| SEVILLA, España Mientras
se acondicionan los tablaos en los que el taconeo no dejará lustre alguno,
se despejan las cuevas del Sacromonte donde se hace sentir la fuerza
de la zambra; se dan las últimas puntadas a los volados de los típicos
vestidos a lunares y se preparan mantillas y peinetones, al tiempo que
no quedan atrás los preparativos para las grandes corridas, abril se
acerca y con él la fiesta grande de Sevilla. El
arte de torear es casi una necesidad en toda Andalucía. Tanto en la
capital de esta región como en Córdoba y Granada es una actividad popularísima
que atrae enfervorizadas multitudes. Con un fino (tipo de jerez) de
por medio, una tapa o pescaítos, las sinuosas calles de la Judería sevillana
o granadina se recorren con más facilidad. En estas semanas, también,
los bares se extienden a las veredas convirtiéndose en terrazas;la temperatura
también se eleva y comienza a sentirse entre las paredes cuajadas de
malvones, geranios y buganvillas que cuelgan de macetones. En los patios
andaluces, comunes en muchas plazas y viejas casonas, los naranjos en
flor sirven de sombrilla a locales y turistas. Andalucía
se viste de fiesta. Y, en Sevilla, la Semana Santa se festeja desde
el siglo XVI. De la tarde a la madrugada se repiten las procesiones
que lideran más de medio centenar de cofradías pertenecientes a distintos
barrios de la ciudad, entre las que se destaca la de la Macarena. Nunca
tan venerada y piropeada, la imagen de la Virgen se apresta para salir
de su basílica hasta una de las catedrales más grandes del mundo. El
pasado moro está presente Los Reales Alcázares de Sevilla, la mezquita de Córdoba y, sobre todo, la Alhambra de Granada son la muestra más grande del esplendor musulmán en la última tierra conquistada. Lujosos escenarios, dignos de Las mil y una noches, reciben a millones de turistas entusiasmados por pisar estas deslumbrantes huellas moriscas. ANDALUCIA Su
pasado moro se exhibe en espectaculares obras mudéjares que conviven
junto a la Judería, a pasos de una de las catedrales más grandes del
mundo SEVILLA,
España.- Una ciudad que acecha/ largos ritmos/ y los enrosca/ como
en laberintos./ Como tallos de parra/ encendidos./ ¡Sevilla para herir!...
-¿Quiere
que siga mi niña? ¿Quiere? Unas pela, por favor; no son para
mí, son para Federico, es que se aproxima su aniversario y quiero homenaearlo.
-¿Federico?
-Sí,
¿no se enteró?, nació hace un siglo y, de muy joven, me lo mataron en
Granada junto a un maestro, dos banderillero..." No hubo
quien no sonriera, su ocurrencia, su economía de letras... Ella
logró parte de su cometido al hacer detener a más de uno. Por sus dichos,
era obvio. No podía ser otro. Sólo el fervoroso rasgueo de las guitarras
flamencas que la seguían en su misma ruta por las pelas (pesetas)
podía distraerme y no prestarle la debida atención. El siglo del nacimiento
(que se cumplió el año último) de Federico García Lorca parece que estimuló
a muchos andaluces. Pero Teresa, una sevillana de ojos y pelo renegridos,
desde hace tiempo que vive de su pasión por el popular poeta español,
y repite estos y otros versos del Poema del Cante Jondo, a pesar
de que arranca no muchas más pesetas que sonrisas. Deambulaba
por lo de Doña Elvira, un patio andaluz hecho plaza, en la esquina de
Gloria y Vida, calles del corazón de la Judería, que como en Córdoba
y Granada se repite con sus sinuosidades, azulejos y macetones colmados
de malvones, geranios y buganvillas. -¿Le
gusta? Vio qué lindo. Las cerámicas cubren toda las paredes para dar
sensación de frescor; se abrieron los patios para respirar aire; las
calles son angosta, rodeadas de paredes altas para protegerse
del sol. Ahora, no es ná (nada), pero en verano la caló
mata; no hay más que ir para el río (por el Guadalquivir), menos mal
que nos abraza. Teresa
improvisa y se hace guía. Y, a decir verdad, no hay como un orgulloso
andaluz para hablar de su tierra. -Estos
naranjos son muy populares. Hay por todos lados. Pero no piense que
puede comerlas. Son muy amargas y una vez al año el Ayuntamiento las
recoge para que las monjas las hagan mermelada. Ya
me iba para las calles del Agua y Vida, al bar que tiene por nombre
el de estas dos para probar fritos variados, cuando Teresa insistió
en llevarnos a la Calle de Mateos Gago, donde antiguos baños árabes
se convirtieron en el bar La Giralda, el original, donde una gran variedad
de tapas sacia a cualquiera. Los
comentarios de Teresa, sus poemas y el cante que la secundaba con palmas
y un no menos incesante rasgueo quedan atrás al llegar a la Plaza del
Triunfo y entrar en los Reales Alcázares. Visita
palaciega El
mérito es de los mudéjares, musulmanes avenidos a la cultura cristiana,
que pacientemente labraron columnas, arcadas y paredes de yeso; cuidadosamente
aplicaron azulejos y, hábilmente, tallaron en madera cúpulas y techos.
