Colores de Uluru

Baobab de Australia

Pinturas rupestres aborígenes

 

SYDNEY.- Esta ciudad lleva el nombre de un lord inglés que recordó estas australes tierras cuando las cárceles británicas estaban abarrotadas. Pero hoy son muy pocos los australianos que descienden de aquellos primeros reclusos. Tan sólo una generación después de la llegada de la First Fleet (primera flota) en 1778, esta tierra se convirtió en uno de los lugares predilectos de los inmigrantes.

Australia nació en Sydney y Sydney en George St., la calle más antigua de un barrio de igual data, The Rocks, donde comenzó la historia de este país.

La vieja Sailor's Home (Casa de los Marineros) es hoy el Sydney Visitor Centre, donde se encuentra toda la información necesaria para moverse por la ciudad en busca de sus principales atractivos, con el fin de descubrir los hábitos y costumbres de esta comunidad con marcadas raíces británicas.

Siguiendo la tradición de sus colonizadores, en Sydney no podían faltar los pubs, y The Rocks alberga varios de los más antiguos.

Lord Nelson abrió sus puertas en 1834 y desde entonces elabora su propia cerveza de barril. También funciona como hotel sostenido por acogedoras paredes de piedra (19 Kent St.).

Hero de Waterloo data de 1844, cuando acudían soldados de la guarnición cercana. Se dice que algunos capitanes de barco lo usaban para reclutar marineros: quienes bebían demasiado eran arrojados a las bodegas, por túneles que conducían hasta los muelles donde estaban las embarcaciones (81 Lower St.).

Además de conservar pubs y reunir gran cantidad de hoteles -tanto antiguas construcciones como modernos rascacielos, cuya amalgama dibuja el singular perfil de esta ciudad-, una vez por semana The Rocks se convierte en una tienda al aire libre. En el extremo norte de George (de Old Sydney Park Royal a Bradfield Distributor) se instalan puestos de artesanías, artículos de cuero y madera, especias, libros, artículos de vidrio y cerámica con diseños aborígenes.

No sólo en este barrio, sino en todo el llamado Central Business District (CBD), un área que abarca las principales zonas del centro de la ciudad, está la mayoría de los hoteles de Sydney.

A diario, mil personas vencen el miedo y el vértigo, suben a través de caminos tipo andamios, y por estrechos y empinados escalones para sentir la sensación de alcanzar la cima. Formar parte de ese millar no es poco.

No tanto como de los 1400 que en la década del 30 no se renovaban a diario, sino que, los mismos, todos los días avanzaban una y otra vez ajustando seis millones de remaches, levantando torres, vigas, tirantes, cables, llegando a usar 95.000 metros cúbicos de cemento y extendiendo vías ferroviarias hasta construir uno de los puentes más imponentes del mundo: el Sydney Harbour Bridge.

Se encuentra en las inmediaciones de The Rocks y Circular Quay. Este último es un paseo portuario que da a Sydney Cove, sitio al que arribaron los ingleses. Aquella vieja cabeza de playa hoy dispone de modernos muelles para el arribo de ferries y transbordadores y, además, es sede de seafoods, restaurantes y cafés.

A pocos pasos está otro de los símbolos de la ciudad. Es que la Casa de la Opera es a Sydney lo que Sydney a la Casa de la Opera. Un simple juego de palabras que sirve para señalar la fuerte identificación de la capital australiana con las sinuosas formas de su singular arquitectura. Todos la reconocen por ella.

Gracias a que un danés dio rienda suelta a su imaginación y se dejó llevar por el arte, a pesar de las fuertes controversias durante la construcción, miles de espectadores y turistas diariamente celebran la posibilidad de disfrutar de funciones de ópera, conciertos sinfónicos, espectáculos de ballet y obras de teatro.

Como no podía ser menos, la Casa de la Opera se levanta en una punta de los característicos acantilados de arenisca de esta capital, a orillas del puerto Jackson.

Es que Sydney se contornea según los caprichos del mar, aunque en las últimas décadas mucha tierra fue ganada y urbanizada.

La zona de Darling Harbour es uno de esos exponentes. Nació como un regalo por el bicentenario de la fundación del Estado de Nueva Gales del Sur. Se trata de un desarrollo urbano en lo que fue un centro industrial y de embarque internacional. En sus muelles están el Sydney Aquarium y el Museo Nacional Marítimo.

Parecería que mucho de lo que pasa en Sydney transcurre al vaivén de las aguas. El 70 por ciento de la población australiana se concentra en las ciudades costeras, sobre todo en el Este.

Probablemente, la mejor forma de llegar a Australia es entrar navegando en el puerto de Sydney, pero este medio es un poco caro ya que hay que subir a bordo de Cunard o Princess Cruises.

Pero navegar por el puerto no está reservado a una elite. Desde hace más de un siglo, viajar en ferries es la forma más placentera de desplazarse por los barrios costeros de Sydney y, en la actualidad, son muy populares. Además de los cruceros turísticos hay taxis acuáticos. La Public Transport Infoline, 131500, ofrece información sobre todos los medios de transporte de la ciudad.

Entre York St., Park St., Elizabeth St. y Martin Place está City Centre, el corazón financiero y comercial de Sydney. El Marble Bar, que en 1893 se encontraba en el hotel Tattersalls, fue desmantelado y vuelto a instalar en el Sydney Hilton, sobre Pitt St.

Durante el late day de los jueves ésta se convierte en una de las calles más bulliciosas, ya que junto con Kent, George y la peatonal Martin Place albergan gran cantidad de locales y centros comerciales. Dos de los más vistosos y elegantes son el Queen Victoria Building, un antiguo mercado de 1898, y la suntuosa Strand Arcade.

