CAPÍTULO XVII
EL EVANGELIO, EL VATICANO II,
Y LA “MISTICA CIUDAD DE DIOS”
Cuando la Secretaría de Estado recogió las conclusiones presentadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la MCD debió de sentir cierta incomodidad. Desde que en 1681 el Santo Oficio dio el decreto de inclusión de la obra de la M. Ágreda en el Índice de los libros prohibidos, las autoridades romanas han ido cediendo terreno y batiéndose en retirada en cada una de las actuaciones. Primero fue el fulminante decreto de sobreseimiento a los pocos meses de la puesta de la MCD en el Índice. Luego la declaración de Alejandro VIII sobre la lectura impune de la MCD. Luego vino la extracción de la obra del Índice. A partir de este momento, ya nunca se pronunciaron juicios condenatorios sobre el contenido doctrinal de la MCD. Los decretos de silencio fueron de muy graves consecuencias negativas para al Causa, pero no hubo en ninguno de ellos una condenación de la doctrina agredista. Todas las medidas que se tomaron tenían como finalidad, impedir el avance de la Causa de la M. Ágreda.
El documento del 19 de febrero de 1999 ofreció un planteamiento nuevo a las razones que impedían conceder el nihil obstat a la reapertura de la causa de la M. Ágreda. A diferencia de León XIII en 1886 – que no dio explicación ni justificación alguna a la negación al levantamiento del silencio perpetuo – la Secretaría de Estado refería las objeciones que le la Congregación para la Doctrina de la fe oponía a la obra. Son estas objeciones las que vamos a someter a un análisis esencial.
Después de una firme declaración sobre la ausencia de errores en la MCD, el documento romano menciona dos razones doctrinales de tipo menor que – a su modo de ver – son unas objeciones de innegable valor para una formal reserva a la hora de conceder el permiso de la reapertura. Hablaba de que “la presentación que se hace en la obra de la figura de la Madre de Dios contrasta con la que nos ofrece la Sagrada Escritura y no es compatible con la mariología desarrollada en el Vaticano II”. A estos reparos de tipo doctrinal, añade otro de tipo prudencial. No se otorga el nihil obstat “considerando que una eventual prosecución de la causa comportaría una aprobación implícita del libro en cuestión y una indirecta promoción del mismo”. En este capítulo vamos someter a examen estos reparos de la Congregación para la Doctrina de la fe que, hoy por hoy, bloquean férreamente la reapertura de la Causa.
Los reparos doctrinales
La primera objeción se refiere a las relaciones de la Mariología de la MCD con la Sagrada Escritura. La objeción es que la figura de la Virgen en la MCD, contrasta con la que ofrece la Sagrada Escritura y no es compatible con la Mariología desarrollada por el Concilio Vaticano II. En un amplio estudio traté de responder en otro lugar a estas objeciones. Resumo aquí las razones allí expuestas. Pero antes de entrar en la respuesta a las objeciones, bueno será analizar el alcance del concepto de “contraste”.
La carta de la Secretaría de Estado sitúa el conflicto entre la MCD y la Escritura en el ámbito del contraste. Es una metodología muy iluminadora y original, pues pocos conceptos contribuyen más a situar las diferencias, contradicciones oposiciones, divergencias y realidades parecidas en una luz tan positiva como el concepto de contraste. Gracias a las sabias investigaciones de R. Guardini estamos en condiciones de intentar una interpretación de las relaciones entre la imagen de María en los Evangelios y la MCD desde la categoría filosófico–teológica del contraste.
Ante todo, el contraste pertenece a un ámbito de comprensión en que se atiende a la totalidad de las unidades vivas y orgánicas. Dentro de esa unidad y totalidad orgánica, es donde surgen las diferencias que no son contradicciones sino tan sólo contrastes.
Aplicando la doctrina de Guardini al caso de la MCD en sus relaciones con los Evangelios, lo primero que se debe hacer es superar la mirada condenatoria de quien enfoca esas relaciones desde la oposición entre dos realidades en alteridad opuesta, divergente, o contradictoria, adoptando más bien los criterios de Guardini para situarse en su adecuada perspectiva de las totalidades vitales que contienen – en su unidad intrínseca – tan sólo contrastes.
El caso de las relaciones entre la MCD y los Evangelios es sólo un aspecto concreto de un fenómeno más vasto, cual es el de las relaciones entre la Biblia y la Mariología. Ahora bien, este ámbito está en la actualidad bastante bien clarificado, por lo cual nos limitamos a ofrecer las conclusiones de investigadores cualificados que se han pronunciado a este respecto. Resumamos a este respecto el pensamiento de P. Grelot. Según este autor, se han dado, en las relaciones entre y la Biblia y de vista histórico, tres posturas netamente distintas: la Protestante, la ortodoxa oriental, y la católica. Los protestantes se han alineado en una postura de divergencia irreductible entre los dogmas marianos y la doctrina del NT. La Iglesia Oriental Ortodoxa no ha tenido dificultad en aceptar las creencias marianas no contenidas en el NT. La razón de tal aceptación es la tradición propia de las iglesias orientales. Pero esa tradición no ha sido sometida a reflexión, diferenciando entre la tradición apostólica fundante y la tradición eclesiástica ulterior. Ha sido el Catolicismo el que, admitiendo, como los ortodoxos, los dogmas marianos, ha realizado, al mismo tiempo, una neta distinción entre la tradición apostólica fundante, cuyo depósito ha conservado intacto, y la tradición eclesiástica que ha desarrollado su inteligibilidad.