Tras
el Patio del León y el de la Montería, sigue la Sala de los Almirantes
o Casa de la Contratación, donde se prepararon gran parte de los viajes
al Nuevo Mundo y hasta el de Magallanes alrededor del mundo. Enfrente,
el Palacio de Pedro I de Castilla, apodado el Cruel, se impone como
el más deslumbrante de los alcázares. El
Patio de las Muñecas, corredores y dormitorios adyacentes, con sus celosías
que hacían honor a sus residentes: mujeres que veían sin ser vistas,
y el no menos ostentoso Patio de las Doncellas, donde no es raro que
la leyenda popular insista en adjudicar a los Reyes Católicos la entrega
a los musulmanes de bellas jóvenes para promover las buenas relaciones,
son impactantes. Bajo la tallada bóveda de cedro del Salón de los Embajadores
pasaron califas, emires, príncipes, embajadores y artistas que intervinieron
en la vida cortesana. En la parte más antigua está el gótico y recoleto Palacio de Carlos V, con sus tapices y coloridos azulejos del siglo XV. Pero los jardines atraen hacia fuera, como un soplo de aire fresco, el mismo que corre entre magnolias, naranjos, limoneros y una innumerable lista de flores y plantas que se ordenan en jardines y terrazas, se enredan en pabellones, rodean acequias y coquetean alrededor de las infaltables fuentes de agua. Al salir, cruzando la Plaza del Triunfo, en dirección hacia la Plaza Virgen de los Reyes, donde los coches de caballo se alinean a la espera de pasajeros que quieran realizar un romántico paseo, se levanta la tercera catedral cristiana más grande del mundo, después de la Basílica de San Pedro en el Vaticano y la catedral de San Pablo en Londres. Símbolo
de grandeza La
Giralda no es más que el preámbulo de lo que puede la mano del hombre,
y una de las catedrales más grandes del mundo, la de Sevilla, es una
muestra de ambición y devoción incondicional. Bajo
una cascada de oro, paneles dorados tallados en relieve, Santa María
de la Sede, patrona de la catedral, descansa en el retablo mayor, resguardado
por una reja de hierro forjado, que corrobora el dicho de voy a escuchar
misa, porque nunca se llegaba a ver el altar. En
Sevilla, el que pierde algo le reza a San Antonio, luego de que su imagen
fuera cortada de la obra de Murillo y, tras arrepentimientos y restauraciones,
volviera al cuadro de origen: La Visión de Murillo, en el bautisterio.
Si de supersticiones y ritos se trata, los sevillanos son famosos e invitan a sus huéspedes y visitantes a imitarlos. De tanto andar y rodar la tumba de Cristóbal Colón volvió a terminar en esta ciudad (en la catedral). Al menos así lo aseguran los lugareños: "No para regresar como él, pero sí para volver a vivir en Sevilla hay que tocar los pies de alguno de los cuatro enormes heraldos que custodian su ataúd", dice el guía, al tiempo que sus oyentes se abalanzan sobre la estatua más cercana. La
pasión de los ritos de Sevilla La
afición a los toros y la veneración por la Macarena son las expresiones
que más adhesión generan en la población SEVILLA,
España.- "Le dejo el mantel y sus 12 cubiertos (servilletas) a
7000 pesetas... Bueno, para usté, a 5000..." Cuesta prestar
atención a la insistente oferta de José o de sus vecinos ambulantes
que exhiben mantillas y otros encajes. No es porque sus trabajos no
sean bonitos, sino porque los 50 pequeños patios con bancos de azulejos
que representan distintas regiones de la península y las cerámicas que
revisten los puentes que cruzan las acequias de la Plaza España llaman
la atención, más aún cuando el sol les cae de pleno y los hace lucir
mucho más. Todo
el parque de María Luisa tiene un atractivo especial: la romántica glorieta
de Bécquer, la Isleta de los Patos, la Fuente de los Leones o los edificios
convertidos en museos, ex pabellones de la exposición mundial de 1929.
