CAPÍTULO XI
EL “Judicium” DE BENEDICTO XIV (III)
Las revelaciones de la MCD
Aunque las objeciones contra la infalibilidad pontificia parezcan las de mayor calado dogmático, en la mente de Benedicto XIV eran más perniciosos y teológicamente más reprobables los errores sobre el constitutivo intrínseco de la MCD como libro de revelaciones.
Desde el proceso de la Inquisición en Madrid, el carácter revelado de la MCD constituía el verdadero núcleo del problema en el caso de la M. Ágreda. En la censura de la Sorbona, fue el tema donde la hermenéutica de los textos de la MCD resultó más funestamente sesgada. De aquella censura dependen la Copia 1 y IV de la Comisión de 1730. El documento presentado por el relator de la Comisión de 1747 había insistido también fuertemente en este tema. Por todo ello, era muy normal que Benedicto XIV hiciera armas desde esta acusación.
Una obra capital sobre las revelaciones privadas
Un hecho importante vino a dar una actualidad nueva al tema de las revelaciones en el proceso romano de la MCD. En 1744 un Canónigo Lateranense alemán, el P. Eusebio Amort publicaba la más severa crítica teológica de las visiones de la M. Ágreda Este libro fue leído por Benedicto XIV, y de él se sirvió – junto con el voto del Cardenal Tamburini y otros – para redactar su Judicium. Con el fin de ofrecer el contexto más completo a las objeciones del Papa a las revelaciones de La M. Ágreda, resumamos las conclusiones de este teólogo.
Después de haber analizado los casos de revelaciones de otras grandes místicas como Santa Gertrudis, Santa Isabel de Sch5nau, la B. Ángela de Foligno, la B. Verónica de Binasco, se adentró en el estudio de la MCD, dedicándole más de 300 páginas (2 18–587). Sometió el autor a una severa crítica las pretensiones de un origen sobrenatural que se atribuían las visiones de la M. Ágreda. El dictamen global de las mismas era francamente positivo. Amort trató a la Concepcionista española con grande miramiento. Las conclusiones del sabio agustino sobre el caso, se pueden reducir a los puntos siguientes: 1– En la vida de la Ven, se dio una verdadera presencia mística. 2– No es verosímil que fuera juguete perpetuo de ilusiones diabólicas una persona de tanta virtud’. 3– Tampoco se ha de pensar que la totalidad de sus revelaciones estuviera exenta de ilusiones, especialmente de la fantasía 6, como es el caso normal de la mayoría de los casos de visiones, pues ni los santos han estado exentos de leves defectos e ilusiones, dada la fragilidad humana. 4– Por eso, estas revelaciones de la Ven. habría que clasificarlas más bien entre las piadosas meditaciones e insinuaciones de la divina piedad S Estas conclusiones juiciosas – si bien minimistas – tuvieron un resultado fatal. Los acusadores de la MCD no aceptaron la mesura de las conclusiones del P. Amort. Más bien, se sirvieron de su obra como del mejor argumento para afianzar la propia postura condenatoria. Sin embargo, se constata una inflexión positiva en las acusaciones contra la MCD después de la obra de Amort. Ciertamente, la teología crítica de Amort no negaba la existencia de un verdadero soplo místico en el MCD. En la misma Alemania de Amort las personas piadosas se nutrían con provecho del contenido doctrinal de la obra de Sor María de Jesús.
Las revelaciones de la M. Ágreda en Benedicto XIV
Benedicto XIV tenía ya sus ideas sobre las revelaciones de la M. Ágreda antes de la lectura de Amort. Aunque el agustino alemán era contrario al dictamen de la Sorbona, el Papa Lambertini no le siguió en este punto.
Las ideas personales sobre las desviaciones revelacionales de la M. Ágreda las expone en la parte de su “Judicium” dedicado a analizar los votos emitidos por los Cardenales en la Congregación. He aquí el resumen de sus opiniones al respecto: “Expone la sierva de Dios en su MCD cosas nuevas, cosas inauditas, cosas por tantos siglos nunca escritas por nadie sobre María Santísima, Madre de Dios. Califica todo lo antedicho como cosas reveladas a ella por el Gran Dios, para darlas a conocer a su Iglesia. Protesta creerlas firmemente, e con fe divina; y quiere, que todos los demás las crean como ella misma las cree, proclamando que ésta es la voluntad de Dios, y que está expuesto a la indignación divina todo el que no crea cuanto ella escribe y cree: como resulta todo ello claramente del voto del cardenal Tamburini Por tanto, en la Obra de la Sierva de Dios se contienen doctrinas nuevas, peregrinas y contrarias al común sentir de la Iglesia, que siempre ha enseñado y enseña, que – aun cuando la Revelación privada es divina y celeste – el que la ha recibido está obligado a creerla; pero que semejante obligación no pesa sobre los demás a los cuales no ha sido hecha la revelación: no bastando que la Revelación sea celeste, para obligar a los demás a los cuales no ha sido hecha a la Iglesia; ni la Iglesia la haya propuesto a sus fieles como artículo de fe. En una palabra, quien dice que los fieles deben creer a la Revelación, aunque sea celestial y sobrenatural, hecha a una persona particular con Fe divina, y no creyendo de este modo, peca e incurre en la indignación divina, su doctrina es contraria al común sentir de la Iglesia. Es así que la Sierva de Dios ha dicho en muchos lugares de su Obra que, todo aquel que no crea con fe divina cuanto ella expone como revelado por Dios, peca, e incurre en la indignación divina. Por tanto, la Sierva de Dios ha enseñado una doctrina contraria al común sentir de la Iglesia. Y si esto tiene lugar en el caso de que las revelaciones privadas, aunque celestiales y sobrenaturales, contienen cosas buenas, y no sujetas a ninguna censura; ¿qué no se deberá decir de aquellas que al presente se discuten, encontrándose en ellas, cosas no escritas en el Evangelio, desconocidas a toda la antigüedad, no coherentes, por no decir contrarias, a la sagrada historia evangélica, que deciden algunas cuestiones todavía pendientes en la Iglesia?”.
El texto es denso y resume en forma concisa todo lo que sobre el tema se venía diciendo – no en las censuras de la Facultades de Teológicas europeas – sino sólo en la censura de Sorbona.
Siendo el tema tan sustancial en la controversia sobre la ortodoxia de la MCD no podemos menos de entrar a fondo en su discusión. Toda vez que la doctrina de la M. Ágreda sobre el tema ha sido el que mayores dificultades ha suscitado siempre contra su ortodoxia, es menester exponer con detalle todo el pensamiento de la Concepcionista.
Exponemos primeramente cuál es la doctrina de la M. Ágreda sobre las revelaciones en general. Luego desarrollaremos lo que refiere acerca de sus propias revelaciones en particular. Completaremos el cuadro revelacional con la doctrina de la M. Ágreda acerca de la creencia concreta en la verdad de la Concepción Inmaculada de la Virgen María.
Las revelaciones en la obra de la M. Ágreda
Comencemos por situar el fenómeno general de las revelaciones en la vida de la M. Ágreda, ya que esta consideración resulta de absoluta necesidad para lograr una buena perspectiva del complicado problema.
En el itinerario espiritual de Sor María el elemento revelacional estuvo presente desde su más tierna infancia hasta su muerte. Por este motivo, es fácil constatar en toda su extensa obra cuál fue la actitud constante e invariable que observó la concepcionista, en esta irrupción continua de lo invisible en su vida.
