|
Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
A las 6.00 am. sonó la chicharra del despertador, desde ese momento tendría cinco minutos para desperezarse, rascarse y retozar. Se tapó la cabeza con las frazadas. Los lunes sueltan a volar protestas que comienzan el domingo a las 6 de la tarde, más o menos. Se dio vuelta y puso la cabeza bajo la almohada.
En realidad estaba harta de su rutina, de las obligaciones, de los estereotipos, de los paradigmas, de las estructuras, de las superestructuras -y de los andamios que sostenían las estructuras-, de lo preconcebido, de lo preestablecido -de lo establecido también-, de que el lunes se llamara lunes y el domingo domingo, del Discovery Chanell y de la bolsa de agua caliente que al enfriarse hacía que amanezca contorsionada como faquir.
¡Puff! se pasaron los cinco minutos. En un movimiento compulsivo se destapó y se sentó en el borde de la cama; tanteó el piso con los pies para hallar las chancletas. ¡Miiily! ¡Maldita perra! Encontró la otra chancleta en el camastro de la caniche. ¡Que espanto! Siempre decía "¡que espanto!" al verse la cara en el espejo. Se sentó en el inodoro y se quedó rígida mirando el techo hasta que el chorrito comenzó y el ruido se hizo continuo. Bostezó y se rascó la cabeza. ¡Lunes! De pronto se le iluminó la neurona. Hoy no es lunes, es domingo. ¡Domingo! Con el énfasis se convenció de eso. Sin más fue al dormitorio y se metió nuevamente en la cama. A las 12 del mediodía se levantó, se higienizó, se vistió, seleccionó algunas horas de música mp3, desenchufó el teléfono, le dio de comer a Mily, se preparó unos mates, agarró un paquete de galletas sin sal, un sillón desplegable, la lectura que había interrumpido ayer, y se fue al jardín de invierno a disfrutar el domingo.
A las 6.00 am. sonó el despertador. ¡Miiily! ¡Maldita perra! ¡Que espanto! Se vistió y se fue a la oficina.
Sobre el escritorio se había duplicado la tarea y en la agenda tenía citas extras, todo administrable. Finalmente, a pesar de algunas miradas extrañas, el día había sido normal. Camino a su casa se sintió feliz. Pasó por el video club y alquiló una película con su actor preferido, Tom Cruisse. Compró amaretis y medio kilo de helado. Una serena paz se esparció por su cuerpo: ¡hoy, es viernes! -y se convenció de ello-, y los viernes, tienen ese agradable sabor a libertad.
|
|
|
Webmasters: [email protected] |