Puente Romano y Catedral

Castillos del Sur de España

Acantilados Andaluces

 

SEVILLA, España

Mientras se acondicionan los tablaos en los que el taconeo no dejará lustre alguno, se despejan las cuevas del Sacromonte donde se hace sentir la fuerza de la zambra; se dan las últimas puntadas a los volados de los típicos vestidos a lunares y se preparan mantillas y peinetones, al tiempo que no quedan atrás los preparativos para las grandes corridas, abril se acerca y con él la fiesta grande de Sevilla.

El arte de torear es casi una necesidad en toda Andalucía. Tanto en la capital de esta región como en Córdoba y Granada es una actividad popularísima que atrae enfervorizadas multitudes. Con un fino (tipo de jerez) de por medio, una tapa o pescaítos, las sinuosas calles de la Judería sevillana o granadina se recorren con más facilidad. En estas semanas, también, los bares se extienden a las veredas convirtiéndose en terrazas;la temperatura también se eleva y comienza a sentirse entre las paredes cuajadas de malvones, geranios y buganvillas que cuelgan de macetones. En los patios andaluces, comunes en muchas plazas y viejas casonas, los naranjos en flor sirven de sombrilla a locales y turistas.

Andalucía se viste de fiesta. Y, en Sevilla, la Semana Santa se festeja desde el siglo XVI. De la tarde a la madrugada se repiten las procesiones que lideran más de medio centenar de cofradías pertenecientes a distintos barrios de la ciudad, entre las que se destaca la de la Macarena. Nunca tan venerada y piropeada, la imagen de la Virgen se apresta para salir de su basílica hasta una de las catedrales más grandes del mundo.

El pasado moro está presente

Aunque los creyeron heridos de muerte al clavarles en el medio una suerte de lanza que dio por tierra arcos califales e intentaron reemplazar el lucernario del mirah (donde se guardaba el Corán, en una mezquita) por el retablo que exhibe el sagrario de una catedral, los palacios islámicos vencieron al tiempo y sus circunstancias, y siguen de pie.

Los Reales Alcázares de Sevilla, la mezquita de Córdoba y, sobre todo, la Alhambra de Granada son la muestra más grande del esplendor musulmán en la última tierra conquistada. Lujosos escenarios, dignos de Las mil y una noches, reciben a millones de turistas entusiasmados por pisar estas deslumbrantes huellas moriscas.

ANDALUCIA
Al ritmo del cante jondo

Su pasado moro se exhibe en espectaculares obras mudéjares que conviven junto a la Judería, a pasos de una de las catedrales más grandes del mundo

SEVILLA, España.- Una ciudad que acecha/ largos ritmos/ y los enrosca/ como en laberintos./ Como tallos de parra/ encendidos./ ¡Sevilla para herir!...

-¿Quiere que siga mi niña? ¿Quiere? Unas pela, por favor; no son para mí, son para Federico, es que se aproxima su aniversario y quiero homenaearlo.

-¿Federico?

-Sí, ¿no se enteró?, nació hace un siglo y, de muy joven, me lo mataron en Granada junto a un maestro, dos banderillero..." No hubo quien no sonriera, su ocurrencia, su economía de letras...

Ella logró parte de su cometido al hacer detener a más de uno. Por sus dichos, era obvio. No podía ser otro. Sólo el fervoroso rasgueo de las guitarras flamencas que la seguían en su misma ruta por las pelas (pesetas) podía distraerme y no prestarle la debida atención. El siglo del nacimiento (que se cumplió el año último) de Federico García Lorca parece que estimuló a muchos andaluces. Pero Teresa, una sevillana de ojos y pelo renegridos, desde hace tiempo que vive de su pasión por el popular poeta español, y repite estos y otros versos del Poema del Cante Jondo, a pesar de que arranca no muchas más pesetas que sonrisas.

Deambulaba por lo de Doña Elvira, un patio andaluz hecho plaza, en la esquina de Gloria y Vida, calles del corazón de la Judería, que como en Córdoba y Granada se repite con sus sinuosidades, azulejos y macetones colmados de malvones, geranios y buganvillas.