La que, en 1869, fue considerada una de las peores calles de Sydney, ahora presume de ser una de las más distinguidas. Macquarie St. está abierta a la brisa del puerto y al verdor de The Domain. Un paseo por su arbolada extensión permite contemplar la herencia arquitectónica de la ciudad: el pórtico de la Librería del Estado de Nueva Gales del Sur tiene columnas jónicas, el techo del Sydney Mint fue restaurado con tejas originales de madera de casuarina, Land Titles Office es de estilo clásico con detalles gótico y Tudor, y las escaleras de la entrada del Sydney Hospital fueron realizadas con piedras extraídas en la época colonial.

En la vereda de enfrente, Macquarie recuerda a la neoyorquina Quinta Avenida, con exclusivas tiendas y hoteles de categoría.

Macquarie es el nombre de la esposa del primer gobernador británico. Una mujer melancólica que acostumbraba mirar pasar los barcos y recordar su tierra sentada al borde del acantilado en el que remata el Royal Botanic Gardens. Hoy, la silla de la señora Macquarie, tallada en la roca por los convictos, es un punto panorámico muy visitado.

Un sobrevuelo en hidroavión desde Rose Bay es otra de las extravagantes posibilidades que ofrece Sydney para conocerla desde cualquier punto de vista.

Muy cerca, Transval Ave., en Double Bay, es el mejor sitio para envidiar la descansada vida que llevan algunos de los australianos con mayor poder adquisitivo. Al sol, con un long black coffee en la mano o, según la hora, una copa de uno de los famosos vinos espumantes, matan las horas plácidamente entre una gran cantidad de cafés y restaurantes, a pasos de sus lujosos Testarossa o Jaguar. Como para seguir a tono, muy próxima está Vanchese, la zona más cara y exclusiva de Sydney.

El barrio de Paddington conserva otro bar, tan añejo como la cerveza que sirven y que desde 1876 está en pie en la esquina de William y Underwood.

Pero el principal distintivo de Paddington son los balcones de hierro forjado de las casas victorianas, que se conservan en pie en estrechas y arboladas calles, otra de las delicias de esta ciudad realmente única. 

La Babel más civilizada

Los aussies, como los australianos se llaman a sí mismos, conviven en armonía a pesar de las 160 nacionalidades que con los años se fueron integrando. La mayoría es de origen anglosajón, cultura que domina la vida cotidiana, regida por un orden, puntualidad, limpieza y organización dignos de la envidia de cualquier sociedad. También es evidente la creciente influencia del cercano sudeste asiático. En los últimos años adquirió más importancia su verdadera raíz: la aborigen, nombre con que se denomina a la gran cantidad de tribus que desde al menos 40.000 años y hasta la llegada de los europeos en 1770 vivieron aislados en el continente más antiguo del mundo. Con sus más de 7 millones de kilómetros cuadrados, Australia es casi tres veces más grande que la Argentina, poco menos que los Estados Unidos, tiene la mitad de los habitantes de nuestro país (aproximadamente, 18 millones) y, en consecuencia, una baja densidad poblacional, 2,1 habitantes por kilómetro cuadrado. 

 

Lo que hay que saber

Visa: los argentinos necesitan visa para ingresar en Australia. El trámite se hace de lunes a jueves, de 8.30 a 11.30, en Villanueva 1400; 4777-6580/5. La visa de turista cuesta 38 dólares.

Cómo llegar: Quantas ofrece dos vuelos semanales directos a Sydney con escala en Auckland, Nueva Zelanda. El viaje dura 16 horas. El precio del pasaje ida y vuelta es de 1694 dólares, con impuestos.

Diferencia horaria: Australia tiene 13 horas más de diferencia horaria respecto de la Argentina.

Moneda: la moneda es el dólar australiano. Cada cien dólares americanos se obtienen 168,35 dólares australianos, pero los bancos retienen cinco en concepto de comisión. Se logra un mejor cambio en los bancos, que abren de lunes a jueves, de 9.30 a 16, y los viernes hasta las 17.

Dónde alojarse: una habitación doble con desayuno en un hotel cinco estrellas como el ANA Hotel (176 Cumberland St.), el Inter-Continental (117 Macquarie St.) o el Sheraton on the Park (161 Elizabeth St.) cuesta entre 119 y 149 dólares. El albergue de la juventud más grande y visitado del mundo está en Sydney, 422 Kent St., y cuesta desde 22 dólares por persona e incluye baños, lugares para acampar y shopping. Es imprescindible reservar, sobre todo, para las Olimpíadas.

Dónde comer: en Homebush Bay hay once lugares para comer entre bares, restaurantes, quioscos y comidas rápidas. Un desayuno en cualquiera de los hoteles de la cadena Accor cuesta entre 6 y 12 dólares. Una comida, por ejemplo, en el Homebush Bay Brewery vale de 2 a 10 dólares.

En Darling Harbour, Nick's seafood & restaurant, sobre King Street Wharf: una comida sin bebida, desde 21 dólares.

En The Rocks, Nelson's brasserie, 19 Kent St.: almuerzo o cena con bebida y café, 25 dólares.

En Watsons Bay, Doyle's seafood & restaurant ofrece un aceptable menú con comida y bebida por 29 dólares.

Frente al Hyde Park, Bambini Trust Café, 185 Elizabeth St., comida, bebida y café, 24 dólares.

Transporte: hay un servicio de ómnibus entre el aeropuerto y tres puntos de la ciudad: al centro, King Cross, Darling Harbour, por 4,20 dólares. También se ofrece un transfer entre las terminales doméstica e internacional, por 1,80 dólar. El Airport Express funciona todos los días, de 5 a 23, y sale cada 10 minutos, aproximadamente.

Otro servicio de ómnibus es el Sydney Explorer (de color rojo), sale desde Circular Quay cada 17 minutos y el circuito completo dura una hora y media. El ticket cuesta 8 dólares para los menores de 12 años y 17, para los adultos.