Señalado así el marco histórico de la triple interpretación de las relaciones de la Mariología con los Evangelios, apliquemos las conclusiones al caso de la MCD.
Acusar a la MCD de contradicción con la imagen mariana del NT significaría optar por el punto de vista protestante que niega la tradición – como norma hermenéutica y como realidad histórica de transmisión de la fe cristiana – no viendo en los dogmas marianos más que una superestructura teológica inaceptable. La MCD tiene su sentido en la Mariología tradicional católica, distinguiendo entre la tradición apostólica fundante, y lo que en el curso de la transmisión histórica de la misma, se ha desarrollado merced a las iluminaciones místicas de personas plenamente poseídas por los dones del Espíritu, y la reflexión teológica.
Las leyes del despliegue en el contraste
De entrada, una cosa es cierta: que entre la Virgen de la MCD y la de los Evangelios no hay contradicción. Si tal sucediera, esta obra sería herética. Ahora bien, la Iglesia ha reconocido que en ella no hay herejías ni errores dogmáticos. Por tanto, sólo hay contrastes. La Vida de la Virgen que traza la MCD ciertamente, corresponde a lo que la M. Ágreda promete en el título de su obra: es una vida divina de María, de contenidos nuevos, obtenidos por superiores iluminaciones divinas. En una identidad de fondo, la imagen de los Evangelios y la de la MCD, ofrece netas diferencias.
Ahora el problema que se plantea es el siguiente: ¿Es la misma, la Virgen de la MCD y la de los Evangelios? La respuesta nos viene dada de dos ámbitos distintos: el de la teología del desarrollo dogmático, y el de Hermenéutica espiritual. El primero explica cómo se contiene la Virgen de la MCD, en continuidad homogénea, en las verdades reveladas del Evangelio. El segundo da a entender, cómo se verifica el enriquecimiento de contenidos nuevos entre la imagen neotestamentaria de María y la MCD, desde las actuaciones iluminadoras del Espíritu Santo actuando en las almas mediante sus dones.
El progreso dogmático
El problema de la identidad entre la Virgen de los Evangelios y la Virgen de la MCD es un problema de interpretación teológica análoga a la del Cristo de la fe y el Jesús de la historia. ¿Es el mismo el Jesús de la historia evangélica y el Cristo de la fe? La Teología Fundamental da una respuesta tajantemente afirmativa. Luego, la teología sistemática avanza en el detalle de las cuestiones sobre esa identidad, y responde: lo que hay de más en la fe de la Iglesia de todos los tiempos, es un despliegue homogéneo de los contenidos de la fe que se encuentran en los Evangelios. Mas ¿cómo tiene lugar ese despliegue?
Hemos insistido ya en el hecho de que se da una doble vía de progreso en el despliegue de los contenidos de fe: la vía del discurso teológico que lleva de lo explícito revelado a lo implícito deducido, y la vía de la connaturalidad, por la cual los fieles – mediante el ejercicio de los dones del Espíritu – descubren nuevos aspectos de la única realidad revelada. El primero es muy conocido como teología discursiva. Tiene lugar siempre que en lo nuclear, primario y compacto de la revelación, la razón teológica va descubriendo contenidos nuevos y deducidos, que estaban presentes en el todo lógico de lo nuclear y lo compacto primario. La segunda, en cambio, procede por un camino distinto. Es la vía de los santos y de los místicos, que contactan con la misma realidad revelada, de donde fluye el conocimiento místico–experimental. Es la vía de la connaturalidad entre el místico que contempla, y la realidad sobrenatural aprehendida en dicha experiencia sapiencial. En este segundo caso, la experiencia superior acontece por la iluminación del Espíritu Santo. Ahora bien, lo divino que por connaturalidad se le manifiesta al místico, es de doble naturaleza. Unas veces es la realidad misma de los contenidos de fe, con los cuales se une el alma por la fe y la gracia; otras veces la Escritura, cuyo sentido profundo pone de manifiesto la actuación connatural de los dones. Este segundo caso es la forma suprema de la lectura bíblica “in Spiritu” de la que habla la Dei Verbum (n. 12).
Esta ley del despliegue del conocimiento sobrenatural que tiene lugar en la evolución homogénea del dogma es la que da plena razón de la singular forma en que la M. Ágreda ejerce su original actividad hermenéutica in Spiritu. En la composición de la MCD confluyen dos formas de conocimiento sobrenatural: la actividad mística donal que le procura el conocimiento de las realidades de fe en sí mismas, y la hermenéutica in Spiritu que le da a conocer en profundidad los sentidos ocultos de los textos marianos de la Biblia.
