| Nadie
se fija en la geografía de este principado. Todos acuden por horas y
van a los shoppings, esperando encontrar todo más barato que en cualquier
otro lugar de Europa Amurallada
entre altas montañas, resiste la desaparición de los de su raza. Podrán
ser retirados de los aeropuertos, pero Andorra es el último free shop
del mundo, un gran hipermercado de 25 kilómetros por 25, que creció
gracias al contrabando y que tiene algunos sectores con pistas de esquí
destinadas al esparcimiento de sus clientes. Desde
hace algunas décadas, Andorra viene labrando su fama de templo del consumo.
Gracias a la inexistencia de impuestos directos sobre los ingresos y
el consumo, como el IVA, este país ofrece mercaderías a precios más
bajos que los demás países de Europa occidental. En su capital, Andorra
la Vella, centenares de tiendas y de centros comerciales se disputan
el favor de los turistas que, sobre todo los fines de semana, llegan,
compran y se van. -¿Si
conozco algo de Andorra? No. La verdad es que venimos los sábados a
comprar cosas y nos volvemos -explica un barcelonés joven que sale de
una tienda de deportes junto con dos amigos. Andorra
es un país con un sistema de coprincipado parlamentario -está bajo la
doble soberanía del obispo de Urgel y del presidente de Francia-. Desde
1993, cuando el 74,2 por ciento de los ciudadanos apoyó la novedad,
posee su propia Constitución. Pero no tiene moneda propia, y lo que
se usa, básicamente, es la peseta y luego el franco francés. "No
ha existido la idea de crear una moneda propia, ya que esto supondría
gastos muy importantes", explica a la Revista Esteve Favrel Sánchez,
funcionario del Ministerio de Turismo. Un
país curioso, que carece de mendigos pues están prohibidos por ley y
cuya tasa de desocupación es cero. El que no tiene trabajo no verá renovado
su permiso de residencia y deberá marcharse a otro sitio. Ocurre
que Andorra está integrada, en muy buena parte, por extranjeros. De
los 65.800 habitantes del principado, el 33 por ciento son nativos,
el 42 por ciento españoles, el 11 por ciento portugueses y casi el 7
por ciento franceses. Thierry,
un francés de 32 años, llegó hace diez a este país pues no tenía trabajo
como técnico de calefacción, su especialidad. "No sé si me gusta
el país -declara-. Pero tengo trabajo. Además, los andorranos te hacen
sentir que no eres de aquí; son cerrados; es difícil sentirse andorrano,
pues la gente no te integra. Yo lo intenté, pero no he podido."
El
ritmo de trabajo en Andorra es vertiginoso. Una portuguesa, empleada
en un hipermercado, bromea con cara seria: "La esclavitud no se
acabó en Andorra". El propio Thierry, cuando se le consulta en
broma si en este país habrán de instaurar las 35 horas semanales de
trabajo, como en Francia, también opta por respondar en plan jocoso:
"Más que las 35, van a instaurar las 50 horas semanales".
Andorra
es la fiesta del consumo, para lo cual dispone de casi 5000 tiendas.
Quizá sea el país con mayor porcentaje de gente cargando bolsas por
metro cuadrado. Los sábados, la avenida principal de Andorra la Vella,
que concentra el 70 por ciento del comercio del país, es un trajín de
gente de todo tipo que compra, compra y compra. Desde España parten,
sobre todo los fines de semana, ómnibus cargados con gente que arriba
a la capital para comprar, exclusivamente. Juanjo Sannicolás, un español
que dirige Hiper Andorra, una enorme tienda con 12 sucursales en el
país, sostiene que un sábado de verano pueden llegar a la ciudad unos
700 ómnibus colmados de consumidores. De
hecho, de los 9.421.766 visitantes que tuvo Andorra durante el año último,
el 75 por ciento permaneció sólo durante el día, mientras que el 25
por ciento restante se quedó, al menos, una noche. Esos que llegaron
y se fueron arribaron, básicamente, para comprar. Es
tanto el vértigo que los empleados de las tiendas y de los hipermercados
suelen tener cara de profundo hastío; portan un cansancio que ya es
existencial, profundo. No atienden del todo mal, pues tampoco se pueden
dar ese lujo, ya que sus puestos no son muy firmes: no existe la indemnización
por despido. "Te
echan y listo, se acabó", dice el empleado de un negocio importante.
En
Andorra se trabaja mientras todo el mundo descansa y se divierte. Tienen
el ocio a contramano, si es que tienen ocio. Los días de descanso son
durante la semana, pero las discotecas y los pocos lugares de recreación
abren el fin de semana. Los jóvenes que no están dispuestos a resignar
sus horas de marcha de viernes y sábado llegan a sus puestos
de trabajo, sábados y domingos, en estado de franca destrucción. De
compras por Andorra Es
increíble, pero ninguno de los trabajadores andorranos vinculados con
el comercio se muestra medianamente feliz. Soportan, simplemente, porque
acá tienen trabajo. "Yo hace nueve años que estoy, y hace dos vino
mi marido a vivir conmigo -dice una española, cajera en una gran tienda-.