Las objeciones tomaron siempre como blanco, la actitud personal con que las recibió. Lejos de darles un valor impositivo y obligatorio para los demás, pondremos de manifiesto cómo campeó en todas ellas la humilde desconfianza de sí misma al momento de recibirlas, y la sumisión con que las sometió a sus guías espirituales para que juzgaran de ellas con plena libertad y autoridad. En estas actitudes espirituales de Sor María, dos notas sobresalen en toda esta vida como un sello inconfundible. Son, por una parte, un temor continuo a ser engañada, y, por otra, una humilde y absoluta sumisión al juicio y dictamen de los confesores y Prelados que gobernaban su espíritu.
Por lo que mira a su temor continuo de ser engañada, según las repetidas confesiones que hallamos en los escritos de Sor María, toda su vida estuvo como crucificada por un gran temor y una incesante angustia, que jamás pudo superar. Era el temor de si lo que ella tomaba por inspiración divina, no fuera en realidad más que producto de sus lecturas, o de sus meditaciones, o de las pláticas y conferencias que escuchaba. A todo ello se unía una duda penosa de que sus inspiraciones y revelaciones no fuesen otra cosa que productos de su imaginación y fantasía, o ilusiones nacidas de su propio espíritu.
He aquí algunos testimonios en confirmación de lo que acabamos de afirmar. En la obrita Leyes de la Esposa, entre las hijas de Sión dilectísima, compuesta algunos años antes de que comenzara la primera redacción de la MCD, el Señor promete a Sor María que, en conformidad con la súplica que acaba de dirigirle, El mismo le irá dictando las leyes a que deberá ajustar su vida si quiere llegar a ser su esposa. Y a continuación le dice el Señor: “Y al reparo que haces de ordinario cuando escribes, que temes si te ayudas con discurso humano, o de otras ciencias que por diferentes caminos has podido adquirir, sal de él; y advierte que Jesús no puedes decir sin mi favor, y es fuerza valerte de lo que has oído, visto y leído y comunicado con confesores; porque todo va encaminado a un fin, y es que obres lo más perfecto. No quieras inquirir si estos consejos o doctrina es toda revelada; que yo obro como quiero, y unas veces doy la luz y el conocimiento de que soy el autor; otras la recibe el alma por modo y camino superior, y se lo oculto; y otras se valen las criaturas de lo que han adquirido y oído, porque no siempre se ha de hacer por milagro; y también ha de ayudar el discurso y entendimiento con lo que alcance. Y así deja tu temor, de que se entenderá de ti más de lo que es, ni por sobrenatural lo que es natural”.
Pero no se crea que con estos consejos y enseñanzas desaparecieron los temores de Sor María. Tales temores le acompañaron y atormentaron a lo largo de toda su vida. He aquí lo que escribía, casi treinta años más tarde en un opúsculo compuesto por mandato de sus confesores: “No sabe, o no puede hacer la naturaleza legítimo concepto de las obras del Altísimo, ni el entendimiento adecuado discurso de las cosas sobrenaturales. En mirándome, y reconociendo mi miseria, obra el temor y la duda. No pueden estar en un acto de conocimiento natural la grandeza de los favores, que el Señor me ha hecho, y mi ser, y proceder, sin salir al encuentro del recelo. He de apartar los ojos de mis muchos pecados, para creer lo que la diestra del Altísimo obra conmigo. Cuando me considero tan ingrata, la soez, y desechado del pueblo, me lleno de temores, y escrúpulos, de que va por mal camino, si es imaginación, o discurso natural, lo que me pasa: y si estando en esta tribulación, suspende el Señor su luz, quedo sola en las tinieblas de mi ignorancia, padeciendo con amargura, y discurriendo, si voy engañada, como mujer ignorante; si obro mentir”.
En este mismo escrito hallamos otros testimonios, a veces muy patéticos, de sus continuos temores e incertidumbres. Tras una breve alusión a las luces que recibió del Señor desde su más tierna infancia, escribe: “Esta primera lección e inteligencia de la fragilidad humana quedó tan estampada en el alma, y grabada en mi corazón, que jamás se borró ni me faltaron sus especies, ni memorias, las cuales engendraron en mi entendimiento, y voluntad tan excesivo temor, que ha imperado sobre mis fuerzas. No me ha dejado ni de día, ni de noche, en todas las horas me ha sobresaltado y acompañado en cuantas obras he hecho. Y como los actos del temor han sido repetidos en vida larga, ha quedado impreso en mis potencias tal hábito, que no ha habido potencia humana, consejos de hombres doctos, ni instancias de confesores y prelados, que hayan podido quitármele, que lo han intentado repetidas veces, juzgando, me impedía: de que he colegido, es voluntad divina, le tenga, por necesitarlo mi mal natural. Puedo decir, que la petición que David hacía al Señor, de que le crucificase las carnes con su temor, me la dio la divina Providencia, con que ha padecido penas intolerables, aflicciones terribles, he trabajado sin satisfacción, sin gusto, ni consuelo: no le he tenido en el trato de criaturas, ni alegría en cosa humana, y terrena; porque a todo ha sobreabundado el temor, el recelo, duda y perplejidad. Mi mayor tormento, y cuando ha estado más executivo el temor ha sido en el tiempo de determinar las obras activas, aunque fueran ordinarias y comunes. Y si en las obras activas, inexcusables a la vida y comercio de criaturas me he hallado turbada, más presta a condenarlas, que a justificarlas, qué será en las pasivas sobrenaturales, favores del Altísimo, influencias y dones de su Espíritu divino, tan encumbrados, y abscondidos no sólo a una mujer ignorante, sino a los abrasados serafines y a los más doctos de la santa Iglesia? ¿Quién sabrá, por dónde viene, a dónde va, cómo toca, y hiere el influjo del Espíritu Santo? ¿Quién podrá ponderar, y pesar con acierto la luz que sale del ser divino y envía a los corazones humanos las charismatas, que les comunica, si no el todo Poderoso, que tiene el peso del santuario en la mano? ¿Quién podrá contar las misericordias que la diestra divina derrama sobre los electos del Altísimo, sino Su Majestad inmensa, que sabe el número de las estrellas? ¿Quién podrá adecuadamente medir, cuánto se humana la clemencia de Dios eterno a favorecer al gusanillo del hombre, si no es el Padre de la lluvia, que envió para la salud de los mortales a su Unigénito, que tomase carne pasible? A la vista de estas verdades se estremece todo mi ser, tiembla el ánimo, se retarda la voluntad, y se enmudece mi lengua, discurriendo en que he de escribir materias espirituales sobrenaturales”.
Hallamos también un testimonio parecido en otro escrito de la V. Madre del año 1650. Nos referimos a la Relación que hizo el Rvdmo. P. Manero acerca de los comienzos de su vida campea en la vida espiritual de Sor María otra nota característica, que sirve como de contrapeso, y le impide hundirse en el abismo de sus temores, dudas e incertidumbres. Es la absoluta y humilde sumisión y obediencia al juicio de los confesores, prelados y ministros de la Iglesia, que gobernaban su espíritu.