Es así como se entiende la naturaleza de la original hermenéutica de la M. Ágreda, y la profunda coherencia que su libro tiene con la doctrina de los Evangelios, en una manera de prolongación y despliegue homogéneo de la doctrina mariana del NT.
Contraste y oposición
Cuanto hemos expuesto es simplemente la doctrina acerca del contraste legítimo, integrador y equilibrado. Pero en la carta de la Secretaría de Estado parece que el contraste se toma en sentido negativo. No en vano el texto está en italiano y en esa lengua el contraste tiene un sentido peyorativo de oposición y contradicción. Por eso prolongamos la precedente exposición analizando el concepto de contraste en su vertiente negativa pues sólo en el caso de que el contraste se tome en su sentido negativo/fuerte, puede tener el texto romano su aplicación adecuada al caso de las relaciones entre la MCD y la Escritura. Y en este punto hemos de confesar que la metodología utilizada por la Congregación de la Doctrina de la Fe, no es adecuada. Esa objeción parte de la exclusión de la Tradición como un puente de unión y un lazo de hermenéutica integrativa entre un texto tan antiguo como la Escritura, y otro del siglo XVII como es la MCD. Establecer un contraste/oposición entre la Escritura y al MCD es proceder en una hermenéutica protestante de la sola Scriptura. No es lícito en metodología católica, enfrentar a la Escritura con un autor o una doctrina desde una directa e inmediata confrontación mutua, sin atender a la Tradición, que une en una indisoluble cadena la enseñanza de textos cristianos de un determinado período de la historia. Confrontar esos textos en una contraposición directa e inmediata – sin mediación integradora alguna – es negar de plano el valor hermenéutico de la Tradición. Una gran parte de la Mariología católica – antigua, moderna, y reciente – no resiste esa confrontación bíblica directa e inmediata. ¿Cómo enfrentar directa e inmediatamente el dogma de la Inmaculada y de la Asunción con el dato nudo y escueto de la Biblia sin recurso alguno a la Tradición, como hace la carta citada con la MCD, contrastada sin mediación tradicional, con la Biblia? Ningún gran teólogo – pongamos p. e a Suárez, Vega, Saavedra, Ripalda, de la Cerda etc. – resiste esa confrontación directa. No la resiste el piadoso San Alfonso, o la esclavitud mariana de San Luís M. Grignion de Montfort o las consideraciones de San Maximiliano M. Kolbe sobre la Inmaculada y el Espíritu Santo. No lo resiste el magisterio del B. Pío IX o de Pío XII. Es esta una objeción que no cabe entre teólogos católicos. Tanto o más contraste bíblico–dogmático hay entre la Escritura y la Mariología de Pío IX, o Pío XII, que entre la Mariología de la M. Ágreda y la Escritura.
Digamos por fin que el terreno donde se ha situado la objeción de la carta es muy inconsistente y movedizo. El contraste se le busca entre la figura de la Madre de Dios en la MCD y de la Escritura. Comprendemos que la figura no se ha de tomar en su sentido literal de algo externo a la realidad. La figura es lo más cambiante e inesencial de un ser. Comparar la figura de la Virgen en la Escritura y en la MCD es peligroso. Porque, o se trata de figura en su sentido estricto, y entonces es una objeción superficial e inconsistente, o se trata de algo esencial a la Madre de Dios, cual es su misterio. Si lo que se quiere entender por figura es la realidad sustantiva de María – o el misterio – entonces el recurso metodológico al contraste valdría. Pero precisamente cuando se comparan el misterio de Maria en la Escritura y el misterio de la Virgen en la MCD caen por los suelos todas las objeciones. A ese nivel hay una coincidencia profunda. Sólo tiene fuerza la objeción si la figura se toma en su sentido más exterior cual es la presentación literal de la Biblia, en su dimensión más aparente y superficial. Y ese nivel no es teológico, y es tan cambiante que la figura de Maria en la Escritura no coincide, ni con la primera Patrística que exalta la figura de la Virgen como la Nueva Eva.
La incompatibilidad con la Mariología del Vaticano II
La objeción de la incompatibilidad entre la Mariología de la MCD y la del Vaticano deja en el ánimo del lector una perplejidad no pequeña. Si se afirma categóricamente que no hay en la MCD ningún error doctrinal, la incompatibilidad no puede encontrarse en las enseñanzas fuertes y fundamentales de la obra. Será, evidentemente, una incompatibilidad débil y de matices. Planteado el problema en este terreno ya la discusión es de cuestiones accidentales.
Aunque el documento pontificio nada dice de las incompatibilidades accidentales podemos descubrir algunas.
Ante todo, el método. El Vaticano II aborda la Mariología desde un método de sentido literal aplicado a los textos mariológicos de la Biblia. Aquí la incompatibilidad metodológica accidental es patente. Pero no lo es tanto, pues el Concilio, cuando enseña las leyes de la hermenéutica teológica advierte que la Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita (DV, n. 12). Y aquí la incompatibilidad cesa por completo, ya que la MCD está plenamente en la línea de la lectura in Spiritu señalada por la Dei Verbum. Todas las normas que da la Constitución sobre la Revelación, en materia de hermenéutica teológica se cumplen perfectamente en la MCD, aunque no se ajusten a la interpretación literal seguida por la LG VIII. La MCD está también – en línea de exégesis – conforme con las normas señaladas por la instrucción acerca de la Interpretación en la Iglesia de la PCB cuando habla de los sentidos espiritual y pleno de la Sagrada Escritura.