-¿Le gusta? Vio qué lindo. Las cerámicas cubren toda las paredes para dar sensación de frescor; se abrieron los patios para respirar aire; las calles son angosta, rodeadas de paredes altas para protegerse del sol. Ahora, no es (nada), pero en verano la caló mata; no hay más que ir para el río (por el Guadalquivir), menos mal que nos abraza.

Teresa improvisa y se hace guía. Y, a decir verdad, no hay como un orgulloso andaluz para hablar de su tierra.

-Estos naranjos son muy populares. Hay por todos lados. Pero no piense que puede comerlas. Son muy amargas y una vez al año el Ayuntamiento las recoge para que las monjas las hagan mermelada.

Ya me iba para las calles del Agua y Vida, al bar que tiene por nombre el de estas dos para probar fritos variados, cuando Teresa insistió en llevarnos a la Calle de Mateos Gago, donde antiguos baños árabes se convirtieron en el bar La Giralda, el original, donde una gran variedad de tapas sacia a cualquiera.

Los comentarios de Teresa, sus poemas y el cante que la secundaba con palmas y un no menos incesante rasgueo quedan atrás al llegar a la Plaza del Triunfo y entrar en los Reales Alcázares.

Visita palaciega

Una vez más la fusión de estilos también se exhibe en la capital de la región de Andalucía, Sevilla. En pos de dejar su impronta, diversos monarcas se obsesionaron por agregar palacios, patios y jardines hasta llegar a un conjunto arquitectónico que mezcla obras mudéjares con góticas, renacentistas y barrocas, conocido como los Reales Alcázares, emplazados en el barrio Santa Cruz.

El mérito es de los mudéjares, musulmanes avenidos a la cultura cristiana, que pacientemente labraron columnas, arcadas y paredes de yeso; cuidadosamente aplicaron azulejos y, hábilmente, tallaron en madera cúpulas y techos.

Tras el Patio del León y el de la Montería, sigue la Sala de los Almirantes o Casa de la Contratación, donde se prepararon gran parte de los viajes al Nuevo Mundo y hasta el de Magallanes alrededor del mundo. Enfrente, el Palacio de Pedro I de Castilla, apodado el Cruel, se impone como el más deslumbrante de los alcázares.

El Patio de las Muñecas, corredores y dormitorios adyacentes, con sus celosías que hacían honor a sus residentes: mujeres que veían sin ser vistas, y el no menos ostentoso Patio de las Doncellas, donde no es raro que la leyenda popular insista en adjudicar a los Reyes Católicos la entrega a los musulmanes de bellas jóvenes para promover las buenas relaciones, son impactantes. Bajo la tallada bóveda de cedro del Salón de los Embajadores pasaron califas, emires, príncipes, embajadores y artistas que intervinieron en la vida cortesana.

En la parte más antigua está el gótico y recoleto Palacio de Carlos V, con sus tapices y coloridos azulejos del siglo XV. Pero los jardines atraen hacia fuera, como un soplo de aire fresco, el mismo que corre entre magnolias, naranjos, limoneros y una innumerable lista de flores y plantas que se ordenan en jardines y terrazas, se enredan en pabellones, rodean acequias y coquetean alrededor de las infaltables fuentes de agua. Al salir, cruzando la Plaza del Triunfo, en dirección hacia la Plaza Virgen de los Reyes, donde los coches de caballo se alinean a la espera de pasajeros que quieran realizar un romántico paseo, se levanta la tercera catedral cristiana más grande del mundo, después de la Basílica de San Pedro en el Vaticano y la catedral de San Pablo en Londres.

Símbolo de grandeza

Una veleta de figura humana da vueltas en la cima de una torre que es símbolo de Sevilla. El Giraldillo ya está en su Giralda, la reciclada torre alminar de una antigua mezquita es testimonio de la cultura árabe, junto con el Patio de los Naranjos, en el que los fieles musulmanes dieron paso a los millones de devotos cristianos que hoy la visitan.

La Giralda no es más que el preámbulo de lo que puede la mano del hombre, y una de las catedrales más grandes del mundo, la de Sevilla, es una muestra de ambición y devoción incondicional.

Bajo una cascada de oro, paneles dorados tallados en relieve, Santa María de la Sede, patrona de la catedral, descansa en el retablo mayor, resguardado por una reja de hierro forjado, que corrobora el dicho de voy a escuchar misa, porque nunca se llegaba a ver el altar.

