Sitio del poeta y narrador Marcelo D. Ferrer

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Carta a Macarena
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina.


Hace algún tiempo, movida por esa recóndita ternura que te pertenece y que de tanto en tanto nos recuerda que no somos un mero mecanismo de supervivencia, me pediste que escribiera algo dedicado a ti. Desde aquel momento, ha transcurrido un tiempo perdido en estériles intentos de reconciliación, que fueron diluyendo aquélla necesidad de sentirnos cerca.
Sin embargo, he de decirte, que los surcos que con tu lava de amor hendiste en mi, guardarán siempre su destino de paisaje.

Se dice que es al recuerdo donde viajan más a menudo los distraídos. Como tú sabes no hubo ni habrá, seguramente, uno mayor que yo, que de tanto en tanto se suelta a navegar océanos emancipados de olvidos.

Será por eso que bastante tarde o muy de madrugada -que es lo mismo-, cuando me he sentido algo huérfano, he renovado mi alma con tu imagen en mi recuerdo.


Así, al comienzo de un nuevo día, he sentido reiteradamente tu voz..., tu risa. Aunque a la luz matinal, y luego del descanso que me permitiste, haya buscado afanosamente convencerme de que sólo se trató de un bostezo, o si es más fino, un sueño.

Eso de soñar siempre me pareció un poco viejo, sabiendo para mejor que los sueños no se dan siempre, pues tienen su origen en la timidez del alma, y la timidez del alma no es otra cosa que postergar dosificadamente, o a veces para siempre, la intención de modelarse para uno mismo una vida más o menos linda.

Cuando analizo fríamente tu fenómeno en mí, descubro a la persona por quien he reído y por quien me he lamentado un sin número de veces, pero por motivos distintos a la gran mayoría de las veces.


Te he sentido solitaria, melancólica, triste; incluso ansiosa. Siempre te mostraste ante mí alegre y prolija; admitiendo pequeñas vanidades y chispas viciadas de miseria; algunas ajenas, la mayoría, mías.

Te admiro por eso, pues quien quiera que decida detenerse en tí como lo hice yo, encontrará a la persona que le agrada y que es como el fuego que purifica al hueso.

Si acaso nadie se detuviera con la dedicación que puse yo, por favor, no sientas pena, no eres tú.


Te diría que muchas personas piensan que sólo es su piel la que duele. Ciertamente, a esta ceremonia del vivir, generalmente concurrimos pocos. Ya que cuando la luz se enciende, se encienden las ideas y la gloria del espíritu; y muchos, deambulan peleados con su espíritu haciéndole faltar a las citas.

Es que somos tan absurdos, vos, yo y en general todos, que de tanto temer una derrota, ni nos atrevemos a intentar el juego de jugar. Pareciera que sólo hemos aprendido de nuestros mayores a fingir para vencer  -¿a quien?- A custodiar nuestro territorio individual. ¡En fin!, a no darnos casi nada.

Aquí y ahora me esfuerzo para que no me importe tanto mi piel. Quizá porque he comprendido vagamente cada mensaje o porque guardo bien nuestras experiencias.

Estoy y seguiré, porque tengo un mundo que conocer -aún faltando mutuamente a la promesa de conocerlo juntos-. Es que... gracias a ti, he almacenado la suficiente sensibilidad como para advertir que la primavera todavía perdura a mitad de la existencia y seguirá estando... luego... y después. También por ti,  desmenuzo ahora las arenas del verano o saboreo las delicias que el mar puso a reposar en mis labios. Aún cuando lo mas trascendente haya sido, que pueda remontar las cuestas de un otoño cualquiera, para resurgir después, victorioso, de mis inviernos interminables.

En homenaje a nuestros días, a lo que conservo de ti y lo que tú te llevaste de mí, te propongo que un día cualquiera nos encontremos. Que ese día, volviendo sobre nuestros pasos, demos vida a los momentos que bañamos de esplendor.


Para ello, elijamos un día especial.  Podría ser, si te parece, el 31 de abril de algún año de este jamás insuperable.


Así, acaso, nos quede la tranquilidad en el alma al saber, que nuestros pasos de pétalos existirán siempre, aún cuando no tengan para su encuentro, un día que figure en el almanaque.

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