La Mariología de la LG se caracteriza por un criterio de mesura y equilibrio, en un tratamiento esencial y breve de las cuestiones, propio de las enseñanzas del Concilio que no entra en puntos particulares. Es aquí donde la distancia es grande entre la Mariología de la MCD y la del Vaticano II, pero, como advierte el P. Llamas “El Concilio nos ofrece una micro–mariología, reducida a principios, a afirmaciones fundamentales, y a orientaciones básicas. No necesitaba decir más, dada la finalidad de su texto. Por lo general no se prodigan en él las explicaciones, o los razonamientos de carácter teológico. La MCD, por el contrario, es una macro–mariología, en la que abundan – a veces con exceso – prolijas descripciones y explicaciones de las verdades y dogmas fundamentales relativos a la Virgen Santísima, en un estilo reiterativo, recargado y exuberante en sus detalles, propio de la época barroca. El texto del Concilio es lineal, sencillo, transparente, limpio de aliños y aderezos, y depurado de añadidos y de elementos accesorios.
Pero, fijándonos en las grandes líneas y en el contenido esencial de la Mariología, así como en los rasgos que configuran la imagen sobrenatural y auténtica de la Virgen María, no existen diferencias radicales entre la MCD y el capítulo mariano del Vaticano II. Por eso, resulta extraño afirmar que la Mariología de la MCD “no es compatible con la del Concilio”. Ante una expresión semejante no se puede menos de advertir una cierta exageración. Porque una incompatibilidad con el Vaticano II supondría, sin más, un error doctrinal.
Lejos de contener una Mariología concurrente e incompatible con la del Vaticano la MCD ofrece una doctrina mariana tradicional, completa, coherente, original, escrita en muy buen lenguaje, llena de recursos literarios de tipo simbólico, si bien de estilo barroco.“La Mística Ciudad de Dios” es un compendio de mariología. Es una obra perfectamente estructurada, no en una forma sistemática, al estilo de los tratados de teología escolástica, sino con una estructura histórica, la de la “Historia de la salvación” la Historia salutis, siguiendo la disposición cronológica de los misterios de la vida de la Madre del Redentor y de su Hijo. Por esto esta historia es al mismo tiempo una teología, una mariología, en nuestro caso, porque es María el sujeto y la materia de la reflexión.
Pero, no se trata de una mariología sistemática, al estilo de la que elaboraron, por lo general, los comentaristas de Santo Tomás y los teólogos de oficio – entre los que hay algunas excepciones –. La mariología de la MCD es una mariología narrativa, elaborada a partir de unos hechos y datos históricos, que se constituyen al mismo tiempo en datos teológicos, por su significación particular y su teleología sobrenatural, son hechos de salvación. En su conjunto, constituyen una historia salutis que tiene como centro el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, en el que la Virgen María desempeñó una función esencial.
Desde este punto de vista la Venerable Madre Ágreda aventajó a los mariólogos de su tiempo, comentaristas de Santo Tomás de Aquino, y autores de ensayos y de escritos sobre la Virgen, por la riqueza doctrinal que aporta, por la amplitud de su obra, y por la viveza de su estilo.
Se puede hablar con propiedad de la MCD como un “compendio de mariología” porque su autora explica en sus páginas todos los misterios de la vida de la Virgen María, la Madre de Dios, que son al mismo tiempo los misterios de su Hijo, el Redentor. La explicación que hace la Madre Ágreda de estos misterios comprende su sentido teológico y espiritual. Acerca de algunas verdades fundamentales, apenas se pueden exigir más detalles. Así, por ejemplo, la predestinación eterna de María, la realización del misterio de la Encamación, presencia de María en el Calvario... etc. La mariología es la explicación del contenido doctrinal de esos misterios, que son misterios de salvación, porque María estuvo íntimamente unida a su Hijo, y fue Socia y colaboradora con El, por disposición divina, a la obra de la salvación.
Las descripciones que hace de los misterios de la Virgen María tienen un contenido teológico, y son a la vez como descripciones o representaciones plásticas de las verdades sobrenaturales, en comunión y en movimiento, que acerca a los lectores la realidad y hace más comprensible el significado del misterio.
Esto fue, sin duda un atractivo para los lectores de esta obra. Es un aspecto y un valor, que deben ser considerados con detenimiento, habida cuenta de que la Madre Ágreda escribió en una época en la que el estilo barroco gozaba de mayor fuerza e influencia en la literatura religiosa, antes de llegar a deformaciones y a otras corruptelas. El barroco influyó en la concepción y en la estructura de su obra, y marcó sobre todo sus formas de expresión.
