| Las
islas de Aruba, Bonaire y Curazao, también conocidas
como el “ABC” del
Caribe por las iniciales de sus nombres, están localizadas frente
a las costas de Venezuela. Pertenecientes
a Holanda, en ellas se habla indistintamente el neerlandés y el papiamento,
que es una mezcla de español , holandés, portugués y otros idiomas.
La mayoría de sus habitantes también habla correctamente inglés
y español, cualidad esta última muy apreciada por los viajeros latinoamericanos,
que en tiempos recientes se han venido convirtiendo en “adictos” a
los deportes acuáticos. Justamente
el meollo de la oferta turística del ABC caribeño, que si ya es original
sobre el nivel del mar, tiene pocos rivales por debajo. La
más occidental de las tres islas, Aruba, es una de las metas caribeñas
favoritas de los turistas sudamericanos, atraídos principalmente por
sus grandes facilidades para la práctica de diversos deportes marinos.
Entre ellos, el buceo es uno de los más populares, tanto para
los submarinistas aficionados como para los más experimentados, debido
a la excelente visibilidad de sus fondos marinos, su exuberante riqueza
biológica, la presencia de buques naufragados e, inclusive, de aviones
perdidos en el mar. Una
interesante opción para quienes deseen disfrutar del espectáculo subacuático
arubeño sin mojarse un pelo es el sumergible turístico Atlantis, que
ofrece excursiones submarinas con todas las comodidades imaginables:
cabina presurizada y climatizada, ventanas panorámicas y un guía especializado
en biología marina. Bonaire,
ubicada ochenta kilómetros al norte de Venezuela, es un lugar privilegiado
para la práctica del scubadiving gracias a los numerosos bancos coralinos
que rodean la isla. Sus principales sitios de buceo son Alice in Wonderland (Alicia
en el país de las Maravillas), que constituye un verdadero “complejo
turístico” submarino formado por dos arrecifes separados entre sí
por una pared de arena; Angel City, donde se encuentran los restos
del naufragio del barco Hilma Hooker; y Carl´s Hill, ubicado en los
alrededores del islote deshabitado Klein Bonaire. Curazao
completa la oferta del ABC con un fondo marino calificado por la publicación
estadounidense Skin Diver como [de muy bueno |
Situada
200 kilómetros al este del arco volcánico de las Antillas Menores,
Barbados es un excelente destino caribeño para realizar turismo histórico-cultural.
En la capital, Bridgetown, se pueden visitar el tercer Parlamento
más antiguo de la Commonwealth
-cuyo edificio alberga hasta hoy al cuerpo legislativo local- y la
estatua “pionera” del almirante Nelson, erigida 36 años antes de que
se inaugure su famosa similar de la Trafalgar Square, en Londres.
Saliendo
de la capital, en toda la isla encontraremos más huellas de los largos
siglos de intercambio anglobarbadense,
como el Morgan Lewis Mill, último molino de viento que todavía funciona
en Barbados; la aldea de pescadores Tent Bay y la
de artesanos alfareros Chalky Mount; el Museo Barbados, instalado
en la antigua prisión militar, que guarda una importante colección
de archivos de la isla, muebles, cristalería, libros antiguos y especies
disecadas de la fauna local; y la St.John´s Crurch, arquitectónicamente
la más inglesa de todas las iglesias barbadenses, en cuyo cementerio
se encuentra el sepulcro de Ferdinando Paleologus, ilustre miembro
de la familia bizantina que dio varios emperadores al Imperio de Oriente. Antiguas mansiones coloniales, muchas de ellas bien conservadas, atesoran numerosos objetos traídos al continente americano por las ricas familias británicas, y constituyen algo así como pequeños museos que complementan la visión histórico-cultural de Barbados. Entre todas, tal vez la más hermosa sea Villa Nova, localizada en medio de una plantación azucarera y rodeada de clásicos jardines ingleses. Pero incluso aquéllas que no han logrado superar el paso de los siglos testimonian un próspero pasado, como las ruinas de la mansión de la plantación Sunbury, sitio de peregrinaje obligado para los turistas amantes de la historia. |
| Cuba
tiene cayos de sobra Estos
islotes, que adornan el mar, son la clave para pasar unas vacaciones
a puro sol, con malla y sin reloj
La
presión en los oídos se hace más intensa a medida que se va descendiendo.
Entonces, se llena la boca de aire y se hace fuerza para igualar a la
presión, siguiendo los consejos del instructor. La experiencia en un
ámbito desconocido comienza a ser placentera. Sentado en el lecho del
mar, levanta la vista y ve perfectamente en estas aguas cristalinas
la quilla de la lancha, unos 8 metros arriba. Ya
más tranquilo, el buzo mira a su alrededor y descubre un mundo fantástico,
totalmente novedoso para un novato: peces de colores intensos y de formas
variadas circulan lentamente sin tener en cuenta a este intruso de los
mares. Los
corales también aportan su belleza impactante. El ecosistema coralino
es uno de los más complejos del mundo donde se pueden contabilizar alrededor
de 7500 especies. Esta
es una de las tantas experiencias inolvidables que pueden vivirse en
los cayos cubanos. Son
más de 4000 las islas de diferentes tamaños -algunas tan pequeñas que
desaparecen durante la marea alta- que rodean a la isla mayor del Caribe.
Para
batir el parche Hoy,
algunos de esos lugares fueron acondicionados para recibir al turismo,
que quiere gozar de las delicias de un mar tranquilo y cálido, playas
de arena fina y una naturaleza exuberante. Descubrir
a cada momento un lugar diferente, observar pájaros y reptiles, practicar
todos los deportes náuticos que uno pueda imaginar, tirarse en un mar
calmo a la luz de la luna, tomar una lancha que lo deposite por el día
en un islote deshabitado donde podrá sentirse el rey y disfrutar a lo
grande, gozar con el ritmo y la alegría de los nativos. Estas
son algunas de las tentadoras alternativas que proponen estos paraísos
preservados por la mano del hombre. Cayo
Coco, Cayo Guillermo, Cayo Largo, algunos de los más conocidos, cuentan
con una excelente infraestructura para recibir al viajero. Los dos primeros
se encuentran en la costa norte conocida con el nombre de Jardines del
Rey. Una
estrecha banda asfáltica se interna en el mar Caribe buscando el horizonte.