Muy cerca de estos jardines, el edificio que les dio origen, el barroco
Palacio de San Telmo. Más
allá de la plaza Don Juan de Austria, la calle San Fernando, en el sur
de la ciudad, marca una época que trascendió en obras famosísimas. La
fama de atrevidas de algunas de las 3000 cigarreras que liaban tabaco
con sus piernas llegó a oídos de Próspero Mérimée y creó la conocida
heroína gitana Carmen, que pasó del amor de un militar a un torero,
pero murió a manos de su pretendiente despechado y se convirtió en símbolo
de la amante española. Hoy, las costumbres de los habitantes de la Real
Fábrica de Tabacos de Sevilla son otras, o al menos eso se cree desde
que comenzaron a circular los estudiantes de la universidad local que
allí funciona. No
todas las construcciones mudéjares son museos en los que sólo se puede
estar de visita. Una de ellas, el hotel Alfonso XIII, el más lujoso
de Sevilla, al sudeste de la Puerta de Jerez, ofrece habitaciones y
salones decorados con azulejos, ladrillo ornamental y hierro forjado
para quien quiera, o más bien pueda, darse el gusto de vivir como un
rey. El
rito de torear Una
costumbre que tiene sus orígenes en la de nobles que lanceaban toros
a caballo y que, a pesar de muchos detractores, arranca apasionados
aplausos que hacen vibrar a Sevilla. La
puerta principal, sobre la calle Paseo Colón; la del Príncipe, por donde
salen a hombros los triunfadores de las mejores tardes; la enfermería;
la capilla de la Macarena; las caballerizas, y un museo con colecciones
de trajes, retratos y carteles que puede ser recorrido por visitantes
todo el año. Los que quieran asistir al espectáculo de toros pueden
sacar las entradas en la ventanilla de la plaza, siempre que no hayan
ganado de mano los revendedores y, justamente, debido a que es habitual
se recomienda adquirirlas con anticipación. Siguiendo
una de las calles linderas a la Maestranza, Antonia Díaz, hasta el final,
en su cruce con Arfe, está El Buzo, uno de los bares de tapas más tradicionales,
especializado en guisos, mariscos y frituras. Las
mejores ofertas para ver y comprar artesanías de la comunidad sevillana
están el barrio El Arenal, en el Mercado El Postigo, todos los domingos,
sobre la calle Arfe casi esquina 25 de Mayo. La
guapa más venerada En
este barrio, el mercadito de la calle de la Feria de los jueves y El
Rinconcillo, el bar más antiguo de Sevilla, fundado en 1670 sobre la
calle Gerona, son dos hitos en los que merece estar más que un rato.
La
costumbre de avistar tierra parece usual en el barrio de Triana, que
lleva el nombre de uno de los más famosos voceros de la historia americana.
En
la otra orilla del río Guadalquivir, antaño, los pagos de don Rodrigo
de Triana fueron un reducto gitano, cuna de buenos toreros, navegantes
y flamencos. Hoy sigue siendo el feudo de las clases trabajadoras y en sus calles cubiertas de macetas multicolor -como Pelay y Correa o en la plaza del Altozano, donde está la famosa freiduría Kiosko de las Flores- se rinde culto a las artesanías en cerámicas. Sobre todo, en la calle Antillano Campos, que conserva la tienda de azulejos más famosa de Triana. Córdoba
posee los misterios del mundo islámico En
el corazón de la ciudad, su famosa mezquita alberga una catedral en
su interior y representa un ecumenismo religioso y cultural único CORDOBA,
España.- No hay como extraviarse en ese bosque de columnas, dejándose
guiar por las penumbras y los rayos que se filtran a través de tímidas
lucernas. No sólo porque es una mezquita -lugar donde postrarse- con
la única aljama -sitio de reunión o asamblea- conservada en España
tras una larga dominación musulmana, y porque es la más grande del mundo.
