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Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
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Trepé
la montaña
hasta su
cúspide más ególatra
donde
amorfa reina la estupidez.
Conocí
reyes poderosos, los adulé.
Reblandecidos
en su amor propio,
los
dominé.
Conocí
farsantes de ilustrada elocuencia,
y
alentando sus mentiras,
los ocupé.
Lacayos
y sonsos me siguieron
oyendo las
hipocresías
que su
sosera les urgió creer.
Por
supuesto, los defraudé...
de la
manera más descarnada
para
regocijo de mi avidez.
Al
alejarse ellos, los reemplazaron otros...
seducidos
por el poder y la quimera
de que
algo de cierto habrá de haber.
Mintieron
en mi nombre; desdijéronse.
Olvidaron
convicciones e ideales
por
cuatro migajas que dejé caer.
Pasado
un tiempo de abusos y escarnio,
se dudó
de mi bonomía y mi bien.
¡Fueron
ellos! -dije-, los acusé.
Quieren
difamarme.
Por el
bien que hube a mi patria de hacer,
¡defiéndame!
Grandes
héroes lucharon
por
restablecer el orden y mi poder;
cientos
murieron en insensatez.
De ese
modo goberné la egolotra estupidez
hasta
que al fin, la muerte,
no pude:
seducir, sobornar o vencer.
Dedicáronse
monumentos, himnos y versos;
calles, parques, escuelas
y estandartes,
al
ilustre ser.
Y un
día, en febrero, no se labora.
Otro hipócrita se
congracia diciendo mi nombre,
mientras
deposita flores, a los pies de un bronce.
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