En la “Breve Relación” de su vida, escrita por Sor María en las postrimerías de su vida y posterior en más de 30 años a las “Leyes de la Esposa” que acabamos de citar, topamos con este otro testimonio: “en tan grandes aflicciones y penas del alma, no he tenido otro recurso y remedio que el de la obediencia, acudir a los Confesores y Prelados doctos, derramar en su presencia mi corazón, noticiándolos con grande claridad, y verdad de cuanto me ha sucedido; y en primer lugar de mis pecados: y si no los supieran, no pudiera aquietarme, ni hiciera efecto su parecer, y consejo. Todo me le han dado de que me asegure: me han protestado, voy por buen camino; aprobándolo con las Escrituras Sagradas, y Doctrinas de los Santos. Siempre la palabra de Dios, y la obediencia han obrado en mí; porque tengo cordial amor y grande devoción a las Divinas Letras; y muy impresas en mi alma aquellas palabras, que dijo Cristo nuestro Señor: Quien a vosotros oye, a Mí oye; quien a vosotros obedece a Mí obedece. Con estas armas espirituales defensivas, y ofensivas he quedado fortalecida. Siempre la obediencia ha sido vida de mis obras espirituales: no han tenido otro ser, después de Dios, sino el que ella les ha dado: porque mis temores, debilidad y mal concepto, que de mí tengo, no me han dexado determinar, ni admitir nada sin la calificación de los Ministros de Dios. La obediencia me ha vivificado y alumbrado; y no por esto ha cesado la guerra: ha sido continua, fuerte y porfiada; como diré adelante”.
Idénticos testimonios se repiten en la citada Relación al Rvdmo. Padre Manero: “Y todas las visiones, inteligencias, doctrinas y favores me han encaminado siempre a buscar, conocer, servir y amar a Dios y observar su Ley santa, y las obligaciones de mi profesión. Y siempre he tenido el corazón y la conciencia clara, y patente a los confesores, y prelados; y me he seguido por su parecer: y a las cosas espirituales no les he dado más creencia ni asenso, que ellos me han dado”, y en estas otras con que termina la II Parte de su Relación: “Los exercicios de penitencia, y otros Propósitos de Perfección, que suelo hacer al Señor, van en ese Otro Cuadernillo del repartimiento de las obras del día. V. Rma. lo examine, y mire todo, y nuestro Pe. Comisario de Indias, y ordénenme, qué he de quitar, deponer, y dejar, o qué obrar, y admitir. Yo informo llana y lisamente de lo que me ha pasado: V. Rma. Haga, y deshaga de mí, que no quiero otro ser ni operaciones, sino el que la santa obediencia me diere y ordenare... Yo estoy sujeta, y rendida a la enseñanza, y reprehensión; a que me quiten y pongan; y cierto que me parece, que las muchas olas y trabajos, que toda mi vida han combatido a mi alma, me han arrojado a tan buen puerto, que no deseo sino el cumplimiento de la voluntad divina y el de la santa obediencia; y un retiro total del mundo. El todo Poderoso me lo conceda por su bondad. Amén”.
Añadamos, para terminar, otro testimonio. Está en la protestación que hizo ante los enviados de la Inquisición de Logroño, luego que se hubo terminado el largo y detalladísimo Interrogatorio, a que la M. Ágreda fue sometida los días 18–29 de enero del año 1650. “Todo lo que he dicho, declarado y depuesto, lo sujeto a la censura y corrección de la Santa Iglesia Católica Romana, debajo de cuya fe, amparo y protección he deseado y deseo siempre vivir y morir, ajustándome en todo a lo que manda y ordena haga un fiel católico e hijo suyo. Y postrada en presencia del Santo Tribunal de la fe y a los pies de todos los señores Inquisidores y ministros suyos, doy a sus Señorías humildes agradecimientos del examen que me han hecho y de lo que con él han enseñado y alumbrado mi ignorancia, pues ninguna otra criatura necesita más que yo de corrección y advertencia. Y toda mi voluntad y dictamen le rindo a la santa obediencia de Señorías y les suplico de lo íntimo de mi alma me den regla y orden de lo que me conviene obrar en el interior y exterior, que con el favor divino ofrezco observarlo, ejecutarlo y obedecer puntualmente hasta morir. Y por conseguir estas advertencias y orden que deseo se me dé para mi mayor bien y acierto y a más de obedecer a lo que se me ha mandado responder me he alegrado en algunas declaraciones y otras cosas que he dicho por los grandes temores que tengo y por la seguridad de mí misma y porque el Santo Tribunal lo examine y me diga qué debo obrar y qué dejar, pues hoy me halla sola y sin quien sepa del todo mi interior, ni quien me gobierne por haber muerto los que sabían mi interior”.
Las revelaciones que se contienen en la MCD
Puede afirmarse sin peligro de incurrir en exageración que la génesis y gestación de la MCD supuso para Sor María de Jesús una auténtica crucifixión espiritual y un verdadero martirio. Desde que surgió en su mente, por el año 1627, la idea de escribir la MCD, o, incluso, desde que el Señor comenzó a intimarle que escribiera la historia de la vida de su santísima Madre o la “Mística Ciudad de Dios” hasta que comenzó en 1637 a escribir su primera redacción, transcurrieron diez años de temores, vacilaciones, y hasta resistencias.
La obra quedaba terminada por los años de 1641. Pero a los pocos años quemó la obra, obedeciendo a una orden del confesor accidental que le asistía por ausencia del P. Fr. Francisco Andrés de la Torre, su confesor ordinario. Este, a su regreso, reprendió ásperamente a Sor María y le intimó en virtud de santa obediencia la orden de reescribir la MCD. El año 1647 murió el P. Francisco Andrés de la Torre, y Sor María volvió a quemar todos los papeles y borradores que obraban en manos de su confesor, y que había conseguido recuperar a su muerte. El año 1650 los Superiores de la Orden designan al P. Fr. Andrés de Fuenmayor como director espiritual de Sor María. Como continuaban los mandatos del cielo de que volviera a escribir la obra, Fuenmayor intimó de nuevo a Sor María en virtud de santa obediencia y bajo la amenaza de no escucharle en confesión, la orden de escribir por segunda vez la MCD. Sor María comenzó la segunda redacción de la MCD el año 1655 y la terminó el año 1660. Pero aun estos últimos cinco años estuvieron llenos de temores y de angustias, de luchas y resistencias, y de tentaciones continuas que le inducían a desistir de su empeño.
También a lo largo de la MCD hallamos frecuentes alusiones a los temores, vacilaciones, tentaciones, incluso las reprensiones que dirigieron a Sor María, tanto el Señor, como la Virgen santísima y los ángeles. Véase para confirmación de lo dicho el diálogo que escuchó a los ángeles cuando Sor María estaba llena de temores y de incertidumbres para dar comienzo a la III Parte: “los santos ángeles, hablando y confiriendo entre sí mismos, decían: Esta criatura es inútil, tarda y poco fervorosa en obrar lo que el Altísimo y nuestra Reina la mandan, no acaba de dar crédito a sus beneficios y a las continuas ilustraciones que por nuestra mano recibe. Privémosla de todos estos beneficios, pues no obra con ellos, ni quiere ser tan pura ni tan perfecta como la enseña el Señor, ni acaba de escribir la Vida de su Madre santísima, como se le ha ordenado tantas veces; pues si no se enmienda, no es justo que reciba tantos y tan grandes favores y doctrina de tanta santidad”. Sor María insiste también en el durísimo combate al que le sometió el enemigo infernal para impedir la composición de la MCD. El demonio se apoyaba precisamente en los continuos temores de Sor María para arreciar con más furia y empeño sus ataques.
No juzgamos necesario insistir más acerca de los temores, recelos y vacilaciones que observamos en la V. Madre en orden a la fe y a la autoridad con que miraba sus revelaciones de la MCD. Únicamente añadiremos que en este cúmulo de temores, intranquilidades y turbaciones es donde pretendió hallar el segundo de los censores de 1734 un argumento para probar que esta obra no podía ser revelada por Dios. El espíritu divino – dice el censor – va siempre acompañado de paz, de tranquilidad de ánimo, de alegría y de gozo interior. Dios no está donde hay tinieblas, confusión y turbaciones: “Pax, et tranquillitas animi, pacis que comes laetitia, et interna jucunditas signa sunt divini instinctus. Ubi tenebrae, ubi confusio, etperturbatio, ibi Deus non est, quia factus est in pace locus ejus” como dice el cardenal Bona en su obra “De discretione spirituum”, c. 8, &. 2, num. 13–23.