Recubre sus afirmaciones y la explicación de los hechos con representaciones y descripciones prolijas y recargadas la mayor parte de las veces. Pero, esto no deforma ni adultera la verdad de los hechos. Esto es lo importante, que no podemos perder de vista. Su obra es un modelo de la hagiografía más pura de su tiempo, en la que la historia y la biografía se supeditaban a su ejemplaridad, para provecho espiritual de los lectores.
Desde este punto de vista el estilo no resta valor en sí a su contenido, en todo cuanto responda a una conveniencia objetiva, o cuente con una máxima probabilidad, que tenga algún fundamento dentro del desarrollo normal de una biografía. El error histórico y doctrinal pertenece y se sitúa en otra categoría, y no tiene cabida ni presencia en las páginas de la MCD.
La Madre Ágreda utiliza profusamente los signos de la imagen y el simbolismo. Son recursos para conseguir la plasticidad de sus explicaciones, que era el estilo de su tiempo. Familiarizada, como estaba, con el texto de la Sagrada Escritura, resulta connatural en ella el uso de la metáfora y de las imágenes, los símbolos de las realidades sobrenaturales. El título mismo de la obra es un simbolismo, de sabor bíblico. “María, mística ciudad de Dios”, que recoge los ecos de autores de la época patrística y la medieval.
El simbolismo hay que aplicarlo también al leguaje y a muchas expresiones, que pretenden acercar a nosotros lo inefable, que es difícil encerrar en un vocablo”.
Esta obra tiene contra sí el estilo ampuloso y barroco que le caracteriza. Mas no lo es tanto como otros de la época como el P. De la Cerda,
La Mariología de la LG es muy matizada en lo ecuménico. La MCD no tenía problemas de ecumenismo con un entorno hostil de tipo reformado, y habla desde una mentalidad católica, que se dirige a católicos piadosos, nutridos de la piedad mariana católica.
Llama la atención la metodología empleada por la carta de la Secretaría de Estado cuando contrapone la Mariología de la MCD y la del Vaticano II. No es buena metodología en historia de los dogmas absolutizar los aspectos no esenciales de un Concilio, para encontrar incompatibilidades entre esos aspectos y una obra de tres siglos atrás. No es buena metodología tomar aspectos inesenciales de una obra cualquiera de una cierta época para declararla incompatible globalmente con otra – de materia afín – pero de época histórica diferente. Con esa metodología se pueden encontrar aspectos secundarios de un Concilio que resultan incompatibles con otro Concilio anterior o posterior. Un examen crítico serio difícilmente justifica una afirmación tan tajante como la de la carta de la Congregación de la Fe que declara rotundamente incompatible la Mariología de la MCD, con al del Vaticano II. Esta es la impresión del P. Llamas: “Desde luego, parece un poco desconcertante [...] decir que la MCD no contiene ningún verdadero error de carácter doctrinal, ni herejía ninguna – lo que es cierto –, y que al mismo tiempo su Mariología no sea compatible con la Mariología del Vaticano II, que es la Mariología de la Iglesia.[...]. Si no hay errores doctrinales en la obra de la Madre Ágreda, si no contiene ninguna herejía, ¿cómo es que la imagen que nos presenta de la Madre de Dios no se corresponde con la imagen bíblica y evangélica, que nos ofrece el Nuevo Testamento?”
La imagen de María, que nos ofrece la Madre Ágreda, y su Mariología no serán compatibles con la mariología del Vaticano II, para quienes interpreten la MCD como una obra histórica en sentido propio, redactada en un estilo y con una finalidad, según las exigencias de la historia y de la cronología. Pero, la MCD no es eso. Es una obra, bajo un título simbólico; Mística”. Y concluye con esta afirmación tajante: “Bajo el aspecto doctrinal, y desde el punto de vista de lo que constituye esencialmente la imagen verdadera de María, en un sentido teológico y espiritual, yo no encuentro ninguna incompatibilidad con la imagen de María que nos ofrece la Iglesia”.
Aunque la Congregación para al Doctrina de la Fe niegue que se den errores doctrinales en la MCD, niega el nihil obstat a la Causa por dos motivos de tipo prudencial. Veamos cuál es el alcance de estos reparos.
Las razones prudenciales
En la Carta del 19 de febrero de 1998 parece atribuir la fuerza determinante a dos razones de tipo prudencial: la implícita aprobación que el libro recibiría de la reiniciación de la Causa, y la promoción que tal decisión supondría para la MCD.
Detallemos un poco la verdad histórica de estas razones.
La aprobación de la MCD
Que la reanudación de la Causa suponga una implícita aprobación de la MCD hace pensar que en la actualidad no hay ninguna aprobación de la misma. Esto se hace difícil de entender y de aceptar. Hay una in ininterrumpida serie de ediciones de la MCD, desde la editio princeps de 1670, que llevan la aprobación de los Ordinarios de lugar donde se ha hecho la edición.