Son
17 kilómetros de piedraplen, esos terraplenes que unen el cayo con la
parte terrestre. Un
camino que une la isla mayor con esa dimensión desconocida donde la
naturaleza explota en un desenfreno de vegetación, fauna y paisajes
grandiosos. La
memoria de Hemingway Su
memoria está presente en la mayoría de los toponímicos relacionados
con su vida o su obra: playa Pilar, Cayo Guillermo, Villa Cojímar. Cayo
Coco es uno de los ecosistemas mejor preservados del Caribe con condiciones
climáticas excepcionales: 25ºC de temperatura promedio en enero y febrero
y un mar cálido que nunca baja de los 23ºC. En
este ecosistema conviven los pájaros cocos (que le dan el nombre al
islote), con una colonia de 15 mil parejas de flamencos rosados, que
se observan plácidamente en todas las puestas de sol desde el mirador
La Silla. Vida
submarina Aquí,
la naturaleza dibuja los caprichosos contornos de la piedra cuando se
hunde en el mar: cuevas, grietas y túneles que albergan una gran población
de peces de infinitos colores, barracudas y tortugas gigantes que conforman
una escenografía espectacular para buceadores, o aquellos menos arriesgados
que se conforman practicando snorkeling. La
infraestructura turística, de gran nivel, incluye dos establecimientos
que funcionan con el sistema todo incluido: alojamiento, comidas, bebidas
y un sinnúmero de actividades deportivas (tenis, minigolf, billar, windsurf,
catamarán) y, con un arancel suplementario, buceo, jet-ski, ski acuático,
snorkel, boggies y bicicletas. Hacia
el Este y unido por otro piedraplen se encuentra Cayo Guillermo, mucho
más pequeño, con dos complejos hoteleros, una villa y una marina deportiva.
Prácticamente
virgen, éste es un lugar ideal para los amantes de la tranquilidad y
los espacios abiertos. La
playa Pilar, que lleva el nombre del yate de Hemingway, tiene más de
tres kilómetros de arena fina y blanca con un mar muy tranquilo y apropiado
para aquellos que viajan con niños. Desde
Jardines del Rey, las opciones de excursiones en la isla mayor son diversas:
visitar las ciudades cercanas de Morón o Ciego de Ávila; volar hasta
Santiago de Cuba; antigua capital de la isla, visitar la ciudad colonial
de Trinidad o deleitarse con el centro histórico de La Habana. La
naturaleza más pura Las
construcciones (hoteles, restaurantes, tiendas) fueron integradas de
tal forma al entorno, que sobre la mayor parte de la isla de 40 km2,
la traza del hombre es casi imperceptible. Los
pelícanos continúan sobrevolando la isla como siempre lo hicieron pausada
y confiadamente; las grandes tortugas marinas encuentran en sus playas
un lugar ideal para desovar, y en la isla de las iguanas éstas siguen
su ciclo vital como lo hacen desde hace milenios. La
isla ofrece 25 kilómetros de hermosas playas y todo tipo de actividades
náuticas, ideales para alternar durante la permanencia en el islote.
Siéntese cómodamente en una reposera, tome uno de esos tragos a base de ron que los cubanos preparan a las mil maravillas, déjese mecer por el rumor del mar mezclado con sonidos de salsa y para llegar al colmo del placer prenda un puro cubano... y después me cuenta. La
costa oriental cubana es un fiel exponente de las arenas blancas y de
las caderas bamboleantes al ritmo del son; el clima invita a sacarse
la ropa
Cuando las tres embarcaciones de Colón tocaron la tierra de Cuba -como
era conocida por los aborígenes que la habitaban- lo hicieron en un
punto de la costa oriental denominado Boriay, en el anochecer del 27
de octubre de 1492. Este sitio está marcado por un mojón que se encuentra
cercano a las espléndidas playas de Guardalavaca, a unos 50 kilómetros
de la ciudad de Holguín y a una hora de vuelo de La Habana. ¿Qué
diferencia a Guardalavaca de los otros destinos de Cuba? Guardalavaca
ofrece todas las características de las afamadas playas cubanas: la
calidad de su clima, con un sol siempre radiante; sus largas playas
de blanquísima arena; el ritmo pegadizo de la música afrocubana, es
también un destino bastante aislado, ideal para aquellos que buscan
alejarse de los grandes centros. A
pocos kilómetros de la playa se encuentra la cadena montañosa del Mayabe,
lo que permite combinar las actividades náuticas con las caminatas o
cabalgatas en montaña. Su posición en la isla la hace ideal para visitar
todo el oriente cubano: Santiago de Cuba Bayamo, Baracoa y Guantánamo.
La
historia cuenta que cuando los piratas asolaban estos parajes, los campesinos
arriaban el ganado hasta un lugar protegido conocido como Guardalavaca.
Así se originó el nombre de este nuevo polo de desarrollo turístico,
que ha crecido mucho en los últimos 10 años. Se trata de un complejo
de hoteles de 3 y 4 estrellas, una villa con bungalows (tres estrellas),
y a tres kilómetros el complejo Río de Mares con dos hoteles cuatro
estrellas, uno de los cuales funciona con el sistema de todo incluido.
