MITOS CONTEMPORÁNEOS
LA TELEVISIÓN COMO LEGITIMADORA DE DISCURSOS
Ya entrados en un nuevo siglo la sociedad continúa ofreciéndonos una amplia gama de mitos y fetiches en los que creer y adorar, quizás los más importantes y funcionales para el sistema capitalista sean los que, además de ser mitos ellos mismos, permiten la popularización de otros.
Los medios de comunicación como legitimadores de discursos tienen esta particularidad, yo me referiré al más poderoso de ellos: la televisión.
Ella está allí, es el gurú de las últimas generaciones, tiene mayor influencia en los niños que los propios padres pero no es sólo un mito de jóvenes; la sociedad en general la tiene como algo indispensable. En la actualidad ha pasado a ser una de las condiciones básicas de subsistencia del ser humano, la gente la considera tan primordial como el agua corriente.
El televisor pasó a ser nuestro nuevo oráculo, se lo enciende para ver que es lo que ocurre o va a ocurrir, se lo consulta ante cualquier motivo y lo que él dice es ¨la verdad¨; nunca miente, nos informa siempre, ejerciendo un gran poder sobre nosotros. Las capas dominantes de la sociedad utilizan este fenómeno para propio beneficio, apoderándose de ellos y transformándolos en perfectas herramientas para llevar adelante sus fines particulares. Robándole conceptos a Althusser, se podría decir que la televisión es, desde su invención hasta nuestros días, uno de los más efectivos Aparatos Ideológicos del Estado, después de la educación oficial.
Lo que no sale por T.V. no existe, es mentira, es un invento de algún bufón o algo sin importancia. Lo que realmente interesa está en los noticieros, en los programas que ¨reflejan¨ lo que ocurre en la sociedad. La televisión es honesta, sincera, hace el bien. Critica al que debe criticar, ignora al que tiene que ser ignorado y alaba al que se lo merece. Impone con gran disimulo un determinado tipo de (des)concientización modificando, u ocultando muchas veces tras una espesa niebla, gran parte de la realidad, ofreciéndonos informaciones totalmente superficiales y parciales que la sociedad suele consumir en forma masiva, transformándose con estos mecanismos en uno de los más altos pilares sobre los que se erige la legitimación del sistema burgués.
La gente ve lo que ocurre en los programas de televisión como hechos reales, se autoconvence de esto, pareciera que entrara en un trance de total ingenuidad y estupidez delante de la llamada ¨caja boba¨, que tendría que llamarse en realidad (principalmente por los manejos que se hacen de su rol social) ¨caja que emboba¨. Es como si el Gran Hermano efectivamente nos vigilara día y noche y nos permitiera ver la vida de ciertas personas en su cotidianidad, con cámaras instaladas en cada casa. No se pueden explicar de otra manera las lágrimas femeninas (y porqué negarlo, masculinas también) al ver como la protagonista de la novela de las tres de la tarde sufre por un desengaño amoroso ni se pueden explicar con otros argumentos los golpes recibidos por diversos actores de parte de casuales transeúntes a causa de las ¨maldades¨ en las que incurría en determinada tira televisiva.
A través de la televisión se ha perdido definitivamente la frontera entre ficción y realidad, la tensión entre una y otra se ha esfumado delante de nuestros ojos y no fuimos capaces de observar hacia dónde se fue.
Esto ocurre con la televisión, su poder es mayor aún que el de la radio o el del teatro. La T.V. tiene esa extraña capacidad de producir verdad. Eso sería, al fin, la televisión: una máquina de fabricar verdades consumidas por un masivo público. La pregunta que surge inmediatamente es: ¿quién fabrica las verdades que nos brinda la T.V.?
Pareciera ser que los periodistas dicen siempre lo que piensan, tienen total libertad, no sufren presiones ni son acallados, mucho menos comprados por alguien, y si alguna vez algo de esto sale a la luz, es sólo una excepción a la regla que pronto será olvidada y toda la culpa cae sobre aquella persona particular; la televisión como institución queda a salvo.
