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Moheli Para Adrienne Galfi. La
plaza Hidalgo es desierta a las tres de la tarde. Un
aguacero torrencial, yerro inesperado en pleno diciembre, se suma furioso al caudal de
la fuente de los coyotes. El entorno colonial de los alrededores se
desvanece ante la pausa de colores que impone la
lluvia. Pero la pausa no lo invade todo, salvo mi presencia
inanimada junto a la fuente, el resto es el compulsivo
nerviosismo que caracteriza una zona a la que la gente asiste en
tropel a toda hora del día y de la noche, todos los días de la
semana. Coyō-hua-cān, corazón cultural de la
Ciudad de México, es famoso por su centro histórico, sus
museos, sus teatros independientes y sus bares bohemios; a
uno de ellos debía dirigirme. Mi permanencia
en México era relativamente corta. Los hechos que me condujeron a
este país se sucedieron de manera vertiginosa. Me encontraba
voluntariamente anclado aquí con los recursos apenas suficientes para mi
supervivencia. El Sofoco del cuarto de pensión lo atenuaba
andando por una ciudad ajena e inmensurable, habitada de gente en
extremo cordial que se dirigía a mí con musicalidad. De manera
habitual recalaba en distintos cafés para escribir cuento,
ensayo y crítica literaria que vendía luego a escritores faltos de
inspiración. Por ello estaba ahora allí... junto a la fuente de los
coyotes de Coyoacán: decidiendo si vender o no a otro escritor mi último
cuento. No
era sencillo, en muchas formas me había liado a la historia y a su
personaje principal; ambos éramos como plumas impulsadas por la
brisa. Si profundos, desnudos, intelectuales y voraces nos abandonamos
al libre albedrío del destino, complacido éste de haber sofocado
toda resistencia de nuestra parte, se convierte en la mansa
expresión de cuanto aspiramos. Como el viento que lleva al
garete un objeto sin equilibrio ni peso, cuya suerte, es anterior
al viento. La
lluvia cesó con la impronta que la iniciara y la superficie
comenzó a develar sin pausa el fondo de la
fuente. El mismo efecto que provoca la serenidad sobre
el agua, lo deseaba para mi mente. ---Siete
señales, recuerda, siete. Una
mujer muy cerca de mí dijo esto dirigiéndose a su acompañante. Y
como si las siete señales guardaran un significado esotérico y místico, un
collage de diminutas ondas fue revelando sobre la superficie del
agua de la fuente, su imagen. ---¡Siete!
Lo repitió con énfasis confinándome a un misterio que debía develar.
La
imagen (¿Déjà vu?) reía a su acompañante con el cabello en tirabuzones chorreando a cada lado de
una mueca sarcástica. Su risa se ahogó tras el muro de
bullicio que puso la calle Centenario luego de que cruzó.
Quien la acompañaba permaneció inmóvil de este lado observándola
en silencio; luego giró y se marchó en dirección opuesta con
un gesto indiferente que no pude comprender. Tanta gracia
reunida en la insignificante mueca de sus labios no debía ser
indiferente para nadie. Quedé mirando a la mujer dar saltos
intermitentes entre los charcos cuando cruzaba la calle; bamboleaba un
estuche en uno de sus flancos. Caminó treinta metros y
entró en una cafetería; Moheli. Me paré frente a la
puerta con el cuidado de quien no quiere ser evidente. Bajo el alero
de un comercio contiguo, un bien caracterizado mexicano ejecutaba
un violín completamente desafinado. Tocaba un valsecito de esos que pueden
oírse en cualquier esquina del DF. Aquel fue un encuentro
con sabor a desencuentro, sesgado de un significado que bien podría
no tenerlo. Sí tuvo el poder para que decidiera irme de Coyoacán,
sin vender mí historia.
Ella-Paula El
hediondo ruso roncaba y de vez en vez tosía. Sólo se
levantaba de su catre para ir a orinar o evacuar y la
sensación era que regresaba a la inmundicia de sus sábanas sin
que corriera una gota de agua por su cuerpo. Incluso comía allí
mismo pedazos de un salamín enmohecido que guardaba bajo la
almohada. Yo
había pasado la noche en vela deambulando pensamientos sin
aparente lógica, con la persistente impresión de ser jalado desde
abajo hasta percibirme incrustado en el colchón. Este se
arqueaba a los lados cerrándose y envolviéndome como si yo
fuera el relleno de una empanada. La sensación de asfixia me hizo
saltar de la cama. A medio camino supe que mi instinto me dirigía
hacia la ventana. La abrí para renovar el aire y permanecí parado
junto a ella en estado de abstracción. Bastaron pocos segundos para
descubrirme en un punto muerto, tan intenso y liminar como aquel que
me arrojara lejos de Buenos Aires. Breves momentos acontecieron hasta
percibir al ruso cerca de mí. --"¡Argentino cretino!"