Guardalavaca
brinda todas las posibilidades de actividades náuticas que puedan desearse:
alquiler de windsurf (10 dólares la hora), excursiones de snorkeling
a los arrecifes coralinos (5 dólares la hora), clases de buceo en la
pileta del hotel y posterior salida al mar, pesca de alta mar (50 dólares
el medio día, equipo incluido), esquí acuático en la bahía de río de
Mares, juego de la banana, etcétera. A
unos pocos kilómetros de Guardalavaca, se encuentra el acuario. En este
parque se puede observar la fauna marítima de la región como las grandes
tortugas, los delfines, las orcas y los peces espada. Por un pago adicional
de 5 dólares, podrá bañarse en una pileta con cuatro delfines hembras
que juguetearán a su derredor, y cuando ganen confianza se aproximarán
hasta poder ser acariciados; una experiencia imperdible. También
se puede apreciar el adiestramiento de los delfines y las orcas para
un espectáculo diario. En el centro del acuario se encuentra una casa
de madera amarilla, que es la réplica de la casa donde nació el comandante
Fidel, originario de esta región. El acuario posee un restaurante donde
por 20 dólares puede comerse una langosta enchilada y por 10, un pescado
a la parrilla. De
noche, show Visitar
la cercana ciudad de Holguín, capital de la provincia del mismo nombre,
es una buena manera de conocer la forma de vida del pueblo cubano. Sólo
recorriendo las adyacencias de la plaza central se pueden ver las diferentes
actividades del cuentapropismo (zapatero, manicura, peluquero, bicitaxi,
artesanos, etc.), que últimamente se están desarrollando con fuerza
en la isla. También se pueden visitar las tiendas estatales con sus
estantes casi vacíos que se contraponen a las nuevas tiendas en dólares,
llenas de productos importados. Otra
alternativa interesante es una excursión del día a Cayo Saetía. Se trata
de un cayo virgen al cual se llega en helicóptero para pasar el día
disfrutando de la playa y haciendo paseos en jeep, a caballo o en lancha
para observar la flora y la fauna autóctonas. El almuerzo es a base
de carnes exóticas como jabalí o venado. La excursión del día, todo
incluido, cuesta $ 70. Otras excursiones posibles desde Guardalavaca
son: un día en la ciudad colonial de Trinidad, un día en Santiago de
Cuba, excursión del día a Cayo Largo, un día en La Habana recorriendo
el centro histórico. Cerca de los complejos turísticos se pueden visitar
cooperativas agrícolas para tener una visión de la forma de vida y trabajo
de los campesinos. Los
piratas de otra época la codiciaban por el oro que escondía; hoy, esta
antigua ciudad colombiana abre sus murallas, que muestran el pasado
colonial y son una ventana al mar
Desde su fundación en 1533, Cartagena de Indias fue el cofre de tesoros
de los españoles y, por lo tanto, la ciudad caribeña más codiciada por
los corsarios y piratas. Acceder a ella no era nada fácil: los barcos
debían evitar las barreras coralinas, barreras artificiales, sortear
los fuegos cruzados de los fortines. Al convertirse en blanco de saqueos,
puesto que salían galeones cargados de oro rumbo a Europa, Felipe II
ordenó construir murallas que protegieran la ciudad, una singular obra
que demoró 194 años en ejecutarse. Sólo así fue capaz de resistir los
ataques más violentos, como aquel que perpetró Inglaterra en 1741, con
186 buques y 24 mil hombres. Cartagena fue durante siglos una ciudad
impenetrable y resplandeciente. Hoy
las murallas encierran su historia y el mar sólo trae cruceros y lanchas
de paseo. El aire colonial permanece intacto en sus callejuelas con
grandes balcones de madera siempre floridos, en los faroles, tejas rojas,
las fachadas coloridas y portones, que cuanto más grandes daban cuenta
de la fortuna de la familia. Con
aroma a café El
calor es cada vez más intenso, pero nadie repara en ello, porque el
verano es eterno y la lluvia sólo refresca por instantes. Entre
sorpresas Las
grandes iglesias y edificios dominan las plazas. Las cúpulas de la catedral;
de San Pedro Claver, el patrono de los esclavos, y la de Santo Domingo,
el templo más antiguo, pueden verse desde distintos puntos de la ciudad.
Las Bóvedas, una de las últimas obras de los españoles, consta de 47
arcos y 23 bóvedas que eran utilizadas como cuarteles y durante la independencia,
como cárceles. Actualmente aloja una extensa feria artesanal con gran
variedad de souvenirs, desde refinada joyería hasta chivas miniaturas.
Los
fuertes y baluartes constituyen otro de los atractivos turísticos. Lejos
de visualizar al enemigo, ahora se contemplan los atardeceres con las
mejores vistas de Cartagena y un mar de fondo. Situado fuera de las
murallas, el Castillo San Felipe de Barajas, que data de 1657 y tardó
121 años en erigirse con mano de obra esclava al igual que la muralla,
tiene mucho para descubrir. Los
túneles y galerías subterráneos fueron creados con ingenio para que
cualquier intruso se viera en problemas. Por ejemplo, hay un túnel de
varios metros de largo cuyo circuito se observa completo desde la boca
de salida, pero desde la entrada sólo se encuentra la oscuridad. Asimismo,
las paredes del castillo fueron cubiertas con goma de resina para impedir
la humedad y que cualquiera pudiera treparlo por lo resbaladizo. Las
brujas cartageneras La
Sala de las Brujas es la que resulta menos creíble. Está adornada con
imágenes extraídas de los cuentos (aquellas del desagradable lunar en
la nariz) y los relatos suenan más a ficción que a cualquier hecho histórico.
El
guía, anestesiado por su diaria narración morbosa, señala una balanza
gigante y explica la relación que se establecía entre el peso de las
acusadas y su condición de brujas. Si éstas pesaban menos de lo estipulado
(algo así como 50 kilos), significaba que podían volar sobre la escoba;
en cambio, si superaban ese parámetro debían pagar por kilo, en oro,
por las pérdidas de tiempo ocasionadas. Otra
prueba a la que eran sometidas las acusadas era la de unas gotas de
ácido que se aplicaban en los ojos, si lagrimeaban más de la cuenta
eran definitivamente brujas. Sin embargo, durante toda su historia en
Cartagena, la pena capital, la hoguera, fue aplicada sólo a cinco herejes.
Cartagena
de Indias no sólo se circunscribe a la vieja ciudad. Fuera de las murallas
hay barrios que se rindieron ante la modernidad. Bocagrande
y El Laguito, rodeados de agua, son los lugares donde se concentran
los grandes hoteles, torres de edificios, restaurantes, fast foods,
bancos y tiendas. Es
un centro turístico por excelencia: la avenida principal es la San Martín
y las playas, que ocupan 15 kilómetros, son más lindas y animadas. Hay
músicos, se practican deportes acuáticos y las mujeres venden frutas
o se dedican a trenzar los cabellos de las turistas con suma habilidad.
Las
distancias entre la ciudad vieja y el sector hotelero son cortas, lo
que permite ir y venir en pocos minutos, y disfrutar de estos lugares
al mismo tiempo, sin tener la obligación de decidir por uno. Todo está
allí.
El
colorido de peces y corales que rodea el archipiélago es un espectáculo
digno de ver en un paseo acompañado con el tanque a cuestas o el snorkel
A
media hora en lancha desde Cartagena de Indias, el mar comienza a virar
de color; se tiñe de un verde esmeralda, cada vez más intenso y puro,
hasta llegar a Islas del Rosario, un archipiélago constituido por 27
islas, que hasta hace poco tiempo estaban ocupadas, en su mayoría, por
residencias privadas. Tres de ellas aún son utilizadas por el
gobierno, aunque actualmente prima la actividad turística. Cabañas rústicas
con todos los servicios, piscinas de agua dulce, restaurantes, actividades
náuticas y excursiones se ofrecen para disfrutar medio día o varias
noches en pleno contacto con la naturaleza, sin más que el ruido del
agua contra el muelle, el aleteo de los negros pájaros maría mulata,
o el vaivén de lo que llamamos hamaca paraguaya. Delfines
en escena Desde
la Isla Grande, el arrecife Punta Brava es uno de los paraísos bajo
el mar que puede apreciarse con una visibilidad casi óptima, cercana
al 90 por ciento. Por allí desfilan los peces azules, cirujanos, pejeperros
azules y amarillos, los joya azul oscuro con puntos luminosos, los loro
de panza roja, los trompeta, entre otros. Adheridas
a los corales se observan anémonas, de la familia de las medusas, que
capturan sus presas con las ventosas, las envuelven y digieren. Quien
pruebe tocarlas -son inofensivas- se llevará una fea impresión. En
las profundidades hay corales de fuego constituidos por una célula muy
venenosa que produce urticaria y deja una sensación similar a la de
una quemadura. También
están los corales cerebro, montaña y zooantidia, que al tocarlo cambia
de color: de verde a gris violáceo. Todas
estas variedades están a pocos metros de profundidad y, en algunos lugares,
se forman canales a través de los cuales se puede circular, pero para
ubicarlos es preciso salir con un guía porque es muy fácil lastimarse.