Un taxi del aeropuerto a la zona hotelera (The Rocks) cuesta entre 15 y 18 dólares. La bajada de bandera vale 1,50 dólar y 0,60 centavos por cada kilómetro.

El Sydney Pass es un pase que incluye viajes ilimitados en ómnibus, ferry y tren, desde 50,5. Más información por el teléfono local 131500.

Metro Light Rail une Wntworth Park y la Estación Central de Trenes del País; el pase diario cuesta 3,6 dólares y semanal, con viajes ilimitados, 9,50 dólares.

Monorail va de City Centre a Park Plaza y tiene siete estaciones. El pase diario cuesta 3,6 dólares.

Los ferries parten de Circular Quay, recorren el puerto Jackson con tres itinerarios: uno por la mañana que cuesta 8,30 dólares; tarde, 12,50, y noche, 10,70.

Viajes en helicóptero sobrevolando el puerto de Sydney, 20 minutos desde 59 dólares; (0061) 2-93173402; en hidroavión, 15 minutos desde 42 dólares; (0061) 2-93881978.

Más información: por más datos de las Olimpíadas: http://www.gamesinfo.com.au
http://www.sydney.olympic.org
Sydney Visitor Centre del Sydney International Airport, nivel arribos, abierto todos los días, desde las 6 hasta el último vuelo; Sydney Visitor Centre, 106 George St., The Rocks, abierto diariamente de 9 a 18, y Sydney Visitor Centre Palm Grove, Darling Harbour, todos los días, de 10 a 18.

Oficina de Turismo de Australia en Buenos Aires, preguntar por Inés Buzzetti por el 4749-3771 o por el mail [email protected] o consultar en la Web australia.com. 

 

Tiene un extenso collar de playas donde predomina el coral

Es la región de Queensland, en la pronunciada península que parece un dedo índice; allí se da una perfecta mixtura de culturas, climas y bellezas que culmina en uno de los diez mejores parques nacionales: la Gran Barrera de Coral

CAIRNS, Queensland.- Esta ciudad ostenta uno de esos orgullos de resonancias bíblicas en los que ser último aporta algún beneficio: como Ushuaia, como Barrow, Cairns se ha instalado felizmente en su condición de última. Después de ella no hay ninguna otra ciudad hacia el norte de la costa este australiana. "Sólo pueblos", dicen en Cairns.

Es muy temprano (madrugar en esta ciudad pierde todo su pesar). Frente a la ciudad hay una bahía, Trinity Bay, a la que llega el agua del Pacífico y frente a ella un gran parque con sendas por las que algunos caminan y bancos verdes en los que otros descansan. Esos asientos son un hallazgo como punto de observación. Pasa una señora ya pintada, trotando. Pasan dos señoras elegantes, una sola habla. Pasa un hombre fornido con perro ídem. Pasa un adolescente rasta en bici. Hay que usar anteojos negros para mirarlos porque el agua brilla mucho allá atrás, en el fondo. Pasa una pareja de rasgos orientales. En Australia hay una gran inmigración que proviene de Japón, Corea, Vietnam, las Filipinas e Indonesia.

En uno de los extremos de esa rambla está el Pier Market, una especie de shopping con bares satelitales llenos de mesas exteriores desde las que se puede ver el mar. En otro de los extremos continúa la ciudad, que para ese lado se va alejando del centro. En esos barrios es aún más fácil encontrar las Queenslander homes, las primeras casas que se construyeron en Cairns, construcciones que recuerdan que todo esto antes fue un gran pantano.

Son palafitos siempre pintados de colores tímidos, lavados. Uno los mira y sólo puede tener la impresión de que la vida cotidiana es una cuestión simple. Varias cosas atentan contra las Queenslander homes en estos tiempos: los pantanos ya no son razón que las justifique, y el talado de la selva tropical que proporcionaba la madera para construirlas ha pasado a la categoría de pecado capital. ¿Qué habrá que mirar ahora para seguir confiando en la simpleza de la vida cotidiana?

En estos días, las autoridades de Cairns están haciendo otra modificación sobre la naturaleza que de algún modo recuerda aquella fundacional, la del avance sobre los pantanos. Entre el paseo y las aguas de Trinity Bay no hay playa, como podría suponerse. Les llevará dos años, dicen, terminar de ganar terreno al mar y hacer de esa franja áspera actual una gran extensión de arena sobre la que se pueda hacer la más clásica vida de playa.

Por ahora, los que quieren hacerla van hacia las Southern Beaches o las Northern Beaches, aunque éstas últimas son mucho más solicitadas. La serie de playas del Norte empieza a unos 10 kilómetros de Cairns, pero hay que hacer el doble para encontrarse con las más privilegiadas, entre ellas Palm Cove y Trinity Beach.

Son todo lo que se espera de una playa: arena blanca, palmeras, mar turquesa, rambla con barcitos y restaurantes llenos de delicias. En todas hay hosterías de tinte familiar desde las que se ve el mar y también resorts de estilo americano en los que el confort no tiene pudores. Cuando cae la tarde, las playas están llenas de propuestas alternativas: cabalgatas, golf, bicicleta, reservas donde se puede apreciar la fauna local. Más allá aún está Port Douglas, un lugar que es visitado por Bill Clinton y por algunos millonarios árabes, y que a veces tiende a disputarle a Cairns su título de extremo septentrional.

De vuelta en Cairns

Ahora es el mediodía. En una de las avenidas que corren paralelas al mar hay un colegio que parece sacado de Enigma en las rocas colgantes, una de las mejores películas que dio el cine australiano: los mismos ruidos de colegio de mujeres; las voces encapsuladas en un tono que no se sabe si viene del exterior o de la propia memoria escolar, inconcebiblemente perenne; las profesoras de porte marcial que atraviesan la escena; alguna amenaza latente. En la película, las chicas eran de algún colegio del Estado de Victoria, en el sur de Australia, y desaparecían en medio de una historia que maneja como pocas el arte de lo no dicho.