--murmuró. Cerró la ventana y regresó a su cama esparciendo su
fetidez tras de sí. Ausente la saña de mi otrora temperamento
porteño, volví a mi catre sin dar pelea. El
tercer catre lo ocupaba un húngaro que no hablaba castellano. Se dirigía a
mí diciendo "szia" por la mañana o al verme de
regreso en la noche. Yo le respondía "hola" y esto
lo conformaba. Ni bien el ruso se tapó con sus malolientes
cobijas, el húngaro se puso de pie, fue donde la diminuta
ventana y la abrió de par en par soltándole al ruso algo así como:
"¡gyűlöletes Orosz! [1]". El
ruso volteó hacia la humedad de la pared entendiendo
que estaba en minoría. El
mal oliente cuarto se sentía como una tragedia que debía trasponer
para alcanzar la claridad. Todo el entorno tenía un patetismo
dantesco. Boca arriba podía ver cómo las cucarachas marchaban
sobre las varillas de madera de un cielorraso ralo de
mampostería ocre ennegrecida. Las paredes de color marrón chorreaban
una humedad viscosa que obligaba a apartar los catres del borde. El
piso con símbolos aztecas era lo más pasable de la habitación,
obviando, claro, que los símbolos apenas se distinguían. La letrina:
nauseabunda. La ducha estaba por sobre ella y el hilo de agua era tan
delgado que el jabón nunca se te quitaba por completo. De más
está decir que cuando éste, por descuido, caía dentro de
ese hoyo inmundo, era irrecuperable. En mi
país poco se sabría de mí. Prefería pensar para mi soslayo que era
un ser olvidado. El día que decidí alejarme de todo; de cometer
suicidio social, simplemente retiré de mi cuenta una suma apenas mayor
al costo de un pasaje a..., a... --¡México!
--Dije a la empleada del aeropuerto tras vacilar unos segundos. Y otra
vez un raro sortilegio en dominio de mis decisiones. ¿Mis
decisiones? Al
principio de estar en México llevé la cuenta de los días. Luego, el
tiempo, peregrino, se separó de mí o yo de él y deambulé anárquico las
horas a la espera de una señal. Así fue que me aferré a una
porción de espacio cuya vorágine transcurre sin ton ni son; que
apila tras de sí infinitos minutos estériles y ausentes, convirtiéndome
por momentos, en absoluta intuición. Mi hundimiento mexicano
guardaba inconsciente-mente la posibilidad de no sobrevivir al
naufragio. De permanecer indiferente e insustancial aguardando una señal
que proviniera puramente del destino. El riesgo era que éste, nunca
se ocupara de mí. No es
cosa fácil abandonarse al albedrío impredecible del destino. El
dolor de incertidumbre es a menudo una agonía leve pero
constante. Otras un abismo que insubordina del tal modo el ansia
que lastima, o crea fantasías que son ungüentos que calman
o agudizan la desesperación. Así el destino puede arrojarte al
más insalubre agujero, o elevarte inesperadamente hacia la luz. La
amenaza, por insistente, es el tiempo con capucha de verdugo
guillotinando cada minuto intrascendente mientras el destino decide.
Fue entonces que descubrí que lo equívoco frente a una ilusión, es
pretender hallarle sentido al tiempo que transcurre hasta alcanzarla.