Zambullidas
con calma Previo
a la salida se realiza un entrenamiento en un lugar donde se haga pie.
Cualquiera puede hacerlo. Si
la idea es bucear, se exige un certificado de buzo; también se puede
hacer un bautismo, con un instructor. Otra posibilidad es tomar un curso
acelerado en la piscina de los hoteles. En
las clases se enseña a utilizar el sistema de tanque, a respirar con
el regulador, a comunicarse bajo el agua y resolver cualquier eventualidad.
Casi
todos los hoteles dictan estos cursos acelerados y se cobra un promedio
de 60 dólares. Incluyen también dos inmersiones el mismo día. Sin
el curso, la salida de buceo cuesta 26 dólares, con el equipo incluido.
El
buceo deportivo es lo más común en el lugar, se baja a profundidades
entre 18 y 24 metros, y se permanece bajo el agua, aproximadamente,
45 minutos. Los
más audaces pueden realizar inmersiones nocturnas en las que se ven
otras especies que salen a comer a esa hora, como las langostas y los
congrios verdes y dorados, imposibles de apreciar durante el día. Las
salidas son grupales. El máximo de integrantes no debe superar las 12
personas, pero recomiendan salir en grupos de 8. Si
bien Cartagena de Indias tiene playas bonitas, Islas del Rosario es
el archipiélago que mejor representa el Caribe por el color y claridad
de sus aguas. Un
paseo suele ser una buena oportunidad para tomar sol, hacer deportes,
degustar platos de mar y luego descansar al amparo de las palmeras.
Y si el tiempo no alcanza, una cabaña resulta una acertada elección.
A
la hora de bailar, en este lugar nadie pone excusas y hasta los más
tímidos se animan a mover el esqueleto; durante el día, las aguas cristalinas
son el antídoto para el calor
En el muelle de uno de los lujosos hoteles de la isla, una joven con
la cabellera trenzada pide un trago coco ponch, sostenida de la barra.
El barman, un moreno alto y estilizado de impecable camisa blanca que,
como todos los isleños, habla tanto inglés como español, vuelca la leche
de coco en una licuadora, mientras cambia el CD de soca por uno de reggae.
La
música comienza a sonar a todo volumen, pero no molesta. Son pocos los
que conversan, los visitantes internan sus miradas en un mar de siete
colores, tan azul y tan turquesa, tan transparente y tan claro que es
imposible dejar de contemplarlo y más allá se ve un islote, con palmeras
inclinadas en distintas direcciones, como aquellas en las que van a
dar los náufragos en las películas. Pero
aquí cada uno es el protagonista. Algunos se hunden en el coco ponch
y el cocoloco, otros salen de rumba por las noches para saborear la
salsa, vallenato, reggae y calipso; están los que prefieren el casino,
y los que no pueden parar de hacer deportes, es que en este paraíso
terrenal siempre se tiene ganas de estar en actividad y de disfrutar
todo a pleno. En San Andrés, el ritmo de vida de sus habitantes es tan
reposado que al principio cuesta acostumbrarse. En las calles los automovilistas
se detienen a conversar y obstruyen el paso sin demostrar un mínimo
apuro. Nadie toca la bocina, incluso los taxistas saben aguardar. Allí,
nadie conoce el término apuro. Los
sanandrecinos son amables y brindan buen trato a los turistas. Su aspecto
físico es distinto del de los colombianos ya que predomina la raza negra.
Hablan inglés caribeño, un lenguaje criollo similar a las islas anglófonas,
con lejanas raíces isabelinas. La
isla es pequeña y se puede dar la vuelta completa en un recorrido de
30 kilómetros por la carretera de la circunvalación. Siempre hay que
tener la cámara de fotos lista, igual que el traje de baño, porque hay
lugares con trampolines al mar, con aguas tan cristalinas que permiten
reconocer la fauna marina a simple vista. El agua es una constante invitación
y el calor un motivo más que suficiente para dar el gran salto. Hay
varios puntos de interés para no perderse. Está la Cueva de Morgan,
donde se sospecha que el pirata guardaba sus tesoros. Se trata de una
gruta de roca coralina de 120 metros de largo que se comunica con el
mar a través de un laberinto de túneles de 35 metros de profundidad.
La piscinita, una pared de roca coralina que forma una especie de pileta
natural. San Luis es la zona donde viven muchos de los sanandrecinos.
Sus principales playas son Sound Bay y Rocky Cay. Y para ver la arquitectura
típica isleña, nada mejor que ascender a la Loma, entre los árboles
junto a la laguna Big Pond. Pura
diversión Si
bien San Andrés es un destino para los amantes del mar, también es el
lugar oportuno para los que gustan hacer compras. Al ser puerto libre,
la perfumería tiene ofertas con precios más bajos que los de cualquier
free shop -casi un 50 por ciento menos-, y ante la duda, las marcas
son originales. Por otra parte, el cambio beneficia mucho más que en
otros destinos del Caribe. De
esta manera, la isla, rodeada por las aguas con más tonalidades de las
que se pueda imaginar, y abrazada por los corales, propone saciar las
ganas de unas vacaciones bien caribeñas, aunque quienes van aseguran
que volverán pronto.
Admirable:
en esta ciudad de Colombia es posible ver los picos de la Sierra Nevada
desde una reposera sobre la arena o bañándose en aguas cálidas.