Acá, las chicas están sentadas en ronda en el patio de adelante del colegio. Hay un pasto verde, igual que sus uniformes, y en la puerta de entrada un Cristo de mármol que les tiende sus manos. Están agrupadas en círculos de cuatro o cinco, todas con sombreros de paja para cubrirse del sol. Parecen de 15 y hablan sin parar: tienen todas esas cosas por decirse que con los años se van convirtiendo en sobrentendidos u obviedades. No parece que estuviera terminando el siglo XX, sino el XIX, como en la película.

"Cuando yo era chico venía siempre acá con mis amigos a jugar a las cartas; era el único lugar donde nadie me molestaba", dice el hombre y fija la mirada en las lápidas con un firme sentido de pertenencia. Es el cuidador del Ancestors Cemetery, donde están enterrados los anunciados en el título. Fundamentalmente, casi toda la generación que participó en la construcción del tren que a fines del siglo pasado unía Cairns con los territorios del Norte.

"Desde 1944 ya nadie puede ser enterrado acá" es otra de las frases sueltas que pronuncia mientras sigue desplazándose entre las tumbas, acomoda una verja, retoca algún detalle en las estatuas que abundan. Todo el resto es verde, los árboles, el césped, pero con el sol de las 5 se vuelve un tanto ocre. La lectura de las lápidas va contando una historia entrecortada, la de Cairns.

Vicios & virtudes

En la esquina de Abbot & Shields St., dos de las calles del centro, hay un museo donde también se puede incursionar en la identidad de Cairns; se llama Cairns Regional Gallery y se dedica especialmente a la producción de arte local. En este momento, la principal exposición es Escape Artists (Los artistas de la huida) y se refiere a las obras de los modernistas que hicieron del norte australiano una tierra mítica. Además hay documentales, un festival de danza filipina y una exposición de la artesanía indígena que se produce en las islas del estrecho de Torres, que separa Australia de la isla de Nueva Guinea.

A la salida del museo está Perrotta's, un restaurante curioso: como instalación consiste sólo en una cocina con un mostrador violeta del que van saliendo los platos. Todo el resto del restaurante, en cambio, es evanescente. Sillas y mesas que se arman sobre la vereda y que a la noche desaparecen. Las brochettes son una buena forma de empezar con alguno de los vinos australianos que allí se sirven por vaso y en una variedad apabullante. Suelen llevarlo a uno a esas indecisiones leves, que sólo pueden terminar bien.

Para comer a la noche, en cambio, nada en Cairns supera al Red Ochre Grill, en la esquina de Shield y Sheridan St., un lugar que se ha especializado en crear platos que combinan los sabores más típicos de la Australia profunda con métodos e ingredientes de la nueva cocina. El gusto delicioso de la carne de canguro, que los australianos están poniendo de moda en los últimos años, hace olvidar toda culpa; el de la carne de cocodrilo, todo espanto.

La misma gente que va a comer al Red Ochre Grill no es la que va a tomar un trago previo al bar del Crown Hotel: por eso nada mejor que hacer esa combinación. Las voces pausadas, las fórmulas de cortesía, el diseño colorido que resalta los colores y la inmensidad de la sabana australiana desaparecen acá, en el bar ubicado en la esquina de Grafton y Shields St.

El hotel, que funciona en un primer piso con gran balcón, es el último que queda en su estilo: todas las otras construcciones de estilo colonial han sido convertidas en casas familiares, y los hoteles de Cairns son ahora algo completamente distinto del Crown. El bar tiene una gran barra y mesas de madera donde sólo hay hombres que tienen todos los tics de haber terminado un día de trabajo. Pero nada se parece a una happy hour y nadie tiene trajes y teléfonos celulares, más bien musculosas y brazos tatuados.

Las únicas mujeres del lugar son de Nueva Guinea, y están acodadas en la barra. "Ella era maestra cuando vivía allá", dice el hombre que las acompaña, a la que una ha otorgado ese dudoso rótulo de casi hermano al que son tan afectas las mujeres. A la pregunta impertinente de la interlocutora extranjera contesta: "Y ahora es una borracha". Carcajadas.

La barra tiene una canaleta paralela y ahí todos tiran colillas, servilletas, cajas de cigarrillos. Más allá, cerca de la caja registradora que podría ser una pieza de museo histórico, hay un hombre solo que conversa. Aunque en principio parezca que no se dirige a nadie en particular, con el correr de los minutos se advierte que en realidad habla con el póster de Guinness que está del otro lado del mostrador. El póster es viejo, y consiste sólo en una lata negra sobre un témpano blanco. Tal vez el hombre que le habla también se sienta extrapolado.

En un momento todas las atenciones parciales y diversas se convierten en una sola y concentrada. "Es una tit girl", dice el hombre-casi-hermano. Título obvio que se aplica a una chica con torso absolutamente desnudo que reparte tickets para una de las tantas rifas que se hacen en el lugar cada día. El premio es una bandeja de carne congelada que el ganador se lleva a su casa. La chica tiene un brazalete plateado en el brazo y una simpatía distante. "Nadie se atrevería jamás a hacerle una propuesta, ni siquiera a intentar tocarla cuando pasa." Mientras se resuelve la rifa, reparte una bandeja con pollo frito gratis para todos los presentes. La mujer que antes era maestra agarra una porción doble con recelo y la guarda en su bolso. Otros esperan el resultado jugando su batalla contra unas máquinas de juego coloridas y ruidosas. Afuera, el ruido continúa: a esta hora las bandadas de loros hacen vuelos rasantes sobre los árboles de Sheridan Street.