Pero: ¿Tendría compensación suficiente por aquello que arrojara
tan dispendiosamente a la desmemoria; al olvido? Mi temor era que
la apatía en que sumergía mi existencia en incontados momentos, fuera
irredimible. Irredimible mi vista perdida junto al naufragio de mis
pensamientos sobre la superficie cóncava de una taza de café por
días sin solución de continuidad; irredimible mi vista fija en
el alma profanada del cielorraso con mi cuerpo incrustado en un
mohoso colchón del más pestilente de los cuartos. Luego descubriría
que un segundo puede tener un significado infinito; puede
guardar la ecuación cuasi perfecta capaz de unir pasado con presente
y futuro en un único espacio-tiempo de plenitud, donde todo, hasta lo
irredimible, adquiere justificación. Nunca sabremos
si tal suceso es consecuencia pura del destino que aguardábamos, o un
acto de arrojo de nuestro espíritu en rebelión poniendo
a donde hace falta una sobredosis de heroísmo impostergable. La
ventana abierta de par en par trajo la brisa y junto con
ella las primeras voces del amanecer. En un hueco de mi abstracción, un
diálogo que se desarrollaba cuatro metros por debajo de la
ventana, en la calle, subió como un murmullo preclaro. Nítidamente
escuché la palabra "siete". Las siete de la mañana, pensé,
y tuve la sensación que de levantarme iba a comenzar demasiado temprano el
día. Pero me agradó la idea de salir del hediondo cuarto y darme
una ducha fresca y larga antes de que el húngaro ocupara el baño. Era
de esperar que el ruso no lo hiciera. Mi
cita con Paula era los domingos. Ella llegaba puntual.
Sin rodeos se dirigía hacia la escalera circular que conducía
a la planta alta del local para ocupar una mesa, arriba, junto a
la baranda. Siempre la misma. La planta alta balconeaba
promediando el salón inferior. Mi lugar era debajo de Ella y la
baranda, en planta baja, frente a la vidriera; de modo que Ella no podía
verme desde su mesa. El cristal de la vidriera me obsequiaba en
perfecto ángulo la imagen de Paula. En el Moheli, resistiendo el
modo impersonal en que lo fugaz convierte a los transeúntes
en merodeadores banales, comenzó a gestarse la esperanza de converger
junto a Paula, al menos por un momento cada domingo, en el
mismo reflejo. Pero el tiempo, a menudo,
tiene envidias y vengativo se empecina en dictarnos horas insípidas,
ausentes. Ausencias de Ella y mías. De nosotros en el
arriba y abajo de una mirada que se pierde largamente
en el hastío. El arriba de Ella subrayando mi abajo impreciso,
ese perderme en el exilio cada día un poco, conservando el
ansia de un rescate que con caricia de redención me librara
de la peor condena. Su arriba: inalcanzable; un borde de
estrella; distante..., insustancial. Nuestro espacio común:
el reflejo. Sin ser yo allí y sin ser Ella en el mismo
lugar; ajenos ambos a las tribulaciones del arriba y abajo
preciso y real, convergíamos en un plano de cortas distancias,
de piadosas imprecisiones amparadas en la vaguedad construida
para nosotros por el cristal. A veces las horas
intrascendentes se convertían en domingos enteros sin el
cruce casual de un diálogo que sucediera en ese interregno de ambos
fusionándonos como ánimas inmunes a la gravedad. De tanto en tanto, Ella
ponía su enfoque visual en un ángulo que parecía el indicado, y yo
me movilizaba ajustando el mío a la dirección final que adquirirían los
ojos de Paula. Pero su visión convergía siempre más allá, en
un punto neutral posterior al de la vidriera; en la calle, en el pasar
presuroso de nunca jamases obedeciendo el mandato de su hora. Carecía
de quién, cuál, dónde, cómo, por qué, adónde o cuándo; no
me importaba. Mi desapego a sus referencias circunstanciales era
un salto al abismo de los significados; de las señales. Un paso mas
acá o allá de la levedad que todo lo convierte en fechas, números o en una sustancia
que no somos ni seremos hasta toparnos con el molde de nuestras
compatibilidades. A
la imagen sobre el cristal la llamé Paula; a quién estaba
en la planta alta tan distante de mí, simplemente le decía: Ella. Ahora
que cuento esta historia, entiendo que para cualquier otro
tenga en mucho actitudes obsesivas, desquiciadas y hasta misóginas. Debo
admitir que si, que hubo de ello hasta el punto que, el darme cuenta,
fue parte de mi redención. Paula
en el reflejo y Ella en el arriba circunstancial, no eran la misma
cosa. A Ella la sentía cuando movía sus pies; cuando adelantaba o
llevaba hacia atrás su silla; cuando apoyaba sus codos o antebrazos
sobre la mesa y esta chillaba o trastabillaba por alguna descompensación de
sus cuatro patas; cuando se quitaba o ponía el abrigo por
el sonido que éste hacía al caer o ser recogido; cuando el silbido agudo,
similar al gemido de un animal, de mayor a menor o de
menor a mayor, me anunciaba que Ella había abierto su bolso o lo
estaba cerrando; que tal vez tomaría de él su billetera y pediría
la cuenta o, que extraería de allí un libro como habitualmente sucedía.