No sólo porque en su interior la constante son las sombras y los reflejos
de algunas lámparas de aceite aún en vigilia. Tal
vez porque en este escenario, más que los visitantes y su visión, es
la imaginación la que se pierde y escapa: en el momento en que emires
y califas ordenaron construirla para luego ampliar insistentemente su
extensión o poder en medio de intrigas de leyenda; al tiempo en que
un ejército de laboriosos artesanos la tallaron a cambio de su vida;
o en la época de los cinco llamados diarios en que los musulmanes eran
convocados a orar. De
todos modos, estando allí es la vista la que se pierde, no hay como
observar tanto esplendor: la fastuosa arquitectura islámica de esta
mezquita y, como si fuera poco, dentro de ella una catedral con elementos
góticos, platerescos y barrocos. Sea cual fuere el motivo que insta
a perderse en ella, la diferencia es sutil. Tanto como el resultado
del intento mestizo por convertirla y conservarla a la vez. Con todo,
la experiencia es incomparable y se debe, sin duda, al embrujo de su
extraordinaria combinación cultural. Desde
que la metáfora sobre una vegetación de mármol que hubiese brotado
espontáneamente del suelo comenzó a trascender (Téophile Gautier,
1811-1872), parece inevitable pensar en un bosque techado al aludir
al interior de la mezquita de Córdoba. Más de 850 columnas sustentan
el techo creando un efecto visual impactante. Mezquita
y catedral Aunque
por entonces Córdoba tenía más de mil mezquitas y más de ochocientas
casas de baños, en un sistema de urbanización tan avanzado que ofrecía
calles iluminadas, el templo islámico más grande es el que perduró.
Fue levantado sobre una antigua basílica visigoda, encima de un pequeño
promontorio a pasos del río Guadalquivir. Se compone de tres partes:
la torre o alminar, el patio para las purificaciones y la sala de oración.
De
su kibla o muro de orientación a La Meca (ciudad de peregrinación
en la costa del Mar Rojo, donde en el 569 de la era cristiana nació
Mahoma) mucho se ha dicho al cuestionar su exactitud. Pero, más allá
de la religión abrazada o de los conocimientos alcanzados, nadie puede
dar por tierra la belleza del mihrab. Un nicho decorado con mosaicos
bizantinos, mediante la minuciosa técnica de vidrios ensamblados en
púrpura, amarillo, verde claro, azul, blanco y negro sobre fondo de
oro, y con zócalos de mármol cincelado, en los que se guardaba una copia
dorada del Corán. No en vano los peregrinos daban siete vueltas de rodillas
a su alrededor, y terminaron por desgastar las baldosas que se mantienen
a sus pies. No
sé si son las cúpulas y arcadas del recinto de la macsura, el
espacio existente entre el mihrab y los fieles, generalmente
reservado a la oración del califa y sus dignatarios; o los destellos
de sus mosaicos producidos por el mecer de tres grandes lámparas de
plata; o la tentación de recordar que el suelo antes era de ladrillo
de barro cocido y se cubría con alfombras y almohadones de cuero donde
se sentaban los profesores a disertar. Unos u otros sirven de excusa;
más bien todos los rincones de esta mezquita terminan por delatar que
allí siempre hubo un pueblo rezando. Aun
cuando la dominación cristiana subyugó su interior, la obsesión por
disponer de un lugar especial para la oración no acabó. Tras la reconquista
cristiana de Córdoba, fue necesario adaptarla para el nuevo culto imperante.
A través de los años se construyeron una capilla mayor con un gran retablo,
un presbiterio, un coro, una sillería y la capilla de Santa Teresa,
entre otros. La lámpara votiva del altar mayor o un bello crucifijo
de marfil no alcanzan para opacar la pieza de orfebrería más importante
que alberga, una Gran Custodia elaborada en plata dorada que pesa más
de 122 kilos. El
mestizaje que supone una mezquita con una catedral en su centro también
se prolonga en sus inmediaciones. La Judería (barrio judío) es una muestra.
Una panorámica de éste y de toda la ciudad se obtiene desde la torre
alminar, convertida en un campanario de 93 metros, al que se accede
por una empinada escalera. Tal fusión incluso se ve en su cima, donde
se ubica la imagen en tamaño natural del patrono de la ciudad, San Rafael.