Bajo un sol siempre intenso, la exuberante vegetación, selvática y tropical,
convierte a esta ciudad en un sitio apto para la aventura. La
Sierra Nevada, de nieves perennes, cuyos picos más elevados, el Colón
y Simón Bolívar, que rozan los 6000 metros sobre el nivel del mar, hacen
de este sitio un lugar único en el mundo, porque es el hogar de culturas
primitivas, con ciudades escondidas, dunas, desiertos y estribaciones
que llegan al mar, como el Parque Nacional Tayrona, una de las excursiones
obligadas. En
este parque, la vegetación trepa con voracidad y camufla todo con sus
tonalidades de verdes, el suelo es húmedo, la tierra y la arena se funden
y es difícil que el sol pueda filtrarse y llevarse el agua. El silencio
es absoluto si no fuera por las propias pisadas, el canto de los pájaros,
cuando se cruza una ardilla, o una iguana se refugia entre el follaje.
Al
final del camino El
momento más esperado es el final del camino, no sólo por la fatiga,
es que allí se produce un cambio en el paisaje: la arena y las palmeras
comienzan a ganar terreno y como en los espejismos del desierto esta
vez el mar irrumpe. Recién allí se vuelve a ver personas en lugar de
pisadas. Un restaurante de pescados y mariscos y los bungalows, esperan
para pasar el día y descansar lejos de todo ruido y más cerca de la
naturaleza que nunca, en un lugar apartado. Después de la travesía,
un chapuzón en el mar, un plato de pescado del día y una infaltable
taza de café reaniman para el regreso. La
nieve del Caribe St.
Maarten, del lado holandés, y St. Martin, del francés, combinan diferentes
estilos para pasarla mejor PHILIPSBURG,
St. Maarten.- Si algo
hace más especial a esta exclusiva isla del Caribe de arena blanca y
mar transparente es que no alcanza un solo nombre para referirse a ella.
Tampoco se contenta con una capital, un idioma o un estilo de vida.
En una superficie menor a los 100 kilómetros cuadrados, dos naciones
europeas resguardan sus identidades bajo un sol abrasador. La
isla está dividida en forma transversal en dos. El Norte es territorio
de Francia en el extranjero y aquí hay que referirse a Saint Martin.
Si es posible con pronunciación francesa, idioma que hablan sus habitantes.
El
Sur es territorio autónomo del Reino de los Países Bajos y forma parte
de las Antillas Holandesas, junto con Curaçao, Bonaire, St. Eustatius
y Saba. De este lado es Sint Maarten y habrá que entonar holandés, papiamento
-dialecto de las Antillas Holandesas y Aruba- o inglés, hablado por
todos. Las
diferencias son bastante marcadas, sobre todo en las capitales. Philipsburg,
la holandesa, tiene un estilo más rústico y colorido. La actividad se
concentra en Front Street, la calle principal. Negocios de venta de
artículos libres de impuestos, bares y muchas máquinas tragamonedas
para probar suerte componen la escenografía del pequeño centro. Por
las calles, desparramando artesanías africanas y música reggae a todo
volumen, deambulan vendedores que contagian su simpatía a los visitantes.
Sólo
de este lado se puede hacer saltar la banca, los únicos siete casinos
de la isla están en el sector holandés. Marigot,
la capital francesa, es mucho más coqueta y prolija. Las calles están
cuidadosamente arregladas con canteros en las esquinas. También hay
posibilidades de compras, bares y de un paseo por la feria de artesanías
en la plaza frente al mar. Pero algo la hace inconfundible. El olor
de las croissants y las baguettes persiste en el ambiente
después del desayuno. Recostada
al pie de las montañas y custodiada por un gran fuerte que vigila desde
las alturas, Marigot deja fluir por sus calles el buen gusto. Sobre
todo, en sus mujeres, siempre bien vestidas y con el peinado a prueba
del viento. La
isla es la región terrestre más pequeña de la Tierra compartida por
dos gobiernos, pero las fronteras están siempre abiertas y los vuelos
internacionales llegan al aeropuerto Queen Juliana, en St. Maarten.
Pero
las diferencias de orígenes y estilos pasan inadvertidas cuando las
miradas se orientan hacia las playas y al mar, cautivante. St. Maarten/St.
Martin se ubica en el extremo superior del collar de islas que abrazan
y contienen a las aguas cálidas del mar Caribe, en el Este. Paseos
a bordo Otra
posibilidad para disfrutar el mar a pleno es realizar alguna de las
innumerables excursiones que se ofrecen, tanto de Marigot como de Philipsburg.
La
mayoría de las salidas comienzan a media mañana y son a las islas vecinas
de Anguila, St. Barth, Saba y San Eustatius o, simplemente, se pierden
en el mar para disfrutar del viaje, hacer snorkeling o bucear. Los
catamaranes tienen su rutina establecida y toda la tripulación está
abocada a entretener a los pasajeros. El
volumen de los equipos se eleva hacia los niveles máximos y la música
comienza a vibrar a bordo. La bebida generalmente es libre, con tragos
de alcohol incluidos. Después,
a buscar los equipos -de snorkel o buceo- y todos al agua. Luego de
un almuerzo rápido, en tierra o en cubierta, se recorre el destino elegido
y se disfruta en una playa. Durante el regreso la consigna es bailar,
y si es sobre el techo de la embarcación al ritmo de Macarena mucho
mejor. Estas
salidas son una buena excusa para disfrutar del agua cálida y conocer
la riqueza marina, pródiga en corales y peces de colores. En esta isla
de dos nacionalidades el mar no conoce de fronteras.
La
República Dominicana contagia ese ritmo, pero esencialmente deslumbra
por su belleza
Cuando
comenzaron a ir los primeros chárter a la República Dominicana en 1989,
pensé que se descubría una de las gemas más grandes del Caribe: económica,
cálida y con por lo menos un complejo turístico que ponía en práctica
lo que predicaban las guías de viaje norteamericanas como turismo al
estilo europeo: alquilar una habitación, recostarse en la arena y frecuentar
los bares y restaurantes del lugar. Resulta
difícil conciliar esa impresión con la República Dominicana de hoy.
Nunca antes tantos turistas recorrieron tan poco del país que visitan.
La mayoría jamás puso un pie en un lugar público, salvo la caminata
breve al ómnibus que va al aeropuerto. También
es difícil saber con certeza quién es el responsable. La moda de los
paquetes con todo incluido tiene mucho que ver. Recorrí 2500 kilómetros
del país y encontré que muchos lugares no aparecían en la folletería
de los operadores. La
República Dominicana es la parte hispana de la fértil y a menudo virgen
y montañosa isla de La Española (Haití ocupa la punta oeste). Es una
sociedad mestiza, con una democracia débil e inestable. Fue muy apreciada
por Colón y constituyó el trampolín desde donde se inició la conquista
de toda Hispanoamérica. Fue el primer asentamiento europeo, la primera
ciudad, sede del primer hospital, de un fuerte, un convento, una universidad
y de la primer lucha contra los indios. La
única desventaja innegable de la República Dominicana son las rutas.
