Cuando se dice que “la delincuencia ha crecido”, no se dice “hay mas delincuentes”.
Las prisiones están saturadas; cada día se tipifican nuevos delitos y la esperanza de orden y civilidad se vuelve un sueño imposible. Los gastos en seguridad por parte del Estado y del individuo cada día son mayores: el automóvil ahora requiere de alarmas y hasta de blindajes; la casa requiere de cerraduras, alarmas vecinales, alambradas; las calles se cierran y se restringe el acceso a los extraños. Estas nuevas formas se extienden con la misma rapidez que se extiende el miedo a ser violentado en el cuerpo o en las pertenencias, los otros, quienes viven a nuestro alrededor se vuelven nuestros enemigos potenciales.
En esta lógica, los que no tienen dinero tendrán problemas para mantenerse a salvo. Pasamos de largo ante todos, no nos damos cuenta que tenemos miedo, que todos somos vulnerables. En el mar hay peces de todos los tamaños y siempre hay una mandíbula mas grande. Por eso existe el cardumen.
No nos conocemos y nos vemos con recelo; lo distinto, lo desconocido, es blanco de nuestra sospecha. Hoy, que el dinero cohesiona nuestra vida diaria, nos olvidamos que en realidad la interrelación de los individuos, mediante una ética biocéntrica, formaría un auténtico tejido social. Hoy es norma priorizar la protección de un bien, de un objeto de valor sobre la vida de cualquier Ser... a menos que dicho Ser negocie con sus propiedades.
La cartera aún con un poco de dinero nos garantiza seguridad y tranquilidad, la merma nos asusta y tememos ante la inestabilidad económica. ¿Qué sucede con los que viven cotidianamente en el desamparo?, ante la seguridad de que hacer algo por ellos es muy difícil, los desahuciamos por completo, sin pensarlo demasiado, los excluimos. .
En el contexto de la globalización, quienes gobiernan en este sistema empresarial, hacen todo lo posible por profundizar los conflictos de las comunidades más pobres.
Presentan encuestas en lugar de soluciones, evitan razones y respuestas para los más desprotegidos. Así, los pobres engrosan las filas de la delincuencia.
La solución de los poderosos para este panorama es una policía más sofisticada, capaz de enfrentar a ladrones y manifestantes; a cuidar a altos ejecutivos; a proteger propiedades y dineros.
La mezquindad con que nuestra educación está impregnada puede que nos impida ver claramente, ver los verdaderos crímenes, los que son contra la posibilidad de preservar la vida, todas las formas de vida.