En Sevilla, el que pierde algo le reza a San Antonio, luego de que su imagen fuera cortada de la obra de Murillo y, tras arrepentimientos y restauraciones, volviera al cuadro de origen: La Visión de Murillo, en el bautisterio.

Si de supersticiones y ritos se trata, los sevillanos son famosos e invitan a sus huéspedes y visitantes a imitarlos. De tanto andar y rodar la tumba de Cristóbal Colón volvió a terminar en esta ciudad (en la catedral). Al menos así lo aseguran los lugareños: "No para regresar como él, pero sí para volver a vivir en Sevilla hay que tocar los pies de alguno de los cuatro enormes heraldos que custodian su ataúd", dice el guía, al tiempo que sus oyentes se abalanzan sobre la estatua más cercana.

La pasión de los ritos de Sevilla

La afición a los toros y la veneración por la Macarena son las expresiones que más adhesión generan en la población

SEVILLA, España.- "Le dejo el mantel y sus 12 cubiertos (servilletas) a 7000 pesetas... Bueno, para usté, a 5000..." Cuesta prestar atención a la insistente oferta de José o de sus vecinos ambulantes que exhiben mantillas y otros encajes. No es porque sus trabajos no sean bonitos, sino porque los 50 pequeños patios con bancos de azulejos que representan distintas regiones de la península y las cerámicas que revisten los puentes que cruzan las acequias de la Plaza España llaman la atención, más aún cuando el sol les cae de pleno y los hace lucir mucho más.

Todo el parque de María Luisa tiene un atractivo especial: la romántica glorieta de Bécquer, la Isleta de los Patos, la Fuente de los Leones o los edificios convertidos en museos, ex pabellones de la exposición mundial de 1929. Muy cerca de estos jardines, el edificio que les dio origen, el barroco Palacio de San Telmo.

Más allá de la plaza Don Juan de Austria, la calle San Fernando, en el sur de la ciudad, marca una época que trascendió en obras famosísimas. La fama de atrevidas de algunas de las 3000 cigarreras que liaban tabaco con sus piernas llegó a oídos de Próspero Mérimée y creó la conocida heroína gitana Carmen, que pasó del amor de un militar a un torero, pero murió a manos de su pretendiente despechado y se convirtió en símbolo de la amante española. Hoy, las costumbres de los habitantes de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla son otras, o al menos eso se cree desde que comenzaron a circular los estudiantes de la universidad local que allí funciona.

No todas las construcciones mudéjares son museos en los que sólo se puede estar de visita. Una de ellas, el hotel Alfonso XIII, el más lujoso de Sevilla, al sudeste de la Puerta de Jerez, ofrece habitaciones y salones decorados con azulejos, ladrillo ornamental y hierro forjado para quien quiera, o más bien pueda, darse el gusto de vivir como un rey.

El rito de torear

La afición sevillana por los toros llena las plazas toda la temporada taurina, desde principios de abril hasta finales de octubre. La plaza de la Real Maestranza es una cátedra de toreo cuando el traje de luces comienza a menearse, la muleta roja a engañar, las banderillas dan en el blanco, los picadores meten puya o cuando el revoleo del pañuelo naranja indica el indulto del toro o, finalmente, una estocada marca el fin de la corrida.

Una costumbre que tiene sus orígenes en la de nobles que lanceaban toros a caballo y que, a pesar de muchos detractores, arranca apasionados aplausos que hacen vibrar a Sevilla.

La puerta principal, sobre la calle Paseo Colón; la del Príncipe, por donde salen a hombros los triunfadores de las mejores tardes; la enfermería; la capilla de la Macarena; las caballerizas, y un museo con colecciones de trajes, retratos y carteles que puede ser recorrido por visitantes todo el año. Los que quieran asistir al espectáculo de toros pueden sacar las entradas en la ventanilla de la plaza, siempre que no hayan ganado de mano los revendedores y, justamente, debido a que es habitual se recomienda adquirirlas con anticipación.

Siguiendo una de las calles linderas a la Maestranza, Antonia Díaz, hasta el final, en su cruce con Arfe, está El Buzo, uno de los bares de tapas más tradicionales, especializado en guisos, mariscos y frituras.

Las mejores ofertas para ver y comprar artesanías de la comunidad sevillana están el barrio El Arenal, en el Mercado El Postigo, todos los domingos, sobre la calle Arfe casi esquina 25 de Mayo.

