| SYDNEY.-
Esta ciudad lleva el nombre de un lord inglés que recordó estas australes
tierras cuando las cárceles británicas estaban abarrotadas. Pero hoy
son muy pocos los australianos que descienden de aquellos primeros reclusos.
Tan sólo una generación después de la llegada de la First Fleet (primera
flota) en 1778, esta tierra se convirtió en uno de los lugares predilectos
de los inmigrantes. Australia
nació en Sydney y Sydney en George St., la calle más antigua de un barrio
de igual data, The Rocks, donde comenzó la historia de este país. La
vieja Sailor's Home (Casa de los Marineros) es hoy el Sydney Visitor
Centre, donde se encuentra toda la información necesaria para moverse
por la ciudad en busca de sus principales atractivos, con el fin de
descubrir los hábitos y costumbres de esta comunidad con marcadas raíces
británicas. Siguiendo
la tradición de sus colonizadores, en Sydney no podían faltar los pubs,
y The Rocks alberga varios de los más antiguos. Lord
Nelson abrió sus puertas en 1834 y desde entonces elabora su propia
cerveza de barril. También funciona como hotel sostenido por acogedoras
paredes de piedra (19 Kent St.). Hero
de Waterloo data de 1844, cuando acudían soldados de la guarnición cercana.
Se dice que algunos capitanes de barco lo usaban para reclutar marineros:
quienes bebían demasiado eran arrojados a las bodegas, por túneles que
conducían hasta los muelles donde estaban las embarcaciones (81 Lower
St.). Además
de conservar pubs y reunir gran cantidad de hoteles -tanto antiguas
construcciones como modernos rascacielos, cuya amalgama dibuja el singular
perfil de esta ciudad-, una vez por semana The Rocks se convierte en
una tienda al aire libre. En el extremo norte de George (de Old Sydney
Park Royal a Bradfield Distributor) se instalan puestos de artesanías,
artículos de cuero y madera, especias, libros, artículos de vidrio y
cerámica con diseños aborígenes. No
sólo en este barrio, sino en todo el llamado Central Business District
(CBD), un área que abarca las principales zonas del centro de la ciudad,
está la mayoría de los hoteles de Sydney. A
diario, mil personas vencen el miedo y el vértigo, suben a través de
caminos tipo andamios, y por estrechos y empinados escalones para sentir
la sensación de alcanzar la cima. Formar parte de ese millar no es poco.
No
tanto como de los 1400 que en la década del 30 no se renovaban a diario,
sino que, los mismos, todos los días avanzaban una y otra vez ajustando
seis millones de remaches, levantando torres, vigas, tirantes, cables,
llegando a usar 95.000 metros cúbicos de cemento y extendiendo vías
ferroviarias hasta construir uno de los puentes más imponentes del mundo:
el Sydney Harbour Bridge. Se
encuentra en las inmediaciones de The Rocks y Circular Quay. Este último
es un paseo portuario que da a Sydney Cove, sitio al que arribaron los
ingleses. Aquella vieja cabeza de playa hoy dispone de modernos muelles
para el arribo de ferries y transbordadores y, además, es sede de seafoods,
restaurantes y cafés. A
pocos pasos está otro de los símbolos de la ciudad. Es que la Casa de
la Opera es a Sydney lo que Sydney a la Casa de la Opera. Un simple
juego de palabras que sirve para señalar la fuerte identificación de
la capital australiana con las sinuosas formas de su singular arquitectura.
Todos la reconocen por ella. Gracias
a que un danés dio rienda suelta a su imaginación y se dejó llevar por
el arte, a pesar de las fuertes controversias durante la construcción,
miles de espectadores y turistas diariamente celebran la posibilidad
de disfrutar de funciones de ópera, conciertos sinfónicos, espectáculos
de ballet y obras de teatro. Como
no podía ser menos, la Casa de la Opera se levanta en una punta de los
característicos acantilados de arenisca de esta capital, a orillas del
puerto Jackson. Es
que Sydney se contornea según los caprichos del mar, aunque en las últimas
décadas mucha tierra fue ganada y urbanizada. La
zona de Darling Harbour es uno de esos exponentes. Nació como un regalo
por el bicentenario de la fundación del Estado de Nueva Gales del Sur.
Se trata de un desarrollo urbano en lo que fue un centro industrial
y de embarque internacional. En sus muelles están el Sydney Aquarium
y el Museo Nacional Marítimo. Parecería
que mucho de lo que pasa en Sydney transcurre al vaivén de las aguas.
El 70 por ciento de la población australiana se concentra en las ciudades
costeras, sobre todo en el Este. Probablemente,
la mejor forma de llegar a Australia es entrar navegando en el puerto
de Sydney, pero este medio es un poco caro ya que hay que subir a bordo
de Cunard o Princess Cruises. Pero
navegar por el puerto no está reservado a una elite. Desde hace más
de un siglo, viajar en ferries es la forma más placentera de desplazarse
por los barrios costeros de Sydney y, en la actualidad, son muy populares.
