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Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
Como cada 12 de enero, había retirado toda la ropa del placard y la había puesto en prolijos montones sobre la cama. Algunas prendas -la mayoría-, sin siquiera una postura, lucían inmaculadas sobre la colcha bien planchada. Otras, con no más de un uso, llevaban añadido un recuerdo que les era rector. "A las prendas que se las adueñan los recuerdos, ya no se les quita la personalidad". Recordaba bien esa frase.
Había directamente estilos descartados que no formaban parte del atuendo; por ejemplo: los jeans; no había jeans en el placard. En general había establecido que los jeans eran incorregibles. Cualquiera fuere el modelo y color que tuvieren, incluso los negros, eran incorregibles. El bochorno de la última vez que usó uno, rondó de inmediato por su cabeza, sintió satisfacción al ver que no había ninguno entre las pilas sobre la cama. Lo mismo que con los jeans sucedía con las polleras cortas; sobre todo aquellas que luego de sentarse producían un pliegue en la parte de atrás que terminaban siendo una exhibición para la mofa de la gente. Como la burla se había repetido con cuatro de diferentes colores, quedó establecido que ya no tendrían cabida en el placard.
Sobre una pila, hacia la cabecera, había una remerita corta con una única y fatal postura. Recordó la ocasión en que fue adquirida. La tarde en que la compró llevaba puesto un vestido de canesú con volados sobre los hombros que todavía era parte del placard. Un caso extraño. Había que reconocerle a ese vestido de canesú la habilidad para pasar inadvertido. Cuando la vendedora le enseñó la remerita de color entre turquesa y apetrolado, una manga sí y otra no, le agradó. La única manga que tenía terminaba tipo oxford bajo la línea del codo; simpática -pensó-. La observación fue que era corta. En el probador lució relativamente bien salvo por el hueco que dejaba entrever a la altura de la panza; una cavidad que se ahondaba con el paso del tiempo, y que algunos días podía lucir incluso peor. Por algún motivo, al salir del probador, le dijo a la chica que la envolviera. Fue un gran alivio para la vendedora, aun cuando le restara acomodar la treintena de prendas que su clienta se había probado. Así, la remerita pasó a formar parte de la selecta ropa del placard. Cierta noche, al vestirse para una ocasión frente al monumental espejo que completaba una de las paredes de su cuarto, la descartó para terminar poniéndose otra cosa. Mal presagio para la remerita que volvió sin uso al estante del placard. Pasados dos meses, la remerita hizo su fatídico debut en aquella salida de restaurante. Luego de la cena, había mostrado total ineficacia en todos los aspectos. Fue una verdadera pesadilla caminar con ella por el local del restaurante hasta el ascensor que conducía a la cochera. Para colmo, la salida incluía una platea de teatro; pero por su culpa, hubo que resignarla. Alcanzó la remerita estirándose por encima de la cama y la arrojó al cesto que contenía la bolsa de residuos.