De cuanto acabamos de decir podría concluir alguno que la M. Ágreda no dio ninguna fe ni crédito a las revelaciones que forman el contenido de la MCD. Nada más falso y erróneo. Sor María tuvo una persuasión firme e inquebrantable de que las revelaciones de la MCD provenían verdaderamente del cielo. La antinomia es aparente, y se resuelve fácilmente con sólo notar que la persuasión de Sor María se fundaba, no en su propio juicio, sino en el dictamen y juicio que se formaron de sus revelaciones los confesores y Prelados que gobernaron su espíritu.
Sor María de Jesús aplicó a las revelaciones de la MCD el criterio general que había dejado establecido en las “Leyes de la Esposa, entre las hijas de Sión dilectísima”: “Para que aciertes todo lo que aquí escribes, ríndelo a la voluntad y censura de tus prelados y confesores, y a la de mi Iglesia santa, que está regida por el Espíritu Santo”.
Son abundantes los testimonios en este sentido que hallamos en la MCD. Aduciremos sólo dos testimonios que leemos en la misma Introducción a la MCD. Se trata de testimonios, cuyo alcance se extiende a todo el conjunto de la MCD. “Y confiriendo este cuidado con los santos príncipes y ángeles que el Todopoderoso había señalado para que me encaminasen en esta obra de escribir la Historia de nuestra Reina y manifestándoles mi turbación y aflicción de corazón, cuán tartamuda y enmudecida era mi lengua para tan ardua empresa, me respondieron repetidas veces era voluntad del Altísimo que escribiese la Vida de su purísima Madre y Señora nuestra. Y especialmente un día que yo les repliqué mucho, representando mi dificultad, imposibilidad y grandes temores, me dijeron estas palabras: Con razón, alma, te acobardas y turbas, dudas y reparas en causa que los mismos ángeles lo hacemos, como insuficientes para declarar cosas tan altas y magníficas como el brazo poderoso obró en la Madre de piedad y nuestra Reina. Pero advierte, carísima, que faltará el firmamento y la máquina de la tierra y todo lo que tiene ser dejará de tenerle, antes que falte la palabra del Altísimo – y muchas veces la tiene dada a sus criaturas y en su Iglesia se halla en las santas Escrituras – que el obediente cantará victorias de sus enemigos y no será reprehensible en obedecer. Y cuando crió al primer hombre y le puso el precepto de obediencia que no comiese del árbol de la ciencia, entonces estableció esta virtud de la obediencia y jurando juró para más asegurar al hombre; que el Señor suele hacerlo, como con Abrahán cuando le prometió que de su linaje descendería el Mesías y se le daría con afirmación el juramento. Así lo hizo cuando crió al primer hombre asegurándole que el obediente no erraría, y también repitió este juramento cuando mandó que su Hijo santísimo muriese y aseguró a los mortales que quien obedeciese a este segundo Adán, imitándole en la obediencia con que restauró lo que el primero perdió por su desobediencia, viviría para siempre y en sus obras no tendría parte el enemigo. Advierte, María, que toda la obediencia se origina de Dios, como de principal y primera causa, y nosotros, los ángeles, obedecemos al poder de su divina diestra y a su rectísima voluntad, porque no podemos ir contra ella, ni la ignoramos, que vemos el ser inmutable del Altísimo cara a cara y conocemos es santa, pura y verdadera, rectísima y justa. Pues esta certidumbre, que los ángeles tenemos por la vista beatífica, tenéis los mortales respectivamente y según el estado de viadores en que estáis con aquellas palabras que dijo el mismo Señor de los Prelados y superiores: quien a vosotros oye a mí oye, y quien a vosotros obedece, a mí obedece. Y en virtud de que se obedece por Dios, que es la principal causa y superior, le compete a su providencia poderosa el acierto de los obedientes cuando lo que se manda no es materia pecable; y por todo esto lo asegura el Señor con juramento y dejará de ser antes – siendo esto imposible por ser Dios – que falta su palabra. Y así como los hijos proceden de los padres y todos los vivientes de Adán, multiplicados en la posteridad de su naturaleza, así proceden de Dios todos los prelados como de supremo Señor, por quien obedecemos a los superiores: la naturaleza humana a los prelados vivientes y la angélica a los de superior jerarquía de nuestra naturaleza, y unos y otros en ellos a Dios eterno. Pues acuérdate, alma, que todos te han ordenado y mandado lo que dudas y si, queriendo tú obedecer, no conviniera, hiciera el Altísimo con tu pluma lo que con el obediente Abrahán cuando sacrificaba a su hijo Isaac, que nos mandó a uno de sus espíritus angélicos detuviésemos el brazo y cuchillo; y no manda detengamos tu pluma, sino que con ligero vuelo la llevemos, oyendo a Su Majestad, y rigiéndote alumbremos tu entendimiento y te ayudamos”.
El segundo abunda en las mismas ideas: “Todas estas cosas que he dicho, y más que pudiera declarar, no fueron poderosas para reducir mi voluntad a determinación tan ardua y peregrina a mi condición, si no juntara la obediencia de mis prelados, que han gobernado mi alma y me enseñan el camino de la verdad. Porque no son mis recelos y temores de condición que me dejaran asegurar en materia tan dificultosa, cuando en otras más fáciles, siendo sobrenaturales, no hago poco en quitarme con la obediencia; y como ignorante mujer he buscado siempre este norte, porque es obligación registrar todas las cosas, aunque parezcan más altas y sin sospecha, con los padres espirituales y no tenerlas por ciertas y seguras hasta la aprobación de los maestros y ministros de la Iglesia santa. Todo esto he procurado hacer en la dirección de mi alma y más en este intento de escribir la Vida de la Reina del Cielo. Y para que mis prelados no se moviesen por mis relaciones, he trabajado muchísimo disimulando cuanto podía algunas cosas y pidiendo con lágrimas al Señor les diese luz y acierto y muchas veces deseando se les quitase del pensamiento esta causa y que no me dejasen errar ni ser engañada”.
Esta norma de conducta de dar más crédito al dictamen y juicio de los ministros del Evangelio que a lo que a ella le parecía ser luz divina y sobrenatural, explica la satisfacción y la seguridad que experimentaba Sor María cuando la MCD era sometida al examen de sus Superiores y Prelados. Y esto a pesar de la profunda y constante preocupación que tuvo siempre de que se mantuviera oculto el hecho de haber sido ella la autora de esta obra. Copiamos a continuación algunos testimonios relativos a este particular. En carta de 9 de febrero de 1647, escribía Sor María al Rvdmo. Fr. Juan de Nápoles, Ministro General OFM.: “E sabido que an puesto en manos de Va. Rma. cierta obra; para mí a sido de grande consuelo, porque espero de la piedad de V. Rina. me advertirá lo que acerca de ella debo sentir y obrar. A los pies de V. Rma. me pongo, y con lágrimas le suplico, que impida con todo esfuerzo el que esa materia pase de V. Rina. a otro, sino procurar que siempre esté en secreto y no salga a luz”. Felipe IV escribía a Sor María el 23.3.1650 “Y, si os pareciere, comunicar algo con el P. Manero; pues él me dijo había anotado algunas cosillas que deseaba tratar con vos, y como esta obra es tan grande, es menester mirarla con toda atención, porque no haya quien pueda deslucirla” 27 Y Sor María le respondía en su carta de 1 de abril de 1650: “Con mucho gusto obedeceré a V. M. en comunicar con el P. Manero las materias de la historia de la Reina del cielo, y beso los pies de V. M., por el buen consejo que me da en esto”. Y cuando Sor María tenía ya terminada la segunda redacción de la MCD, escribió al P. Pedro de Arriola, con quien tantas veces había comunicado las cosas de su espíritu, su carta del 11 de junio de 1660: “Con gran repugnancia di los papeles al P. Guardián porque sabía, añadieron y quitaron, a mí me hicieron preguntas y respondía en villetes, y era fácil errar, y más yo que soy mujer ignorante. V. P., Padre mío, crea que no me puede hacer maior bien, gusto y consuelo que advertirme, enseñarme, y dígame V. P. si conviene deje esta obra y la queme, o la acabe, que para cualquier cosa estoy rendida. Y si e de continuar, suplico a y. P., puesta a sus pies, que haga memoria sobre lo que ha leído, y escriba en un papel las faltas y los números, porque e de leer ahora el original y enmendarle, y vendrán las advertencias en linda ocasión”.