Además de los cruceros turísticos hay taxis acuáticos. La Public Transport
Infoline, 131500, ofrece información sobre todos los medios de transporte
de la ciudad. Entre
York St., Park St., Elizabeth St. y Martin Place está City Centre, el
corazón financiero y comercial de Sydney. El Marble Bar, que en 1893
se encontraba en el hotel Tattersalls, fue desmantelado y vuelto a instalar
en el Sydney Hilton, sobre Pitt St. Durante
el late day de los jueves ésta se convierte en una de las calles más
bulliciosas, ya que junto con Kent, George y la peatonal Martin Place
albergan gran cantidad de locales y centros comerciales. Dos de los
más vistosos y elegantes son el Queen Victoria Building, un antiguo
mercado de 1898, y la suntuosa Strand Arcade. La
que, en 1869, fue considerada una de las peores calles de Sydney, ahora
presume de ser una de las más distinguidas. Macquarie St. está abierta
a la brisa del puerto y al verdor de The Domain. Un paseo por su arbolada
extensión permite contemplar la herencia arquitectónica de la ciudad:
el pórtico de la Librería del Estado de Nueva Gales del Sur tiene columnas
jónicas, el techo del Sydney Mint fue restaurado con tejas originales
de madera de casuarina, Land Titles Office es de estilo clásico con
detalles gótico y Tudor, y las escaleras de la entrada del Sydney Hospital
fueron realizadas con piedras extraídas en la época colonial. En
la vereda de enfrente, Macquarie recuerda a la neoyorquina Quinta Avenida,
con exclusivas tiendas y hoteles de categoría. Macquarie
es el nombre de la esposa del primer gobernador británico. Una mujer
melancólica que acostumbraba mirar pasar los barcos y recordar su tierra
sentada al borde del acantilado en el que remata el Royal Botanic Gardens.
Hoy, la silla de la señora Macquarie, tallada en la roca por los convictos,
es un punto panorámico muy visitado. Un
sobrevuelo en hidroavión desde Rose Bay es otra de las extravagantes
posibilidades que ofrece Sydney para conocerla desde cualquier punto
de vista. Muy
cerca, Transval Ave., en Double Bay, es el mejor sitio para envidiar
la descansada vida que llevan algunos de los australianos con mayor
poder adquisitivo. Al sol, con un long black coffee en la mano o, según
la hora, una copa de uno de los famosos vinos espumantes, matan las
horas plácidamente entre una gran cantidad de cafés y restaurantes,
a pasos de sus lujosos Testarossa o Jaguar. Como para seguir a tono,
muy próxima está Vanchese, la zona más cara y exclusiva de Sydney. El
barrio de Paddington conserva otro bar, tan añejo como la cerveza que
sirven y que desde 1876 está en pie en la esquina de William y Underwood.
Pero el principal distintivo de Paddington son los balcones de hierro forjado de las casas victorianas, que se conservan en pie en estrechas y arboladas calles, otra de las delicias de esta ciudad realmente única. La
Babel más civilizada Los aussies, como los australianos se llaman a sí mismos, conviven en armonía a pesar de las 160 nacionalidades que con los años se fueron integrando. La mayoría es de origen anglosajón, cultura que domina la vida cotidiana, regida por un orden, puntualidad, limpieza y organización dignos de la envidia de cualquier sociedad. También es evidente la creciente influencia del cercano sudeste asiático. En los últimos años adquirió más importancia su verdadera raíz: la aborigen, nombre con que se denomina a la gran cantidad de tribus que desde al menos 40.000 años y hasta la llegada de los europeos en 1770 vivieron aislados en el continente más antiguo del mundo. Con sus más de 7 millones de kilómetros cuadrados, Australia es casi tres veces más grande que la Argentina, poco menos que los Estados Unidos, tiene la mitad de los habitantes de nuestro país (aproximadamente, 18 millones) y, en consecuencia, una baja densidad poblacional, 2,1 habitantes por kilómetro cuadrado.
Tiene
un extenso collar de playas donde predomina el coral Es
la región de Queensland, en la pronunciada península que parece un dedo
índice; allí se da una perfecta mixtura de culturas, climas y bellezas
que culmina en uno de los diez mejores parques nacionales: la Gran Barrera
de Coral CAIRNS,
Queensland.- Esta ciudad ostenta uno de esos orgullos de resonancias
bíblicas en los que ser último aporta algún beneficio: como Ushuaia,
como Barrow, Cairns se ha instalado felizmente en su condición de última.