La guapa más venerada

Hay lágrimas que no conmueven, pero las que se mantienen impávidas en el rostro de la imagen de la Virgen de la Macarena llaman mucho más que la atención. Lo mismo que la devoción sevillana que lleva a piropearla y gritarle ¡guapa! infinidad de veces por la calle, cuando en Semana Santa la imagen -realizada por la artista sevillana Luisa Roldán- sale en procesión de la barroca iglesia que la alberga, sobre un paso de filigrana de plata cubierto de flores y velas blancas, y cruza la ciudad rumbo a la catedral. De todas las iglesias barrocas y mudéjares de este barrio y de todas las advocaciones locales, la Macarena es, sin duda, la más venerada.

En este barrio, el mercadito de la calle de la Feria de los jueves y El Rinconcillo, el bar más antiguo de Sevilla, fundado en 1670 sobre la calle Gerona, son dos hitos en los que merece estar más que un rato.

La costumbre de avistar tierra parece usual en el barrio de Triana, que lleva el nombre de uno de los más famosos voceros de la historia americana.

En la otra orilla del río Guadalquivir, antaño, los pagos de don Rodrigo de Triana fueron un reducto gitano, cuna de buenos toreros, navegantes y flamencos.

Hoy sigue siendo el feudo de las clases trabajadoras y en sus calles cubiertas de macetas multicolor -como Pelay y Correa o en la plaza del Altozano, donde está la famosa freiduría Kiosko de las Flores- se rinde culto a las artesanías en cerámicas. Sobre todo, en la calle Antillano Campos, que conserva la tienda de azulejos más famosa de Triana.

Córdoba posee los misterios del mundo islámico

En el corazón de la ciudad, su famosa mezquita alberga una catedral en su interior y representa un ecumenismo religioso y cultural único

CORDOBA, España.- No hay como extraviarse en ese bosque de columnas, dejándose guiar por las penumbras y los rayos que se filtran a través de tímidas lucernas. No sólo porque es una mezquita -lugar donde postrarse- con la única aljama -sitio de reunión o asamblea- conservada en España tras una larga dominación musulmana, y porque es la más grande del mundo. No sólo porque en su interior la constante son las sombras y los reflejos de algunas lámparas de aceite aún en vigilia.

Tal vez porque en este escenario, más que los visitantes y su visión, es la imaginación la que se pierde y escapa: en el momento en que emires y califas ordenaron construirla para luego ampliar insistentemente su extensión o poder en medio de intrigas de leyenda; al tiempo en que un ejército de laboriosos artesanos la tallaron a cambio de su vida; o en la época de los cinco llamados diarios en que los musulmanes eran convocados a orar.

De todos modos, estando allí es la vista la que se pierde, no hay como observar tanto esplendor: la fastuosa arquitectura islámica de esta mezquita y, como si fuera poco, dentro de ella una catedral con elementos góticos, platerescos y barrocos. Sea cual fuere el motivo que insta a perderse en ella, la diferencia es sutil. Tanto como el resultado del intento mestizo por convertirla y conservarla a la vez. Con todo, la experiencia es incomparable y se debe, sin duda, al embrujo de su extraordinaria combinación cultural.

Desde que la metáfora sobre una vegetación de mármol que hubiese brotado espontáneamente del suelo comenzó a trascender (Téophile Gautier, 1811-1872), parece inevitable pensar en un bosque techado al aludir al interior de la mezquita de Córdoba. Más de 850 columnas sustentan el techo creando un efecto visual impactante.

Mezquita y catedral

Aunque sería mentiroso asegurarlo, parecería que Córdoba nació para el islam (allá por el 711, cuando fue sitiada por los musulmanes y la península ibérica quedó integrada al mundo islámico como el Al Andalus) y, en ese sentido, la mezquita es su máxima expresión.

Aunque por entonces Córdoba tenía más de mil mezquitas y más de ochocientas casas de baños, en un sistema de urbanización tan avanzado que ofrecía calles iluminadas, el templo islámico más grande es el que perduró. Fue levantado sobre una antigua basílica visigoda, encima de un pequeño promontorio a pasos del río Guadalquivir. Se compone de tres partes: la torre o alminar, el patio para las purificaciones y la sala de oración.

