

PALMA DE MALLORCA.- Los dedos se crisparon sobre el teclado, la tos volvía insistentemente, casi exasperante. Esa misma tos seca que lo tenía a maltraer desde un par de años atrás, esa misma tos que lo había alejado del invierno parisiense buscando refugio en la calidez de esta isla Mediterránea, esa misma tos que lo obligó a abandonar la casa que había alquilado en Palma de Mallorca  por el temor que había despertado en su propietario este síntoma, que el músico insistía en considerar pasajero.

Transcurrían las postrimerías de 1838. Federico Chopin y su compañera, la escritora George Sand, habían elegido la isla de Mallorca para pasar ese invierno. Los traían aquí, en parte, los problemas de salud del compositor, pero también la intención de alejarse del tumulto que la relación que mantenían los personajes paradigmáticos generaba en los círculos artísticos de la Ciudad Luz.

Se instalaron, al principio, junto con los dos hijos adolescentes de la escritora, en una amplia y cómoda casa señorial del centro de Palma de Mallorca. Pero no tardó el propietario de la residencia en considerar como inaceptable la enfermedad del artista, que muchos relacionaban insistentemente con la tuberculosis. El dato se difundió muy rápido en la pueblerina capital, haciendo imposible encontrar otro lugar para instalarse. Después de una prolongada búsqueda consiguieron ubicarse en la Cartuja de Valldemossa, unos 20 km de la  ciudad, que había sido expropiada a la orden en 1835.

La estancia en la Cartuja no fue lo que la pareja soñaba. Además de los problemas de confort tuvieron que afrontar la enemistad que les demostraban los campesinos mallorquines que no veían con buenos ojos a esta mujer francesa, seis años mayor que su compañero con el que no estaba casada, que llevaba sus oscuros cabellos al viento, fumaba habanos y vestía pantalones para montar a caballo.

Las experiencias quedaron plasmadas en una obra muy crítica que George Sand publicó cuando regresó a París: Un invierno en Mallorca.

El ascetismo de la Cartuja, sus espesos muros que atrapaban con avidez la humedad, el viento que se encajonaba en ese valle paralelo a la cadena de la Tramuntana, conformaban un clima que no era precisamente el que Chopin buscaba. Su dolencia se resintió impidiéndole caminatas o paseos. Mientras George Sand y sus hijos disfrutaban de estas actividades, el músico permanecía en su habitación componiendo de obras, entre las que se destaca el preludio La gota de agua y el Scherzo Op. 39.

Pasado real

Este antiguo monasterio, en sus orígenes una residencia real, fue fundado y habitado por los monjes cartujos desde 1399 hasta su expropiación en 1835.

La exclaustración tuvo lugar como consecuencia de la ley de desamortización del ministro Mendizabal. Pasó todo el monasterio, a excepción de la iglesia, a manos privadas que dividieron las celdas y demás dependencias entre nueve propietarios. Desde entonces la propiedad ha mantenido esta estructura y alberga varios museos que contienen el legado histórico-artístico de los monjes cartujos, las salas con el mobiliario original que ocuparon Sand y Chopin, con manuscritos y recuerdos de la pareja y bibliografía del archiduque Luis Salvador de Austria, un enamorado de la isla y uno de los primeros en promover el turismo en el siglo XIX.

Recuerdos de una celda y un piano

Cuando se accede al monasterio se observa un amplio patio central rodeado por un pasillo, donde se ven las dependencias y celdas que utilizaban los monjes. Recorriendo esos pasillos se puede entrar en la celda Nº 4, conocida como celda Chopin. Fue en esta habitación donde el artista permaneció durante su estada y compuso las obras. La distribución de la celda y los muebles es idéntica a lo que fue en su tiempo. El piano Pleyel, en el cual Chopin compuso Preludios Op. 28 y Balada Op. 38, reina en la sala. Frente al piano está la carta de Chopin a C. Pleyel: "Querido amigo, le envío por fin mis preludios que he terminado con su piano, que ha llegado en las mejores condiciones".

Fuente La Nación, septiembre 2000

 

Datos útiles

Cómo llegar: el aéreo, ida y vuelta, con escala en Madrid, cuesta cerca de 900 dólares, con tasas e impuestos incluidos. También hay conexiones marítimas con los puertos de Valencia y Barcelona, y varios vuelos diarios entre las islas, salvo la de Formentera, que está ligada por barcos y ferris con Ibiza.

Alojamiento: en los hoteles cinco estrellas, las habitaciones dobles rondan los 150 y 180 dólares; en los de cuatro, entre 100 y 120, y en los de tres, cerca de 70 dólares.

Cuando se compran paquetes que incluyen aéreo y estada (los hay desde 1400 dólares por 7 días), los valores del alojamiento son más bajos.

Últimamente se desarrolló el turismo rural, con alojamiento en granjas. El precio para cuatro personas ronda los 50 dólares por día.

Excursiones: las de día completo, con almuerzo incluido, cuestan unos 60 dólares. Las de medio día alcanzan los 30.

Gastronomía: la comida a la carta en un restaurante puede insumir unos 25 dólares por persona con bebida incluida. En la mayoría de los establecimientos encontrará un menú turístico que ronda los 10 y consta de una entrada, plato principal, un postre, bebida y pan.

Los platos más tradicionales son los embutidos (butifarra y sobrasada); los quesos payeses; la caldereta de langosta; los pescados fritos, a la plancha o en paella; las carnes de cordero y cerdo.

Las Baleares son un paraíso para los golosos: ensaimada, tortas de almendra, buñuelos con arrope, palos de Jacob, entre otros.

Más información: oficina Española de Turismo en Buenos Aires. Florida 744; 4322-7264.

En Internet: http://www.caib.es

 

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