Después de ella no hay ninguna otra ciudad hacia el norte de la costa
este australiana. "Sólo pueblos", dicen en Cairns. Es
muy temprano (madrugar en esta ciudad pierde todo su pesar). Frente
a la ciudad hay una bahía, Trinity Bay, a la que llega el agua del Pacífico
y frente a ella un gran parque con sendas por las que algunos caminan
y bancos verdes en los que otros descansan. Esos asientos son un hallazgo
como punto de observación. Pasa una señora ya pintada, trotando. Pasan
dos señoras elegantes, una sola habla. Pasa un hombre fornido con perro
ídem. Pasa un adolescente rasta en bici. Hay que usar anteojos negros
para mirarlos porque el agua brilla mucho allá atrás, en el fondo. Pasa
una pareja de rasgos orientales. En Australia hay una gran inmigración
que proviene de Japón, Corea, Vietnam, las Filipinas e Indonesia. En
uno de los extremos de esa rambla está el Pier Market, una especie de
shopping con bares satelitales llenos de mesas exteriores desde las
que se puede ver el mar. En otro de los extremos continúa la ciudad,
que para ese lado se va alejando del centro. En esos barrios es aún
más fácil encontrar las Queenslander homes, las primeras casas que se
construyeron en Cairns, construcciones que recuerdan que todo esto antes
fue un gran pantano. Son
palafitos siempre pintados de colores tímidos, lavados. Uno los mira
y sólo puede tener la impresión de que la vida cotidiana es una cuestión
simple. Varias cosas atentan contra las Queenslander homes en estos
tiempos: los pantanos ya no son razón que las justifique, y el talado
de la selva tropical que proporcionaba la madera para construirlas ha
pasado a la categoría de pecado capital. ¿Qué habrá que mirar ahora
para seguir confiando en la simpleza de la vida cotidiana? En
estos días, las autoridades de Cairns están haciendo otra modificación
sobre la naturaleza que de algún modo recuerda aquella fundacional,
la del avance sobre los pantanos. Entre el paseo y las aguas de Trinity
Bay no hay playa, como podría suponerse. Les llevará dos años, dicen,
terminar de ganar terreno al mar y hacer de esa franja áspera actual
una gran extensión de arena sobre la que se pueda hacer la más clásica
vida de playa. Por
ahora, los que quieren hacerla van hacia las Southern Beaches o las
Northern Beaches, aunque éstas últimas son mucho más solicitadas. La
serie de playas del Norte empieza a unos 10 kilómetros de Cairns, pero
hay que hacer el doble para encontrarse con las más privilegiadas, entre
ellas Palm Cove y Trinity Beach. Son
todo lo que se espera de una playa: arena blanca, palmeras, mar turquesa,
rambla con barcitos y restaurantes llenos de delicias. En todas hay
hosterías de tinte familiar desde las que se ve el mar y también resorts
de estilo americano en los que el confort no tiene pudores. Cuando cae
la tarde, las playas están llenas de propuestas alternativas: cabalgatas,
golf, bicicleta, reservas donde se puede apreciar la fauna local. Más
allá aún está Port Douglas, un lugar que es visitado por Bill Clinton
y por algunos millonarios árabes, y que a veces tiende a disputarle
a Cairns su título de extremo septentrional. De
vuelta en Cairns Acá,
las chicas están sentadas en ronda en el patio de adelante del colegio.
Hay un pasto verde, igual que sus uniformes, y en la puerta de entrada
un Cristo de mármol que les tiende sus manos. Están agrupadas en círculos
de cuatro o cinco, todas con sombreros de paja para cubrirse del sol.
Parecen de 15 y hablan sin parar: tienen todas esas cosas por decirse
que con los años se van convirtiendo en sobrentendidos u obviedades.
No parece que estuviera terminando el siglo XX, sino el XIX, como en
la película. "Cuando
yo era chico venía siempre acá con mis amigos a jugar a las cartas;
era el único lugar donde nadie me molestaba", dice el hombre y
fija la mirada en las lápidas con un firme sentido de pertenencia. Es
el cuidador del Ancestors Cemetery, donde están enterrados los anunciados
en el título. Fundamentalmente, casi toda la generación que participó
en la construcción del tren que a fines del siglo pasado unía Cairns
con los territorios del Norte. "Desde
1944 ya nadie puede ser enterrado acá" es otra de las frases sueltas
que pronuncia mientras sigue desplazándose entre las tumbas, acomoda
una verja, retoca algún detalle en las estatuas que abundan. Todo el
resto es verde, los árboles, el césped, pero con el sol de las 5 se
vuelve un tanto ocre. La lectura de las lápidas va contando una historia
entrecortada, la de Cairns. Vicios
& virtudes A
la salida del museo está Perrotta's, un restaurante curioso: como instalación
consiste sólo en una cocina con un mostrador violeta del que van saliendo
los platos. Todo el resto del restaurante, en cambio, es evanescente.
Sillas y mesas que se arman sobre la vereda y que a la noche desaparecen.
Las brochettes son una buena forma de empezar con alguno de los vinos
australianos que allí se sirven por vaso y en una variedad apabullante.