La
Judería En
otros rincones de las angostas y adoquinadas calles de la Judería hay
talleres más modernos que hasta cuentan con la versión opuesta de las
máquinas tragamonedas, aquellas que las escupen: por cinco pesetas,
dan un medallón de plata con la imagen de la mezquita. El estrecho Callejón de las Flores, colmado de geranios que cuelgan de macetas y balcones; las inscripciones en hebreo que cubren los muros internos de la única sinagoga que se conserva en Andalucía, en la Calle de los Judíos; la reproducción de la tumba del gran torero Manolete y la cabeza del toro que acabó con su vida en el Museo Taurino, en la Calle Cardenal Salazar; las serenas fuentes y acequias del Alcázar de los Reyes Cristianos, en las calles Amador de los Ríos y Santa Teresa de Jornet; el monumento a su hijo dilecto, el filósofo Maimónides, en la plaza homónima, son algunos de sus hitos que también merecen ser vistos. El patio andaluz Si
hay ciudades donde apreciar El patio andaluz, tal como lo pintó
el artista García Rodríguez, o ver su original musa inspiradora, ésa
es Córdoba. Al
menos, es una de las más representativas. La vida familiar y social
andaluza aún se desarrolla en los patios, alrededor de los cuales se
suceden salas y dormitorios. No sólo están en la Judería, también se
los encuentra en los barrios de San Lorenzo y San Basilio. Los
blancos paredones que los rodean contrastan con los coloridos geranios
y claveles que crecen y desbordan de las macetas. Algunos de sus faroles
fueron adaptados a la luz eléctrica, pero casi todos siguen iluminando
el altarcito o capillita de azulejos, en las que generalmente se revela
una imagen religiosa. En
los patios andaluces, los azulejos árabes se pegan a paredes y canteros
como una atractiva necesidad. No faltan las cancelas, encajes de hierro
forjado que permiten airearlo y preservar su intimidad y, en el centro,
la tradicional fuente. La dedicación hacia los patios es tal que cada
año se repite el rito de redecorarlos para competir con el vecino. Mayo
es una fiesta continua en Córdoba; la llamada Cruces de Mayo es una
fiesta popular que se celebra durante los primeros tres días de ese
mes, cuando cada barrio compite por la composición de cruces de flores
que se instalan en las esquinas y plazas. A continuación, del 5 al 15 de mayo, se organiza el Festival de los Patios que, una vez engalanados, cada familia los abre a los visitantes. La Feria de Córdoba se realiza la última semana del mes. Tan popular como la de Sevilla, pero más accesible, con desfiles abiertos al público. Los
naranjos Uno de sus principales difusores fue el pintor cordobés Julio Romero de Torres. Naranjas y limones y Mira qué bonita era son dos de sus obras que dan cuenta de los frutos, las mujeres y la vida cordobesa. Gran parte de su pinacoteca puede verse el museo que lleva su nombre Recomendaciones Orientaciones.
Dónde comer. Orientaciones Muchos
turistas van a Córdoba de paso a Sevilla, pero quienes quieran quedarse
y conocerla a fondo en varios días tienen donde hospedarse. Para la
temporada alta, especialmente en mayo, se recomienda reservar con an
ticipación. En
la ciudad hay aproximadamente 15 hoteles de cuatro a dos estrellas,
cuyas habitaciones dobles con desayuno e impuestos tienen un precio
por noche que varía entre 52 y 131 dólares. También hay cinco sencillas
pensiones con servicio de dos estrellas (de menos de 52 dólares) y hasta
un camping; se reserva por el (0034) 957-261408. Por
ejemplo, algunos de los hoteles para optar pueden ser: Hotel
Conquistador: Magistral González Francés 15; (0034) 957-481102; ofrece
servicios categoría cuatro estrellas; el precio de una habitación en
base doble con desayuno por persona cuesta 61 dólares. Hotel
Sol Inn Gallos: avenida de Medina Azahara 7; (0034) 957-235500; también
brinda servicios de la categoría cuatro estrellas; el precio de una
habitación en base doble con desayuno por persona cuesta 45 dólares.
Dónde comer La
cocina cordobesa recogió tradiciones de las diferentes culturas que
se asentaron en la ciudad; muchas recetas se rescataron de viejos manuscritos
árabes y hebreos. Entre los platos más populares figuran el salmorejo,
las alcachofas a la montillana, el rabo de toro y los flamenquines.
De la repostería, se destaca el pastel cordobés y los suspiros de Almanzor.
