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Vulgarcito envidiaba a Carlitos porque era el dueño de la pelota. Carlitos siempre iba impecable: medias tres cuartos blancas inmaculadas, pantaloncitos cortos (blancos inmaculados), y su clásica camiseta de River Plate (también blanca inmaculada, salvo la banda roja). Carlitos siempre quería ganar; y cuando iba perdiendo, se ponía la pelota debajo del brazo, y sin más, se iba para la casa dejando al resto con las ganas. Vulgarcito, que era conocedor de las mañas de Carlitos y era amigo de su mejor amigo Dominguito, le seguía el juego. Por mucho tiempo Vulgarcito no le hizo goles a Carlitos y alababa a Dominguito; incluso, formó parte de los cuadros de Carlitos aunque jugaba muy mal a la pelota y su cara desentonara con la onda "pizza con Champagne" de Carlitos y sus amigos. Un día Eduardito se enojó con Carlitos. Eduardito, que había sido un lamecarlitos por mucho tiempo, descubrió que era más petiso que él, y le agarraron celos. Formó su equipo, "la patota bonaerense", y hasta compró una pelota nueva en el kiosco de don Raúl Ricardo, que más tarde le pagaría... de alguna manera. La patota debutó contra un equipito de la otra cuadra que dirigía Fernandito al que don Raúl Ricardo no le fiaba porque decía que era un flojo. El jugador estrella de "la patota" era el "sonrisa" Rucucu, que se ganaba a la hinchada a pura risa, aunque para jugar a la pelota era flor de tramposo. Al pobre Fernandito le rompieron el lupite gracias a las gambetas del "sonrisa" (que usaba piquetes), y a la pelota cargada que les había vendido don Raúl Ricardo, que finalmente nunca cobró... o eso anda diciendo. Después de que la patota bonaerense le ganara al subnormal de Fernandito, Eduardito comenzó a sentirse, y hasta para la hinchada parecía, más atlético y alto que Carlitos. Vulgarcito, que envidiaba de Carlitos la onda "pizza con champagne"; viendo que Eduardito y su "patota bonaerense" tenían pelota nueva, se cambió de equipo. A Eduardito le gustaba mandar; estaba fascinado con un tal Vito Castronne que fumaba habanos y tiraba la piedra y escondía la mano. Sonrisa Rucucu estaba gastado; era tan evidente el pobre, que todos le conocían las mañas. Así que cuando Vulgarcito se le acercó y le dijo que quería jugar en su equipo en contra del de Carlitos, Eduardito lo aceptó. En realidad a Eduardito no le gustaba ni medio Vulgarcito porque se parecía a un personaje de una historieta que aborrecía, pero serviría a sus fines (o al menos eso fue lo que creyó). Así fue que comenzaron una campaña. Eduardito infló a Vulgarcito con el afán de que éste se ganara a la hinchada; lo fue a ver a don Raúl Ricardo por el tema de la pelota cargada, manipuló a los árbitros y hasta modificó el reglamento. A Rucucu lo dejó en el banco por si lo necesitaba. "¡¡Despertate bolú!!" gritaba Eduardito a cada rato en plena campaña porque Vulgarcito no atinaba un pase y mucho menos metía goles. Pero la suerte estuvo de su lado. Fiel a su costumbre, Carlitos, viendo que el partido se perdía, se retiró de la cancha antes de que finalizara. "La patota bonaerense" ganó de nuevo. Una cosa no estaba del todo bien para Eduardito: Vulgarcito había quedado como el jugador estrella y ahora quería mocasines nuevos, que lo llevaran y lo trajeran en avión, que le dijeran pingüino, algunas veces no le atendía el teléfono a Eduardito, y hasta se atrevía a imponer sus ideas y mejorar los piquetes. Lo peor era que la hinchada lo aclamaba; "vaya uno a saber por qué", decía por lo bajo Eduardito mientras se mordía los labios. Carlitos, mientras tanto, se fue de becario a Chile y se quedó allá por un tiempo. Un día, Vulgarcito, que ahora era más alto y atlético que ninguno, se compró pelota nueva y comenzó a aparecerse, aunque medio desalineado, con una camiseta de Racing. La gente lo veía y decía: ¡Woooow Vulgarcito es un campeón! Y fue cuando para casi tooodo el mundo se parecía al Principito porque hablaba como en fábula y estaba lleno de principios y decía que era solidario con los que no sabían jugar a la pelota. Entonces se le ocurrió formar un equipo con la ayuda de Felipito, Albertito, Anibalito el bocón, Anibalito el incendiario, Robertito, Rafaelcito y otros más; el equipo incluía dos porristas: Cristinita y Alicita. Eduardito, como no podía ser menos, también contrató dos porristas: Chichita y Mabelita. Al partido vinieron personalidades del décimo mundo como invitados especiales y se organizaron piquetes conmemorativos y hasta había bandas... aunque no de músicos. El equipo de Vulgarcito, que era local y manejaba la caja, utilizó las mañas de "la patota": repartió un montón de entradas gratis y dejó pasar a un montón de colados. El pobre de Eduardito, que tenía poco para regalar, se las vio en figuritas. Así fue como Vulgarcito quedó como único campeón del barrio y le clausuró el kiosquito a don Raúl Ricardo para que ya nadie vendiera pelotas y todos tuvieran que jugar con la de él. Vulgarcito, ahora, piensa en las grandes ligas. Fin. ¿Fin? (*) El apelativo "Vulgarcito", es creatividad del escritor argentino Jorge Asís. Sea este un homenaje a su persona y a tan acertada ironía. Sitio del escritor Jorge Asís: JorgeAsisDigital.Com
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