Era necesaria esta prolija exposición para que quedara muy clara la inconsistencia de la acusación de que Sor María atribuía a su obra una autoridad de revelación canónica. Igualmente carece de base la objeción de que se opuso al sentir común de la Iglesia, al pretender para sus revelaciones privadas la misma fe y autoridad que exige la Iglesia para las revelaciones públicas y canónicas. Todo lo contrario: muy lejos de pretender imponer sus revelaciones a la autoridad de la Iglesia, ha visto en esta misma autoridad la norma y criterio para juzgar y valorar sus revelaciones de la MCD. Esto aparece claramente a lo largo de toda la MCD, desde sus primeras líneas hasta su párrafo final. He aquí las palabras con que cierra Sor María de Jesús esta su obra: “Esta divina Historia, como en toda ella queda repetido, dejo escrita por la obediencia de mis prelados y confesores que gobiernan mi alma, asegurándome por este medio ser voluntad de Dios que la escribiese y que obedeciese a su beatísima Madre, que por muchos años me lo ha mandado. Y aunque toda la he puesto a la censura y juicio de mis confesores, sin haber palabra que no la hayan visto y conferido conmigo, con todo eso la sujeto de nuevo a su mejor sentir y sobre todo a la enmienda y corrección de la santa Iglesia católica romana, a cuya censura y enseñanza, como hija suya, protesto estoy sujeta, para creer y tener sólo aquello que la misma santa Iglesia nuestra Madre aprobare y creyere, y para reprobar lo que reprobare, porque en esta obediencia quiero vivir y morir. Amén.”.
Hallamos también un eco fiel de esta tan solemne protestación en aquellas otras que escribió pocos años más tarde al anunciar los tratados que se proponía escribir, por obediencia al mandato formal que le había sido impuesta por su confesor, tras superar una gran repugnancia: “Lo que protesto, y afirmo, quiero, y aseguro a los prelados, y confesores, en nombre de Dios eterno, en cuya presencia estoy, que examinan esta obra. Mi intención es no mentir, ni errar; no dar más ponderación a las materias, que contienen en sí mismas. Si son naturales, se entienda; si sobrenaturales, se alabe al Autor de ellas. Sea magnificado el Altísimo en los cielos, y en la tierra, que obra sola su bondad, sin merecimientos míos. La causa de haber vencido la rebeldía de mi dictamen, que siempre he tenido, a escribir los sucesos d mi vida, y la violencia de la voluntad para manifestarlos en papel, a más de lo que dejo dicho, de habérmelo mandado el Altísimo, la Reina del cielo, Prelados, y confesores, es haber sabido, que muchas personas de las que me han tratado, con piedad imprudente, con solas conjeturas adelantadas han añadido. Y mudado algunas cosas, que disuenen de la verdad. Porque quede apurada, y en ningún tiempo se halle cosa contraria a tan grande virtud, hago sacrificio de dolor, y obediencia. También sé, han andado mis papeles en manos de algunas personas, que los han trasladado y publicado. Para oponerme a las dificultades y daños que de esto pueden resultar, declaro de mi letra la verdad. Y si estos escritos y los de la gran Reina del Cielo llegaren a la noticia de algunas personas, les suplico puesta a sus pies, no les den más crédito, autoridad, calificación, y aceptación, de la que les diere la Santa Iglesia Católica Romana, cuya hija soy, profesora acérrima de su fe santa, y de todos sus artículos, sacramentos, mandamientos, definiciones, ritos, tradiciones apostólicas, y eclesiásticas. Todo lo confieso, amo y estimo; lo pongo en mi corazón, para que obre en mí frutos de la vida eterna”.
La revelación del misterio de la Inmaculada en la MCD
Los peores ataques que los censores dirigieron a las revelaciones de la MCD tienen como objeto implícito la creencia en la Inmaculada. La posición tan encarnizada contra un tema sin mayor importancia dogmática y aparentemente tan inofensivo como el de las revelaciones privadas de una autora mística, sólo tiene explicación si en la amplia gama de revelaciones hay alguna que suscita un particular rechazo. Es cuando, bajo las apariencias de una inocua teoría general se monta una ofensiva sin cuartel contra un enemigo invisible. Tal es el caso de la Inmaculada, como revelación concreta y cualificada contra la cual se dirigen todas las baterías.
Cuando los censores de la MCD objetan que Sor María ha exigido el valor y la autoridad propia de una revelación pública y oficial para las revelaciones de la MCD y fundan su reparo en que la Madre ha amenazado con la indignación divina a cuantos se resisten a dar crédito a sus revelaciones o insisten en que ha presentado sus revelaciones como verdades ciertas o indiscutibles y no como meras opiniones o meditaciones piadosas, es muy difícil de creer que hayan querido aludir a toda esa multitud inmensa y variada de afirmaciones, datos, informes y detalles relativos a la historia y vida de María y de su santísimo Hijo que la MCD nos ofrece como reveladas por Dios. Si, por ejemplo, la M. Ágreda hubiera pretendido que incurren en la indignación divina los que no dan crédito a su revelación de que los vestidos que usó la santísima Virgen fueron de color natural y no teñidos, o que daba de mamar a su Hijo tres veces al día, o que comulgó en la Ultima Cena, o que Cristo fue crucificado con tres clavos, o que no estuvo completamente desnudo ni en la Flagelación, ni en la Crucifixión, etc., etc. (un larguísimo etcétera de varias páginas); o que todas estas revelaciones deben ser admitidas como verdades ciertas e indiscutibles y no como meras opiniones o meditaciones piadosas, si – repetimos – han sido éstas las pretensiones de Sor María, juzgamos que el debate en torno a la MCD no se hubiera prolongado por espacio de casi cien años, ni se hubiera derramado tanta tinta, tanto para impugnar, como para defender la MCD. Para esclarecer el problema desde un caso que concentra en sí toda la complejidad del tema de las revelaciones, vamos a centrarnos en la doctrina sobre la Inmaculada Concepción. En efecto, si hay una verdad obsesivamente defendida por la Venerable es ésta de la Concepción Inmaculada. Ahora bien, jamás se le ocurrió presentar dicha verdad como revelada a ella o impuesta a los demás bajo las penas de la condenación.
Dada la complejidad del tema, procederemos distinguiendo dos aspectos principales en el mismo:
a) En la autoridad que la Madre ha pretendido para sus revelaciones de la MCD se oculta la controversia sobre la Inmaculada.
b) La M. Ágreda no ha pretendido para la revelación de la Inmaculada un valor o una autoridad de revelación pública u oficial.