Suelen llevarlo a uno a esas indecisiones leves, que sólo pueden terminar
bien. Para
comer a la noche, en cambio, nada en Cairns supera al Red Ochre Grill,
en la esquina de Shield y Sheridan St., un lugar que se ha especializado
en crear platos que combinan los sabores más típicos de la Australia
profunda con métodos e ingredientes de la nueva cocina. El gusto delicioso
de la carne de canguro, que los australianos están poniendo de moda
en los últimos años, hace olvidar toda culpa; el de la carne de cocodrilo,
todo espanto. La
misma gente que va a comer al Red Ochre Grill no es la que va a tomar
un trago previo al bar del Crown Hotel: por eso nada mejor que hacer
esa combinación. Las voces pausadas, las fórmulas de cortesía, el diseño
colorido que resalta los colores y la inmensidad de la sabana australiana
desaparecen acá, en el bar ubicado en la esquina de Grafton y Shields
St. El
hotel, que funciona en un primer piso con gran balcón, es el último
que queda en su estilo: todas las otras construcciones de estilo colonial
han sido convertidas en casas familiares, y los hoteles de Cairns son
ahora algo completamente distinto del Crown. El bar tiene una gran barra
y mesas de madera donde sólo hay hombres que tienen todos los tics de
haber terminado un día de trabajo. Pero nada se parece a una happy hour
y nadie tiene trajes y teléfonos celulares, más bien musculosas y brazos
tatuados. Las
únicas mujeres del lugar son de Nueva Guinea, y están acodadas en la
barra. "Ella era maestra cuando vivía allá", dice el hombre
que las acompaña, a la que una ha otorgado ese dudoso rótulo de casi
hermano al que son tan afectas las mujeres. A la pregunta impertinente
de la interlocutora extranjera contesta: "Y ahora es una borracha".
Carcajadas. La
barra tiene una canaleta paralela y ahí todos tiran colillas, servilletas,
cajas de cigarrillos. Más allá, cerca de la caja registradora que podría
ser una pieza de museo histórico, hay un hombre solo que conversa. Aunque
en principio parezca que no se dirige a nadie en particular, con el
correr de los minutos se advierte que en realidad habla con el póster
de Guinness que está del otro lado del mostrador. El póster es viejo,
y consiste sólo en una lata negra sobre un témpano blanco. Tal vez el
hombre que le habla también se sienta extrapolado. En un momento todas las atenciones parciales y diversas se convierten en una sola y concentrada. "Es una tit girl", dice el hombre-casi-hermano. Título obvio que se aplica a una chica con torso absolutamente desnudo que reparte tickets para una de las tantas rifas que se hacen en el lugar cada día. El premio es una bandeja de carne congelada que el ganador se lleva a su casa. La chica tiene un brazalete plateado en el brazo y una simpatía distante. "Nadie se atrevería jamás a hacerle una propuesta, ni siquiera a intentar tocarla cuando pasa." Mientras se resuelve la rifa, reparte una bandeja con pollo frito gratis para todos los presentes. La mujer que antes era maestra agarra una porción doble con recelo y la guarda en su bolso. Otros esperan el resultado jugando su batalla contra unas máquinas de juego coloridas y ruidosas. Afuera, el ruido continúa: a esta hora las bandadas de loros hacen vuelos rasantes sobre los árboles de Sheridan Street. Formas
diversas que se diluyen en el océano; cardúmenes de colores brillantes;
un mundo ajeno que se visita por poco tiempo y genera sensaciones perdurables;
en tierra esperan la fauna autóctona y los pueblos de la selva CAIRNS.-
Esta ciudad es el punto crucial para partir en viaje hacia los corales:
estos ganan en belleza a medida que se extienden hacia el Norte. Las
formas de llegar hasta la Gran Barrera de Coral -Great Barrier Reef-
son variadas. En este caso se trata de un barco inmenso, de esos que
llevan gran cantidad de turistas, de tripulación y de ese conjunto de
sorpresas que genéricamente se llama entretenimiento. El
barco zarpa, temprano, del puerto de Cairns. Hay trámites previos, una
lucha encarnizada con visos de civilización por agarrar las mejores
colchonetas para viajar en cubierta, y finalmente algo indica que el
barco está por zarpar. Entonces, cuando uno se dispone a concientizar
que está en pleno Pacífico, con rumbo hacia los corales tan codiciados,
suena por los altoparlantes Sailing, I'm sailing. "¿Era Rod Stewart?",
dice alguien. "¿Era necesario?", dice otro. Siguen
cosas que algunos pocos miran de lejos: chicos y chicas bonitos y bonitas
toman el micrófono y los turistas ríen. Luego ya no, escuchan: los chicos
y chicas enseñan algo; tal vez algún método de supervivencia en caso
de accidente. Después sale alguien de una puerta que se abre a ras del
suelo con un gorro de cocinero y un pollo de plástico en la mano. Los
