Entre
cuentas y balances.
Marcelo D. Ferrer
En un punto de la existencia debería ser un paso
obligado para todos, efectuar un balance. Periódicamente
lo hacemos de manera superficial por la impronta de
alguna decepción; rara vez cuando estamos satisfechos.
Quién mas,
quién menos, desea enderezar su existencia por la senda
que conduce a la ansiada felicidad. La felicidad es una
búsqueda constante, instintiva en todo ser vivo. Muchas
veces ese instinto natural que persigue la felicidad se
extravía entre temores que llevan a la inmovilización.
Una calma circunstancial de esos temores-tormentos,
como un rayo de luz que se cuela en cielo cerrado, se
convierte en flashes de ansiada felicidad,
justificando en cierta medida nuestro costumbrismo de
seguir proveyéndonos de más de lo mismo. Más allá de
las espesas nubes, el cielo: ¿Cómo alcanzarlo?
Cada quién
busca su felicidad, o lo que cree se la dará, según forje
sus expectativas. Es posible que tengamos que abrir y
cerrar muchas puertas antes de dar con la indicada. Sin
duda, el camino más corto será, el amigarse con el
propio espíritu.
"Ciertamente,
a esta ceremonia del vivir, generalmente concurrimos
pocos...
Ya que
cuando la luz se enciende, se encienden las ideas y la
gloria del espíritu;
y
muchos, deambulan peleados con su espíritu haciéndole
faltar a las citas."
Cosa nada fácil es adentrarse en el laberinto del uno
mismo, sincerarse, verse, reconocerse, para al fin
perdonarse o indultarse definitivamente de las propias
acciones u omisiones. Lo cierto es que siempre se puede
estar mejor cuando existe la voluntad y la fortaleza
para modelar la propia alma y las cosas.
La intención
de poseer un alma mas lisa, no necesariamente tiene que
relacionarse con un dogma religioso. Al fin y al cabo,
Dios (según mi creencia y sin pretender ofender a
nadie) es todas las cosas. Y nos condena o premia
conforme el balance que hagamos de nuestra conciencia,
según hayan sido nuestros actos u omisiones. Somos
nosotros los que decidimos vivir entre las llamas; o, en
la calidez del cielo que llevamos dentro. Cada segundo
lo estamos decidiendo.
"Una
persona deja de se feliz cuando se quiebra en ella la
unión mística que hay entre su leal saber con su
obrar."
Un espíritu calmo permite ver mejor. Sobre todo a las
personas que nos rodean. Extraer de ellas aquello que
llamamos sabiduría. Todos tienen una porción de ella
-de sabiduría-; hasta aquellos que pudiéramos
considera torpes e ignorantes. Si es que podemos
penetrar a las personas a través de sus ojos y verlas
dentro de sus envases conforme fueron las circunstancias
que las transformaron en aquello que se esfuerzan en no
mostrar, pues, entonces, con mayor fluidez veremos la
transparencia de los paisajes o percibiremos la caricia
del viento y el mensaje de las flores.
"El
mayor logro es alcanzar la cima con el espíritu.
Toda cima que se alcanza sin la exaltación del
espíritu, no nos permite recortar y atesorar el paisaje."
Coincide que estamos más cerca de la felicidad cuando
somos partícipes de un amor. La magia del amor es capaz
de conciliarnos con el mundo y con nosotros mismos. De
disfumar el resentimiento o la frustración que trae
consigo la soledad que tanto opaca. Si,
el amor es una llave maestra, un mirador que hace variar
nuestra observación haciéndola mas benévola. Un
puente o mirador meramente circunstancial si se ejerce
con posesión o egoísmo.
Un momento cualquiera, posiblemente, nos detengamos a
echar una mirada...
O, tal vez,
presumiendo de antemano una conclusión, nunca.
A menudo nos
condenamos a una absurda infelicidad por temor a echar
esa mirada.
Poseídos por
el miedo a hacerlo, continuaremos inventariando
minutos sin contenido; contando la existencia en años.
Desvelándonos de continuo por ese segundo antes... o
después... de nuestra muerte.