Los sonidos de Ella me decían de sus estados de ánimo: más
cortos, más largos, más agudos, más forzados, más sonoros, más
apagados… Paula era el completo silencio; un silencio jamás
incómodo; una abstracción gnóstica e intuitiva. En los
silencios de Paula comprendí que
el poder que alumbra el entendimiento tiene como
interlocutor la pausa. La
primera vez que la vi yo andaba en busca de un libro de Carlos
Castaneda: “Viaje a Ixtlan”, y creyendo estar en la librería
correcta. La noche en vela había dejado señales evidentes en mi
cara. Podía ver eso sobre uno de los espejos del local en que me
encontraba. Coyoacán no hace siesta a las tres de la tarde.
Desde las siete de la mañana que había dejado mi catre para
ir a la ducha, se habían sucediendo lo que consideraba: coincidencias
con significado. Explico mejor esto. Hay cierta elección que
hacemos, conciente o inconscientemente, en algún momento. Una opción
consiste en apegarse a los cánones preestablecidos, que tienen
seguro de destino. Es decir: si usted cumple con determinadas pautas,
ocurrirán a usted cosas mayormente previsibles. Por ejemplo, si usted
cruza la calle obedeciendo las normas de tránsito, probablemente
nunca lo atropelle un automóvil. La otra opción no sigue pautas
preestablecidas, va detrás del conocimiento intuitivo; usted
desconoce por completo a dónde éste lo llevará. Exagerando, si su
intuición le señala que debe cruzar sin mirar y a mitad de la
cuadra, usted cruzará. También puede optar por una variante mixta.
Seguro se quedó pensando en eso. Se la recomiendo. Al finalizar la
lectura de este relato usted debería estar convencido de ello. Pero,
este no era mi caso. Mi decisión había sido, en estado de plena
pureza, la segunda: dejarme llevar al garete por el libre albedrío de
mi conocimiento intuitivo, tal y como el destino allí lo hubiera
escrito. Paradójicamente, la diferencia entre una y otra opción es
quién ejerce el control; quién gobierna el deseo y le imprime
emociones. Desear algo desde lo profundo hace que muchas cosas cambien su
significado. Incongruentemente, no desear nada, también. El
rumbo en ambos sentidos no se define como un punto geográfico o una
meta por alcanzar. El rumbo lo establece la certeza de
estar transitando el camino correcto. Ahora bien, ¿Cómo sabe usted
que está transitando el camino correcto si ha cedido el control a
alguien tan incomunicativo como el destino? ¿Simplemente bastaría con
creer que lo es? Pues bien, ¿estaba yo en la librería correcta,
buscando el libro correcto, detrás de las coincidencias con
significado correctas? Semejante incertidumbre nos pone pendientes de
cada señal. Detrás de mí oí la palabra "szia"; tan
familiar para mí por esos días. Alguien hablaba desde su celular y
el resto de lo que decía era incompresible. No me di vuelta y no
puedo explicar por qué. Pero la curiosidad me indujo a levantar la
vista porque intuitivamente supe que los espejos a ambos lados de la
librería me devolverían su imagen. Mi sorpresa fue encontrarme con
la mirada de Paula, mientras Ella, continuaba su diálogo telefónico.
Claro que de inmediato Paula desvió la vista para ponerla en el cajón
de libros que tenía delante. Entonces pensé que Ella estaba en
dominio y que tal vez Paula habría desaparecido para siempre. Que
Paula había sido un simple destello inhibido por una conducta
preestablecida de Ella para poner a salvo su ego, desobedeciendo su
instinto. Algo muy común del yo superlativo que suele incluso poner
en nuestros movimientos torpeza. ¡Salvo! Por un detalle: pudiera
ser Paula la que jugaba nerviosa con el borde del cajón, porque
Ella, había puesto a la conversación el ritmo que se impone cuando
se le quiere dar fin. Si estaba en lo cierto, lo sabría. Ella o
Paula salió de la librería con un libro de Carlos Castaneda, aunque
no precisamente el que yo buscaba. No es un autor popular y su temática
importa una lectura trascendente. Lo interpreté como una señal; la
segunda. Fui discretamente tras ambas. Cuando puso rumbo a la plaza
Hidalgo, intuí que Ella-Paula se detendría en algún café de la
zona; en tal caso, sería la tercera. Al
transcurrir los domingos supe que Ella-Paula era violinista. Es fácil
enterarse si alguien asiste por tanto tiempo al mismo café, a la
misma hora y ocupa la misma mesa. Con mayor razón si
invariablemente la acompaña un estuche de mediano tamaño. Sin
embargo, nunca pregunté su nombre; dudo que alguien en el café lo
supiera tampoco. Ella-Paula iba a Moheli después de dar su
concierto al mediodía. Interpreto que en busca de un lugar
familiar cuando por equis circunstancia se está lejos de los afectos;
quizá simplemente para matar el tiempo. En mi caso, Moheli fue el
espacio de limbo necesario cuando ningún sitio es tu lugar. Revuelto
el café, tantas veces nos sumergíamos en la piadosa distracción
que nos proveía un libro. Ella parecía hundirse página tras página
en viejas cuestiones que sólo el renacer de la ilusión resuelve con
sabiduría. Paula me decía sobre la transición que atravesaba Ella.