Pero no se acostumbra. No se adapta. Y lo entiendo, porque no es lindo
vivir acá. Además, no hay diversiones, salvo el esquí y Caldea."
Caldea es un centro de aguas termales cuya arquitectura futurista, su
talante de anomalía espejada, lo destacan entre todas las edificaciones
que hay en la capital. Es
un país tan extraño como el edificio de Caldea. Un país donde el idioma
oficial es el catalán, pero todos hablan español y, un poco menos, francés.
Un país en el que si a un conductor de auto se le hace el test de alcoholemia
y da positivo, la multa es todo el dinero que lleva encima. Un país
en el que, de diez personas con las que se habla, ninguna dice haber
nacido en Andorra. Un país en el que, al no haber fiscalización directa,
no se conoce con certeza el producto bruto interno. Aunque
el fuerte de Andorra es el comercio -el 90 por ciento de los ingresos
del Estado es por tasas de importación de mercaderías, incluido el combustible-,
se han empeñado en desarrollar cada vez más la industria del esquí.
Existen
seis estaciones dedicadas a este deporte, en las que hay 152 pistas
y 872 cañones que lanzan nieve artificial para reforzar lo que, eventualmente,
natura non da. Esta industria del esquí, en la que trabajan muchos argentinos
como monitores, también permite hacer doblete: es un clásico que los
turistas, después del placer del deporte, bajen a las ciudades y se
dediquen a comprar. La
industria del esquí en crecimiento ha permitido paliar una merma de
compradores que se viene verificando desde hace algunos años. Es que
antes había más diferencias en los precios de España y Francia respecto
de los de Andorra. En este sentido, las distancias se han achicado y,
encima, ya no es tan fácil contrabandear. El
contrabando ha sido -y lo es, en menor medida- un factor constitutivo
de Andorra. Los andorranos compraban mercaderías en todo el mundo a
precio de costo y las introducían en España y Francia, burlando controles
aduaneros. No pagaban ningún impuesto y todos ganaban, de uno u de otro
lado de la frontera. Pero desde hace unos dos años, debido al énfasis
puesto por los gobiernos de España y de Andorra, les leyes se han hecho
más estrictas y esta práctica, entonces, disminuyó. Oficialmente
se reconoce que el contrabando no ha desaparecido, pero se asegura que
se redujo a escalas mínimas. Se trata, claro, de una actividad ilegal,
pero que en Andorra se toma con total naturalidad. A principios de siglo,
las mercaderías predominantes en este campo eran el tabaco y el aguardiente;
en los últimos tiempos, al tabaco y al alcohol en sus diversas formas
se sumaron los alimentos y los productos de todo tipo. Una
persona vinculada con las grandes tiendas de Andorra la Vella dice,
claramente, que los capitales de todos estos negocios se hicieron no
vendiendo, sino con el contrabando. Por supuesto, los responsables de
las tiendas lo niegan. Sannicolás,
el director de Híper Andorra, declara: "El contrabando lo realizan
bandas organizadas de España y Francia. Nosotros somos comerciantes
y estamos en contra de esta actividad, pues afecta al turista. De todos
modos, el contrabando ha bajado muchísimo pues los controles son muy
estrictos, ya que nos daba mala imagen en Bruselas", la capital
de la Comunidad Económica Europea. Stress en la montaña El
frenesí comercial hace pasar a un segundo plano el hecho de que se trata
de un país bello, con paisajes montañosos dignos de observarse y con
una buena cantidad de construcciones románicas de hace unos 900 años.
Pero como sociedad, a pesar de la casi inexistencia de delitos y del
pleno empleo, no parece un ideal ni una bella utopía. La palabra stress
está en boca de todos, desde el dueño hasta el cajero, desde el director
hasta el repositor de góndolas. Incluso, los sueldos no son malos en
relación con España, pues el salario mínimo ronda las 110.000 pesetas
(unos 700 dólares). Pero el alquiler de un departamentito en Andorra
la Vella, donde no sobra el espacio, no baja nunca de las 45.000 pesetas.
Los habitantes de Andorra la Vella ni siquiera le encuentran algo de
poesía a la ubicación de la capital, que se desliza en un valle, angosta
y larga como un abultado ticket de supermercado. "El valle es tan
cerrado que nunca ves el horizonte. Nunca hay horizonte" , se amarga
un habitante de la ciudad. Todos se quejan de algo en este país sin
horizontes, pero nadie se va si puede quedarse. Algo
podemos hacer Fuente
La Nación, marzo 2000 |
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