La televisión actúa como una conexión entre las personas y el mundo real, a ocupado parte del lugar que le corresponde a la vida y a la experiencia personal. Llegamos al nuevo milenio en un estado de total dependencia ante este aparato al que nos sometemos irresistiblemente. La televisión tiene la inteligencia y la sabiduría de Atenea, la belleza de Adonis y esconde su faceta dionisíaca bajo el manto de sus fibras ópticas y antenas satelitales tras las que funciona. Nos da una visión del mundo, una explicación, pero la misma pregunta sigue revoloteando sobre nuestras cabezas: ¿es esa la verdadera explicación de los hechos; la T.V. es tan transparente como se quiere dar a entender o a través de ella se esconde más de lo que se muestra?
La televisión, en mi opinión, no es sólo lo que muestra sino también lo que oculta. Obviamente no es un problema intrínseco del aparato, el peligro no es la televisión en sí misma sino quienes manejan sus hilos, los que utilizan el poder de la televisión para aumentar o legitimar el suyo o el de la dominación de clase como única alternativa posible.
La T.V. vive junto a nosotros; es el hermano del adolescente, el hijo mimado del padre y el padre del hijo, el que nos aconseja, nos da respuestas, temas de conversación. Hablamos con la televisión y ella nos responde. No inventa nada, es la verdad o un fiel reflejo de ella. Produce realidad social y logra que nos sintamos parte de lo que allí ocurre sin ser parte real de los hechos; todos nuestros padres y abuelos pisaron la luna en el 69´, todos le hicimos un gol con la mano a los ingleses en 1986. Vimos, sufrimos y creímos participar de masacres, guerras, secuestros, casamientos, vueltas olímpicas, revoluciones, golpes de estado... en un segundo podemos pasar de tirar piedras en la intifada Palestina a hacerle un gol a River en el mismísimo monumental o cocinar junto a Rodolfo Ranni intentando descifrar su cocoliche forzado, y todo tan sólo apretando un botón del control remoto. Esta es una de las principales fuentes de alimento del mito, lo que lo hace especial. El tiempo y el espacio quedan a un lado, no cuentan, no existen, no están.
A pesar de que mucha gente es consciente del carácter ficcional y parcial de la televisión actual, de la necesidad de producir o agrandar ciertos acontecimientos con el fin de vendérselos al público por rating y auspiciantes que le dejen dinero, de las tergiversaciones que a través de ella se cometen o se pueden llegar a cometer, de las relaciones existentes entre los poderes financieros y políticos con los medios de comunicación, pocos logran escapar del embrujo ni bien la encienden y terminamos atrapados en la fábula como un personaje más, totalmente pasivo, aceptando las reglas del juego. Se confía ciegamente en los que están del otro lado de las cámaras sin pensar que pueden estar engañándonos. Con esto hay que tener cuidado, la gente ve programas de T.V. sin hacer grandes distinciones, queda como poseída y termina creyéndole de igual manera a Tinelli, a Lanata y a Hugo Arana.
No se pone en riesgo casi nunca la honestidad del interlocutor, la tele da un status y un respeto tan ficticio y vulgar como efectivo. Es un arma y como tal sus fines pueden ser de los más diversos; hoy, lamentablemente, los que manejan los hilos de ella son muy pocos y tienen bien claro lo que quieren. Los medios de comunicación pasan a ser, en realidad, medios de opresión. El sometimiento ante la televisión sin dar cuenta de los filtros por lo que pasa la información, de cualquier índole, antes de llegar a nosotros, ayuda de manera grandilocuente a la manutención, no sólo del mito televisivo como legitimador de discursos sino del gran mito que es el capitalismo.
La gente tiene una terrible y contagiosa necesidad de creer, necesita convencerse de que tiene todo bajo control, que sabe y entiende lo que pasa alrededor suyo. Los antiguos griegos tuvieron que inventarse una enorme cantidad de dioses para explicar el mundo. Entrados ya en el 2001 la gente sigue creyendo en la magia. Los viejos dioses han bajado a la tierra y conducen programas de televisión, nos dan la explicación del mundo actual con su sabiduría divina y siguen incidiendo sobre nuestras vidas.
Los herejes somos discriminados en las mesas de café como antes del mercado de Atenas. No podemos hablar de lo que sucedió el día anterior en tal programa porque no lo vimos quedando fuera de la conversación como castigo. Tenemos dos opciones: nos entregamos ante tamaño enemigo o luchamos contra el mito generado por aquellos para los cuales la televisión es un medio no de comunicación sino de dominación.
El mito de la literatura bien puede ayudarnos en este aspecto.
Leonardo Candiano