turistas vuelven a reír. Luego
todo termina y la navegación es inmejorable. El agua es turquesa, algunos
leen, otros callan. Un par de niñitos japoneses hace lo imposible por
destruir ese mito occidental que sostiene la existencia de un gran respeto
por los mayores en la isla nipona: berrean por todo y maltratan a un
par de padres muy flacos. Dos
horas más tarde se divisa la silueta de Michaelmas Cay, la isla donde
se baja para practicar buceo entre los corales. A medida que uno se
va acercando se siente una especie de intruso: el cayo está completamente
copado por distintos tipos de pájaros que van ahí a comer, porque no
en todas las islas de la región encuentran alimento. El estruendo que
provocan tal vez exprese algún tipo de satisfacción. Un residente dice
que a veces llega a haber hasta dieciséis mil juntos. Una turista confiesa
que prefiere volverse porque ella vio Los pájaros, de Hitchcock, cuando
era chica y no soporta ver más de cinco aves chillando juntas. Hay gaviotines
y distintos tipos de golondrinas de mar, y todos logran generar una
atmósfera inquietante frente a la nada que los rodea. Zambullirse
a ver los corales es algo que puede hacer olvidar toda pena, toda gloria,
toda sesión de entretenimiento previa. Al principio se ven como formas
bellas que uno trata de adaptar al mundo conocido -un alcaucil, una
puntilla, una peluca al viento, una lechuga-. Cada una de esas formas
constituye una colonia de corales, animales que se alimentan de las
plantas microscópicas que se asientan sobre ellos. Luego aparecen los
peces, que muchos habrán conocido antes en las casas de artesanías que
venden productos de Bali: rayados, coloridos; un cardumen de un azul
brillante, violento; un tipo de tiburón amistoso; una tortuga acuática
inmensa. Entonces uno deja de buscar similitudes con lo conocido y como
pocas otras veces disfruta de ser el único bicho raro en un mundo ajeno.
Los
peces tienen relaciones muy distintas con los corales: algunos son aliados,
se comen las algas que crecen encima de las colonias y amenazan su vida;
otros son depredadores, se alimentan de ellos, aunque por lo general
matan un solo coral por vez, nunca devoran toda una colonia. Las estrellas
de mar figuran entre las especies más peligrosas para la vida coralina.
La
navegación de vuelta tiene el encanto adicional de lo ya visto. Con
suerte uno recupera la colchoneta tan preciada, pasa por el bar a buscar
el cóctel que se prepara para la excursión de ese día, toma el trago
y, con vista al océano, agradece a quien tenga que agradecer. Un rato
más tarde, cuando esa calma se interrumpe para dar lugar al coro de
turistas entusiastas que se forma alrededor de un cantante country y
desafinado, tal vez alguien piense que el fondo del mar no es el único
lugar donde uno puede sentirse un bicho raro. Un
pueblo en las alturas "Antes,
en los años setenta, era un punto de congregación hippie", dice
Sam, que tiene 25 años y vive ahí desde que nació. Es dueño de un negocio
de marcos para cuadros, pero a esta hora no trabaja. Son las 15 y sólo
vuelve a abrir a eso de las 17. Está sentado en la barra del Kuranda
Botton Pub, una reliquia lugareña que funciona en el hotel del mismo
nombre, fundado en 1880. Sam saluda a todos, con comentario incluido.
Los
turistas no entran en este bar, prefieren otro que el hotel tiene en
el patio al que dan muchas de las habitaciones: un lugar más abierto,
con menos humo y ruido. Acá, en cambio, todos fuman y comentan a los
gritos lo que pasa en la pantalla que hipnotiza las miradas: corren
caballos y los presentes hacen sus apuestas. Se nota que la conversación
y la cerveza son secundarios: sólo se concentran verdaderamente en la
carrera. La barra tiene forma de herradura y está llena de botellas
y publicidades añejas. En el poster de Cerveza 4 X se ve a tres hombres
jugando a las cartas, sentados sobre cajones de fruta, y se también
cómo dos se las arreglan para engañar al tercero. "La gente puede
dejar su sueldo acá", dice Sam. Los
turistas que vienen desde Cairns suelen usar la aerosilla -el skyrail-
para llegar hasta Kuranda, y un tren que recuerda la intrepidez de los
colonos de fines del siglo XIX para volver. El viaje aéreo permite tener
una visión del bosque lluvioso que conforma el Parque Nacional Barron
Gorge y que alguna vez, hace 120 años, cubrió la superficie australiana.
El viaje tiene paradas opcionales que permiten ver más de cerca el Barron
River y la garganta profunda por la que se desliza, además de las distintas
estrategias a que apelan las plantas en su lucha por la luz, que suele
quedar trabada en las copas de los árboles más altos. El
bosque, de más está decirlo, es un tema carísimo a la gente de Kuranda.