Formas diversas que se diluyen en el océano; cardúmenes de colores brillantes; un mundo ajeno que se visita por poco tiempo y genera sensaciones perdurables; en tierra esperan la fauna autóctona y los pueblos de la selva

CAIRNS.- Esta ciudad es el punto crucial para partir en viaje hacia los corales: estos ganan en belleza a medida que se extienden hacia el Norte. Las formas de llegar hasta la Gran Barrera de Coral -Great Barrier Reef- son variadas. En este caso se trata de un barco inmenso, de esos que llevan gran cantidad de turistas, de tripulación y de ese conjunto de sorpresas que genéricamente se llama entretenimiento.

El barco zarpa, temprano, del puerto de Cairns. Hay trámites previos, una lucha encarnizada con visos de civilización por agarrar las mejores colchonetas para viajar en cubierta, y finalmente algo indica que el barco está por zarpar. Entonces, cuando uno se dispone a concientizar que está en pleno Pacífico, con rumbo hacia los corales tan codiciados, suena por los altoparlantes Sailing, I'm sailing. "¿Era Rod Stewart?", dice alguien. "¿Era necesario?", dice otro.

Siguen cosas que algunos pocos miran de lejos: chicos y chicas bonitos y bonitas toman el micrófono y los turistas ríen. Luego ya no, escuchan: los chicos y chicas enseñan algo; tal vez algún método de supervivencia en caso de accidente. Después sale alguien de una puerta que se abre a ras del suelo con un gorro de cocinero y un pollo de plástico en la mano. Los turistas vuelven a reír.

Luego todo termina y la navegación es inmejorable. El agua es turquesa, algunos leen, otros callan. Un par de niñitos japoneses hace lo imposible por destruir ese mito occidental que sostiene la existencia de un gran respeto por los mayores en la isla nipona: berrean por todo y maltratan a un par de padres muy flacos.

Dos horas más tarde se divisa la silueta de Michaelmas Cay, la isla donde se baja para practicar buceo entre los corales. A medida que uno se va acercando se siente una especie de intruso: el cayo está completamente copado por distintos tipos de pájaros que van ahí a comer, porque no en todas las islas de la región encuentran alimento. El estruendo que provocan tal vez exprese algún tipo de satisfacción. Un residente dice que a veces llega a haber hasta dieciséis mil juntos. Una turista confiesa que prefiere volverse porque ella vio Los pájaros, de Hitchcock, cuando era chica y no soporta ver más de cinco aves chillando juntas. Hay gaviotines y distintos tipos de golondrinas de mar, y todos logran generar una atmósfera inquietante frente a la nada que los rodea.

Zambullirse a ver los corales es algo que puede hacer olvidar toda pena, toda gloria, toda sesión de entretenimiento previa. Al principio se ven como formas bellas que uno trata de adaptar al mundo conocido -un alcaucil, una puntilla, una peluca al viento, una lechuga-. Cada una de esas formas constituye una colonia de corales, animales que se alimentan de las plantas microscópicas que se asientan sobre ellos. Luego aparecen los peces, que muchos habrán conocido antes en las casas de artesanías que venden productos de Bali: rayados, coloridos; un cardumen de un azul brillante, violento; un tipo de tiburón amistoso; una tortuga acuática inmensa. Entonces uno deja de buscar similitudes con lo conocido y como pocas otras veces disfruta de ser el único bicho raro en un mundo ajeno.

Los peces tienen relaciones muy distintas con los corales: algunos son aliados, se comen las algas que crecen encima de las colonias y amenazan su vida; otros son depredadores, se alimentan de ellos, aunque por lo general matan un solo coral por vez, nunca devoran toda una colonia. Las estrellas de mar figuran entre las especies más peligrosas para la vida coralina.

La navegación de vuelta tiene el encanto adicional de lo ya visto. Con suerte uno recupera la colchoneta tan preciada, pasa por el bar a buscar el cóctel que se prepara para la excursión de ese día, toma el trago y, con vista al océano, agradece a quien tenga que agradecer. Un rato más tarde, cuando esa calma se interrumpe para dar lugar al coro de turistas entusiastas que se forma alrededor de un cantante country y desafinado, tal vez alguien piense que el fondo del mar no es el único lugar donde uno puede sentirse un bicho raro.

Un pueblo en las alturas

Kuranda es un buen sitio para ingresar en la selva: un pueblo perdido en la cima, a 27 kilómetros de Cairns. Tiene 400 habitantes y una calle principal en la que se hace evidente que depende hoy del turismo.

"Antes, en los años setenta, era un punto de congregación hippie", dice Sam, que tiene 25 años y vive ahí desde que nació. Es dueño de un negocio de marcos para cuadros, pero a esta hora no trabaja. Son las 15 y sólo vuelve a abrir a eso de las 17. Está sentado en la barra del Kuranda Botton Pub, una reliquia lugareña que funciona en el hotel del mismo nombre, fundado en 1880. Sam saluda a todos, con comentario incluido.

Los turistas no entran en este bar, prefieren otro que el hotel tiene en el patio al que dan muchas de las habitaciones: un lugar más abierto, con menos humo y ruido. Acá, en cambio, todos fuman y comentan a los gritos lo que pasa en la pantalla que hipnotiza las miradas: corren caballos y los presentes hacen sus apuestas. Se nota que la conversación y la cerveza son secundarios: sólo se concentran verdaderamente en la carrera. La barra tiene forma de herradura y está llena de botellas y publicidades añejas. En el poster de Cerveza 4 X se ve a tres hombres jugando a las cartas, sentados sobre cajones de fruta, y se también cómo dos se las arreglan para engañar al tercero. "La gente puede dejar su sueldo acá", dice Sam.