Hacia el centro de la cama recaló en el conjunto de pollera y casaca gris topo que le entallaba tan bien la cintura. De inmediato le vino la imagen de don Carlos; irreconocible luego de su penosa enfermedad... Si no fuera que en el velatorio estaban su esposa -la panadera- y sus dos hijas -horrendamente vestidas-, hubiera afirmado que estaba en otro sepelio. Se había vestido especialmente para la ocasión del entierro; incluso, con una camisa gris al tono que tenía pequeñas florcitas bordadas -también grises- diseminadas por el cuello. Al llegar al velatorio llamó su atención la presencia de un joven que se hallaba parado en el fondo de la salita, al costado de la capilla ardiente. Lucía un impecable traje negro y tenía el cabello peinado con fijador. Luego de saludar a los deudos que ella conocía, disimuladamente se había ido acercando al lugar donde el susodicho conversaba junto a otras personas. Imposible no percatarse de que él la estaba mirando; de tal modo que trató de parecer indiferente. Por su distinción -imaginó- debería ser alguno de los parientes que la panadera nombraba a cada rato y que con exuberante orgullo repetía que eran dueños de la mitad de la Patagonia. Sin duda, las personas que estaban junto a él, le tenían gran respeto. A juzgar por la disposición de la gente en la rueda donde se encontraba, parecía centralizar la opinión fundamentada. Todos los demás convalidaban sus juicios con movimientos de cabezas y frases cortas como: aja, claro, seguro, ¡cuánta razón! y otras por el estilo. Estaba convencida de que él la seguía mirando mientras conversaba en total dominio de la situación con el resto de las personas. Ojalá alguien se hubiese acercado a conversar, cualquiera menos la panadera -pensó-, no hay situación más bochornosa que el estar en medio de un velatorio y que nadie te dirija la palabra. Además, conversando, hubiera podido mostrar su alto refinamiento. Todo iba muy bien hasta que aquel muchacho se acercó con la bandeja con pocillos descartables conteniendo café -ya azucarados-. Pensó en ese momento que, con un pocillo entre sus manos, podría variar su postura de a ratos. Entonces tomó de la bandeja, la taza que tenía el menor contenido. En ese mismo instante, una joven de diminuto ombligo, entró a la sala luciendo una remerita corta. Demasiado informal para la ocasión, aun cuando el color de la remerita era bastante discreto. Llevaba puesta, además, una calza negra con dos cintas anudadas a la cintura: una verde y otra turquesa; le sentaba muy bien la calza. En realidad no era una de esas calzas tradicionales que te marcan los cachetes caídos del culo sobre el comienzo de la entrepierna y siguen chupadas hasta los tobillos haciéndote parecer un cucurucho amatambreado. Esta calza era elastizada de la cintura hasta la mitad de la cadera y se soltaba con gracia a la altura de las nalgas; eso le permitía cierto movimiento hasta los tobillos. El remate eran las zapatillas Nike que repetían los colores de las dos cintas que llevaba anudadas a la cintura. Luego de saludar, la chica se acercó a donde estaba la panadera llorando por ratos, tan desconsoladamente y a los gritos, que movía peligrosamente el cajón. Tanto lo sacudía que la funeraria había enviado especialmente a un empleado para que lo sostuviera y acomodara de vez en cuando al muerto. La chica abrazó a la panadera y la sostuvo por un rato entre sus brazos, luego la miró a los ojos sin decirle palabra. La panadera pareció entender lo que deseaba expresarle porque nuevamente tuvo un ataque de llanto sin control. Al cabo de un rato, y viendo que la panadera se había sosegado, se apartó del cajón y enfiló directo hacia el grupo donde se encontraba el joven del traje negro; éste, levantó apenas su brazo izquierdo; y ella, aceptando el convite, se acomodó allí debajo mientras le pasaba el brazo por la cintura desacomodándole la caída recta del saco. Él comenzó a pasarle la mano entreabierta de arriba a abajo bajo la axila izquierda como dándole consuelo aunque ella no estaba llorando. Le había parecido incomprensible que alguien que parecía tan formal, tuviere de pareja a ese otro alguien con tanto descuido para la ocasión. No pudo evitar, sin ambargo, la envidia. En el preciso momento en que observaba la escena del joven y la chica, sobrevino la catástrofe. Alguien a sus espaldas empujó su codo justo cuando había llevado el envase descartable con café a sus labios. Ergo, el café, negro y caliente, se derramó por los costados de su boca para correr como un río por su cuello y terminar absorbido por la camisa. La chica, que permanecía con su cabeza sobre el hombro del joven, le dirigió la mirada. El joven también la miró, lo que llamó la atención de los que estaban en la rueda de conversación que giraron también para mirarla. Se sumó a ello un súbito cese del murmullo. Fue cuando tuvo la impresión de que todos, hasta el mismísimo muerto la estaban mirando. Se retiró del lugar visiblemente abochornada bajo el desconcierto de todos los presentes.