La primera impresión de la MCD, hecha en Madrid en el año 1670, salió a la luz pública con la aprobación del Ilmo. Señor Don Miguel de Escartín, Ordinario de la Diócesis de Tarazona. La edición de Lisboa de 1681 llevaba también su aprobación eclesiástica. La de Perpignan en 1684 apareció también con una aprobación elogiosa. El año 1719 se publicó en Augusta y Dilinga la traducción latina de la MCD, preparada por el religioso franciscano P. Domulo Pauli, de la Provincia de Austria. Iba precedida de una pomposa aprobación. La edición italiana de Trento en 1708 no le cedía en elogios. Todas estas aprobaciones de los Ordinarios de lugar, son anteriores a la suspensión de la Causa decretada por Clemente XIV el año 1773. Un estudio exhaustivo del tema llevaría probablemente a comprobar la existencia de muchas otras aprobaciones episcopales. Mas no cesaron las aprobaciones con el decreto de Clemente XIV. He aquí unas cuantas aprobaciones posteriores a la suspensión de la Causa. Mencionemos, ante todo, una nueva traducción al francés, después de la infortunada del Conventual P. Croset, que suscito las iras de la Sorbona. Fue obra del P. Serafin del Sagrado Corazón, pasionista, publicada en París los años 18601863, en cinco volúmenes, con el título de “Grandeurs et Apostolat de Marie, ou la Cité Mystique justifiée”. La edición salía acompañada de una Introducción o Prólogo, y de amplias y numerosas notas y explicaciones en defensa de la MCD. En el primer volumen aparecen los elogios y alabanzas de varios Obispos belgas y franceses: de Descamps – a la sazón Vicario General de Tournai y más tarde Arzobispo de Malinas y Primado de Bélgica – de Mons. Malou, Obispo de Brujas, de Mons. Margerye, Obispo de Autun, de Mons. Parisis, Obispo de Arras.
La traducción alemana de la MCD que se publicó el año 1886, iba precedida de la aprobación dada el 12 de septiembre de 1885 por el Arzobispo Franz Albert, legado de la Silla Apostólica y Primado de Alemania. Franz Albert alude a los Decretos de Inocencio XI y Clemente XI, por los que la lectura de la MCD está permitida a todos los fieles, a los dictámenes favorables que han dado las Universidades de Toulouse, Salamanca, Alcalá y Lovaina y a los grandes elogios que han tributado a esta obra el cardenal Aguirre, el Abad Emery y el Abad Próspero Guéranger.
El canónigo francés Víctor Viala publicó el año 1916 su obra Vie divine de la Tras Sainte Vierge man festée par Elle–méme á la Vénérable Marie de Jésus d’ A greda. Résumé complet par la Chano me Víctor Viala, Toulouse 1916. La obra fue muy elogiada por varios Obispos franceses. También alabaron la obra de Mr. Víctor Viala varios otros Prelados.
Después de la carta del 19 de febrero de 1999 se han publicado todavía nuevas traducciones. En 2001–2002 se ha publicado una nueva edición en italiano, en las Ediciones Porziuncola, dirigida, por el P. Herbert Schneider, OFM, En 2002, otra traducción portuguesa; y en 2003, una nueva traducción holandesa.
A estas aprobaciones de los Ordinarios del lugar se han unido los plácemes personales de varios Papas, posteriores a Clemente XIV. El primero de ellos fue el Bto. Pío IX. Este Pontífice, tan bien dispuesto respecto de la M. Ágreda, dio su personal aprobación de la MCD. Lo hizo cuando le presentaron la traducción del P. Serafin CP. arriba mencionada. También el Papa Pío XI mostró sus personales disposiciones favorables a la MCD.
Es tal la masa de estas aprobaciones, que todas las ediciones en lengua original española, mas las doce traducciones, se publicaron con la aprobación de sus respectivos Ordinarios del lugar. No es exhaustiva la lista de los testimonios que acabamos de aducir, pero muestran suficientemente que el magisterio ordinario de la Iglesia ha aprobado cada una de las ediciones de la MCD. Como complemento añadimos otro dato. La solicitud elevada el año 1867 a Pío IX para que se reasumiera la Causa de Beatificación de la V. Madre iba firmada por 38 Obispos de España; y la que se elevó a León XIII los años 1880–1881 iba firmada por dos cardenales, cinco Arzobispos, cuarenta Obispos y cuatro Vicarios Capitulares.
No fueron sólo los Papas y los Obispos los que aprobaron explícitamente la obra de la M. Ágreda. A ellos se unieron las Universidades católicas de Europa, con los Colegios Mayores de los Religiosos. La primera de ellas fue la de Toulouse. Lleva como título: Approbatio Doctorum Universitatis Tolosanae. La fecha de su promulgación es la de 25 de noviembre de 1694. Al aprobar el libro de Grenier, la Universidad expresaba sus propias convicciones sobre la ortodoxia y calidad teológica de la MCD. El autor de la Approbatlo, daba a conocer su convicción personal sobre los valores extraordinarios de la MCD en unas declaraciones por demás favorables a la obra de la M. Ágreda. A Toulouse – que dio a conocer su aprobación antes del conflicto de la Sorbona – le siguió la Universidad española de Alcalá el 27 de junio de 1699, la de Salamanca el 10 de septiembre de 1699. Después vino la de Lovaina, el 20 de julio de 1715.