Todos tienen algo para decir al respecto. Liza también vive en la zona
desde que nació, hace 75 años, y dice que cuando se construyó la aerosilla
hubo un lugareño que inició una protesta privada instalado en uno de
los árboles del bosque. La gente le llevaba comida y la policía le pedía
que bajara. La protesta empezó a volverse intensa cuando pasaron 200
días de permanencia arbórea. A los 257, exactamente, una artimaña de
dos policías disfrazados de periodistas dio resultado y el hombre tuvo
que descender. Kuranda
tiene muchas curiosidades: el Parque Nocturno, en el que se puede ver
cómo se alimentan varias especies locales bien entrada la noche; el
Santuario de Mariposas, que alberga dos mil clases distintas; un hombre
que hace helados artesanales sobre la base de sabores y productos únicamente
locales y los vende en un trailer callejero. El slogan de los folletos
turísticos dice que se necesita el día entero para conocer Kuranda,
pero tal vez no sea suficiente. El
tren histórico que puede tomarse para volver sigue el trazado de la
línea original, que empezó a construirse en 1886 para unir Cairns con
la zona de las Atherton Tablelands. El trayecto dura una hora y media.
Por momentos, el tren pasa entre desfiladeros de roca angostísimos,
que apenas le hacen lugar, en otros bordea precipicios pronunciados,
en algunos tramos el bosque se abre y se ven allá arriba las copas de
los árboles, a veces no se ve nada porque la máquina atraviesa túneles
estrechos y las personas que están sentadas frente a uno aparecen y
desaparecen como proyectadas en una pantalla de diapositivas. Alternativas
para disfrutar de un viaje Australia
ofrece una amplia variedad de actividades recreativas y deportivas por
tierra, aire y mar: Viajes
en globo: ideal para las primeras horas de la mañana cuando el sol comienza
a subir, pero también es espectacular al atardecer cuando el astro se
hunde lentamente hacia el Oeste y el cielo va cambiando de color. Se
realizan en todo el territorio y los precios de un viaje de una hora,
aproximadamente oscila en 93 dólares por persona, e incluye desayuno,
almuerzo o cena. Ciclismo:
animarse a salir a rodar por este extenso país es mucho más que un esfuerzo,
vale la pena y se convierte en un deleite. No hay como andar a lo largo
de las playas doradas con la compañía del ruido de las olas rompiendo
a cada pedaleo o deslizarse cuesta abajo rumbo a un tranquilo pueblo
de la campiña. Se pueden alquilar bicicletas en todos lados, pero el
valor depende del tipo de rodado y del período de alquiler. Buceo:
hay viajes de 3 a 7 días que parten, entre otros sitios, desde Cairns,
en cuyo transcurso los interesados pueden sumergirse desde la embarcación.
Los buzos habilitados pueden realizar hasta dos inmersiones diarias
desde los arrecifes. Muchos operadores también ofrecen la posibilidad
de tomar lecciones para lograr los niveles internacionales (PADI/NAUI).
Pesca:
para el pescador que permanece en la costa, la región septentrional
de Australia ofrece innumerables estuarios, playas y manglares que contienen
una variedad de peces voraces, tan sabrosos como combativos. El rey
es la barramunda, buscada tanto por el pescador deportivo como por el
amante de la buena mesa. Hay lugares especialmente habilitados para
esta práctica, y existen numerosas empresas de turismo que ofrecen excursiones
d e este tipo. Navegación
en balsa: si la intención es divertirse y precipitarse por los rápidos
o simplemente ir a la deriva por el río, la navegación en balsa es una
manera de apreciar los montes y las áreas agrestes de Australia. Se
puede practicar raffting en cualquier región, y las posibilidades varían
de una excursión de medio día a una expedición de dos semanas acampando.
Los precios difieren, pero parten de 35 dólares. Navegación
de vela: los mejores lugares donde navegar son los Whitsundays, en la
Gran Barrera del Coral. Se puede salir a bordo de un yate en Airlie
Beach y Shute Harbour, así como navegar durante días atravesando 74
islas y cientos de kilómetros de magníficas aguas, con lugares protegidos
para fondear. Las
posibilidades son alquilar un barco de vela y navegar por Sydney Harbour
o viajar por Pittwater y el río Hawkesbury, a aproximadamente a una
hora de distancia en el norte de Sydney. El costo de un yate de motor
de 8 a 11 metros, sin tripulación, completamente equipado y con alojamiento
para 5 a 8 personas, varía entre 124 a 248 dólares por día, aproximadamente,
según el lugar y la estación del año. Natación y surfing: Australia ofrece un sinnúmero de lugares para hacer surfing, desde los arrecifes coralinos de la costa septentrional de Queensland hasta las costas de las regiones meridionales. Las playas más populares cuentan con socorristas expertos en surfing, pero en todas hay banderas que indican las áreas que son más seguras para nadar. Recomendaciones Visa.