La mayoría necesita reparación o está siendo reparada. Esto significa
que las principales zonas turísticas se definen por su proximidad a
aeropuertos internacionales. En la actualidad son tres, y un cuarto
en construcción: Puerto Plata, Santo Domingo y Punta Cana, y próximamente,
Samaná. Las rutas que los unen son excelentes y están relativamente
vacías. La
península de Samaná, virgen y prácticamente sin caminos, es la zona
más interesante para el viajero independiente. Samaná
(Santa Bárbara de Samaná) en sí misma no tiene demasiado para recomendarle
al viajero casual, aunque puede resultar un buen punto de partida para
otras excursiones. Cayo
Levantado es donde los residentes van a nadar. Es una isla pequeña de
arena blanca, a una hora en barco, donde los turistas pueden disfrutar
de una playa con gran variedad de animaciones diarias, como el típico
pescado a la parrilla o las clásicas cervezas frías. La
bahía de Samaná es el destino que elige la ballena jorobada para aparearse,
de enero a marzo, aunque a veces es necesario hacer una excursión en
barco para verlas. Los
amantes de la naturaleza deberán tener también en cuenta la excursión
que cruza la bahía hasta el Parque Nacional Los Haitises, donde se pueden
ver aves, flores, maravillas marinas, antiguas pinturas indias. La
costa atlántica norte de la península tiene las dos mejores playas del
país. Caminos
de mar y montañas Las
Terrenas, sencilla pero cosmopolita; franceses, italianos y canadienses
marcan el paso, aunque los alemanes los superan en cantidad. Hasta hace
cinco años, no se podía llegar a este lugar por tierra. La ruta nueva
desde Sánchez atraviesa las montañas y ofrece vistas espléndidas de
la bahía de Samaná, por entre bosques y aldeas con pintorescas casitas
de madera. Olvídese
de la playa La Bonita; tome un camino de tierra a la izquierda al entrar
a la ciudad, siga en dirección al mar y gire a la izquierda. Este tramo,
hasta que el camino de arena se pierde en la playa Las Ballenas, es
un espectáculo, sobre todo durante las puestas del sol. El
recorrido serpentea las palmeras de la playa ondulante, con mesas de
picnic y asientos debajo de los árboles, hasta terminar en las colinas
y montañas que caen al mar, en el Oeste. Allí casi toda la gente come
afuera y proliferan los pequeños bares, restaurantes y todo tipo de
alojamientos con diferentes presupuestos y comodidades. El francés Jacque
Cazier, que llegó por primera vez al lugar hace 13 años, maneja una
pequeña oficina de informes donde la calle principal llega al mar, con
el nombre de La Casa de las Terrenas. Al parecer, sabe todo lo que hay
que saber. Las
Galeras, en la punta de la península Samaná, es más tranquila y más
pequeña que Las Terrenas y es muy profunda para nadar. Esto es el Caribe,
por lo general, más calmo que el Atlántico porque recibe menos precipitaciones.
Boca
Chica tiene un encanto particular, aunque por ser el complejo con la
playa más larga del país y estar cerca de la capital, los fines de semana
está repleto. Los turistas se ven obligados a salir de allí porque no
es un centro turístico cerrado con todo incluido; además, Santo Domingo
en sí, merece una visita. Pese al aluvión de turistas, la playa tiene
su atractivo: flanqueada por árboles frondosos, bares y varias opciones
para comer. Juan
Dolio, más alejado, se maneja con paquetes y crece rápidamente. La playa
no es tan agradable como Boca Chica, pero es más limpia y hay menos
gente. Baile
a toda hora Las
noches fueron otra de las causas por las que me enamoré de este país:
la avenida del Puerto y el Malecón pueden convertirse en una gran fiesta
callejera; sobre todo, los fines de semana cuando se estacionan las
motocicletas, se abren unas botellas de ron y se comienza a beber. A
propósito, los conflictos raciales no son un problema en este país.
Lo pude comprobar cuando después de una hora de estar sentado en un
bar con un amigo, nos dimos cuenta de que éramos los únicos blancos.
Quizás, en otro lugar del Caribe, nos hubiésemos percatado antes. En
la ciudad vieja se pueden recorrer las calles más antiguas de América,
la Calle las Damas, admirar la guardia frente al Panteón Nacional, o
visitar la casa construida por el hijo de Colón. Como
en muchos otros lugares históricos, se experimenta una sensación especial,
especialmente al atardecer. En La Estrella, una calle residencial del
perímetro del centro colonial, la gente juega al dominó en la puerta
de sus casa. El mejor lugar en todo el país para ir de compras es el
Mercado Modelo, sobre la avenida Mella. Las excursiones en ómnibus a
menudo se detienen allí. Más
hacia el Este hay dos complejos turísticos que difieren diametralmente
del resto. Casa de Campo es un emprendimiento de 2800 hectáreas, frecuentado
por norteamericanos pudientes; Frank Sinatra cantó una vez su anfiteatro
al aire libre. El
otro complejo es el Bayahibe, con un dos grandes hoteles que se abrirán
el año próximo. Así
es la República Dominicana: aguas calmas, embarcaciones pesqueras en
la playa, casas de muñecas y, a excepción de las dos horas pico diarias,
completamente plácido y tranquilo. Hay un sinnúmero de lugares donde
hospedarse. Muchos
restaurantes están sobre la costanera, entre ellos: La Punta y La Bahía.
No hay electricidad en la vía pública. Por la noche, algunos focos iluminan
la calle principal, que es de tierra. Allí se siente el aroma a asado
y la música que proviene de la discoteca, donde parejas de pies ágiles
y diestros se divierten bailando. El
aeropuerto no sólo resulta cómodo para llegar a Bayahibe, sino que también
sirve a otro mundo al que es casi imposible llegar de otro modo. Me
refiero a la vasta zona seca con palmeras y playas interminables, ideal
para la industria hotelera, aunque el mar a veces está picado y ventoso.