Almudaina:
Jardines de los Santos Mártires 1; abierto todos los días, de 13 a 17;
sólo en julio y agosto abre por la noche, menos los domingos. Es una
mansión del siglo XVI con siete comedores, entre los que sobresale un
viejo patio de ladrillos a la vista. En la carta se incluyen platos
de venado y jabalí de la zona de Sierra Morena. Hay menú con precio
fijo, pero se puede comer por entre 19 y 29 dólares. Taberna Pepe de la Judería: calle Romero 1; abierto del mediodía a las 16.30 y desde las 19.30. Este restaurante ocupa el lugar de una taberna abierta por el auténtico Pepe, en 1930, y sus comedores están cubiertos de fotos de toreros y famosos personajes que pasaron por sus mesas. Entre sus especialidades, están el gazpacho y los flamenquines. Los precios para comer están entre 19 y 29 dólares. El
embrujo de la Alhambra Como
en los cuentos y las leyendas de Las mil y una noches, este monumental
palacio musulmán sigue atrayendo a millones de visitantes GRANADA, España Recordaba
que: Sea próxima o lejana/ española o sarracena/ no hay una ciudad
tan sólo/ que a disputarse se atreva/ con Granada, la bonita/ el premio
de la belleza,/ ni ninguna que despliegue/ con más gracia y más risueña
más orientales destellos/ bajo esfera más serena. Y advertí que
no hay por qué contradecir a Victor Hugo. Al
hablar de Andalucía no es que haya obligación de mencionar a algún escritor
o poeta, pero es que esta región está tan poblada de letras, leyendas
y poesías que resulta imposible no recordar algunas de sus impresiones.
¿Cuál sería el embrujo de la Alhambra para ser tan citada y convertida
en escenarios de ensueño? ¿Qué hay en Granada que atrae a más de dos
millones de visitantes por año; y en la que muchos quisieron vivir y
hasta murieron en ella?, me preguntaba siguiendo los pasos de Washington
Irving. Sigue
estrecha y tortuosa la Cuesta de Gomérez -en el camino viejo del cementerio
del barrio Generalife- tal como lo anticipó Irving en sus Cuentos
de la Alhambra, pero no había andrajosos soldados veteranos dormitando
en un banco de piedra que hicieran pensar en los sucesores de los llamados
abencerrajes (caballeros) de la leyenda, al llegar a la Puerta de las
Granadas. Ya no hay tantos frutos de granados como antaño -que originaron
el nombre de esta ciudad-, pero sigue en pie esa maciza entrada de estilo
griego mandada a construir por Carlos V que da paso al recinto de la
Alhambra. Acercarse
a Granada y a la Alhambra a través de Irving es un buen comienzo, al
menos, para conocer la idiosincrasia de los moros, aun en su etapa de
decadencia. Aunque nada está tal como sus relatos, ni mucho menos como
relucía en su época, no se lee en vano. Un
palacio incomparable Como
en todos los palacios islámicos que se visitan en Andalucía, las pupilas
parecen dilatarse para poder observar mejor, pero como un rayo que enceguece
los patios y salones nazaríes ejercen una alquimia indescriptible. La
luz se filtra entre los arcos puntillados de profusas columnas y se
refleja en paredes no menos labradas. "Imaginen
la sensación de los deslumbrados viajeros que, tras un andar cansino,
eran invitados a pasar a estos palacios con columnas de nácar y arcos
colmados de jazmines, pisando alfombras y sentándose en almohadones
para negociar en medio de cortinas de seda que tapizaban las paredes
con zócalos azulejados, oyendo las risas de las escurridizas mujeres
del harén del sultán, que los miraban a través de celosías; al tiempo
en que eran acompañados por el permanente ruido del agua que corría
entre acequias, paralelos a exuberantes jardines, para terminar saltando
y hacer cantar a las fuentes como una vital obsesión..." Miguel
Laraño no es la tía Antonia de Irving, que mantenía en orden los salones
y jardines árabes y se encargaba de mostrarlos a los forasteros, pero
es uno de los guías de la Alhambra que mejor describe el ambiente para
el que fue concebido: "El lujurioso y misterioso de Las mil
y una noches", asegura. Más
allá del portentoso y renancentista Palacio de Carlos V, donde funciona
el Museo de la Alhambra y el Museo de Bellas Artes, y del reducto militar
de la Alcazaba, está la residencia real nazarí -último reino islámico
de España-, en el corazón de la Alhambra. Todo