Moneda. Tasas. Clima. Husos horarios. Propinas. Visa Los
argentinos necesitan un permiso para ingresar en Australia. El visado
es gratuito, para estancias inferiores a los tres meses, y de 30 pesos
si son más prolongadas. El trámite se realiza de lunes a viernes, de
9 a 12, en Villanueva 1400; más datos por el 4777-6580/85. Moneda Tasas Clima Husos
horarios Hay
tres husos horarios en Australia: Eastern Standard Time (EST), para
las regiones de Nueva Gales del Sur, Australian Capital Territory, Victoria,
Tasmania y Queensland; Central Standard Time (CST); en Australia meridional
y el Territorio del Norte, y Western Standard Time (WST) en Australia
occidental. Propinas The
Outback, una vuelta por la sabana En
esta planicie entre montañas, frecuentemente comparada con la Patagonia
argentina, deambulan desde cocodrilos hasta canguros CAIRNS,
Queensland.- The Outback: ya el nombre atrae. Así llaman en Australia
al terreno limitado por las montañas del Great Dividing Range en el
Este y el Northern Territory en el Oeste. Es una gran extensión plana,
de vegetación escasa, que tal vez forme parte de las frecuentes comparaciones
entre Australia y la Patagonia. Al
salir de Cairns en dirección hacia el Outback ni siquiera puede sospecharse
ese paisaje: en la ciudad que mira las aguas de Trinity Bay la combinación
es bosque y océano. Primero hay un camino largo y sinuoso dentro del
bosque en el que el día soleado de la costa empieza a volverse helado
y uno comprueba la verdad de una de esas repeticiones de los guías y
los folletos: el sol se queda en las copas de los árboles más altos.
Al borde del camino hay un auto accidentado que parece a punto de desmoronarse.
El óxido y el comentario de un lugareño indican que, sin embargo, hace
años que está ahí, como un monumento al equilibrio. El
Parque Nacional Lake Barrine, a 65 kilómetros de Cairns, marca un punto
de inflexión. Después de una caminata por el bosque lluvioso, de las
orquídeas y los kauri trees, que tienen mil años de vida, el panorama
se abre y aparece el campo. Chacras, vacas, caballos y pueblos que viven
de la industria láctea. Malanda es uno de ellos: un lugar con algunas
casas de madera y techo de hierro corrugado, hombres cabizbajos y mujeres
rozagantes. La
carretera Kennedy por la que se avanza no recuerda al presidente norteamericano,
sino a uno de los primeros exploradores de la zona. Pronto empieza a
repetirse el nombre Millstream, que designa el Parque Nacional, las
cataratas que están dentro de ese parque y el río que corre junto a
la estancia Woodleigh Cattle Station. "Por
acá pasan siempre cocodrilos, yo los veo", dice Claire, descendiente
de la familia que ha tenido la propiedad de estas quince mil hectáreas
por años. Va al colegio en un colectivo que la pasa a buscar por la
tranquera y tarda una hora y media en llegar al pueblo, y después juega
toda la tarde con sus hermanos, que no son pocos. Desde hace veinte
años sus padres apelan a la industria turística para contrarrestar la
crisis que atraviesa la ganadería. Muchas otras estancias de la zona
han recurrido a la misma actividad, igual que en la Argentina. Se ven
las instalaciones originales, la colección de monturas, las lápidas
de los antepasados. Al
mediodía ofrecen un asado, con carne de su propio ganado. Claire sigue
contando historias de animales que tienden a incorporar lo fantástico.
Una japonesa salta entre las mesas de manteles a cuadros rojos y blancos
porque tiene terror a los gatos. Los felinos parecen intuirlo y disfrutarlo.
Un matrimonio de ingleses, que a pesar de sus treinta años de vida australiana
no ha perdido una pizca de acento británico, cuenta su envidiable vejez.
Hace 50 años que están casados y, con lo que ganan durante el año por
participar en publicidades de cine y televisión, viajan por el mundo.
El lleva su propio whisky: no toma cualquier cosa. Laberintos
de lava Cuando
los grandes volúmenes de lava despedidos por el volcán Undara, el segundo
en importancia de la región, llegaron al terreno de las Aetherton Tablelands
encontraron ahí una topografía ni demasiado plana ni demasiado escarpada,
ideal para la formación de tubos volcánicos en las depresiones que formaban
los lechos de los ríos. En esos casos, la capa superior de lava se solidificó
y dejó una formación tubular subterránea que con el transcurso de miles
de años se fue quebrando. En esas grietas creció vegetación de bosque
lluvioso y son justamente esas cuevas señaladas por el verde las que
se pueden visitar en Undara. La excursión se dirige sólo a aquellas
que son inofensivas; hay otras a las que sólo acceden los científicos
con tubos de oxígeno. Después
de la excursión, la experiencia en Undara continúa. Son las 5 de la
tarde, la hora en que todo el mundo se acerca al bar de esta suerte
de hostería que Undara ofrece en medio de la sabana. El señor inglés
que almorzaba en la estancia no: él toma su whisky sentado en la puerta
de su cuarto. Que no es un cuarto precisamente, porque en Undara los
huéspedes duermen en vagones de principios de siglo restaurados. De
noche uno baja la ventana y escucha los sonidos de los pájaros nocturnos.