La creencia en la Inmaculada y la autoridad revelada de la misma
Cuando queremos aclarar cuál es el enemigo invisible que los adversarios de la MCD han querido atacar los enemigos de Sor María, o cuando se nos dice que ha pretendido para sus revelaciones un valor o una autoridad de revelaciones públicas y oficiales, caemos en la cuenta de que tal enemigo no es sino la doctrina de la Inmaculada.
El primer paso para probar que la M. Ágreda ha exigido valor de revelación oficial para la MCD, fue que su autora amenaza con la indignación divina y con penas gravísimas a los que no admiten las revelaciones de la MCD. No hay duda de que en esas revelaciones en general, se quiere aludir a una en concreto. En efecto, tanto en las censuras de 1734 como en la de 1747, hallamos alusiones formales y expresas a la doctrina de la Inmaculada. En la 2 censura de las de 1734, observa el examinador de la MCD que esta Historia puede ser semillero de discordias entre las dos escuelas de Santo Tomás y de Escoto. Y añade: “parece que [la autora] no observa la bula de Gregorio XV, promulgada precisamente para conservar la paz entre los fieles en la materia de la Concepción Inmaculada”.En la censura del año 1747, en la “Animadversio IX De Theologis negantibus Immaculatam Deiparae Conceptionem” leemos: “Videntur hic, contra notissima Romanorum Pontificum Decreta, obstinationis, perfidiae, stultae temeritatis, et lethalis peccati condemnarí Theologi Immaculatam Deiparae Conceptionem negantes; fideique subjici poenae gravissimae ab irato Deo infligendae”.
Veamos el alcance sibilino de estas acusaciones. Es de saber que los Romanos Pontífices que acaban de citarse: Sixto IV, Pío V, Gregorio XV, Alejandro VII y el Concilio de Trento – si bien se habían manifestado decididamente favorables a la opinión de la Concepción Inmaculada de María – con todo, habían advertido al mismo tiempo que no se podía acusar a los contrarios a esta opinión de herejía o de pecado mortal. La razón era que la Iglesia no había definido como dogma de fe este misterio. Y la acusación que estas censuras lanzaban contra la M. Ágreda, era que no había observado las advertencias de los referidos Romanos Pontífices, pues al condenar Sor María con las notas de “obstinación, perfidia, necia temeridad y pecado mortal” a los teólogos que niegan la concepción Inmaculada de María, parecía sostener que este misterio estaba ya definido en la Iglesia.
Por lo que mira a la segunda razón que se aduce para probar que la M. Ágreda exige valor de revelaciones oficiales a las de la MCD, a saber: que las revelaciones de la MCD no son meras opiniones, sino verdades ciertas e indiscutibles, no hay duda de que se alude aquí en forma particular a la controversia en tomo a la Inmaculada Concepción. Benedicto XIV – al tratar de probar que la M. Ágreda había pretendido certeza y valor de revelación oficial para la MCD – dice que en esta obra se encuentran cosas que “deciden algunas cuestiones que todavía están pendientes en la Iglesia”. Y un poco más adelante dice que no puede proceder a la aprobación de la MCD, porque con esto se expondría a las justas quejas de tantos que verían definidas contra sí “cuestiones que estaban en suspenso” Ahora bien, la gran controversia que todavía no estaba decidida y que todavía continuaba “in suspenso” o “subjudicio Ecclesiae” era precisamente la de la Inmaculada Concepción.
Para probar que Sor María nunca presentó su enseñanza sobre a Inmaculada como doctrina de fe divina, ni ha otorgado a sus creencias el valor alguno canónico no necesitamos recurrir a argumentos extraños o razones complicadas. Nos bastaría con citar los testimonios explícitos y formales de la Madre Ágreda en orden a los ardientes y continuos deseos y anhelos que manifestó durante toda su vida, de que la Iglesia definiera como dogma de fe la verdad de la Concepción Inmaculada de María Santísima 36 Lejos de presentar ella misma la Inmaculada como una verdad divina, trabajó incansablemente para que la Iglesia la presentara como tal.
Verdades ciertas y no opiniones
Tras al ataque contra las revelaciones venía, en la censura de Sorbona, la acusación de que – para la M. Ágreda – “Las revelaciones de la MCD no son opiniones o meras visiones, sino verdades ciertas e infalibles”. Era un paso más hacia la acusación más grave sobre el carácter canónico de su libro. Este calificativo de verdades ciertas e indubitables, y no opiniones atacaba indirectamente la doctrina de la Concepción Inmaculada de María que los sorbonistas creían que era una opinión, mientras que la concepcionista quería imponerla como cierta e indubitable por medio de sus revelaciones. Esta objeción es muy grave y exige una cuidadosa aclaración. Para proceder a esta clarificación tomemos como base lo que la misma autora dice. Sólo así lograremos desenmascarar y las prolongaciones indebidas que de sus afirmaciones sacaron los maestros de París.
Es cierto que la M. Ágreda afirmó repetidas veces que la MCD no propone opiniones o meditaciones piadosas, sino verdades ciertas y seguras. Hallamos esta afirmación ya en el comienzo mismo de la MCD. El Señor, tras manifestar a Sor María su designio de revelarle las muchas y grandes maravillas que ha obrado en su santísima Madre, “mística ciudad de refugio”, le dice: “descríbela y dibújala, como tu cortedad alcanzare. Y no quiero que sea esta descripción y declaración de su vida sean opiniones ni contemplaciones, sino la verdad cierta” 38 También en otros lugares afirma que tiene orden del Señor de escribir esta obra “sin opiniones”. Pero ¿qué es lo que la autora quiere decir con semejantes expresiones? Para aclararlo nos bastará leer la expresión en su contexto. Hablando de la matanza de los Inocentes, decretada por Herodes, nos dice que hay gran diversidad de opiniones entre los santos Padres y autores sobre el tiempo en que Herodes ejecutó su crueldad y que hay también muchas dudas acerca de la edad que tenían los niños Inocentes. Y añade que su intento no es esclarecer esas dudas ni dirimir esas discusiones, sino escribir llana y sencillamente y en conformidad con lo que la divina luz le vaya enseñando y dictando En otro lugar nos dice que ha conocido “las muchas opiniones encontradas de los historiadores eclesiásticos” acerca de la salida de Jerusalén de los apóstoles, de su lugar de predicación, de la ordenación del Símbolo de la fe, de la venida de Santiago a España, etc. y añade que su intención no es satisfacer a esas y parecidas dudas, ni componer estas controversias y diversas opiniones, sino más bien narrar todos estos sucesos conforme el Señor le ha ordenado, es decir, “escribir esta Historia sin opiniones” 40 y, en conformidad con lo que el Señor le vaya dictando, o sea, según “la verdad cierta”. Es muy digno de notarse que en todos los lugares que acabamos de citar la y. Madre se remite a 1, 10: “Y no quiero que sea esta descripción y declaración de su vida opiniones ni contemplaciones, sino la verdad cierta”. Lo que la V. Madre ha querido decir en el fondo es que la MCD no es una obra escrita “con industria humana o con prudencia terrena o con la fuerza o autoridad de la disputa”, o una obra que deba atribuirse “a industria y pensamiento humano” Es, por el contrario, una obra que debe atribuirse a inspiración y revelación divina, podemos, pues, concluir diciendo que han incurrido en un auténtico abuso de interpretación cuantos han visto en esta expresión de la M. Ágreda, la pretensión de querer dar una respuesta decisiva y definitiva a las opiniones divergentes de los escolásticos, particularmente en la controversia de la Inmaculada Concepción.