De su kibla o muro de orientación a La Meca (ciudad de peregrinación en la costa del Mar Rojo, donde en el 569 de la era cristiana nació Mahoma) mucho se ha dicho al cuestionar su exactitud. Pero, más allá de la religión abrazada o de los conocimientos alcanzados, nadie puede dar por tierra la belleza del mihrab. Un nicho decorado con mosaicos bizantinos, mediante la minuciosa técnica de vidrios ensamblados en púrpura, amarillo, verde claro, azul, blanco y negro sobre fondo de oro, y con zócalos de mármol cincelado, en los que se guardaba una copia dorada del Corán. No en vano los peregrinos daban siete vueltas de rodillas a su alrededor, y terminaron por desgastar las baldosas que se mantienen a sus pies.

No sé si son las cúpulas y arcadas del recinto de la macsura, el espacio existente entre el mihrab y los fieles, generalmente reservado a la oración del califa y sus dignatarios; o los destellos de sus mosaicos producidos por el mecer de tres grandes lámparas de plata; o la tentación de recordar que el suelo antes era de ladrillo de barro cocido y se cubría con alfombras y almohadones de cuero donde se sentaban los profesores a disertar. Unos u otros sirven de excusa; más bien todos los rincones de esta mezquita terminan por delatar que allí siempre hubo un pueblo rezando.

Aun cuando la dominación cristiana subyugó su interior, la obsesión por disponer de un lugar especial para la oración no acabó. Tras la reconquista cristiana de Córdoba, fue necesario adaptarla para el nuevo culto imperante. A través de los años se construyeron una capilla mayor con un gran retablo, un presbiterio, un coro, una sillería y la capilla de Santa Teresa, entre otros. La lámpara votiva del altar mayor o un bello crucifijo de marfil no alcanzan para opacar la pieza de orfebrería más importante que alberga, una Gran Custodia elaborada en plata dorada que pesa más de 122 kilos.

El mestizaje que supone una mezquita con una catedral en su centro también se prolonga en sus inmediaciones. La Judería (barrio judío) es una muestra. Una panorámica de éste y de toda la ciudad se obtiene desde la torre alminar, convertida en un campanario de 93 metros, al que se accede por una empinada escalera. Tal fusión incluso se ve en su cima, donde se ubica la imagen en tamaño natural del patrono de la ciudad, San Rafael.

La Judería

Entrelazados en los naranjos de la Calle de los Torrijos -por donde se ingresa y sale de la mezquita- se exhiben algunos de los viejos talleres, en los que los plateros siguen con la tradición de elaborar obras de orfebrería. Hay piezas por precios diversos, aunque las filigranas y engarzadas se llevan mayor cantidad de pesetas; al cambio, alcanzan o superan los 100 dólares.

En otros rincones de las angostas y adoquinadas calles de la Judería hay talleres más modernos que hasta cuentan con la versión opuesta de las máquinas tragamonedas, aquellas que las escupen: por cinco pesetas, dan un medallón de plata con la imagen de la mezquita.

El estrecho Callejón de las Flores, colmado de geranios que cuelgan de macetas y balcones; las inscripciones en hebreo que cubren los muros internos de la única sinagoga que se conserva en Andalucía, en la Calle de los Judíos; la reproducción de la tumba del gran torero Manolete y la cabeza del toro que acabó con su vida en el Museo Taurino, en la Calle Cardenal Salazar; las serenas fuentes y acequias del Alcázar de los Reyes Cristianos, en las calles Amador de los Ríos y Santa Teresa de Jornet; el monumento a su hijo dilecto, el filósofo Maimónides, en la plaza homónima, son algunos de sus hitos que también merecen ser vistos.

El patio andaluz

Si hay ciudades donde apreciar El patio andaluz, tal como lo pintó el artista García Rodríguez, o ver su original musa inspiradora, ésa es Córdoba.

Al menos, es una de las más representativas. La vida familiar y social andaluza aún se desarrolla en los patios, alrededor de los cuales se suceden salas y dormitorios. No sólo están en la Judería, también se los encuentra en los barrios de San Lorenzo y San Basilio.