Nadie necesita soñar que viaja en tren. Para
tomar el desayuno hay que caminar un buen trecho: se sirve en un claro
del bosque. Sobre una plancha de hierro caliente un hombre cocina panceta,
tomates, huevos. El olor es fuerte y se mezcla con el del bosque. Desde
uno de los árboles baja un kookaburrah, que pertenece a la familia del
martín pescador, y no elige nada de eso, opta por una culebra que le
ofrece una larga resistencia. En
Australia, este desayuno se llama bush breakfast y emula el que solían
comer los cowboys y los ganaderos que poblaban estas tierras el siglo
pasado. En otro sector hay un círculo de piedras y en medio brasas encendidas.
Encima, suspendidas por barras de hierro, tres latas en las que se prepara
la infusión típica del bush breakfast, el billy tea, nombre que deriva
justamente de la palabra que en Australia se utiliza para nombrar esas
latas, billy. La gente se sirve su ración y come en unos troncos también
ubicados en círculo. Algunos
metros más allá, un grupo de canguros hace su vida. Algunos pelean o
juegan con grandes aptitudes atléticas. Un canguro que ya ha crecido
demasiado trata en vano de volver a meterse en la bolsa de su madre,
que mira la nada, resignada, y mastica un arbusto. Los
pueblos del Oeste Ahora
la ruta sigue decididamente hacia el Oeste. En estas zonas de la sabana,
que no son muy habitadas, el camino asfaltado es muy angosto, tanto
que apenas cabe un auto que debe bajar a tierra cada vez que viene otro
en dirección contraria. Al costado se ven los nidos de las termitas,
anaranjados, ocres, de formas y tamaños distintos. Más allá, dos cuervos
devoran los restos de un canguro. Croydon
es uno de esos pueblos del Outback que uno quisiera no abandonar nunca.
A fines del siglo pasado fue meca de los buscadores de oro y llegó a
tener veintiséis hoteles. Hoy está casi invadido por el desierto circundante
y el hombre con sombrero de paja que riega las buganvillas no parece
haber conocido jamás ese tipo de ambiciones. La
estación de servicio es un cuadrado de tierra sobre el que surgieron
dos surtidores de color metálico como única vegetación. Hay que esperar
un rato antes de que algún hombre de paso cansino se acerque para atender
a los pasajeros. A pasos de ahí está el Almacén de Ramos Generales,
la gran atracción de Croydon. Techos altos, etiquetas de colores, frutas,
verduras, mapas ruteros, jeans y desodorantes: los precursores del supermercado
todavía subsisten. En
la estación de tren, un edificio que recuerda las primeras construcciones
de la sabana, hay un par de locomotoras de vapor originales. En la puerta
hay siete 4x4 relucientes, llenas de bolsos y calcomanías. Baja una
pareja y cuenta que están haciendo una travesía de veinticinco días
entre el desierto y el mar de coral, desde Alice Spring hasta el extremo
final de la península de Cape York. No dicen qué hacen en la estación
de tren. Desde
acá parte todos los días el Gulflander, tren histórico que en algún
momento transportó ganado, carga, oro y minerales. Desde hace 90 años
hace el trayecto desde Croydon hasta Normanton, otro de los pueblos
imperdibles del Outback. Gracias al oro de Croydon y a los descubrimientos
de cobre de Cloncurry, Normanton fue un pueblo que a fines del siglo
pasado tuvo su esplendor. Fue entonces, en 1891, que se terminó de construir
la línea ferroviaria que une las dos ciudades. A
la hora de la siesta Algunos
juegan al pool, otros en las máquinas. El turista se encuentra sentado
al lado de la camarera que esa mañana limpió su cuarto de hotel. Todos
toman cerveza, la mañana de trabajo ha sido ardua. El único que no habla
con nadie es un hombre robusto, de piel morena, sombrero negro y anteojos
también. Tiene un gesto adusto, con algo de burlón. Los anteojos negros
logran su cometido: nunca se sabe bien qué es lo que está mirando. Dos
adolescentes pelean sentados a la barra, a veces parece que los mira
a ellos. La camarera dice que son sus nietos, que el hombre es un cacique
de la tribu Peewee. El nieto mayor deja de pelear y cuenta que trabaja
en una estancia llamada Talawanta, donde doma caballos que luego se
venden al extranjero, principalmente a Singapur. Su madre dirige toda
la tarea. Después vuelve a pelear. Su argumento de defensa es que el
otro no entiende nada porque es menor. Finalmente,
el trayecto por el Outback toca el mar, en el golfo de Carpentaria,
llamado así en 1644 por el explorador Abel Tasman. El pueblo es Karumba,
el nombre de una de las tribus que poblaron la zona del golfo, hoy punto
de reunión de pescadores obsesionados por los barramandi. Karumba nació
con una gran perspectiva, la de ser el punto de arribo de los barcos
que llegaban desde Java, pero finalmente algo -la ruta final fue derivada
hacia la ciudad de Darwin- la llevó por el camino de declive que parece
el destino en estos pueblos del Outback. En ese esplendor perdido radica
su encanto. Fuente La Nación, abril 1999 |
| Copyright© 2000 - 2004 diseño.mpr™ ALL RIGHTS RESERVED TO MPEREYRAROBLES® - webmaster - |