Entonces mis pensamientos volaban a donde Paula y se completaban
de definiciones e historias fantásticas que un día le contaría para
espabilarla de su letargo; o del arrojo y la resolución de
un suicida dando un salto mas allá del precipicio de las
letras, para ir donde Ella, en la planta alta, y sentarme a su mesa
obedeciendo su convite. El precipitarse de Ella era sin duda
el mal sueño al que sigue un despertar luminoso. Así, en su
letargo dominguero y embrionario, Ella-Paula me demostró que la
levedad absoluta es insustancial, y que la carencia de sustancia
inhibe las emociones; que sin emociones, no es posible la magia de una
ilusión. Decididamente asumí esto la vez que asistí a
uno de sus conciertos. ¿Era Paula sobre el escenario y Ella cediéndole
el espacio? ¿O era Ella dejando en libertad esa parte del
uno mismo tan leve pero substancial que es capaz de flotar
en el éter y percibir la música como una caricia que
proviene de algún sitio impreciso del reverso del cosmos? Estuve
allí los momentos suficientes para ver cómo su cabeza, la de Ella,
se inclinaba dulcemente sobre el violín, mientras su mirada, la
de Paula, apresaba la levedad del instante. El
invierno mexicano no tenía crudeza para mí acostumbrado a las
temperaturas bajo cero de Buenos Aires, impregnadas de la humedad del
río de La Plata, si el viento sopla del sudeste. El frío como un ánima
vaporosa te cala los huesos y ningún abrigo, por pesado que sea, lo
detiene. Esa noche, luego del concierto, el cuarto estuvo más frío y
maloliente que nunca. El ruso en su catre tenía olor a cadáver. La
ventana completamente cerrada durante todo el día hizo que los gases
hediondos abombaran el aire, y luego de permanecer breves minutos allí,
justo cuando el colchón comenzaba a tragarme, me dieron ganas de
vomitar. Entonces la imagen de Ella-Paula regresó a mi mente viéndola
desaparecer tras las bambalinas durante el intervalo del concierto
para regresar adonde el público por una puerta lateral. Seguidamente
se dirigió a la platea principal y tomó ubicación al lado de un
hombre. Fue que observé a Ella-Paula tras la misma sonrisa y mirada
inconfundible, propia de las personas enamoradas, y supe que estaba
recibiendo una lección que en nada se relacionaba con el destino y su
empecinamiento, sino con mi propia inmovilización. Allí estaban,
Ella y Paula, la sustancia y la levedad, en perfecta sincronización. Sin
duda el ruso estaba peor que yo, allí, sepultado, esperando… Quién
sabe qué. Pero así funciona cuando estamos tan carentes de aquello
que sin saber qué es, resulta tan difícil de definir. O a lo
mejor el ruso había podido lo que yo no y se encontraba a la espera
de que su conocimiento intuitivo lo arrancara de la mierda y
construyera para él algo parecido a una ilusión. Pero lo dudaba. ¿Cuál
la fuerza capaz de torcer el destino? ¿Cómo saber en qué
bazar de nuestra mente se encuentra la sabiduría jamás
aprendida que todo lo esclarece? Aquellos con la suerte que yo tenía
recibían una ayuda externa a tiempo. Tantas veces quienes proveían
la ayuda ignoraban que lo hacían. No había nada en ese cuarto que
tuviera que recoger; era mucho más lo que debía dejar allí para
siempre. Así que… sin mayores ceremonias, me marché. De
significados y no significados; de hallazgos como encuentros que
son desencuentros; de encuentros verdaderos que nuestra
incredulidad basal convierte en hechos improbables, estuvieron
sesgadas las tardes en el Moheli. No hay una fórmula qué imitar
porque la clave es tal vez obra de la casualidad, de un hechizo
ancestral, de un memorando de vidas pasadas o el resultado de una
conjunción cósmica que mágicamente construye para nosotros esa
ilusión tan necesaria y vital capaz de bajarnos del cristal. Hoy, el
arriba y abajo de nuestra imagen, me hace caer en la cuenta de que