El hecho universal de que las ediciones originales y traducciones se hayan publicado con la aprobación de los Ordinarios ¿no supone ningún tipo de aprobación eclesiástica? ¿Tan despreciable es esa masa de aprobaciones, por obra de Obispos de doce culturas diversas, y en el curso de más de tres siglos? ¿Qué se requiere para una aprobación implícita? Es que la declaración de Alejandro VIII sobre la lectura impune de la MCD, ¿no es una aprobación implícita? La extracción del Índice, ¿no supone nada? Las aprobaciones de las principales Universidades europeas, ¿no superan el estado de una aprobación cero?
La difusión de la MCD
Otro reparo prudencial contra la reapertura es el peligro de que tal decisión significara una promoción de la MCD. Se trataría de una promoción a modo de una propaganda editorial, sin duda.
La promoción de la MCD no es algo que podría empezar en el momento de la reapertura de la Causa. La difusión y valoración positiva de la obra por el pueblo cristiano, desde hace más tres siglos, es un hecho histórico innegable. La promoción primera comenzó cuando el B. Inocencio XI concedió el sobreseimiento del decreto que incluía la MCD en el Índice. Levantada la condenación, se dio vía libre a la difusión y lectura de la obra. Mayor influencia tuvo para la promoción de la MCD la sentencia absolutoria de la Inquisición de Madrid. Aquel hecho, disparó la difusión de la obra en todos los vastos dominios de España, lo mismo que la de sus traducciones. Otras intervenciones de la Santa Sede – como la declaración de la lectura impune por Alejandro VIII – y la extracción – prácticamente definitiva – de la MCD, del Índice, fueron otras tantas promociones oficiales de la obra de la M. Ágreda. Cuando Clemente XIV impuso silencio a la Causa, esta decisión no afectó para nada a la difusión de la MCD que seguía libremente su curso.
Puede afirmarse sin incurrir en exageración que la “Mística Ciudad de Dios” es una de las obras de la literatura cristiana que más difusión ha alcanzado en el pueblo católico. La prueba más clara de ello es la multitud de ediciones que se han hecho de esta obra, no sólo en su original español, sino también en otros idiomas. Ha sido vertida al portugués, italiano, francés, alemán, flamenco, neerlandés, polaco, vascuence, brasileño, tamil, y hasta al latín, al griego moderno, y al árabe. La MCD, unas veces ha sido editada íntegra, otras veces parcialmente, en resúmenes o compendios.
Hemos hablado ya de las doce traducciones que se han hecho de la obra. Expongamos ahora brevemente el volumen de la difusión. Nos limitamos sólo a la expansión de la obra en lengua española, y sólo desde la publicación definitiva de la MCD en 1970. La acogida de esta edición fue calurosísima. Agotada en el espacio de diez años la primera edición que era de 5.000 ejemplares, se procedió a una reimpresión en 1982. De 7.000 ejemplares. Agotada en 1992, se ha hecho una tercera tirada de 8.000 ejemplares. Lo admirable de la difusión de este libro prolijo y de no fácil lectura, escrita en el lenguaje clásico del siglo XVII, pero un poco desusado en nuestros días, es que el Monasterio de Ágreda no realiza publicidad alguna para la promoción de la obra. Tampoco las revistas han hecho reclamo o propaganda especial. Son los mismos lectores los que se han hecho los propagandistas del libro. Por cartas que se reciben en el Monasterio de Ágreda se sabe que en Alemania y en los EE.UU. de América sucede algo parecido con la difusión de las traducciones alemana e inglesa respectivamente. En la actualidad, se ha abierto la puerta del Este asiático, gracias a la difusión que se está realizando desde Japón y Corea.
Lo primero que llama la atención en la difusión de la MCD es su universalidad. Sólo la difusión española – exclusivamente – alcanza a numerosos países del mundo entero 27 además de la casi totalidad de las Provincias españolas. Toda esta difusión se ha hecho estando la Causa bajo silencio.
Los resultados beneficiosos de la lectura de la MCD
En la decisión romana de negar la reapertura de la Causa de la M. Ágreda parece dominar la impresión de que la MCD es una obra nefasta, y hay que neutralizar en lo posible su influjo dañino. De ahí que se quiera evitar su aprobación y limitar su promoción. Por tanto, el peligro máximo del caso Ágreda está en la difusión de la obra. En este punto queremos aportar algunos datos para corregir tan injusta opinión. La MCD no sólo no ha producido males en la Iglesia, sino todo lo contrario, ha procurado a los fieles bienes innumerables.
No ha hecho ningún mal. No ha provocado – como la condenación de la obra de Jansenio por la bula Unigenitus – ningún movimiento de rebeldía eclesial. Ni el Monasterio de Ágreda, ni las diversas familias franciscanas, ni los lectores de la MCD han fomentado jamás un movimiento de reacción contraria a la jerarquía, o de resistencia a los penosos decretos contra la MCD. Antes bien han dado en todo punto un ejemplo heroico de sumisión fiel y sincera a la autoridad eclesiástica. Este es un dato que toda historia objetiva del caso Ágreda considera como un efecto positivo de la persona de la Madre Ágreda. La lectura de la MCD no ha producido más que sumisión a la Iglesia.