Los blancos paredones que los rodean contrastan con los coloridos geranios y claveles que crecen y desbordan de las macetas. Algunos de sus faroles fueron adaptados a la luz eléctrica, pero casi todos siguen iluminando el altarcito o capillita de azulejos, en las que generalmente se revela una imagen religiosa.

En los patios andaluces, los azulejos árabes se pegan a paredes y canteros como una atractiva necesidad. No faltan las cancelas, encajes de hierro forjado que permiten airearlo y preservar su intimidad y, en el centro, la tradicional fuente. La dedicación hacia los patios es tal que cada año se repite el rito de redecorarlos para competir con el vecino.

Mayo es una fiesta continua en Córdoba; la llamada Cruces de Mayo es una fiesta popular que se celebra durante los primeros tres días de ese mes, cuando cada barrio compite por la composición de cruces de flores que se instalan en las esquinas y plazas.

A continuación, del 5 al 15 de mayo, se organiza el Festival de los Patios que, una vez engalanados, cada familia los abre a los visitantes. La Feria de Córdoba se realiza la última semana del mes. Tan popular como la de Sevilla, pero más accesible, con desfiles abiertos al público.

Los naranjos

El Patio de los Naranjos de la mezquita no es el único de Córdoba. Está en todos lados, bordea las veredas, viste y alimenta viejas casonas, habita en plazas y plazoletas. A tal punto se los ve por doquier que quedó retratado en azulejos y lienzos.

Uno de sus principales difusores fue el pintor cordobés Julio Romero de Torres. Naranjas y limones y Mira qué bonita era son dos de sus obras que dan cuenta de los frutos, las mujeres y la vida cordobesa. Gran parte de su pinacoteca puede verse el museo que lleva su nombre

Recomendaciones

Orientaciones. Dónde comer.

Orientaciones

Muchos turistas van a Córdoba de paso a Sevilla, pero quienes quieran quedarse y conocerla a fondo en varios días tienen donde hospedarse. Para la temporada alta, especialmente en mayo, se recomienda reservar con an ticipación.

En la ciudad hay aproximadamente 15 hoteles de cuatro a dos estrellas, cuyas habitaciones dobles con desayuno e impuestos tienen un precio por noche que varía entre 52 y 131 dólares. También hay cinco sencillas pensiones con servicio de dos estrellas (de menos de 52 dólares) y hasta un camping; se reserva por el (0034) 957-261408.

Por ejemplo, algunos de los hoteles para optar pueden ser:

Hotel Conquistador: Magistral González Francés 15; (0034) 957-481102; ofrece servicios categoría cuatro estrellas; el precio de una habitación en base doble con desayuno por persona cuesta 61 dólares.

Hotel Sol Inn Gallos: avenida de Medina Azahara 7; (0034) 957-235500; también brinda servicios de la categoría cuatro estrellas; el precio de una habitación en base doble con desayuno por persona cuesta 45 dólares.

Dónde comer

La cocina cordobesa recogió tradiciones de las diferentes culturas que se asentaron en la ciudad; muchas recetas se rescataron de viejos manuscritos árabes y hebreos. Entre los platos más populares figuran el salmorejo, las alcachofas a la montillana, el rabo de toro y los flamenquines. De la repostería, se destaca el pastel cordobés y los suspiros de Almanzor.

Almudaina: Jardines de los Santos Mártires 1; abierto todos los días, de 13 a 17; sólo en julio y agosto abre por la noche, menos los domingos. Es una mansión del siglo XVI con siete comedores, entre los que sobresale un viejo patio de ladrillos a la vista. En la carta se incluyen platos de venado y jabalí de la zona de Sierra Morena. Hay menú con precio fijo, pero se puede comer por entre 19 y 29 dólares.

Taberna Pepe de la Judería: calle Romero 1; abierto del mediodía a las 16.30 y desde las 19.30. Este restaurante ocupa el lugar de una taberna abierta por el auténtico Pepe, en 1930, y sus comedores están cubiertos de fotos de toreros y famosos personajes que pasaron por sus mesas. Entre sus especialidades, están el gazpacho y los flamenquines. Los precios para comer están entre 19 y 29 dólares.