Paula nunca me dio la oportunidad. Que sus ojos jamás se detuvieron
en el punto exacto de nuestro reflejo para que sintiera por breves
instantes que yo tuviera entidad. No, no poseía la sustancia
suficiente para ser visible ante Ella, de modo que, Paula, jamás supo
de mí. Mí abajo nefasto era una vaciedad carente de significados y a
la vez, mortalmente sedienta por tenerlos. Los necesitaba y necesitaba
también de esa ilusión capaz de arrancar
el ostracismo insalubre de una frustración que no redimiría
el destino por sí únicamente. Ahora lo sabía. Fue por ello que poco
importó que mi intuición fallara rotundamente aquel día al salir
ambos de la librería. Ella-Paula debió detenerse en algún café de
la zona, ello confirmaría que las coincidencias con significado de
ese día eran las acertadas; que las señales que recibía mi instinto
obedecían a cierta coherencia de las que el destino pudiera hacer
alarde. En cambio, la tercera señal nunca llegó. Ella-Paula subió a
un taxi y se marchó. El
destino, con anárquico albedrío, decidía una vez más por mí. Fue
el principio del cambio. Desesperado regresé invariablemente a la
librería a la misma hora cada día, seguro de poseer la fuerza capaz
de doblegarlo. Hasta que, una tarde, convencido de haber perdido la
contienda y que no volvería a verla jamás, Ella-Paula se presentó
en el Moheli. Entonces mis ideas sobre una predestinación preescrita
en mi conocimiento intuitivo regresaron con mayor virulencia escindiéndola
a ella del modo en que yo lo estaba.
En
mi último domingo en México, llueve en Coyoacán. El gris del cielo
acentúa las distancias. Todo se siente más lejano, por ello, Moheli,
está apacible. Ella-Paula está en su mesa… acompañada. Nuestros
reflejos se mezclan con los del resto de los transeúntes tal y como
merodeadores banales que somos; y está muy bien. Fin. Resulta
preciso que diga en este momento que el impulso para volver al Moheli
ese domingo fue el recuerdo de su imagen revelándose lentamente sobre
la superficie de la fuente de los coyotes. Que también me impulsó el
aroma de
su piel a jardín recién regado por la lluvia, y que no menos, la
gracia sutil de sus labios al soltar la risa. Entré
al Moheli con la precaución de no caer en las obsesiones del
abstracto personaje de mi historia, tan carente él que no poseía
nombre, edad y descripción; con la seguridad de haber aprendido a su
través que el destino es una amorfa pasta para modelar y que, dejándolo
al garete, sin hacer uso del mínimo coraje para contrariarlo, produce
seres sin sustancia, únicamente visibles en el reflejo. Me
senté en el lugar de mi personaje. Aguardé. El domingo avanzó con
una multitud entrando y saliendo y otra aún mayor deambulando por la
acera; mientras en la puerta, el mexicano caracterizado aporreaba su
desafinado violín. La vi
entrar al Moheli con aquel estuche en su mano izquierda adivinando qué
había en su interior. Se dirigió a la escalera circular que conducía
a la planta alta y ocupó la mesa que esperaba. La luz exterior
disfumaba en mucho su reflejo y sentí cierta tranquilidad de eso aún
cuando descubriera que mi historia tuviera fallas; pero allí estaba.
Luego, percibí sus movimientos encima de mí; el inconfundible sonido
de la cremallera de su bolso. La penumbra del reflejo no reveló con
nitidez lo que extrajo de él. Al escuchar la palabra “szia”
concluí que su teléfono celular.
Su voz invadió mis oídos con total familiaridad al recordar
aquellas palabras que desafiaron mi curiosidad junto a la fuente de
los coyotes: “Siete señales…” Inconscientemente realicé un
conteo de coincidencias
con significado
y una voz en mi interior repitió de nuevo: ---Siete
señales, recuerda, siete. [1] Ruso asqueroso. |
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