Valor público y oficial de la MCD
De las “verdades ciertas e indubitables” que se atribuían a la MCD, se dio el paso a la acusación de que la M. Ágreda atribuyó a su obra una autoridad de revelación canónica. Para ello seguramente se apoyaron en las palabras que se leen en la Introducción de la MCD: “En la primitiva Iglesia no lo manifesté, porque son misterios tan magníficos, que se detuvieran los fieles en escudriñarlos y admirarlos, cuando era necesario que la ley gracia y el evangelio se estableciese; y aunque todo fuera compatible, pero la ignorancia humana pudiera padecer algunos recelos y dudas, cuando estaba tan en sus principios la fe en la encamación y redención y los preceptos de la nueva ley evangélica; por esto dijo la persona del Verbo humanado a sus discípulos en la última Cena: Muchas cosas tenía que deciros, pero no estáis ahora dispuestos para recibirlas, Jn 16,12. Habló en ellos a todo el mundo, que no ha estado dispuesto, hasta asentar la ley de gracia y la fe del Hijo, para introducir los misterios y fe de la Madre; y ahora es mayor la necesidad y ella me obliga más que su disposición”.
Desde la censura de la Sorbona, estas palabras han dado lugar a las más peregrinas interpretaciones, hasta acusar a Sor Maria de haber exigido para las revelaciones relativas a la Virgen santísima narradas en la Mística Ciudad de Dios la misma fe y autoridad que exige la Iglesia para las revelaciones relativas a Cristo, hechas a la primitiva Iglesia.
He aquí la respuesta más obvia a estas objeciones. Las palabras de Jesús a sus apóstoles en la última Cena: “Muchas cosas tenía que deciros, pero no estáis ahora dispuestos para recibirlas” (Jn 16,12) significan, según interpreta la M. Ágreda, que Jesús no reveló a los apóstoles todos los misterios de la Iglesia, sino que dejó reservados muchos para revelarlos a la Iglesia en tiempos y circunstancias más convenientes y oportunas. Una respuesta exhaustiva a esta objeción la ofreció el P. Samaniego en sus Notas IV y V a la 1 Parte de la MCD, y no vamos a retornar a lo mismo. Baste indicar que los mejores exegetas del tiempo, exponían el pasaje de San Juan en el mismo sentido que la M. Ágreda. Los misterios que quedaron, reservados para ser revelados más tarde eran la mayor parte de los referentes a María Santísima. También aquí podía invocar Sor Maria autoridades dignas de toda excepción. He aquí, por ejemplo, lo que escribe Suárez en su introducción al estudio de María santísima 48 “El canciller de París Juan Gerson es otro de los que hablan lo mismo de este crecimiento en la revelación de los privilegios de María”. En el mismo sentido el P. Ambrosio Catarino O. P.
En cuanto al modo cómo se realiza el progreso en la manifestación de los misterios y privilegios de María, la Madre Ágreda ha seguido el mismo camino que Suárez. Según el testimonio de Suárez, que acabamos de aducir, en las pocas cosas que dejaron escritas los evangelistas acerca de María está contenido virtualmente cuanto podemos decir en alabanza de María. Cosa parecida afirma la V. Madre: “Y porque en esta dignidad de hacerme Madre suya se contienen todas mis gracias como en su origen y principio a donde corresponden, por esto el día que me conocieron los hombres por Madre de Dios conocieron implícitamente y como en su causa las condiciones que para tal excelencia me pertenecen; dejando a la devoción, piedad y cortesía de los fieles que para obligar a mi Hijo santísimo y merecer mi protección fuesen discurriendo dignamente de mi santidad y dones y los coligiesen y confesasen conforme a su devoción y mi dignidad. Y para esto a muchos santos y a los autores y escritores se les ha dado particular ciencia y luz y otras revelaciones que han tenido de algunos favores y muchos privilegios que me concedió el Altísimo”.
La manifestación progresiva de los privilegios de María se realiza en la iglesia bajo la acción y dirección del Espíritu Santo. El P. Samaniego enumera cuatro modos de actuar del Espíritu Santo y coloca en último lugar las revelaciones privadas. Y es desde este cuarto modo como quedan bien enmarcadas todas las revelaciones de la MCD. A nadie puede extrañar el juicio del P. Samaniego, pero lo que sin duda no dejará de extrañar a más de uno es que uno de los que más duramente atacó las revelaciones de la MCD, como fue Eusebio de Amort, llegue a afirmar en relación precisamente con la MCD, cómo algunas veces las revelaciones privadas han sido el primer paso para llegar a una nueva definición dogmática de la Iglesia.
De cuanto acabamos de exponer podemos concluir que nada tiene de ajeno al común sentir de la Iglesia esta idea tan fundamental en toda la MCD: que el conocimiento de los misterios de María ha ido creciendo a lo largo de la historia de la Iglesia; que este desarrollo se ha realizado bajo la dirección del Espíritu Santo y que ha consistido en conocer de una manera explícita lo que estaba encerrado implícitamente en las fuentes reveladas. Podemos también concluir que la V. Madre no ha incurrido en ningún abuso de interpretación al aplicar a este desarrollo de fe en los misterios de María las palabras que Cristo dirigió a sus apóstoles en la última Cena: “Muchas cosas tenía que deciros, pero no estáis ahora para recibirlas”, Jn. 16, 12.
Todo este tema de las revelaciones de la M. Ágreda resultó como una bola de nieve que – desde la censura del Santo Oficio – fue creciendo en añadiduras cada vez más alejadas de los textos de la autora de la MCD, y de un tenor cada más sospechoso de exageración. Esta fue la razón por la cual el Papa Clemente XIV decretó que el tema no entrara en la discusión de las virtudes.
Quizá no haya habido causa de canonización que tanto se haya empeñado en discutir el tema de las revelaciones como la de la M. Ágreda. Por encima de las exageraciones y deformaciones de su pensamiento con el fin de descalificar su doctrina sobre la Inmaculada – apoyada en sus revelaciones privadas – hay en todo este conflicto una realidad muy profunda. Es el hecho de que la Mariología ha progresado en el curso de los siglos por vía de la experiencia mística de los devotos marianos. Ellos han hecho progresar el dogma mariano y la teología mariana, hasta su culminación en las definiciones dogmáticas de la Inmaculada y de la Asunción de María. Esto corrobora la tesis del P. Marín–Sola – gran doctor de la evolución homogénea del Dogma –, según el cual “hay dos fuentes del dogma y del desarrollo dogmático: una fuente derivada y conceptual, que son las fórmulas reveladas; otra fuente primordial y real, que es la misma Divinidad. [...] Correlativamente a estas dos fuentes, deben existir y existen dos vías diferentes de percibir, juzgar y desarrollar el dogma. La primera es la vía de los enunciados o fórmulas reveladas, comparándolas entre sí o con los enunciados de la razón, que es en lo que consiste la vía de raciocinio. La segunda es la vía de la Divinidad misma, con la cual entramos en contacto inmediato por los hábitos de la fe, de la gracia, de las virtudes y dones, que constituye la vía afectiva. [...] De estas dos vías, la primera es la vía de la razón; la segunda, es la vía del corazón. La primera es la vía de la lógica; la segunda es la vía experimental o, como hoy suele decirse, la vía vital. La primera es la vía de la Teología especulativa, de la Ciencia de los sabios; la segunda es la vía de la Teología mística, o de la Ciencia de los Santos” Según el mismo teólogo “ni la Inmaculada, ni la perpetua virginidad de María, ni la exención de toda culpa actual hubieran sido propuestas como dogmas, de no haber mediado ese sentido de la fe y la experiencia de los santos”. Y concluye: “Los dogmas todos referentes a María tienen por fuente su digna maternidad divina; y los requisitos o Postulados de la “digna maternidad” se perciben mejor con el amante y vivo corazón del hijo que con la fría y seca razón lógica del sabio”. “Hay dos fuentes del dogma y del desarrollo dogmático: una fuente derivada y conceptual, que son las fórmulas reveladas; otra fuente primordial y real, que es la misma Divinidad. [...] Correlativamente a estas dos fuentes, deben existir y existen dos vías diferentes de percibir, juzgar y desarrollar el dogma. La primera es la vía de los enunciados o fórmulas reveladas, comparándolas entre sí o con los enunciados de la razón, que es en lo que consiste la vía de raciocinio. La segunda es la vía de la Divinidad misma, con la cual entramos en contacto inmediato por los hábitos de la fe, de la gracia, de las virtudes y dones, que constituye la vía afectiva. [...] De estas dos vías, la primera es la vía de la razón; la segunda, es la vía del corazón. La primera es la vía de la lógica; la segunda es la vía experimental o, como hoy suele decirse, la vía vital. La primera es la vía de la Teología especulativa, de la Ciencia de los sabios; la segunda es la vía de la Teología mística, o de la Ciencia de los Santos”.