Además de este efecto tan llamativamente positivo, está la gran cantidad de santos, beatos, siervos de Dios, y escritores espirituales que ha suscitado la lectura de la obra de Sor Maria de Jesús.
Omitiendo los nombres de los franciscanos – que son legión – mencionemos algunos casos seleccionados de las familias espirituales independientes. Muy devoto de la M. Ágreda y lector asiduo de su obra fue el Bto. Baldinucci, lo mismo que el Bto. Francisco Fasani, OM Cap, la Bta. Maria Crucificada Satellico, Sor María Matilde del Ssmo. Sacramento, San Antonio M. Claret el Bto. Diego de Cádiz, OM Cap. y otros. Muchos autores espirituales supieron inspirarse en la obra de la M. Ágreda, como el Siervo de Dios. P. Nazario Pérez, S.I., el P. Federico Guillermo Fáber el P. Arintero. Algunos, como el P. Serafin del Sagrado Corazón, C.P, se dedicaron a defenderla y difundirla.
Al término de un recorrido tan complicado, es de obligación señalar algunas constataciones. Si la MCD no tiene errores en la fe, es evidente que las objeciones contra ella son sólo de cuestiones teológicas accidentales. Si – además los reparos son de tipo prudencial, esta declaración romana da razón al planteamiento que en su día hizo el Secretario de la Conferencia Episcopal Española, el Mons. Jesús Iribarren. Cuando se le pidió una recomendación para reanudar al Causa, formuló la siguiente pregunta: ¿son esenciales, o sólo circunstanciales las objeciones contra la MCD? Y la respuesta – según el documento romano que estamos analizando – es que se trata únicamente de reparos circunstanciales y de prudencia eclesiástica, sobre si la apertura de la Causa supondrá una promoción de la obra, y una aprobación implícita de la misma. Se trata de objeciones y reparos prudenciales.
Es fácil responder resumidamente a estos reparos, basándonos en la documentación histórica que hemos aportado.
La difusión extraordinaria de la MCD no ha dependido del estado feliz de la Causa. Toda la promoción se ha hecho hasta ahora, contra corriente. No parece probable que la reapertura de la Causa provoque una promoción notablemente superior a la que ya está hecha.
En cuanto al peligro de la aprobación implícita, hay que advertir que tal objeción parece ignorar todo el movimiento de difusión de la obra que se ha dado ya en la historia, y aumenta sin cesar. Una información histórica seria sobre estos innegables datos editoriales, y de los efectos espirituales de la lectura de la MCD demuestra que no ha sido la obra de la M. Ágreda, en la historia de la Mariología y de la Mística, un libro peligroso o pernicioso, a cuya negatividad hay que poner un dique, sino todo lo contrario. Por otra parte hay que limar la exageración del documento que supone que – respecto de la MCD – hasta el presente no hay aprobación alguna, ni implícita. Las tomas de posición de los Papas, como Alejandro VIII, o la extracción del Índice – en el ámbito oficial/romano – no colocan a la MCD en una situación de aprobación cero. Si a los actos oficiales de Roma se añade la admirable coincidencia de los Ordinarios del lugar al aprobar tantas ediciones en tan diversas culturas, equivale a una verdadera aprobación, si no al nivel jurídico, sí a nivel pastoral. Tal consenso entre los Ordinarios, unido a la amplia lectura y difusión de la obra a lo largo de siglos, ha realizado una recepción verdaderamente depuradora y discernidora de los auténticos valores que encierra la MCD, haciendo de ella un verdadero clásico de la espiritualidad católica.
El magisterio de los obispos, la lectura mundialmente tan vasta y unánimemente reconocida como beneficiosa, la multitud de santos que han nutrido su espiritualidad a base de la lectura de al MCD, ponen de manifiesto que la situación verdadera del libro de Sor María de Jesús, no está, al margen de toda aprobación de la Iglesia.
Esta maravillosa realidad que estamos resumiendo, revela un tipo de aprobación muy distinto del que parece tener in mente la Congregación para al Doctrina de la Fe. El Dicasterio romano parece referirse a la aprobación jurídica del libro. Los hechos que hemos recogido en este capítulo descubren que la aprobación verdadera y real de la MCD pertenece a un nivel más elevado, interior, profundo, y oculto, cual es el del discernimiento de espíritus. Esa masa de lectores y de obispos que la han aprobado, no es una aprobación jurídica, sino un hecho masivo de discernimiento de espíritus a ritmo de siglos. Sólo el Espíritu discierne al Espíritu que inspira un libro, y lo pone al descubierto – a veces basándose en siglos de historia – como sucedió con la Escritura. El hecho paradójico de la MCD sólo es explicable desde la piedad mariana, guiada por el Espíritu Santo, que ha iluminado a obispos y fieles sobre los valores eximios de la MCD. Es aquí donde entra en juego el “sensus fidei” de los fieles que ha sido determinante en la evolución del dogma mariano en general y de la Inmaculada en particular.