No hay nada más, ni siquiera un cartel que indique que se ha arribado
a destino. Al
llegar a mi hotel, no podían creer que alguien que venía en auto podría
tener una reserva. Es un mundo aparte. PUERTO
PLATA, República Dominicana.- Las compras son para el viajero una manera
de llevarse sus vacaciones a casa. En Puerto Plata, la artesanía brilla
por su diversidad y calidad, pero entre todos los objetos que es posible
encontrar en los comercios, en los puestos callejeros, en los hoteles
y galerías, se destaca la joya nacional, el ámbar. Se
trata de una resina fósil que exudaba en el período terciario de árboles
coníferos. Su color es amarillento o tostado y se encuentra en trozos
redondeados e irregulares. Por su antigüedad, se suele llamarla la
gema de los siglos. En varios museos del mundo pueden encontrarse
insectos que fueron atrapados en una gota de ámbar hace miles de años
y se mantuvieron intactos hasta nuestros días, lo que permitió a los
científicos estudiar esas especies. Los
nativos le adjudicaban al ámbar propiedades mágicas y esta creencia
se transmitió a través de generaciones. Tiene electricidad positiva,
que se advierte al frotarla, y atrae cuerpos livianos. Por eso, repeler
las vibraciones negativas era uno de los atributos que los indígenas
locales le atribuían a este verdadero imán natural. No son pocas las
personas que en nuestros días llevan objetos de ámbar como amuleto y
las leyendas indican que para que sus virtudes sean efectivas debe recibirse
como regalo. Elaborada
de distintas formas -ya que existen restricciones oficiales para exportar
ámbar sin elaboración- constituye el producto favorito de la mayoría
de los turistas que llegan a la costa norte dominicana; entre otras
cosas, porque es en esa zona donde se encuentra uno de los mayores depósitos
que existen en el planeta. A tal punto que se la llama costa del ámbar.
Para quienes quieran conocerlo más a fondo, en Puerto Plata se encuentra
el Museo del Ámbar, a pasos del Ayuntamiento. En
otro orden, otra compra recomendable es una mecedora de caoba y guano,
que se entrega embalada para facilitar el transporte. Y, por supuesto,
una buena provisión de ron y cigarros. Rasgos
clásicos: el pasado de esta ciudad está emparentado con la vida cultural
actual; la gastronomía es el valor agregado.
La historia del continente americano y Puerto Plata están entrelazadas
por hechos que comenzaron con la llegada de las carabelas de Colón a
esta parte del mundo. El 11 de enero de 1493 llegó el genovés y trajo
consigo la caña de azúcar, que fue sembrada en esta zona por primera
vez y continuó siendo el principal cultivo nacional hasta principios
de los años 90, cuando el cacao, el tabaco y el café la desplazaron
de los primeros planos productivos. Puerto Plata obtiene sus recursos
de una fuente natural principal: los turistas, para lo cual cuenta con
once kilómetros de playas que se extienden entre Cofresí y Sosúa. Sin
embargo, el valor agregado por excelencia de esta región dominicana
es el cultural en sus diversas manifestaciones. El pasado de la República
Dominicana reconoce en la zona el nacimiento de algunos de sus mayores
próceres, como Gregorio Luperón, llamado la Primera Espada de la Restauración,
y el escritor y poeta Emilio Proud'Homme, autor de la letra del Himno
Nacional de este país. No casualmente se editó aquí el primer periódico
dominicano, El Porvenir, en 1873. La
comida es en todos lados un rasgo de la cultura local y Puerto Plata
no es la excepción. La gastronomía internacional, que se encuentra en
todos los complejos hoteleros de la región, compite con la cocina local,
basada en carnes, frutos de mar, banano y arroz. En esta materia, el
sancocho prieto -una suerte de puchero con siete tipos de carne-, el
pescado con coco de Samaná, el chivo liniero de Montecristi y los cangrejos
de Puerto Plata son altamente recomendables para sentir el sabor tradicional
dominicano. El locro criollo, según los lugareños, es el eslabón perdido
de la paella valenciana y se come en la República Dominicana desde la
época colonial. Su base es el arroz y los productos autóctonos, que
reemplazan los condimentos e ingredientes que usan los europeos. Al
oeste de Jamaica, el máximo placer se consigue aislado en el mar y también
en los hoteles, donde la ropa es lo de menos
Por el sinuoso camino de la costa entre Montego Bay y Negril se suceden
casas de madera carcomidas por el sol y el paso del tiempo, hay vacas
cebú atadas a postes, puestos de cerveza y de artesanías, gente mirando
pasar los micros de turistas frente a la puerta de sus hogares, grupos
de niños que salen de la escuela uniformados, pescadores, chicos que
se refrescan con alegría en el mar de aguas turquesas. Esta es la escena
que se repite tramo a tramo. Negril
está en el oeste de la isla, a una hora y media de ruta de Montego Bay.
Tiene 11 kilómetros de playas de arenas blancas que bordean un mar cristalino,
once kilómetros de palmeras y de atardeceres dorados. La franja hotelera
no sobrepasa la altura de las palmeras, de acuerdo con las disposiciones
de las autoridades locales, para que se pueda contemplar la famosa puesta
de sol desde cualquier punto. Negril
fue, en la década del 60, un lugar que atrajo a los hippies, quienes
perpetuaron la actitud no problem. De ahí, que este lugar sea
distendido, se pueda tomar sol con o sin ropa y sea fácil enamorarse.
Los deportes ponen los cuerpos en movimiento. Sólo hay que calzarse
unas patas de rana, un chaleco salvavidas y antiparras para ver peces
azules y naranjas a sólo tres metros de la costa. Otra posibilidad es
llevarse una colchoneta al mar y entregarse al movimiento levemente
ondulante de las aguas, con un libro, o un trago de frutas exóticas,
o nada. Siempre alcanza. Los
que buscan mayor acción pueden hacer esquí acuático y snorkeling mar
adentro, contratando el servicio de una lancha, y buceo. El Negril Scuba
Centre es uno de los más antiguos operadores de Jamaica que ofrece certificados
PADI. Varios locales prestan servicios para practicar deportes acuáticos,
incluyendo paseos en catamarán, que son imperdibles, para ver la puesta
de sol con música en vivo. Atardeceres
frente al mar Richard,
el creador de Rick's, cuenta que abandonó su rutinaria vida de Chicago
con la idea de vivir en una isla del Pacífico, pero su búsqueda terminó
mucho más cerca, en Negril. Pasa la mayor parte del tiempo en el bar,
junto a su mujer jamaiquina. Ofrecen a los turistas comidas típicas
como el pollo jerk, sumamente picante; pescados fritos; frutos de mar,
y daiquiris especiales de banana, papaya y ananá. Muchos acuden para
ver el atardecer de 17.30 a 19, depende la época del año. Otra atracción
para no perderse es el acantilado de los clavadistas. Está a 10 metros
sobre el nivel del mar, y la profundidad de las aguas es de 5 metros.
Ricks es un clásico en Negril y nunca falta la oportunidad para visitarlo.