El embrujo de la Alhambra

Como en los cuentos y las leyendas de Las mil y una noches, este monumental palacio musulmán sigue atrayendo a millones de visitantes

GRANADA, España

Recordaba que: Sea próxima o lejana/ española o sarracena/ no hay una ciudad tan sólo/ que a disputarse se atreva/ con Granada, la bonita/ el premio de la belleza,/ ni ninguna que despliegue/ con más gracia y más risueña más orientales destellos/ bajo esfera más serena. Y advertí que no hay por qué contradecir a Victor Hugo.

Al hablar de Andalucía no es que haya obligación de mencionar a algún escritor o poeta, pero es que esta región está tan poblada de letras, leyendas y poesías que resulta imposible no recordar algunas de sus impresiones. ¿Cuál sería el embrujo de la Alhambra para ser tan citada y convertida en escenarios de ensueño? ¿Qué hay en Granada que atrae a más de dos millones de visitantes por año; y en la que muchos quisieron vivir y hasta murieron en ella?, me preguntaba siguiendo los pasos de Washington Irving.

Sigue estrecha y tortuosa la Cuesta de Gomérez -en el camino viejo del cementerio del barrio Generalife- tal como lo anticipó Irving en sus Cuentos de la Alhambra, pero no había andrajosos soldados veteranos dormitando en un banco de piedra que hicieran pensar en los sucesores de los llamados abencerrajes (caballeros) de la leyenda, al llegar a la Puerta de las Granadas. Ya no hay tantos frutos de granados como antaño -que originaron el nombre de esta ciudad-, pero sigue en pie esa maciza entrada de estilo griego mandada a construir por Carlos V que da paso al recinto de la Alhambra.

Acercarse a Granada y a la Alhambra a través de Irving es un buen comienzo, al menos, para conocer la idiosincrasia de los moros, aun en su etapa de decadencia. Aunque nada está tal como sus relatos, ni mucho menos como relucía en su época, no se lee en vano.

Un palacio incomparable

Las murallas de la Alhambra engañan. Su aspecto es más bien pobre en comparación con el interior, por celosos propósitos que tal vez quisieron no invitar a pasar. Sin embargo, se abre a un palacio inigualablemente rico.

Como en todos los palacios islámicos que se visitan en Andalucía, las pupilas parecen dilatarse para poder observar mejor, pero como un rayo que enceguece los patios y salones nazaríes ejercen una alquimia indescriptible. La luz se filtra entre los arcos puntillados de profusas columnas y se refleja en paredes no menos labradas.

"Imaginen la sensación de los deslumbrados viajeros que, tras un andar cansino, eran invitados a pasar a estos palacios con columnas de nácar y arcos colmados de jazmines, pisando alfombras y sentándose en almohadones para negociar en medio de cortinas de seda que tapizaban las paredes con zócalos azulejados, oyendo las risas de las escurridizas mujeres del harén del sultán, que los miraban a través de celosías; al tiempo en que eran acompañados por el permanente ruido del agua que corría entre acequias, paralelos a exuberantes jardines, para terminar saltando y hacer cantar a las fuentes como una vital obsesión..." Miguel Laraño no es la tía Antonia de Irving, que mantenía en orden los salones y jardines árabes y se encargaba de mostrarlos a los forasteros, pero es uno de los guías de la Alhambra que mejor describe el ambiente para el que fue concebido: "El lujurioso y misterioso de Las mil y una noches", asegura.

Más allá del portentoso y renancentista Palacio de Carlos V, donde funciona el Museo de la Alhambra y el Museo de Bellas Artes, y del reducto militar de la Alcazaba, está la residencia real nazarí -último reino islámico de España-, en el corazón de la Alhambra.

Todo atrae, pero algunos rincones saltan a la vista: la Torre de los Comares -nombre derivado de las comarias, que es como aún se conocen en Oriente las vidrieras de colores- reflejada en el estanque del Patio de la Alberca, o de los Arrayanes por los mirtos que lo rodean; la artística yesería tallada según arabescas filigranas; el lujoso decorado con cerámica del Patio del Mexuar o del Salón de los Embajadores, junto con la espectacular perspectiva que ofrece el famoso Patio de los Leones, sostenido por 124 columnas que abrazan la fuente y sus doce felinos, son algunas de sus más conocidas postales.

Entre otras: la cúpula de la Sala de las Dos Hermanas formada por más de 10.000 pequeñas piezas y el espectacular Mirador de Lindajara, junto con las únicas pinturas sobre cuero con representaciones humanas de la Sala de los Reyes, suman belleza a la no menos legendaria Sala de los Abencerrajes, en honor a sus fatídicos habitantes.