atrae, pero algunos rincones saltan a la vista: la Torre de los Comares
-nombre derivado de las comarias, que es como aún se conocen
en Oriente las vidrieras de colores- reflejada en el estanque del Patio
de la Alberca, o de los Arrayanes por los mirtos que lo rodean; la artística
yesería tallada según arabescas filigranas; el lujoso decorado con cerámica
del Patio del Mexuar o del Salón de los Embajadores, junto con la espectacular
perspectiva que ofrece el famoso Patio de los Leones, sostenido por
124 columnas que abrazan la fuente y sus doce felinos, son algunas de
sus más conocidas postales. Entre
otras: la cúpula de la Sala de las Dos Hermanas formada por más de 10.000
pequeñas piezas y el espectacular Mirador de Lindajara, junto con las
únicas pinturas sobre cuero con representaciones humanas de la Sala
de los Reyes, suman belleza a la no menos legendaria Sala de los Abencerrajes,
en honor a sus fatídicos habitantes. Además, las penumbras de los baños árabes, el intimista recorrido de las dependencias del sultán y el especial espacio destinado a las habitaciones del harén echan a rodar la imaginación que recuerda las diversas leyendas de odaliscas y velos que le dieron vida. El
frondoso Generalife Entre
reformas y aportes, un teatro al aire libre, de hace 40 años, sirve
de escenario para representaciones teatrales, festivales de zambra y
recitales durante la primavera y el verano. La mejor manera de recorrer la Alhambra es a pie, deambulando entre sus patios y jardines una y otra vez para no perderse detalle. No en vano Boabdil, último rey moro, lloró al dejarla y ceder ante las fuerzas castellanas que impusieron la cruz sobre la medialuna. Fortaleza
roja Hitos granadinos Subir
la colina del Albayzín -el barrio donde las cármenes o casas de origen
árabe se ocultan tras altos muros, pero que exhiben sus nombres en vistosos
azulejos y se agolpan empinadas y sinuosas calles- no es difícil ni
peligroso. No
acechan los gitanos ni míticos bandoleros. No faltará guía que los advierta.
Pero tampoco hay quien pise Granada y no ascienda por la cuesta Alhacaba,
paralela a las murallas (la zona más antigua conservada) que señalan
como flecha al Albayzín. Romanos, visigodos judíos y árabes hicieron
de este laberinto su morada. Desde
el Albayzín se asciende a la legendaria colina del Sacromonte que esconde
las cuevas gitanas, ya no muy habitadas. Sin la frecuencia original,
aún vibra la zambra y el cante; los espectáculos se abren al público
d urante el verano. Jóvenes
musulmanas con la cabeza cubierta con su jiyab suelen sentarse
absortas sobre el Mirador de San Nicolás, pero el bullicio de los turistas
las ahuyenta. Es que la panorámica que desde allí se obtiene de la Alhambra,
enmarcada en la Sierra Nevada, resulta imperdibl e. Hacia
abajo, la ciudad morisca pierde su vigor, pero a través de la calle
Oficios se accede a lo que fue la Granada nazarí. La Alcaicería es un
antiguo recinto, una calle que conserva sin mayores modificaciones el
trazado que tuvo en la época musulmana y mantiene la costumbre de albergar
una seguidilla de tiendas de artesanías y recuerdos. Al otro lado de
la Alcaicería discurre Zacatín, una veterana calle peatonal de comercios
que desemboca en el remanso de árboles y puestos de flores de la plaza
Bibrambla, que nació como explanada ante una de las puertas de la muralla
más populares porque concentraba celebraciones y repetía fiestas. A
pasos está la gótica catedral de Granada, un encargo de los Reyes Católicos
que también pidieron la Capilla Real. Una magnífica reja rodea los mausoleos
reales y el altar mayor. El retablo con relieves de la toma de Granada
refleja el motivo por el que los monarcas quisieron ser enterrados en
tierra conquistada. Hacia
el Norte, en dirección opuesta a la Alhambra y alejado del centro granadino,
se levanta el monasterio de la Cartuja, que tardó tres siglos en construirse.
Por una suntuosa sacristía churrigueresca pasaron los monjes de esta orden que sólo rompían el silencio 30 minutos cada siete días. Una puerta con incrustaciones en taracea es otro de sus baluartes, que demoró en hacerse más de 30 años. Fuente La Nación, marzo 1999 |
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