El
pueblo de Negril está conformado por tres edificios públicos y nada
más. Los turistas, por lo general se encierran en los hoteles, y muchas
veces se les crea temores sobre la inseguridad. Pero los jamaiquinos
son hospitalarios y tienen muy buen sentido del humor. No existen motivos
para temerles. Para disfrutar de esta isla, hay que tomar recaudos como
en todos lados. Negril
es uno los lugares más vírgenes de la isla, las aguas son aptas para
el buceo, las playas tienen arenas blancas, y el sol, ya a las 7 de
la mañana, invita a ponerse el traje de baño y empezar el día. Todos
los gustos se atienden Jamaica
es un destino que ofrece propuestas diferentes para el turista. La principal
cadena de resorts Superclubs, de capital jamaiquino, que disputa el
mercado con Sandals, divide a sus huéspedes por afinidades. Los mieleros
tienen hoteles concebidos para el romance, como los Grand Lido; las
familias encuentran actividades y entretenimiento al por mayor en Boscobel;
los solteros y parejas pueden divertirse con alternativas más osadas
en los Hedonism, y quienes buscan los deportes en la naturaleza pueden
optar por la línea Breezes. El
régimen de comidas es de todo incluido, hasta buceo, bebidas importadas
y propinas. Este sistema fue creado en Jamaica con la iniciativa del
empresario John Issa, propietario de SuperClubs, y se popularizó por
Gordon Stewart con su grupo Sandals y Beaches. Casi el 30 por ciento
de los hoteles de la isla ofrece esta clase de servicio. Recientemente
se inauguró el Hedonism III, en Runaway Bay, el segundo hotel que abre
en Jamaica, después del Negril, que tanto éxito tuvo por las atrevidas
fiestas de pijamas, de la toga y juegos como la batalla de los sexos.
El nuevo Hedonism tiene habitaciones de colores estridentes, con jacuzzi,
espejos en los techos, mesas ratonas y ventanales al mar. Un tobogán
de agua cruza la discoteca y un jacuzzi se eleva a lo alto con fondo
de vidrio. Tiene seis bares, tres en la piscina, además de restaurantes
jamaiquinos y de cocina internacional. En
los Hedonism se practica nudismo, al igual que en los Gran Lido; hay
playas reservadas para tomar sol y pasearse sin pudor. En Hedonism la
gente hace deportes despojada de ropa, y por la noche se viste, pero
con escasas ropas. Siempre aparecerá algún personaje que capte todas
las miradas. De todos modos, hay un abanico de propuestas para elegir
otras diversiones, sin ponerse colorado.
Hawai
al rojo vivo La
cadena de cráteres de estas islas puede ser recorrida desde el aire,
así como decenas de cascadas
El
círculo del fuego y las cascadas es uno de los lugares posiblemente
más bellos de los Estados Unidos, que se descubre mediante un tour aéreo
que dura 50 minutos. Con
la voz de Elvis canturreando Blue Hawai y a bordo de un helicóptero
sobrevolamos las tierras quemadas por los volcanes de Hawai. En
tono tranquilizador, el piloto nos decía: "No es lo mismo que viajar
en avión, piensen que vuelan en una alfombra mágica". A juzgar
por nuestra palidez, la mayoría no había probado su genio personal,
como Aladino en Las mil y una noches. Se da algo particularmente
desconcertante al ver cómo, en cuestión de segundos, la pista pasa de
tamaño real al de un Lego, con una visión completa. Por
suerte, el nerviosismo fue compensado por la fascinante experiencia.
Nuestro destino era la pesada columna de humo de sulfuro que se eleva
a cientos metros sobre el Kilauea Caldera, en el Parque Nacional Los
Volcanes de Hawai. A
medida que la pequeña ciudad de Hilo, a unos 65 kilómetros del parque,
quedaba atrás, sobrevolamos la columna de humo que emanaba del cráter
Halem'uma'u. La música de abordo cambiaba según la ocasión, y El
fantasma de la ópera fue el tema ideal mientras mirábamos absortos
hacia la oscuridad espesa. No creo haber visto algo semejante, tan hostil
y amenazador como aquel cráter. El
piloto nos comentó que por lo general estaba cubierto con 150 metros
de lava y que alcanzaba una temperatura de 1200ºC. En ocasiones, cuando
los conductos naturales de escape se bloquean, la lava se desborda y
derrama por la ladera del cráter, quemando árboles, destrozando casas
y caminos a su paso, a una velocidad de 60 km/h. Desde 1983 hasta 1986,
la lava se desplazó rápidamente por la ladera sur del volcán y sepultó
la subdivisión de los Jardines Reales; destrozó 16 casas y, durante
los siguientes dos años, otras 48 más. Donde
se crea la tierra nueva De
vez en cuando, divisábamos el magma al rojo vivo entre las enormes extensiones
de lava negra. En estos lugares, la lava de la superficie se hundía
y mostraba el río de fuego que fluía debajo de la superficie. Nos asombró
ver un grupo de más o menos diez personas caminar en dirección a la
costa, con el peligro que esto representa. "Tenemos alrededor de
un sacrificio humano por año", comentó el piloto. Al
sobrevolar el extremo de la isla, contemplamos la enorme cantidad de
vapor que generaba la lava que caía en las aguas turquesas del mar.
La temperatura del agua es de 60ºC; "un jacuzzi ideal", bromeó
el piloto. Pese
a que esperábamos ver cómo la lava roja y brillante golpeaba contra
el Pacífico, como había estado ocurriendo la semana de nuestro viaje,
nos encontramos con un panorama diferente. Este es uno de los pocos
lugares del planeta donde se crea tierra nueva, y se pueden ver nuevas
extensiones de terreno, con sus peligrosas grietas y superficies irregulares,
y nuevas playas de arena negra que se forman cuando la lava hirviente
explota en partículas diminutas debido al cambio de temperatura al chocar
contra el agua del océano. Los diez minutos de este tramo del tour parecieron
diez segundos. Cascadas
de belleza Hilo
está en la costa a sotavento de Big Island y, por tal motivo, recibe
alrededor de 3200 mm de lluvia todos los años. El resultado espectacular
de este fenómeno son sus decenas de cascadas que se forman por el agua
de las precipitaciones que desborda y salta a borbotones hasta hundirse
en el océano. Después de todo ese calor necesitábamos refrescarnos,
aunque en realidad nunca dejamos el ambiente climatizado de nuestra
alfombra mágica. Al
fuego El
precio puede ser más bajo si acepta ver una presentación de un tiempo
compartido. Los puestos de agencias que representan tiempos compartidos
están por toda Kona, en el otro extremo de la isla.
Fuente
La Nación, noviembre 1999
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