Además, las penumbras de los baños árabes, el intimista recorrido de las dependencias del sultán y el especial espacio destinado a las habitaciones del harén echan a rodar la imaginación que recuerda las diversas leyendas de odaliscas y velos que le dieron vida.

El frondoso Generalife

"Huerta que par no tenía", define un viejo romancero, y aunque los actuales jardines del Generalife son hoy una minúscula parte de lo que eran en sus orígenes, cuando servían de recreo a los sultanes que los recorrían a caballo y recogían frutas por senderos rodeados de árboles, plantas y flores, merece la pena perderse un buen tiempo en ellos.

Entre reformas y aportes, un teatro al aire libre, de hace 40 años, sirve de escenario para representaciones teatrales, festivales de zambra y recitales durante la primavera y el verano.

La mejor manera de recorrer la Alhambra es a pie, deambulando entre sus patios y jardines una y otra vez para no perderse detalle. No en vano Boabdil, último rey moro, lloró al dejarla y ceder ante las fuerzas castellanas que impusieron la cruz sobre la medialuna.

Fortaleza roja

El nombre con que se conoce a este monumento, Alhambra, procede de la voz árabe al-Gal'a al-Hamrá, que significa la fortaleza roja. Aunque existe la certeza de que la Alhambra se elevaba blanca sobre la cima de un monte, el escritor Ibn-Al-jatuib dio razón a su denominación al contar que durante su construcción, un ejército de trabajadores perforaba sin pausa la roca y de sus hachas se despedía un polvo rojo que brillaba al sol

Hitos granadinos

Subir la colina del Albayzín -el barrio donde las cármenes o casas de origen árabe se ocultan tras altos muros, pero que exhiben sus nombres en vistosos azulejos y se agolpan empinadas y sinuosas calles- no es difícil ni peligroso.

No acechan los gitanos ni míticos bandoleros. No faltará guía que los advierta. Pero tampoco hay quien pise Granada y no ascienda por la cuesta Alhacaba, paralela a las murallas (la zona más antigua conservada) que señalan como flecha al Albayzín. Romanos, visigodos judíos y árabes hicieron de este laberinto su morada.

Desde el Albayzín se asciende a la legendaria colina del Sacromonte que esconde las cuevas gitanas, ya no muy habitadas. Sin la frecuencia original, aún vibra la zambra y el cante; los espectáculos se abren al público d urante el verano.

Jóvenes musulmanas con la cabeza cubierta con su jiyab suelen sentarse absortas sobre el Mirador de San Nicolás, pero el bullicio de los turistas las ahuyenta. Es que la panorámica que desde allí se obtiene de la Alhambra, enmarcada en la Sierra Nevada, resulta imperdibl e.

Hacia abajo, la ciudad morisca pierde su vigor, pero a través de la calle Oficios se accede a lo que fue la Granada nazarí. La Alcaicería es un antiguo recinto, una calle que conserva sin mayores modificaciones el trazado que tuvo en la época musulmana y mantiene la costumbre de albergar una seguidilla de tiendas de artesanías y recuerdos. Al otro lado de la Alcaicería discurre Zacatín, una veterana calle peatonal de comercios que desemboca en el remanso de árboles y puestos de flores de la plaza Bibrambla, que nació como explanada ante una de las puertas de la muralla más populares porque concentraba celebraciones y repetía fiestas.

A pasos está la gótica catedral de Granada, un encargo de los Reyes Católicos que también pidieron la Capilla Real. Una magnífica reja rodea los mausoleos reales y el altar mayor. El retablo con relieves de la toma de Granada refleja el motivo por el que los monarcas quisieron ser enterrados en tierra conquistada.

Hacia el Norte, en dirección opuesta a la Alhambra y alejado del centro granadino, se levanta el monasterio de la Cartuja, que tardó tres siglos en construirse.

Por una suntuosa sacristía churrigueresca pasaron los monjes de esta orden que sólo rompían el silencio 30 minutos cada siete días. Una puerta con incrustaciones en taracea es otro de sus baluartes, que demoró en hacerse más de 30 años.

Fuente La Nación, marzo 1999

 

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