La identidad social contemporánea, en su mayoría, se fundamenta en el individualismo. En la escuela todos los “compañeros” de clase son competidores entre sí; ser competitivo es ser “virtuoso” y dicha actitud se “recompensa” con poder adquisitivo. Así, la acumulación de bienes fortalece o no la idea que cada uno tiene de sí mismo. La prosperidad intelectual y espiritual puede ser prescindible.
Son varios los productos que se requieren para completar, restaurar y proyectar el diseño que cada uno ha hecho de su vida: familia, trabajo, hogar, diversiones... y para todo lo demás... La vertiginosa carrera de la “moda”; del estilo de vida consumista; del ímpetu “por volverse rico” y de la abrupta acumulación especulativa o industrial han conducido a una excesiva producción de objetos que pronto serán basura, a la explotación de seres humanos y a la devastación del ecosistema donde vivimos.
Nuestro mundo se encuentra cada día mas lleno de productos que fueron materia viva, orgánica y que para sostener “la vida moderna” son transformados en “cosas” inmediatamente prescindibles.
Cada día, de muchas formas, los humanos tomamos energía del planeta al igual que todos los seres vivos que lo habitan y conforman. Tal y como sucede con la mano de obra, a la que no se le garantiza una retribución energética equivalente a la empleada en su trabajo durante la cadena productiva; la humanidad es incapaz de retribuir al planeta, por el contrario, le damos veneno a cambio de agua.
En los grandes tiraderos de basura, hay también trabajadores, pepenadores, que hurgan entre los deshechos los objetos que aun puedan ser utilizados, consumidos o vendidos. Hay pepenadores citadinos que recogen los sobrantes en restaurantes o productos que por caducidad son tirados por los grandes almacenes, pero ante el crecimiento de pepenadores de este tipo, algunos prefieren envenenar los alimentos a tener gente husmeando sus basureros.
Hay otros que recogen los frutos que se han separado durante la cosecha, grandes hortalizas y campos ofrecen una fuente de alimentos de primera calidad; en ocasiones hay toneladas de alimento tirados en las orillas de los campos pues no hay compradores o transportistas que los trasladen a las ciudades.
Tirar alimentos también garantiza precios altos en el mercado; año tras año se incineran cosechas, se verter litros de leche a los drenajes y se desperdician toneladas de alimentos para equilibrar los precios internacionales. El dinero compra objetos y desconoce la vida.