Los turistas que vienen desde Cairns suelen usar la aerosilla -el skyrail- para llegar hasta Kuranda, y un tren que recuerda la intrepidez de los colonos de fines del siglo XIX para volver. El viaje aéreo permite tener una visión del bosque lluvioso que conforma el Parque Nacional Barron Gorge y que alguna vez, hace 120 años, cubrió la superficie australiana. El viaje tiene paradas opcionales que permiten ver más de cerca el Barron River y la garganta profunda por la que se desliza, además de las distintas estrategias a que apelan las plantas en su lucha por la luz, que suele quedar trabada en las copas de los árboles más altos.

El bosque, de más está decirlo, es un tema carísimo a la gente de Kuranda. Todos tienen algo para decir al respecto. Liza también vive en la zona desde que nació, hace 75 años, y dice que cuando se construyó la aerosilla hubo un lugareño que inició una protesta privada instalado en uno de los árboles del bosque. La gente le llevaba comida y la policía le pedía que bajara. La protesta empezó a volverse intensa cuando pasaron 200 días de permanencia arbórea. A los 257, exactamente, una artimaña de dos policías disfrazados de periodistas dio resultado y el hombre tuvo que descender.

Kuranda tiene muchas curiosidades: el Parque Nocturno, en el que se puede ver cómo se alimentan varias especies locales bien entrada la noche; el Santuario de Mariposas, que alberga dos mil clases distintas; un hombre que hace helados artesanales sobre la base de sabores y productos únicamente locales y los vende en un trailer callejero. El slogan de los folletos turísticos dice que se necesita el día entero para conocer Kuranda, pero tal vez no sea suficiente.

El tren histórico que puede tomarse para volver sigue el trazado de la línea original, que empezó a construirse en 1886 para unir Cairns con la zona de las Atherton Tablelands. El trayecto dura una hora y media. Por momentos, el tren pasa entre desfiladeros de roca angostísimos, que apenas le hacen lugar, en otros bordea precipicios pronunciados, en algunos tramos el bosque se abre y se ven allá arriba las copas de los árboles, a veces no se ve nada porque la máquina atraviesa túneles estrechos y las personas que están sentadas frente a uno aparecen y desaparecen como proyectadas en una pantalla de diapositivas.

Alternativas para disfrutar de un viaje

Australia ofrece una amplia variedad de actividades recreativas y deportivas por tierra, aire y mar:

 Viajes en globo: ideal para las primeras horas de la mañana cuando el sol comienza a subir, pero también es espectacular al atardecer cuando el astro se hunde lentamente hacia el Oeste y el cielo va cambiando de color. Se realizan en todo el territorio y los precios de un viaje de una hora, aproximadamente oscila en 93 dólares por persona, e incluye desayuno, almuerzo o cena.

Ciclismo: animarse a salir a rodar por este extenso país es mucho más que un esfuerzo, vale la pena y se convierte en un deleite. No hay como andar a lo largo de las playas doradas con la compañía del ruido de las olas rompiendo a cada pedaleo o deslizarse cuesta abajo rumbo a un tranquilo pueblo de la campiña. Se pueden alquilar bicicletas en todos lados, pero el valor depende del tipo de rodado y del período de alquiler.

Buceo: hay viajes de 3 a 7 días que parten, entre otros sitios, desde Cairns, en cuyo transcurso los interesados pueden sumergirse desde la embarcación. Los buzos habilitados pueden realizar hasta dos inmersiones diarias desde los arrecifes. Muchos operadores también ofrecen la posibilidad de tomar lecciones para lograr los niveles internacionales (PADI/NAUI).

Pesca: para el pescador que permanece en la costa, la región septentrional de Australia ofrece innumerables estuarios, playas y manglares que contienen una variedad de peces voraces, tan sabrosos como combativos. El rey es la barramunda, buscada tanto por el pescador deportivo como por el amante de la buena mesa. Hay lugares especialmente habilitados para esta práctica, y existen numerosas empresas de turismo que ofrecen excursiones d e este tipo.

Navegación en balsa: si la intención es divertirse y precipitarse por los rápidos o simplemente ir a la deriva por el río, la navegación en balsa es una manera de apreciar los montes y las áreas agrestes de Australia. Se puede practicar raffting en cualquier región, y las posibilidades varían de una excursión de medio día a una expedición de dos semanas acampando. Los precios difieren, pero parten de 35 dólares.

Navegación de vela: los mejores lugares donde navegar son los Whitsundays, en la Gran Barrera del Coral. Se puede salir a bordo de un yate en Airlie Beach y Shute Harbour, así como navegar durante días atravesando 74 islas y cientos de kilómetros de magníficas aguas, con lugares protegidos para fondear.

Las posibilidades son alquilar un barco de vela y navegar por Sydney Harbour o viajar por Pittwater y el río Hawkesbury, a aproximadamente a una hora de distancia en el norte de Sydney. El costo de un yate de motor de 8 a 11 metros, sin tripulación, completamente equipado y con alojamiento para 5 a 8 personas, varía entre 124 a 248 dólares por día, aproximadamente, según el lugar y la estación del año.

Natación y surfing: Australia ofrece un sinnúmero de lugares para hacer surfing, desde los arrecifes coralinos de la costa septentrional de Queensland hasta las costas de las regiones meridionales. Las playas más populares cuentan con socorristas expertos en surfing, pero en todas hay banderas que indican las áreas que son más seguras para nadar.

Recomendaciones

Visa. Moneda. Tasas. Clima. Husos horarios. Propinas.

Visa

Los argentinos necesitan un permiso para ingresar en Australia. El visado es gratuito, para estancias inferiores a los tres meses, y de 30 pesos si son más prolongadas. El trámite se realiza de lunes a viernes, de 9 a 12, en Villanueva 1400; más datos por el 4777-6580/85.