Luego de los sucesos del velatorio no había vuelto a usar ni la camisa ni el trajecito gris topo. Tomó de encima de la cama la pollera del conjunto, la estiro entre sus dos manos y la miró moviéndola de un lado hacia otro: --quizá combinándola con... Descartó la posibilidad cuando fugazmente se le representaron en flashes las escenas del velorio. Resolvió tirar todo; incluso la camisa gris de las florcitas en el cuello.
Hizo un paneo de la ropa que quedaba sobre la cama y se detuvo en un pantalón de poplín color caqui, lo extrajo de la pila y lo arrojó al cesto. Como persiguiendo a su cómplice, escudriñó las pilas en busca de una blusa amarilla de cuello en "V". La encontró y la arrojó también al cesto. La circunstancia del casino prefería no recordarla: las monedas saliendo a borbotones de la máquina mientras ella se agachaba para juntarlas; la gente agolpándose a su alrededor y esa voz diciendo: ¡Qué orto! De inmediato se fue sin siquiera juntar el resto de la plata. Se había pasado la noche entera, espejo en mano, mirándose la cola con el pantalón caqui aún puesto.
Al cabo de un rato no quedaba sobre la cama una sola prenda que hubiere tenido postura; todas las que alguna vez habían sido usadas, excepto el vestido de canesú, yacían hechas un bollo en el cesto de la basura. Luego, con suma prolijidad, fue guardando en el placard las prendas sin estrenar que quedaban. Finalizado el rito, se recostó sobre la cama y tomó de la mesita de noche un portarretrato con una foto de aquel 12 de enero. En ella llevaba puesto un vestido rosa de canesú con volados sobre los hombros; el remate era una cinta ancha de raso color fucsia con un moño anudado a la cintura en la parte de atrás. Las tablas de la pollera caían rectas y almidonadas por debajo de sus rodillas, dejando al descubierto inmaculadas medias blancas tres cuartos que entallaban sus delgados tobillos. Zapatos "Niña" de cinta con botón, impecablemente lustrados. Su cabello, de rizos naturales, lucía pequeños moños de cinta arrasada. De un lado: su padre. Elegante en su traje gris estilo Príncipe de Gales y peinado a la gomina. Agazapado, con su rodilla derecha apoyada en el suelo, era apenas más alto que ella de sólo ocho años. La asía con sus dos manos por la cintura. Del otro: su madre; con un impecable vestido de satén color marfil y una diminuta carterita colgando de su hombro. Su mentón, apenas levantado, tenía gran dignidad. Todos sonreían. Conocía cada detalle de la foto. Una y otra vez había repasado los preparativos de aquella ocasión repitiéndolos como un rito cuando ella misma se preparaba para una. Las imágenes de esa noche de felicidad... -y tristeza-, permanecían vivas en su recuerdo para que ella las repitiese de manera ceremonial. Su madre: -¡bellísima!- mirándose en el monumental espejo de su cuarto y repitiendo una de sus frases favoritas: "La ropa es una voz inaudible que habla de ti..., delata tu personalidad". Luego, el retoque final para la foto que retrataría la atención puesta hasta en el último detalle. Después, comenzaría su pesadilla. Ella marchándose con la tía Alberta y dándole el último adiós a sus padres que ya no regresarían a buscarle. Posteriormente, la interminable tutela de Alberta; una empleada pública que percibía su refinamiento como el capricho de la consentida heredera de la fortuna de su abuelo materno. Pero todo eso era tiempo pasado; ahora, con cuarenta y largos años, tenía completo control de su personalidad. Dejó la foto sobre la mesita de noche y se puso de pie para quitarse el vestido de canesú; lo colocó con extrema delicadeza sobre la cómoda, estirando muy bien las cintas de raso. Volvió a la cama. Al cabo de un rato dormía como en cuclillas sobre su costado izquierdo, con los brazos envolviendo sus rodillas.
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