Hace algún
tiempo, movida por esa recóndita ternura que te pertenece y que
de tanto en tanto nos recuerda que no somos un mero mecanismo de
supervivencia, me pediste que escribiera algo dedicado a ti. Desde
aquel momento, ha transcurrido un tiempo perdido en estériles
intentos de reconciliación, que fueron diluyendo aquélla necesidad
de sentirnos cerca.
Sin embargo, he de decirte, que los surcos que con tu lava de
amor hendiste en mi, guardarán siempre su destino de paisaje.
Se dice que es al recuerdo donde viajan más a menudo los distraídos.
Como tú sabes no hubo ni habrá, seguramente, uno mayor que yo, que
de tanto en tanto se suelta a navegar océanos emancipados de olvidos.
Será por eso que bastante tarde o muy de madrugada -que es lo mismo-,
cuando me he sentido algo huérfano, he renovado mi alma con tu imagen
en mi recuerdo.
Así, al comienzo de un nuevo día, he sentido reiteradamente tu
voz..., tu risa. Aunque a la luz matinal, y luego del descanso que me
permitiste, haya buscado afanosamente convencerme de que sólo se trató
de un bostezo, o si es más fino, un sueño.
Eso de soñar siempre me pareció un poco viejo, sabiendo para mejor
que los sueños no se dan siempre, pues tienen su origen en la timidez
del alma, y la timidez del alma no es otra cosa que postergar
dosificadamente, o a veces para siempre, la intención de modelarse
para uno mismo una vida más o menos linda.
Cuando analizo fríamente tu fenómeno en mí, descubro a la persona
por quien he reído y por quien me he lamentado un sin número de
veces, pero por motivos distintos a la gran mayoría de las veces.
Te he sentido solitaria, melancólica, triste; incluso ansiosa.
Siempre te mostraste ante mí alegre y prolija; admitiendo pequeñas
vanidades y chispas viciadas de miseria; algunas ajenas, la mayoría,
mías.
Te admiro por eso, pues quien quiera que decida detenerse en tí como
lo hice yo, encontrará a la persona que le agrada y que es como el
fuego que purifica al hueso.
Si acaso nadie se detuviera con la dedicación que puse yo, por favor,
no sientas pena, no eres tú.
Te diría que muchas personas piensan que sólo es su piel la que
duele. Ciertamente, a esta ceremonia del vivir, generalmente
concurrimos pocos. Ya que cuando la luz se enciende, se encienden las
ideas y la gloria del espíritu; y muchos, deambulan peleados con su
espíritu haciéndole faltar a las citas.
Es que somos tan absurdos, vos, yo y en general todos, que de tanto
temer una derrota, ni nos atrevemos a intentar el juego de jugar.
Pareciera que sólo hemos aprendido de nuestros mayores a fingir para
vencer -¿a quien?- A custodiar nuestro territorio individual.
¡En fin!, a no darnos casi nada.
Aquí y ahora me esfuerzo para que no me importe tanto mi piel.
Quizá porque he comprendido vagamente cada mensaje o porque guardo
bien nuestras experiencias.
Estoy y seguiré, porque tengo un mundo que conocer -aún faltando
mutuamente a la promesa de conocerlo juntos-. Es que... gracias a
ti, he almacenado la suficiente sensibilidad como para advertir que la
primavera todavía perdura a mitad de la existencia y seguirá
estando... luego... y después. También por ti, desmenuzo ahora
las arenas del verano o saboreo las delicias que el mar puso a reposar
en mis labios. Aún cuando lo mas trascendente haya sido, que
pueda remontar las cuestas de un otoño cualquiera, para resurgir
después, victorioso, de mis inviernos interminables.
En homenaje a nuestros días, a lo que conservo de ti y lo que tú te
llevaste de mí, te propongo que un día cualquiera nos encontremos. Que
ese día, volviendo sobre nuestros pasos, demos vida a los momentos
que bañamos de esplendor.
Para ello, elijamos un día especial. Podría ser, si te parece,
el 31 de abril de algún año de este jamás insuperable.
Así, acaso, nos quede la tranquilidad en el alma al saber, que
nuestros pasos de pétalos existirán siempre, aún cuando no
tengan para su encuentro, un día que figure en el almanaque.