Moneda

La moneda australiana es el dólar australiano que equivale a 0,62 dólares americanos. En todos los aeropuertos internacionales de este país hay servicios de cambio para los vuelos de llegada y partida. Si no, los bancos están abiertos de lunes a viernes, 9.30 a 16.

Tasas

Además de la tasa aeroportuaria local de 23,50 pesos, los turistas que salgan de Australia deberán abonar 20 dólares, salvo los pasajeros en tránsito.

Clima

El clima es agradable con las variaciones propias de cada estación, que se repiten al mismo tiempo que en nuestra región. Esencialmente, hay dos zonas: al Norte, la marcada por el trópico de Capricornio, donde se concentra el 40 por ciento del país, y el resto que es el sector más templado. Mayo a agosto es una de las mejores épocas para viajar al Norte y a la Gran Barrera de Coral, aunque de septiembre a diciembre es la época principal. La temperatura del agua varía entre 25º, en invierno, y 29º, en verano.

Husos horarios

Hay tres husos horarios en Australia: Eastern Standard Time (EST), para las regiones de Nueva Gales del Sur, Australian Capital Territory, Victoria, Tasmania y Queensland; Central Standard Time (CST); en Australia meridional y el Territorio del Norte, y Western Standard Time (WST) en Australia occidental.

Propinas

No se suele dar propinas en Australia, y los hoteles y restaurantes no agregan su servicio a sus cuentas.

The Outback, una vuelta por la sabana

En esta planicie entre montañas, frecuentemente comparada con la Patagonia argentina, deambulan desde cocodrilos hasta canguros

CAIRNS, Queensland.- The Outback: ya el nombre atrae. Así llaman en Australia al terreno limitado por las montañas del Great Dividing Range en el Este y el Northern Territory en el Oeste. Es una gran extensión plana, de vegetación escasa, que tal vez forme parte de las frecuentes comparaciones entre Australia y la Patagonia.

Al salir de Cairns en dirección hacia el Outback ni siquiera puede sospecharse ese paisaje: en la ciudad que mira las aguas de Trinity Bay la combinación es bosque y océano. Primero hay un camino largo y sinuoso dentro del bosque en el que el día soleado de la costa empieza a volverse helado y uno comprueba la verdad de una de esas repeticiones de los guías y los folletos: el sol se queda en las copas de los árboles más altos. Al borde del camino hay un auto accidentado que parece a punto de desmoronarse. El óxido y el comentario de un lugareño indican que, sin embargo, hace años que está ahí, como un monumento al equilibrio.

El Parque Nacional Lake Barrine, a 65 kilómetros de Cairns, marca un punto de inflexión. Después de una caminata por el bosque lluvioso, de las orquídeas y los kauri trees, que tienen mil años de vida, el panorama se abre y aparece el campo. Chacras, vacas, caballos y pueblos que viven de la industria láctea. Malanda es uno de ellos: un lugar con algunas casas de madera y techo de hierro corrugado, hombres cabizbajos y mujeres rozagantes.

La carretera Kennedy por la que se avanza no recuerda al presidente norteamericano, sino a uno de los primeros exploradores de la zona. Pronto empieza a repetirse el nombre Millstream, que designa el Parque Nacional, las cataratas que están dentro de ese parque y el río que corre junto a la estancia Woodleigh Cattle Station.

"Por acá pasan siempre cocodrilos, yo los veo", dice Claire, descendiente de la familia que ha tenido la propiedad de estas quince mil hectáreas por años. Va al colegio en un colectivo que la pasa a buscar por la tranquera y tarda una hora y media en llegar al pueblo, y después juega toda la tarde con sus hermanos, que no son pocos. Desde hace veinte años sus padres apelan a la industria turística para contrarrestar la crisis que atraviesa la ganadería. Muchas otras estancias de la zona han recurrido a la misma actividad, igual que en la Argentina. Se ven las instalaciones originales, la colección de monturas, las lápidas de los antepasados.

Al mediodía ofrecen un asado, con carne de su propio ganado. Claire sigue contando historias de animales que tienden a incorporar lo fantástico. Una japonesa salta entre las mesas de manteles a cuadros rojos y blancos porque tiene terror a los gatos. Los felinos parecen intuirlo y disfrutarlo. Un matrimonio de ingleses, que a pesar de sus treinta años de vida australiana no ha perdido una pizca de acento británico, cuenta su envidiable vejez. Hace 50 años que están casados y, con lo que ganan durante el año por participar en publicidades de cine y televisión, viajan por el mundo. El lleva su propio whisky: no toma cualquier cosa.

Laberintos de lava

En el cruce de Kennedy Highway con la ruta que atraviesa toda la región del Outback hacia el Oeste está Undara, que en 1992 fue declarado Parque Nacional. Se trata de un terreno que ha sido modelado por la gran actividad volcánica que comenzó unos 200 mil años atrás, origen de las cavernas que hoy se pueden visitar en los días de estada en Undara.

Cuando los grandes volúmenes de lava despedidos por el volcán Undara, el segundo en importancia de la región, llegaron al terreno de las Aetherton Tablelands encontraron ahí una topografía ni demasiado plana ni demasiado escarpada, ideal para la formación de tubos volcánicos en las depresiones que formaban los lechos de los ríos. En esos casos, la capa superior de lava se solidificó y dejó una formación tubular subterránea que con el transcurso de miles de años se fue quebrando. En esas grietas creció vegetación de bosque lluvioso y son justamente esas cuevas señaladas por el verde las que se pueden visitar en Undara. La excursión se dirige sólo a aquellas que son inofensivas; hay otras a las que sólo acceden los científicos con tubos de oxígeno.