La aportación más original de la M. Ágreda
El tema de las revelaciones fue el más lioso de todo el proceso de la MCD. Los problemas se fueron enredando en una forma increíble. En el proceso de Madrid ya aparecieron las complicaciones del tema, por la disputa de si una revelación privada añade o no, autoridad, a una doctrina teológica. La cuestión se remontaba a las discusiones sobre las revelaciones de Santa Brígida referentes a la Inmaculada. La Inquisición zanjó el tema diferenciando el aspecto de la verdad de las revelaciones privadas, y el valor añadido que pueden aportar a las doctrinas teológicas. En el proceso romano, se quiso determinar si las revelaciones de la MCD eran o no de origen divino. La censura del P. Bianchi – por una compleja vía que quería ser un discernimiento de espíritus – mantuvo tajantemente que el contenido de la MCD era de un origen completamente humano, si no espurio. En las censuras posteriores derivó la cuestión hacia campos completamente ajenos a cuanto afirmó la MCD, enmarañando la discusión hasta límites indignos. Se dedujo de algunos textos manipulados de la MCD que su autora había atribuido a sus revelaciones un valor de fe divina, dando a sus enseñanzas una autoridad de doctrina cierta, otorgando a la MCD un valor divino y canónico superior a la Biblia.
Con abundantes textos a la mano hemos demostrado lo que pensaba la M. Ágreda sobre la teología de las revelaciones en general y de las revelaciones contenidas en la MCD. Lo único cierto en todo este asunto es que Sor María creía en la verdad de sus revelaciones sobre la Inmaculada, y tenía esta creencia por cierta y verdadera, y se empeñó en difundirla por los medios a su alcance. En cuanto a su actitud en materia de revelaciones privadas, siguió con ejemplar virtud cuanto los maestros espirituales enseñan acerca de una prudente desconfianza por todo ese mundo de fenómenos extraordinarios. A todo lo largo de su vida se sometió ejemplarmente al dictamen de sus directores y superiores eclesiásticos. Habiendo sufrido mucho por las indiscreciones de la Comunidad cuando empezaron sus “cosas extraordinarias” mantuvo a lo largo de la vida una línea rígida de sumisión al dictamen de los superiores. Que impusiera el contenido de sus revelaciones como de fe divina, que les atribuyera valor divino y canónico, que su libro aparece como un canon superior a los Evangelios, son cosas que rozan la calumnia teológica y exigen una rehabilitación de justicia muy severa. Ni los textos de la autora ni las condiciones de su vida santa permiten tan peregrina creencia. Con abundantes textos a la mano se puede probar que jamás pasó por la mente de la autora semejante idea. Hubiera sido, sin más, una acusación suficiente para demostrar su herejía, pues nadie en el Cristianismo había osado añadir al Canon apostólico un nuevo libro de propia producción dotado de autoridad canónica. Las increíbles exageraciones que en toda esta materia se profirieron sólo se explican por el espíritu de escuela, con el fin de desacreditar solo una de las múltiples revelaciones privadas de la MCD: la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
La decisión más sensata que en toda esta maraña de discusiones se tomó, fue la de Clemente XIV al excluir el tema de las revelaciones del proceso de las virtudes heroicas de Sor María. Pero se encontró el modo de soslayar el sentido de este decreto. En efecto, ya no se discutiría el hecho de las revelaciones en la MCD sino la afirmación sobre el rango que la M. Ágreda otorgaba a sus propias revelaciones como de fe divina.
Todo esto es historia pasada.
Pero hay en todo este penoso proceso a las revelaciones privadas de la M. Ágreda algo de valor permanente en la teología. Los acusadores de Sor María tenían una intuición certera cuando centraban todo el furor de sus ataques en las revelaciones, porque eran las revelaciones privadas las que – precisamente – más apoyo daban a la creencia en la Inmaculada. Los acusadores de la M. Ágreda vencieron jurídicamente, imponiendo silencio perpetuo al proceso de canonización de la M. Ágreda. Pero no lograron frenar la difusión de su obra. La MCD fue haciendo callada y eficazmente su obra, y la creencia en la Inmaculada triunfó dogmáticamente. Tenía razón la M. Ágreda cuando decía que la Concepción de María era una verdad cierta, de fe, y divina. Sus adversarios estaban en el error.
También esto es historia pasada.
Queda de positivo en toda esta penosa historia – más allá de la verdad concreta de la Inmaculada – una manera nueva de hacer teología, la cual – partiendo de la experiencia misma de las realidades divinas – logra estructurar una síntesis teológica que merece los más grandes elogios.
Es en nuestros días cuando se puede apreciar la originalidad, y la perfección de técnica que esta teología – Mariología – alcanza en manos de la M. Ágreda.
Dos cosas tenazmente defendidas por la M. Ágreda, quedarán para siempre en la historia de la Iglesia como valores puros: el dogma de la Inmaculada, y la teología de base espiritual–experimental.
El lector juicioso se hará cargo, también, del veredicto histórico que merecen las caricaturas teológicas que producen – a veces – los procesos doctrinales.
Terminemos este capítulo con una significativa analogía.
En las últimas ediciones del INDEX AC STATUS CAUSARUM de la Congregación de los Santos, el nombre seglar de la Ven. M. María de Jesús de Ágreda aparece, no como María Coronel Arana, sino como María Fernández. Es, ciertamente, un error de ordenador. Pero es un error. Esta María Fernández no tiene nada que ver con Sor María de Jesús (María Coronel Arana).
Si María Fernández nada tiene que ver con Sor María de Jesús, tampoco tiene nada que ver con ella, una cierta autora que escribió cosas nuevas, cosas inauditas, cosas nunca escritas por nadie, cosas reveladas a ella por el Gran Dios, para darlas a conocer a su Iglesia, que quiere, que todos los demás las crean como ella misma las cree, proclamando que ésta es la voluntad de Dios, y que está expuesto a la indignación divina todo el que no crea cuanto ella escribe y cree.
Esta supuesta escritora no es la Ven. M. Maria de Jesús de Ágreda.
En el Index ac Status Causarum, y en el Judicium de Benedicto XIV hay una verdadera suplantación de persona. La autora que tiene en su mente Benedicto XIV cuando condena a la MCD, no es, ciertamente, sor María de Jesús de Ágreda.