Después de la excursión, la experiencia en Undara continúa. Son las 5 de la tarde, la hora en que todo el mundo se acerca al bar de esta suerte de hostería que Undara ofrece en medio de la sabana. El señor inglés que almorzaba en la estancia no: él toma su whisky sentado en la puerta de su cuarto. Que no es un cuarto precisamente, porque en Undara los huéspedes duermen en vagones de principios de siglo restaurados. De noche uno baja la ventana y escucha los sonidos de los pájaros nocturnos. Nadie necesita soñar que viaja en tren.

Para tomar el desayuno hay que caminar un buen trecho: se sirve en un claro del bosque. Sobre una plancha de hierro caliente un hombre cocina panceta, tomates, huevos. El olor es fuerte y se mezcla con el del bosque. Desde uno de los árboles baja un kookaburrah, que pertenece a la familia del martín pescador, y no elige nada de eso, opta por una culebra que le ofrece una larga resistencia.

En Australia, este desayuno se llama bush breakfast y emula el que solían comer los cowboys y los ganaderos que poblaban estas tierras el siglo pasado. En otro sector hay un círculo de piedras y en medio brasas encendidas. Encima, suspendidas por barras de hierro, tres latas en las que se prepara la infusión típica del bush breakfast, el billy tea, nombre que deriva justamente de la palabra que en Australia se utiliza para nombrar esas latas, billy. La gente se sirve su ración y come en unos troncos también ubicados en círculo.

Algunos metros más allá, un grupo de canguros hace su vida. Algunos pelean o juegan con grandes aptitudes atléticas. Un canguro que ya ha crecido demasiado trata en vano de volver a meterse en la bolsa de su madre, que mira la nada, resignada, y mastica un arbusto.

Los pueblos del Oeste

Ahora la ruta sigue decididamente hacia el Oeste. En estas zonas de la sabana, que no son muy habitadas, el camino asfaltado es muy angosto, tanto que apenas cabe un auto que debe bajar a tierra cada vez que viene otro en dirección contraria. Al costado se ven los nidos de las termitas, anaranjados, ocres, de formas y tamaños distintos. Más allá, dos cuervos devoran los restos de un canguro.

Croydon es uno de esos pueblos del Outback que uno quisiera no abandonar nunca. A fines del siglo pasado fue meca de los buscadores de oro y llegó a tener veintiséis hoteles. Hoy está casi invadido por el desierto circundante y el hombre con sombrero de paja que riega las buganvillas no parece haber conocido jamás ese tipo de ambiciones.

La estación de servicio es un cuadrado de tierra sobre el que surgieron dos surtidores de color metálico como única vegetación. Hay que esperar un rato antes de que algún hombre de paso cansino se acerque para atender a los pasajeros. A pasos de ahí está el Almacén de Ramos Generales, la gran atracción de Croydon. Techos altos, etiquetas de colores, frutas, verduras, mapas ruteros, jeans y desodorantes: los precursores del supermercado todavía subsisten.

En la estación de tren, un edificio que recuerda las primeras construcciones de la sabana, hay un par de locomotoras de vapor originales. En la puerta hay siete 4x4 relucientes, llenas de bolsos y calcomanías. Baja una pareja y cuenta que están haciendo una travesía de veinticinco días entre el desierto y el mar de coral, desde Alice Spring hasta el extremo final de la península de Cape York. No dicen qué hacen en la estación de tren.

Desde acá parte todos los días el Gulflander, tren histórico que en algún momento transportó ganado, carga, oro y minerales. Desde hace 90 años hace el trayecto desde Croydon hasta Normanton, otro de los pueblos imperdibles del Outback. Gracias al oro de Croydon y a los descubrimientos de cobre de Cloncurry, Normanton fue un pueblo que a fines del siglo pasado tuvo su esplendor. Fue entonces, en 1891, que se terminó de construir la línea ferroviaria que une las dos ciudades.

A la hora de la siesta

El Central Hotel es punto de reunión obligada en las horas que siguen el mediodía, cuando nadie trabaja. En todos estos pueblos la vida social se resuelve a esa hora curiosa de la siesta, cuando todo indicaría que la gente debería retirarse a descansar. En cambio aquí se impone el bar, el lugar fundamental para entender toda una idiosincrasia.

Algunos juegan al pool, otros en las máquinas. El turista se encuentra sentado al lado de la camarera que esa mañana limpió su cuarto de hotel. Todos toman cerveza, la mañana de trabajo ha sido ardua. El único que no habla con nadie es un hombre robusto, de piel morena, sombrero negro y anteojos también. Tiene un gesto adusto, con algo de burlón. Los anteojos negros logran su cometido: nunca se sabe bien qué es lo que está mirando.

Dos adolescentes pelean sentados a la barra, a veces parece que los mira a ellos. La camarera dice que son sus nietos, que el hombre es un cacique de la tribu Peewee. El nieto mayor deja de pelear y cuenta que trabaja en una estancia llamada Talawanta, donde doma caballos que luego se venden al extranjero, principalmente a Singapur. Su madre dirige toda la tarea. Después vuelve a pelear. Su argumento de defensa es que el otro no entiende nada porque es menor.

Finalmente, el trayecto por el Outback toca el mar, en el golfo de Carpentaria, llamado así en 1644 por el explorador Abel Tasman. El pueblo es Karumba, el nombre de una de las tribus que poblaron la zona del golfo, hoy punto de reunión de pescadores obsesionados por los barramandi. Karumba nació con una gran perspectiva, la de ser el punto de arribo de los barcos que llegaban desde Java, pero finalmente algo -la ruta final fue derivada hacia la ciudad de Darwin- la llevó por el camino de declive que parece el destino en estos pueblos del Outback. En ese esplendor perdido radica su encanto.  

Fuente La Nación, abril 1999

 

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